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Full text of "Diccionario de voces aragonesas precedido de una introducción filológico-histórica"

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lARBORl 


Presented  to  the 

UBRARYofthe 

UNIVERSITY  OF  TORONTO 

by 
PROFESSOR  ALAN  M. 
GORDON 


DICCIONARIO  DE  VOCES  ARAGONESAS 


DICCIONAEIO 


DE 


VOCES  ARAGONESAS 

PRECEDIDO  DE  UNA  INTRDDÜCCIÓN  FILOLÓGICO-HISTÍRIOA 

POR 

DON   JERÓNIMO  BORAO 

PUBLICADO  POR  LA  EXCMA.  DIPUTACIÓN  PROVINCIAL  DE  ZARAGOZA 
PRÓLOGO  Y  NOTAS  DE  DON  FAUSTINO  SANCHO  Y  GIL 


SEIOUISJDA     E:  D  I  C  I  Ó  IM 

AUMENTADA  QON  LAS 

COLECCIONES  DE  VOCES  USADAS  EN  LA  COMARCA  DE  LA  LITERA 

AUTOR  DON  BENITO  COLL  Y  ALTABAS 

Y  LAS  DE  uso  EN  ARAGÓN 

POR  DON  LUIS  V.  LÓPEZ  PUYÓLES  Y  DON  JOSÉ  VALENZUELA  LA  ROSA 


ZARAGOZA  — 1908 
IMPRENTA  DEL  HOSPICIO  PROVINCIAL 


m  3  11997 


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íí 


PRÓLOGO 


HOMENAJE  Á  ARAGÓN 


a 


.AGE  ya  algunos  años,  exclamaba  en  una  solemnidad 
académica  el  más  grave  y  persuasivo  de  los  oradores  y  ju- 
risconsultos modernos,  —  honra  y  prez  del  foro,  de  las  cien- 
cias, de  las  letras  y  de  las  artes  en  España:  —  «doy  gracias 
á  Dios  de  haber  puesto  mi  cuna  á  la  sombra  de  aquellos 
naranjos  y  bajo  la  bóveda  espléndida  de  aquel  cielo».  Acor- 
dábase, al  pronunciar  estas  palabras,  el  cantor  insigne  del 
héroe  de  las  gargantas  dramáticas  de  Roncesvalles,  del 
azahar  que  da  deleite  al  sentido  en  las  ermitas  cordobesas 
ó  en  las  cercanías  del  monte  de  la  Novia  y  perfuma  los  co- 
llados en  que  fabrican  panales  olorosos,  abejas  de  la  familia 
de  las  que  rodeaban  la  cuna  del  Épico  del  Imperio,  ávidas 
de  recoger  la  miel  que  destilaban  los  labios  del  niño,  entre- 
abiertos por  la  angelical  sonrisa  de  la  inocencia.  Acordá- 
base de  las  auroras  y  ocasos  que  tan  puro  rosicler  y  cam- 
biantes tan  bellos  ofrecen  en  los  nevados  picos  de  Veleta  y 
Mulhacen;  de  la  poesía  singular  sentida  en  el  Patio  de  los 
Leones,  eu  esas  noches  de  Mayo  en  que  el  astro  predilecto 
del  ruiseñor  irradia  su  luz  suave  y  melancólica,  en  medio 
de  miríadas  de  estrellas,  que  relucen  en  el  azul  más  limpio 
y  bello  de  los  celestes;  del  hechizo  incomparable  de  un 
amanecer  en  las  riberas  descritas  por  Becquer  y  cantadas 
por  Arguijo  ó  de  una  caída  de  la  tarde  entre  los  laureles 
rosa  del  Jeneralife,  de  cuyos  troncos,  si  colgásemos  paisajes 
del  Poussin,  resultaría  el  arte  dando  una  lección  á  la  natu- 
raleza, á  cambio  de  las  muchas  que  á  la  naturaleza  tiene 
dadas  el  Pintor  de  los  árboles.  Pensaba  el  Sr.  Pacheco,  sin 


VI 

duda,  en  el  sol  que  llameó  un  día  en  las  granadas  de  oro  y 
plata  del  alminar  de  Abderrhamán  y  en  el  que  resplande- 
ciendo sobre  tejas —  de  oro  y  plata  también  —  después  de 
esparcir  todos  los  encantos  de  la  belleza,  en  las  espléndidas 
vistas  de  la  azotea  de  la  quinta  palacio  de  Medina  AzZahra, 
penetraba  en 'el  Salón  del  Califato;  daba  á  beber  luz  á 'la 
perla  que  en  él  testificaba  la  pompa  de  Bizancio,  y  que 
pendía  del  esmaltado  techo  sobre  un  cisne  de  la  labor  mas 
exquisita;  cegaba  los  ojos  al  reflejar  sus  rayos  en  los  jaspes, 
en  los  metales  riquísimos  de  las  paredes  ó  de  las  columnas 
taraceadas  de  piedras  preciosas,  en  el  cristal  y  pórfidos  de 
los  pilares  de  la  célebre  arquería  polígona  trazada  por  ocho 
arcos  de  herradura,  y  en  las  joyas  que  aumentaban  el  mé- 
rito de  las  puertas  de  marfil  y  ébano  que  sobre  estos  pilares 
descansaban;  en  el  trono  del  Sultán,  al  parecer  tallado,  en 
un  astro  de  más  brillo  que  el  que  nace,  en  la  fresca  albo- 
rada, en  un  cielo  de  rosa  y  se  pierde  en  golfos  de  líquida 
púrpura  en  el  poniente;  en  los  brocados,  en  los  rubíes,  de 
los  escudos,  espadas  y  cimitarras  que  se  lucían  en  ceremo- 
nias tan  solemnes  como  la  jura  de  Alhaken,  la  recepción  de 
Orduñr  xV  de  Galicia  ó  la  del  enviado  de  Constantino...  (i); 
estancia  mágica,  en  la  que  causaba  vértigos  el  estanque  de 
azogue  al  moverse;  encantaban  el  oído  los  arpegios  de  las 
aves  encerradas  en  redes  de  seda,  en  los  vecinos  boscajes 
de  laurel  y  almendros,  los  ruidos  misteriosos  de  la  enrama- 
da, que  acá  y  acullá  proyectaba  grutas  sombras,  y  los  ar- 
gentinos del  agua  que  bajando  de  la  sierra  por  artísticos 
acueductos,  ora  deslizábase  entre  matas  de  adelfas,  forman- 
do estanques  rodeados  de  un  seto  de  arrayán  ó  de  granados 
que  esfumaban  el  suave  contorno  de  las  márgenes  con  sus 
hojas  y  con  sus  ñores  de  carbunclo  y  topacio,  ora  derra- 
mándose por  canales  de  blanco  mármol,  empinábase  des- 
pués en  corimbos  y  juegos  que,  con  frecuencia,  aparecían 
como  teñidos  de  los  matices  del  iris,  embelesando  con  sus 
cambiantes,  el  murmullo  del  aire,  al  atravesar  las  arboledas 
del  cerro  que  servia  de  fondo  al  cuadro,  los  bosquecillos  de 
rosales  de  Chipre  y  Damasco  y  las  arcadas  que  formaban 


(1)  Al  Makkari  ha  descrito  á  maravilla  esta  embajada.  Ben  Hayyan 
dice  que  la  carta  imperial  tenía  un  sello  de  oro  con  la  efigie  del  Mesías 
de  un  lado  y  las  de  Constantino  y  su  hijo  en  otro;  estaba  escrita  en  vitela 
azul  celeste  con  letras  de  oro,  acompañándola  una  lista  de  los  regalos  en 
caracteres  de  plata;  iba  encerrada,  metida  en  una  bolsa  de  hilo  de  plata, 
dentro  de  una  caja  de  oro,  que  entre  otros  primores  ostentaba  un  retra- 
to del  Emperador  en  esmalte;  todo  esto  lo  contenía  un  soberbio  estuche 
con  funda  de  seda. 


VII 

los  plátanos  y  palmas,  ó  al  rozar  en  las  pitas,  al  mover  los 
sicómoros,  y  todo  el  verde  océano,  en  fin,  que  rodeaba  la 
ciudad  flor;  y  recreaban  el  olfato  perfumes  que  las  hurles 
hubiesen  recogido  en  sus  cajas  de  nácar,  en  las  horas  en 
que  las  estrellas  se  reflejaban  en  los  lagos  de  los  jardines  y 
simulaban  un  pensil  de  margaritas  de  luz;  velase  en  la  onda 
pura  la  vía  láctea;  aroma  de  ámbar  embalsamaba  la  brisa, 
que  agitando  los  mirtos  y  los  cálices,  sorprendía  los  secre- 
tos de  las  corolas  para  difundirlos  por  doquier;  y  algún 
adufe  sonando  en  los  hadados  pabellones  ó  algún  laúd  en  el 
poético  cenador  ó  en  la  deliciosa  umbría,  simulaban  el  al- 
borozo de  los  genios  de  la  Arabia,  del  genio  tutelar  de  la 
maravilla  de  la  arquitectura  morisca,  del  monumento  en 
que,  con  mayor  riqueza,  nunca  se  ha  transformado  el 
Oriente. 

En  frase  que  no  ha  de  vivir  lo  que  la  del  Quintiliano  del 
pei'iodismo  patrio,  doy  gracias  á  Dios  de  haber  nacido  en 
este  país;  amado  de  quien  dé  culto  á  las  ideas  y  sentimien- 
tos que  ennoblecen  la  vida,  temido  de  las  tiranías  é  invoca- 
do en  todos  los  sublimes  martirios;  que  no  en  bnMe,  ya  se 
le  ve,  en  los  pergaminos  de  las  más  viejas  crónicí  .,  tenien- 
do por  características,  el  entusiasmo,  el  valor,  la  generosi- 
dad, la  lealtad,  la  intransigencia  en  los  ataques  á  su  dere- 
cho, la  fidelidad  á  la  palabra  empeñada,  la  honrada  confian- 
za que  nace  de  la  fe,  las  bellezas  todas  de  un  perfecto  ca- 
rácter. No  busquéis  aquí,  el  esmalte  en  el  cielo,  la  dulzura 
en  las  notas  del  bosque,  ni  en  las  florestas  las  esencias  que 
en  el  país  donde,  á  la  luz  de  los  astros,  al  son  de  la  cuerda 
triste  y  de  amorosas  canciones,  danza  la  gitana  bajo  la  pa- 
rra, y  la  poesía  es  tan  espontánea,  tan  natural,  cómelas 
adelfas  y  nopales  que  nacen  entre  los  peñascos  de  los  to- 
rrentes, como  la  numerosa  familia  de  aquella  Eva  de  las 
palmeras  transplantada  por  Abderrhamán,  tan  rica  en  sus 
adornos  como  el  interior  de  los  edificios  árabes...,  como  lo 
fuesen,  la  sala  de  Almunia  y  la  alcoba  del  Califa,  en  la  que 
vertían  agua  sobre  una  taza  verde  de  imponderable  valor, 
un  león,  una  gacela,  un  águila,  un  elefante,  una  serpiente, 
una  paloma,  un  halcón,  un  pavo  real,  un  cocodrilo,  un  gallo, 
una  gallina  y  un  buitre  de  oro;  no  busquéis  aquí  en  el  inge- 
nio, la  amable  pompa,  la  armonía,  que  en  la  atmósfera  de 
átomos  de  topacio  en  que  todo  estimula  á  la  vida,  y  los  acen- 
tos elegiacos  tienen  el  sonido  de  un  cántico  de  sirena,  esca- 
pado de  un  sepulcro  de  hojas  de  rosa,  y  los  atavíos  de  la  musa 
recuerdan  más  que  el  ceñidor  de  Venus  el  collar  de  Tarub; 
no  busquéis  aquí,  en  fin,  los  Gutierre  de  Cetina  y  Murillos 
de  la  patria  del  madrigal,  de  la  oda,  del  cuento  y  del  romance 


VIH 

morisco.  —  primorosa  muestra  éste  de  la  savia  oriental  que 
circula  por  el  árbol  de  nuestra  literatura. .;  tal  vez  desde  el 
fastuoso  Séneca!,  tal  vez  desde  el  volcánico  genio  que  el 
Dante  coloca  en  la  magnifica  constelación  en  que  se  hallan 
Ovidio,  Horacio  y  el  viejo  Homero!  Lo  que  encontraréis,  si, 
la  originalidad  primitiva  de  la  naturaleza,  los  contrastes 
mayores:  jardines  que  serían  la  delicia  de  un  Delille  ó  de  un 
Selgas,  y  las  más  agrestes  espesuras;  grandes  desfiladeros 
y  prados  que  traen  á  la  memoria  las  garcilasescas  églogas; 
barrancos  en  los  que  entretéjense  el  espino,  la  ortiga,  la  al- 
cachofera puntiaguda,  planicies  pedregosas  que  apenas  si 
humedece  el  roció  de  la  noche,  y  vergeles  sin  número,  co- 
llados en  los  que  ostentan  sus  gracias  las  familias  privile- 
giadas de  la  ñora  silvestre  y  mesetas  en  las  que  nacen,  en- 
tre juncos,riachuelos  de  purísima  vena,  que  regalan  á  nues- 
tros labradores  los  tesoros  y  encantos  de  las  cuatro  estacio- 
nes, en  los  climas  más  pródigos  en  beneficios,  la  animación 
más  alegre  y  la  soledad  más  melancólica;  ciudades  de  vene- 
rable aspecto  y  aldeas  agrícolas,  albergue  de  la  paz  de  Dios; 
en  aquel  escombro,  el  cardo  que  cubre  las  ruinas  de  Córdo- 
ba la  vieja  descritas  por  Díaz  de  Rivas  y  Ambrosio  Morales 
óeljaramago  que  crece  en  q\  despedazado  anfiteatro  áQ 
Itálica;  en  esta  pared,  la  hiedra  que  engalana  los  viejos  mu- 
ros de  los  antiguos  monumentos;  acá  la  perpetua,  indican- 
do que  una  sombra  augusta  realza  el  suelo  ó  el  paraje;  allá 
el  lirio  azul  llorando  ausencias  tan  dignas  de  la  elegía,  cual 
las  ausencias  recordadas  por  el  ciprés  de  Yuste;  en  el  Nor- 
te, montañas  verdes  en  su  falda,  umbrosas  más  arriba,  po- 
bladas de  árboles,  coronadas  de  nieve  en  sus  cumbres,  que 
simulan  rotos  obeliscos,  pirámides,  almenas,  separadas  por 
grandes  hendiduras,  y  en  el  Sur,  abundantísimas  en  bálsa- 
mos ó  cubiertas  de  jarales  que  en  primavera  parecen  neva- 
das; en  este  punto,  sierras,  en  las  que  entrelazan  sus  ramas 
el  chaparro,  el  nogal  y  la  higuera  salvajes,  y  en  aquél,  otras, 
desnudas,  que  ora  empinándose  bruscamente,  forjan,  con 
fantástica  aspereza,  desmochadas  torres,  ora  alzándose,  con 
blandas  líneas,  ofrecen  marcada  variedad  de  contornos.  Lo 
que  encontraréis,  sí,  valles  abundantísimos  en  pesca  ó  en 
frutos,  en  una  región,  regados  por  fríos  riachuelos  ó  impe- 
netrables á  la  luz  ó  engañadores  con  sus  ecos,  en  otra;  és- 
tos, á  propósito  para  satisfacer  los  deseos  de  un  herboriza- 
dor,  los  de  la  comarca  más  lejana,  capaces  de  enloquecer  á 
un  artista,  con  el  concierto  con  que  en  él  saludan  ó  despi- 
den al  día  las  plantas,  los  animales  y  los  torrentes,  que  ya 
mueven  las  ruedas  de  sonoros  molinos,  ya  ofrecen  orillas, 
de  imponderable  amenidad,  al  observador  que  detiénese  á 


IX 

mirarlas,  desde  los  rústicos  puentecillos  volteados  sobre  los 
planos  inclinados  por  los  que  el  agua  se  despeña.  Lo  que 
encontraréis,  si,  cataratas  tan  dignas  de  los  honores  del  pin- 
cel, como  la  catarata  de  la  Sibila  y  abismos  de  la  sublimi- 
dad del  tajo  de  Ronda;  grandiosas  decoraciones  de  negras  y 
fantásticas  rocas,  que  parecen  una  traducción,  en  imágenes 
vivas,  de  un  canto  dantesco  y  decoraciones  de  idílicas  rocas, 
festoneadas  de  tomillo  y  romero,  en  las  que  sestean  las  abe- 
jas para  producir  su  dorado  azúcar;  picachos  sólo  accesibles 
al  águila  y  á  la  cabra  silvestre,  y  lagos  vírgenes  y  puros, 
cuyo  cristal  nunca  desfloraron  ni  una  hoja  de  violeta,  ni  un 
ganado;  bosques  agrestes  á  lo  que  da  singular  interés  la 
fiera  que  los  puebla,  bosques  ricos  en  frutos,  bosques  de 
hayas,  robles,  bojes,  pinos,  encinas,  ricos  en  caza,  y  dehesas 
en  las  que  se  alimentan,  pastan  ó  triscan,  el  toro  y  la  muía, 
la  oveja  y  la  vaca,  que  animan  y  entonan  nuestros  paisajes 
montañeses,  soberbios,  cual  los  de  las  zonas  destinadas  á 
guerrear  por  la  independencia,  á  crear  el  carácter  de  un 
pueblo,  á  fundar  la  nacionalidad;  y  si  lo  dudáis,  recorred 
las  cordilleras  que  arrancan  del  Pirineo  y  el  Pirineo  mis- 
mo, cuya  poesía  conservan  la  matracada  y  la  pastorada,  tan 
propias  de  él,  como  de  la  Campaña  antigua  la  zampona  de 
Virgilio  y  de  los  encantados  espacios  de  la  Suiza,  la  cítara 
de  Gesner,  el  Teócrito  y  Anacreonte  de  los  Alpes ;  reco- 
rred las  estribaciones  del  Moncayo  y  el  Moncayo  mismo, 
que  imitando  una  frase  de  Echegaray,  más  que  un  monte, 
es  un  globo  roto  caído  de  la  inmensidad,  en  el  que  un  colo- 
sal Miguel  Ángel  esbozó  los  primeros  delineamientos  de  la 
cúpula  de  un  grandioso  templo  subterráneo. 

Lo  que  encontraréis,  si,  horizontes  tan  cálidos,  cual  en 
la  región  extendida  entre  los  peñascos  del  Rojo  y  el  Eufra- 
tes, entre  la  Siria,  célebre  por  sus  palomas  y  la  playa  de 
incienso  del  Yemen,  —  en  cuya  región  la  arena  tiene  el  co- 
lor del  fuego,  la  atmósfera  asfixia  y  sólo  en  raros  sitios,  en 
los  que  deshilase  un  poco  de  agua,  crece  hierba  ó  algún  ar- 
busto balsámico,  —  horizontes  que  dan  una  idea  aproxi- 
mada de  lo  que  es  el  desierto,  cuando  los  rayos  del  medio- 
día pintan  mágicas  y  leves  imágenes  en  el  aire,  ó  cuando 
en  poética  noche  resplandecen  verticalmente  las  pléyades 
y  brilla  con  su  hermosa  luz  rubí  la  estrella  de  Canope,  ó 
cuando  abruma  la  calma  de  un  tiempo  abrasador,  ó  cuando 
las  nubes  se  apiñan  y  se  deshacen  en  lluvia,  ó  cuando  el 
huracán,  tan  temido  de  las  gacelas,  troncha  las  palmas  y 
barre  los  montes,  ó  cuando  el  silencio  es  tal  que  sólo  se 
oye  la  pisada  del  camello,  el  relincho  del  corcel,  quizás  las 
risas  de  algún  árabe  que  bajo  la  tienda  distráese  en  dulces 


juegos  con  hechicera  muchacha,  quizás  la  patética  cantu- 
ria,  en  que  tras  un  largo  día  de  sol,  la  caravana  recuerda  á 
su  familia  en  el  oasis  ó  bendice  á  Dios,  por  haber  colocado 
junto  al  fresco  pozo,  espigas  de  azucarados  dátiles.  Y  si 
descendéis  por  la  inmensa  escalinata  de  rocas  que  comu- 
nica la  cordillera  pirenaica  con  el  más  majestuoso  de 
nuestros  ríos,  y  paseáis  por  las  riberas  de  sus  afluentes 
que  brindan  enramadas,  que  traen  á  la  memoria  aquellas 
de  Provenza,  en  las  que  ve  la  fantasía,  la  poética  figura,  de 
rostro  juvenil  y  bello,  de  algún  trovador,  que  en  actitud 
elegantísima,  ataviado  con  bizarro  traje,  el  laúd  de  marfil 
en  el  pecho,  el  puñal  de  plata  en  el  cinto,  así  ganaba  la 
violeta  de  oro  en  los  juegos  florales,  como  cantaba  el  amor 
y  la  gloria  al  pie  del  torreón  de  los  castillos!  Y  si  trocáis  el 
vericueto  por  esas  campiñas  que  os  ofrecen,  en  el  barranco 
la  zarza  cantada  por  la  poesía  bucólica;  en  las  laderas  el 
olmo  amigo  de  la  tórtola,  el  espliego,  el  árnica,  el  acónito, 
y  otras  plantas  medicinales;  en  el  altozano,  la  vid;  la  col- 
mena y  la  amapola  en  la  majada;  la  caña  al  borde  de  las 
fuentes;  en  el  valle,  fertilizado  por  anchas  acequias,  el 
olivo,  la  higuera,  el  almendro,  el  peral,  todos  los  árboles 
que  producen  sabrosos  frutos...,  el  melocotonero,  tan  fron- 
doso como  la  madreselva  que  cubre  la  tapia  de  las  hereda- 
des, el  cerezo  dando  envidia  con  su  coral  á  las  florecillas 
silvestres  que  le  rodean;  y  en  los  puntos  en  que  empieza  á 
tornarse  áspero  el  suelo,  norias  que  vierten  el  agua  en 
abundancia!...  Seguid  el  curso  del  Ebro,  el  río  de  los  glo- 
riosísimos anales  de  Aragón  y  Cataluña,  que  después  de 
recordarnos  nuestras  libertades,  nuestra  vieja  bandera,  la 
cruz  de  Sobrarbe,  herida  por  los  rayos  del  sol,  en  los  más 
épicos  combates,  entra  en  el  mar  de  las  teorías,  de  Citheres, 
de  las  sirenas,  del  gondolero;  en  el  mar  cuyas  brisas  roza- 
ron las  homéricas  cuerdas,  cuyos  reflejos  esparcieron  la 
magia  sobre  los  cuadros  de  Apeles,  cuyas  azules  y  transpa- 
rentes olas  prestaron  fondo  al  teatro  griego,  y  en  cuyas 
doradas  riberas  enseñó  el  gran  Poeta  de  la  Filosofía  la 
unidad  de  Dios  y  Pitágoras  la  ciencia  de  los  orbes;  en  el 
mar  de  la  Odisea,  de  la  égloga  de  Teócrito,  de  la  Eneida,  de 
los  Apóstoles,  de  San  Juan,  de  las  ciudades  egipcias  que 
unieron  el  alma  de  los  antiguos  pueblos,  de  los  Cruzados, 
del  Romanticismo,  del  trovador  provenzal,  del  Tasso,  de 
Sannázaro;  en  el  mar,  que  consoló  á  Petrarca  en  su  ausen- 
cia de  Laura,  y  en  sus  horizontes  presentó  al  más  sublime 
de  los  amadores,  el  rostro  ideal  de  Beatriz,  virgen-madre 
en  el  arte,  de  la  madona  del  Sanzio;  en  el  mar  de  las  colo- 
nias, de  las  grandes  expediciones,  de  las  batallas  más  so- 


XI 

lemnes  de  la  historia,  sin  el  que  serian  desconocidos  entre 
sí,  el  mundo  occidental,  el  África  y  la  venerable  Asia;  en  el 
mar  de  la  paleta  y  de  la  lira  en  suma,  tanto  en  el  admirable 
intercolumnio  de  las  islas  del  Archipiélago  como  en  el 
amoroso  Adriático,  en  el  Tirreno  ó  en  las  playas  de  Sicilia, 
en  las  que,  cual  en  los  versos  del  cantor  de  Mantua,  se 
mezclan,  el  grito  de  la  gaviota,  la  voz  dulce  de  la  alondra  y 
■el  gorjeo  del  ruiseñor,  el  chirrido  de  la  cigarra,  el  arrullo 
de  la  paloma  y  el  choque  del  remo,  las  algas  y  los  mirtos, 
las  emanaciones  salinas  y  el  perfume  de  las  florestas:  se- 
guid el  curso  del  bravio  Cinca,  que  si  no  es  un  Eurotas,  el 
de  los  melodiosos  cisnes,  ni  un  Arno,  el  de  Psiquis  bauti- 
zada, ni  un  Rhin,  el  de  las  leyendas,  ni  un  Ródano,  el  de  la 
fe  y  el  amor,  ni  un  Turia,  el  de  las  flores,  copia  temblando 
orillas  no  pocas  veces  poéticas:  seguid  la  marcha  del  Flu- 
raen,  del  Alcanadre  y  la  corriente  que  conduce  al  lugar  en 
•que  D.  Gaufrido  Rocaberti  y  sus  camaradas  fundaron  mo- 
nasterio, y  en  el  que  hay  cataratas  como  la  Cola  de  Caballo, 
digna  de  estar  en  los  Alpes,  grutas  que  no  desdeñaría  Es- 
-cocia,  trozos  de  vegetación  espléndida  y  salvaje:  y  artísticos 
muros,  augustas  ruinas,  os  testificarán  el  carácter,  emi- 
nentemente aristocrático,  de  este  país,  en  el  que  hubo  an- 
tes que  cetro,  código;  no  existió  abolengo  más  antiguo  que 
«I  de  la  ley  y  fué  el  monarca  el  primero  entre  los  iguales, 
un  caudillo  que  sólo  tenía  en  el  botín  más  parte,  si  había 
sido  el  mejor  en  la  batalla;  de  este  país,  en  el  que  la  sobe- 
ranía real  procedía  de  un  pacto  y  todos  los  derechos  de 
una  constitución  primitiva;  de  este  país,  que  nos  presenta 
en  sus  más  antiguos  monumentos  jurídicos,  el  vasallaje  de 
los  reyes  al  precepto  legal,  el  Justicia,  las  Cortes,  la  liber- 
tad que,  viva  en  las  costumbres,  aspiró  á  ser  lo  que  logró 
en  el  Privilegio  general  de  Pedro  III,  porque,  cuando  de 
cosa  tan  santa  se  trataba,  no  había  en  Aragón  separación 
de  clases...,  la  libertad!  que  de  tal  modo  era  aquí  la  vida, 
que  la  corona,  la  nobleza  y  el  pueblo  formaban  una  serie 
armónica  de  libertades. 

Seguid  por  otra  parte  el  curso  del  Jalón,  comparable  al 
Nilo  por  sus  virtudes,  y  veréis  realidades  tan  bellas  como 
«1  Cuadro  del  Vado;  salidas  y  puestas  de  sol  que  declararía 
incopiables  el  Lorenés,  el  mejor  traductor  de  la  naturaleza 
á  la  lengua  de  los  colores,  el  creador  del  Narciso,  la  mara- 
villa más  exquisita  del  pincel,  el  autor  de  la  Mañana,  el 
Mediodía,  la  Tarde  y  la  Noche,  que  son  las  Geórgicas  de  la 
pintura,  las  Geórgicas  pintadas  por  Virgilio  mismo  que, 
renaciendo,  trueca  la  trompa  por  la  paleta;  y  escenas  cam- 
pestres bulliciosas  ó  mudas,  á  las  que  prestan  singular 


XII 


hechizo,  cuando  no  un  carro,  una  cabana,  los  mulos  que 
ayudan  al  lugareño  en  sus  faenas  de  la  siega  ó  de  la  vendi- 
mia y  el  paciente  borriquillo  que  va  al  mercado;  el  apre- 
tado rebano  que  busca  balando,  entre  una  nube  de  dorado 
polvo,  fresca  sombra  y  los  aperos  de  la  labranza,  los  utensi- 
lios que  caracterizan  los  lienzos  en  que  Bassano  reprodujo 
embellecidas  las  fértiles  comarcas  del  Vicentino,  en  las 
benignas  y  pintorescas  márgenes  del  Brenta. 

¡Oh  qué  suelo  tan  vario,  el  suelo  aragonés  y  el  paisaje! 

Diversos  climas,  diversas  plantas,  diversas  flores,  la 
montaña  y  el  llano,  el  valle  y  el  erial,  el  pedregal  y  la  selva, 
todo  esto  tenéis,  en  los  riscos  en  que  añlaron  su  hierro  los 
que  ayudaron  al  héroe  de  Covadonga  y  á  Fernán  González 
á  fundar  la  independencia  española;  en  el  hermoso  Monca- 
yo;  en  las  sierras  que  trazan  el  anfiteatro  que  rodea  en 
ancho  cerco  la  planicie  de  la  ciudad  oséense;  en  las  soleda- 
des de  Teruel;  en  el  Aragón  cuya  fisonomía  exprésanos 
con  tal  verdad  la  jota;  brusca,  enérgica,  apasionada,  como 
los  pueblos  idómitos  y  valientes. 

Y  la  misma  variedad  existe,  en  las  joyas  arquitectónicas 
que  poseemos.  Dentro  de  Zaragoza,  páginas  magníficas  de 
todas  las  épocas  del  arte,  que  conservan  la  huella  de  ras- 
gos sublimes,  de  instituciones  venerandas,  de  maravillosas 
conquistas,  de  sucesos  y  derechos  que  acreditan  nuestra 
grandeza;  en  esta  falda  el  Veruela  inmortalizado  por  Bec- 
quer;  en  aquella  altura  San  Juan;  en  un  estribo  de  la  cordi- 
llera pirenaica,  los  venerables  despojos  de  la  fábrica  que 
fué  la  apoteosis  de  piedra,  la  transfiguración  monumental 
de  nuestra  historia,  aquel  Monte-Aragón,  que  vio  salir  á 
pelear  valerosos  infanzones  capitaneados  por  sus  amados 
reyes,  que  dio  sepultura  á  muchos  caudillos  ilustres  y  que 
vio  combatir  en  Alcoraz,  con  el  ardor  de  los  celtíberos,  con 
el  heroísmo  de  los  godos  y  con  la  fe  de  los  mártires  cristia- 
nos, al  soldado  de  la  Cruz;  frente,  en  la  población  á  cuya 
campana  deben  García  Gutiérrez  y  Casado  áureo  laurel,  en 
la  sertoriana  Huesca,  austerísima  catedral  y  viejo  claustro, 
superior  al  Panteón  escurialense,  porque  está  su  grande- 
za, no  en  que  sean  los  pilares  de  mármol,  ni  de  metal  las 
urnas,  sino  en  los  nombres  que  se  leen  en  sus  sencillas 
lápidas  sepulcrales;  en  Sijena,  el  monasterio  vetusto  en 
que  fué  armado  caballero  el  protector  de  la  juglaría,  y 
están  enterrados  el  más  plañido  de  los  monarcas,  D.»  San- 
cha de  Castilla,  D.»  Dulce,  D."  Leonor  de  Tolosa,  la  Condesa 
de  Barcelos  y  D.«  Beatriz  Coronel^  el  monasterio,  que  tiene 
en  su  Sala  Capitular,  uno  de  los  tesoros  artísticos  de  la 
Edad  Media  y  que  con  el  ajiictis  te  spessimica,  que  se  lee  al 


XIII 

pie  del  Altar  mayor  de  su  oscuro  templo,  recuerda  el  es- 
tandarte de  la  Virgen  de  los  Dolores  que  ondeaba  en  la 
capitana  del  gran  maestre  de  la  Orden  de  San  Juan,  cuando 
arrojado  de  Rodas  entró  en  Mesina  con  su  escuadra;  en  las 
riberas  del  Jalón  la  más  gentil  de  nuestras  torres,  la  bilbi- 
litana  de  Santa  María;  acá  recuerdos  de  un  Antipapa,  allá 
en  aquel  valle,  que  por  su  vigor  y  lozanía  parece  tropical, 
pues  la  hiedra  tapiza  los  peñascos  ó  decora  ios  troncos  de 
los  robustos  plátanos  y  fresnos,  construcciones  que  dan 
una  idea  de  las  primitivas,  y  que  siendo  ellas  magnificas 
no  lo  parecen  tanto,  porque  allí  el  hombre  está  vencido  por 
la  naturaleza,  que  humilla  al  pincel,  entre  los  saúcos  de 
las  márgenes  del  lago  encantador  de  la  Peña  del  Diablo, 
y  que  en  su  gruta,  ya  célebre,  demuéstranos  que  la  gota  de 
agua  es  superior  á  Fidias  y  capaz  de  producir  joyas  de  más 
mérito,  que  la  mesa  de  Salomón,  el  Psalterio  de  David  del 
Alcázar  de  Toledo,  el  árbol  de  Moctador,  el  reloj  enviado 
á  Garlo-Magno  por  Harum  y  la  pala  de  oro  cuajada  de  pe- 
drería, y  cubierta  de  esmaltes  finísimos,  que  posee  el 
San  Marcos  de  Venecia.  Y  he  aquí  que  existen  entre  nos- 
otros, el  románico,  la  ojiva,  el  bizantino,  el  greco-romano, 
y  para  que  de  nada  carezcamos  el  estilo  mudejar,  es  decir, 
el  arte  andaluz  adhiriéndose  á  la  vida  y  costumbres  cristia- 
nas; la  ñor  del  loto  y  el  tulipán  trocándose  en  viñetas  del 
libro-Evangelio;  el  África  de  hinojos  ante  Covadonga;  el 
Calvario  perdonando  al  Atlas  y  el  Atlas  reconciliándose 
con  el  Calvario. 

Y,  como  un  resumen  de  las  varias  zonas  del  planeta  y  de 
los  géneros  arquitectónicos,  tenemos  otro  de  todos  los  he- 
roísmos. El  genio  de  Aníbal  renace  en  el  Batallador  incan- 
sable, cuya  tumba  debiera  estar  en  el  Torreón  de  Azuda  ó 
en  los  altos  picos  de  Sierra  Morena;  el  de  Scipión  en  el 
compañero  de  armas  de  Alfonso  VIII  en  las  Navas;  el  de 
Filipo  en  D.  Pedro  IV;  el  de  Alejandro  y  Leónidas  á  un 
tiempo,  en  el  vencedor  del  Pontífice,  de  Italia  y  Francia,  en 
el  héroe  del  sangriento  Collado  de  las  Panizas;  el  de  Pén- 
eles, á  la  vez  que  el  de  Platón  y  el  de  Marco  Tullio,  en  el 
prisionero  de  Milán,  en  el  cautivo  de  Ponza,  que  inspiró  su 
inmortal  comedieta  al  Marqués  de  Santillana,  en  el  huésped 
de  los  Médicis,  dueño  de  cinco  coronas  y  á  la  vez  príncipe 
feudal,  que  ordena  cese  agradable  música  por  escuchar  la 
lectura  de  un  autor  clásico,  que  distrae  sus  ocios  traducien- 
do á  Séneca,  que  cura  de  grave  dolencia  escuchando  pági- 
nas de  Quinto  Curcio,  que  suspende  un  combate  y  firma 
paces  por  haberle  mandado  su  adversario  un  códice  de  Tito 
Livio,  y  que  teniendo  por  favoritos  en  su  corte  á  Filelfo  y 


XIV 

Lorenzo  Valla,  al  ciceroniano  Picolomini,  á  Jorge  de  Trebi- 
zonda  el  restaurador  de  los  textos  aristotélicos,  al  Poggio, 
traductor  de  la  Ciropedia,  reúne  tres  literaturas  y  esculpe 
su  nombre  y  el  nombre  de  España  en  la  obra  maravillosísi- 
ma del  Renacimiento;  y  el  de  César,  en  Jaime  I,  dotado  de 
la  ambición  de  lo  maravilloso  que  posee  á  las  grandes  almas, 
guiado  siempre  por  altísimas  ideas,  ávido  de  tomar  parte 
en  la  vida  universal  de  las  naciones,  de  inquebrantable  vo- 
luntad, magnánimo,  brioso,  sufrido,  avisado,  fascinador,  con 
todas  las  virtudes  del  héroe;  educado  entre  el  choque  de  las 
armas,  acostumbrado  á  la  malla  y  á  la  victoria  desde  niño, 
conquistador  de  cetros  con  la  espada  y  de  corazones  con  su 
gentileza,  temido  del  moro  y  arbitro  obligado  en  las  discor- 
dias reales,  prudentísimo  consejero  del  Papa  y  potestad 
agasajada  hasta  por  el  Kan  tártaro  y  el  sultán  de  Babilonia, 
que  tiene  tiempo  para  conversar  con  los  trovadores  y  sabios 
que  le  rodean,  para  fundar  estudios  y  universidades  en  Lé- 
rida, Montpelíier,  Valencia,  Palma  y  Perpiñán,  para  escri- 
bir su  sencilla  y  encantadora  Crónica  y  el  Libre  de  la  Sa- 
biesa,  para  discutir  en  los  Parlamentóse  en  los  Concilios, 
para  conversar  con  los  mercaderes,  á  fin  de  asociarlos  á  la 
empresa  de  asegurar  á  su  patria  la  posesión  del  Mediterrá- 
neo, apoderándose  de  Mallorca,  ó  á  la  de  colocar  para  siem- 
pre la  enseña  del  Gólgota  en  las  torres  en  que  momentá- 
neamente ondearon  los  pendones  del  Cid,  para  reformar  é 
instituir  sobre  indestructibles  bases  el  Consejo  de  Ciento, 
para  crear  la  lengua  que  usó  en  sus  escritos,  en  sus  trata- 
dos; y  que,  audaz  en  la  pelea,  sereno  en  el  peligro,  pruden- 
te en  el  triunfo,  el  mejor  soldado  y  el  mejor  jinete  de  su 
hueste,  tan  hábil  al  formar  un  plan  como  al  ejecutarlo,  justo, 
galán,  dadivoso,  es  un  excelente  cronista,  un  excelente  le- 
gislador, un  gran  capitán,  un  clásico,  el  hombre  más  digno 
de  ocupar  un  trono  que  jamás  ha  existido,  un  ser  extra- 
ordinario, al  cual  no  llamaré  invicto,  porque  lo  único  que 
no  pudo  domeñar  fueron  sus  pasiones,  que  sólo  siendo 
suyas  era  posible  que  rindiesen  á  tan  portentosísimo  co- 
loso (1).  Ah!  nunca,  jamás  ha  habido  reyes  como  los  reyes  de 
Aragón. 
Ninguno  de  los  que  vistieron  la  púrpura,  durante  tres 


(1)  D.  Víctor  Balaguer  en  su  oración  académica  acerca  de  la  Literatu- 
ra Catalana,  y  el  Sr.  Castelar,  en  su  admirable  discurso  contestando  en 
la  Academia  Española  el  pronunciado  por  el  ilustre  historiador  de  los 
Trovadores,  sobre  las  Literaturas  regionales,  cuyos  trabajos  tengo  á  la 
vista,  retrataron  de  mano  maestra  á  D.  Jaime  I  y  D.  Alfonso  V,  respecti- 
vamente. Cúmpleme  consignarlo  así. 


XV 

siglos,  aventajó  en  prendas  á  los  que  la  honraron  en  el  país 
que  baña  el  Ebro;  lo  cual  débese  sin  duda,  á  la  primacía  de 
la  ley,  sobre  la  corona,  en  nuestro  suelo;  al  pacto  solemne, 
con  altivez  recordado  siempre  á  los  monarcas  por  nosotros, 
en  las  lides  por  la  libertad  y  el  derecho;  á  que  el  cetro  era 
aquí  la  insignia  de  un  soberano  de  soberanos  y  el  sucesor 
al  solio  real,  gobernador  del  reino;  disposición  sapientísima 
que  acostumbraba,  desde  su  edad  más  temprana,  á  los  lla- 
mados á  heredar  las  riendas  del  Estado,  á  las  dificultades 
del  mando,  á  estimar  las  instituciones,  á  someterse  á  la  ley, 
á  conocer  y  amar  al  pueblo  encomendado  á  su  custodia.  Y 
no  solamente  fué  ninguno  más  grande;  ninguno  obtúvolas 
adoraciones  que  ellos.  Al  pueblo  y  á  los  monarcas  aragone- 
ses unió  siempre  la  amistad  más  sincera,  por  lo  que  jamás 
han  templado  aceros  regicidas  las  aguas  de  nuestros  ríos; 
que  no  hay  apoyo  más  firme,  ni  más  segura  defensa,  que  la 
libertad.  Bien  lo  sabían  nuestros  monarcas  conquistadores 
y  aquellos  otros,  que  pródigos  de  su  propia  sangre  con  la 
patria,  temerarios  en  el  peligro,  sólo  cobardes  para  desobe- 
decer el  fuero,  corrían,  no  á  presenciar  combates,  sino  á 
acaudillar  ejércitos,  á  morir  con  honra;  que  los  reyes  en 
esta  tierra  clásica  de  las  virtudes  cívicas,  llevaban  escrito 
en  su  corona,  con  piedras  preciosas,  que  eran  los  primeros 
en  los  honores,  en  la  hoja  de  su  espada,  con  caracteres  de 
sangre,  que  sabían  ser  los  primeros  en  el  peligro,  y  por  esto, 
sentada  á  la  grupa  de  su  corcel  de  batalla,  veíase  la  segu- 
ridad de  la  paz  interior  del  reino,  pues  daban  guardia  de 
honor  á  ésta,  en  presencia  y  en  ausencia  de  aquéllos,  las 
libertades  populares.  Y  de  esta  suerte  necesitaba  ser  el 
trono,  pues  nuestra  aristocracia,  la  más  ilustrada  y  heroica 
de  todas  las  aristocracias,  no  encontraba  más  medio  de  ata- 
jar la  autoridad  regia  que  tocando  á  rebato  la  campana  de 
las  rebeliones,  si  como  dice  un  historiador  elocuentísimo,  <la 
ley  había  de  sustituir  á  la  arbitrariedad,  la  fuerza  del  dere- 
cho al  derecho  de  la  fuerza,  el  tribunal,  las  Cortes,  al  campo 
de  batalla,  y  á  una  organización  asentada  en  medio  de  des- 
encadenados huracanes,  una  organización  cimentada  en  el 
precepto  legal,  sin  más  amparo  que  la  custodia  de  la  liber- 
tad y  la  égida  protectora  de  la  justicia». 

SI,  así  necesitaba  ser  el  monarca  en  esta  tierra,  vasallo 
de  las  antiguas  libertades  aragonesas,  el  primero  del  reino 
y  el  primero  también  en  acatar  y  defender  las  leyes  y  cos- 
tumbres que  debía  hacer  guardar,  por  cuya  senda  llegóse 
á  la  perfección  de  aquel  Estado,  en  que  nadie  estaba  al  ar- 
bitrio del  poder,  las  esferas  en  que  éste  giraba  distinguíanse 
de  un  modo  admirable  y  la  resposabilidad  acompañaba  á 


XVI 

todo  acto,  cual  la  sombra  al  cuerpo.  SI,  así  necesitaba  ser 
por  último,  si  no  habla  de  rompérsele  el  cetro  como  frágil 
caña,  dada  la  índole  de  este  pueblo  inspirado  siempre  por 
un  sentimiento  vivo  en  su  corazón,  enseñoreado  de  su  con- 
ciencia, por  el  numen  divino  de  su  sacrosanta  libertad, 
custodiada  por  él  con  tal  cariño  que  apresuróse  á  vigori- 
zarla cuando  la  vio  amenazada,  y  de  aquí  que  en  cada  trans- 
formación no  pudiese  menos  de  salir  más  luminosa,  porque 
jay  de  la  mano  que  hubiese  intentado  el  evitarlo!  Dijo  muy 
bien  el  Sr.  Romero  Ortriz,  en  el  novilísimo  Gimnasio  de  la 
historia  patria:  —  «los  anales  de  las  prosperidades  de  Ara- 
gón son  los  de  la  monarquía  aragonesa;  los  de  la  monarquía 
de  cuyas  glorias  nos  hablan,  la  nieve  de  Jaca  y  la  brecha 
de  la  muralla  mallorquína,  las  armaduras  rotas  por  los  ma- 
rinos de  Lauria,  la  lava  del  Etna  y  del  Vesubio,  y  los  bron- 
ceados peñascos  del  Pirineo  en  los  que  esculpiéronse  leyes 
antes  de  ser  coronados  los  héroes;  los  de  la  monarquía  que 
no  bien  nace,  baja  del  risco  al  llano,  de  Sobrarbe  á  Huesca, 
clava  en  Zaragoza  el  estandarte  cristiano  y  hazaña  tras  ha- 
zaña, trueca  en  la  vega  de  Granada  el  tosco  sayal  del  la- 
briego montañés  por  los  brocados  y  armiños  del  rey  polí- 
tico, símbolos  del  dote  de  poderío  aportado  por  Aragón  en 
sus  nupcias  con  Castilla;  los  de  la  monarquía  que  unida  á 
Cataluña  formó  nacionalidad  tan  admirable,  y  envió  á  Al- 
fonso II  al  sitio  de  Cuenca,  fué  á  las  Navas,  luchó  por  el 
derecho  ultrajado  en  Muret,  castigó  á  los  aventureros  An- 
jóu,  sojuzgó  el  Bosforo,  grabó  las  barras  en  la  cima  del 
Olimpo  y  en  la  Acrópolis  de  Atenas,  abrió  de  un  golpe  con 
el  pomo  de  su  espada  las  hieráticas  puertas  de  la  madre 
Asia  y  obedeció  la  orden  secreta  de  Dios  que  escribe  el  Ebro 
en  su  curso,  con  la  fidelidad  que  siguió  Castilla  el  plan  de 
campaña  que  le  trazase  el  Altísimo  con  líneas  que  se  llaman 
Duero,  Tajo  y  Guadiana.  Fuerte  Aragón  con  sus  monarcas 
y  sus  libertades,  pudo  conservar  la  feliz  tranquilidad  en  el 
interior,  ensanchar  los  límites  del  territorio,  obedecer  las 
inspiraciones  del  espíritu  de  civilización  palpitante  en  su 
seno  y  producir  doquiera  milagros  y  maravillas;  —  en  el 
Bosforo  y  en  Palermo,  en  la  cumbre  del  Tauro  y  á  la  sombra 
de  los  africanos  nopales,  en  el  valle  en  que  tejió  Proserpina 
primorosas  guirnaldas  y  en  el  golfo  de  la  sirena  Partenope. 
Suyo  es  el  mérito  de  haber  comprendido,  que  la  ley  que 
preside  á  la  historia  preceptúa  á  la  tierra  del  Romancero, 
el  llevar  la  libertad  y  la  salud  á  las  razas  encadenadas  en  el 
Caucase  terrible  del  fatalismo;  el  infundir  las  ideas  dere- 
cho, humanidad  y  justicia,  en  el  abrasado  cerebro  del  África. 
Nuestro  carácter  emprendedor  y  audaz,  que  nace  del  pre- 


XVII 

dominio  ejercido  en  el  español  por  la  fantasía,  la  sensibili- 
dad, la  elevación  del  pensamiento^  el  espíritu  asimilador, 
las  notas  todas  que  nos  distinguen,  el  sitio  mismo  que  ocu- 
pamos en  el  planeta,  hácennos,  los  más  aptos  para  educar 
y  enaltecer  á  un  pueblo  inculto;  para  convertirlo  en  traba- 
jador en  la  magna  obra  de  la  civilización  universal;  para  ir 
á  las  orillas  del  río  que  en  el  mapa  de  la  historia  divide  los 
tiempos  primitivos  y  los  clásicos;  para  entrar  en  el  conti- 
nente «que  une  las  premisas  de  la  civilización  asiática  con 
las  conclusiones  de  la  europea»,  á  llamar  á  la  vida,  al  hom- 
bre del  desierto. 

Esta  necesidad  de  sembrar  la  semilla  del  bien  en  las  so- 
ledades de  la  Libia,  sintióla  Aragón  antes  que  nadie,  y  dio 
con  su  ejemplo  á  la  España  cristiana,  hermosísima  ense- 
ñanza. Apenas  el  conquistador  inmortal  de  Zaragoza,  siente 
en  su  rostro,  allá  en  apartadas  cumbres,  las  suaves  brisas 
de  las  dulces  playas  andaluzas,  apenas  abre  la  cruz  sus 
brazos  en  los  muros  de  Valencia  y  se  liquida  la  media  luna 
sobre  el  perfumado  mar  de  Mallorca,  aguijonea  al  más 
bravo  de  los  batalladores,  al  más  grande  de  los  Pedros  y  al 
más  magnánimo  de  los  Alfonsos,  la  ambición  misma  que 
al  héroe  cantado  por  Herrera,  San  Fernando,  el  día  en  que 
bebió  el  caballo  de  éste  las  aguas  del  Guadalquivir  en  la 
ribera  de  Sevilla,  y  que  al  vencedor  en  el  Salado,  después 
de  tan  maravilloso  encuentro;  la  noble  ambición  que  dic- 
tase una  de  las  cláusulas  testamentarias  de  Isabel  I;  la  que 
llevó  á  Oran  al  más  español  de  los  españoles,  Cisneros,  y  al 
Emperador  á  Túnez;  la  que  aconsejó  la  expedición  afortu- 
nada de  Felipe  V  y  la  desgraciadísima  del  tercero  de  los 
Carlos.  Es  justo,  humano,  patriótico,  providencial;  es  cum- 
plir una  ley  geográfica  é  histórica,  y  uno  de  nuestros  des- 
tinos, el  procurar  que  sea  un  templo  del  hombre  el  país, 
predilecto  de  la  Iglesia  de  Cristo,  en  el  que  creía  la  Grecia 
que  manaba  la  fuente  de  su  civilización,  y  fundó  Alejandro 
la  ciudad  que  debía  ser  anillo  y  tálamo  nupciales  del 
Oriente  y  Europa;  el  país  cuya  luz  inspiró  al  único  épico 
nacional  moderno  sus  Lwisiadas^  obra  que  descuella  sobre 
las  de  Ariosto,  el  Tasso  y  Balbuena,  sobre  la  fría  Henriada 
y  los  poemas  rudos  y  bárbaros,  el  Cidj  los  Níebelungen  y  los 
cantos  de  Gesta,  «porque  contiene  el  espíritu,  el  corazón, 
los  recuerdos^  la  gloria  y  las  esperanzas  de  un  pueblo»;  el 
país  en  que  el  infante  D.  Enrique  y  los  marinos  de  Sagres 
descubrieron  un  cielo  hermosísimo  y  cristalizaron  en  rea- 
lidad preciosa  las  estrellas  dantescas,  soñadas  por  una  pri- 
vilegiada fantasía  en  un  poético  arrobo;  el  país  en  cuyos 
arenales  perdió  la  vida  y  su  ejército  el  romancesco  D.  Se- 


XVIII 

bastión,  convertido  después  en  otro  rey  Arturo,  por  un 
melancólico  amor  de  la  patria;  el  país  en  suma,  en  el  que 
está,  según  dice  un  sabio  publicista,  el  principio  del  impe- 
rio que  deben  llevar  y  dilatar  hasta  más  allá  del  Atlas,  los 
descendientes  de  los  vencidos  por  Tarik  y  Muza.  Y  he  aquí 
á  Aragón  adelantándose  á  las  revelaciones  de  los  siglos, 
entreviendo  é  intentando  lo  que  hoy  es  una  exigencia  de  la 
verdad  enseñoreada  del  ánimo  de  todos,  con  la  genialidad 
que  intentó  el  Dante  y  entrevieron  Virgilio  y  el  filósofo 
que  habló  en  lenguaje  digno  de  los  dioses  en  el  jardín  de 
Academus,  lo  que  había  de  hacer  más  tarde  el  divino  Ra- 
fael...; á  Aragón!,  al  que  corresponde  parte  principal  en  el 
mejor  lauro  de  la  Edad  Media,  la  Reconquista  y  en  el  úl- 
timo y  más  admirable  poema  caballeresco,  la  guerra  gra- 
nadina; á  Aragón!,  que  tantos  rasgos  propios  ha  llevado  á 
nuestra  historia;  el  más  laborioso  obrero  en  el  cumpli- 
miento de  los  altos  fines  de  la  Providencia.  A  él  cupo  en 
suerte  la  tarea  de  comunicarnos  con  Europa  y  la  de  asegu- 
rar la  tranquilidad  del  Mediterráneo;  con  los  florines  de  su 
Tesoro,  con  los  florines  adelantados  por  Luis  Santánjel, 
aparejáronse  la  Santa  María,  la  Pinta  y  la  Niña,  que  salie- 
ron con  Colón  del  puerto  de  Palos;  sus  principes,  dando 
materia  con  sus  hazañas  y  virtudes  á  que  varones  clarísi- 
mos las  escribiesen,  prestaron  inapreciables  servicios  á  las 
buenas  letras;  y  sus  juegos  florales,  el  cultivo  de  la  Gaya 
ciencia  fomentado  y  protegido  por  nuestros  reyes,  tuvieron 
superior  influjo  en  la  civilización  de  España.  Es  verdad 
que  la  aparición  de  un  nuevo  pueblo  llamado,  en  un  por- 
venir próximo,  á  conmover  el  mundo,  con  sus  sabios,  sus 
héroes,  sus  navegantes  y  sus  artistas,  se  halla,  en  el  Poema 
del  Cid  y  en  el  Libro  de  los  Jueces,  en  las  Querellas  y  en  las 
Partidas,  en  los  rudos  versos  del  Arcipreste  de  Hita  y  en 
las  páginas  del  coronista  Ayala,  en  Juan  Lorenzo  Segura 
de  Astorga  y  en  los  escritos  de  Gonzalo  de  Berceo,  cuyo 
carácter  iguala,  como  diría  Castelar,'al  candor  de  las  Fio- 
recillas  de  San  Francisco,  «á  la  inocencia  de  una  pintura 
de  Cimabue,  al  dibujo  de  una  viñeta  de  breviario,  al  eco  de 
una  salmodia  gregoriana,  al  Stabat  Mater  en  su  no  apren- 
dida sencillez»,  pero  lo  es  asimismo,  que  no  á  estos  viejos 
monumentos  y  sí,  á  Aragón  se  debe,  el  haber  introducido 
la  cultura  y  el  gusto  en  las  costumbres  y  en  las  letras  de  la 
Península,  en  ciclo  cuyo  contorno  no  se  descubre,  ni  aun 
recogiendo  la  vista,  al  volver  la  cabeza  para  mirar  el  pa- 
sado. Es  imponderable,  observa  un  castizo  escritor  d),  «el 

(1)    El  Conde  de  Quinto. 


XIX 

servicio  que  los  Reyes  trovadores  D.  Pedro  II  y  D.  Pedro  III, 
el  Amador  de  la  gentilesa  y  D.  Martín,  hicieron  á  los  ade- 
lantamientos intelectuales  de  la  España,  con  la  protección 
dada  por  ellos  á  los  ingenios  de  su  época  y  con  el  estimulo 
generoso  que  los  torneos  de  la  poesía  suscitaron»;  y  la  in- 
fluencia de  la  espiritual  corte  del  hijo  de  D.  Fernando  de 
Antequera  en  el  Renacimiento  español,  la  influencia  de 
aquel  rey  magnánimo  emparentado  con  el  de  Navarra,  con 
el  Príncipe  de  Viana,  con  el  gran  sabedor  de  Castilla.  Y  es 
muy  ilustrado  el  impulso  que  la  literatura  española  recibió 
en  aquel  período,  del  descendiente  de  los  montañeses  que 
bajaron  corriendo  los  riscos  de  Sobrarbe,  lanzando  al  árabe 
con  su  empuje  á  la  parte  oriental,  y  que  después  de  haber 
amagado  el  poder  del  moro  en  el  África,  asentaron  la  do- 
minación ibérica  en  las  armoniosas  playas  é  islas  de  Italia; 
pasearon  las  rojas  barras  por  el  Asia,  produciendo  tan  uni- 
versal asombro,  que  ante  ellas, 

muda  de  espanto  se  postró  la  tierra ; 

y  dibujaron  la  sagrada  encina  de  los  blasones  aragoneses, 
en  la  Santa  Sofía  de  Constantino,  con  la  punta  del  acero  del 
personaje  inmortalizado  por  Moneada  en  su  obra,  dechado 
de  fluidez,  lisura  y  naturalidad  y  en  la  que  hay  trozos  «tra- 
bajados con  mucha  maestría»  (i)  que  acreditan  al  Conde  de 
Osona  de  notable  artífice,  tanto  como  la  expedición  á  Sicilia 
á  Tucídides,  como  la  batalla  de  Cunaxa  á  Jenofonte,  como 
las  Horcas  Caudinas,  á  Tito  Livio;  á  Tácito  el  tumulto  de  los 
legionarios  del  Rhin,  y  á  Maquiavelo  la  muerte  de  Julián  de 
Médicis.  Si  el  idioma  se  perfeccionó  de  superior  modo,  en 
las  delicadas  manos  de  Cervantes  y  Rioja,  del  Cisne  de  Se- 
villa y  del  soldado  más  gentil  de  Carlos  I;  si  llegó  á  ser  el 
del  Quijote  y  el  de  Noche  serena  el  en  que  se  lamentó  Sali- 
cio,  habló  Sigüenza  y  fueron  cantadas  la  arrebolera  y  la  ro- 
sa; si  lució  un  día  en  que  confundiéndose  el  arte  erudito  y 
la  poesia  popular  abriéronse  las  magníficas  puertas  de  un 
siglo  de  oro,  á  tan  feliz  cima,  en  la  que  los  laureles  forman 
espesura,  llegóse  por  el  camino  de  Aragón;  y  si  á  progresos 
tan  rápidos  y  fecundos  contribuyeron  en  primer  término, 
nuestros  grandes  humanistas  y  latinos;  si  Antonio  de  Le- 
brija  y  Luis  Vives,  inauguraron  la  áurea  edad  del  habla  pa- 
trio, Antonio  Agustín,  Blancas^  Zurita,  «historiador  insigne 
entre  los  mejores»  (2)^  subiéronlo  á  su  cénit,  no  menos  que 


(1)  Ticknor. 

(2)  Fernández  y  González. 


XX 

Ambrosio  Morales,  ilustre  sobrino  del  Maestro  Pérez  de 
Oliva  (1),  traductor  de  La  Tabla  del  filósofo  de  Tebas,  Ce- 
bes, discípulo  de  Sócrates,  y  continuador  del  más  crédulo  de 
los  cronistas,  el  zamorano  Florián  de  Ocampo;  que  el  Bró- 
cense, gran  filólogo,  sabio  entre  los  sabios,  hábil  restaura- 
dor de  los  estudios  clásicos,  poeta  antiguo  y  moderno,  el 
mejor  critico  de  sus  días,  al  que  ¡mucho!,  ¡mucho!,  debe  el 
Tytiro  del  Tajo;  y  que  aquel  noble,  virtuoso  y  docto  hijo  de 
Fregenal  de  la  Sierra,  el  de  la  Biblia  Poliglota,  laureado  en 
Alcalá,  ariete  conti'a  la  herejia  en  Flandes  é  Inglaterra,  pas- 
mo de  Trento,  Capellán  y  Confesor  de  su  amigo  Felipe  II, 
Prior  del  Capítulo  de  Santiaguistas,  autor  de  magnas  obras 
de  Teología,  que  renunció  mitras  de  pingüe  renta  por  ocu- 
parse en  interpretar  las  Sagradas  Escrituras  y  complacer 
su  modestia  en  el  dulce  retiro  de  la  Peña  de  Aracena,  taja- 
da por  la  naturaleza  en  altísima  y  solitaria  cumbre,  en  la 
que  el  hermoso  cuadro  de  las  huertas  de  Alajar  constituían 
el  honesto  recreo^  del  que  la  ciencia  divina,  las  Huraanida- 


(1)  Gran  observador  de  la  sociedad  y  del  corazón  humano,  hombre 
de  pensamiento  é  hijo  del  autor  de  Imagen  del  mundo,  obra  que  á  pesar 
de  no  haberse  dado  á  la  estampa  conquistó  á  su  autor  un  nombre  envi- 
diable. Pérez  de  Oliva  estudió  las  artes  liberales  en  la  Florencia  del  Re- 
nacimiento español,  perfeccionóse  en  el  latín  en  Alcalá  y  en  la  antigua 
Lutecia,  continuó  sus  estudios  de  Filosofía  y  Letras  humanas  en  Roma, 
obtuvo  honroso  puesto  al  lado  de  León  X,  que  renunció  por  satisfacer 
su  sed  de  sabiduría,  trasladóse  á  París  donde  instruyóse  en  nuevas  ma- 
terias, y  restituido  á  su  patria  fué  nombrado,  sucesivamente,  catedrático 
de  la  Universidad  de  Salamanca,  Rector  de  ésta  y  Maestro  de  D.  Feli- 

Ee  II,  entonces  niño,  cuyo  cargo  no  pudo  desempeñar  porque  le  arre- 
ató la  muerte,  poco  tiempo  después  de  su  elección.  La  lengua  castellana 
le  bendice  por  su  anhelo  generoso  en  darle  vigor,  nobleza  y  energía  y  el 
tesoro  de  la  república  de  las  letras  le  debe  riquezas,  como  las  represen- 
tadas por  sus  obras  morales  y  políticas.  Es  autor  de  un  diálogo  intere- 
santísimo en  elogio  de  la  Aritmética,  escrito  para  ser  colocado  al  frente 
de  la  de  Silíceo,  más  tarde  instructor  de  Felipe  II  y  Arzobispo  de  Toledo; 
de  refundiciones  afortunadas  de  una  comedia  de  Planto,  de  una  tragedia 
de  Sófocles  y  de  uua  traducción  libre  y  poco  feliz  de  la  Héciiba  Triste. 
Llevan  su  nombre  varios  trabajos  breves,  en  los  que  se  refleja  un  juicio 
el  más  recto,  talento  profundidísimo  y  un  erudito  de  escogida  lectura. 
Su  mejor  página  es  el  Diálogo  de  la  dignidad  del  Hombre,  sobria  y  discreta 
en  el  pensamiento,  grave  y  culta  en  el  estilo,  nada  variada  en  los  giros  y 
la  frase.  Pocos  moralistas,  dice  muy  bien  el  Sr.  Fernández  Espino,  han 
desentrañado  mejor  las  causas  del  mal  y  del  bien  y  dirigido  la  voluntad 
del  hombre  por  camino  tan  seguro  para  la  virtud  y  la  gloria;  y  es  lásti- 
ma que  bajase  al  sepulcro  dejando  sin  terminar  los  tratados  La  Castidad 
y  Del  uso  de  las  riquezas.  Escribió  también  algunas  poesías  de  escaso 
mérito.  La  obra  maestra  de  Oliva  es  el  haber  contribuido  á  formar  á 
Ambrosio  Morales,  que  publicó  las  producciones  de  aquél,  añadiendo 
quince  discursos  sobre  asuntos  morales.  Según  el  último,  su  ilustre  tío 
escribió  en  latín  un  tratado  sobre  la  piedra  imán,  en  el  que  parece  des- 
cubrió y  vislumbró  en  ésta,  la  propiedad  de  poder  comunicar  á  dos  au- 
sentes. No  llegó  á  terminarse  ni  á  publicarse. 


XXI 

des  y  las  Musas  consideran  como  su  Benjamín  querido. 
Siempre  influyeron,  jsiempre!,  en  la  historia  de  España,  los 
ingenios  insignes  del  Ebro.  Ciertamente!  La  riqueza  y  ar- 
monía de  la  lengua  española  llegó  á  su  apogeo  en  el  si- 
glo XVI,  tan  fértil  para  las  letras  y  las  artes,  y  en  cuya  cen- 
turia encontramos,  numen  vigoroso,  tradiciones  inspirado- 
ras, de  tan  rico  contenido  de  belleza,  como  la  sociedad  de 
entonces,  cuyo  aire  de  familia  con  la  de  los  tiempos  medios 
es  visible,  por  la  índole  de  sus  "virtudes;  las  ñores  más  pre- 
ciosas y  los  más  exquisitos  frutos  del  ingenio;  una  nación 
que  por  rasgo  de  ingenua  vitalidad,  por  germen  de  prodi- 
giosos hechos  (1)  nos  ofrece  la  fe  y  el  heroísmo,  y  que  sién- 
tese acicateada  por  la  galantería  caballeresca  que  había 
dulcificado  sus  costumbres,  en  época  pasada...,  una  nación, 
en  la  que  «contribuyendo  á  labrar  su  poderío  y  caminando 
á  lograr  los  mismos  fines  cada  cual  en  su  esfera  y  auxilián- 
dose las  clases  del  Estado»,  con  actividad  para  mover  y  con- 
vertir en  bulliciosos  dos  mundos;  armada  de  su  triple  égida, 
grabó  su  sello  en  la  frente  de  los  pueblos  todos  con  sus 
Gonzalos  y  sus  Leivas,  con  los  conquistadores  de  imperios 
desconocidos;  con  Pizarro  y  Nüñez  de  Balboa,  con  Almagro 
y  el  gran  guerrero  y  político  de  Medellín  que  repitió  en  las 
aguas  de  remoto  océano,  el  hecho  de  Agatocles  en  África, 
de  los  muladíes  de  Córdoba  en  Creta,  de  los  almogávares 
en  Galípoli.  La  historia,  dice  el  Duque  de  Frías,  es  una  par- 
te muy  esencial  de  las  buenas  letras,  de  las  artes;  y  las  ar- 
tes, las  buenas  letras,  llegaron  á  ser  por  la  causa  apuntada, 
plantas  espontáneas  en  nuestro  suelo,  que  formaron  el  más 
hermoso  de  los  vergeles,  porque  preparada  ya  la  tierra  con 
la  labor  de  los  siglos  xiii,  xiv  y  xv,  recibió  el  abono  de  los 
despojos  de  la  erudición  del  Renacimiento,  que  excavando 
las  Pompeyas  espirituales,  buscaba  en  la  enterrada  anti- 
güedad clásica,  enseñanzas  y  modelos.  Fuentes  de  inspira- 
ción abundantísimas  brotaron;  muchos  de  sus  caudales  per- 
diéronse, «por  causa  del  ligero  valor  de  las  teorías  críticas 
aparecidas  en  el  campo  literario,  encaminadas  á  gobernar 
y  servir  de  guía  al  numen;  de  la  escasa  autoridad  para  ha- 
cer amable  el  precepto  en  los  que  lo  defendían;  por  no  ser 


(1)  No  puedo  continuar  sin  declarar,  que  me  sirven  de  norte  en  estos 
estudios,  las  ideas  recogidas  en  la  cátedra  del  malogrado  y  eminentísimo 
Profesor  D.  Francisco  de  Paula  Canalejas  y  en  los  libros  de  mi  maestro 

f)redilecto  D.  Francisco  Fernández  y  González,  catedrático  insigne  entre 
os  mejores  que  haya  tenido  España,  mi  consejero  y  amigo  cariñoso. 
Complázcome  en  tributar  á  éste,  mi  admiración  y  á  la  memoria  de 
aquél,  mi  respeto. 


XXII 

suficientes  aquéllas  á  evitar  extravíos;  por  no  estar  prepa- 
rados los  ánimos  á  recibirlas;  y  los  que  aprovecháronse  de- 
bióse á  lo  que  endoctrinó  el  ejemplo»;  el  ejemplo!  que  hizo 
prodigios.  En  efecto;  el  petrarquismo,  que  tanto  significa, 
como  la  venida  de  la  poesía  subjetiva  á  la  Edad  Moderna,  y 
que  extendido  por  Europa,  al  modo  de  las  ideas  emancipa- 
doras del  estado  llano,  cerrando  las  gestas  feudales,  había 
cruzado  en  España  sus  armas  con  Micer  Francisco  Impe- 
rial, habíase  enseñoreado  de  la  corte  literaria  de  D.  Juan  11 
y  entrado  en  los  romanceros  por  asalto,  ganóse  al  lado  del 
trono  de  Carlos  V  un  apóstol  dulcísimo,  que  confiado  en  su 
genio  y  en  la  verdad  de  sus  sentimientos,  sin  otro  guia  que 
su  propia  emociónj  dio  al  aire  sus  esperanzas  ó  sus  quejas, 
en  poemas  cuya  espontaneidad  obedecía  á  las  conclusiones 
del  fundador  del  libre  examen,  y  con  los  que  creó  la  lírica; 

llegando  á  tremolar  sus  estandartes diría  en  la  Torre  de 

la  Vela  de  la  literatura  si  Castillejo  hubiese  sido  un  Boabdil! 
Estos  estandartes  nunca  han  sido  arrancados  de  su  lugar  de 
gloria,  siquier  la  creación  artística  del  tierno  y  delicado 
cantor  se  encerrase  con  él,  en  la  tumba  de  la  toledanji  iglesia 
de  San  Pedro  Mártir.  Ahora  bien,  el  ejemplo  extiende  por 
nuestra  patria  los  poetas  italo-españoles,  de  hermosa  ento- 
nación clásica  y  colorido  petrarquista;  construye  el  atrio 
del  San  Pedro  del  arte  nacional,  de  la  basílica  edificada  por 
Lope  en  una  encantadora  confluencia,  y  por  él  coronada  con 
gigantesca  cúpula  en  la  que  domina  la  inspiración  á  la 
forma:— el  ejemplo  llena  de  cisnes  el  Guadalquivir  y  pro- 
duce cánticos,  cuyas  notas  revelan  liras  en  las  que  hay 
cabellos  de  la  antigua  musa  y  áureos  cabellos  de  Laura  por 
cuerdas;  riquísima  fantasía  é  idealidad  artística:— elejemplo 
pone  el  harpa  coronada  de  hiedra  y  laurel,  en  las  manos  de 
fray  Luis...,  el  de  Belmonte!,  el  más  lírico  de  su  siglo  después 
de  Garcilaso!....,  en  las  manos  del  vate  «cuyo  primor  eran 
sus  aficiones  á  la  vida  del  campo»:  y  el  ejemplo  consagra 
sacerdotes  de  Apolo  á  dos  aragoneses  ilustres  caracterizados 
por  su  clasicismo,  más  latino  que  griego,  y  por  sus  tenden- 
cias filosóficas,  para  que  prestasen  á  la  historia  señaladísimo 
servicio. 

Encerrado  Carlos  V  en  Yuste  y  en  el  sepulcro  más  tarde, 
^entristecido  el  genio  nacional  y  enconado  por  las  luchas 
con  los  luteranos,  y  el  luteranismo»,  renació  la  exaltación 
épica  de  los  días  del  Romancero,  de  los  días  en  que  los  con- 
quistadores clavaban  lanzas  en  los  muros  de  Murcia  y  de 
Granada;  penetró  en  el  teatro  y  en  la  poesía  el  espíritu  de 
San  Fernando,  de  Don  Jaime,  del  Cid,  de  Pelayo;  creyóse  el 
pueblo,  destinado  á  empresa  superior  á  la  del  indómito  de 


XXIII 

la  Reconquista;  y  los  líricos  del  siglo  xvi,  excepto  algunos 
religiosos,  pulsaron  el  harpa,  al  modo  de  los  hebraicos,  de 
los  de  Grecia  y  de  los  de  Roma,  influidos  por  el  renacimiento 
y  por  la  duda  de  la  propia  inspiración  (i).  La  lírica  en  la 
centuria  décimasexta  y  en  las  dos  que  le  siguen,  presén- 
tanos una  rica  variedad;  mas  en  ella  el  sentimiento  y  el 
concepto,  observa  un  escritor  ilustre,  «quedan,  como  queda 
la  personalidad  humana  bajo  los  tristes  días  de  los  Felipes 
y  los  primeros  de  la  Casa  de  Borbon»;  apareciendo  más 
tarde,  en  la  décimanona,  que  es  la  de  las  revoluciones,  como 
fruta  suya;  y  es  frase  del  malogrado  Revilla.  Sería  imposible 
el  que  nuestra  lírica  resultara  en  línea  recta  con  la  del 
herido  glorioso  de  Frejus,  sin  un  período  intermedio,  sin 
las  sátiras  de  los  Argensolas,  que  nuevos  Moisés,  allanando 
las  dificultades  de  la  peregrinación,  voltearon  el  puentecillo 
que  une  la  ribera  en  que  cimbréase  el  sauce  de  un  ideal  en 
su  ocaso  y  la  ribera  en  que  florece  el  árbol  de  un  ideal 
naciente,  con  su  gravedad  filosófica,  su  moral  apacible,  su 
depurado  gusto;  y  con  sus  poesías  construyeron  el  arca 
salvadora  de  grandes  destinos  y  tradiciones  literarias. 

La  ponzoña  que  germinaba  bajo  la  púrpura  de  nuestras 
grandezas  inficionó  la  atmósfera;  presentimientos,  cual  los 
que  entristecieron  á  Luciano,  á  Tácito,  á  Plutarco, y  al  Poeta 
de  Córdoba  y  al  Poeta  de  Aquino  y  al  Poeta  de  Venusa,  em- 
pezaron á  expresar  los  espíritus  superiores, — un  Rodrigo 
Caro,  en  las  Ruinas  de  Itálica,  un  Quirós  en  el  más  célebre 
de  sus  sonetos,  cada  una  de  cuyas  letras  es  una  lágrima: — 
decayó  entre  nosotros  todo,  armas,  política,  ciencia,  pobla- 
ción, industria;  las  astillas  de  las  lanzas  de  nuestras  glo- 
riosas milicias  municipales  sirvieron  para  atizar  las  hogue- 
ras en  que  fueron  quemados  hombres  y  manuscritos;  hun- 
dióse nuestro  poderío;  tornóse  cabalística,  conceptuosa,  la 
sencilla  literatura  del  Laberinto,  del  Quijote,  de  la  Estrella 
de  Sevilla,  en  rebuscada  y  aguda  la  elocuencia  de  Avila  y 
del  P.  Granada»;  juguete  de  los  conceptos  y  retruécanos  la 
lengua,  la  virgen  de  los  siglos  xiii  y  xiv,  la  adulta  que  con 
tanto  cariño  educara  el  sig!o  xv,  la  rica  y  cultísima  ma- 
trona del  siglo  XVI,  vino  á  sucumbir,  despojada  de  su  be- 
lleza impura  y  profanada,  bajo  la  repugnante  degradación 
y  el  vilipendio  de  aquéllos  tiempos  miserables»  (2),  en  los 
que  alcanzaron  franquía,  sólo  las  artes,  que  nos  dieron 
nuestro  primer  pintor,  Velázquez,  al  comenzar  el  eclipse  de 


(1)  Canalejas. 

(2)  Conde  de  Quinto. 


XXIV 

la  centuria  decimoséptima  y  nuestro  primer  poeta,  Calderón 
de  la  Barca,  que  vivió  hasta  los  primeros  años  del  Hechizado; 
pues  España,  su  raza,  habían  sido  tan  sublimes,  (f\ie  al  esca- 
párseles la  vida  y  reconcentrarse  ésta  en  un  punto,  tenía 
que  lanzar  fulgores  tan  magníficos,  como  ese  admirable 
poema  del  terror,  que  el  más  perfecto  de  los  realistas  nos 
legase,  en  su  Cristo  y  esos  poemas  de  la  muerte  que  se 
llaman,  La  Devoción  de  la  Cruz,  El  Medico  de  su  honra,  El 
Purgatorio  de  S.  Patricio,  La  Vida  es  Sueño.  Estragado  el 
gusto;  perdida  la  maestría  del  estilo;  el  aragonés  salvó  la 
hermosa  tradición  literaria  española;  mostró  la  buena  senda 
á  la  extraviada  época;  conservó  á  Castilla  su  hermosa  habla, 
enviando  á  ella  con  la'Gramática  debajo  el  brazo  al  sesudo 
Rector  de  Villahermosa  y  á  Lupercio,  tan  desnaturalizado 
con  sus  obras  como  el  Cisne  de  Mantua  para  con  su  Eneida; 
— Horacios  ambos  de  las  letras  que  echaron  la  simiente  de 
una  critica  razonada  y  seria,  apartada  de  las  voluntarieda- 
des y  caprichos  del  vulgo,  y  cuyos  esfuerzos  detuvieron  el 
mal,  siquier  no  lo  evitaran,  pues  á  pesar  de  ellos,  á  pesar  de 
los  trabajos  críticos  y  traducciones  de  Aristóteles  en  que 
entendiesen  un  día,  el  Príncipe  de  Viana,  Lebrija,  Luis 
Vives,  Sepúlveda,  Pérez  de  Castro  y  el  Brócense;  á  pesar  del 
libro  de  Pinciano  (D  y  de  las  Tablas  de  Cáscales;  á  pesar  de 
las  páginas  retóricas  en  sentido  clásico,  del  solitario  de 
Alajar  y  de  Matamoros;  á  pesar  de  la  traslación  castellana  de 
la  Epístola  á  los  Pisones  por  Luis  Zapata  y  la  del  rondeño 
Espinel,  autor  de  la  más  hermosa  novela  del  género  pica- 
resco y  del  cuadro  El  Incendio  y  Rebato  de  Granada,  que 
recuérdanos  por  su  energía,  la  pintura  en  que  Rafael 
perpetúa  los  destrozos  de  las  llamas  en  el  Borgo;  á  pesar  del 
ensayo  de  versión  de  la  Poética  del  maestro  de  Alejandro  que 
lleva  el  nombre  de  Alonso  Ordóñez  y  de  las  páginas  en  que 
el  erudito  González  Salas  expuso  los  principios  del  que  fué 
la  base  de  las  escuelas  teológicas,  ídolo  del  árabe  y  de  la 
poesía  del  Renacimiento,  y  que  para  ser  destronado  en  el 
arte,  en  la  ciencia,  necesitáronse  un  Bacon,  un  Descartes  y 
un  Lope;  á  pesar  de  empresas  tan  gallardas  y  de  los  preser- 
vativos de  los  Argensolas,  ingenios  útiles  entre  los  más 
útiles  de  España,  en  el  siglo  xviii  invadió  ésta,  toda  la  co- 
rrupción producida  por  los  extravíos  con  que  se  torció  el 
ideal  purísimo  de  la  lira  del  Guadalquivir  y  el  tono  avulga- 
rado  de  los  últimos  secuaces  del  Fénix  (2). 

(1)  Philosophia  antigua  poética. 

(2)  El  epítome  de  elocuencia  de  D.  Francisco  Artigas  reproduce  per- 
fectamente el  espectáculo  aludido. 


I 


XXV 

El  mal  agravóse  de  tal  suerte,  que  sus  estragos  fueron 
más  terribles  que  los  estragos  de  la  peste  de  Florencia, 
entre  cuyos  horrores,  la  prosa  de  Italia  salió  perfecta  de  la 
satírica  pluma  del  Bocaccio.  Hacía  falta  una  reforma,  y  la 
reforma  vino.  ¿De  dónde?  De  donde  la  prudencia  y  la  sensa- 
tez de  juicio  son  virtudes  características.  Si,  la  señal  para 
que  comenzase  el  movimiento  clásico,  que  había  de  alterar 
las  teorías  críticas  en  toda  la  Península  (D,  la  dio  un  hijo 
de  la  ciudad  Augusta.  Tarea  de  indisputable  mérito  la  suya, 
que  dio  por  resultado  una  obra  en  la  que,  si  no  brillan  por 
su  ausencia  los  conceptos  inexactos,  las  aplicaciones  falsas, 
los  horrores  y  las  doctrinas  temerarias,  hay  fecundísimos 
aciertos!  Empresa  noble  la  del  Aragonés  ilustre  (2)  que,  á 
despecho  de  las  contrariedades  que  se  le  opusieron,  con- 
quistó el  favor  de  muchos  doctos;  y  que  llevando  brisas, 
cristal,  olas,  espumas,  al  Mar  Muerto  de  la  inspiración  y 
arena  de  oro  á  sus  playas,  trocólo  en  un  Mediterráneo,  ca- 
paz de  dar  voz  á  la  elocuencia;  pincel,  buril  y  lira  á  los 
artistas  y  poetas.  Si  la  crítica  novísima  está  formada,  agra- 
decedlo,  á  quien  cavó  los  cimientos  de  este  Alcázar.  Y  si 
queréis  ver  las  fases  por  que  ha  pasado  aquélla;  la  comuni- 
cación artística  de  las  cristalizaciones  parciales  que  han 
precedido  á  la  total  de  hoy,  encontraréis,  cerca,  á  Lista  y  Gil 
y  Zarate,  antes  la  escuela  romántica  y  la  histórica,  más  allá 
á  Quintana,  Jovellanos  y  Sánchez,  más  lejos,  á  Ríos  y  Camp- 
many,  y  dando  origen  á  estos  desarrollos,  —  ideal  el  uno, 
esencial  el  otro,  armónico  esotro,  naturalista  aquél,  ó  esté- 
tico ó  discursivo;  —  la  construcción  filosófica  de  nuestro  in- 
mortal paisano;  á  quien  bendecirá  la  historia,  siempre  que 
recuerde  el  siglo  de  Carlos  III;  cuando  contemple  la  gran- 
deza de  los  Moratines;  cuando  se  fije  en  las  tentativas  pa- 
trióticas de  los  que  quisieron  resucitar  el  entusiasmo  por 
la  antigua  literatura  española;  cuando  admire  la  iglesia  que 
formaron  en  Salamanca,  Meléndez  Valdés  y  Cienfuegos, 
Fr.  Diego  González,  Iglesias  y  el  segundo  Brócense,  y  la  que 
eH  Sevilla  hizo  palpitar  de  gozo  los  restos  de  Herrera  en  el 
fondo  de  su  tumba;  cuando  recuerde  los  nombres  de  los 
críticos  y  poetas  granadinos,  dispersados  por  las  cureñas 
francesas  en  1808,  alguno  de  los  que  ciñó  laureles  tan  in- 
marcesibles, como  los  laureles  de  Martínez  de  la  Rosa,  ó  el 


(1)  El  epítome  de  Elocuencia,  de  D.  Francisco  Artigas,  reproduce 
perfectamente  el  espectáculo  aludido. 

(2)  Barcelona  disputa  á  Zaragoza  la  maternidad  de  Luzán,  cuyo  hijo 
ha  acreditado  la  opinión  de  que  el  autor  de  la  Poética  fué  bautizado  en 
La  Seo. 


XXVI 

nombre  de  un  Quintana,  de  un  Jovellanos,  de  un  Burgos, 
de  un  Gallego;  cuando  se  recree  con  las  hermosuras  y 
bienandanzas  conseguidas  por  la  belleza  en  la  época  de  que 
somos  hijos  (D. 

Delicias  de  la  historia  merece  llamarse  el  país  que  dio  al 
Imperio  á  aquel  bilbilitano  amargo  y  despechado,  sostene- 
dor de  la  tradición  homérica  y  cultivador  de  la  lengua  de 
Virgilio  en  la  romana  margen  del  Tiber,  grave  y  profundo 
al  pensar  como  filósofo,  incisivo  y  punzante  al  empuñar  los 
harpones  de  la  sátira;  el  país  en  cuya  sede  sentáronse,  entre 
otros  prelados  insignes,  un  San  Braulio,  el  discípulo  pre- 
dilecto de  San  Isidoro,  que  mereció  el  honor  de  poner  sus 
manos  en  las  Etimologías;  un  Tajón,  el  sabio,  el  inmortal 
Tajón,  que  enseñó  á  muchos  y  confortó  á  los  que  vacilaban. 
Delicias  de  la  historia  merece  llamarse  el  país  que  dio  cuna 
á  Antonio  Agustín,  y  al  que  con  más  exactitud  nos  presen- 
ta una  idea  de  la  Constitución  aragonesa,  á  Jerónimo  de 
Zurita,  «que  conocedor  del  mundo,  perspicaz  en  los  nego- 
cios de  Estado,  sereno,  reflexivo,  exento  de  todo  apasiona- 
do espíritu  nacional,  busca  la  verdad  y  la  halla,  anima  los 
hechos  con  sagaz  inteligencia,  los  explica  con  nimiedad, 
decide  después  de  haber  pesado  imparcialmente  las  razo- 
nes»... (2);  á  Jerónimo  de  Zurita!,  que  de  haber  engalanado 
sus  nobles  prendas  con  el  primor  de  Mariana,  merecería  el 
epíteto  de  Tito  Livio  de  Zaragoza. 

Delicias  de  la  historia  le  llamaran  los  que  conozcan 
nuestros  esmaltes  y  las  joyas  que  salieron  del  taller  de  los 
escultores  en  esta  patria  de  Tudelilla;  la  sillería  de  coro  de 
la  catedral  de  Tarragona,  de  Gomar,  ó  el  San  Bruno  de  la 
Cartuja  de  Aula  Dei  de  Gregorio  de  Mesa;  el  Cristo  muerto 
de  Prado  ó  el  San  Pedro  Arbués  de  Ramírez;  nombres  tan 
ilustres  como  el  del  autor  de  los  pulpitos  de  Santiago  (3)  y 
el  del  rejero  que  tan  admirable  parece  en  la  basílica  del 
Pilar:  y  delicias  de  la  historia  apellidaran  á  la  tierra  que 
amamantó  en  los  días  de  D.  Ramiro  el  Monje  á  Jordán  y 
produjo  el  mejor  arquitecto  de  comienzos  de  este  siglo,  don 
Silvestre  Pérez,  quienes  lean  los  anales  de  la  arquitectura 
escritos  en  suntuosos  templos  y  soberbios  edificios  públi- 


(1)  Siento  no  tener  más  autoridad,  para  que  la  alabanza  sea  más  dig- 
na de  ella.  Encontrará  grandes  enseñanzas  quien  medite,  leyendo,  la 
Historia  de  la  Crítica  literaria  en  España  desde  Luzán  hasta  nuestros  días, 
con  exclusión  de  los  autores  que  aun  viven,  por  el  sabio  profesor  señor 
Fernández  González. 

(2)  Fernández  Espín,  honra  y  prez  de  la  Universidad  de  Sevilla. 

(3)  Celma. 


XXVII 

eos,  en  primorosas  torres  y  bellísimos  cimborrios,  en  minas 
<iual  la  de  Daroca,  en  acueductos  cual  el  de  Teruel,  en  obras 
de  hidráulica  cual  la  de  Grisén,  que  es  la  primera  de  Euro- 
pa, en  portadas  cual  la  de  Santa  Engracia,  en  la  Gasa  Lonja 
y  la  Aljaferia;  —  los  que  conozcan  las  glorias  de  la  impren- 
ta, donde  funcionaron  las  prensas  de  Mateo  Flandro,  y  las 
glorias  del  pincel,  donde  hubo  maestros  ya  en  el  siglo  xivy 
tiene  su  país  natal,  en  el  xix,  el  arte  moderno.  Porque  ara- 
gonés fué  Aponte,  el  pintor  de  D.  Juan  II,  y  aragoneses 
fueron  Cuevas,  que  ayudó  á  Pelegrin  en  sus  trabajos  de  la 
sacristía  de  la  catedral  oscense,  y  Ezpeleta,  que  iluminó  li- 
bros de  coro  á  maravilla;  aragonés  Jerónimo  de  Mora,  que 
luce  en  sus  blasones  la  paleta,  el  laúd  y  la  espada,  aquel 
buen  discípulo  de  Sánchez  Coello,  camarada  de  los  Cardu- 
chos  y  Caxes,  tan  ensalzado  por  Cervantes,  Uztarroz  y  Lope, 
y  aragonés  Francisco  Plano,  pintor  al  temple  de  la  talla^ 
según  Palomino,  de  los  Colonna  y  Mitelli  que  Velázquez 
encontró  en  Bolonia;  aragonés  José  Leonardo,  el  dulce  José 
Leonardo,  el  autor  de  las  Llaves  de  Breda  y  la  Toma  de 
Acqui  por  D.  Gómez  Suárez  de  Figueroa;  aragonés  Jusepe 
Martínez,  que  á  semejanza  de  Vinci  y  Vasari,  ciñe  los  lau- 
reles del  escritor  y  los  del  artista;  aragonés  Cabeza  de  Va- 
ca, paje  de  D.  Juan  de  Austria;  aragonés  Josef  Luzán,  ara- 
gonés Bayeu  y  aragonés  Goya,  —  la  quinta  estrella  del  cielo 
espiritual  de  España,  según  mi  insigne  y  malogrado  amigo 
Suárez  Llanos,  el  demoledor  ilustre  que  burlóse  del  fana- 
tismo religioso,  con  la  risa  de  Bocaccio  y  extendió  la  pali- 
dez cadavérica  sobre  el  rostro  de  instituciones  barridas  por 
los  vendavales  revolucionarios,  el  Apeles  de  las  ideas  de  su 
época,  el  hijo  de  la  Enciclopedia,  el  precursor  del  romanti- 
cismo, un  genio  original,  universal,  el  más  español  de  los 
españoles,  amargo,  escéptico,  múltiple,  que  tuvo  la  natura- 
leza por  madre,  la  sociedad  por  inspiración,  soñador  y  rea- 
lista, parecido  á  Velázquez  y  á  Rembrandt  á  un  tiempo,  una 
faceta  principalísima  del  pasado  siglo,  el  símbolo  más  per- 
fecto del  advenimiento  del  pueblo  á  la  vida  social,  la  apo- 
teosis de  nuestra  brusca  independencia,  el  cantor  de  nues- 
tros hermosos  horizontes. 

Y  el  que  se  detenga  á  considerar  ese  arte  nobilísimo,  que 
es  la  imprenta  de  la  Pintura,  gracias  al  que,  son  conocidos 
en  el  orbe  las  Parcas  ó  las  Sibilas  de  Miguel  Ángel  y  las 
Diosas  de  Rubéns,  el  Baile  de  los  Amorcillos  y  la  Beatriz 
de  Ary  Scheffer,  el  Diluvio,  y  la  media  naranja  de  la  Es- 
cuela de  Bellas  Artes  de  Delaroche,  la  travesura  de  Jesús 
niño  y  la  alegría  del  jilguera)  en  su  dulce  prisión,  que  he- 
chizo tan  singular  ponen  en  dos  Sacr a-Familias  de  Rafael; 


XXVIII 

pueden  adornar  las  paredes  de  los  palacios,  las  paredes  de 
los  museos,  y  las  paredes  más  humildes,  la  Psiquis  de  Julia 
y  la  Aurora  de  Reni,  las  Concepciones  de  Murillo  y  la  Cena 
de  Leonardo  de  Vinci,  el  Avestruz  de  Boucher  y  el  Aguador 
de  Sevilla;  han  llegado  á  las  más  pobres  aldeas  los  caballos 
de  Velázquez  y  le  es  posible  al  marinero  el  colgar  el  ex  voto 
de  una  artística  estampa  de  la  Virgen  del  PcSy  en  el  ara  de 
la  ermita  de  la  costa,  que  con  la  luz  de  su  lámpara  de 
bronce,  en  negra  noche  de  tempestad,  inspiróle  una  invo- 
cación á  la  que  es  estrella  de  los  mares!  ¡Oh,  y  qué  recuer- 
dos se  agitarán  en  su  memoria  en  esta  ciudad,  donde  grabó 
D.  Juan  de  Austria  curiosa  lámina!  Se  agitarán  los  recuer- 
dos de  una  época  que  merece  ser  envidiada  por  la  misma 
Italia  de  los  Médicis.  ¡Qué  días  aquellos!  El  noble  arte  de 
Gutenberg  (ya  queda  indicado)  rayaba  á  prodigiosa  altura. 
Son  llevadas  á  las  prensas  de  la  ciudad  cesárea  y  augusta 
la  obra  decretada  á  Zurita  por  las  Cortes  de  Monzón  en  1547 
y  la  del  Doctor  Juan  Francisco  Andrés  de  Uztarroz,  y  encár- 
ganse  de  ejecutar  las  portadas,  el  Maestro  Diego,  —  que 
embelleció  aquel  monumento  clásico  con  un  pórtico  admi- 
rable, con  una  tan  magistral  como  la  dibujada  por  Salas 
para  el  Ensayo  sobre  el  Teatro  español  de  Latre,  —  Jusepe 
Martínez  y  el  grabador  Valles,  el  mismo  que  puso  un  pri- 
mor al  frente  del  Bartolomé  Argensola;  escribe  el  P.  Pablo 
Albiñana  Las  Lágrimas  de  Zaragoza,  é  ilústrala  con  tres 
estampas  tan  notables,  como  los  mascaroncillos  y  figuras 
de  Vinglez  en  su  Ortografía  práctica;  tratan  de  publicar, 
Lastanosa  su  libro  sobre  la  moneda  jaquesa,  Zayas  sus 
Anales,  el  Conde  de  Sástago  su  Historia  del  Canal  Imperial 
y  Fr.  L.  Benito  Martón  la  suya  del  subterráneo  santuario 
del  Real  Monasterio  de  Sta.  Engracia^  y  encuentran,  el 
buril  de  Artiga,  —  autor  del  agua  fuerte  de  la  fachada  de  la 
catedral  de  Huesca,  —  el  de  Renedo,  el  de  Dorbal,  que  per- 
petuó las  severas  facciones  de  Pignatelli,  el  de  Mateo  Gon- 
zález, á  quien  se  debe  el  sello  de  nuestra  Sociedad  Econó- 
mica de  Amigos  del  País,  y  el  de  Fr.  Ángel,  á  la  vez  que  el 
lápiz  de  Raviella. 

Y  no  son  sólo  estos  los  triunfos  que  nos  ufanan,  puesto 
que  podemos  también  recordar  que  un  Dolivar  honró  á  su 
patria  en  París,  lo  que  hoy  honra  á  la  suya  Pradilla,  en  la 
ciudad  de  los  Pontífices;  que  un  Brieva  cantó,  sí,  pues  un 
poema  forman  sus  estampas  del  combate  de  Tolón,  —  asun- 
to no  menos  épico  que  el  incendio  de  las  naves  de  Cortés  y 
las  hazañas  de  Gonzalo  de  Córdoba  en  Ceriñola,  en  aquel 
día  en  que  los  ribadoquines-mosquetes  de  Diego  de  Vera 
adquirieron  celebridad  mayor  que  los  truenos  y  bombardas 


XXIX 

de  que  nos  hablan  los  escritores  árabes  y  la  Crónica  de 
Pedro  IV,  que  las  cerbatanas  de  Toro,  que  la  Artillería  de 
Bailen...  (1)  y  ¿qué  mucho?  el  dibujo  y  la  lámina  en  que  se 
expiden  los  diplomas  de  la  Económica  de  Amigos  del  País, 
testifican  hasta  qué  punto  se  ha  vivido  en  el  arte  y  con  el 
arte,  en  este  antiguo  reino,  en  el  que  trabajaron  ó  se  for- 
maron los  Morlanes,  los  Forment,  los  Salas  y  otros  que 
con  justicia  se  hallan  en  los  augustos  Areópagos  de  la  in- 
mortalidad. 

Ah!  Cuan  grande  es  la  tierra  en  que  los  Salanovas  ejer- 
cieron aquella  magistratura  insigne,  que  los  aragoneses 
jamás  se  resignaron  á  que  estuviese  vacante  ni  una  hora, 
ellos!  tan  habituados  á  ver  sin  inquietudes,  vacío  el  trono; 
aquella  magistratura  que  por  su  naturaleza,  autoridad  é 
inmunidades,  por  lo  excepcional  de  su  jurisdicción,  inter- 
venida por  un  famosísimo  Consejo  que  podía  procesar  á  este 
magistrado  y  sentenciarlo  á  sufrir  una  pena,  por  su  magní- 
fica y  ejemplar  historia,  descuella  sobre  nuestras  institu- 
ciones más  venerandas;  aquella  magistratura  en  fin  «cele- 
brada, original,  nuestra,  sólo  nuestra,  y  de  tan  conspicua 
significación  que  constituye  y  determina  una  forma  pecu- 
liar de  gobierno!»  Cuan  grande,  la  tierra  de  las  franquicias, 
y  leyes  excelsísimas,  en  la  que  estuvo  mucho  tiempo  la 
Constitución  encarnada  en  las  necesidades  y  en  los  medios 
que  teníamos  para  remediarlas;  los  fueros  en  los  usos, — có- 
digo de  los  municipios — y  en  las  costumbres, — código  de 
todos;— y  las  libertades,  base  y  fundamento  de  la  Constitu- 
ción, del  uso  y  de  la  costumbre,  eran  derechos  facultativos...; 
la  tierra!  en  la  que  rasgó  con  su  puñal  el  célebre  Privilegio, 
un  monarca  iracundo,  calculador  en  sus  odios  y  en  sus  en- 
tusiasmos, parecido  á  Fernando  el  Católico  por  el  talento,  á 
Luis  XI  por  la  astucia,  y  un  liberal  Alfonso  escribió  en  los 
jirones  del  ejemplar  profanado,  el  serás  nuestro  rey  si  cum- 
ples lo  pactado  y  si  no,  no,  y  el  seré  vuestro  rey  en  tanto 
cuanto  cumpla  lo  pactado  y  si  no,  no,  ya  que  podréis  alzar 
nuevo  rey  entonces,  tomándolo  cual  queráis  y  de  donde  que- 
ráis Más  grande  nos  lo  pareciese  aún,  si  poseyésemos  los 
archivos  y  códices  destruidos  por  las  llamas  y  por  la  ira 
del  Ceremonioso;  y  si  la  bruma  que  envuelve  el  alba  de  la 
dominación  musulmana  no  hubiérase  hecho  más  densa,  á 

(1)  Dirigida  por  el  Sainetero,  hijo  del  célebre  D.  Ramón  de  la  Cruz. 
Véase  el  erudito  artículo  publicado  en  el  Memorial  de  Artillería  por  el 
Capitán  Arantegui,  uno  de  los  individuos  más  ilustrados  del  Cuerpo  á 
que  pertenecen  personas  como  Plasencia  y  la  Sala.  El  Sr.  Arantegui  es 
autor  de  unos  Apuntes  históiñcos  sobre  la  Artillería  en  los  siglos  xiv  y  xv, 
que  esperan  con  impaciencia  los  estudiosos  ver  publicados. 


XXX 

medida  que  han  aumentado  las  modernas  investigaciones. 
Por  lo  que  de  ella  conocemos,  es  un  poema  caballeresco, 
pues  la  verdad  resulta  poesía;  es  una  página  de  los  anales 
de  la  humanidad,  parecida  á  la  de  la  Ciudad  de  los  Césares, 
pues  si  en  la  Ciudad  de  los  Césares  las  ideas  todas  conflu- 
yen en  el  majestuoso  rio  que  recoge  los  caudales  de  la  an- 
tigüedad y  se  llama  Derecho  Romano,  en  Aragón  los  cauda- 
les de  su  vida  confluyen  en  el  Derecho;  aquí  tan  amado  que 
jamás  se  toleró  su  mengua;  de  lo  cual  procede  el  poder  de 
nuestras  instituciones  nacionales, «cimentadas  en  el  respeto 
de  los  ciudadanos  y  sobrepuestas  á  la  tornadiza  voluntad 
de  los  hombres...»;  aquí  tan  amado!,  que  si  un  día  lega  su 
corona  al  Temple,  el  héroe  cuyo  espectro  ve  la  imaginación 
en  los  memorables  campos  de  Fraga,  el  nieto  de  los  que  tu- 
vieron cuna  de  peña  en  las  fragosidades  de  Uruel,  protesta 
contra  la  voluntad  de  D.  Alfonso  y  rescátase  á  si  mismo;  y 
si  Pedro  II,  da  en  feudo  al  Pontíflce  su  reino,  el  reino  dice 
á  Roma  que  no  es  él  un  patrimonio  del  monarca  y  que  los 
aragoneses  se  deben  ante  todo  y  sobre  todo,  á  sus  sacratísi- 
mas leyes.  Aragón  posee  un  espíritu  recto  y  justiciero;  está 
dotado  de  bondadosísima  tolerancia;  es  el  país  de  la  discre- 
ción y  la  agudeza,  de  las  colectividades  'robustas;  sus  hijos 
saben  obedecer,  son  dignos  en  su  modestia,  y  abnegados 
siempre;  de  todo  lo  que  procede  su  aptitud  para  la  Jurispru- 
dencia. Él  objetivó  su  vida,  en  las  creaciones  jurídicas  más 
originales,  en  máximas  consuetudinarias  amparadas  por 
una  codificación  tutelar  y  expansiva  d)  cuyo  criterio  es  el 
standum  est  charlee  y  cuyos  principios  capitales  constituyen 
el  ideal  de  hoy;  y  por  esto  la  en  que  vivimos,  es  la  tierra  de 
la  libertad  civil  y  de  la  costumbre  formulada  en  preceptos. 
Nos  aventajan  en  muchas  ciencias.  Salamanca,  la  ciudad 
del  Renacimiento  español;  Córdoba,  que,  en  la  época  teo- 
crática, nos  reveló  la  química  y  el  aristotelismo,  y  Alcalá, 
nombre  no  menos  insigne  que  el  de  Oxford;  nos  aventajan 
en  el  arte  la  ribera  en  que  nacieron  Hurtado  de  Mendoza  y 
Alonso  Cano,  y  aquella  á  la  que  escapáronse,  atraídos  por 
sus  maravillas,  los  ángeles  que  Bartolomé  devolvió  al  em- 
píreo, encarcelados  en  sus  pinturas: — nadie  nos  superó  ja- 
más en  el  Derecho,  ni  ejecutó  obra  de  sentido  superior  á  la 
de  D.  Vidal  de  Canellas.  Nunca,  un  pueblo  fué  más  contra- 
rio á  los  pleitos  que  el  aragonés,  ni  más  entusiasta  del 
Acto  de  conciliación,  del  Juicio  de  Amigables  Componedo- 
res y  del  Consejo  de  familia.  El  Registro  de  la  Propiedad  lo 


(1)    Costa. 


XXXI 

encontraréis,  ya  desde  el  siglo  xv,  en  la  zona  en  que  el  de- 
recho popular  tiene  su  órgano  en  el  casamentero,  no  se  co- 
nocen las  palabras  expropiación  y  confiscación,  y  no  hubo  ni 
hay  más  fuentes  jurídicas  que  la  charta,  el  fuero,  las  cos- 
tumbres y  la  equidad;  en  la  zona  en  que  cada  familia  es  le- 
gisladora, ejecutora  é  intérprete  de  las  leyes  que  la  rigen,  y 
juzga  en  virtud  de  ellas;  y  en  que  todos  los  individuos  son  li- 
bres en  el  hogar  doméstico,  sin  que  la  amorosa  unidad  de 
los  seres  que  el  sentimiento  ha  reunido  bajo  el  mismo  techo 
esté  pei'turbada.  Y  en  lo  que  se  refiere  á  su  Constitución 
política!  Estudiad  los  preceptos  de  nuestro  código;  compa- 
rad el  Estado  aquí  y  fuera  de  aqui,  entonces;  y  deduciréis 
un  gran  contraste,  entre  el  atraso  de  las  instituciones  vi- 
gentes en  los  demás  países  y  la  superioridad  de  las  que 
entre  nosotros  contenían  principios  tan  cabios,  cual  los 
que  tiene  por  mejores  la  ciencia  novísima.  «Antes  que 
nadie,  escribe  un  notable  publicista,  antes  que  Inglaterra, 
antes  que  Castilla,  antes  que  Francia,  el  aragonés  com- 
pletó sus  Cortes  con  la  entrada  del  brazo  popular: — con  el 
equilibrio  y  ponderación  de  sus  poderes  públicos,  se  anti- 
cipó á  las  teorías  constitucionales  de  hoy: — la  conducta  li- 
beral, sensata  y  patriótica  de  sus  Estamentos  es  un  ideal 
para  la  España  moderna: — su  asamblea  de  Caspe  fué  una 
originalidad  en  la  historia: — y  otra  originalidad,  que  la 
ciencia  del  derecho  no  ha  acertado  todavía  á  definir,  el  jus- 
ticiazgo», que  pasó  inadvertido  hasta  la  reconquista  de  Za- 
ragoza, en  1115,  y  que  no  se  ejerció  plena  y  libremente, 
sino  á  partir  de  aquel  día  de  sol  rojizo,  de  sol  de  color  de 
sangre,  en  que  fué  enterrado  en  los  campos  de  Epila  el 
poder  de  los  ricohomes.  En  parte  alguna  ha  sido  un  ma- 
gistrado tan  digno  de  llamarse,  como  la  más  bella  de  las 
virtudes!  Los  anales  del  singular,  vitalicio  é  inamovible 
ministerio  del  Justicia,  en  todas  sus  páginas,  preséntannos 
ejemplos  de  imparcialidad  y  viril  independencia:— en  una, 
la  firma  de  derecho  expedida  por  el  juez  popular,  á  causa 
de  los  célebres  tributos  impuestos  por  Alonso  V  para  casar 
dos  hijas  suyas  ilegítimas, — en  otra,  el  fallo  de  Jiménez  de 
Cerdán  con  motivo  de  la  exoneración  del  primogénito  del 
vencedor  en  Epila;  en  ésta,  el  que  anuló  el  nombramiento 
del  Conde  de  Prades  para  el  virreinato, — en  aquélla,  el  dic- 
tado por  Salanova,  que  condenó  á  los  oligarcas  y  salvó  á 
Jaime  II.  Así  servía  el  justiciazgo  á  la  corona,  pues  mejor 
se  la  sirve  «conteniéndola  con  energía,  dentro  de  los  lími- 
tes de  su  autoridad  legal,  que  estimulándola  á  la  perpetra- 
ción de  abusos  y  demasías: — en  el  primer  caso  se  vela  por 
el  prestigio  de  la  dignidad  regia,  y  en  el  segundo  se  labra 


XXXII 

su  descrédito» (1).  Y  por  si  no  parecieren  bastantes  las  altas 
cualidades  políticas  del  aragonés,  recuérdese  que  aceptó  el 
Jurado  y  no  el  tormento;  consagró  el  principio  de  la  invio- 
labilidad del  hogar;  escribió  el  fuero  de  la  Manifestación, 
«ley  general  hoy,  en  las  de  enjuiciamiento  y  en  las  consti- 
tuciones de  las  democracias»;  juzgando  tan  esenciales  á  la 
cualidad  de  ciudadano  los  beneficios  que  garantizaban  la 
persona  y  los  bienes,  que  se  reputaban  aquéllos  anteriores 
y  superiores  á  la  voluntad;  á  la  voluntad!,  que  no  podía  re- 
nunciarlos», Parécese  Aragón  al  pueblo  inglés  (é  igual  se- 
mejanza tienen  entre  si  Aragón,  el  pueblo  inglés  y  el  roma- 
no...), parécese  Aragón  al  pueblo  inglés  en  lo  dados  que 
fueron  uno  y  otro  á  ungir  con  el  óleo  del  tiempo  sus  dere- 
chos novísimos,  y  en  su  amor  á  las  formas  de  la  ley.  Parécen- 
se  en  que  sus  personalidades  en  letras  y  ciencias  son  conta- 
das, y  eminentísimas  en  alto  grado,  numerosas,  las  de  cierto 
género. — Inglaterra  no  ha  tejido  las  coronas  de  laurel  y  en- 
cina que  Grecia,  Italia  y  España;  mas  sus  héroes  han  sido 
el  Príncipe  Megro  y  Nelson;  sus  anticuarios  y  sus  químicos 
Campden  y  Humphry-Davy;  sus  sabios  Bacon  y  Newton, 
que  arrancó  al  universo  los  secretos  que  con  más  solicitud 
éste  guardaba  para  la  complacencia  de  su  amor  propio; 
Wat,  W.  Scot,  Dikens,  Reynolds,  Wilkie,  Hogarth,  se  han 
llamado  sus  inventos,  sus  plumas  y  sus  pinceles;  sus  ora- 
dores Fox  y  O'Connell,  y  sus  poetas  Chaucer,  que  vale  un 
Ennio,  Milton,  el  sublime  Milton,  el  sin  rival  Shakespeare, 
y  Byron,  cuyo  nombre  recuérdase  en  Cintra,  en  los  jardi- 
nes del  Alcázar,  en  la  cúpula  de  Santa  Sofía,  en  el  lago  de 
Ginebra  y  en  Missolonghi  tan  naturalmente,  como  al  pie 
del  plátano  próximo  á  Bujugdere  y  del  tejo  de  la  Motte 
Feuilly  y  del  haya  de  Binfleld  y  de  la  hiedra  de  Feuillan- 
court,  el  de  Godofredo,  el  de  la  esposa  desventurada  de 
César  Borgia,  el  de  Pope  y  el  de  Rousseau. 

En  cambio  los  hombres  de  Estado  son  más  abundantes 
que  en  nación  alguna,  en  la  gran  patria  de  Macaulay,  pues 
hijos  de  ella  fueron  los  cancilleres  ilustres  de  los  Tudor 
y  Estuardos;  el  insigne  Stanope;  Mansfield,  que  duerme 
el  sueño  eterno  en  un  sepulcro  dibujado  por  Flaxman; 
Chatham,  el  orador  lírico;  Pitt,  el  incomparable  Pitt,  cuya 
titánica  mano  empujó  enorme  roca  al  otro  hemisferio  y  de 
ella  hizo  la  isla  de  Santa  Elena;  Grattan,  y  Canning  y  Ro- 
berto Peel  y  Sheridan,  que  pudiendo  tener  su  estatua  entre 
la  de  estos  personajes,  ha  preferido  descansar,  cerca  del 
mármol  de  Guillermo,  en  la  Abadía  de  Westminter. 

(1)    Romero  Orli/. 


XXXIIl 

En  Aragón  asinriismo,  los  sacerdotes  de  Minerva  y  los  sa- 
cerdotes de  Apolo  son  menos  que  en  otras  comarcas  de  Es- 
paña, siquier  hayamos  dado  cuna  á  los  mejores  vates  di- 
dácticos y  satíricos  de  los  tiempos;  y  exceptuando  á  Goya, 
no  tenemos  un  pintor,  cual  los  que  respiraron  en  la  atmós- 
fera dulce,  dorada,  espléndida  de  Sevilla;  en  la  margen  feliz 
que  produce  rosas  para  la  paleta  de  sus  Murillos  y  en  la  que 
recibieron  los  efluvios  de  la  inspiración  la  Roldana  y  Mon- 
tañés; lloró  Rodrigo  Caro;  concibió  Zurbaran  su  obra  más 
acabada;  Cervantes  los  incopiables  tipos  de  sus  Novelas 
ejemplares;  y  templaron  Arguijo  y  Jáuregui  las  cuerdas  de 
plata  de  sus  liras,  talladas  en  dos  limpios  topacios.  La  colec- 
tividad aragonesa,  en  cambio,  está  adornada  de  las  cualida- 
des que  colectividad  alguna:  el  sentido  jurídico  es  en  ella 
superior;  regular  la  vida  civil  y  modelo  la  política;  y  sus  ju- 
risconsultos sólo  pueden  compararse  á  aquel  de  las  céle- 
bres respuestas  y  de  las  sentencias  célebres, — oráculo  en 
los  tribunales  y  en  las  escuelas,  y  símbolo  de  la  edad  en  que 
el  alma  predicada  por  el  estoicismo  replegóse  en  el  Derecho, 
— y  al  que  representa  la  conjunción  de  que  son  obra,  los  có- 
digos de  Justiniano.  La  Jurisprudencia  quiere,  con  cariño 
filial,  á  la  isla  de  Creta,  porque  allí  transformóse  al  salir  del 
Oriente;  á  las  playas  inspiradoras  del  Egeo,  porque  allí  tro- 
cóse en  más  social  con  el  grave  Licurgo  é  hízose  humana 
con  Solón;  al  Tíber,  porque  allí,  con  Numa  y  Servio  Tullio, 
unió  dos  mundos  y  á  la  vez  las  penínsulas  de  Alejandro  y 
César, — considera  como  uno  de  sus  alcázares  las  Partidas; 
mas  juzga  que  el  otro  son  los  munumentos  legales  aragone- 
ses; piedras  miliarias  que  en  el  camino  de  la  humanidad 
conducen  á  los  tiempos  inaugurados  por  Grocio!,  y  enlace 
de  espíritus  y  genios  diversos,  sublime!  que  escribiendo  un 
ideal  de  paz  y  de  justicia,  levantaron  á  su  tribunal  ésta; 
anularon  el  feudalismo  entre  nosotros  y  educaron  al  estado 
llano  para  la  libertad,  aquí  tan  adorada,  que  por  exceso  de 
solicitud,  cual  si  llevaran  en  sí  un  peligro  para  aquélla,  ja- 
más nos  deslumhraron  las  conquistas;  para  la  libertad!,  res- 
pecto á  la  que  era  una  la  voluntad  de  todos,  que  cuando  ella 
feneciese,  se  acabase  el  reino  y  unánime  parecer,  que  el  que 
muriese  por  defenderla,  drechamente  se  yria  á  paradiso  é 
seria  en  gloria  con  los  santos.  Dice  muy  bien  el  eruditísimo 
Sr.  Costa: — «como  un  desastre,  debe  ser  contada  la  anula- 
ción de  aquel  Estado»,  —  cuyas  instituciones,  constituciones 
y  leyes  escogen  como  modelo  las  repúblicas;  cuyas  Cortes 
y  municipios  son  tan  renombrados;  cuyas  empresas  están 
memoradas  en  crónicas  militares,  y  cuya  cultura  será  siem- 
pre de  imprescindible  memoria...;  la  anulación  de  aquel  Es- 


XXXIV 

tado,  cuya  físonomio  es  la  misma,  si  lo  miráis  desde  el  atrio 
de  la  Seo,  que  desde  la  ciudad  que  trocó  en  reyes  sus  con- 
des-reyes; desde  la  capilla  en  que  coronáronse  tantos  monar- 
cas que  rodeados  de  las  artes,  oficios,  industria,  comercio, 
institutos  gremiales  de  Cataluña,  en  los  puertos  donde  en- 
contró el  nauta  un  código  marítimo  único  en  el  orbe;  ora  se 
le  contemple  en  el  Comjjromiso  de  Caspe,  ora  en  la  lengua 
que  como  literaria  cultivaron,  varones  esclarecidos  y  en  la 
literatura  que  creció  en  esplendor,  sobre  todo,  en  los  días 
del  guerrero  caballeresco,  amador  de  las  hermosuras,  que 
descuella  sobre  los  que  le  precedieron  en  el  trono  y  le  here- 
daron éste,  como  diz  que  sobresalía  su  talla  sobre  la  de  sus 
contemporáneos;  y  eso  que  entre  los  que  le  precedieron 
hubo  un  Alfonso  el  Batallador  y  entre  los  que  le  heredaron 
un  Pedro  III,  que  venció  á  los  angevinos,  y  conquistó  á  Si- 
cilia; que  aliado  de  Bizancio,  temido  en  el  mar,  temido  en 
tierra,  por  el  Papa  y  por  la  Europa,  hizo  el  collado  de  las 
Panizas  tan  dramático,  cual  dramáticos  serán  siempre,  los 
desfiladeros  de  las  Termopilas  y  de  Roncesvalles.  Como  un 
desastre,  repito,  sirviéndome  de  las  hermosas  frases  de 
aquel  admirable  publicista,  debemos  tener,  la  anulación  de 
aquella  «cátedra  permanente  de  política  liberal  y  previsora 
que  se  consumó  en  el  siglo  xvii»;  en  el  que  ¡oh  dolor!,  sue- 
nan, la  hora  hipócrita,  en  que  Felipe  II  jura  guardar  nues- 
tros venerandos  fueros,  con  el  mal  disimulado  propósito  de 
abolirlos,  y  la  hora  nefanda,  en  que,  del  enlutado  cadalso  de 
la  plaza  del  Mercado,  cae,  como  espiga  al  corte  de  la  hoz  del 
segador,  la  ju\enil  cabeza  de  Lanuza;  muere  la  libertad;  es 
atropellada  toda  ley;  la  abyección  se  encumbra;  é  inaugúra- 
se un  lúgubre  período,  en  el  que  despuéblase  España;  son 
destruidos  nuestros  ejércitos;  despréndense  de  la  monarquía 
de  los  Austrias,  Portugal  y  Flandes;  cubren  el  océano  las 
pavesas  de  nuestras  escuadras  invencibles;  engéndrase  en 
las  colonias  la  revolución  que  las  emancipará;  á  un  tonto 
melancólico  sucede  un  fatuo  y  á  un  fatuo  un  imbécil;  el  re- 
gio alcázar  conviértese  en  el  primer  centro  de  mendicidad 
del  país;  y  en  calles  y  plazas  sólo  se  ven,  rostros  macilentos, 
pobres  que  no  pueden  pedir  limosna,  pues  no  hay  á  quien 
demandarla:  período  aquel!,  en  el  que  la  ruina  avanza  por 
todas  partes,  haciéndose  más  avasalladora  cada  día;  el  mu- 
nicipio muere;  se  eclipsa  el  genio  nacional;  degrádanse  las 
Cortes  que  habían  asistido  al  Rey,  con  la  moneda  del  pe- 
chero, desde  el  sitio  de  Cuenca,  hasta  la  mañana  en  que,  al 
ver  en  una  de  las  torres  del  palacio-fortaleza  de  encaje,  la 
histórica  cruz  de  plata,  relumbrando  herida  por  el  sol  na- 
ciente, el  ejército  acampado  en  los  llanos  de  la  Armilla,  sus 


XXXV 

capitanes,  los  Monarcas  caudillos,  caen  de  hinojos  y  ento- 
nando un  Te  Deum,  al  Dios  de  Simancas  y  de  las  Navas,  al 
Dios  que  entregó  á  Santiago  un  caballo  blanco  para  que  co- 
rriese á  pelear  junto  á  los  cristianos,  y  á  cuyo  caballo  subió 
el  guerrero  celeste,  siempre  que  el  redoble  del  alambor 
árabe  turbóle  el  sueño,  en  su  sepulcro  de'  Galicia.  ¡Oh  des- 
dicha!, descendimos  desde  la  paz  de  Cambray  al  Congreso  de 
Verona;  desde  Pescara  cuyo  rostro  tan  bellas  y  honradas 
cicatrices  agraciaban,  desde  Urbiela  que  parece  un  héroe 
homérico,  desde  Antonio  de  Leiva,  hasta  las  humillaciones 
de  Valencey. 

Cuáles  pudieron  haber  sido  los  resultados  de  tan  admira- 
ble escuela,  dedúcese  de  la  página  de  historia  de  España 
que  se  refiere,  al  periodo  de  renacimiento  político  en  que 
vivimos.  En  1873,  Aragón  acreditó,  que  era  digno  de  lo  que 
concederse  debe  á  los  pueblos  libres;  y  en  1808  enseñó  á 
salvar  la  patria  en  las  tapias  de  tierra  de  Zaragoza;  allí 
donde  se  declaró  la  Virgen  del  Pilar  capitana  de  nuestras 
tropas,  ante  un  trofeo  formado  con  el  sombrero  de  Palafox 
y  la  faja  de  Cuadros,  con  la  canana  del  tío  Cerezo  y  la  mecha 
de  Agustina,  con  fusiles  oxidados  y  escopetas  de  chispa,  con 
el  crucifijo  del  monje  y  las  vendas  de  la  ínclita  Bureta.  Y 
como  dice  un  escritor  contemporáneo,  mientras  la  guerra 
eivil  ardió  en  Cataluña  y  en  los  montes  vascongados,  y  las 
comarcas  del  mediodía  gimieron  bajo  la  granizada  de  las 
bombas  de  una  desenfrenada  demagogia,  nuestro  país  natal 
hizo  milagros  de  prudencia;  colocó  en  sus  carros  la  cruz 
roja;  convirtióse  en  hospital  y  en  campo  de  Marte,  dio  sol- 
dados para  combatir  tres  insurrecciones;  ofreció  ejemplo  de 
sacrificios  no  menos  heroicos,  aunque  estériles,  que  los  es- 
tériles sacrificios  de  Tapso,  en  defensa  de  una  democracia 
que  tuvo  sus  verdugos,  en  los  insensatos  que  desoyeron  los 
consejos  de  la  razón;  é  impidió  que  viviésemos  incomuni- 
cados con  Europa,  por  el  sitio  que  da  nombre  á  una  halaga- 
dísima  esperanza,  que  no  tardaremos  en  ver  convertida  en 
realidad  feliz,  porque  su  bondad  la  defiende,  porque  nace  de 
un  sentimiento  espontáneo,  porque  la  galantería  de  la  jus- 
ticia es  virtud  tan  francesa  como  española. 

La  patria  de  Fenelón  y  la  patria  de  Cervantes, — unidas 
siempre  por  los  vínculos  de  cariño,— no  han  de  interrumpir 
la  antigua  y  gallarda  costumbre  de  cambiar  entre  si,  con 
frecuencia,  prendas  de  amor.  Porque  la  espada  de  Fran- 
cisco I  que  poseímos  y  la  copia  de  la  auténtica  que  guarda- 
mos, recuerda  sólo  las  locas  aventuras  caballerescas  de  un 
rey;  la  columna  de  Almansa,  nada  más  ha  hablado  que  de 
la  ambición  despótica  de  Luis  XIV, — ¡aquel  sátiro  con  púr- 


XXXVI 

pura,  al  que  tantas  razones  tenemos  para  execrar!; — y  el 

Obelisco  del  Dos  de  Mayo,  lo  dice  todo  contra  Napoleón ; 

es  la  protesta  de  un  pueblo  contra  un  tirano;  la  protesta  de 
un  pueblo  que  defendió  su  honra,  bautizando  sus  deseos... 
no  he  de  escribir  jcómo!;  porque  se  enrojecería  de  vergüenza 
esta  página. 

Las  amistades  de  ambos  países  no  pueden  desmentirlas, 
ni  aquel  acero  ni  estos  sillares,  porque  perpetuadas  están 
en  monumentos,  en  los  que  se  ven  naciones  y  no  hombres. 
Sí,  el  Cid  es  la  figura  predilecta  del  teatro  francés:— éste  nos 
Tegü\6  La  Escuela  de  los  Maridos  y  nosotros  le  regalamos 
La  Verdad  Sospechosa:  en  las  riberas  poéticas  del  Carona 
reciben  hospitalidad  las  cenizas  del  Apeles  de  Fuendetodos, 
y  en  España  hállanse  en  el  sancta  sanctorum  de  nuestro 
Museo  los  paisajes  virgilianos  del  Lorenés  y  el  Pussino: 
Martínez  de  la  Rosa  debe  á  Racine  y  á  la  Poética  de  Boileau 
su  jEdipo  y  mucho  al  Menandro  de  Francia,  el  Moratin  autor 
de  las  cinco  comedias 

de  luz  tan  pura 
de  juventud  tan  fresca  y  tan  lozana, 
que  vivirán,  cuanto  en  la  edad  futura 
viva  la  hermosa  lengua  castellana  (1): 

nosotros  tenemos  que  agradecer  á  David,  el  habernos  ense- 
ñado la  ciencia  del  dibujo,  y  á  apreciar  el  mérito  de  los 
grandes  maestros  españoles; el  haber  abierto  los  horizontes 
cerrados,  desde  la  hora  en  que  recibió  un  déspota,  por  la  vo- 
luntad de  un  imbécil,  el  cetro  en  que  hallábase  engarzado  el 

sol,  como  rica  perla; tenemos  que  agradacer  al   Robes- 

pierre  y  Napoleón  de  la  Pintura,  el  decoro  recuperado  por 
los  pinceles  patrios;  el  que  renaciese  el  sobrio  y  severo  na- 
turalismo de  Velázquez;  nuestros  vecinos  tienen  que  agra- 
decernos Orfllas  y  Aragos,  los  favores  dispensados  á  Cor- 
neílle.  Moliere,  Dumas  y  Scribe  por  el  Cisne  del  modesto 
Manzanares,  con  el  que  Víctor  Hugo  tiene  deudas  tan  gran- 
des, como  con  el  Romancero,  el  Rico-Home  y  García  del 
Castañar:  el  cielo  azul  y  purísimo  de  nuestra  literatura  es 
la  mitad  de  la  dulce  Provenza;  y  la  otra  mitad,  de  las  regio- 
nes regadas  por  el  Ebro,  por  el  Tajo,  por  el  Guadalquivir; 
por  las  aguas  que,  cerca  de  las  ruinas  que  perpetúan  la  fama 
del  heroísmo  saguntino  y  la  crueldad  de  Aníbal,  refrescan 
los  bosques  de  naranjos,  tachonados  de  azahar  y  pomas  de 
oro,  que  sombrea  la  poética  barraca  donde  hila  el  gusano 


(1)    Ventura  de  la  Vega. 


XXXVII 

de  seda  su  capullo  (1),  y  en  los  que  tan  incopiable  es  la  fina 
claridad  de  la  aurora,  como  la  majestad  del  sol;  y  por  las 
que  reflejan  en  el  Genil,  paisajes  más  bellos,  que  los  que  re- 
tratan la  apacible  ría  de  Pontevedra  y  las  lagunas  de  Ho- 
landa; y  ¡qué  mucho!  si  en  el  siglo  xv  tremoláronse  los 
estandartes  santísimos  de  la  cruz  en  la  Alhambra,  fué  por- 
que Pelayo  salió  con  la  bandera  de  la  Reconquista  de  la 
gruta  de  Covadonga,  y  al  otro  lado  del  Pirineo  hubo  picas  y 
mazas,  cual  las  de  Garlos  Martel,  en  un  día  más  terrible  que 
el  terrible  día  de  los  Campos  Cataláunicos. 

Hago  votos,  porque  el  sueño  dorado,  que,  de  antiguo, 
acaricia  tan  noble  tierra  se  cumpla:  porque  muy  luego, 
Francia  y  España  puedan  comunicarse  por  una  puerta  digna 
de  ambos  alcázares  de  la  historia:  porque  en  breve,  veamos 
dibujada  en  el  granito  pirenaico,  la  curva  del  túnel  que  ha 
de  permitir  á  la  locomotora  saludar  los  riscos  de  donde  ba- 
jaron nuestros  padres,  con  el  ímpetu  de  los  ríos  aragoneses, 

á  formar  en  el  llano  nuestra  nacionalidad á  saludarlos!, 

con  el  respeto  que  en  Egipto  saluda,  los  alminares  del  Cairo 
y  las  pirámides  de  los  Faraones.  Y  hago  votos,  que  han  de 
verse  cumplidos,  porque  nunca  fué  vencida  la  justicia  en 
estas  nobles  batallas  de  la  civilización;  y  la  justicia  está  de 
nuestra  parte  en  la  actual;  en  la  que  se  ha  probado  al  mun- 
do, que  los  hijos  de  aquel  pueblo  libre,  bravo  por  naturaleza, 
amantisimo  hasta  el  delirio  de  sus  fueros,  conocedor  de  las 
instituciones  en  que  estribaba  su  fuerza,  muévense  por  una 
idea,  siempre. 

Hoy  la  autonomía  de  Aragón,  su  nacionalidad,  están  amal- 
gamadas con  la  autonomía  y  nacionalidad  de  Castilla;  pero 
aquél  no  ya  conserva  las  hermosas  páginas  de  sus  augustos 
anales,  sino  que  las  ha  duplicado.  Cifra  su  majestad  en  los 
Berengueres  y  en  Sancho  IV,  que  recibió  en  el  sitio  de 
Huesca  muerte  tan  heroica,  como  Epaminondas  en  Manti- 
nea;  y  en  Pelayo,  en  el  Cid,  en  Fernán-González:  igualmente 
San  Pedro  de  Cárdena  que  Monte-Aragón,  las  Huelgas  que 
San  Millón,  son  los  Santos  Lugares  de  su  historia:  se  jacta 
de  sus  trovadores,  de  su  Lupercio  ó  de  su  Bartolomé;  y  de 
Garcilaso,  de  los  Luises,  de  Herrera:  anda  orgulloso  de  su 
Jaime  el  Conquistador;  y  también  de  San  Fernando,  de  Al- 
fonso el  de  Toledo,  de  los  fuertes  reyes  de  Navarra  y  de  los 
bravos  leoneses;  junto  á  las  épicas  naves  de  Roger  pone  las 
atrevidas  de  D.  Juan  Tovar;  Lizana  al  lado  de  Pedro  Niño  y 
del  Marqués  de  Santa  Cruz:  cree  que  la  amantísima  y  espi- 


(1)    Marqués  de  Molíns. 


XXXVIII 

ritual  Segura  coronada  de  una  inmortalidad  tan  bella,  cual 
la  bella  inmortalidad  de  Beatriz,  es  uno  de  sus  símbolos;  y, 
que  lo  son  de  igual  suerte,  Leonor  de  Castilla  y  María  Co- 
ronel: honra  á  sus  ínclitas  reinas,  á  sus  heroinas  ilustres^ 
á  sus  mujeres  nobles  por  la  inteligencia,  á  la  madre  de  San 
Luis,  y  á  la  gran  Berenguela,  á  la  Roldan,  á  la  Latina,  á  la 
Badajoz,  á  la  Medrano,  á  la  Duquesa  de  Béjar,  y  á  la  santa, 
sabia  y  poetisa,  autora  de  libros  que  por  su  perfume,  pare- 
cen escritos  en  pétalos  de  azucena:  le  envanece  el  que  riva- 
lizaran con  la  morada  del  protector  de  Virgilio,  la  de  los 
Villahermosas,  la  de  los  Duques  de  Alba,  la  de  los  Bazanes 
y  Vélaseos;  y  siente  la  alegría  mayor  recordando  los  méritos 
del  magnánimo  Alonso,  que  axi  nos  ha  despertat  é  mostrat 
cami  de  aprendre  sabré  é  conseguir  tant  de  be  y  tresor  es- 
pecialment  d'  art  oratoria  é  poesía,  las  escuelas  de  Gaya- 
ciencia  que  hubo  en  la  margen  del  Ebro  en  que  vivimos,  los 
laudes  que  sonaron  en  la  Aljafería,  la  fiesta  en  que  certó 
Cervantes,  y  la  en  que  lució  Argensola:  salta  de  gozo  al  pen- 
sar en  que  Avila  y  Zúñiga  en  Plasencia,  los  Silvas  en  Bui- 
trago,  en  Denia  los  Sandovales,  los  Beltrán  de  la  Cueva  en 
Cuéllar,  los  Pimenteles  en  Benavente,  el  Secretario  Cobos 
en  Ubeda,  emularon  el  fausto  artístico  y  el  esplendor  de  los 
Médicis,  Orsinis  y  Colonnas;  y  en  que  superáronlos  los  Ri- 
bera en  su  Casa  de  Pilatos;  construcción  peregrina  que 
debemos  á  una  fantasía  semioriental!;  construcción  fasci- 
nadora, por  su  extraño  y  pintoresco  consorcio  de  tres  esti- 
los, y  en  cuyos  jardines  «perfumados  por  los  limoneros, 
arrayanes  y  adelfas,  —  grato  asilo  á  los  ruiseñores,  —  las 
estatuas  sonríen  plácidas  al  dulce  murmullo  de  las  fuen- 
tes»; como  en  su  interior,  el  anciano  maestro  Luis  Fernán- 
dez y  el  erudito  Pacheco,  el  sabio  panegirista  de  Herrera  y 
del  Teócrito  del  Tajo  (i),  y  el  autor  del  Cuadro  de  la  Ca- 
labaza (2),  el  adolescente  Zurbarán  y  el  insigne  Rioja,  el 
casi  niño  Salinas  y  el  casi  senil  Arguijo,  encontraron  cuanto 
puede  dar  deleite  al  pintor,  al  escultor,  al  arquitecto,  al  nu- 
mismático, al  poeta;  —  pinturas  al  temple,  del  primor,  de 
la  fábula  de  Dédalo  é  Icaro,  los  clásicos  todos  conocidos 
desde  el  ciego  sublime,  de  nevada  barba  y  arrugado  rostro^ 
que  cantó  la  ira  del  represQjitante  en  su  perfectísima  her- 


(1)  El  maestro  Francisco  de  Medina,  célebre  humanista  de  Sevilla,  no- 
table poeta  castellano  y  latino,  escribió  un  notable  prólogo,  en  las  anota- 
ciones á  las  obras  de  Garcilaso  y  Herrera;  en  cuyo  prólogo  luce  su  erudi- 
ción, su  buen  gusto  y  la  maestría  con  que  expone.  Es  autor  de  una 
composición  magnífica  en  elogio  de  estos  grandes  poetas. 

(2)  Nombre  vulgar  del  cuadro  El  agua  de  la  Peña  del  Clérigo  Roelas. 


XXXIX 

mosura,  del  heroísmo  juvenil  de  la  Grecia.  Y  es  que  á  partir 
de  la  fecha  memorable  en  que  Fernando  II  conviértese,  en 
la  toma  de  Baza,  en  la  de  Málaga,  y  en  la  de  Granada,  en 
Fernando  V  de  España;  de  España  son  las  conquistas  de 
los  Cortés  y  los  Pizarros,  las  jornadas  de  Pavía  y  San  Quin- 
tín y  el  combate  naval  que  impidió  se  extinguiese,  en  el  Me- 
diterráneo, la  civilización  cristiana  y  trocárase  San  Pedro 
en  Santa  Sofía;  el  teatro  de  Lope  es  nuestro  teatro;  los  cua- 
dros rafaélicos  de  Juanes,  nos  pertenecen  como  Los  Capri- 
choSj  La  Tauromaquia  y  Los  Desastres  de  la  Guerra  del 
genio  de  Fuendetodos;  y  de  la  nación  entera  son  la  gloria 
de  nuestros  grandes  teólogos  tridentinos,  los  laureles  de 
Bailen  y  los  laureles  de  esta  Zaragoza  insigne,  que,  ara  de 
sacrificio  y  altar  de  triunfo,  su  nombre,  épico,  como  el  de 
Numancia,  santísimo,  como  el  de  Roma,  sagrado^  como  el 
de  Jerusalén,  invocáronlo  los  oprimidos  entre  los  hielos 
del  Norte  y  sobre  el  sepulcro  de  Leónidas. 

Pero  si  todo  esto  es  verdad,  lo  es  asimismo,  que  fueron 
una  desgracia  irreparable  los  sucesos  acaecidos  en  la  última 
mañana,  del  justiciago;  cuyos  sucesos  serán  bien  conocidos, 
el  día  en  que  la  ilustre  Academia  de  la  Historia  publique 
los  interesantísimos  documentos  que  posee;  satisfaciendo 
asi,  la  necesidad  de  que  nos  hablan  Martínez  de  la  Rosa, 
Olózaga  y  Romero  Ortiz,  en  magníficos  discursos.  Constitu- 
ción alguna  ha  tenido  preceptos  más  sabios  que  la  nuestra. 
fEn  ninguna  parte,  dice  un  escritor,  como  en  la  monarquía 
de  Pedro  el  Grande,  estaban  las  prerrogativas  de  la  Corona 
tan  previsoramente  limitadas,  ni  con  tal  firmeza  garantidas 
las  libertades  públicas:  ningún  otro  pueblo  intervenía,  con 
igual  eficacia,  los  actos  de  todos  los  poderes:  y  así,  ejercien- 
do pacífica,  ordenada  y  constantemente  esos  amplios  y  tra- 
dicionales derechos,  se  formó  el  carácter  aragonés;  en  el 
que  la  lealtad  es  proverbial,  y  el  valor  raya  tan  alto,  que  no 
bastando  para  enervarle  dos  siglos  de  servidumbre»,  Zara- 
goza, hizo  en  la  Guerra  de  la  Independencia,  ante  los  héroes 
de  las  Pirámides,  de  Arcóle,  de  Rívoli,  del  Beresina...,  (re- 
petiré lo  escrito  en  otra  parte)...  W  lo  que  si  se  leyera  en  la 
Iliada,  parecería  una  hipérbole  del  mendigo  de  Smirna.  Yo 
bendigo  la  unión  de  las  dos  coronas,  en  las  sienes  de  los 
Reyes  Católicos,  verificada  merced  á  un  conjunto  de  cir- 
cunstancias dichosas,  dispuestas  por  Dios;  pero  me  duele 
que  la  noble  España  no  cosechase  las  prosperidades  que 
pudo,  dadas  sus  condiciones.  Porque  es  indudable;  si  el  mis- 


il)   Diario  de  Avisos  de  Zaragoza,— 3  y  4  de  Febrero  de  1881. 


XL 

mo  Fernando  V,  si  el  Emperador,  si  el  sombrío  Felipe, 
hubiesen  llevado  á  los  sitios  en  que  la  victoria  coronó  de 
laurel  sus  tercios,  el  hermoso  y  regenerador  espíritu  de 
las  libres  instituciones  aragonesas,  esta  patria,  conser- 
vando su  preponderancia  diplomática,  según  dice  un  au- 
tor moderno,  y  dirigiendo  el  movimiento  intelectual  que 
agitaba  el  mundo,  hubiera  sido  la  más  considerada  entre 
las  grandes  potencias;  no  habría  pasado  por  la  vergüenza 
del  reinado  de  Carlos  II  y  del  tiempo  de  Godoy  y  María 
Luisa;  en  el  que,  sin  Daoiz,  Veiarde,  Mina,  el  alcalde  de 
Mentellano,  y  otros  héroes,  hubiérase  juzgado  muerto  el  in- 
domable espíritu  que  llevó  á  los  almogávares  al  Bosforo  y 
lanzó  sobre  el  puente  de  barcas  del  Guadalquivir,  á  los  si- 
tiadores de  Sevilla. 

Aunque  en  un  mismo  blasón  las  barras  y  los  castillos,  la 
encina  sagrada  y  los  leones;  no  está  perdida  nuestra  histo- 
ria; no  está  perdida  nuestra  fisonomía;  no  está  perdido 
nuestro  carácter.  Hoy  como  antes,  no  es  el  suelo  aragonés 
fértil  en  personalidades  insignes,  por  razones  parecidas  á 
las  que  han  privado  á  España  de  tener  una  civilización  pro- 
pia, tan  fecunda,  tan  acabada,  tan  influyente  en  el  resto  del 
linaje  humano,  cual  la  capitolina  ó  la  griega.  España  no  ha 
producido  una  civilización  déla  elegancia  que  nos  cautiva 
en  la  artística  patria  de  Hesíodo  y  Fidias,  por  la  intoleran- 
cia nativa  de  su  raza;  causa  de  «un  fanatismo  religioso  ar- 
dentísimo, que  aguijado  por  nuestro  genio,  en  extremo  ni- 
velador y  democrático,  apenas  ha  consentido  que  nadie 
salga  del  camino  trillado,  ni  que  se  levanten  enérgicas  in- 
dividualidades y  una  aristocracia  libre  en  las  esferas  del 
saber»  d).  Los  Almansur  y  los  Cisneros,el  cruel  almoravide 
y  el  inquisidor  sin  entrañas,  halagaron  esta  propensión;  y 
encerrado  el  pensamiento  en  celdas  más  espantables,  que 
las  espantables  celdas  de  la  panóptica  imaginada  por  Ben- 
than,  vino  á  caer  en  el  ergoUsmo  y  en  los  más  pueriles  dis- 
creteos. 

Dice  con  verdad  el  mejor  de  nuestros  prosistas:  —  «Dado 
que  en  nuestra  historia  no  abundan  los  Haken  II  y  los  Al- 
fonso X,  es  una  maravilla  que  el  árbol  de  la  civilización  no 
esté  aquí  caído».  Agradezcámoslo,  «á  que  es  natural  en 
nuestro  suelo  y  en  él  tiene  tan  hondas  raíces,  que  aunque 
se  corte,  retoña  y  reverdece».  Ahora  bien,  en  nuestro  país 
natal,  hay  una  razón  más  poderosa  que  en  otro  alguno, 
que  impide  el  desarrollo  de  las  elevadas  personalidades,  en 


<1)    Valera. 


XLI 

abundancia;  siquier  en  él  sea  el  ingenio,  aunque  algo 
tardo,  digno  del  mayor  elogio,  y  el  aparejo  y  disposiciones 
de  sus  moradores  para  aventajarse  en  las  letras  y  en  las 
artes,  cual  testifican,  Marcos  Zapata,  que  es  un  Zorrilla  en 
la  leyenda;  Unceta,  que  pinta  el  caballo,  con  el  arte  que 
han  pintado,  Troyón  el  toro,  Greuze  la  paloma,  R.  Bonbeur 
la  cabra;  Montañés,  que  en  Badajoz,  en  el  siglo  xvi,  ha- 
bríose  ganado  la  voluntad  de  Morales;  Olleta,  que  hacién- 
donos creer  en  la  resurrección  de  Palestrina,  con  su  admi- 
rable Miserere^  da  á  las  bóvedas  de  nuestras  iglesias  la 
magnitud  del  San  Pedro  de  Roma;  y  Pradilla,  que  honra  á 
su  patria,  cerca  del  sepulcro  de  Rafael,  lo  que  un  día  honró 
á  la  suya  el  Españoleto  Ribera;  aquel  Espaíioleto  Ribera!, 
«mendigo  y  opulento,  libertino  y  virtuoso,  enamorado  y 
escéptico,  que  lo  intentó  y  avasalló  todo;  la  crudeza  de  la 
suerte,  los  halagos  de  la  fortuna,  la  penalidad  de  los  viajes, 
los  tiros  de  la  envidia,  la  variedad  de  los  estudios,  los  teso- 
ros de  la  naturaleza;  y  que  tierno  como  el  Corregió,  áspero 
como  Caravagio,  anatómico  como  Miguel  Ángel,  idealista 
como  Sanzio,  recordando  unas  veces  al  dulce  Murillo  y 
otras  á  Rubéns  (1),  contaba  entre  sus  timbres,  su  silla  en 
la  Academia  de  San  Lucas;  el  hábito  de  Cristo  con  que  le 
distinguiese  el  Papa,  y  la  amistad  del  triunfador  é  invenci- 
ble que  inmortalizó  á  sus  amigos,  á  los  principes,  cortesa- 
nos y  magnates  con  quienes  conversaba;  á  los  bufones  cu- 
yas gracias  reía;  el  torno  de  la  hilandera  y  los  caballos  y 
lebreles  que  más  le  apasionaban  en  los  ojeos  del  Pardo;  la 
munificencia  de  su  regio  padrino,  pagada  con  usura;  la 
bondad  de  Spínola...;  y  que  rey  del  arte  tuvo  por  dinastía, 
al  Tiziano,  que  Carlos  V  trataba  como  camarada,  y  el  Arios- 
to  honró  en  su  inmortal  poema;  al  Greco  y  al  Mudo,  que 
pertenecen  á  los  tiempos  del  tétrico  sucesor  del  solitario 
de  Yuste,  y  al  honrado  y  piadoso  Tristán,  cuya  paleta  es  la 
joya  de  la  época  de  Felipe  III. 

Esa  razón  más  poderosa  censiste,  en  que  nuestro  genio 
es  el  más  democrático  y  nivelador  de  la  Península,  y  tal 
circunstancia,  unida  al  individualismo  engendrado  por 
nuestra  característica  altivez,  y  otras  causas,  hacen  que  las 
personalidades  insignes  en  ciencias,  en  letras,  en  gobierno, 
no  abunden  aquí  lo  que  en  otras  partes;  que  no  tengamos 
el  número  de  artistas,  de  poetas,  de  oradores,  que  la  patria 
en  que  nacieron,  el  Duque  de  Rivas,  el  cantor  de  las  Cortes 
de  Córdoba  y  Burgos;  García  Gutiérrez,  el  inimitable  G.  Gu- 


(1)    El  Marqués  de  Molíns. 


XLIl 

tiérrez;  Villegas,  el  autor  del  Bautizo;  y  Castelar,  la  figura 
mas  grande  de  la  historia  universal  de  la  palabra.  Esta  na- 
turaleza, no  es  la  amenísima  naturaleza  que  sonríe  y  em- 
balsama el  céfiro  apacible,  llenando  el  corazón  de  senti- 
mientos, en  las  orillas  en  que  Zurbarán  poetizó  el  dolor  y 
la  resignación  iV;  ó  en  que  nació  el  arte  agraciada  y  pura 
de  Juanes,  ó  en  que  se  cultivó  la  seda  para  los  ornamentos 
de  la  antigua  Basílica  de  Recaredo;  ó  en  que  Garcilaso  re- 
medó en  su  lira  de  cristal  y  oro,  los  modos  del  Poeta  de  Ve- 
nusa  y  del  Poeta  de  Mantua:  este  sol,  no  es  aquel  brillan- 
tísimo, que  quiebra  sus  rayos  en  mil  suertes  de  luces,  en 
las  olas  que  se  rompen,  contra  el  adusto,  aterrador  y  estéril 
peñasco,  desengonzado  de  la  tierra  firme ,  entre  el  Medite- 
rráneo y  el  Atlántico  ^^y,  el  mundo  que  nos  es  visible,  no 
excita  la  imaginación  y  pone  en  los  labios,  el  copioso  raudal 
de  poesía,  que  la  aérea,  delicada  y  fascinadora  Alhambra; — 
bellísimo  recuerdo  de  los  que,  primeramente,  propagaron 
en  Europa  la  astronomía,  la  alquimia,  la  pólvora,  la  arti- 
llería, la  brújula,  el  péndulo,  el  papel  y  los  números;  de  los 
rivales  de  Bizancio,  Persia,  Damasco  y  la  India,  en  la  tapi- 
cería, en  la  argentería,  en  los  alfanjes  y  telas  de  algodón; 
de  los  que  hicieron  suyas  las  obras  de  Ptolomeo  y  Euclides, 
de  Galeno  é  Hipócrates,  del  Jefe  de  la  Academia  y  de  Aris- 
tóteles el  Stagirista;  de  los  que  erigiendo  numerosas  escue- 
las, acreditaron  que  los  progresos  humanos  les  eran  con 
quista  más  preciada,  que  la  de  los  países  sometidos  á  su 
dominio;  de  los  que  apasionados  de  lo  grande  y  suntuoso, 
sin  renunciar  á  su  genio  inventor,  hiciéronse,  con  el  auxilio 
de  éste,  los  imitadores  modelo,  en  la  historia  de  la  huma- 
nidad (3).  La  riscosa  montaña  aragonesa  y  la  grave  melan- 
colía de  este  cielo,  estimúlannos  á  meditar,  á  ser  reflexivos; 
el  apego  á  la  idea  de  autoridad,  nos  induce  á  la  imitación 
literaria;  y  sobria  y  austera  la  patria  de  Marcial  y  de  los 
Horacios  españoles,  estas  virtudes  hacen,  que  viva  siempre 
bajo  la  fronda  del  Árbol  de  Guernica  de  la  Literatura;  bajo 
el  Árbol  de  los  fueros  del  buen  gusto. 

El  ingenio  ibérico,  en  toda  época,  ha  presentado  los  mis- 
mos caracteres;  y  si  queréis  convenceros,  leed  á  Columela 
y  á  Rioja;  la  pintura  del  bosque  druídico  marsellés  y  la  de 
la  campiña  de  Florencia  de  Castelar,  el  cuadro  de  los  Al- 
pes, ó  el  de  los  desiertos  del  África  por  Silio  Itálico  y  las 

(1)  Gozlán. 

(2)  Duque  de  Rivas. 

(3)  Originalidad  de  la  Agricultura  árabe,  por  D.  Francisco  Enríquez. 


XLIII 

descripciones  de  Valbuena;  la  Batalla  de  Lepanto  del  Pin- 
daro  andaluz  y  la  Batalla  de  Guadalete  de  Espronceda.  Y 
de  igual  modo,  los  mismos  caracteres  resplandecen  en  el 
ingenio  aragonés,  en  la  corte  de  los  Césares,  en  la  de  los 
Felipes,  y  en  la  edad  moderna;  pues  tanto  podéis  llamar  á 
Marcial,  Lupercio  del  Imperio  y  á  Lupercio,  Marcial  del 
siglo  XVII,  como  á  Goya,  Marcial  y  Lupercio  de  la  Pintura: 
y...  más  aún!;  si  observáis  el  color  blanco,  en  los  lienzos  del 
maligno  cronista  de  las  romerías  y  el  color  blanco  en  el 
lienzo  de  la  Loca,  creeréis  que  la  paleta  que  hoy  empuña 
el  inmortal  hijo  de  Villanueva  de  Gallego,  es  la  que  colgó 
la  muerte,  en  la  hospitalaria  tumba  de  los  Goicoecheas.  Sí; 
los  mismos  caracteres  adornan  el  ingenio  de  Aragón  en 
los  tiempos  que  corren,  que  en  los  que  rodaron,  cual  hoja 
seca,  á  los  abismos  del  pasado. 

La  nota  satírica  nos  distinge:— aquella  vocación  especial 
para  la  Jurisprudencia;  aquel  sentido  jurídico  de  nuestro 
antiguo  pueblo  vive  aún,  donde  acaba  de  celebrarse  un 
Congreso,  que  merece  una  página  orlada,  en  la  historia  de 
las  Asambleas  científicas;  donde  se  escribe  sobre  el  Dere- 
cho, cual  tienen  acreditado  jurisconsultos  respetables  (i),  y 
hay  hombres  de  foro  que  pueden  contarse  entre  los  buenos 
de  España  (2):  fuimos  el  país  de  los  poetas  didácticos,  pre- 
ceptistas, historiadores  y  críticos  insignes;  y  Andréu,  La- 
gasca,  Lera;  como  el  Conde  de  Quinto  y  Lasala,  á  quienes 
deben  las  antigüedades  de  Aragón  no  menos  que  á  Baggia 
y  á  la  dramática  pluma  del  primer  Marqués  de  Pidal;  como 
Príncipe,  que  forma  con  Samaniego  é  Iriarte,  la  trinidad 
de  los  Lafontaine  españoles;  como  Julio  Monreal  que  culti- 
va con  fruto  la  sátira  urbana,  la  sátira  de  los  Argensola; 
como  Olivan,  uno  de  los  espíritus  analíticos  más  precisos 
y  claros  de  su  época;  como  D.  Mariano  Nougués  Secall,  el 
erudito  portentoso,  que  contó  entre  sus  timbres  la  aten- 
ción con  que  le  escuchaba,  el  que  mejor  conoce  las  jorna- 
das de  nuestras  artes,  las  estatuas  y  los  cuadros  que  posee- 
mos, el  que  por  la  novedad  de  sus  ideas,  por  el  encanto 
singularísimo  de  su  culto  y  atildado  estilo,  de  natural  ele- 
gancia, ocupa  un  lugar  de  honor,  entre  los  que  han  dado 

(1)  Franco,  Guillen,  Savall,  Penen,  Hartón  Moner. 

(2)  Herederos  muy  dignos  de  la  toga  y  de  la  pluma  de  los  Villalba,  La- 
claustra,  Nogués  y  Lorbés,  son  los  señores  Gil  Berges  y  Franco,  los  que 
mejor  conocen  sin  duda  el  Derecho  Aragonés  en  la  Península;  los  señores 
Martón,  Isábal  y  Espondaburu  que  con  tal  justicia  han  alcanzado  una 
envidiable  reputación,  y  por  qué  no  contarle  en  el  número,  á  pesar  de  su 
partida  de  bautismo?,  el  Sr.  Escosura,  que  se  encuentra  á  la  altura  de  su 
apellido. 


XLIV 

más  prez  á  la  literatura  moderna  (i);  como  D.  Valentín  Car* 
derera,  el  autor  de  la  Inconografia,  el  coleccionista  de  pri- 
morosas estampas,  el  biógrafo  de  Jusepe  Martínez,  el  ano- 
tador  de  los  Discursos  practicables;  como  Lafuenle,  el  na- 
rrador de  las  glorias  de  la  Iglesia  patria;  como  Codera,  dig- 
no de  figurar  entre  los  arabistas  Moreno  Nieto,  Alcántara, 
Fernández  y  González,  Simonet,  Guillen  Robles;  como  Costa, 
testimonio  vivo  de  que  es  posible  en  la  juventud,  la  más 
sólida  universalidad  de  conocimientos;  y  como  otros  mil  que 
no  nombro,  para  no  hacer  más  enojoso  de  lo  que  ya  es  im- 
posible evitar  este  trabajo,  en  el  que, — valiéndome  de  una 
frase  del  Cardenal  de  Luca,  resulta  pagado  en  cobre  lo  que 
debía  haber  dado  en  plata, — prueban  que  no  están  des- 
castadas las  razas  ni  perdidas  las  cepas  de  proceres  del  in- 
genio, de  otros  días. 

Entre  los  que  más  brillo  han  dado  con  su  pluma  á  las  le- 
tras, en  la  ciudad  en  que  enseñaron  Pedro  S.  Abril  y  Malón 
de  Chaide,  y  más  honra  con  su  nombre  á  la  tierra  en  que 
vivimos,  sobresale  un  personaje  que  lo  fué  todo,  en  la  Or- 
den sagrada  de  las  letras  y  vivió  para  el  goce  espiritual 
de  las  grandes  creaciones  poéticas;  pues  jamás  tuvo  devoto 
más  apasionado  la  poesía,  la  divina  poesía;  sublime  de  lo 
sublime!,  donde  emancípase  de  la  materia,  el  alma;  la  pa- 
labra, es  pincel,  buril,  y  diapasón,  y  espiritualizándose,  se 
armoniza  con  la  idea;  y  están  congregadas,  bajo  el  imperio 
de  las  Musas  y  en  la  plenitud  de  su  hermosura,  todas  las 
artes,  constituyendo  un  bienaventurado  universo  estético. 
De  la  naturaleza  y  el  espacio  necesitan  las  obras  en  que  la 
vida  es  uniforme;  el  Perseo  de  Benvenuto,  la  Ariadna  de 
Dannecker,  el  Cristo  de  la  Lus,  miniatura  de  la  aljama  cor- 
dobesa, las  maravillosísimas  catedrales,  cuyas  naves  ador- 
nan las  banderas  ganadas  en  los  combates  por  la  fe  y  en 
cuyas  sillerías  de  coro,  un  Berruguete  ó  un  Siloe  esculpie- 
ron pasajes  de  la  Biblia  ó  episodios  de  la  guerra  de  Grana- 
da: del  tiempo  y  de  la  sumisión  del  pensamiento  á  la  caden- 
cia necesitan,  las  armonías  de  Beethoven,  la  música  de 
Donnizetti,  de  Meyerbeer,  de  Chopín,  del  Cisne  de  Pésaro, 
«que  habla  sin  lengua,  pinta  sin  colores  y  llora  sin  lágri- 
mas»: es  plástico  el  arte  que  creó,  las  Nupcias  de  Alejandro 
con  Rosana  {2)^  y  al  que  debemos,  la  amable  majestad  divi- 


(1)  D.  Pedro  Madrazo,  á  quien  envío  un  saludo  de  admiración. 

(2)  Este  ingenioso  cuadro  alegórico  del  pintor  de  Cos,  lo  ha  descrito 
detalladamente,  Luciano.  Teniendo  á  la  vista  la  descripción  de  éste,  in- 
tentaron reproducirlo  Rafael  y  otros  maestros,  quienes  hubieron  de  de- 
sistir de  tal  empresa. 


XLV 

na  del  Salvador  de  Juanes,  las  Gracias  de  Rubens,  la  Oda- 
lisca de  Ingres,  el  Novillo  del  Haya  de  Potter...,  el  arte 
que  embelleció  los  claustros  del  Paular,  con  la  imagina- 
tiva del  Carducho  y  con  la  de  Peregrín,  la  biblioteca  en 
que  se  guardan  códices,  como  las  Cantigas  y  e\  Apocalipsis: 
— la  poesía,  reproduce  el  mundo  exterior  y  el  mundo  moral: 
esculpe  lo  que  pensamos;  míralo  todo  en  su  esencialidad; 
«abraza  las  leyes  generales  de  la  creación,  de  la  historia  y 
del  espíritu,  enalteciéndolo  totalmente»;  f^ube  hasta  Dios;  y 
allí,  arrobada,  extasíase,  en  la  azul  é  infinita  planicie  de  los 
cielos. 

La  naturaleza  tiene  su  arqueología,  en  los  paisajes  histó- 
rico-monumentales  de  Pusino,  que,  mientras  se  conserven, 
habrá  arquitectura  griega  y  romana,  aunque  se  pierdan  los 
restos  de  la  arquitectura  griega  y  romana  que  poseemos: 
tiene  su  poema,  en  los  cuadros  del  que  apoderóse  de  las  du- 
dosas tintas  con  que  baña  la  tierra  el  sol,  cuando  nace;  de 
la  claridad  del  mediodía  y  de  los  matices  de  una  serena  y 
apacible  caída  de  la  tarde:  tiene  su  novela,  en  las  obras  de 
Berghem;  su  lirismo,  en  las  de  Ruysdael;  su  poesía  subje- 
tivo-objetiva,  en  las  de  Salvador  Rosa;  su  poesía  venatoria, 
en  alguna  de  Velázquez:  y  tiene  su  arqueología,  su  poema, 
su  novela,  su  lirismo,  su  poesía  subjetivo-objetiva,  su  poesía 
venatoria,  en  Hesíodo  y  Lucrecio,  en  las  Geórgicas  y  las  Lui- 
siadas,  en  la  Diana  de  Gil  Polo  y  en  las  Églogas  del  cantor 
de  Elisa,  en  Moratín  y  el  Tasso.  Comparad  los  rebaños,  los 
campos,  los  bosques  de  aquéllos,  ó  los  pastos  de  Dujardín, 
los  Kermesses  de  Teniers,  los  efectos  de  luna  de  Vander 
Neer,  las  escenas  románticas  que  recibieron  vida  de  la  vio- 
lácea paleta  de  Villa-amil,  la  Siega  del  heno  de  Rosa  Bon- 
heur  y  la  Mañana  de  otoño  de  Gastan,  con  las  sencillas 
descripciones  del  Tytiro  de  Toledo  y  las  magnas  del  pintor 
del  Océano,  el  Épico  de  la  raza  ibera,  el  desgraciado  subli- 
me, en  cuyos  versos  se  ve  á  Dios  más  grande,  que  en  el 
mendigo  de  Smirna:  y  eso  que  en  el  mendigo  de  Smirna, 
se  ve  á  Dios  más  grande,  que  en  el  astro  de  los  astros,  se- 
gún Víctor  Hugo!— Acercaos  al  molino  de  la  galería  Do- 
ria...: respiraréis  el  aire  plácido  y  oiréis  el  fragor  de  la  cas- 
cada, que  el  lorenés  trasladó  á  su  lienzo;  al  Arco-iris  de 
Rubens;  que  mueve  á  envidia  al  natural;  á  los  Bueyes  que 
marchan  a  la  labor  de  Troyon,  página  de  poesía  pastoril 
de  las  más  bellas  debidas  al  numen  del  hombre  y  que  con 
su  cielo  y  sol  tan  hermosos,  su  diáfana  brisa  y  sus  plantas, 
esmaltadas  de  rocío,  da  la  lección  más  acabada  á  la  reali- 
dad... y  sólo  encontraréis  expresada,  una  idea,  un  instante: 
como  encontraréis  sólo,  una  idea  intilterable,  un  instante 


XLVI 

perenne,  en  esas  odas  místicas,  pintadas  por  un  serafín, 
con  un  rayo  de  estrella,  en  un  retazo  del  tisú  celeste,  en 
las  Vírgenes  del  que  saludó  Jovellanos  diciendo: — Yo  he 
creído  en  tus  obras  los  milagros  del  arte;  yo  lie  visto  en 
ellas  la  atmósfera,  los  átomos,  el  aire,  el  polvo,  el  vapor  de 
las  aguas  y  hasta  el  trémulo  resplandor  de  la  luz  del  alba. 
«La  Arquitectura  simboliza  un  beneficio  á  la  humanidad; 
la  Estatuaria  recuerda  una  hazaña;  y  la  Pintura  habla  á  la 
imaginación,  á  los  sentidos  y  al  entusiasmo»:  la  Poesía,  cuyo 
campo  es  el  de  lo  bello  y  su  fondo  la  verdad;  que,  sin  pro- 
ponérselo, moraliza  é  instruye  y  convierte,  en  creencias  y 
sentimientos  generales,  los  principios  científicos  que  el  sa- 
bio formula,  desprendiéndose  de  los  hechos;  que  espirituali- 
za la  materia  y  da  casta  carne  al  espíritu;  que  reproduce  em- 
bellecido el  mundo  real,  y  conserva  en  sus  creaciones,  el  ca- 
rácter nativo  de  ellas,  sin  que  pierdan  la  universalidad;  la 
Poesía!  no  puede  presentarnos  un  conjunto  de  objetos,  por 
yuxtaposición,  en  el  espacio,  que  impresionen,  á  la  vez,  mas 
si,  una  riqueza  de  pormenores,  que  haga  percibir  al  alma,  la 
unidad  del  todo:  recorre  el  tiempo;  describe  el  movimiento; 
invade  los  dominios  de  la  música;  sírvese  de  la  armonía 
imitativa;  y  ora  simula  el  ruido  de  la  lima  y  el  rastrillo;  ora 
nos  hace  visible  la  lanza,  estremeciéndose  al  clavarse  en  el 
caballo  de  Troya  y  produciendo  en  el  vientre  de  éste  metá- 
lica resonancia;  ora  nos  recrea  con  los  acordes  de  la  cítara 
de  Apolo.  Gros  os  representará  á  Bonaparte,  en  el  campo 
tristísimo  de  Eylau,  en  determinado  instante  y  en  determi- 
nado instante  del  Paso  del  Gránico  ó  de  la  entrada  en  Babi- 
lonia, Lebrun  á  Alejandro.  Un  poeta  os  describirá  de  tal 
modo,  el  conñicto  de  Muret,  que  veréis  la  llanura  que  re- 
luce cual  si  fuese  de  cristal,  cubierta  de  yelmos  y  espadas; 
y  al  Obispo  Folquet  bendiciendo  á  los  suyos;  y  oiréis  las  le- 
vantadas frases,  en  que  el  héroe  de  las  Navas,  da  la  señal 
de  combate  á  sus  soldados  y  la  arenga  de  Monfort,  al  des- 
plegar al  aire  su  bandera:  veréis  al  conde  de  Foix,  á  la  ca- 
beza de  la  vanguardia;  al  de  Tolosa,  á  la  cabeza  de  la  re- 
taguardia; y  al  rey,  ardoroso  y  temerario,  transfigurado 
y  fascinador,  relampagueando  la  mirada,  contraído  el  ros- 
tro, agitados  sus  músculos  todos,  en  el  centro  de  la  línea, 
después  de  haber  cambiado  sus  armas  para  que  no  le  re- 
conociesen; picando  espuelas  á  su  corcel,  en  dirección  al 
sitio  en  que  Roncy  y  de  Ville  asestan  terribles  golpes  sobre 
el  que  creen  sea  D.  Pedro;  derribando  de  un  golpe  de  maza 
turca,  al  primer  jinete  francés,  que  se  le  opone  al  paso,  y 
ejecutando  prodigios  de  valor,  en  lo  más  crudo  de  la  batalla; 
la  terrible  embestida  del  ilustre  padre  de  D.  Jaime;  á  los 


LXVIl 

cruzados  cejando,  reanimándose  luego,  arrollando  después, 
á  los  bravos  que  se  hartan  de  acuchillar,  junto  á  su  señor; 
y  oiréis  las  animosas  palabras  que  salen  de  los  labios  de 
éste,  el  gutural  acento  con  que  grita  Aragón!  Aragón!:  ve- 
réis la  prisa  que  se  da  el  más  cariñoso  de  los  Mecenas,  en 
herir,  en  matar,  acá,  allá,  acullá,  en  todas  partes;  el  aturdi- 
miento de  los  enemigos;  la  bizarría  con  que  el  trovador  co- 
ronado opónese  al  reflujo  de  la  derrota  y  pelea  solo  contra 
un  ejército,  pUes  todos  sus  caballeros  están  heridos  ó  son 
cadáveres;  y  oiréis  también,  el  reto  del  mejor  entre  los  va- 
lientes, á  mi!,  yo  soy  el  monarca;  la  gritería  de  la  desban- 
dada, en  la  que  los  unos  perecen  al  filo  de  los  aceros,  los 
otros  al  cruzar  el  río,  y  el  choque  del  cuerpo  real,  al  caer, 
bañado  en  sangre  propia  y  ajena,  sobre  aquel  suelo  malde- 
cido en  el  que,  fiel  á  la  divisa  de  su  linaje,  supo  morir  si  no 
vencer,  el  católico,  el  noble,  el  liberal  hijo  de  Alfonso  II,  á 
cuyo  sepulcro  dan  guardia  de  honor,  el  de  los  infanzones  y 
caudillos  enterrados  en  la  orilla  del  Alcanadre  (i),  en  la 
forma  que  quedaron  tendidos,  en  los  campos  de  la  Pro- 
venza. 

Mas,  hablemos,  que  ya  es  hora,  del  autor  insigne  de  este 
Diccionario;  del  catedrático  eminente;  del  poeta  que  cantó, 
con  entusiasmo  el  Aragón  que  mi  laureado  amigo  V.  Marín 
ha  saludado,  en  estos  versos: 

Justicia  fueron  tus  leyes, 
Siervos  de  la  ley  tus  reyes, 
Esclava  tuya  la  gloria. 


'  (1)  Tienen  su  sepulcro  en  el  Monasterio  de  Sigena,  á  la  vez  que  D.  Pe- 
dro II,  D.  Aznar  y  D.  Pedro  Pardo,  D.  Miguel  de  Luenco,  D.  Miguel  de 
Rada,  D.  Gómez  de  Luna,  D,  Blasco  de  Aragón  y  D.  Rodrigo  de  Lizaua. 


XLVIII 


II 


D.  JERÓNIMO  BORAO  Y  CLEMENTE 


A, 


.UNQUE  de  los  museos  de  la  historia  desapareciesen  las 
cunas  de  oro  de  sus  idolatrados  Benjamines,  sabríamos, 
pues  lo  dirían  sus  obras,  la  patria  de  los  Andrés  del  Sarto 
y  Calderón  de  la  Barca;  y  aunque  la  testigo  de  los  tiempos, 
callase  el  carácter  de  las  edades  conocidas  ó  el  origen  de 
los  pueblos,  que  más  han  influido  en  la  humanidad,  cono- 
ceríamos el  carácter  y  el  origen,  conservándose  La  Ciu- 
dad de  Dios  y  la  Summa,  el  Derecho  Romano  y  las  Partidas, 
el  Decamerón  y  el  Quijote,  la  Divina  Comedia  y  el  Antar;  ó 
estando  en  pie,  las  creaciones  artísticas  que  admiramos  en 
Atenas  y  en  Egipto;  allí  donde  las  aguas  del  Arno  copian 
temblando,  á  causa  de  su  asombro,  la  aérea  rotonda  de  Bru- 
nelleschi  y  en  las  márgenes  del  Rhin,  que  da  un  Niágara  á 
Europa  y  tiene  islas  encantadoras,  pobladas  de  recuerdos 
«le  Schiller  y  los  Niebelungen;  decoraciones  como  la  de  las 
siete  montañas;  paisajes  de  hermosa  gradación  de  términos, 
que  poetizan,  solitarios  castillos,  desnudos  ó  acariciados 
por  la  hiedra,  ermitas,  abadías,  arruinadas  torres,  viñedos 
sin  número,  árboles  de  espeso  follaje,  y  entonan,  el  ave  que 
juguetea,  acariciando  con  el  ala  la  corriente;  el  barquichue- 
lo  que  se  adormece  al  suave  columpio  de  ésta;  el  corderillo 
que  mama;  la  cabra  que  roe  el  pámpano  de  las  vides;  el  pe- 
rro que  custodia  con  gravedad  el  rebaño;  el  rayo  de  luz  que 
se  pierde  en  las  soledades  de  la  selva;  el  aire  que  finge  en- 
tre las  hojas,  risas,  besos  y  lloros:  del  Rhin,  que  acá,  mués- 
tranos la  sombra  de  César;  allí  la  de  Hoche;  allá  la  de  Bee- 
thoven;  más  allá  la  de  Gustavo  Adolfo  vigilada  por  la  de 
Spinola  ó  la  de  los  bravos  vencedores  de  Napoleón;  y  en  su 
superficie,  la  estela  de  la  barca  en  que  Durero  fué  copian- 
do, un  día,  lo  que  tan  agradable  naturaleza  hablaba  á  su 
espíritu:  del  Rhin,  que  en  un  sitio  recuérdanos  á  Southey 
y  en  otro  las  doncellas  convertidas  en  rocas,  en  castigo  de 
su  fría  insensibilidad,  ó  la  ondina  que  atrae  con  su  cántico, 
al  remolino  de  Gwir:  del  Rhin  de  madame  Stael,  en  una  pa- 


XLIX 

labra,  al  que  debe  lord  Byron,  las  fantasías  que  á  Constan- 
tinopla  y  á  Venecia.  Es  innegable!  La  pompa  de  Lucano,  la 
delicada  ternura  de  Gutierre  de  Cetina,  las  silvas  del  Pe- 
trarca de  la  rosa,  la  poesía  de  Arguijo,  veinticuatro  del  Se- 
villa y  Apolo  según  Rodrigo  Caro...  (Adonis  diría  yo)  de  los 
vates  de  su  época,  el  colorido  del  Racionero  pintor,  escul- 
tor, arquitecto  y  espedachín,  enséñannos,  que  tan  claros 
varones  nacieron,  en  las  alegres  campiñas  del  país  de  son- 
rosada atmósfera,  en  que  Granada, — la  de  las  mil  torres, 
erguidos  alminares  y  soberbios  palacios  , emporio  un  tiem- 
po de  los  comerciantes  de  todo  el  mundo, — dio  al  árabe  el 
encantado  cielo  de  Damasco,  el  suave  clima  de  la  Arabia 
Feliz,  los  frutos  del  Hejiaz,  las  esencias  de  la  India,  las  mi- 
nas del  Catay;  asombró  al  conquistador  cristiano  con  sus 
aliceres,  sus  telares  y  su  alcaiceria;  y  en  que  Córdoba  encan- 
ta, con  su  mihra,  en  el  que,  envuelto  en  un  paño  de  seda, 
sobre  una  silla  de  áloe,  se  guardaba  el  Mushaf  (i)  de  oro  y 
piedras  preciosas,  alumbrado  por  una  lámpara  de  la  labor 
más  exquisita. 

Las  vegas  de  Mantua,  reprodúcense  embellecidas  en  las 
églogas  virgilianas  y  el  terror  de  Roma  de  los  días  en  que 
naciesen  Horacio,  Ovidio  y  Tíbulo,  expresado  está,  en  la 
tristeza  que  caracteriza  el  genio  del  cantor  de  la  vid,  del 
Desterrado  en  Tobos,  y  del  noble,  sencillo  y  dulce  protegi- 
do de  Mésala:— es  imposible  mirar  las  estalactitas  de  un 
techo  morisco,  ó  la  suave  claridad  que  penetra,  en  los  edi- 
ficios árabes,  por  los  calados  atauriques,  teñidos  de  azul, 
púrpura  y  oro,  que  prestan  á  los  rayos  los  cambiantes 
del  iris,  ó  la  Alhambra,  apoteosis  la  más  bella  de  la  tienda; 
sin  acordarse  de  las  cuevas  y  grutas  del  Yemen,  del  fres- 
co pozo  y  racimos  de  dátiles  del  oasis,  del  mar  de  bronce 
del  templo  salomónico,  de  la  sublime  melancolía  de  los 
monumentos  que  retratan  las  aguas  del  Nilo  y  de  los  es- 
pectros solares  de  la  India;  ni  los  haces  de  columnas,  que 
cual  la  doncella  de  Beocia,  sostienen  costillas  de  flores,  sin 
volver  los  ojos  á  los  sauces  del  Eufrates  y  á  las  palmeras  que 
entrelazan  sus  ramas,  en  Palestina:  Grecia,  que  con  su  armo- 
niosísima costa,  su  empíreo  inspirador,  sus  montes  perfu- 
mados, y  sus  bruñidos  mármoles,  nos  dice,  que  fué  el  taller 
y  la  vivienda  en  que  el  Buonarroti,  el  Milton  y  Mozart  del 
Universo,  pensó  é  hizo  una  obra  de  arte  más  sublime,  que 
las  artes  mismas,— pues  las  esculturas,  los  templos,  los 
cuadros,  las  danzas,  el  paisaje,  los  valles  de  la  península. 


(1) 


Códice  escrito  por  Olman,  según  Maccari. 


en  que  el  ruiseñor  coloneo  puede  contar  en  la  adelfa  de 
Apolo  y  arrullan  en  el  olivo  de  Minerva,  las  hijas  de  las 
palomas  que  llevaban  la  ambrosía  al  dueño  del  Olimpo,  son 
bocetos  de  las  maravillas  que  en  la  naturaleza  han  dejado 
el  buril  y  los  pinceles  de  Dios,  de  la  orquesta  sublime  del 
espacio,  en  la  que  son  notas  las  estrellas,  de  las  melodías 
de  la  luz,  entre  las  que  es  el  alba  la  más  pura,  —  Grecia!, 
está  viva  en  los  versos  del  Poeta  Natural,  en  la  oda  de  Pín- 
daro,  cual  lo  estaría,  sin  las  impiedades  de  los  siglos,  en  la 
Venus  del  amable  Velázquez  de  Cos,  en  la  Helena  de  Zeuxis 
y  en  la  Minerva  del  Homero  y  Hesiodo  del  cincel,  cuyo  Jú- 
piter inspiró  á  Séneca,  non  vidit  Phidias  Yoven,fecit  tamen 
velut  íonanteni:  y  el  Ramayana,  Biblia  poética  oriental,  te- 
soro de  la  inspiración  religiosa  y  heroica  de  Valmiki,  código 
de  la  belleza  en  la  literatura  sánscrita,  epopeya  narrativa, 
al  lado  de  la  cual  parecen  la  Iliada  y  la  Eneida,  lo  que  una 
estatuilla  de  Pradier  junto  al  David,  convence,  de  que  fué 
creada  en  un  mundo  de  continentes  tan  vastos,  que  perde- 
riase  en  ellos  la  patria  de  Aquiles  «como  la  hoja  en  el  bos- 
que»; en  el  mundo  de  las  religiones  «que  reducen  á  la  pro- 
porción de  un  juego  infantil  las  mitologías  occidentales», 
y  de  la  lengua  que,  «rota  en  mil  trozos,  ha  dado  origen  á  las 
que  enorgullecen  á  los  pobladores  de  esta  última  Thule  del 
orbe»;  en  el  mundo  de  una  muchedumbre  de  razas,  entre  la 
que  podrían  marchar,  sin  ser  percibidos,  el  ejército  que 
triunfó  en  Ysso  y  el  que  venció  en  Farsalia;  en  el  mundo 
de  los  misterios,  de  las  pagodas,  de  las  puranas,  de  los 
sacerdotes,  sabios,  astrólogos  y  guerreros  que  llenaron 
con  sus  nombres,  los  más  viejos  anales;  en  el  mundo,  en  fin, 
de  los  ríos  sagrados  y  de  los  árboles  contemporáneos  del 
globo,  que  tiene  en  sus  playas  el  nardo  y  el  incienso;  en  sus 
golfos,  la  perla  y  la  concha  nacarada;  el  canelero  en  sus 
jardines;  y  en  su  interior,  un  cielo,  sembrado  de  astros, 
pues  pedazos  de  cielo  y  de  sol,  son  los  zafiros  y  diamantes, 
encontrados  en  sus  entrañas. 

É  igual  puede  decirse  del  libro  que  las  razas  del  desierto 
reconocieron  asombradas,  como  revelación  divina  y  cuyas 
máximas  sabía  de  memoria  el  muslín,  desde  su  niñez;  del 
libro  que  las  tribus  tenían  por  un  dechado  de  elocuencia  y 
que  si  no  transformó,  influyó  muy  mucho  en  las  letras  ará- 
bigas, y  sobrepujó  á  las  Muallakat;  del  libro,  en  fin,  que, 
pobre  er  su  pensamiento,  deslumhró  con  sus  imágenes,  en- 
cantó y  arrebató  á  una  parte  del  linaje  humano  con  la  magia 
de  su  retórica;  y  que,  clarín  bélico,  el  más  electrizador,  que 
ha  sonado  nunca,  base  de  una  civilización  célebre,  fué  lle- 
vado por  el  árabe,  en  la  pica  de  su  lanza,  á  todas  las  regio- 


LI 

nes  que  el  azahar  perfuma:— al  Corán  aludo.  Leed  las  pá- 
ginas, en  que  Mahoma  describe,  un  paraíso,  cuyo  suelo 
cubre  un  tapiz  de  alazor  y  musgo;  embellecen  bosques  por 
los  quecirculancéflros  embalsamados  y  alegran  fuentecillas 
y  ríos  del  cristal  más  puro:  ó  las  que  contienen  el  cuadro 
del  tremendo  día,  en  que  estremecida  la  tierra;  deshechas 
en  polvo  las  cumbres;  disipado  el  mar  en  llamas;  rotos  los 
peñascos;  arrollados  los  cielos;  temblorosos  los  ángeles;  sin 
aliento  los  hombres,  en  su  ansia  por  convertirse;  encane- 
cidas  las  cabelleras  infantiles;  ábrese  el  libro  del  destino; 
suenan  las  trompetas  espantables  y  los  enemigos  de  Dios 
caen  encadenados,  en  un  abismo  de  fuego: — ó  las  en  que 
represéntasenos  al  justo,  adornado  con  ricos  brazaletes  y 
ropas  de  seda,  sobre  almohadones  de  brocado,  en  las  pra- 
deras de  la  bienaventuranza;  donde  el  plátano  frondo- 
so y  el  loto  sin  espinas  le  regalan  plácida  sombra  peren- 
ne, y  deliciosa  fruta,  árboles  de  cuyas  relees  brotan  arro- 
yicos  de  blanca  leche  y  dulce  miel,  y  le  recrean  la  vista, 
palacios  que  resplandecen  con  el  oro  y  la  plata  de  sus  mu- 
ros; y  en  tiendas  de  púrpura,  bordadas  de  pedrería,  in- 
mortales mancebos  le  escancian  vinos,  que  hacen  perlas, 
en  copas  cinceladas  en  hermosos  diamantes,  á  la  vez  que 
vírgenes  de  negros  ojos  le  ofrecen  enloquecedoras  gra- 
cias, dulces  sonrisas  y  miradas  de  amor! ¿Verdad  que 

no  pudo  ser  otra  la  creencia,  del  que  tuvo,  templos  como 
el  de  la  Kaaba,  próximo  al  pozo  de  Zenzen;  edificios  como 
los  de  Medina;  diques  como  el  de  Mareb(l);  quintas  de  re- 
creo como  el  Jeneralife,  ciudades  como  la  Meca  y  como 
la  construida  por  las  hadas,  cerca  del  lugar  que  sombreó 
el  plátano  de  César,  celebrado  por  Valerio:  del  que  hizo  fér- 
tiles nuestras  vegas;  mejoró  la  vía  romana;  construyó  acue- 
ductos, puentes,  aljibes,  castillos,  palacios,  y  atalayas  como 
la  de  Alcalá  la  Real;  dio  á  la  España  de  la  Cruz  quienes  le 
fabricasen  telas,  joyas,  porcelanas,  objetos  de  marfil  y  de 
maderas  ricas;  del  que  inñuyó  de  tal  suerte  en  las  costum- 
bres, usos,  trajes,  artes  y  ciencias  del  cristiano,  que  éste 
aceptó  el  idioma  y  la  escritura  del  invasor  alarbe,  en  sus 
contratos  con  él:  del  que  prestó  á  sus  enemigos,  artífices, 
para  que  les  fabricasen  fortalezas,  espadas,  monasterios  y 
basílicas;  y  escantillones  y  plantillas,  para  que  labrasen  la 
torre  del  Carpió,  las  Salas  de  la  Galera,  de  las  Pinas,  del 
Solio  y  de  los  Reyes  en  Segovia,  la  Cartuja  del  Paular,  la 
morada  del  Justiciero-Cruel  en  la  que  es  visible  el  molde  de 


(1)    Su  rompimiento  causó  la  destrucción  de  una  tribu. 


LII 

las  yeserías  de  la  Casa  Real  de  Granada,  las  sinagogas,  hoy 
iglesias  de  Sta.  María  la  Blanca  y  el  Tránsito  de  Toledo,  en 
cuyos  edificios  la  inscripción  hebrea  alternaba  con  otras  de 
caracteres  vulgares  y  aun  cúficos  arábigos:  del  que  sabio 
ayer,  vive  hoy  en  la  mayor  barbarie  y  sólo  conserva  de  An- 
dalucía una  tradición  confusa,  por  la  que,  en  el  desierto, 
trasmítense  de  padres  á  hijos,  las  llaves  de  sus  antiguas 
moradas  (D,  para  cuando  en  las  almenas  bañadas,  con  amor- 
tiguado fulgor  por  la  estrella  de  Soheil,  que  aun  se  levanta 
sobre  las  espumas  del  mar  en  el  mediodía  (2),  se  enarbole 
segunda  vez,  el  estandarte  que,  defendido  por  soldados  que 
llevaban  la  malla  en  el  pecho,  el  arco  á  la  espalda,  el  tur- 
bante á  la  cabeza,  el  alfanje  al  cinto  y  en  la  mano  desco- 
munal lanza,  asustaron  al  Augústulo  visigodo?  Si,  las  líri- 
cas improvisaciones  del  Profeta,  únicamente  poseyó  la  ma- 
gia de  inspirarlas,  el  ígneo  zafiro  del  cielo,  en  que  fué 
fundida  la  media  luna  que,  en  las  llanuras  de  Sidonia, 
contempló  atónita,  una  litera  de  marfil,  llevada  por  dos  mu- 
las  blancas,  en  la  que,  bajo  una  cúpula  de  piedras  preciosas, 
temblaba  Rodrigo  por  su  vida  y  sus  tesoros,  á  pesar  del  in- 
menso ejército,  del  enorme  aparato  de  pertrechos  y  provi- 
siones que  le  rodease;  y  entre  la  laguna  de  la  Janda  y  Jerez, 
oyó  la  arenga  célebre  de  Tarick,  interrumpida  por  los  gri- 
tos de  júbilo  y  entusiasmo  de  la  hueste  á  quien  se  dirigía; 
vio  primero  rasgos  de  valor  digno  de  los  tiempos  de  Ataúl- 
fo, Walia  y  Wamba  y  una  resistencia  obstinadísima;  des- 
pués desordenada  fuga,  en  la  que,  entre  una  muchedumbre 
de  apiñados  turbantes,  cascos,  pendoncillos,  estandartes  y 
banderas,  flotaba  la  basterna  que  no  tardó  en  desaparecer, 
cual  nave  que  taladrada  por  el  rayo,  pierde  el  equilibrio  y 
se  sumerge;  y  más  tarde  un  campo  que  resplandecía,  como 
si  hubiera  sido  de  rico  metal,  ¡tantos  eran  los  cadáveres  con 
anillo!;  por  doquier  la  solemne  y  misteriosa  pareja  del  do- 
lor y  el  silencio;  hundido  en  el  fango  del  Guadalete,  según 
la  crónica,  Orelia  (3)  con  silla  de  oro  y  rubíes;  á  su  lado 
una  sandalia  de  esmeraldas;  y  más  allá,  una  sombra  ence- 
rrando en  el  misterio  el  sepulcro  del  último  vastago  de  la 


(1)  A.  F.  de  Schack. 

(2)  Es  creencia  popular  en  Oriente,  que  el  poderío  de  los  árabes  fué 
obra  de  la  estrella  Soheil  ó  Canopo,  en  movimiento  hoy  hacia  el  Sur. 
Cuando  por  la  procesión  de  los  equinoccios  la  estrella  se  pierda  para  Eu- 
ropa, no  será  el  palacio  árabe  un  montón  de  ruinas,  como  cree  el  ilustre 
Schack.  Eso  no  sucederá,  viviendo  D.  Rafael  Contreras;  y  mientras  la 
raza  de  este  útil  español  no  se  extinga,  tendremos  Alhambra. 

(3)  Nombre  del  caballo  del  rey  D.  Rodrigo,  según  D.  Rodrigo. 


Lili 

monarquía,  que,  poseyó  una  civilización  la  más  grande  que 
habíase  conocido,  desde  la  hora  tremenda  en  que  crujió  el 
Capílolio  y  subió  á  su  cima  el  bárbaro  con  la  tea  incendia- 
ria, preludiando  un  diluvio  de  fuego  y  de  sangre;  ¡civiliza- 
ción! de  la  que  salváronse  nada  más,  en  el  naufragio  de  la 
España  vencida  por  los  tostados  hijos  de  la  Arabia,  la  urna 
que  conservaba  el  óleo  de  Recaredo,  el  Fuero  Juzgo  y  los 
libros  de  S.  Isidoro  el  hispalense. 

Y  el  árabe  de  fantasía  apasionada  de  lo  maravilloso;  tra- 
ductor de  las  presas  del  saber  y  del  numen  de  la  antigüe- 
dad; que  ávido  de  hermanar  las  hermosuras  faraónicas  y  sa- 
sanidas  con  la  severidad  ateniense  y  corintia,  el  fausto  de 
Bizancio  y  la  opulencia  monumental  visigoda,  fusionó  el 
arte  de  la  tierra  donde  el  sol  tiene  su  cuna  y  el  arte  de  la 
tierra  donde  el  sol  se  pone:  el  árabe  que  en  Medina  Az-zahra 
eclipsó  la  fama  de  los  edificios  de  Al-Raschid,  y  de  los  pala- 
cios de  Cosroes,  y  que  juzgando  la  suntuosidad  y  el  lujo,  la 
gracia  de  las  virtudes,  brilló  en  galantes  fiestas,  en  deslum- 
bradoras zambras  y  ejercicios  caballerescos;  sirvióse  de  la 
argentería  de  Bizancio  para  sus  festines,  de  las  telas  de  la 
India  para  sus  tiendas,  de  la  púrpura  do  Tiro,  recamada  de 
oro,  pura  combinarla  con  sus  mallas  de  acero,  de  los  perfu- 
mes orientales  para  aumentar  la  voluptuosidad  de  sus  ba- 
ños: el  árabe  caballeresco  y  generoso  en  su  heroísmo,  deli- 
cado é  indomable,  hospitalario,  esclavo  de  su  esclava;  que 
juzga  un  deber  sacratísimo  el  cumplir  la  palabra  empeñada, 
una  inspiración  celeste  la  filantropía:  el  árabe,  cortesano  en 
sus  victorias,  que  da  albergue,  en  sus  alcázares,  á  una  co- 
horte de  poetas,  que  ya  inmortalizan  en  sus  versos,  las  vic- 
torias de  Omar  y  Abubeker,  la  trajedia  de  los  Omniadas,  las 
épicas  conquistas  de  El-Mansur,  la  sabiduría  de  Alhakem, 
ya  cantan  los  hechizos  de  Zahara  ó  las  lágrimas  lloradas 
por  Cinda  sobre  el  regio  tálamo  nupcial  de  un  enemigo  de 
la  fe  de  sus  padres;  y  que  guerrero  y  bardo,  tiene  por  admi- 
rador un  pueblo  y  femeniles  ternuras  por  recompensas;  el 
árabe  heroico  y  sensible,  que  vive  para  el  amor,  los  comba- 
tes y  la  galantería;  de  fe  profunda;  ciego  en  su  entusiasmo; 
frivolo  en  sus  placeres;  grande  en  sus  empresas;  magnífico 
en  el  modo  de  ejecutarlas;  y  en  el  que  ejerce  la  misma  fasci- 
nación el  harem  que  el  campo  de  batalla,  la  transparente 
randa  que  el  tambor,  el  añafil  y  el  atabal:  el  árabe  amanti- 
simo  del  cuento,  de  la  música;  y  en  cuyas  moradas  fueron 
el  mejor  adorno  mandolinas,  tiorbas,  harpas  de  cuerdas  de 
plata  y  laúdes  cuajados  de  pedrería:  el  árabe  que  erigió  el 
templo  máximo  de  Mohammad  III,  el  alcázar  de  Said  en  Má- 
laga...; sí!,  está  vivo!,  existe!,  y  estará  vivo  y  existirá  siem- 


LIV 

pre,  en  la  aljama  en  que  aún  creemos  oir  las  sentidas  que- 
rellas de  Abderrhaman,  y  en  la  Alhambra,  que  fué  cons- 
truida de  las  perlas  y  adornada  con  los  encajes  de  la  más 
bella  de  las  hadas...;  en  la  Alhambra!,  la  mejor  joya  de  la  ar- 
quitectura que  tuvo  su  cénit,  en  el  siglo  xni,  «edad  viril 
del  mundo  de  la  Cruz»  y  jardín  de  las  Hespérides  de  las  lite- 
raturas nacionales,  pues  es  el  siglo  de  los  Niebelungos  y  de 
los  peregrinos  de  la  Viola  de  amor,  de  los  trovadores  y  tro- 
veras, de  Juan  Lorenzo  Segura  de  Astorga  y  Gonzalo  de 
Berceo,  el  Jacob  de  la  poesía  española;  el  siglo  que  abre  la 
escuela  de  Jurisprudencia  de  Bolonia,  las  Universidades  de 
Coimbra,  París,  Viena  y  Ñapóles,  la  que  en  Oxford  inmorta- 
liza el  nombre  de  Alfredo  el  Grande  y  en  Salamanca  el  de 
Alfonso  el  Noble;  el  siglo  que  plantea  la  libertad  de  instruc- 
ción, que  crea  una  estatuaria,  una  pintura  y  la  catedral,  y 
educa  á  Alberto  Magno,  á  Sto.  Domingo,  á  Sto.  Tomás,  á 
S.  Buenaventura  y  al  generoso  príncipe,  conquistador  de 
Murcia,  arbitro  hidalgo  de  las  capitulaciones  de  Sevilla, 
que,  legislador,  filósofo,  historiador,  vafee,  Mecenas  de  los 
sabios,  patrocinador  de  hebreos  y  mudejares  y  legitimador 
de  su  existencia,  lleva  á  Toledo  las  Academias  de  Córdoba 
y  las  funde  en  las  de  los  maestros  y  doctores  de  su  Corte; 
establece  la  Era  Alfonsi;  recoge  en  su  Grande  et  General 
Historial-as  tradiciones  judias  y  sarracenas;  une  con  cari- 
ñosos vínculos  las  letras  y  ciencias  orientales  y  cristianas,  y 
dos  genios  separados  por  antigua  ojeriza. 

Oh!  y  con  cuánta  razón  ha  dicho  uno  de  los  hombres  que 
más  bellamente  han  sentido: — El  mundo  que  nos  rodea  en 
la  alborada  de  la  existencia,  imprime  su  mismo  tono,  su 
propio  ser  á  nuestro  espíritu  y  á  nuestro  carácter,  creando 
en  el  individuo  lo  que  se  llama  la  índole  y  el  acento  nativos! 
Hijos  somos  de  la  tierra,  ha  escrito  Lamartine:  la  misma 
vida  corre  en  su  savia  y  en  nuestra  sangre;  y  todo  lo  que  la 
naturaleza  siente  y  dice  en  sus  formas,  en  su  aspecto  vario, 
en  su  fisonomía,  en  su  esplendor  ó  en  su  tristeza,  tiene  su 
repercusión  en  nosotros.  La  rosada  luz,  los  cambiantes  del 
horizonte,  el  apacible  ultramar  de  las  castas  y  sencillas  ta- 
blas de  Fr.  Angellico,  las  nobles  y  elegantísimas  líneas  de 
Rafael;  el  claro-oscuro  de  Leonardo,  los  argentinos  torna- 
soles del  Corregió,  el  esplendor  del  colorido  de  Vecelli,  Ve- 
rones  y  Robusti,  están  en  los  horizontes  de  Italia:  en  los 
matices  de  las  lagunas  de  Venecia;  en  los  crepúsculos  de 
hechizo  indescriptible  de  la  ribera  del  Arno;  en  la  ciudad 
misma  en  que,  al  toque  en  el  lienzo  de  un  pincel  suave,  em- 
pastado y  acariciador,  brotó  la  Leda  de  plateada  sombra, 
que  en  Berlín  respira  aire  dorado,  en  una  atmósfera  de  feli- 


LV 

cidad;  y  en  el  apenino...,  en  las  dudosas  bellas  tintas  de  sus 
albas;  en  la  claridad  de  su  sol  en  el  alto  meridiano;  en  sus 
dulces  días  de  primavera;  en  su  cielo  canicular;  en  la  me- 
lancolía de  sus  ocasos;  en  sus  serenas  tardes  de  otoño;  en 
sus  efectos  de  luna  incomparables;  en  sus  lontananzas;  en 
el  contorno  de  sus  cúspides  vecinas  de  las  nubes;  en  el  de 
sus  faldas,  en  la  que  álzase  silenciosa  la  cabana:  en  el  Ape- 
nino!^ donde  sentís  la  tristeza  inspirada  por  los  valles  (y  los 
suyos,  como  sus  árboles,  hablan  un  lenguaje  encantador); 
la  alegría  que  causan  las  campiñas,  (y  las  que  se  descubren 
desde  sus  crestas,  son  las  más  artísticas  del  orbe);  el  reposo 
campestre;  todos  los  sentimientos  que  produce  la  natura- 
leza, bajo  sus  diferentes  aspectos  y  cuyos  sentimientos  se 
sienten  mejor  que  se  explican:  en  el  Apenino!,  donde  tenéis 
los  iris,  las  transparencias,  la  poesía,  los  secretos  que  cons- 
tituyen el  poder  de  la  Pintura  en  Italia,  que  en  sus  creacio- 
nes ha  reunido  todos  los  géneros,  con  el  singular  maridaje 
que  reunió  en  sus  dramas  el  apólogo  y  la  oda,  el  epigrama 
y  la  sátira,  D.  Pedro  Calderón. 

Paisaje  andaluz,  paisaje  aragonés  y  paisaje  riojano,  son 
los  fondos  de  las  pinturas  de  Murillo,  del  Mudo  y  de  Goya; 
Velázquez  llevó  á  sus  cuadros  los  azulados  Guadarramas 
que  veía  desde  el  regio  alcázar  donde  pintaba;  Poussín  nos 
reprodujo  en  su  decaída  grandeza,  en  su  solemne  y  clásica 
majestad,  en  todo  su  encanto,  con  dulce  y  meditabunda 
poesía,  las  ruinas  más  augustas  del  mundo,  entre  las  que 
vivió:  habrá  cuadros  de  Orrente  y  del  Bassanés,  aunque  se 
quemen  sus  luminosas  telas,  mientras  existan  las  márge- 
nes del  Brenta  y  los  collados  del  Vicentino,  y  chozas  y  re- 
baños, en  la  comarca  que,  recordándonos  la  vegetación  de 
América,  ofrece  en  el  interior  de  sus  arboledas,  brillantes 
efectos  de  luz,  que  envidiaría  el  Vecelli:  diferencia  el  autor 
de  la  Virgen  de  la  Leche,  de  Van  Dyck,  á  Zurbarán,  de  los 
florentinos,  á  Morales  y  Vargas,  el  Jacob  de  la  Pintura,  de 
los  flamencos,  lo  que  diferencia  á  Toledo,  á  Badajoz,  á  Se- 
villa, á  la  ciudad  del  Turia,  de  la  pagánica  Toscana,  de  Am- 
beres,  Colonia,  Tréveris  y  Brujas,  la  Jerusalén  de  la  edad 
de  la  Caballería,  que  cuenta  entre  sus  tesoros  los  sepulcros 
de  los  Duques  de  Borgoña,  y  entre  sus  glorias  la  de  haber 
alojado  á  Luis  Vives:  sería  inexplicable,  sin  la  verdad  afir- 
mada, que  esta  tabla  ría  bajo  el  pincel  de  Hobbema,  esa 
inspire  ideas  graves,  en  esotra  haya  un  idilio  de  perpetua 
felicidad:  la  serena  melancolía  que  en  los  países  amados 
del  sol  tales  hechizos  pone  en  las  grandes  sombras  de  la 
tarde  y  en  el  horizonte  del  mar,  es  la  misma  en  el  Tirreno 
y  en  Sicilia,  que  en  los  cantos  pastoriles  de  Teócrito,  en  los 


LVI 

madrigales  de  Gesualdo,  en  Pergolesso,  en  Belleni:  si  con- 
templáis los  montes  de  Namur  y  Dinand,  que  elevan  el  al- 
ma á  la  contemplación  de  lo  infinito;  que  con  los  ilimita- 
dos espacios  que  desde  ellos  se  descubren  y  con  sus  selvas, 
seducen  la  fantasía  de  las  razas  del  Norte,  dadas  á  lo  mara- 
villoso y  á  la  metafísica,  y  que  con  sus  nieves  hacen  inter- 
minable el  invierno  en  sus  cumbres,  diréis  que  allí  inde- 
pendizóse, el  género  de  los  Heraling  y  De  Bles:  y  si  reco- 
rréis la  patria  de  la  gentileza,  del  amor,  de  los  placeres,  del 
serventesio,  del  descort,  de  la  precicansa,  de  la  tcnsiórij  del 
planch,  el  país  que  ha  escrito  la  pastorela  y  la  vaquera,  en 
la  corteza  de  los  árboles  de  sus  valles;  de  seguro,  como  el 
agua  en  peces  y  el  aire  en  pájaros,  las  auroras  del  Ródano, 
los  reflejos  del  sol  poniente  en  las  copas  de  las  adelfas  del 
Garona,  las  plácidas  soledades  de  Aix,  os  mueven  á  pensar 
en  la  nova,  en  la  serena,  en  la  altada;  en  que  si  crecen  en 
la  Provenza  tantos  laureles  es  porque  hacen  falta  sus  tron- 
cos y  sus  ramas  para  construir  laúdes  y  hacer  coronas;  y 
confundís  la  música  de  las  aves  con  la  voz  del  trovador,  en 
quien  es  tan  visible  el  influjo  de  la  primavera,  como  en  los 
bandoleros  y  batallas  de  Salvator  Rosa,  las  encrucijadas  de 
las  montañas  próximas  á  Ñapóles,  y  las  impresiones  que  el 
de  Arenella  recibiese,  cuando  individuo  de  la  Compañía  de 
la  Muerte,  arrostró  el  plomo  y  el  hierro  de  los  soldados  de 
Felipe  IV,  ó  como  en  el  Combate  de  los  Cuatro  dias  de  Gui- 
llermo Van  den  Velde,  las  horas  pasadas  por  el  pintor  del 
mar,  en  un  buque  de  la  escuadra  de  Holanda,  mientras  la 
pelea  que  ilustró  el  nombre  de  Ruyter,  lo  que  Salamina  el 
de  Temístocles,  lo  que  Trafalgar  el" de  Nelson,  lo  que  el  Ca- 
llao el  de  Méndez  Núñez. 

Borao  había  nacido  en  esta  ciudad,  cuyo  imperial  aspecto 
realzan  sus  innumerables  torres,  sus  cúpulas  y  sus  monu- 
mentos y  el  tono  recibido  de  Zaragoza,  visible  es  en  las 
obras  de  aquel  hombre;  producto  ellas,  de  una  imaginación 
de  pausadas  savias,  como  las  que  circulan  por  las  plantas 
del  paisaje  que  se  descubre  desde  el  Cabezo  Cortado;  de  una 
mente  clarísima;  de  un  espíritu  de  brío,  pulcro  y  no  fastuo- 
so. Las  características  del  aragonés  fueron  las  de  Borao. 
La  cultura,  la  franqueza,  la  liberalidad,  las  virtudes  más 
bellas  de  todas  las  que  ennoblecen  la  vida,  son  los  rasgos 
distintivos  de  Zaragoza  y  eran  los  del  sabio  Maestro. 

Hijo  de  bendición,  amigo  abnegado,  cariñosísimo  esposo 
y  padre,  tenía  el  culto  de  las  grandes  ideas  y  sentimientos. 
Poeta,  fué  la  justicia  su  numen;  crítico,  siempre  aplaudió 
el  mérito  con  entusiasmo  y  censuró  lo  feo  y  lo  torpe  forti- 
ter  en  re  suaviter  in  modo;  historiador,  jamás  mintió  su 


LVII 

pluma;  literato,  filólogo,  artista,  el  estudio  fué  para  él  una 
purificación  perenne;  soñador,  complacíase  en  encarnar  en 
la  realidad  sus  ideas;  carácter  íntegro  y  bondadoso,  ameno 
en  sus  cartas  y  converriaciones  familiares,  llano  en  el  trato, 
afable  y  dulce  por  naturaleza,  alma  sencilla  y  entusiasta  de 
su  país,  reunía  un  superior  sentido  estético  y  un  superior 
sentido  moral. 

Borao  era  un  hombre  de  verdadero  sabei",  que  debió  á  sí 
propio  la  conquista  de  su  envidiable  fama  y  uno  do  los  es- 
pañoles más  útiles  de  los  lustros  que  pasaron.  Ahí  están, 
acreditándolo,  sus  innumerables  discípulos,  muchos  de  los 
que  doctísimos  maestros  hoy  en  la  Holanda  pacífica  de  las 
letras,  reconocen  que  deben  sus  tesoros  intelectuales,  más 
que  al  barbecho  de  la  atención  propia,  á  la  bondad  de  la 
semilla  arrojada  por  el  aire,  en  la  cátedra  que  hizo  ilustre, 
el  historiador  de  nuestra  Universidad.  Ahí  sus  obras!...,:  las 
poéticas,  en  las  que  se  ve  un  vate  al  modo  de  Lista  ó  de 
Gallego,  un  vate  académico;  las  de  erudición,  las  de  histo- 
ria, que  contienen  un  caudal  precioso  de  datos  y  noticias; 
los  trabajos  literarios  sobre  Lope  y  Mora  tí n,  sobre  D.  Cía- 
risel  de  las  Flores  y  el  libro  de  Lesage,  que  prueban  no  era 
de  los  que  sólo  saben  repetir  antiguos  juicios,  sino  de  los 
que  ofrecen  novedades  felices;  sus  producciones  todas,  que 
justifican,  en  nuestros  días,  la  razón  con  que  en  los  de  Bar- 
tolomé, tan  excelente  cura  de  almas  en  el  mundo  de  la  be- 
lleza como  en  el  moral,  dijo  el  Fénix,  que  de  Aragón  iban 
á  Castilla,  los  que  mejor  hablaban  la  lengua  en  la  que  Cer- 
vantes, amalgamando  según  V.  Hugo  la  epopeya,  la  lírica  y 
la  dramática,  produjo  un  bronce:  el  Quijote,  que  es  Ilíada, 
oda  y  comedia. 

Una  opinión  mía  voy  á  consignar.  Borao  poeta,  literato, 

publicista,  filólogo para  nada   tenía  ni  más  vocación,  ni 

más  aptitudes,  que  para  la  cátedra;  pues  su  razón  metódi- 
ca, su  estilo  castizo,  su  limpio  lenguaje,  su  voz  serena,  su 
palabra  reveladora,  la  tranquilidad  con  que  argüía,  la  faci- 
lidad con  que  dejaba  en  claro  las  tesis,  ilustraban  y  conven- 
cían siempre;  prestábanse  más  que  á  otra  elocuencia,  á  la 
enseñanza;  á  la  que  se  consagró  con  fe  sacerdotal,  desde  su 
primera  juventud.  Sí;  él  vivió  iniciando  á  varias  generacio- 
nes en  el  templo  de  la  verdad  y  en  los  misterios  de  la  be- 
lleza, que  sentía  de  superior  modo,  mejorando  en  cada  hora 
su  doctrina  y  el  arte  de  grabarla  en  la  mente  de  sus  alum- 
nos, que  embelesados  le  escuchaban:  y  es  que  nunca  olvidó 
que  el  magisterio  es  sacerdocio  y  apostolado;  que  desde  la 
silla  profesional  no  se  enciende  en  los  corazones  el  amor  á 
lo  bueno  y  á  lo  bello,  sin  un  retiro  en  que  aprender.  Tan- 


LVIII 

to  aprendió  Borao  en  el  suyo,  que  sus  lecciones,  modelo  de 
dicción  castellana  y  de  oratoria  didáctica,  eran  en  un  todo 
originales.  En  ellas  oíanse,  la  prudente  palabra  de  la  her- 
mosa tradición  de  la  crítica  española  y  los  mejores  precep- 
tos de  la  estética  é  histórica;  todas  las  peregrinas  noveda- 
des con  que  brindaba  el  porvenir:  y  hallábanse  fallados  mu- 
chos pleitos  de  familias  de  las  letras,  con  tal  sabiduría,  que 
algunas  sentencias  causaron  ejecutoria  (1).  Como  Núñez 
Arenas,  Amador  de  los  Ríos,  Milá  y  Fontanals,  Camus  y 
Fernández  Espino  contribuyó  á  la  nueva  faz  inaugurada  en 
España,  en  los  estudios  literarios.  Los  prismas  actuales  de 
la  critica;  la  ley  superior  que  terminó  la  querella  entre  clá- 
sicos y  románticos;  la  concepción  histórica  del  arte,  relacio- 
nada á  lugar  y  tiempo;  el  enlace  del  análisis  filosófico  con 
las  aspiraciones  de  la  literatura;  toda  esta  doctrina,  que  es 
hoy  heredad  común,  la  popularizó  Borao  en  su  aula  con  la 
brillantez  que  en  las  suyas,  los  que  mejor  han  juzgado  Ga- 
nar amigos  y  La  Verdad  Sospechosa^  á  Gonzalo  Fernández 
de  Oviedo  y  las  Coronas  visigodas  de  Guarrazar,  y  á  quie- 
nes tanta  gratitud  debe  la  juvenil  Estética,  que  con  claridad 
plantea  la  ecuación  de  lo  sujetivo  y  lo  objetivo;  compenetra 
la  naturaleza  y  el  espíritu,  en  una  armonía  feliz;  abraza  con 
universalidad  los  mundos  existentes;  y  entre  nosotros  tiene 
un  profesor  ilustre  que  ha  comentado,  corregido  y  mejora- 


fl)  Citaré  uno  de  esos  litigios,  como  ejemplo.  La  publicación  del  Gil 
Blas  de  SantiUana  de  Lesage  produjo  ¿quién  lo  ignora?  un  gran  ruido  en 
la  España  docta.  El  haber  colocado  la  escena  en  nuestra  patria,  el  ha- 
berse apropiado  giros  y  cuadros  de  nuestros  escritores,  indujo  á  algunos 
¿  la  sospecha,  de  que  el  autor  francés  había  tomado  su  libro  de  un  ma- 
nuscrito español.  Hablóse  de  esto,  más  que  de  la  originalidad  de  El  Des- 
dén con  el  Desdén:  se  conjeturó  lo  más  extraño,  inventái'onse  fábulas  sin 
número:— quién  acusó  á  Lesage  de  haber  tomado  á  Espinel  sus  más  in- 
geniosos pasajes  y  citaban,  el  de  la  posada  de  Peñaflor,  el  de  la  Sra.  Ca- 
mila, el  del  bai'bero  con  la  mujer  del  médico,  el  del  arriero  de  Carcabe- 
los,  el  del  cautiverio  la  Cabrera;  quién  de  haberse  apropiado  materias  de 
Rojas,  de  Hurtado  de  Mendoza,  de  Figueroa,  de  Estebanillo  González, 
del  Conde  Lucanor:  el  P.  Isla,  al  traducirla  magistralmente,  afirmó  que 
la  restituía  á  la  lengua  patria  y  la  frase  inereció  unánimes  y  prolongados 
aplausos.  Borao,  en  su  cátedra  y  en  un  folleto  después,  haciéndose  cargo 
de  esta  contienda,  demostró  que  el  Gil  Blas  es  en  parte  una  copia  feliz 
de  nuestras  novelas  picarescas  y  en  parle  una  imitación  de  ellas  tan  afor- 
tunada, como  lo  sean  la  canción  á  la  batalla  de  Lepanto  de  Herrera  y  la 
Profecía  de  Fr.  Luis.  La  cuestión  está  terminada  en  nuestros  días.  El  Gil 
Blas  es  una  obra  ingeniosa,  agradable,  útil,  en  la  que  no  son  de  Lesage 
los  materiales  fundidos  y  sí  de  él,  la  cohesión  y  unidad  que  tienen.  La- 
tour  mismo  lo  reconoce;  y  la  crítica  enriquecida  con  una  verdad  tiene 
no  poco  que  agradecer  á  la  diligencia  de  Borao,  cuya  perspicua  mirada 
veía  no  solo  los  prismas  que  la  historia  particular  y  la  universal  del  arte 
presenta  á  la  generalidad  de  los  doctos,  sino  muchas  veces,  aspectos, 
conceptos  y  relaciones  no  sospechados. 


LIX 

<io  á  Vischer;  que  puede  leer,  en  sus  respectivas  lenguas,  la 
Biblia,  las  Tusculanas,  el  Corán  y  la  Ciropedia;  determina- 
ros el  sentido  de  las  edades,  que  Kaulbach  reprodujo  con  su 
pincel  y  deciros  luego  el  número  de  cuerdas  de  plata,  que 
sujetaban  la  tienda,  que  con  el  rojo  de  su  púrpura,  retaba 
al  ejército  mandado  por  tres  reyes,  que  acampó  en  las  Na- 
vas; y  que  os  embelesará  lo  mismo,  describiéndoos  el  Alca- 
zar  de  los  siete  colores  y  la  Basílica  de  San  Pablo  (l),  que 
Prudencio  presentaba  á  los  hombres  futuros 

síc  prata  vernis  floribus  renident. 

el  retrato  de  Santillana  de  Ingles,  el  de  los  reyes  Católicos 
de  Rincón  ó  las  custodias  de  Córdoba  y  Sevilla,  que  si  os 
habla  de  los  cristales,  mármoles  y  mosaicos,  en  los  que  re- 
verbero, con  sus  ascuas  de  oro,  la  lámpara  en  forma  de 
cruz,  con  puntas  fiordelisadas,  suspendida  de  una  bola  de 
filigrana,  en  San  Marcos  (2).  Si  es  tan  insigne  la  juventud 
educada  por  Canalejas,  Catalina,  Castelar,  Fernández  y  Gon- 
zález, Salmerón,  CoU  Vehi  y  F.  Castro;  la  juventud  que  edu- 
có ayer  Revilla  y  educa  hoy  Menéndez  Pelayo;  si  por  causa 
de  haber  entrado  las  ciencias  estéticas  y  la  ciencia 
déla  literatura  comparada  en  los  Ateneos,  los  estudios 
crítico-literarios,  «que  más  que  otros  influyen  y  labran  en 
la  razón  y  en  el  sentimiento»,  tienen  brújula  y  base;  si  el 
genio  y  el  gusto  rechazan  los  exclusivismos;  si  el  arte  está 
en  vísperas  de  ver  reconocida  su  libertad  puriflcadora;  si 
borrados  los  anatemas  que  preocupaban  la  mente,  y  con- 
turbaban la  fantasía,  el  juicio  se  pronuncia,  sin  más  inspi- 
raciones que  la  belleza,  que  precede  á  lo  bueno  y  marcha  á 
la  par  de  la  fe,  agradezcámoslo  á  la  semilla  que  enterraron 
aquellos  individuos  en  los  surcos  trazados  por  sus  antece- 
sores..., por  un  Lista!,  por  un  Gallego!;  agradezcámoslo  en- 
tre otros  á  Borao, — que  sabia  enseñar,  hacer  amable  el  libro, 
crear  la  pasión  del  estudio,  á  lo  que  debió  el  respeto  con 
que  se  le  escuchaba,  el  amor  que  hubieron  de  profesarle 
siempre  sus  discípulos,  de  quienes  fué  amigo  cariñoso,  guia 
y  consejero,  bien  distinto  de  los  Lanfranchi  que  acibaran 
los  días  de  los  Guido  Reni  y  Zampieri,  y  de  los  Santafedes, 
Imperatos  y  Carraccinolos,  que  por  ahí  pululan,  disimu- 
lando malignidades,  cual  las  que  contribuyeron  á  afirmar  á 
Ribera,  en  la  senda  de  sus  triunfos.  Su  lira,  su  péñola,  sus 
trabajos  históricos  y  filológicos,  sus  merecimientos  como 
Profesor,  rodean  de  luminosísima  aureola   el  nombre  de 

(1)    Erigida  en  Roma  por  la  devoción  de  Teodosio. 

<2)    Mi  sabio  maestro,  D.  Francisco  Fernández  y  González. 


LX 

Borao;  y  sus' anhelos,  devociones  y  esperanzas,  lo  hacen 
venerable. 

Deseaba  su  alma,  la  propagación  de  la  cultura  y  la  feli- 
cidad de  su  pais;  que  la  soledad  no  acongojase  al  mérito; 
ver  la  verdad  y  la  belleza  en  el  Capitolio;  y  unido  á  los  que 
apetecían  lo  mismo,  trabajaba  con  ellos.  A  este  fin,  él  con- 
sagró por  entero  su  actividad  incansable,  á  toda  obra  de 
utilidad  pública:  él  promovió  certámenes,  en  los  que  pro- 
baron su  brío,  y  fiestas  literarias  en  las  que  lucieron  el 
garbo  natural  de  su  numen,  el  insigne  vate  de  La  Capilla 
de  Lanusn,  el  argensolano  Monreal,  el  castizo  Mario  de  la 
Sala,  el  finísimo  Malheu  y  el  que,  tan  á  deleite  del  buen 
decir,  ha  hecho  justicia  al  honrado  historiador  Conde  Ro- 
bres (1):  él  inició  en  el  templo  de  la  poesía,  á  jóvenes  del 
buen  gusto  de  Salinas  y  de  Paraíso,  retirado  á  una  ociosa 
Túscuio,  con  enojo  del  epigrama,  habiendo  nacido  para  so- 
brepujar á  Principe;  él  fué  tan  caritativo  de  la  gloria  del 
prójimo,  como  el  cantor  del  Dos  de  Mayo.  Escribe  Luis 
S.  Juan  Dulces  cadenas;  y  apresúrase  Borao  á  estimularle  á 
la  perseverancia.  Pruduce  Zapata  aquel  cuadro,  que  para 
copiarlo  en  el  lienzo,  habría  que  servirse  de  los  pinceles  de 
Velázquez  y  Rembrandt;  y  Borao  desliza  en  el  oído  del  nue- 
vo sacerdote  de  Apolo,  adelante!  Llega  Zorrilla  al  atrio  del 
Pilar,  trayendo  ornados  su  laúd  y  su  pandereta  con  rosas 
de  Méjico,  reliquias  de  Roma,  lirios  de  Florencia,  tulipanes 
del  Rhin,  azahar  del  jardín  de  Lindaraja,  camelias  de  Cintra 
y  conchas  de  nácar  de  la  bahía  de  Ñapóles;  y  «orao  le  tri- 
buta honores  de  soberano  del  ingenio,  en  una  sesión  acadé- 
mica, en  la  que  empezó  á  crearse  un  nombre,  el  filósofo  dis- 
tinguido que  hoy  regenta  la  cátedra  de  Andréu,  en  nuestra 
Universidad.  A  propuesta  y  expensas  de  Olózaga,  señálase 
con  un  bronce,  la  casa  de  Quel  en  que  naciese,  «el  pintor  de 
las  costumbres  de  la  clase  media  y  de  los  caracteres  festiva- 
mente cómicos  de  su  época»,  el  que  superó  á  Moratín  é 
igualó  á  Quevedo  en  sal  y  gracia;  y  Borao,  en  versos  tan 
acabados,  como  los  de  la  Epístola  del  Capitán  Quirós,  cele- 
bra, que  el  vate  contemporáneo  de  más  franca  espontanei- 
dad, logre  en  vida  (2),  la  honra  alcanzada  por  Cervantes  y 
Lope,  dos  siglos  después  de  su  muerte. 

(1)  D.  Baldomero  Mediano,  uno  de  los  críticos  aragoneses  que  más 
recuerdan  y  quizás  el  que  más  recuerda,  la  severidad  en  la  doctrina 
literaria,  lo  ático  en  el  gusto,  la  asiduidad  en  el  culto  á  la  forma,  de 
Borao. 

(2)  En  el  núm.  1  de  la  calle  del  Medio,  en  la  villa  de  la  Rioja,  célebre 
por  el  autor  de  Marcela,  se  lee:— líZ  19  de  Diciembre  de  1796  nació  en  esta 
casa  el  fecundo  y  popular  poeta  D.  Manuel  Bretón  de  los  Herreros. 


LXI 

Oh!  el  noble  maestro  vivió,  procurándose  ocasiones  de 
traducir  en  obras  sus  deseos;  bien  dando  impulsos  en  pri- 
vado, bien  sembrando  ideas,  en  discursos  elocuentísimos 
que  suenan,  como  una  música  de  amor;  que  se  parecen  á 
los  rosales  y  jazmines  por  la  finura  de  sus  perfumes  y  co- 
lores; y  que  en  su  abundante  doctrina  revelan,  que  su  autor 
unía  á  un  gran  sentido  estético,  un  gran  sentido  moral. 

Es  Borao  el  escritor  aragonés  más  respetable  de  nuestra 
época.  El  más  popular  también,  por  el  cariño  que  siempre 
tuvo  á  su  país. 

Sin  negar  á  Covadonga  su  importancia,  ni  á  la  Cruz  de 
los  Angeles  que  es  enseña  sólo  comparable  á  la  de  Cons- 
tantino, el  árbol  y  los  montes,  amados  en  el  corazón  de 
nuestro  compatriota,  después  del  árbol  del  Gólgota  y  de  los 
montes  Olívete  y  Calvario  eran,  la  encina  de  Sobrarbe  y  las 
cumbres,  en  cuyas  rocas,  en  la  base,  escribieron  nuestros 
padres  leyes  y  en  la  cresta  alzaron  rey:  reconociendo  el  he- 
roísmo de  Leónidas,  la  grandeza  de  César  en  Farsalia  y  de 
Aníbal  en  la  subida  á  los  Alpes,  la  muerte  ejemplar  de  Tu- 
rena  y  la  no  menos  ejemplar  de  Dessaix,  que  llega  al  teatro 
de  una  lid  empeñada,  de  rápidas  maniobras,  de  terribles 
cargas  de  caballería  y  que  ofrece  un  cuadro  horroroso  de 
fiebre,  de  dispersión,  en  el  que  hay  contienda  entre  nubes 
que  se  buscan  ó  se  cortan  en  el  cielo,  humo  en  la  atmósfe- 
ra, sangre  en  el  campo llega!,  se  lanza,  al  frente  de  los 

escuadrones  que  en  pos  de  él  galopan,  sobre  la  línea  aus- 
tríaca y  la  rompe,  á  la  vez  que  el  resto  de  los  soldados  de 
Bonaparte  caen  sobre  las  dos  alas  enemigas  y  las  desbara- 
tan, y  saludado  por  el  fragor  con  que  iniciase  la  victoria  y 
por  los  últimos  cañonazos  de  la  batalla,  muere,  ocultándose 
el  sol  para  no  verlo;  D.  Jerónimo  hablaba  con  más  calor  de 
D,  Jaime  que  del  Rival  de  Pompeyo  y  del  demoledor  de  Sa- 
gunto,  del  collado  de  las  Panizas  que  de  las  Termopilas,  del 
héroe  de  Muret  que  del  héroe  de  Egipto;  como  hablaba  con 
más  entusiasmo  de  las  rotas  cadenas  de  Marsella  que  de 
las  cadenas  rotas  en  las  Navas,  del  Cancionero  de  Urrea  que 
de  las  Coplas  de  Jorge  Manrique,  del  síncerísimo  Conde  de 
Aranda  que  de  Campomanes,  de  Asso  que  de  Ustáriz,  de 
Lagasca  que  de  Cavanilles,  de  José  Leonardo  que  del  Mudo: 
sin  rebajar  el  pedestal  en  que  se  hallan  colocados  Luis  Vi- 
ves, P.  J.  Perpignan  y  A.  García  de  Matamoros,  el  Pinciano 
á  quien  Marineo  Sículo  tenía  por  más  docto  que  á  Lebrija, 
Foxo  Morcillo,  León  Hebreo,  el  astrónomo  Alfonso  de  Cór- 
dova,  el  Newton  español  Jorge  Juan,  el  Brócense,  y  Mora- 
les y  Suárez  y  Saavedra  Fajardo,  las  predilecciones  del  es- 
clarecido Profesor  eran  para  Antonio  Agustín,  escritor  ele- 


LXII 

gantísimo  y  jurisconsulto  de  tal  alteza,  que  en  él  resucita- 
ron, según  Scoto,  Paulo  y  el  más  sabio  y  puro  amador  de 
la  justicia  (D;  Zurita,  historiador  eximio,  entre  los  más  exi- 
mios de  España;  B.  y  L.  de  Argensola  que  ciñeron  los  lau- 
reles de  Horacio  y  de  Salustio,  delicia  el  uno  de  la  Academia 
de  los  Ociosos  y  ele  la  Poética  Imitatoria,  y  el  otro  maestro 
do  D.  Ñuño  de  Mendoza,  del  Marqués  de  Cerralbo,  del  Prín- 
cipe de  Esquiladle...;  y  aunque  no  participaba  de  sus  ideas 
el  biógrafo  de  Pignatelli,  pronunciaba  con  orgullo  los  nom- 
bres del  sobrio,  nervioso  y  metódico  Miguel  Molinos;  de 
Pedro  Ciruelo,  autor  del  primer  tratado  de  Matemáticas  que 
se  escribió  en  España,  luminar  de  las  Universidades  del 
Henares  y  el  Sena,  el  más  claro  y  limpio  de  los  espíritus;  y 
del  aragonés,  por  su  nacimiento  ó  por  su  origen,  reducido 
á  cenizas,  á  la  vez  que  su  libro,  en  la  pintoresca  colina  de 
Champel,  á  la  vista  del  azul  y  gracioso  lago  de  Ginebra.  Bo- 
rao  admiraba  al  Alfonso  VI,  en  cuya  época,  podía  una  ve- 
je$uela  caminata  por  todo  el  reino,  sin  peligro,  llevando  en 
la  mano  abierta  sus  tesoros;  á  los  nobles  que  poseyeron 
palacios  como  el  del  Gran  Canciller  Pero  López  de  Ayala  y 
como  el  que,  fundado  por  el  salvador  de  D.  Juan  I  en  Al- 
jubarrota,  ensanchó  el  Almirante  que  no  tenia  par,  en  gvan- 
deció  el  experto  caudillo  e  lus  de  discretos  y  enriqueció  el 
que  se  hizo  Duque  del  Infantado,  en  la  segunda  batalla  de 
Olmedo;  mas  admiraba  con  mayor  delicia  al  Conde  (2)  que 
tradujo  y  comentó  á  Pomponio  Mela,  y  escribió  Discursos 
políticos  para  la  educación  de  un  Príncipe  y  los  Comenta- 
rios de  los  sucesos  de  Aragón  en  1591  y  1592,  al  procer  que 
ganó  bandera  y  mosquetes  en  San  Quintín  y  el  sobrenom- 
bre de  Filósofo  Aragonés  en  la  morada  del  sombrío  Felipe 
ó  á  D.  Alonso  V,  que  representa  el  ápice  político  de  nues- 
tra nacionalidad,  con  la  magnificencia  que  representa  el  li- 
terario, el  Petrarca  Valentino: — él  concedía  coronas  de  lu- 
ceros, á  Píndaro  y  al  Cisne  de  Mantua,  á  Racine  y  á  Sha- 
kespeare, á  Herrera  y  á  Alfleri,  mas  según  diría  Lamartine, 
los  Benjamines  de  esa  familia  universal  é  inmortal,  que 
uno  elige,  para  constituirse  la  parentela  del  alma  y  la  so- 
ciedad de  los  pensamientos  eran,  un  Blancas,  un  Martel,  un 
Costa,  un  Latassa  que  vale  un  Plutarco,  el  P.  Murillo,  que 
escribía  con  el  candor  y  sencillez  sublime  de  Herodoto,  el 
delicado  Fr.  Jerónimo  de  S.  José,  Liñán  de  Riaza  que  ma- 
nejó el  romance  á  lo  Góngora,  López  del  Plano,  tan  queri- 
do del  dulce  Meléndez,  todas  las  personalidades  insignes  en 


(1)  El  inmortal  Papiíiiano. 

(2)  El  de  Luna. 


I 


LXIII 

suma,  de  la  tierra  que  nunca  ha  faltado  á  su  fidelidad,  á  los 
fueros  del  buen  gusto,  pues  si  pecó  Gracián,  si  escribió  el 
Apologético  de  la  escuela  del  pernicioso  cordobés  y  cultivó 
la  prosa  culterana,  hay  en  su  Criticón  párrafos  que  persua- 
den, de  que  el  sabor  del  terruño  es  aquí  incompatible,  con 
la  perseverancia  en  el  mal. 

Nadie  supo  lo  que  Borao,  de  las  cosas  de  Aragón.  Conocía 
cual  su  propia  casa  los  monumentos  de  éste,  lo  mismo  la  igle- 
sia de  Alquézar  y  el  Sepulcro  de  Calatayud, — plano  en  piedra 
y  ladrillo  de  los  lugares  que  más  inspiraron  á  Chateaubriand 
y  Lamartine,— que  el  palacio  de  lUueca  y  el  castillo  de  Me- 
sones, en  hora  bárbara  destrozados;  y  hablaba  con  la  emo- 
ción estética  que  Vasari  del  retrato  de  León  X,  de  nuestros 
esmaltes  y  grabados  antiguos,  del  altar  mayor  de  la  cate- 
dral oséense,  de  las  pinturas  de  Claudio  en  el  templo  de  la 
Mantería,  de  las  de  Goya,  en  la  Basílica  de  la  venerada  Vir- 
gen que  fué  el  Santiago  aragonés,  al  inaugurarse  el  siglo. 

Cuanto  redundó  en  pro  de  nuestra  riqueza  espiritual  y 
material,  obtuvo  su  esfuerzo.  Todo  adelantamiento,  toda 
mejora  favorable  á  las  letras,  y  en  especial  á  las  letras  ara- 
gonesas, mereció  tenerle  de  su  parte.  Fundó  el  primer  pe- 
riódico literario  que  han  dado  á  luz  las  prensas  de  Zaragoza, 
y  fué  alma  y  mente  de  sus  ateneos,  academias,  y  centros 
artísticos.  Literato,  su  nombre  va  unido  al  de  la  Biblioteca 
de  Escritores  Aragoneses,  de  la  que  es  digna  Mecenas  la 
Diputación  provincial;  y  le  debemos  las  biografías  de  La- 
tassa,  Pignatelli,  Echeandia,  Casamayor  y  Yanguas,  escritas 
al  modo  que  enseñó  á  narrar  la  vida  de  un  personaje,  el 
gran  Navarrete,  y  las  páginas  en  que  esculpiendo  con  má- 
gico buril,  la  efigie  de  López  del  Plano,  convirtió  en  fami- 
liar lo  que  era  antes,  una  curiosidad  erudita.  Crítico,  ejecutó 
trabajos  del  valor  de  G.  Urrea  y  D.  Clarisel  de  las  Flores. 
El  amor  en  el  Teatro  de  Lope  y  los  estudios  sobre  Moratin, 
el  Quijote  y  el  Centón  Epistolario.  Historiador,  produjo  una 
historia  de  nuestra  Universidad,  La  Imprenta  en  Zaragoza 
y  el  Árbol  de  los  Reyes  y  Principes  aragoneses.  Filólogo,  dio 
á  la  estampa  este  Diccionario,  precedido  de  una  Introduc- 
ción admirable.  Poeta,  nos  legó  un  Romancero,  no  termi- 
nado por  desgracia;  llevó  á  las  tablas  la  gran  figura  del  más 
batallador  de  los  Alfonsos,  escribió  varios  dramas,  que  son 
para  la  lectura,  más  que  para  la  representación  escénica. 
Escritor  didáctico,  enriqueció  las  bibliotecas  con  su  Tesoro 
de  la  Infancia.  Vicepresidente  del  Jurado  y  Presidente  de 
una  de  las  secciones  de  la  Exposición  Aragonesa,  consagró 
sus  vigilias  á  aumentar  la  gloria  alcanzada  por  su  país,  en 
aquel  certamen.  Director  del  Liceo,  hizo  de  aquella  Sociedad 


i 


LXIV 

una  almáciga  literaria.  Alumno  de  la  Universidad  de  Zara- 
goza, aumentó  el  número  de  los  hijos  de  bendición  de  la 
madre  sapientisima  de  Prudencio,  del  ilustre  autor  de  los 
Fastos  del  Justicia,  de  los  Argensolas,  del  Dr.  Andrés  de 
Ustarroz,  de  Pignatelli:  catedrático,  mereció  un  sitial,  donde 
lo  habían  tenido,  Pedro  el  Orador,  tan  ensalzado  por  S.  Je- 
rónimo, Verzosa,  y  Sobrarías,  y  Malón  de  Chaide,  y  Abril,  y 
Juan  Costa,  y  Hortigas  y  Portóles  el  célebre  fuerista,  y  Ca- 
rrillo y  Nasarre  y  Guillen  el  sabio  y  angelical  Obispo  de 
Canarias;  Rector,  elevó  la  escuela  de  que  fué  patrono  Cer- 
buna  á  la  altura  de  las  más  distinguidas  de  España  y  narró 
las  grandezas  de  la  docta  Casa  que  dirigió  tanto  tiempo, 
incansable  en  sus  afanes  por  enaltecer  á  su  país,  amado 
sobre  todas  las  cosas  por  Borao.  Ved  lo  que  hace  á  éste  po- 
pular:—el  que  aragonés  por  su  cuna,  lo  era  asimismo  por 
su  carácter,  por  sus  aficiones,  por  sus  estudios,  por  sus 
dotes  intelectuales,  lo  cual  le  privó  de  conquistar  hojas  de 
laurel  más  frondoso  aún  y  de  encina  todavía  más  robusta, 
que  la  encina  robusta  y  el  laurel  frondoso  que  posee,  en  el 
paraíso  de  la  fama. 

De  haber  escuchado  los  consejos  de  Mané  y  Plaqué  y  del 
ilustre  bardo  que  nos  ha  descrito  las  cuevas  de  CoUbató, 
otra  habría  sido  su  carrera!  No  aseguraré  que  hubiese  lle- 
gado á  Ministro,  acordándome  de  Moreno  Nieto  y  de  que  lo 
ramplón  y  chapucero  es  á  veces  favorito  de  la  fortuna:  sí, 
que  hubiese  alcanzado  las  posiciones  más  altas,  en  la  mi- 
licia de  las  letras.  Y  á  decir  verdad,  á  esto  es  á  lo  que  debió 
aspirar,  pues  no  había  nacido  para  esos  encarnizados  com- 
bates, en  que  el  orador  esgrime  el  arma  de  las  pasiones, 
casi  siempre.  Borao,  que  era  fácil  en  la  conversación,  di- 
serto en  la  cátedra,  un  prosista  de  elegante  estilo,  jamás 
brilló  en  la  cima,  donde  en  medio  de  la  tempestad,  sonó  la 
palabra  ruda,  enérgica,  salvaje  de  Ríos  Rosas  y  en  que 
lucieron  Galiano,  López  y  Valdegamas  el  sublime  ritmo  de 
las  suyas;  jamás  alcanzó  uno  de  esos  triunfos  que  consiguen 
los  que  con  la  magia  de  la  fantasía,  con  la  pompa  del  len- 
guaje, con  la  majestad  de  la  entonación,  convencen  de  que 
en  efecto  es  la  elocuencia,  como  dijo  Eurípides,  la  soberana 
de  las  almas.  Su  modo  de  ser,  le  hacía  más  apto  para  las 
investigaciones  del  historiador  y  los  trabajos  del  erudito, 
que  para  pisar  con  segura  planta,  la  encendida  arena  que 
casi  cubre,  las  rojas  gradas  de  la  tribuna  política;  más  de- 
senfadado en  el  trato  con  las  musas,  que  en  el  trato  con  los 
jefes  de  los  partidos;  más  ambicioso  del  retiro  de  una  bi- 
blioteca y  de  la  Holanda  tranquila  de  una  cátedra,  que  de 
lucir  en  otros  palenques  literarios. 


LXV 

Lástima  que  en  aquel  hombre,  no  hubiese  sido  el  arte  el 
culto  único  de  su  vida!  Lástima  que  por  lo  múltiple  de  sus 
quehaceres,  se  llevase  á  la  tumba,  un  Borao  superior  al  que 
resulta  dibujado  de  cuerpo  entero,  en  sus  obras!  Lástima 
que  ejercitase  todas  sus  diversas  facultades!  El  fué  un  hu- 
manista de  varia  y  selectísima  lectura,  de  acendrado  gusto, 
aunque  un  tanto  arqueológico  por  su  amor  á  la  antigua 
poesía;  un  profesor  de  gran  prestigio  y  autoridad  moral, 
que  cuando  explicaba  parecía  que  estaba  leyendo  un  libro, 
tan  admirable  por  la  grandiosidad  de  sus  ideas  y  la  profun- 
didad de  sus  pensamientos,  como  por  el  ingenio  y  galanu- 
ra de  su  castizo  lenguaje.  Treinta  y  un  años  desempeñó  su 
cátedra  de  Literatura,  con  el  acierto  que  un  día  la  de  Ma- 
temáticas. Con  la  misma  pluma  que  escribió  su  Tratado  de 
Avitmctica  y  el  de  Ajedrez  ó  la  Historia  de  la  sublevación  de 
Zaragoza  en  1854,  y  el  Tesoro  de  la  Infancia,  emborronó 
las  cuartillas  de  su  drama  Las  Hijas  del  Cid,  de  la  oda  á  la 
Virgen  de  Covadonga,  ó  del  estudio  crítico  de  La  Muerte  de 
César  de  Vega:  terminaba  un  trabajo  y  sin  darse  reposo, 
disponíase  á  leer  las  obras  sometidas  á  su  censura  ó  medi- 
taba acerca  del  mejor  medio  de  honrar  á  Echeandía,  el  ilus- 
tre amigo  del  primer  cultivador  de  la  patata  en  la  tierra 
aragonesa,  el  químico  Olano:  y  alma  de  la  Comisión  de 
Instrucción  primaria,  de  la  de  Monumentos,  y  de  la  Aca- 
demia de  S.  Luis,  le  sobraba  espacio,  como  Rector,  para  la 
obra  del  Jardín  Botánico,  para  mejorar  la  Biblioteca  y  em- 
bellecer el  edificio  de  la  Universidad,  para  sustituir  con 
ventaja  el  libro  de  Gestis;  como  hombre  de  estudio,  para 
enriquecer  cada  día  más  su  inteligencia;  como  colaborador 
de  los  periódicos  más  acreditados,  para  ennoblecerlos  con 
sus  trabajos;  como  poeta,  para  cortar;  como  literato,  para 
fundar  Revistas  literarias;  como  consejero  de  la  Diputa- 
ción, para  ilustrarla  en  los  asuntos  históricos  que  hubo  de 
consultarle.  Así  vivió,  el  hombre  que  por  desgracia,  dirigió 
sólo  breves  días  la  Enseñanza  española,  desde  el  elevado 
sitial  en  que  tantos  servicios  prestó  Gil  y  Zarate  á  su  pa- 
tria; y  así  vivió  con  grave  daño  de  sí  mismo,  pues  adorna- 
ban á  Borao,  además  de  sus  dotes  de  catedrático,  otras,  exi- 
mias para  el  género  en  que  sobre  las  demás  provincias 
españolas  ha  descollado  la  patria  de  Blancas  y  Zurita  tan 
visiblemente,  como  descuellan  en  el  bosquecillo  de  Mam- 
mu  th  los  altos  cedros  de  California  y  en  los  jardines  de  la 
Orotava,  el  dragonero  famoso,  tan  venerado  de  los  guan- 
ches, cual  lo  fuese  de  la  Lidia,  el  plátano  de  Jerjes.  Todas 
las  prendas  morales  é  intelectuales  en  el  historiador  exi- 
gibles,  le  adornaban: — reunía  en  sí  profundidad  de  ideas. 


LXVI 

serenidad  en  el  juicio^  belleza  en  el  lenguaje,  maestría  para 
unir  el  principio  abstracto  con  el  hecho,  el  desarrollo  de 
éste  con  el  de  la  literatura:  y  su  pluma  pintaba,  como  el 
picel  más  empapado  en  luz,  esculpia  como  el  mejor  buril. 
El  pudo  haber  producido  una  historia  que,  siendo  una  obra 
de  arte  bella,  fuese  admirable,  considerada  en  sus  reglas 
criticas  y  método  de  investigación,  enriqueciendo  de  esta 
suerte  el  joyero  de  la  época  de  que  somos  hijos  y  que  es 
tan  gloriosa  en  el  linaje  de  estudios,  á  que  deben  un  rayo 
de  inmortalidad,  los  Niebuhr,  los  Savigny,  los  Gervinus, 
los  hombres  que  han  obligado  á  hablar  á  la  esfinge  egipcia 
y  al  ladrillo  caldeo;  que  «interpretando  las  raices  aryas  nos 
han  dado  á  conocer  al  Patriarca  de  la  Bactriana»;  que  en 
las  márgenes  del  Hifaso,  del  Ganges,  del  Eufrates,  de  los 
cinco  ríos  que  regalan  sus  aguas  al  Indo,  y  sobre  las  rui- 
nas del  templo  del  Sol  de  Palmira,  han  reconstruido  el 
Oriente,  con  sus  ciencias,  sus  artes,  sus  sacerdotes,  sus  sa- 
bios, sus  astrólogos,  sus  guerreros  y  sus  portentosas  é  in- 
mensas civilizaciones. 

Sí;  él  pudo  haber  escrito  la  historia  de  Aragón  al  modo 
de  un  Zurita  con  estilo,  satisfaciendo  así  una  necesidad, 
más  imperiosa,  á  medida  que  la  civilización  avanza,  y  el 
mundo  clásico,  la  Edad  Media  y  la  España  que  fué,  remozan 
en  un  Jordán  de  juventud  y  resultan  más  bellas,  que  las 
que  aprendimos  á  ver  en  las  aulas.  Son  muchos  los  gran- 
des días  aragoneses,  que  no  se  conservan  en  el  recuerdo 
humano,  con  la  luz  que  doró  ó  plateó  su  ambiente:  son  mu- 
chas las  figuras  nuestras  que  resultan  empequeñecidas,  al 
lado  de  las  castellanas:  abundan  por  ahí  errores  tan  crasos, 
como  el  que  supone,  en  la  canastilla  de  boda  de  Isabel  I^  las 
joyas  con  que  se  compró  al  Océano,  el  secreto  de  América. 
Hace  falta  que  no  resulte  humillado  por  una  hembra  en 
las  historias,  el  más  grande  de  los  reyes  políticos  y  que 
conste  lo  pingüe  de  la  dote  aportada  por  las  Barras,  al  es- 
cudo en  que  uniéronse,  á  los  Leones  y  Castillos.  Yo  bien 
sé  que  en  su  obra,  habría  sido  tan  visible  la  pasión  arago- 
nesa, como  la  de  venganza  en  Tiicidides,  la  de  soberbia  pa- 
tricia en  Tácito,  la  de  unidad  italiana  en  Maquiavelo,  la 
de  portugués  separatista  en  el  autor  de  La  Guerra  de  Ca- 
taluña, mas  hubiese  hecho  el  bien  inapreciable  de  añadir 
un  peldaño  á  la  escalinata  por  la  que  subiremos,  cuando 
esté  terminada,  á  un  ideal  que  acariciamos.  El  historiador 
perfecto  no  ha  existido  aún.  No  lo  fué  Tucídides;  no  lo  fué 
Salustio;  no  lo  fué  Tito  Livio;  no  lo  fué  el  más  grande  de 
los  artífices  creadores  de  hombres,  el  Shakespeare  de  la 
historia;  no  lo  han  sido  Maquiavelo,  ni  Hurtado  de  Mendo- 


LXVII 

za,  ni  Mariana,  ni  Voltaire,  ni  Thierry,  ni  Macaulay.  Lle- 
gará sin  embargo  un  día,  en  que  se  haga  la  historia  por  la 
historia^  y  sin  más  pasión  que  la  verdad,  y  la  hermosura^ 
reteja  y  desenrolle  la  tela  de  la  vida;  y  esto  acontecerá, 
cuando  termine  la  tarea  de  investigación  en  que  el  siglo  xix 
está  empeñado.  He  aquí  el  por  qué  los  hombres  favorecidos 
por  Dios  con  sus  dones,  deben  aumentar  el  número  de  los 
que  trabajan  en  el  campo,  fertilizando  con  su  hábil  cultivo, 
por  los  Momsem  y  los  Gibbon.  Además,  aunque  preciosas 
las  conquistas  de  esa  crítica,  de  esa  filología,  especie  de  me- 
diadora  de  la  eternidad  y  de  inclinación  secreta  que  nos 
conduce  á  adivinar  lo  que  ya  no  existe,  la  historia  no  ha 
de  limitarse  á  ser  «una  pura  esencia  conservada  en  libros 
sin  estilo,  acotada  por  notas  y  testimonios»,  y  si  ha  de  con- 
vertirse en  algo  semejante  á  aquella  ninfa  eslava,  aérea 
al  principio  c  invisible,  hija  de  la  tierra  después  y  de  pre- 
sencia manifiesta  sólo  por  una  larga  mirada  de  vida  y 
amor,  es  preciso,  que  cada  vez,  sean  menos  raras  las  pági- 
nas, en  que  las  virtudes  poéticas  estén  en  el  grado,  que  en 
la  batalla  de  Cunaxa  de  Xenophonte,  en  las  Horcas  de  Cau- 
dium  de  Livio,  en  el  asesinato  de  Roger  de  Flor  de  Moneada, 
en  el  ataque  de  Monjuich  de  Meló  y  en  la  entrada  de  los 
bárbaros  en  Roma,  de  Emilio  Castelar. 

Borao  podía  haber  sido  útil  colaborador,  en  la  empresa 
de  acercarnos  á  los  tiempos  en  que  un  Tácito,  superior  á 
Tácito  mismo,  componga  é  interprete,  los  elementos  dis- 
persos de  la  realidad,  dando  cabida  á  toda  la  estética  que 
admite  el  arte  maravilloso  de  los  Horodoto  y  Mariana,  que 
es  superior  á  la  elocuencia,  en  jerarquía.  Cómo  habría  des- 
crito al  Batallador  en  Fraga,  á  D.  Jaime  en  Mallorca,  á  don 
Alfonso  el  Magnánimo  en  el  Puerto  de  Marsella,  el  Com- 
promiso de  Caspe  y  las  hazañas  grabadas  en  el  Tauro  y  el 
Bosforo,  el  que  nos  retrató  al  almogávar,  con  pluma  que 
Panloja  habría  aceptado  por  pincel! 

Ah!  mucho,  muy  mucho  perjudicó  á  Borao  el  que  no  hu- 
biese sido  la  historia  el  centro  único  de  sus  afanes;  y  al 
poeta  (tan  parecido  á  Hartzenbusch,  en  que  en  ambos  el 
ingenio  y  la  erudición,  aventajaban  al  estro)  el  haberse 
empeñado  en  cultivar  la  lírica,  la  épica  y  la  dramática;  en 
escribir  lo  mismo  sátiras  que  leyendas,  epístolas  que  ro- 
mances; en  vivir  tomando  un  día  la  copa  de  Anacreonte 
ornada  de  pámpanos  y  otro  pulsando  la  cuerda  profana  ó 
abrazándose  al  salterio  religioso;  pues  no  era  posible  que 
tuviese  todas  las  facultades  exigidas  para  entrar,  pisando 
flores,  en  el  Alcázar  de  Hojeda,  de  Calderón^  de  Rioja  y  de 
S.  Juan  de  la  Cruz.  Así  es  que  sus  poesías,  incluso  su  Ro- 


LXVIIl 

mancero,  que  es  su  diamante  más  limpio,  por  las  altas 
cualidades  de  historiador  que  á  su  autor  adornaban,  son 
nada  más,  gallarda  muestra  de  lo  que  Borao  pudo  haber 
sido,  si  hubiese  aspirado  á  merecer  tan  sólo,  una  de  las 
tres  coronas  que  constituyen,  el  atributo  de  la  literatura. 

Lo  creo  firmemente.  Si  D.  Jerónimo  Borao  hubiérase  li- 
mitado á  cruzar  su  pecho  con  la  estola  de  oro  de  la  didác- 
tica, convencido  de  sus  nativas  aptitudes  para  el  más  arago- 
nés de  los  géneros  literarios,  habría  aumentado  los  joyeles 
que  testifican,  que  si  nuestro  siglo,  nada  ha  imaginado  más 
bello  que  la  Alhambra,  ni  más  sublime  que  la  catedral  de 
Burgos,  ni  de  hermosura  más  perfecta  que  el  Apolo  de 
Belvedere,  la  Virgen  de  la  Palmera  y  las  Concepciones  de 
Bai-tolomé,  su  lírica  en  cambio,  vence  á  la  antigua,  por  lo 
vasto  de  sus  dominios,  por  lo  delicado  de  la  gamma  de  sus 
variedades,  por  la  riqueza  de  su  métrica,  de  su  ritmo  y  de 
versificación,  por  la  superioridad  de  sus  Manzonis,  Leo- 
pardis  y  Foseólos;  de  sus  Lamartine,  Víctor  Hugo  y  Musset; 
de  sus  Esproncedas,  Quintanas  y  Zorrillas;  de  sus  Goethe, 
Heine  y  Schiller;  de  sus  Tenison  y  Byron. 

Y  he  aquí  que  á  Borao  pei'judicó  muy  mucho,  una  de  sus 
más  bizarras  cualidades.  Nadie  ha  empleado  jamás  el  tiem- 
po mejor,  ni  ha  dado  menos  descanso  y  paz  al  espíritu  y  á 
la  péñola.  Nadie  le  aventajó  en  practicar  con  exactitud,  el 
proverbio  nulla  dies  sine  linea,  que  esculpió  en  su  paleta, 
el  pintor  ilustre  á  quien  honró  Alejando,  concediéndole  su 
esclava  Cam paspes  por  modelo. 

Fué  el  mayor  enemigo  que  la  ociosidad  tuvo  nunca;  el 
tipo  más  acabado  del  laborioso,  del  hombre  útil.  Más  aficio- 
nado á  lo  mejor  que  á  lo  bueno,  alcanzó  siempre  lo  mejor, 
que  es  el  obsequio  con  que  la  Providencia  demuestra  su 
cariño,  al  que  trabaja. 

Es  más  necesario  éste  que  el  genio  á  los  fines  providen- 
ciales de  la  historia.  Las  imaginaciones  privilegiadas  con- 
quistan la  inmortalidad  en  el  tiempo;  el  trabajador,  las  pal- 
mas de  la  eternidad.  No,  no  son  los  siglos  en  que  florecen 
la  adelfa  y  el  mirto,  los  más  fértiles  en  bienes.  El  áureo  de 
Hoi'acio  no  salvó  á  Roma;  la  centuria  de  Velázquez  y  de 
Quevedo  es  una  centuria  de  decadencia: — en  cambio,  han 
hecho  feliz  á  la  humanidad,  los  que,  con  su  perseverancia, 
raspando  la  roca  del  castillo,  hicieron  el  grano  de  pólvora, 
que  habla  de  destruir  á  éste;  encontraron  en  el  cristal  una 
retina  superior  á  la  retina  del  hombre;  construyéronnos  el 
émbolo  de  la  máquina  de  vapor,  la  retorta  en  que  se  des- 
compone el  agua  y  el  aire,  la  palanqueta  del  telégrafo,  la 
prensa  de  Gutenberg,  ^a  lámpara  de  Davy,  el  ancla  de  la 


LXIX 

Niña  ó  las  cuerdas  de  la  nave  que  dobló  el  Cabo  de  las  Tor- 
mentas...; los  que  han  colocado  en  la  fachada  del  alcázar  de 
su  gloria,  blasones  que  lucen  en  sus  cuarteles,  la  hoz,  el 
escoplo,  el  nivel  y  en  su  manto  de  armiño,  las  manchas  del 
sudor  que  cae  de  un  rostro  inclinado  al  suelo,  entre  las  es- 
pigas del  trigo  ó  entre  los  racimos  de  la  viña.  No  son  el 
pueblo  y  el  hombre  más  grandes  los  más  sabios,  si  tienen 
dañado  el  corazón;  ni  los  más  heroicos,  si  su  aureola  tiene 
color  de  sangre;  ni  los  más  poderosos,  si  el  puño  de  su  es- 
pada es  una  argolla  y  opresor  su  imperio. 

Hoy  que  no  existen  más  clases  que  las  definidas  por  las 
buenas  obras  y  por  la  honra  y  que  la  ociosidad  es  vil,  el 
pueblo  y  el  hombre  más  grandes  son  los  más  trabajadores. 
Vivir  es  trabajar:  no  es  otra  cosa  la  vida.  Magnifica  es  la 
entrada  de  un  ejército  vencedor  en  una  ciudad: — hojas  de 
laurel  cubren  el  suelo;  gallardetes  y  arcos  triunfales  sin 
número,  se  ven  por  todas  partes;  millares  de  cabezas  apí- 
ñanse  en  los  balcones  y  ventanas  de  los  edificios;  y  en  las 
calles  y  plazas,  un  gentío  inmenso  apriétase,  cada  instante 
más.  Generales  hermoseados  por  las  victorias  caracolean 
con  su  corcel,  al  frente  de  sus  soldados  ennegrecidos  por 
el  humo  de  la  pólvora;  una  lluvia  de  coronas  y  de  flores  cae 
sobre  las  banderas,  acribilladas  por  las  balas;  deslumhran 
los  reflejos  del  sol  en  las  bayonetas  y  en  el  acero  de  las  lan- 
zas; millares  de  pañuelos  se  agitan;  y  casi  apaga  el  ruido 
que  producen  la  infantería  y  artillería  que  pasan,  los  ca- 
ballos que  trotan  ó  piafan,  las  cornetas  y  músicas  de  los 
regimientos,  los  carros  de  la  cruz  roja,  el  estridor  de  las 
cadenas  de  los  pontones,  las  armas  que  chocan  en  las  es- 
puelas y  estribos,  los  burras  de  una  muchedumbre,  que 
^agítase,  ebria  de  entusiasmo.  Ante  espectáculo  tan  deslum- 
brador, creéis  estar  en  la  confluencia  de  todos  los  ríos  que 
arrastran  los  caudales,  en  que  se  distribuye  la  existencia: 
y  sin  embargo  lo  que  veis  son  atributos  brillantísimos  de 
la  muerte. 

En  cambio  al  penetrar  en  una  fábrica,  en  un  día  en  que 
los  obreros  descansan,  las  silenciosas  máquinas  no  desper- 
tarán el  frenesí  en  vosotros,  y  sin  embargo  allí  el  acero 
sirve  al  amor  y  no  al  odio,  pues  crea  vínculos  de  gratitud 
y  lazos  fraternales,  entre  el  pobre  que  transforma  el  algo- 
dón y  el  rico  para  quien  es  la  tela.  Al  pensar  en  esto,  aqui 
está  la  vida!  decís  sin  duda:  como  los  que  tenéis  sensacio- 
nes rurales,  al  ver  en  los  pueblos,  la  ausencia  de  ese  fasti- 
dio, de  esa  melancolía,  que  proyectan  los  vicios  sobre  las 
grandes  ciudades,  al  ver  la  paz  que  existe,  en  la  choza  que 
humea  al  caer  la  tarde  ó  en  la  casa  cuyo  vestíbulo  adornan, 

6* 


LXX 

trofeos  de  agricultura  y  en  cuyas  estancias  os  hieren  el  oido, 
piar  de  golondrinas,  arrullos  de  palomas  ó  percibís  las 
emanaciones  de  la  alcazarra,  olor  á  mosto,  á  luminoso 
aceite,  á  higos  de  mieles,  á  sabrosísimas  frutas,  á  vaca  de 
pezones  ubérrimos,  se  os  ocurre  exclamar;  Es  cierto,  como 
dijo  Cooper,  que  Dios  hizo  los  campos  y  es  cierto,  porque 
son  los  talleres  en  los  que  el  trabajo,  acerca  la  naturaleza 
cada  día  más,  á  ser  digna  morada  del  espíritu.  Los  guerreros 
son  los  protagonistas  de  la  historia  pasada,  porque  la  his- 
toria pasada,  es  la  historia  de  la  guerra:  los  trabajadores  lo 
son  de  la  novísima,  porque  esta  es  ía  historia  del  trabajo. 
Y  en  verdad  que  los  unos  arrebatan  más  que  los  otros.  Su- 
blime, muy  sublime  es  Bonaparte,  haciendo  lo  que  jamás 
pudo  el  simoün  del  desierto,  haciendo  estremecer  las  Pirá- 
mides y  convirtiendo  al  Egipto  monumental  en  adulador 
suyo;  y  sublime,  cuando  asustadas  las  naciones  de  su  misma 
victoria,  empujaron  un  mar  hacia  el  Mediodía,  amarraron 
á  una  peña  de  él,  al  arbitro  de  las  batallas,  y  separadas  de 
éste  por  un  océano,  por  un  cielo,  por  la  invisible  muralla 
de  la  zona  tórrida,  temblaban  como  las  olas  y  las  escuadras 
que  guardaban  al  que  tuvo  su  Lisipo  en  Canova  y  su 
Apeles  en  David,  al  que  mereció  que  Byron  le  cantase,  que 
Bellini  le  cubriese  de  siemprevivas  la  tumba  y  que  le  ad- 
mirase Manzoni,  especie  de  Rafael  poeta,  que  condensando 
en  cuerdas  sonoras,  los  rayos  más  dorados  del  sol  meridio- 
nal y  los  más  dulces  del  sol  del  Norte,  reconcilió  en  sus 
versos,  la  encina  druídica  y  la  higuera  latina:  sublime  la 
hazaña  escrita  en  Puente-Sampayo  y  en  las  lomas  del 
Bruch,  y  sublime  Nelson  el  marino  de  táctica  osada,  rápida, 
terrible,  conocedor  de  todos  los  misterios  de  las  aguas,  en 
el  instante  en  que  vestido  de  gran  uniforme,  atravesado 
por  un  tiro  del  Formidable,  á  la  vista  de  la  escuadra  aliada 
en  derrota  y  de  los  buques  españoles  hundiéndose  en  un 
Atlántico  de  sangre,  exclama,  cerrando  los  ojos,  gracias. 
Dios  miOj  he  cumplido  con  mi  deber:  sublime  Mooltke  sa- 
biendo, antes  de  calzarse  las  botas  de  montar,  que  su  corcel 
relincharía  bajo  el  Arco  de  la  Estrella,  y  sublime  Méndez- 
Núñez  en  el  Callao;  sublime  Skobeleff,  cubierta  la  blanca 
casaca  con  sus  condecoraciones  todas,  como  quien  asiste  á 
una  gran  fiesta,  franqueando  los  Balkanes,  con  intrepitez 
digna  de  Aníbal,  ansioso  de  convertir  la  media  luna  en  es- 
carpia de  las  caballerizas  del  Czar;  y  sublime  Prim,  hermo- 
so, transfigurado,  según  le  reproduce  Fortuny,  enardecido 
por  el  espectáculo  de  las  movibles  tiendas,  de  las  masas  de 
caballería,  de  los  relámpagos  de  la  infantería,  del  fuego  de 
las  baterías,  por  la  serenidad  de  los  que  avanzan,  por  el 


I 


LXXl 

número  de  los  que  caen,  por  el  valor  de  los  que  al  ser  he- 
ridos, cüranse  tan  solo  de  infundir  ánimos  á  sus  comaradas, 
por  el  aspecto  de  fiereza  de  los  cadáveres,  por  la  confusión 
de  los  que  se  desbandan,  por  el  magnetismo,  en  fin,  de 
aquella  hora,  en  que  denso  el  humo,  copiosa  la  sangre, 
magnifico  el  peligro,  aun  tiempo  se  oyen  robustas  voces 
de  mando,  disparos  de  fusilería,  cañonazos,  ayes  de  muerte, 
toques  de  enronquecidas  cornetas,  el  ruido  que  producen 
los  sables  al  rozar  en  las  piedras,  las  espingardas  que  es- 
tallan, las  balas  al  partir  los  aceros,  los  batallones  al  calar 
bayoneta,  valiendo  él  solo  un  ejército  y  un  caudillo,  atra- 
viesa con  la  rapidez  del  rayo  un  suelo  sembrado  de  valientes 
exánimes,  de  armas,  mochilas,  cajas,  instrumentos  de  mú- 
sica, ruedas  y  arcones  hechos  pedazos,  y  espada  en  mano,  á 
escape  su  tordo,  penetra  por  el  reducto  en  que  fué  general 
y  soldado  y  donde  la  metralla  respetó  la  majestad  del  héroe; 
porque  no  era  cobarde,  cual  el  plomo  de  la  noche,  en  que 
las  sombras  envolvieron  en  el  misteiúo  el  rostro  de  unos 
miserables  asesinos,  á  fin  de  librar  á  la  historia  de  la  ver- 
güenza de  conservar  en  sus  páginas  los  más  execrables,  de 
todos  los  nombres  criminales. 

Para  mí  es  más  sublime  aún,  el  que  voltea  un  puente,  el 
que  desinfecta  lagunas  y  pantanos,  el  que  construye  la 
nave  por  medio  de  la  que  se  cambia  al  nardo  y  las  perlas 
de  los  golfos  índicos,  por  el  tabaco  de  América  y  el  tabaco 
de  América  por  la  pasa  de  Málaga,  llevando  por  doquier  la 
comunidad  del  espíritu;  Eddison  en  su  horno;  Lesseps  yendo 
y  viniendo  á  todas  partes  tan  rápidamente,  que  no  sé  si  él 
va  á  ellas  ó  ellas  al  corrector  del  globo,  ideando,  soñando  y 
ejecutando  trabajos,  por  los  cuales  le  ha  hecho  Dios  muy 
de  prisa  viejo,  para  no  ver  ociosas  á  las  generaciones  que 
han  de  venir,  porque  nada  les  dejaría  por  hacer  en  verdad, 
si  en  el  cénit  de  su  juventud  se  hallase,  el  que  ha  abierto 
puertas  de  bronce,  en  el  istmo  de  África,  á  fin  de  que  entren 
en  las  aguas  de  la  civilización  las  rojizas  olas  faraónicas, 
que  penetraron  por  las  del  infierno  (i),  para  separar  el  Asia 
del  pueblo  arquitecto  y  geómetra,  del  país  del  símbolo. 
Aquéllos  lucen  aureola  que  deslumhra  más;  éstos  son  más 
humanos  y  útiles.  Y  sin  negar  su  importancia  á  un  con- 
quistador ilustre;  á  artistas  de  la  talla  de  Van-Dyck  ó  De- 
lacroix,  á  Reaumur  estudiando  en  los  bosques,  los  trabajos 
de  las  orugas  procesionarias  ó  á  Beethoven  inspirándose 
en  las  melodías  campestres,  para  escribir  las  Geórgicas  de 


I 


(1)    Puerta  del  Infierno  significa  Bab  el  Mandeb. 


LXXII 

la  música;  nada  tiene  que  envidiar  á  la  del  que  triunfó  en 
Walei-loo,  ó  produjo  el  Cuadro  de  las  Llaves,  la  gloria  de 
aquel  por  quien  hierven  ahora  en  millares  de  pucheros, 
patatas  que  alimentarán  esta  noche  á  sinnúmero  de  tra- 
iDaj  adores. 

Por  esto,  yo  aplaudo  el  encontraren  las  cumbres  del  Pin- 
dó, en  las  colinas  melancólicas  del  P.  Lachaise,  en  la  Aba- 
día de  Westm Ínter,  en  los  templos  y  palacios  de  Venecia, 
los  bustos,  las  tumbas  de  los  hijos  más  preclaros  de  Italia 
y  Francia,  de  la  patria  de  Shakespeare  y  de  la  ciudad  de  los 
Dux:  yo  aplaudo  que  nuestro  siglo  haya  celebrado  los  cen- 
tenarios del  epigramático  historiador  Voltaire,  de  Rubens, 
Petrarca,  Calderón,  Murillo,  Santa  Teresa  y  Sanzio:  yo 
aplaudo  la  apoteosis  de  Goethe  en  el  castillo  de  Weimar,  y 
deseo  que  haya  un  día  en  Lisboa,  un  Alcázar,  en  cuyas  ilu- 
minadas paredes  se  contemple,  en  pinturas  al  frof^co,  el  sue- 
ño de  D.  Manuel  el  Felis,  á  Adamastor  cerniéndose  sobre 
el  Cabo,  la  isla  de  Venus j  los  pasajes  más  primorosos  de  la 
obra  producida  por  aquel  ilustre  gloriflcador  de  la  raza 
ibera,  que  describió  á  lo  Séneca  el  fuego  de  S.  Telmo;  que 
en  sus  visiones  del  mundo  y  los  planetas  parece  un  Dante; 
que  guerreó  en  el  Atlas,  combatió  en  el  Rojo  y  en  el  Pér- 
sico; y  que  marino  en  Buena-Esperanza,  soñador  en  la  In- 
dia, visitó  casi  toda  la  tierra;  lo  mismo  el  mundo  ptolemaico 
y  los  países  que  descubrió  Magallanes,  que  el  hoy  tan  ca- 
lumniado Celeste  Imperio,  que  opone  el  principio  de  uni- 
dad al  federalismo  tártaro;  que  conoció  la  brújula,  la  im- 
prenta, la  pólvora,  la  filosofía  y  leyó  en  los  astros  antes  que 
nosotros;  que  con  un  pulso  admirable  ha  descartado  lo  ma- 
ravilloso de  su  credo;  que  ha  dado  un  carácter  práctico  á 
su  moral  y  un  carácter  moral  á  su  religión;  y  que  haciendo 
de  la  historia  «un  mayorazgo  del  espíritu»,  ha  formado  una 
especie  de  tribunal  ó  de  concilio  con  sus  historiadores. 
Pero  si  aplaudo  el  que  Salamanca  haya  erigido  una  estatua 
al  fraile  que  superó  en  la  Profecía  del  Tajo  la  horaciana  de 
Nereo;  el  que  Espinel  en  Ronda,  el  Pintor  de  los  Angeles  en 
Sevilla,  Cervantes  en  Madrid,  Elcano  en  Guetaria,  Pignate- 
lli  en  Zaragoza,  reciban  testimonios  de  cariño,  consignados 
en  bronces  y  mármoles;  deseo  que  igual  acontezca  á  traba- 
jadores, como  Jacquard,  Dollon  y  Ramsden  á  quienes  debe- 
mos, un  telar  célebre,  la  máquina  divisoria  y  el  acromatis- 
mo del  anteojo;  como  Fulton,  Evans,  y  el  Cellini  y  Antonio 
Allegri  de  la  alfarería,  soñador  en  el  tejar  de  su  padre,  en 
el  taller  de  un  vidriero  y  en  la  iglesia  de  Chapelle  Biron; 
que  aprendió  solo,  la  geometría,  el  dibujo,  la  pintura  y  la 
estatuaria  elementales;  que  en  el   Pirineo  se  hizo  pintor  y 


LXXIII 

poeta,  en  los  Alpes  naturalista,  en  Flandes,  en  el  Rhin,  en 
las  comarcas  privilegiadas  de  la  Francia,  extasiándose  ante 
los  hechizos  de  los  campos,  al  borde  de  las  fuentecillas  que 
retratan  invertido  el  paisaje  en  el  bosque  umbroso  en  que 
se  oyen  los  mimos  de  los  alondras,  al  pie  del  roble  á  cuya 
sombra  descansa  la  oveja,  ó  bajo  la  parra  que  esconde  el 
establo  de  la  vaca  entrelazando  con  las  mazorcas  sus  raci- 
mos, convirtióse  en  teólogo,  filósofo,  político  y  literato;  que 
Platón,  Virgilio,  Fidias  y  Rubens  de  los  obreros,  un  frag- 
mento de  Lucas  Robbia  le  reveló  un  arte  sublime,  merced 
al  que  nos  reprodujo,  la  culebra  dormida,  el  niño  maman- 
do, los  juegos  de  Venus  y  los  amores,  una  joven  que,  con 
el  propósito  de  ensenarlos  á  las  gentes,  lleva  en  el  delantal 
unos  perritos  que  ha  sorprendido  en  una  cama  y  que  asus- 
tados sacan  la  cabeza,  á  la  vez  que  la  madre  muerde  el  ves- 
tido de  la  muchacha  que  apresúrase  á  tranquilizarla  con 
una  sonrisa,  é  innumerables  vendimias  de  una  sencillez 
encantadora,  que  discípulo  de  la  naturaleza,  sabio,  genio  de 
corazón,  redentor  de  la  tierra  vil,  es  el  patriarca  del  taller, 
el  numen  del  trabajo  manual  novísimo,  el  alfarero  de  la 
Odisea,  de  la  Biblia  y  del  Evangelio,  que  luchando  con  su 
hambre,  y  con  la  incredulidad  epigramática  del  ignorante, 
invencible  á  los  obstáculos,  ebrio  de  esperanza  con  sed  de 
gloria  y  de  belleza,  quema  su  casa  en  su  último  horno,  ava- 
salla la  musa  de  la  inventiva,  triunfa^  y  símbolo  de  la  la- 
boriosidad, inventor-tipo,  mártir,  rival  de  Rousseau  en  sus 
Confesiones, — de  más  precio  aún  que  sus  vasijas,— dulce, 
pío,  virtuoso,  convierte  á  Bernardo  de  Palissy  en  patrono 
de  los  artesanos  y  los  libros  de  Bernardo  de  Palissy  en  Ca- 
tecismo de  la  profesión  que  tiene  por  patriarcas  á  Coroí- 
bus  y  Dibutades,  su  Jerusalén  en  la  Etruria,  su  Atenas 
en  la  China  y  su  Florencia  en  la  Arabia.  Por  esto,  si  hago 
votos,  para  que  luego,  nuestra  Basílica  guarde,  con  el  cari- 
ño que  San  Sebastián  de  Venecia  las  del  Verones,  las  ceni- 
zas de  Goya,  á  quien  debe  esta  ciudad,  entre  mil  beneficios, 
el  retrato  del  Duque  de  San  Carlos,  segundo  milagro  del  ar- 
te, al  decir  de  un  joven  escritor  (i),  acordándose  de  que  es 
el  primero  la  Infanta  Margarita  de  Velázquez,  que  Jordán 
llamaba  el  dogma  de  la  pintura  y  de  la  que  no  sabía  Mengs 
apartar  los  ojos;  si  bendeciré  el  día  en  que  reciban  home- 
naje B.  Argensola  en  la  Plaza  de  La  Seo,  Josef  Luzán  en  la 
de  San  Miguel,  el  Justiciazgo  en  la  del  Mercado  y  en  el  Pa- 
tio de  la  Universidad,  Zurita;  apetezco  que  la  patria  por  él 


I 


(1)    El  Conde  de  la  Vinaza,  en  su  libro  inédito  sobre  Goya. 


LXXIV 

tan  amada,  testifique  su  gratitud  á  Borao,  en  un  monumen- 
to. Sea  éste  el  de  la  colección  de  sus  obras!;  en  la  que  co- 
rresponden los  sitios  de  honor,  á  las  lecciones  pronuncia- 
das en  la  cátedra  por  el  docto  maestro  y  que  alguien  con- 
serva manuscritas;  y  á  una  novela,  no  publicada  aún,  y  que 
es  un  venero  de  lenguaje,  la  joya  de  un  gran  narrador,  de 
un  gran  pintor,  de  un  gran  observador,  de  un  escritor  sin 
mancha,  capaz  de  cautivar  á  los  que  leen  en  torno  de  los 
dorados  veladores,  y  en  torno  de  las  camillas  de  tosco 
pino  (1). 

Tanto  merece  aquel  varón  extraordinario!... 

Nadie  admira  más  que  yo  á  la  inmortal  Zaragoza.  Sus 
hombres  de  foro  y  su  claustro  universitario  son  muy  res- 
petables: con  las  oraciones  pronunciadas,  en  la  asamblea 
de  jurisconsultos,  que  presidió  el  gran  dialéctico  Gil  Ber- 
ges,  podría  formarse  un  libro  monumental:  en  sus  Ateneos 
y  Academias,  la  juventud  discute  las  tesis  más  graves  ó  se 
ensaya  con  fortuna,  en  el  género  de  Campoamor,  Zorrilla  y 
Príncipe:  las  redacciones  de  sus  periódicos,  son  viveros  tan 
excelentes,  como  cuando  en  ellas  alentaba  al  escritor  novel, 
Carreras  y  González;  empezó  Cavia  á  mostrarnos  su  donaire 
y  geniales  agudezas;  Pablo  Ordás  su  corrección;  y  nos  re- 
veló sus  aptitudes  prodigiosas  Arnáu,  orador  de  palabra  fá- 
cil, galana  y  florida,  filósofo  profundo  y  literato  tan  docto, 
que  conoce  las  literaturas  eslavas  no  menos  bien  que  la  pa- 
tria, y  no  menos  bien  que  Rambaud  la  poesía  moscovita,  y 
no  menos  bien  que  el  Espíritu  de  las  leijes  ó  la  Critica  de  la 
Razón  pura  los  trabjos  de  Murray  y  Vaílace  sobre  la  nación 
de  Pedro  el  Grande,  y  no  menos  bien  que  las  de  Pérez  Gal- 
dós  ó  Dickens,  las  novelas  de  Tourguenef,  Pisemslky  y  Dis- 
toyewski,  por  cuyas  páginas  circula  el  aire  frío  de  las  már- 
genes del  Volga,  en  las  que  anima  el  paisaje  el  burlaki  ti- 
rando de  las  maromas  atadas  á  las  barcazas  de  hielo:  de  las 
imprentas  de  la  capital  han  salido  obras  notables  de  medi- 
cina, de  filosofía,  de  arqueología,  de  arte,  de  derecho:  al  lado 
del  erudito  (2),  que  ha  rectificado  los  errores  de  los  analis- 
tas, sobre  los  orígenes  de  nuestro  antiguo  reino,  encuén- 
trase el  que  mejor  escribe  el  cuento  aragonés  (3):  y  próximo 


(1)  Debo  la  noticia  de  la  existencia  de  esta  novela  inédita  de  Borao,  á 
un  deudo  de  éste,  el  Sr.  Villahermosa,  persona  ilustradísima,  capaz  de 
quilatar  la  producción  en  su  verdadero  precio. 

(2)  D.  Tomás  X.  de  Embún,  autor  de  los  Orígenes  del  reino  de  Aragón, 
obra  de  un  mérito  indiscutible,  que  consultan  los  doctos  y  que  es  una 
manifestación  luminosa  de  la  crítica  moderna  de  los  Dozy  y  Schack. 

(3;    D.  Agustín  Peiro,  quien  prestaría  un  gran  servicio  ú  la  literatura, 


LXXV 

al  banco  en  que  á  veces  estudia  el  anciano  venerable  (i),  que 
ha  hecho  de  su  vida  una  profesión  de  la  ciencia,  veis  co- 
piando manuscritos  al  joven  militar  (2),  historiador  de  la 
Artilleria,  española  en  los  siglos  XIV y  XV,  Y  sin  embargo  el 
hueco  que  Borao  dejó  entre  nosotros,  de  tal  suerte  no  se  ha 
llenado  aún,  que  á  semejanza  del  Conde  de  Castiglione  á  la 
muerte  del  Pintor  de  las  Gracias,  bien  podría  decirse:— Des- 
de que  está  ausente  del  mundo  el  esclarecido  maestro,  ya 
no  parece  que  vivimos  en  Zaragoza. 

Merece  la  frase  el  autor  laureado  de  Los  Fueros  de  la 
Unión!  El  hombre  de  letras  tiene  ya  carta  de  ciudadanía  en 
tierras  de  la  fama;  y  el  nombre  del  Profesor  será  pronun- 
ciado siempre  en  nuestras  aulas  universitarias,  con  el  res- 
peto que  en  París,  el  de  los  doctores  españoles  que  allí  en- 
señaron; en  Salamanca  el  del  Brócense;  el  de  Lebrija  en 
Alcalá;  el  de  Virués  en  Viena;  el  de  Vega  en  Wilnia  y  el  de 
Laguna  en  la  margen  del  Rhin  en  que  se  alza,  una  de  las 
más  hermosas  maravillas  del  siglo  de  San  Fernando,  San 
Luis  é  Inocencio  III,  el  Dante,  Santo  Tomás  y  el  Giotto;  del 
siglo  de  las  Partidas  y  de  las  catedrales  de  Toledo  y  Bur- 
gos, sólo  comparables  en  sublimidad  á  la  aludida  de  Colo- 
nia, en  la  que  nuestro  Enrique  Gil,  deslumhrado  por  la  ilu- 
sión de  bienaventuranza  que  prodúcela  luz  penetrando  por 
las  rasgadas  vidrieras  del  terminado  ábside,  encontraba  en 
toda  su  perfección,  el  fausto  sencillo  y  la  solidez  gallarda, 
la  fragilidad  y  la  firmeza,  la  armonía  y  la  variedad,  la  auda- 
cia y  el  reposo. 


haciendo  con  los  muchos  y  buenos  cuentos  aragoneses  conocidos,  lo  que 
hicieron  los  hermanos  Grimn  de  los  alemanes. 

(1)  Moner. 

(2)  Aranlegui. 


LXXVI 


III 


DICCIONARIO  DE  VOCES  ARAGONESAS 


D, 


'oN  Clarisel  de  las  Flores,  es  la  obra  maestra  de 
Borao.  Asi  dice  un  joven,  á  quien  admiro  mucho,  á  pesar 
de  las  diferencias  que  de  él  me  separan;  pues  en  la  lite- 
ratura. 

Si  el  Rey  de  mi  facción  es  enemigo, 
Yo  lo  soy  de  la  suya  y  no  por  eso, 
Dejaré  de  cumplirle  los  oficios 
Que  por  justicia  y  por  honor  le  debo  (1). 

No  discutiré  con  el  Sr.  Menéndez  Pelayo,  acerca  de  la 
exactitud  de  su  frase.  Cómo?  Gracias  si  comprendo  lo  que 
escribe,  el  que  nos  persuade  con  su  universalidad  y  su  ros- 
tro casi  imberbe,  de  que  no  fué  un  privilegio  otorgado  á 
otro  siglo,  la  cuna  de  Pico  de  la  Mirándola.  Lo  que  si  diré, 
que  este  Diccionario  es  la  obra  más  popular  de  D.  Je- 
rónimo. 

Por  una  de  las  muchas  bendiciones  que  la  Divinidad  ha 
dejado  caer  sobre  nuestra  España,  ciñe  ésta  cinco  coronas, 
que  son  el  atributo  de  su  Imperio  artístico.  Cinco  son  sus 
literaturas  y  cinco  sus  lenguas,  de  las  que  hay  recuerdos, 
en  la  literatura  de  Castilla  y  en  la  lengua  en  que  se  gritó 
tierra!  tierra! j  en  la  nave  de  Colón  y  Granada  por  los  Reyes 
Católicos,  en  la  más  célebre  torre  nasarita.  Estas  literatu- 
ras agítanse  hoy  y  viven,  obedeciendo  á  una  ley  de  la  histo- 
ria, que  no  contradice  la  que  impulsa  á  la  unidad  las  socie- 
dades. Es  muy  útil  excavar  en  las  Pompeyas  del  pasado,  en 
busca  de  las  perdidas  glorias:  es  justo  que  el  éuscaro  pro- 
cure que  salga  del  olvido  su  Altabiscar  y  el  idioma  que 
sirvió  á  Humbold  para  investigar  nuestros  aborígenes  y  al 
que  está  reservado  el  verter  luz,  sobre  el  gran  periodo  de 


(1)    Cienfuegos. 


LXXVII 

las  rozas  hispanas,  vecinas  á  las  prehistóricas:  es  justo  que 
el  gallego  recuerde,  el  habla  en  que  el  Rey  Sabio  cantó  loo- 
res á  la  Virgen;  se  querelló  Maclas;  escribió  Rimbaldo  de 
Vaqueiras;  el  habla  que  cultivaron  los  trovadores  del  Can- 
cionero del  Vaticano,  y  la  poesía,  que  perpetúa  la  inocencia 
infantil  de  la  española,  que  vivió  de  niña  en  aquellos  roble- 
dales, donde  la  enredadera  crece  y  las  flores  abundan  y  se 
confunden  en  un  himno,  el  cántico  de  las  aves,  las  excla- 
maciones de  alegría  de  las  danzas,  los  aires  de  la  albada,  de 
la  gaita  y  de  la  zampona,  el  piar  triste  de  las  golondrinas, 
el  arrullo  de  la  tórtola,  el  sonido  de  la  esquila  del  aprisco, 
el  murmurar  de  los  arroyos,  de  las  fuentes  y  de  los  folla- 
jes: es  justo  que  el  astur  ame  el  dialecto  más  á  propósito, 
para  que  un  Meléndez  empuñe  la  caña  pastoril  y  celebre 
las  dulzuras  de  la  vida  del  campo:  es  justo  que  el  erudito, 
en  las  orillas  del  Llobregat  y  del  Ebro,  al  pie  del  Miguele- 
te,  siguiendo  las  aficiones  de  este  siglo,  indague  el  valor  de 
sus  Jordis,  Masdovelles  y  Ausias  March,  y  consagre  sus  vi- 
gilias al  estudio  de  la  lengua  con  que  el  arqueólogo  dice 
en  Poblet  y  RipoU  sus  entusiasmos,  el  piadoso  reza  en  el 
templo  de  la  Moreneta  de  las  montañas,  el  artista  pro- 
rrumpe en  cánticos,  al  borde  del  torrente  de  Fay  ó  en  las 
blancas  cumbres  del  Monseny,  donde  acuérdasenos  en  la 
memoria  la  tristeza  osiánica,  como  acuérdasenos  en  la  me- 
moria el  romance  morisco,  junto  á  la  alabastrina  taza  de 
un  patio  árabe  ó  bajo  el  techo  de  alerce,  ébano,  marfil,  oro 
y  lapis-lázuli  del  que  pendían  lámparas  de  plata,  nácar  y 
concha^  en  la  Alhambra...;  al  estudio  de  la  lengua  en  que 
el  historiador,  bendice  á  los  conselleres,  diputados,  ciuda- 
danos-guerreros, comerciantes-estadistas  del  país,  que  tuvo 
sabios,  cual  Francisco  Ximénez,  LuU  y  el  vate-peregrino, 
fraile-mago,  misionero  en  Túnez  y  Bujia,  propagador  de 
una  cruzada,  solitario  y  palaciego,  que  se  llamó  Arnaldo 
de  Vilanova...;  al  estudio  de  la  lengua  que  se  habló  en  el  mar 
de  Homero  y  de  Teócrito,  en  Ñapóles,  en  Milán,  en  Cons- 
tantinopla,  en  las  aguas  de  Almería,  en  la  nave  de  Corbera, 
en  las  Navas,  en  el  sitio  de  Granada,  en  Lepanto...  Sí!,  es 
muy  justo!,  á  fin  de  que  recuerden  la  civilización  y  la  liber- 
tad, lo  que  deben  á  la  Casa  de  los  Jaimes  y  de  los  Alfonsos. 
Si!;  muy  justo...,  tan  justo,  como  el  respeto  de  las  nacio- 
nes á  un  pasado  de  gloria;  á  lo  que  le  recuerde  jornadas  cé- 
lebres de  su  vida;  hijos  suyos  preclaros;  sucesos  dignos  de 
que  el  cincel  se  fatigue  perpetuándolos;— á  las  armaduras 
del  Cid  y  Hernán  Cortés;  al  estoque  real  (i),   á  la  Barandal 

(1)    Así  se  llama  la  espada  del  Gran  Capitán  y  sirve  en  las  juras  reales. 


LXXVIll 

de  Rolnndo  y  á  la  espada  de  Pelayo  ó  de  Suero  de  Quiñones; 
al  montante  de  García  Paredes;  á  la  Borgoñota  W  de  Car- 
los de  V;  al  casco  de  D.  Jaime  el  Conquistador;  al  manus- 
crito de  un  sabio;  á  la  seca  paleta  de  un  Goya;  á  la  clave  de 
un  Mozart;  al  cincel  de  un  Cánova;  al  anteojo  de  Nelson;  el 
héroe  de  S.  Vicente  y  Aboukir;  al  cuerno  de  caza  de  Carlo- 
magno  formado  de  un  colmillo  de  elefante;  á  la  casa  de  Ra- 
fael en  la  Contrada  del  Monte  (2);  á  la  Peña  del  Amador  de 
Beatrice  en  el  Adriático.  Mas  si  tal  creo,  el  aspirar  á  re- 
construir literaturas,  á  que  reverdezcan  viejos  laureles,  á 
que  retoñen  remozadas,  aspiraciones  poderosas  un  día,  es 
una  utopia;  pues  ni  los  antiguos  espíritus  pueden  renovar- 
se; ni  el  ribereño  del  Miño  y  el  Auseba.  los  paisanos  de  la 
mil  veces  insigne  Pardo  Bazan  y  del  esclarecido  Aribáu, 
tienen  una  civilización  ó  una  idea  que  expresar;  ni  la  poe- 
sía brota  viva  y  animada  sino  de  las  fibras  del  que  siente, 
llora  y  piensa,  lo  que  siente  y  llora  su  pueblo  y  piensa  su 
siglo;  ni  se  logra  lo  deseado  por  los  que  acuden  á  los  Juegos 
florales  á  ganar  una  rosa  de  jardín  ó  las  tres  englantinas y 
parafraseando  á  los  trovadores  del  siglo  xv,  lamentando  el 
desastre  de  un  pasado  con  el  propósito  de  restaurarlo,  que- 
jándose, afligiéndose  sobre  un  recuerdo, — luto  del  alma, 
siempreviva  de  algún  sepulcro  que  esté  en  el  corazón,  altar 
de  adoraciones  del  que  son  incienso  las  lágrimas, — solici- 
tando en  fin,  las  caricias  de  una  musa  candida,  melancólica, 
pensativa,  hermosa  en  medio  de  su  dolor,  coronada  de  flo- 
res silvestres,  como  la  Ofelia  de  Shakespeare.  Porque  el 
llanto,  la  esperanza  dulce  que  dibuja  en  el  labio  la  más  apa- 
cible sonrisa,  son  manantiales  que  fluyen  la  leche  nutritiva 
y  la  miel  dorada  de  la  inspiración;  pero  un  arte  elegiaco, 
nada  más  que  elegiaco,  es  imposible.  La  idea  de  lo  que  fué, 
jamás  ha  engendrado  un  renacimiento:  si  no  va  unida  á  una 
gran  confianza  en  lo  actual,  es  estéril  y  aun  perniciosa. 

Si;  jamás,  jamás  ha  existido  un  arte,  teniendo  por  única 
fuente  de  inspiración,  el  dolor. 

No  me  citéis  los  Trenos,  páginas  arrobadoras,  dechados 
de  la  ternura  y  la  melancolía,  en  su  belleza  completa  y  per- 
fección absoluta!  Jeremías  era  su  pueblo  transformado  en 
hombre.  No  me  arguyáis  en  contrario,  recordándome  los 
cantos  de  Hungría,  Polonia  y  Bohemia,  porque  la  cárcel  en 
que  éstas  gimen,  guardadas  por  cerrojos,  que  son  imperia- 
les cetros  y  las  heridas  que  les  causan  sus  grillos  y  el  chacal 


(1)  Casco  labrado  por  Benvenuto  Cellini  para  Carlos  V. 

(2)  Nombre  de  una  calle  de  Urbino. 


LXXIX 

coronado,  que  tiene  un  látigo  de  oro  por  atributo  de  sobera- 
nía, en  las  heladas  márgenes  del  Neva  y  á  la  sombra  de  los 
cimborrios  de  topacio  de  Moscou,  convierten  en  un  grito  de 
libertad,  la  memoria  de  lo  que  fueron  las  tres  naciones  es- 
clavas, y  sobre  todo  la  que,  madre  ayer  de  Sobieski,  llora  hoy 
al  que  poetizó  sus  amarguras,  á  Chopín  el  músico  Benja- 
mín de  los  desterrados.  Pero  entre  nosotros  no  acontece  lo 
mismo.  Ni  Navarra,  ni  Asturias,  ni  Galicia,  ni  Cataluña,  han 
sido  víctimas  de  crímenes,  cual  el  crimen  de  que  lo  es  la 
nación  Briseida,  —  gran  maestra  en  el  arte  de  morir,  —  que 
despedazada  por  las  uñas  de  tres  águilas,  fué  un  día  la  más 
poderosa  de  la  Europa  Central  y  vio  el  estandarte  blanco  de 
Prusia,  inclinado  ante  su  bandera  en  ceremonias,  cual  la 
conmemorada  en  el  Homenaje  de  Alberto  de  Brandemburgo 
á  Segismundo  íl).  Y  no;  no  se  encuentra  en  el  estado  de  la 
perspicaz  raza  judía,  que  influyó  de  un  modo  tan  enérgico, 
en  el  progreso  humano,  el  país  de  los  Berengueres,  y  que 
en  la  F^dad  Media  «fué  el  primer  Parlamento  y  la  más  alta 
cúspide  de  la  la  libertad  que  habíase  hasta  entonces  cono- 
cidoí>;  ni  el  sucesor  de  los  bravos  de  Covadonga;  ni  el  nieto 
del  vasallo  de  Sancho  el  Fuerte,  biznieto  del  héroe  de  Ron- 
cesvalles;  ni  el  devoto  del  que  simboliza  la  unidad  espiri- 
tual de  España,  y  dio  su  nombre,  al  peregrino  de  Compos- 
tela  para  que  cristianizase  la  vía-láctea,  á  los  que  lucharon 
por  el  Evangelio  en  la  Reconquista,  para  crearles  un  lazo 
de  unión  y  al  soldado  de  Alfonso  VIII  y  Pedro  II,  á  los  Da- 
vid que  derribaron  á  Almanzor,  á  los  sitiadores  de  Murcia, 
Sevilla  y  Granada,  para  que  su  grito  de  combate  fuese  un 
talismán,  que  les  diese  el  privilegio  del  triunfo. 

Todas  las  monarquías, — personajes  de  la  epopeya  que 
tiene  su  inicial  en  la  Ci^uz  de  la  Victoria  (2), — atraíanse  en- 
tre sí;  y  sucesivamente  dejaron  de  ser,  convirtiéndose  en  Es- 
paña, en  el  altar  en  cuya  presencia  celebráronse  las  nupcias 
de  los  Reyes  Católicos.  Para  que  alboree  un  Renacimiento, 
para  florecer  una  pascua  literaria,  necesarios  son  inteli- 
gencias que  adivinen,  genios  dotados  del  don  de  profecía; 
Ariostos  y  no  Petrarcas  ó  Tassos  que  escriban  poemas  á 
Scipión  y  al  África  ó  tallen  un  lucero  vespertino,  como  La 
Jerusalén  Libertada.  Lo  que  fué,  «jamás  despierta  los  afec- 


(1)  Cuadro  de  Matejko,  premiado  en  la  última  Exposición  de  Bellas 
Artes  de  Roma  y  que  está  en  la  Galería  Nacional  de  Cracovia,  al  lado  de 
Las  Hogueras  de  Nerón,  magnífico  lienzo  del  gran  Siemiradski. 

(2)  La  cruz  románica  de  la  Reconquista,  forrada  en  oro  y  guarnecida 
de  pedrería  por  Alfonso  III  el  Magno,  se  guarda  en  el  relicario  de  la  Cá- 
mara santa  de  la  catedral  ovetense. 


LXXX 

tos  que  vienen  á  ser,  como  los  hilos  misteriosos  con  los 
que  se  teje  la  urdimbre  de  la  vida  y  se  prepara  á  la  inicia- 
ción del  progreso,  las  generaciones  por  venir».  Histórica- 
mente hablando,  las  nacionalidades  perdidas  en  la  antigua 
Iberia,  no  son  un  dolor  justo.  Más  aún,  el  trabajar  por  re- 
construirlas es,  declararse  rebelde  contra  la  historia,  pues 
equivale  á  desobedecer  el  código  fundamental  de  ésta.  Si 
tales  sentimientos  existen  en  alguno,  entienda  que  no  pue- 
den constituir  un  manantial  del  arte,  pues  el  arte  no  es 
hijo  de  lo  individual  y  sí,  en  cambio,  vehementisima  aspira- 
ción a  lo  general  de  la  naturaleza  del  hombre,  á  lo  futuro, 
á  la  bienaventuradla,  y  por  esto  sus  sacerdotes  más  legí- 
timos se  llaman  Goya,  más  bien  que  David. 

No  quiero,  no,  el  cultivo  de  las  literaturas  regionales,  si 
los  móviles  que  lo  impulsan,  son  tendencias  que  la  crítica 
considera  bastardas,  ó  el  vano  empeño  de  continuar  la  tra- 
dición poética  del  siglo  de  oro,  de  la  que  carecen  muchas 
de  aquéllas,  faltándoles  en  su  virtud  el  arte.  La  literatura 
catalana,  por  ejemplo,  palaciega,  erudita  y  raras  veces  po- 
pular, antes  de  D,  Jaime;  con  inspiración  suya,  mirada  á 
través  del  espíritu  de  las  reformas  del  Conquistador;  sin 
pensamiento  nacional,  aunque  originalisima,  en  Lull  y 
Muntaner;  imitadora  hasta  la  segunda  mitad  del  siglo  xv, 
en  que  recibe  los  efluvios  de  la  musa  de  Castilla;  no  tiene 
savias,  sino  para  producir  épocas  que,  cual  las  de  los  Con- 
sistoiHos  y  el  Gay  Saber,  dejen  tras  sí  máximas  de  retó- 
rica... «Los  Quintilianos  nunca  han  sido  anuncio  de  gran- 
des períodos  en  la  Literatura». 

Todas  las  poesías  regionales  uniéronse;  las  obras  escri- 
tas en  el  habla  de  Serveri  de  Gerona  y  Guillermo  de  Berga, 
en  que  fueron  traducidos  los  amadores  de  Laura  y  Beatriz, 
en  que  cantaron  los  que  obedecían  las  Leys  de  amor  de 
Moliner,  enriquecieron  el  tesoro  literario  de  España,  que 
empezó  á  considerar  tan  hijos  suyos,  al  que  le  legase  el  Ri- 
mado de  Palacio  y  á  Juan  de  Mena,  como  al  triste  Rodrí- 
guez del  Padrón,  y  ál  esclarecido  numen  (i)  Benjamín  de 
aquel  mo:so  dignísimo  de  mejor  fortuna  y  de  padre  más 
manso  (2);  y  desde  el  siglo  xvi,  el  arte  de  Castilla,  no  ex- 
presa una  particular  cultura,  sino  la  del  país  que  aprisionó 
al  monarca  más  caballeresco  de  su  época;  que  limpió  de 
piratas  las  olas  mediterráneas,  eclipsando  con  este  triunfo 


(1)  El  Marqués  de^  Santillana  llama  á  Ausias  March,  gran  trovador  g 
varón  de  esclarecido  ingenio. 

(2)  El  P.  Mariana,  refiriéndose  al  Príncipe  de  Viana. 


LXXXI 

la  fama  del  rival  de  César;  que  luchó  en  Mulberg;  que  fa- 
tigó los  tornos,  labrando  fajas  para  sus  caudillos. 

Pero  si  asi  pienso,  aplaudo  el  que  por  otros  motivos,  se 
cultive  la  lengua  de  las  Cantigas  y  sobre  todo  la  lengua  de 
la  Corona  de  Aragón.  Una  lágrima  que  sonríe  placentera 
produce  siempre,  la  memoria  del  hogar  bajo  cuyas  vigas 
resonóla  voz  de  nuestros  padres  y  hermanos:  irresistible 
impulso  induce  á  las  familias  á  recordar  su  casa  solariega, 
con  altivez  ó  con  la  modestia  que  Quevedo,  en  su  célebre 
epigrama  (i);  á  las  entidades  á  no  olvidar  sus  pragmáticas; 
á  los  países  á  celebrar  sus  fechas  memorables;  á  los  indivi- 
duos (2)  á  amar  la  lengua  de  su  niñez,  y  sobre  todo  si  es  la 
de  los  que  formaron  con  sus  picas,  después  de  Guadalete, 
el  Ararat  de  acero  en  que  salvóse  el  arca  de  nuestra  liber- 
tad, de  las  leyes,  culto,  y  literatura  cristianos,  ó  la  del  Al- 
tabiskarco  cantúa,  ó  la  que  escuchaba  el  peregrino  en  sus 
noclies  de  vela,  junto  al  sepulcro  de  Santiago.  Y  si  á  esto 
se  añade,  la  justicia  con  que,  nacionalidades  enemigas  de 
la  uniformidad  y  de  la  centralización,  buscan  por  el  camino 
de  oro  de  las  letras,  lo  que  otras  corrientes  no  les  procu- 
ran, el  vivir  bajo  el  imperio  de  la  ley  de  unidad  y  de  la  ley 
de  independencia,  se  comprenderá  cuan  nobles  son  los  afa- 
nes del  compatriota  de  Rosalía  Castro  y  de  los  que,  en  la 
falda  del  Tibidabo,  se  consagran  á  salvar  el  habla  de  sus 
abuelos,  de  la  triste  suerte,  que  ha  cabido  á  muchos  dialec- 
tos de  la  Edad  Media. 

Pero,  ni  el  que  escribe  Espinas,  Follas  e  Frores,  ni  el 
discípulo  de  Aribáu,  alcen  pendón  para  derogar  la  ley  sa- 
pientísima, que  crea  y  destruye  en  provecho  de  los  hombres; 
no  esperen  resurrecciones  que  no  sucederán,  al  borde  de 
los  sepulcros  en  que  yacen  sus  literaturas  amadas;  que  el 
restaurador,  á  lo  sumo  puede  producir,  un  instante  litera- 
rio. Sin  vida  pública,  el  catalán  y  el  gallego  no  han  recibido 
la  influencia  que  los  hechos  generales  y  la  marcha  de  la 
civilización  ejercen  en  las  lenguas,  amoldándolas  á  nuevas 
tendencias  é  imprimiéndoles  novísimos  caracteres.  El  es- 


(1)  Es  mi  casa  solariega, 
más  solariega  que  otras, 
pues  por  no  tener  tejado 
le  da  el  sol  á  todas  horas, 

escribía  Quevedo,  recordando  la  suya,  en  el  delicioso  valle  de  Toranzo. 

(2)  De  guía  me  sirve,  el  magnífico  discurso  leído  en  la  Academia  es- 
pañola por  el  Sr.  Balaguer,  ilustre  hermano  en  las  letras,  de  Federico 
Mistral.  Aprovecho  esta  coj^untara  para  ofrecer  el  testimonio  de  mi  ad- 
miración cariñosa,  al  gran  historiador  y  poeta. 


LXXXII 

critor  moderno  no  puede  hablar  como  el  del  siglo  de  oro, 
cuyo  dialecto  perdióse  para  siempre:  la  musa  de  aquel  Par- 
naso, no  es  la  de  la  centuria  actual,  porque  no  es  posible  el 
emanciparse  del  gusto  de  la  época  de  que  somos  hijos;  ni 
más  allá  de  sus  fronteras  hay  fuente  de  inspiración  al  al- 
cance del  genio.  El  hombre  de  letras,  el  erudito,  el  sacerdote 
de  Apolo,  trabajen  enhorabuena  por  conservar  todas  las 
glorias  de  las  literaturas.  Que  no  haya  en  España  lengua 
señora  y  lenguas  esclavas!  Que  el  que  pulsa  su  harpa  en  la 
margen  de  la  ría  de  Pontevedra  ó  del  Turia,  y  escribe  en 
bable,  el  dialecto  más  rico  para  expresar  los  placeres  de  la 
vida  que  han  descrito,  pintado  y  reproducido  mejor  que  na- 
die, el  Cisne  de  Mantua,  Watteau  y  Bellini;  —  que  el  triun- 
fador en  el  moderno  Consistorio,  especie  de  Compostela 
catalán  literario,  cuyos  santiaguistas  se  nombran  Aribáu  y 
Bofarull,  Clavé  y  Balaguer,  Forteza  y  Llórente,  Permanyer 
y  Querol,  Rosselló  y  Blanch,  Milá  y  Cortada,  F.  Soler  y  Pe- 
layo  Briz;  que  el  vate  regional,  en  suma,  inspirándose  en  lo 
que  fué  y  será,  cante  la  historia,  la  bondad  y  la  belleza,  pre- 
séntenos al  hombre  más  digno  de  Dios  cada  día,  «pueble  los 
corazones  de  esperanzas,  la  inteligencia  de  presentimientos 
y  de  propósitos  la  voluntad»,  aceptando  á  este  fin  todos  los 
materiales  necesarios  al  arte  para  cumplir  su  misión  altí- 
sima! Sea  asi  el  guardador  del  canto  de  Lelo  ó  de  las  pasto- 
relas y  vaqueiras  de  la  tierra  de  Payo  Gómez  Chavino  y 
exprésese  en  la  lengua  «del  Poema  del  Cid  refrendado  por 
Cervantes,  en  la  de  la  Crónica  de  Jaime  el  Conquistador 
legalizada  por  Ausias  March,  en  la  de  las  Cantigas  visadas 
por  Camoens»,  que  son  los  breviarios  con  que  entrar  pode- 
mos, en  la  Iglesia  de  las  letras  españolas.  Y  el  vate  y  el  pro- 
sista trabajen  sólo  por  conservar  la  lengua  de  sus  padres, 
aprendiendo  la  lección  que  Bofarull  ha  dado,  en  su  Crónica 
de  Mun tañer.  Y  procediendo  de  tal  suerte,  procederán  como 
buenos,  porque  útil  es  el  guardar  el  habla  de  Saavedra  Fa- 
jardo y  Hurtado  de  Mendoza,  y  asimismo  todas  las  varieda- 
des engendradas  por  el  eterno  y  múltiple  desarrollo  de  la 
vida,  pues  lo  contrario  sería  rebelarse  contra  las  leyes  so- 
ciales. «El  querer  suprimir  lo  vario  porque  lo  uno  existe, 
equivaldría  á  suprimir  las  naciones,  porque  existe  la  huma- 
nidad; y  es  imposible  un  elemento  tan  idéntico  á  si,  que  en 
su  desarrollo  no  produzca  lo  diferente»;  que  vasallos  son  el 
el  Universo  y  la  historia  de  la  unidad  y  la  variedad;  y  como 
el  Universo  y  la  historia,  las  lenguas.  La  de  la  ciencia  sub- 
dividióse  en  innumerables  dialectos,  en  la  dorada  mañana 
de  la  perenne  juventud  del  alegre  país,  que  perfumaban  la 
miel  del  Hibla  y  el  tomillo  del  Himeto:  Roma  no  pudo  con- 


1 


LXXXIII 

seguir  la  unidad  en  el  orbe  délas  letras,  pues  según  obser- 
va nuestro  TuUio(l),  Tertuliano  trasciende  á  África,  Sé- 
neca á  cordobés  y  en  los  epigramas  de  Valerio,  se  ve  un 
hijo  de  la  ciudad  segada  á  flor  de  tierra  por  los  siglos,  en  el 
collado  Bámbola  y  un  patavino,  en  el  suave,  honesto,  y  elo- 
cuente historiador,  que  escribió  sus  narraciones,  con  le- 
che pura  y  candorosa.  Dice  con  acierto  D.  Víctor  Bala- 
guer:  —  Es  ley  natural  que  las  sociedades  humanas  estén 
sometidas  á  la  de  unidad  y  á  la  de  independencia;  mas  no  se 
olvide  que  la  unidad,  no  evitando  el  Scyla  de  lo  uniforme, 
conduce  á  la  servidumbre  hierática  y  la  independencia,  si 
no  huye  el  peligro  de  las  profanaciones  del  derecho,  cierra 
entre  sus  brazos, 

llamas,  dolores,  guerras, 

muertes,  asolamientos,  fieros  males. 

Si  esto  es  innegable;  y  la  armonía  como  la  variedad,  un 
precepto  necesario  de  vida;  si  forman  la  personalidad  Es- 
lado  las  personalidades  provincias;  éstas  desaparecen,  al 
caer  en  el  señorío  de  aquélla;  y  literariamente,  si  su  habla 
nativo  es  objeto  de  bruscos  atentados  en  su  dignidad.  El 
herir  la  de  las  lenguas  regionales,  es  sangrar  la  lengua  pa- 
tria, que  será  más  eximia  y  de  salud  más  firme,  cuanto  más 
eximia  y  más  en  salud  estén  aquéllas,  á  semejanza  de  lo 
acontecido  en  otras  órbitas,  en  las  que  el  poderío  y  el  amor 
patrios,  hállanse  en  razón  directa,  del  amor  local  y  del  po- 
derío provincial.  Lo  confirma  la  historia.  España  dio  ejem- 
plo de  un  delirio  sublime,  cuando  Cataluña  renovaba  en 
los  collados  del  Bruch  la  hazaña  de  Leónidas  inmortalizada 
por  el  Tito  Livio  de  la  Pintura  francesa,-  el  gran  David; 
cuando  Aragón  eclipsaba  en  las  tapias  de  Zaragoza  la  fama 
de  Sagunto  y  de  Cartago;  cuando  Bailen  y  los  Arapiles 
daban  su  nombre  á  batallas  tan  célebres,  como  la  de  Mara- 
tho  en  los  anales  griegos,  la  de  Farsalia  en  los  de  Roma, 
las  de  Poitiers  y  Simancas  en  la  Edad  Media  y  en  días  más 
próximos  á  nosotros,  las  del  Careliano,  Pavía  y  Waterloo. 

A  las  lenguas  locales,  es  adonde  ha  de  ir  la  oficial,  en 
busca  del  modismo  que  necesite  para  agraciarse  ó  embe- 
llecerse. En  modo  alguno  á  las  extrañas;  á  las  de  genio  di- 
verso! En  modo  alguno  á  la  que  hablaron  Boileau  y  Balzac, 
como  es  costumbre;  pues  si  la  lengua  de  Boileau  y  Balzac, 
al  decir  de  Voltaire,  es  una  pobre  orgullosa  que  lleva  á  mal 
la  socorran  con  la  dádiva  más  humilde,  tiene  que  ser  muy 


(1)    Emilio  Castelar. 


LXXXIV 

avara  en  las  suyas!  El  ilustre  Jovellanos,  que  pensaba  de 
este  modo,  ideó  el  formar  un  Diccionario  bable  y  aun  trazó 
el  plan  de  él,  ávido  de  acaudalar  el  idioma  en  que  escri- 
biese, el  Delincuente  Honrado,  el  Pelayo  y  el  Informe  sobre 
la  Ley  Agraria.  Y  con  idénticos  anhelos  produjo  Borao  este 
libro.  Propúsose  en  él,  dar  á  Castilla,  aquello  en  que  Ara- 
gón la  supera.  Propúsose,  el  alejar  de  todo  impulso  á  ha- 
cerse tributaria  del  extranjero,  al  habla  de  Lope,  Tirso,  Gra- 
nada y  Solís,  obsequiándolo  con  vocablos  que,  siendo  pro- 
pios, fuesen  nacionales.  La  donación  no  podia  resultar  ofen- 
siva, pues  la  procedencia  de  un  agasajo,  en  nada  disminuye 
el  mérito  de  la  grandeza  que  contribuye  á  aumentar  ó  á  for- 
mar, como  en  nada  disminuye  la  grandeza  de  la  corona  de 
Francia,  Inglaterra  y  Austria  ó  el  cetro  de  Rusia,  el  que  el 
Montaña  de  Luz,  el  Regente,  el  Orlovv,  la  Estrella  Polar  ó 
el  Gran  Duque  de  Toscana,  fuesen  hallados  lejos  de  París, 
del  Támesis,  del  Dniéper  y  del  Danubio. 

No,  no  se  desdora  la  lengua  de  Cervantes,  porque  reciba 
de  Aragón  palabras  que  carecen  de  traducción  castellana: 
de  no  aceptarlas,  se  priva  de  poder  expresar  muchos  con- 
ceptos, como  los  contenidos  en  atreudar,  ceprenar,  esterna, 
y  encalzar  (i)^  redolino,  ultranza  (2)  y  zunzir  (3). 

Y  no  sólo  no  se  desdora,  sino  que  le  aconsejan  la  acepta- 
ción del  tributo,  el  sentimiento  de  nacionalidad  y  el  pa- 
triotismo, con  tan  varoniles  caracteres  revelados  entre 
nosotros,  pues  el  mismo  móvil,  la  misma  inspiración  hay 
en  la  lengua  del  L¿6ro  de  trovas  del  Rey  D.  Dionis,  de  las 
Cantigas,  del  Cancionero  de  Baena,  de  las  obras  del  Rabi 
D.  Santo,  de  las  Luisiadas  de  Camoens,  que  en  la  de  los 
hermosos  romanceros,  y  de  la  poesía  cortesana  y  popular 
de  Castilla. 

No  se  olvide  que  en  la  lengua  y  literatura  de  ésta  influ- 
yeron la  lengua  y  la  literatura  regionales  y  singularmente 
las  de  Cataluña  y  las  del  país  que  tiene  su  Pelayo  en  Al- 
fonso Enríquez. 

No  se  olvide  que  las  producciones  del  donoso  y  travieso 
Arcipreste  de  Hita,  las  estrofas  de  Alfonso  Alvarez  de  Vi- 
llasandino,  los  dezires  de  Micer  Francisco  Imperial,  los 
versos  célebres  del  Condestable  D.  Alvaro  de  Luna,  El  Des- 
dén con  el  Desdén  y  El  Examen  de  Maridos,  piedras  son  del 


(1)  Ambas  se  leen,  en  los  Privilegios  de  la  Unión. 

(2)  Úsala  nuestro  Zurita,  frecuentemente. 

(3)  Véanse  las  Notas  del  discurso  de  recepción,  en  la  Academia  Espa- 
ñola, del  elegante  historiador  de  los  Trovadores. 


LXXXV 

alcázar  de  las  letras  españolas  y  que  en  tales  monumentos, 
visible  es  la  huella  del  numen  de  la  región,  que  fué  centro 
de  júbilo  y  de  prez  y  de  cultura. 

No  se  olvide  que  Castilla  adoptó  por  hija  á  la  poesía  pro- 
venzal  y  se  sirvió  de  las  cuerdas  lemosinas  para  levantar 
el  espíritu  público;  que  antes  del  libro  de  los  Reys  d'  Oriente 
suena  en  la  patria  del  Cid  el  laúd  venido  del  Ródano,  cuyo 
laúd  gozó  de  gran  privanza  en  las  cortes  leonesa  y  caste- 
llana; que  un  Trovador  provocó  el  estusiasmo  á  favor  del 
sitio  de  Almería  y  dio  en  la  Piscina  origen  al  sirventesio, 
que  otro  trovador  saludó  á  Sancho  III,  no  bien  éste  se 
hubo  sentado  en  el  trono^  y  otro  lloró  la  rota  de  Alarcos  y 
otro  predijo  el  triunfo  de  las  Navas;  que  Alfonso  VIII  y 
S.  Fernando  vivieron  rodeados  de  cantores  y  el  Rey  Sabio 
tensionó  con  ellos  en  su  habla,  les  llamó  a  sus  consejos, 
les  otorgó  la  más  hidalga  hospitalidad. 

No  se  olvide  el  carácter  de  la  poesía  castellana  en  su 
niñez,  que  justifícanos,  el  que  haya  en  el  Diccionario  de  la 
Academia  muchos  vocablos  de  Provenza  y  muchos  castiza- 
mente catalanes. 

Y,  por  último,  no  se  olvide  lo  que  las  letras  y  la  lengua 
de  Castilla  deben  á  la  Casa  de  Aragón.  Y  si  esto  es  así;  si 
los  ideales  á  que  responde  y  traduce  la  lengua  nacional 
son  los  ideales  á  que  responde  y  traduce  la  éuskara  ó  la 
gallega,  á  la  eufonía,  á  la  propiedad  del  idioma  conviene, 
el  que  trate  de  enriquecerse,  buscando  medio  de  expresar 
con  concisión,  los  conceptos  para  los  que  le  falta  palabra. 
¿No  las  tiene,  comprensivas  de  dar  en  enfiteusiSy  caer  el 
rocío,  recibir  un  golpe  en  la  cara  con  herida?  Pida  á  Ara- 
gón, á  Galicia  y  á  Asturias  sus  verbos  atreudar,  orballar  y 
afrellarse,  de  purísima  fuente  y  de  fisonomía  castellana. 

La  vida  provincial  favorece  á  la  nacional,  porque  no  es 
negación  del  carácter  de  los  individuos  la  unidad  política. 
Riquísima  en  oposiciones  y  diferencias,  en  virtud  de  su 
mismo  principio,  armonízanse  éstas. 

Ahora  bien,  del  mismo  modo  que  la  vida  provincial  y 
aun  la  municipal  es  de  justicia  disfru-ten  de  todos  sus  de- 
rechos, bajo  las  leyes  de  la  armonía  y  dentro  de  la  unidad 
en  que  viven,  si  hemos  de  tener  poesía,  lo  es,  el  conservar 
las  preciosas  variedades  del  habla  español.  Más  aún;  si  han 
de  ser  perennes  las  privilegiadas  cualidades  de  éste,  es 
preciso  que  no  pierdan  las  suyas  los  en  que  se  quejó  Ma- 
clas y  gritó  desperta  ferro  el  almogávar  sacudiendo  sus 
armas  en  las  rocas  al  dar  la  señal  del  degüello,  pues  el 
gallego  tan  tierno,  el  bable  tan  dulce,  el  valenciano  tan 
músico,  el  catalán  tan  vigoroso  y  onomatopéyico,  el  éuskaro 


LXXXVI 

ton  primitivo  al  proporcionar  al  idioma  de  CasLilla  los  vo- 
cablos que  le  falten,  le  comunicará  sus  particulares  virtu- 
des, aumentando  así  las  que  á  éste  caracterizan,  inclusa 
su  majestad  histórica.  Cuidando  el  ingenio  laureado  en 
Vigo  ó  en  Barcelona  su  lengua,  se  favorece  d  la  en  que 
escribió  Valora  Pepita  Jiménez  ó  el  Drama  Nuevo  Tamayo, 
el  Andrés  del  Sarto  de  los  poetas  del  día,  pues  senaa  errori 
pudiera  llamársele,  y  á  la  en  que  Castelar,  el  hombre  de 
letras  más  grande  de  los  modernos  tiempos,  pronuncia 
discursos  en  los  que  el  castellano  vence  en  flexibilidad  y 
riqueza  al  Edipo  y  á  los  Diálogos  de  Platón. 

En  catalán  hablaba  Capmany,  cuando  nos  hizo  el  pre- 
sente regio  del  Teatro  critico  y  Aribáu  cuando  fundaba  la 
Biblioteca  de  Autores  Españoles,  que  adornó  con  prólogos 
elegantísimos  y  correctos;  en  gallego^  hablaba  Pastor  Díaz 
cuando  leía  sus  admirables  lecciones  "sobre  el  socialismo, 
y  en  gallego  habla  la  escritora  (i),  que  tiene  en  la  república 
de  las  letras,  la  jerarquía  de  la  Arenal  en  las  ciencias  so- 
ciales; el  éuskaro  habla  el  autor  de  páginas  de  color  de 
cíelo  y  con  olor  á  rosa,  y  el  bable  hablaron  el  cantor  del 
Pelayo  y  Martínez  Marina  y  Caveda  y  D.  Pedro  J.  Pidal; 
como  en  valenciano  habló  siempre  Aparisi,el  orador  dulcí- 
simo, cuya  fantasía  denunciaba  que  nacido  era  bajo  un 
empíreo  más  azul  que  el  más  azul  del  Dominiquino,  que  es 
el  pintor  de  los  empíreos  hermosos;  en  la  floresta  de  Espa- 
ña, que  estimula  al  lirismo  y  á  la  armonía;  cual  estimulan 
á  la  poesía  espiritualista  las  márgenes  de  las  lagunas  de 
Escocia  ó  los  canales  de  Holanda,  y  á  inspirarse  en  los 
hechizos  de  la  naturaleza,  el  valle  del  Yúmuri,  en  el  que  la 
tierra  es  azúcar,  la  catarata  del  Niágara  inmortalizada  por 
Heredia,  los  países  en  que  brotan  la  flor  de  la  pina  y  la  flor 
del  café,  que  han  tenido  en  Plácido  su  Rioja.  Decidme  ¿á 
quiénes  deben  más  gratitud  que  á  los  enumerados,  la  sin- 
taxis y  analogía  espaíiolas?  Algo  parecido  interrogaría,  si 
me  refiriese  á  Olivan,  recordando  su  admirable  discurso 
sobre  el  uso  del  pronombre  el,  ella,  ello;  á  Carrascón,  re- 
cordando su  Loca  drl  Vaticano,  que  vale  lo  que  el  mejor 
Lorensana;  á  Valentín  Gómez,  recordando  sus  castizas  pá- 
ginas y ¿por  qué  no  contarle  en  el  número,  si  por  tradi- 
cional derecho  nos  pertenece? al  Duque  de  Villahermosa, 

recordando  su  versión  del  poema  sublime  de  la  Agricultu- 
ra, las  Geórgicas  de  Virgilio. 

Los  cuatro  se  han  servido  en  las  conversaciones  familia- 


(1)    Pardo  Bazán. 


LXXXVII 

res  (y  ved  si  han  prestado  servicios  alas  letras)  del  modis- 
mo aragonés;  en  el  que  hay  la  complexión  y  la  contextura 
intima  de  la  madre,  que  en  el  modismo  nacional;— del  mo- 
dismo aragonés  puro,  que  en  buen  hora  recogió  Borao. 

Y  llegado  es  el  momento  de  preguntar;  ¿las  peregrinas 
originalidades  lingüísticas  que  D.  Jerónimo  reselló  en  el 
cuno  moderno,  merecen  prestigio  y  ser  erigidas  en  pala- 
bras españolas?  Veámoslo... 

Antiguo  y  natural  es  el  deseo  de  conocer  los  orígenes  de 
la  lengua  del  que  esparcía  los  ánimos  con  las  sales  de  Bre- 
tón; del  que  manejaba  mazo  y  escoplo,  á  la  vez  que  pluma 
de  primorosísimo  corte;  de  Echegaray;  del  biógrafo  de  Jo- 
vellanos,  y  del  orador  insigne  por  quien  ha  eclipsado  la 
fama  de  los  Rostros,  la  tribuna  de  López  y  Olózaga.  Los  ce- 
rebros de  centros  y  ejes  más  admirables,  se  han  afanado  en 
su  busca;  y  desde  que  el  canónigo  Aldrete  dio  á  la  estampa 
su  notabilísima  obra,  ningún  filólogo,  ningún  literato  na- 
cional ó  extranjero,  ha  dejado  de  consagrarse,  á  hallar  las 
fuentes  de  los  idiomas  de  este  país,  y  sobre  todo  las  del  ro- 
mance castellano,  con  el  ardor  que  los  exploradores  del  si- 
glo XIX  trabajan  por  sorprender,  en  las  áridas  montanas  de 
la  Luna,  ó  en  las  calcinadas  márgenes  del  Niger,  los  miste- 
rios del  gran  geroglífico  del  planeta,  los  misterios  de  la 
Libia. 

Este  ya  viejo  anhelo,  responde  á  la  necesidad  más  impe- 
riosa, pues  en  España,  es  tal  el  vínculo  que  une  la  lengua 
y  la  historia,  que  el  sabio,  en  esas  peregrinaciones  por  los 
campos  de  la  investigación  que  se  llaman  estudio,  en  esas 
ascensiones  de  la  mente  á  las  cumbres  de  la  verdad,  no 
puede  moverse,  sin  que  le  sirvan  de  Beatriz  la  una  ó  la 
otra. 

País  hay,  según  observa  el  ilustre  Fernández  Espino,  en 
que  el  idioma  salió  perfecto  de  las  manos  de  sus  Dantos  y 
Bocaccios,  mas  el  romance,  cercado  en  su  espíritu  de  gra- 
ves perturbaciones,  resintióse  de  las  contrariedades  de  su 
origen  y  tuvo  muy  accidentado  desarrollo. 

Múltiples  teorías,  que  contradícense  entre  si,  ha  produci- 
do el  indicado  afán.  El  admirador  de  las  fe9undas  é  influ- 
yentes civilizaciones  de  Grecia  y  Roma,  vio  en  el  castellano 
el  sello  de  la  lengua  de  Píndaro  y  Tito  Livio,  y  el  arabista, 
el  hebraizante,  vestigios  orientales:  quién  como  Huerta, 
Salcedo,  Larramendi,  y  el  traductor  de  La  Divina  Comedia 
en  el  siglo  xv,  ciegos  á  la  luz  de  la  razón  y  de  la  historia, 
otorgaron  la  maternidad  á  la  vascuence;  y  quién  á  las  teu- 
tónicas, como  Munarriz  y  Sismondi.  Ninguno  de  estos  es- 
critores ha  dado  en  el  blanco;  ya  porque  al  formar  sus  jui- 


LXXXVIII 

cios,  olvidáronse  del  carácter  del  latín  ó  del  árabe,  ya  por- 
que no  entrai'on  en  el  laberinto  de  los  idiomas  á  que  per- 
tenecen las  múltiples  huellas  que  descubrimos  en  el  nues- 
tro, con  el  hilo  de  Ariadna  que  sólo  es  posible  hacer,  citan- 
do de  comparecencia  á  los  pueblos  propietarios  de  aquéllos. 
Y  tampoco  han  dado  Valdés,  Morales  y  Cobarrubias,  ni  el 
mismo  Aldretc,  ni  ninguno  de  los  que,  en  las  últimas  cen- 
turias, buscaron  las  fuentes  de  ese  Nilo  de  la  ciencia  filoló- 
gica que  se  llama  romanee  de  Castilla,  siquier  les  deba- 
mos rayos  de  luz  tan  preciosos  que  parecen  soles;  por  ha- 
berse olvidado  también,  de  las  dificultades  con  que  hubo  de 
luchar  para  formar  su  lengua,  la  nación  más  hermosa  del 
mediodía,  y  de  comparar  los  elementos  que  formaron  la 
cultura  que  lleva  el  nombre  de  ella.  En  los  romances  de  Es- 
paña, según  creen  muchas  celebridades,  hay  memorias  de 
todos  nuestr-os  primitivos  pobladores,  sin  que  hayase  po- 
dido determinar,  con  exactitud  matemática,  qué  parte  se 
debe  á  quién.  Sígase  la  opinión  del  Humbold  de  la  antigüe- 
dad ó  la  de  Antonio  Agustín,  Lastanosa,  Franco,  Ustarroz, 
Dormer,  Albiano  de  Roias,  Huerta;  la  de  los  doctos,  que  en 
las  monedas  autónomas  encontraron  preciosas  revelacio- 
nes, es  innegable,  que  en  los  tiempos  que  caen  del  lado  de 
allá  de  las  colonias  griegas  y  sirofenicias,  existían  en  el  país 
ibero,  todos  los  idiomas  que  en  él  se  necesitaban;  cuyos 
idiomas,  de  Índole  y  caracteres  desconocidos,  adulteráron- 
se, al  sentir  la  influencia  del  de  las  gentes,  que  fueron  lle- 
gando á  nuestras  playas.  Cuál  de  los  primitivos  preponderó, 
no  es  fácil  terminarlo.  Juan  de  Valdés,  Mayánsy  Velázquez, 
fijándose  en  la  estructura  léxica  de  los  antiguos  nombres 
de  algunas  ciudades  y  comarcas,  ríos  y  cabos,  dicen  que  el 
griego,  olvidándose  de  que  la  soberanía  de  éste,  no  pudo  ser 
la  que  se  supone,  ni  aun  siendo  verdad,  lo  que  afirman  Es- 
trabon  (1)  y  Ausonio  (2);  porque  los  milesios,  zacyntos  y  fo- 
censes,  tuvieron  en  el  interior  de  España,  rivales  poderosos 
que  modificaron  con  su  habla,  el  del  territorio  por  ellos  ocu- 
pado; y  porque  en  el  trozo  del  litoral,  en  que  extendióse  su 
dominación,  ejerció  predominio  la  tiria,  vigorizada  después 
por  la  cartaginesa,  que  vino  á  enriquecer  el  elemento  orien- 
tal, ya  iniciado  en  la  Península. 

Convertida  en  provincia  latina  la  venerable  madre  de  Vi- 


(1)  Según  Estrabon,  tuvo  escuela  en  la  ilustre  patria  de  los  Séneca  y 
Lucanos,  Longevo  Domicio  y  Esquilino. 

(2)  Según  Ausonio,  estableciéronse  en  Espuña  muchos  retóricos  grie- 
gos, que  difundieron  por  doquier,  las  aficiones  literarias. 


LXXXIX 

riato,  tras  una  lucha  cuya  grandeza  cansaría  la  mano  de 
cien  Horneros  que  intentasen  cantarla,  la  religión,  las  cos- 
tumbres, las  leyes,  las  artes,  las  letras,  pasaron  á  ser  pa- 
trimonio de  los  vencidos  y  la  magna  obra  que  en  éstos  pro- 
dujo Roma  con  su  cultura,  pregónanla,  las  inscripciones, 
monedas  y  epitafios  que  hasta  nosotros  han  llegado;  y  ade- 
más, un  F^orcio  Latron!,  maestro  de  Floro  y  Ovidio;  un  Junio 
Galion!,  el  dulce  entre  los  cordobeses  ilustres,  al  decir  de 
Estacio;  un  Hyginio!,  que  mereció  el  epíteto  de  PoUhistor  (D; 
un  Séneca!;  un  Quintiliano!;  hombres  como  el  autor  De  re 
rústica,  ó  como  el  poeta  de  la  Farsalia.  Natural  parece,  que 
se  reflejase  también  en  el  habla  de  los  moradores  del  país 
más  épico  de  la  historia,  la  influencia  de  la  augusta  ciudad 
del  Capitolio. 

Los  doctos  antiguos  compruébannos,  las  observaciones 
que  arrancan  de  los  hechos.  Estrabon  añrma,  que  cuando 
visitó  las  Españas,  encontró  en  ellas  las  costumbres  de 
Roma;  que  casi  todos  los  pueblos  que  las  formaban  habla- 
ban el  latin,  resistiéndose  á  darle  hospedaje  en  sus  breñas, 
algunos  del  Norte,  César,  en  una  Asamblea  que  hubo  de  ce- 
lebrar en  Córdoba,  habló  y  fué  comprendido  por  los  hijos  de 
la  Bética;  cuyo  aserto  (2)  confirma  Aulo  Hircio  Pansa (3),  el 
cual  nos  dice,  que  el  héroe  de  Munda,  si  sirvióse  siempre 
de  intérpretes,  para  sus  arengas  (4)  de  las  Gallas,  no  los  ne- 
cesitaba en  la  Península,  donde  habíanse  quebrantado 
conscientemente,  las  leyes  de  la  Ciudad  de  las  Siete  Colinas. 

Y  si  á  estos  testimonios  se  añade,  el  de  la  carta  de  Pollion 
á  Marco  TuUio,  el  bosquejo  de  Amiano  Marcelino  de  las 
costumbres  en  el  suelo  santificado  por  las  cenizas  de  Nu- 
mancia  y  lo  aseverado  por  el  Livio  de  Talavera  en  una  de 
sus  páginas,  creeremos  por  mil  motivos,  lo  que  la  filosofía, 
la  literatura,  la  arqueología  y  la  historia,  atestiguan  con 
sus  especulaciones  y  monumentos,  á  saber: — «Que  al  esta- 
blecerse el  Imperio,  era  hablada  aquí  por  la  generalidad  la 
lengua  del  Lacio»; — lo  cual  no  debe  maravillarnos,  porque 
según  observa  un  escritor  insigne,  dadas  las  relaciones  es- 


(1)  Discípulo  de  Cornelio  Alejandrino,  mereció  el  sobrenombre  mis- 
mo que  éste.  • 

(2)  Libro  II,  De  Bello  Civilu 

(3)  Lugarteniente  y  continuador  de  César.  Parte  de  la  arenga  de  éste 
á  jos  sevillanos  reprendiéndoles  por  sus  excesos,  la  conocemos  por  ha- 
bérnosla conservado  aquél. 

(4)  César  nos  manifiesta  en  sus  Comentarios,  que  no  podía  hablar  sin 
intérpretes  en  las  Gallas. 


tablecidas  entre  el  Capitolio  y  la  Iberia,  partícipe  ésta  de 
los  honores  y  derechos  de  aquél,  llamándose  ciudadano  ro- 
mano el  hijo  de  Itálica  desde  Marco  Aurelio,  obligando  la 
dominadora  lüel  orbe  á  sus  magistrados  de  España  á  que 
nunca  hablasen  ni  permitiesen  instrumento  público  sino 
en  latín,  natural  es  que  se  generalizase  éste,  donde  se  alzan 
las  columnas  de  Hércules  y  estuvo  el  límite  de  la  tierra.  Sí, 
la  lengua  del  Lacio  hablábase  en  este  país  general  y  no 
universalmente,  según  piensan  muchos  y  entre  ellos  un 
sabio  académico,  pues  como  dice  Amador  do  los  Ríos,  el 
considerar  por  una  parte  las  frecuentes  alusiones  que 
hacen,  ya  los  poetas,  ya  los  tribunos,  ora  los  historiadores, 
ora  los  geógrafos,  á  ciertos  lenguajes  de  la  Iberia  y  el  re- 
parar por  otra  en  la  imposibilidad  de  erradicar  absoluta- 
mente con  la  fuerza  de  las  armas  y  la  tiranía  de  la  polí- 
tica, los  idiomas,  antiguos  en  tan  vastas  regiones,  inducen 
á  contradecir  al  docto  Martínez  Marina. 
En  Silio  Itálico,  se  lee, 

Misit  dives  Gallcecia  piibem, 

Barbara  nunc  patriis  ululantem  carmina  lingiüs: 

Éstrabon  dice,  que  el  turdetano  hablaba  á  su  manera  y  que 
los  españoles  tenían  la  suya,  aunque  no  todos  la  misma: 
Tácito  nos  refiere,  que  un  rústico  de  la  España  citerior, 
gritó  en  el  tormento,  en  lengua  patria,  que  jamás  descu- 
briría á  sus  cómplices:  Plinio,  al  clasificar  las  piedras  ricas 
empleadas  en  los  anillos  esci'ibe,  Hispania  vocat,  Hispanice 
appellant:  de  Ennio  son  aquellas  palabras.  Híspeme  non 
Romane  niemoretis  loqui  me  y  Corduhce  natis  poetis  pingue 
quiddan  sonantibus  atque  peregrium,  de  Cicerón;  el  orador 
forense,  académico  y  político,  de  fama  más  universal;  el 
primer  escritor  de  los  siglos,  después  del  jefe  de  la  Acade- 
mia; el  que  en  el  libro  II  de  Divinatione,  aludiendo  al  tono 
y  á  la  pronunciación  de  las  palabras  que  constituían  en  la 
Península  sinnúmero  de  especies  de  dialectoé,  observa  que 
los  nacidos  á  este  lado  del  Pirineo  serían  incomprensibles, 
si  en  el  Senado  hablasen  sin  intérpretes;  induciéndonos  á 
creerlo  Marcial  en  su  epigrama. 

Nos  celtis  genitos,  et  ex  Iberis, 
Nostrce  nomina,  duriora  térra;, 
Grato  non  pudeat,  referre  versa. 

Estas  autoridades;  monumentos  arqueológicos,  entre  los 
que  figuran  tres  bronces  de  Tiberio,  acuñados  en  Emérita 
Augusta  y  los  Vasos  Apolinares;  y  el  vascuence;  nos  atesti- 
guan que  hubo  distintos  lenguajes  en  la  Iberia,  aun  en  la 


XCI 

época  imperial.  Además  la  razón  comprende,  según  dice  el 
docto  Fernández  Espino,  «que  las  Españas,  por  más  que  el 
idioma  oficial  fuese  en  ellas  el  latín,  no  habían  de  perder  el 
nativo;  que  esto  tenía  que  ser  obra  del  influjo  de  las  cien- 
cias y  letras  y  del  transcurso  de  los  años».  Y  si  Roma,  den- 
tro de  sus  sagrados  muros  no  logró  la  unidad  que  en  el  si- 
glo actual  es  aun  un  sueño,  ¿había  de  conseguirla  en  las 
comarcas  más  apartadas  del  Tíber?  Siguiendo  la  opinión  de 
Marina,  creo  que  el  latín,  «fué  hablado  por  la  generalidad 
de  los  moradores  de  la  Iberia  y  empleado  en  los  documen- 
tos que  se  referían  á  la  administración  y  al  gobierno,  á  la 
religión  y  á  la  política»,  mientras  cubrió  este  suelo,  la  som- 
bra de  la  higuera  de  Rómulo;  y  siguiendo  la  de  Amador  de 
los  Ríos,  que  ni  fué  universal,  ni  popular  en  las  Españas, 
aquella  lengua;  tan  olímpica  en  las  Oraciones  del  rival  de 
Hortensio;  tan  casta,  tan  candorosa,  en  las  églogas  del  can- 
tor casi  cristiano,  que  mereció  tener  de  rodillas  sobre  su 
sepulcro  á  San  Jerónimo,  ser  invocado  por  el  Dante  y  dor- 
mir bajo  las  ramas  de  un  laurel  plantado  por  Petrarca. 

Y  es  acaso  la  madre  de  la  del  Romancero,  el  Laberinto,  el 
Quijote,  El  Mejor  Alcalde  el  Rey,  y  El  si  de  las  Niñas?  Difí- 
cil es  la  contestación,  pues  no  siendo  matrices  ninguna  de 
las  que  concurrieron  á  formarla,  si  deseamos  ver  las  prime- 
ras ondas,  ola  á  ola  y  vallado  tras  vallado,  hay  que  subir  las 
largas  sinuosidades  del  rio  de  los  tiempos,  hasta  los  conti- 
nentes en  que  crece  la  flor  del  loto  y  tiene  sus  alcázares, 
una  lengua  que,  hermana  mayor  de  las  indo-germánicas,  es 
la  llave  que  abre  la  puerta  del  viejo  templo  del  arte  antiguo: 
la  Sánscrita,  en  la  que  tenéis  obras  que,  encerrando  una 
faz  del  pensamiento  del  hombre,  no  valen  menos  que  la 
Riada;  que  las  Teogonias  de  aquel  Hesiodo,  cuya  cuna  ro- 
deaban las  abejas  atraídas  por  la  miel  que  destilaban  los 
labios  del  niñoU);  que  la  epopeya  que  resume  con  esplen- 
didez, la  moderna  literatura  y  desposa  con  anillo  de  dia- 
mante celeste,  la  musa  clásica  y  el  espíritu  cristiano. 

Si,  la  sánscrita,  sin  la  que  no  es  posible  el  estudio  críti- 
co y  comparado  de  las  europeas:  la  sánscrita,  elevada  á  la 
jerarquía  á  que  de  derecho  le  corresponde,  desde  que  obtu- 
vieron la  de  ciencia,  la  filología  y  la  lingüística:  la  sánscrita, 
con  la  que,  exceptuando  la  misteriosísima  del  monumental 
Altabiskarco  cantúa,  tienen  semejanzas  de  vocabulario  y  or- 
ganización todas  las  de  Europa  y  principalmente,  según  el 


^  (1)  Los  primeros  comendadores  de  Hesiodo  relatan  este  prodigio  poé- 
tico. Lo  mismo  refieren  los  de  Lucano,  del  autor  de  la  Farsalia;  y  lo  mis- 
mo se  ha  dicho  del  Dante  y  de  otros  muchos. 


XCII 

inolvidable  Canalejas,  el  griego,  el  gótico,  el  slavo,  el  celta, 
los  dialectos  teutónicos:  la  sánscrita,  de  la  que  nacieron  el 
púnico,  la  arábiga,  la  hebrea,  las  hablas  indo-scitas,  pues  el 
filólogo  y  la  etnografía  han  confirmado  las  declaraciones  de 
Josefo,  Meleagro,  Gadareo,  S.  Agustín,  Prisciano  y  del  rabi- 
no español  Moseh-ben-Mayemon,  el  Águila  de  los  doctores: 
la  sánscrita,  como  indica  de  un  modo  vago  y  creen  resuel- 
tamente Khalproth,  Saint-Bartelemy,  Calmííerg,  Fauriel  y 
otros.  Tal  es  la  madre  del  latín,  al  que  transmitió  voces, 
construcciones  gramaticales  y  desinencias,  como  le  trans- 
mitió el  ario  directamente  y  por  medio  de  la  lengua  de  Si- 
mónides,  Saffo  y  Eurípides,  raíces  y  espíritu.  El  sánscrito, 
no  el  celta,  según  cree  Funcio,  ni  la  hebraica,  según  dice 
Ogelio,  engendró  la  del  Lacio;  que  no  es  mixta,  cual  asevera 
la  doctrina  abanderada  en  Nieburh.  He  aquí  la  abuela  vene- 
rable del  habla  del  Romancero  y  del  Alcalde  de  Zalamea, 
toda  vez  que  ésta,  según  acreditan  todos  los  léxicos,  proce- 
de del  latín  y  el  latín  del  sánscrito.  Sí,  la  lengua  de  Castilla 
procede  de  la  en  que  se  escribió  la  Eneida:  ved  su  árbol  ge- 
nealógico. Es  innegable  la  existencia  del  sermo  rusticus  y 
del  urbanus  y  la  del  provincial  y  eclesiástico,  los  cuales,  por 
diverso  impulso,  modificaron  el  idioma  en  que  Lucrecio 
describió  la  Sicilia,  el  Herodoto  patavino  produjo  páginas 
que  destilan  abundantísima  leche  pura  y  candorosa  y  Ho- 
racio, el  jovial  Horacio,  el  poeta  predilecto  de  la  vejez,  rióse 
de  los  vicios  de  los  demás  con  delicada  gracia.  Y  es  que  el 
poderío  de  Roma  no  pudo  impedir  en  sus  vastos  dominios 
los  cambios  en  la  pronunciación  y  la  sintaxis. 

Que  existían  las  clases  de  latín  indicadas,  ahí  están  di- 
ciéndolo  las  producciones  escénicas  de  Planto  y  las  palabras 
rústicas  citadas  por  Suetonio:  ahí.  Cicerón,  al  quejarse  de 
los  muchos  que  en  la  Ciudad  hablaban  tan  incorrectamente, 
que  parecía  la  suya,  diversa  de  la  lengua  docta.  Es  por 
demás  sabido:  el  pueblo  no  siempre  comprendía  en  Roma  el 
latín  literario.  El  Cardenal  Bembo,  señala  á  maravilla,  las 
alteraciones  de  vocales  y  consonantes,  en  la  pronunciación 
del  campesino  y  provincial  de  Italia.  Sólo  doce  letras  con- 
servan el  aire  original  en  nuestro  alfabeto,  según  Lebrija. 
En  las  ordenanzas  dadas  á  Coimbra  por  Alboacem  y  en  las 
Etimologías,  existe  la  prueba  de  cómo  el  viejo  y  rudo  sermo 
rusticus,  iba  absorbiendo  al  clásico.  Mas,  no  adelantemos 
ideas. 

La  latina,  primitiva  en  el  ciclo  moderno,  y  sintética,  es 
fastuosa,  de  una  variedad  de  flexiones  inagotable;  de  una 
comprensión  que  pasma;  de  un  artificio  en  su  sintaxis,  me- 
recedor de  estudio.  Su  declinación,  la  más  delicada;  sus 


XCIII 

conjugaciones,  la  envidia  de  las  demás;  y  su  hipérbaton  ma- 
ravilloso, concede  al  escritor  libertad  amplia. 

A  medida  que  sucédense  las  edades  se  transforma;  se 
introducen  cambios  en  sus  letras  y  la  confusión  en  sus 
tiempos;  se  vulgarizan  las  termin-aciones; — en  una  época, 
dibújanse  en  ella,  al  lado  de  los  propios,  los  caracteres  na- 
cidos de  la  lucha  entre  patricios  y  plebeyos;  en  otra  se  la  ve 
vivir,  obedeciendo  á  una  ley  suya  é  influida  por  el  idioma 
de  Demóstenes;  en  el  Siglo  de  oro  adquiere  canon  y  en  el 
Imperio  ve  descomponerse  los  signos  representativos  de  las 
ideas,  cual  si  fuese  una  verdad,  como  Tiraboschi  ha  dicho, 
que  en  el  propio  ser  del  habla  que  tuvo  su  cénit  en  las 
Geórgicas  y  el  último  de  sus  hombres  en  Rutilio,  está  el 
germen  de  su  decadencia.  Que  en  Roma,  donde  la  separa- 
ción de  clases  la  determinaban  distancias  tan  visibles,  como 
la  que  media  entre  la  cumbre  del  Capitolio  y  la  cumbre  del 
Aven  tino,  hubo  sernio  rusticas  es  evidente;— y  cuando  se 
lee  á  Plauto  y  á  Terencio;  cuando  se  recuerda  el  sinnúmero 
de  palabras  castrenses  que  alojáronse  en  la  lengua  popular 
del  Tiber,  al  avencindarse  en  las  orillas  de  éste  los  vetera- 
nos, que  habíanlas  traído,  cree  uno  ver  idiomas  diversos 
dentro  de  las  sacras  murallas  romúleas.  El  vencedor  de  Ac- 
tium,  en  sus  aspiraciones  á  la  unidad,  á  la  vez  que  reúne  á 
todos  los  dioses  en  el  Panteón  que  Miguel  Ángel,  levantara 
más  tarde  á  los  aires,  convirtiéndolo,  allí,  en  corona  del  tem- 
plo universal  y  eterno  del  culto  de  Cristo,  apetece  que  to- 
dos le  comprendan;  y  multiplica  el  uso  de  las  partículas, 
convierte  en  más  clara  y  jovial  la  lengua  de  los  arvales, 
preparándola  á  recibir  el  espíritu  analítico  de  las  moder- 
nas. Sí,  había  el  latín  rudo  de  la  casa  del  plebeyo,  de  los 
campamentos,  de  la  ergástula;  en  cuyo  latín,  la  pronuncia- 
ción, la  conjugación,  la  declinación  y  las  desinencias  esta- 
ban atormentadas;  sufrían  las  alteraciones  que  denuncian, 
las  voces  que  ha  conservado  Aulo  Gelio. 

Vasallo  aquél  de  la  ley  de  la  transformación,  modificóse 
por  particulares  motivos,  en  cada  uno  de  los  países  que  con- 
quistó ó  colonizó  Roma.  Esta,  al  difundir  por  doquiera  su 
cultura,  según  dice  muy  bien  Humbold,  impuso  lo  que  siem- 
pre fué,  «el  vehículo  y  el  símbolo  de  la  civilización»;  y  es 
frase  de  Borao.  Mas  la  política  indicada  no  se  generalizó, 
hasta  los  días  del  Imperio;  y  el  Senado  ni  logró  siempre 
romper  la  tradición  lingüística  en  los  pueblos  sojuzgados, 
ni  al  apoderarse  de  un  país  le  arrebató  su  índole  y  aire  na- 
tivos. «Lo  que  sí  en  cambio  hizo  fué,  aumentar  con  sus  le- 
gionarios y  colonias  militares,  las  causas  de  corrupción  de 
la  lengua». 


XCIV 

Ahora  bien;  por  irrecusables  autoridades  sabemos,  como 
recuerda  Canalejas,  que  los  hispano-latinos  eran  objeto  de 
punzantes  sátiras  por  sus  voces  provinciales;  que  los  bar- 
iDarismos  galos  ó  célticos  movían  á  hilaridad;  que  el  len- 
guaje culto  hallábase  en  estado  mísero  al  otro  lado  de  los 
Alpes;  que  á  Cumas,  tan  próxima  á  la  ciudad  de  los  Césares, 
no  se  le  concedió  el  latín, hasta  tiempos  en  que  ya  tiritaba  en 
el  éter  la  amarillenta  estrella  vespertina  del  antiguo  mundo: 
y  no  olvidando  que  existían  el  ibero,  el  púnico,  el  galo,  el 
celta,  en  las  comarcas  aprisionadas  por  las  águilas  del  Tí- 
ber,  se  creerá  con  S.  Jerónimo,  que  en  las  Españas,  en  las 
Galius,  en  África,  la  pronunciación  y  la  expresión  del  Lacio 
recibían  el  cuño  de  los  hábitos  y  tradiciones  del  suelo  que 
hubieron  de  regar  con  su  sangre  los  héroes  más  sublimes; 
del  que  sombrearon  los  druídicos  bosques  talados  por  las 
hachas  de  César;  y  del  de  encendidas  arenas  sobre  el  que 
nació  San  Agustín  y  meditó  Plotino;  se  descubrirán,  to- 
mando por  guia  á  Ampere  y  Cantú,  galicismos  é  italianis- 
mos  en  los  autores  de  los  días  imperiales;  se  dirá  con  Cas- 
telar  que  los  versos  de  Lucano  huelen  á  Abril  de  la  sierra 
de  Córdoba  y  los  de  Marcial  á  Calatayud. 

Si  las  leyes  fonéticas  varían  del  Septentrión  al  Mediodía, 
del  punto  cardinal  en  que  nace  el  sol,  simulando  una  rosa 
de  luz,  al  en  que  se  pone,  simulando  un  ígneo  carbunclo;  si 
el  carácter  de  la  raza  influye  en  las  creaciones  de  los  pue- 
blos y  díganlo  si  no  el  Orlando  y  los  N¿ebelu7igen,  los  cuadros 
de  ziirbarán  y  los  de  Teniers,  el  S.  Isaac  de  Moscou  y  el 
Campanile  florentino,  las  puertas  de  Guiberti,  e\  plato  del 
lagarto  de  Palissy  ó  las  estampas  de  Rembrandt;  si  la  índole 
de  la  inspiración  española  es  la  misma  en  todas  las  edades; 
en  la  que  Lucano  describió  el  bosque  Marsellésyen  la  que 
Góngora  produjo  la  canción  á  S.  Hermenegildo;  en  la  que 
Marco  Valerio  pintó  la  felicidad  de  la  vida  con  los  iris  de 
una  moral  consoladora  y  apacible  y  en  la  que  Argensola 
censuró  los  vicios  de  la  Corte;  en  la  que  Columela  escribió 
su  Huertecillo  y  en  la  que  Rioja  inmortalizó  la  rosa  y  la 
arrebolera  en  sus  silvas;  ¿cómo  el  latín  no  había  de  modifi- 
carse, según  los  caprichos  de  la  lengua,  genio  y  raza  del 
país,  que  dio  al  Imperio,  el  emperador  más  grande,  el  retó- 
rico más  insigne,  el  filósofo  más  profundo,  el  vate  más  ver- 
dadero, el  más  amargo  de  los  satíricos,  el  epigramático  sin 
par?  El  grado  en  que  este  cambio  se  verificó,  se  sabrá,  el  día 
en  que  la  crítica  gane  la  confianza  de  los  monumentos  ar- 
queológicos; el  día  en  que  salgan  de  su  mudez,  medallas  que 
son  un  misterio  todavía;  y  se  conviertan  en  descifrados,  in- 
descifrables alfabetos  primitivos. 


xcv 

Porque  hoy,  ignórase  qué  es,  el  sello  que  cierra  esos  ma- 
nantiales de  la  antigua  historia;  no  tienen  aún  la  categoría 
de  doctrina  de  fe,  las  investigaciones  geográflco-ibéricas 
de  Humbold;  los  libros  de  Fauriel  están  sometidos  á  un 
análisis,  que  ha  de  decirnos,  si  lo  que  supone  de  los  iberos 
y  ligurios  es  una  verdad;  el  vascuence  sigue  siendo  un 
enigma;  la  lengua  y  la  literatura  eúskaras,  aunque  con 
personalidad  en  el  mundo,  merced  á  los  lauros  conquista- 
dos por  sus  vates  y  á  las  tareas  de  un  Moncault,  de  un  Lu- 
chaire,  de  un  Hubbard,  de  un  Luciano  Bonaparte,  de  un 
Larramendi,  no  han  cumplido,  no  han  podido  cumplir  á 
esta  hora,  las  promesas  que  nos  hiciese  el  sabio  P.  Fita, 
al  disertar  sobre  el  monumento  palpitante  é  indestructible 
de  la  i'aza  occidental  más  perfecta;  más  allá  de  \a  influen- 
cia púnica  y  de  la  influencia  del  noble  país,  en  que  canta- 
ban con  inimitable  dulzura  los  ruiseñores,  sobre  el  sepul- 
cro de  Orfeo,  no  se  ve  bañada  por  la  luz  del  mediodía,  toda 
la  Península;  las  frases  de  los  escritores  citados  no  son  tan 
dogmáticas  que  excluyan  la  discusión;  y  los  estudios  de  los 
celtas,  y  de  nuestros  aborígenes,  no  han  granado,  en  la  es- 
tación en  que  nos  encontramos. 

Fáltanos,  pues,  lente  seguro  para  mirar  el  encarnizado 
duelo  entre  la  lengua  de  Boma  y  las  hispánicas,  mientras 
la  ciudad  de  los  Scipiones  pugnó  por  domeñar  al  país  de 
hijos  de  hierro  y  entrañas  de  plata.  Y  fáltanos  medio  de 
saber  la  pronunciación,  las  inflexiones,  la  sintaxis  á  que 
tuvo  que  someterse  y  que  tuvo  que  aceptar  el  Lacio.  Lo 
que  sí  se  reconoce  es,  la  influencia  semítica,  efecto  sin 
duda  de  la  vida  que  esta  lengua  alcanzó  en  las  Españas  se- 
gún Heeren;  —  influencia  que  es  visible  con  claridad,  en  el 
territorio  comprendido  entre  el  Anas  y  el  estrecho  de  Ca- 
des, por  los  estudios  de  Bartelemy,  Duteus,  Gesenio,  Hoppe, 
Renán,  Swinton;  de  españoles  como  Bayer,  Marina  y  Conde; 
de  portugueses  como  Sousa;  los  cuales  (y  lo  mismo  puede 
decirse  de  los  Herder  y  los  Dozy)  son  los  patriarcas  de  la 
filología  moderna.  Lo  que  sí  se  reconoce  es,  la  influencia 
helénica  y  basta  para  ello  con  ir  de  Marsella  á  Sagunto.  Lo 
que  sí  se  afirma  es,  que  la  estela  púnica,  no  estaba  borrada 
en  el  tercer  siglo,  por  dos  razones  que  da  un  eiBpañol  res- 
petable, y  que  arrastran  el  ánimo  al  convencimiento.  Ul- 
piano  (1)  enumera  varios  actos  que  el  hijo  de  África  y  las 
Calías  podía  redactar  en  galo  y  en  púnico;  y  que  éste  exis- 
tia en  la  quinta  centuria,  en  el  continente  de  los  desiertos, 


(1)    Lib.  XXXII,  Digesto. 


XCVI 

lo  prueba  un  sermón  del  primer  luminar  de  la  Iglesia 
latina,  el  sublime  San  Agustín.  Si  el  púnico  existía  en 
África,  en  la  época  del  Obispo  de  Hipona,  no  es  de  presu- 
mir que  estuviesen  borradas  sus  huellas,  en  las  Españas 
de  los  siglos  I,  II  y  iii  (i). 

El  latín  eclesiástico  convirtió  en  analítica  la  lengua  lati- 
na. El  ajó  los  hechizos  de  la  prosodia  y  sintaxis  de  César; 
él  destruyó  el  arte  del  Cisne  de  Mantua;  él  descastó  la  frase 
elíptica  y  destruyó  el  hipérbaton  maravilloso  de  las  pági- 
nas pensadas  á  la  sombra  de  los  limoneros  de  Túsculo. 

La  claridad,  impuesta  como  un  deber  sagrado  á  los  San- 
tos Padres,  dice  un  escritor  insigne,  trocó  en  naturalidad 
la  elegancia  cortesana  del  período  construido,  al  modo  pre- 
dilecto de  Quintiliano;  y  el  léxico  cristianizóse,  por  las 
necesidades  de  la  nueva  religión  y  del  nuevo  culto. 

Y  he  aquí,  que  si  á  la  averiguación  del  origen  del  ro.- 
mance  castellano  no  será  fácil  llegar,  mientras  con  enojo 
de  la  lingüística,  de  la  historia,  de  la  filosofía  y  del  arte, 
esté  caído  de  la  gracia  entre  nosotros,  el  estudio  de  Sans- 
crit,  no  sucede  lo  mismo,  respecto  á  la  causa  próxima  de  la 
formación  de  aquél,  después  de  los  trabajos  de  San  do  val, 
Aldrete,  Sarmiento,  Velázquez,  Vargas  Ponce,  Mayáns,  Pe- 
llicer,  Nicolás  Antonio,  Amador*de  los  Ríos,  Monláu,  Ville- 
maín,  Sismondi,  Puibusque,  Dozy,  Ticknor,  Fauriel,  Cir- 
court,  Puymaigre  y  cien  doctos  más,  que  nos  han  dado  (no 
juzgaré  si  con  acierto  ó  sin  él)  la  filiación  de  cada  uno  de 
nuestros  giros,  de  cada  una  de  nuestras  frases  y  aun  de 
cada  una  de  nuestras  palabras. 

Antes  que  las  águilas  del  Tíber  anidasen  en  las  Españas, 
en  días  cuyo  sol  anubla  el  sonrosado  celaje  de  la  fábula, 
gentes  diversas  arribaron  á  la  Península.  Ni  la  venida  de 
Tubal,  en  que  creen  Florían  de  Ocampo,  Mariana,  Masdéu, 
y  otros;  ni  la  de  Tarsis  que  supone  la  Biblia;  ni  el  reinado 
de  los  Geriones;  ni  los  hechos  de  Tearcon  y  Sesac;  ni  las 
hazañas  de  Hércules;  ni  la  expedición  de  Nabucodonosor, 
pregonada  en  la  Edad  Media  por  árabes  y  rabínicos,  que 
creyeron  bajo  la  fe  de  su  palabra  á  Megásthenes,  citado  por 
Josefo  y  Estrabon;  tienen  los  quilates  de  la  verdad  incues- 
tionable, en  la  balanza  de  la  crítica.  A  pesar  de  la  sabiduría 
de  los  Mohedanos,  los  estudios  acerca  de  las  primeras  co- 
lonias, no  corresponden  á  la  nobleza  del  afán  de  los  filólo- 
gos y  etnógrafos,  que  se  han  fatigado,  preguntando  á  los 
silenciosos  y  remotos  tiempos  por  su  vida. 


(1)    Canalejas. 


XCVII 

Sábese,  sí,  ya  por  Boscho  y  Plinio,  ya  por  Avieno  y  Es- 
trabon;  ya  por  los  que,  como  Velázquez,  han  arrancado  de 
las  antiguas  medallas,  alfabetos  de  signos  desconocidos;  ya 
por  los  que,  como  Mendoza,  han  ilustrado  dólmenes  pre- 
ciosos...; sábese,  si!,  que  á  la  Península  regada  por  el  aurí- 
fero Tajo  y  el  diamantino  Ebro,  llegaron  celtas,  sármatas, 
asirlos,  zacyntios,  los  de  Samos,  los  messanenses,  los  fo- 
censes,  los  rodios,  los  gálatas,  l>os  curutes,  los  iberos  orien- 
tales, los  persas,  los  lacedemonios,  los  tirios  y  los  de  Car- 
tago.  Ignórase  en  qué  comarcas  se  establecieron;  qué  ciu- 
dades fundaron;  qué  religión,  qué  leyes,  qué  lenguas  eran 
las  suyas.  Sin  duda  no  llegaron  á  ser  pueblo  las  tales  gen- 
tes, pues  para  constituirlo,  necesaria  era  la  unidad  en  lo 
que  tan  diversos  aparecían:  cada  uno  trajo  sus  creencias, 
sus  hábitos  y  costumbres  y  el  idioma  de  su  país  natal; 
transparentándose,  á  través  de  las  sombras  de  la  época  en 
que  se  enterró  la  raíz  de  nuestra  civilización,  dos  elemen- 
tos que  predominaban  sobre  todos: — el  oriental,  represen- 
tado por  los  que  hablaban  «los  elípticos  dialectos  de  la  len- 
gua de  Moisés  y  Jeremías»;  y  el  occidental,  por  los  que  se 
expresaban  en  indo-scita  y  en  el  habla  fastuosísima  del 
país  en  que  cimbréanse  aún,  en  el  Eurotas,  las  cañas  de 
Eurípides  y  arrullan  en  las  adelfas  las  palomas  blancas  que 
tiraban  del  carro  de  oro  de  Venus  y  llevaban  la  ambrosía 
de  Júpiter,  al  verso  de  AnacreonLe.  Sin  negar  el  poder  de 
la  doble  influencia,  bajo  la  que  nace  nuestra  cultura,  en 
virtud  de  una  ley  racional,  como  la  que  decretó  el  duelo  á 
muerte  de  las  dos  razas  rivales  que  cruzaron  sus  aceros  en 
Zama,  los  españoles  que,  desde  la  época  más  remota,  te- 
nían distintos  lenguajes  y  venían  mereciendo  el  título  de 
doctos,  «sin  abandonar  su  lengua  materna,  guardaron  las 
costumbres  de  sus  padres»;  y  el  túrdulo,  según  Estrabon 
refiere,  venerando  sus  ritos,  continuó  consagrado  á  la  cría 
de  rebaños;  el  morador  de  Tartéside  conservó  sus  sacrifi- 
cios nocturnos,  el  lacedemonio  y  el  lusitano  perpetuaron 
sus  bárbaras  y  supersticiosas  ceremonias;  y  el  montañés 
septentrional  rechazó  todo  lo  que  proceder  pudiese  de  aque- 
llas primitivas  colonias,  que  si  proporcionáronnos  la  si- 
miente que  fructificó,  en  el  proceso  de  los  siglos,  ni  crea- 
ron la  unidad,  ni  produjeron  más  obra  que  la  de  modificar 
y  amansar  un  tantico,  las  costumbres  de  los  rudos  natura- 
les de  la  Península 

La  transformación  fué  más  trascendental,  ya  que  no 
completa,  cuando  desprendióse  al  abismo  en  el  cielo  de 
Zama,  la  estrella  de  color  de  sangre,  del  primer  genio  es- 
tratégico que  nunca  ha  peleado;  del  que  abriéndose  paso, 


XCVIII 

por  entre  las  nieves,  los  hielos,  los  torrentes,  los  precipi- 
cios de  los  Alpes,  envuelto  en  densísimas  nieblas  que  cega- 
ban á  sus  ojos  el  día,  rodeado  de  privaciones,  horrores  y 
muertes,  gana  la  altura,  baja  al  llano,  vencedor  de  peligros 
tan  sin  número,  que  á  pico  hubo  necesidad  de  abrir  vere- 
das para  que  marchasen  los  elefantes,  siega  en  Trebia,  Tra- 
simeno  y  Cannas  la  flor  de  los  patricios,  y  abandonado,  sin 
otro  sosten  que  su  propia  alma,  rodeado  de  los  enemigos 
más  poderosos  de  la  tierra,  vive  en  Italia  dieciséis  años 
derrotando  ejércitos,  y  sólo  la  abandona  cuando  por  salvar 
á  su  patria  tiene  que  trasladarse  á  África,  á  reñir,  en  una 
hábil  batalla,  de  importancia  militar,  por  una  causa  ente- 
rrada ya,  en  una  batalla  histórica,  en  los  campos  de  Me- 
tauro,  donde  en  la  cabeza  de  Asdrúbal,  quedó  decapitada  la 
esperanza  del  que  se  suicidó  en  la  Bythinia,  por  haber  sido 
más  grande  que  Cartago. 

La  transformación  fué  más  trascendental,  repito,  cuando 
los  hijos  de  Japhet  vencieron  á  los  de  Sen  en  las  Españas 
renovando  el  cuadro,  al  que  sirvieron  de  fondo  los  dramá- 
ticos muros  de  Troya. 

Si  ninguna  de  las  lenguas  de  los  pobladores  aludidos, 
ganó  el  derecho  de  conquista  en  la  Península,  de  todas  ellas 
quedaron  palabras,  frases  y  modismos,  visibles  en  nuestros 
días.  Porque  las  indígenas  es  innegable  «que  superaron  á  la 
victoria  de  las  águilas  del  Tiber  y  coexistieron  siempre  con 
la  dominación  derivada  de  esta  victoria».  El  geógrafo  más 
grande  de  la  antigüedad  nos  dice,  que  en  su  tiempo,  tribus 
enteras  de  Etruria  se  expresaban  en  etrusco  y  que  seis  len- 
guas se  hablaban  en  la  Iberia:  en  oseo  representáronse  las 
farsas  atelanas  para  divertimiento  y  solaz  de  los  jóvenes 
patricios,  hasta  la  época  de  aquel  emperador  que  saluda 
Rodrigo  Caro  con  los  epítetos  de  pío,  felice  y  triunfador: 
bilingüe  apellida  á  un  pueblo  de  la  Apulia,  el  inmortal 
autor  de  la  Epístola  ad  Pisones  y  trilingües  á  los  marselle- 
ses  S.  Jerónimo:  y  la  historia,  en  muchas  de  sus  páginas 
tiene  referencias  á  esos  idiomas  indígenas  ó  á  los  que  resul- 
taron de  las  naturales  alteraciones  con  que  el  labio  rústico  y 
provincial  pronunciaba  el  latín...;  el  latín!,  con  el  que  tiene 
aire  de  familia  tan  conocido  el  castellano,  como  entre  sí,  el 
válaco  de  la  antigua  Dacia  y  el  habla  en  que  escribió  Bocac- 
cio,  el  libro;  tan  gracioso  como  verdadero,  según  una  frase 
pontificia,  en  que  dio  sepultura  á  la  mitad  teocrática  de  la 
Edad  Media;  el  habla  en  que  inmortalizó  á  Laura,  aquel  so- 
litario de  Vallclusa  que  lo  fué  todo,  amigo  de  los  Collonnas, 
abad  de  muchas  iglesias,  Canónigo  de  Santa  María  de  Avig- 
non,  y  lo  que  vale  más,  primer  Pontífice  de  la  lírica. 


XCIX 

Si,  porque  interrogando  á  la  mente,  después  de  leer  á 
Humbold,  el  Prólogo  al  Diccionario  de  Larramendi;  á  Erro, 
los  catálogos  de  Aldrele,  lo  investigado  por  Mayáns,  se  de- 
duce, que  en  nuestra  lengua,  hay  palabras  de  todos  los  pue- 
blos, que  hospedáronse  en  la  Península,  dominando  la  la- 
tina por  las  causas  apuntadas  y  por  la  amistad  literaria  y 
religiosa  que  desde  el  siglo  del  autor  eximio  de  la  ciudad 
de  Dios  unió  á  los  Obispos  de  la  Iglesia  española  con  los 
de  África;  pues  ésta,  que  era  entonces  un  vergel  frondoso 
de  cultura,  transmitía  á  nuestros  padres  su  amor  á  los  Ho- 
racios y  Tibulos,  y  de  la  eficacia  de  sus  tareas  son  inmorta- 
les testimonios  los  nombres  de  los  Latronianos,  Orosios  y 
Dámasos;  el  de  un  Yuvenco,  autor  del  venerable  libro  His- 
toria evangélica;  el  de  un  Osio,  el  Padre  de  los  Concilios; 
el  de  un  Prudencio,  vate  tan  sublime,  que  Villemaín  le 
pone  por  cima  de  todos  los  líricos  que  floreciesen,  hasta  la 
centuria  del  Dante.  Y  como  si  España  se  romanizó,  por  las 
razones  que  Borao  patrocina,  y  en  el  grado  dicho,  el  habla 
de  los  pueblos  conquistados  no  se  perdió,  ni  quedó  ente- 
rrado, cual  sucediese  al  mármol  de  Laocon;  al  ver  el  sernio 
rusticus,  el  provincial  y  el  cristiano,  descomponiendo  el 
idioma  sintético,  haciéndolo  analítico  y  dando  margen  á  los 
vulgares;  señalando  á  la  románica  española  decimos,  ved 
una  hija  del  latín  y  de  la  lengua  natural  de  los  vencidos; 
del  latín  y  del  espíritu  de  raza.  Aquél  y  ésta  lucharon  con 
el  encarnizamiento  que  el  numantino  y  Scipión;  en  cuya 
lucha  ganó  el  pueblo  y  fué  su  idioma  el  de  los  grandes  li- 
bertos del  imperio,  un  idioma  cristiano.  Mas  no  pisemos 
fuera  de  la  senda  por  la  que  el  latín  llegó  á  ser  romance 
indeclinable,  sin  voz  pasiva,  necesitado  del  artículo,  rudo, 
tosco,  sin  armonía. 

No  ha  faltado  quien,  olvidándose  de  la  ley  apuntada,  ha 
supuesto  que  la  razón  del  fenómeno  está,  en  que  las  neo- 
latinas se  derivan  de  la  mezcla  de  la  gótica  y  la  romana, 
pero  les  desmiente  el  trozo  del  Evangelio  traducido  por  Ul- 
filas  que  poseemos,  pues  supera  al  latín,  en  hipérbaton  y 
declinaciones.  Tampoco  ha  faltado  quien  suponga,  que  es 
el  español  rama  del  tronco  provenzal,  olvidándose  de  que 
hay  quien  asegura,  que  la  lengua  de  los  trovadores,  no  se 
habló  hasta  el  siglo  xiv  y  que  Carlo-magno,  cuando  nece- 
sitó maestros  para  sus  escuelas,  tuvo  que  buscarlos  en  Ita- 
lia. Muchos  con  Muratori  han  creído,  que  el  cambio  fué 
obra  de  las  irrupciones  del  Norte;  cuya  teoría  rechazan  hoy 
los  críticos,  ya  porque  la  lengua  de  los  bárbaros  carecía  de 
vigor  para  troquelar,  ya  porque  la  heráldica  no  ve  en  los 
bl  asones  de  la  civilización  moderna  que  sea  la  encina  de  la 


Germania  lo  que  está  en  el  centro....,  la  encina  de  la  Ger- 
mania!,  que  por  otra  parte  ocupa  un  sitio  principal.  El  bár- 
baro no  es  eljiot  lux  de  la  cultura  moderna,  según  dice  un 
hombre  de  grande  autoridad,  en  los  estudios  crítico-históri- 
cos. Recorrió  las  hermosas  campiñas  de  la  Italia;  penetró 
en  Roma;  subió  á  lo  alto  del  Capitolio  á  esparcir  por  el 
orbe,  el  resplandor  siniestro  de  su  incendiaria  tea;  mas 
avasallado  por  la  superioridad  espiritual  y  por  el  saber  de 
los  vencidos,  abandonó  sus  dioses  y  sus  costumbres;  em- 
pezó á  hablar  el  latín  y  alguno  de  ellos  á  escribirlo,  como 
Jornández,  y  de  la  herrumbre  de  su  origen,  sólo  quedaron 
para  memoria,'  los  nombres  de  los  caudillos  y  los  gritos 
guerreros  de  la  irrupción,  conservados  en  la  lengua  vul- 
gar. Donde  se  despeñaron  cien  torrentes  de  sangre  huna, 
todo  fué  posible  á  Carlomagno,  menos  el  formar  una  gra- 
mática teutónica;  y  en  España,  el  Visigodo  no  logró  siquie- 
ra, la  unidad  nacional. 

Si  la  Iglesia  fué  un  cielo  de  mil  soles,  recuérdese  que  tal 
aconteció,  cuando  la  mitra  y  el  báculo  eran  hispano-roma- 
nos.  En  cambio  degradóse  bajo  la  dirección  visigoda.  He 
aquí  la  historia  dando  un  mentís  á  Muratori.  Y  por  no  ser 
menos  la  ciencia,  hace  lo  mismo.  Cada  pueblo  bárbaro  tenía 
su  habla,  tan  peculiar  suya,  como  sus  tradiciones:— ¿bajo 
qué  canon,  interroga  con  oportunidad  un  docto,  había  de 
efectuarse  la  transformación  del  latin  y  qué  lengua  fué  la 
corruptora? — Es  indiscutible;  el  espíritu  romano  destruyó 
la  influencia  germánica,  desde  el  primer  instante,  como  la 
Iglesia  llamó  á  sí  las  almas  y  las  almas  acudieron;  y  la  raza 
latina  dio  visceras  á  la  civilización  y  á  la  historia  moder- 
nas. Hojead  y  os  convenceréis,  á  Idacio,  Amiano-Marcelino, 
Casiodoro,  Boecio  y  Gregorio  Turonense.  Y  por  otra  parte, 
dejad  á  un  lado  la  teoría  de  los  que  creen  en  lenguas  euro- 
peas intermedias:  observad  el  parecido  de  familia  entre  el 
léxico  de  las  latinas  y  el  léxico  de  la  de  Roma;  la  semejanza 
de  la  gramática  de  España  con  la  del  Lacio;  y  concluiréis 
por  decir,  que  la  tradición  lingüistica  conservada  en  nues- 
tro suelo  y  la  ley  general  que  le  obliga  á  pasar  de  sintético 
á  analítico,  son  los  únicos  elementos  transformadores  del 
idioma,  que  huele  á  salvia  y  á  rosal  de  Psestum,  en  las 
Geórgicas. 

He  indicado  antes  que  el  Visigodo,  casi  no  dejó  huella  de 
su  dominación  en  nuestra  patria.  Es  ley  universal  en  la  his- 
toria, que  si  á  un  conquistador  supera  en  cultura  el  que  es 
vencido,  ríndele  éste,  con  las  armas  de  su  ilustración,  por 
lo  que  el  pueblo  de  los  Suintila  y  Leovigildo,  tenía  que  ser 
moral  é  intelectualmente  subyugado,  á  pesar  del  muro  de 


CI 

bronce  de  la  ley  de  raza  y  de  la  ley  de  propiedad,  consigna- 
das en  el  código  escrito  á  imitación  del  de  Teodosio,  en  mu- 
chas de  sus  páginas,  y  en  el  que  se  retrata  con  fidelidad,  la 
conciencia  y  el  espíritu  del  vencedor  de  Vándalos,  Alanos 
y  Suevos.  Ley  de  raza!;  ¡ley  de  propiedad!  En  su  fondo  se  ve 
una  sombra;  y  es,  el  alfanje  que  ha  de  triturar  y  conver- 
tir en  arena  del  Guadalete,  la  pedrería  de  la  corona  de 
Ataúlfo... 

A  la  venida  de  éste,  desaparecen  las  artes;  las  ciencias  y 
las  musas  toman  asilo  en  sagrado;  poco  á  poco,  los  oprimi- 
dos, con  sus  historiadores,  teólogos,  filósofos  y  literatos, 
asombran  al  triunfador,  le  esclarecen  y  suavizan  el  espí- 
ritu, le  seducen  con  su  grandeza;  y  convirtiéndose,  por  su 
misma  superioridad,  en  firmes  columnas  de  la  España  visi- 
goda, consiguen  su  primer  triunfo  en  el  tercer  concilio  to- 
ledano; en  el  que,  proclamada  la  nueya  fe,  el  óleo  de  Reca- 
redo  debilitó  las  costumbres  septentrionales  y  convirtió  en 
monumentos,  las  ruinas  clásicas.  San  Leandro,  á  quien 
pertenece  la  gloria  de  haber  preparado  la  proscripción  del 
arrian ismo,  proclamó  la  unidad  del  lenguaje  de  la  Iglesia; 
San  Isidoro,  fijó  en  éste  las  reliquias  de  la  cultura  antigua; 
y  desde  entonces,  «todo  testimonio  público,  religioso  ó  ci- 
vil, breviarios,  libros  litúrgicos,  dogmáticos,  místicos,  de 
polémica,  códigos  eclesiásticos,  rituales,  himnos,  inscrip- 
ciones, epitafios,  leyes  militares,  aparece,  se  formula  y  se 
redacta  en  el  idioma  que,  aunque  decadente,  conservaba 
los  esmaltes  de  la  literatura  de  Propercio  y  Ovidio. 

Al  abjurar  el  visigodo  la  herejía  de  Arrio,  hablaba  una 
lengua,  bien  diversa  de  la  hispano-latina,  anatematizada 
en  el  concilio;  y  que  dejó  de  ser  escrita,  porque  las  llamas 
devoraron  todos  los  libros  contaminados  con  el  error,  en 
hora  tan  bárbara,  cual  las  déla  intolerancia  de  Almansury 
Cisneros  y  la  en  que  el  árabe  cegó  el  canal  del  Nilo  abierto 
por  Adriano:  y...  no  digo,  incendió  la  biblioteca  de  Alejan- 
dría, porque  el  hecho  no  está  de  todo  punto  comprobado. 
El  visigodo  convertido,  así  como  conservó  la  dominación 
política,  continuó  hablando  la  lengua  de  Ulfllas,  deposita- 
ría de  las  Sagradas  Escrituras  y  de  las  tradiciones  guerre- 
ras del  invasor  escandinavo...  del  Ulfllas!  que  sustituyó  los 
idólatras  caracteres  rúnicos  con  los  de  su  nombre  y  que 
compuso  el  célebre  alfabeto,  cuyos  signos  son  parte  grie- 
gos, parte  latinos,  parte  greco-latinos  y  parte  originales. 

En  la  Janda  fué,  donde  por  serlo  todo  el  monarca,  des- 
apareció un  pueblo:  en  la  Janda  fué,  donde  se  borró  la  ley 
de  la  propiedad  y  de  la  raza:  en  la  Janda  fué,  donde  al  per- 
der Rodrigo  la  vida,  el  cetro,  el  caballo  y  la  herradura  de 

8* 


cu 

plata  (le  éste,  perdióse  una  lengua  tan  distinta  del  latín, 
como  la  letra  ulfilana  y  la  isidoriana. 

Siendo  una  verdad  la  separación  entre  vencedores  y  ven- 
cidos y  que  al  asentar  aquéllos  su  dominación  en  la  Penín- 
sula, había  en  ésla  despojos  de  las  lenguas  indígenas,  es 
natural,  como  dice  Amador  de  los  Ríos,  que  el  latín  no  pu- 
diera ser  hablado  por  visigodos  y  romanos  cual  en  los  días 
del  Imperio.  Desde  la  confesión  de  nueva  fe  de  Recaredo,  el 
sacerdote  católico  aficionóse  al  estudio  de  la  antigüedad,  y 
aflciónanse,  asimismo,  un  Bulgarano;  un  Sisebuto,  de  decir 
elegante,  protector  de  las  letras,  doctísimo  y  que  si  no  de 
la  Vida  de  S.  Desiderio  Mártir,  según  creyó  Mariana  y  ne- 
garon Nicolás  Antonio,  Fabricio  y  Ambrosio  Morales,  fué 
autor  de  las  ocho  cartas  publicadas  por  Flórez;  y  un  Chin- 
dasvinto,  el  primero  de  los  Mecenas,  quien  por  la  escogida 
biblioteca  que  formase,  ocupa  un  solio  de  oro  en  el  Alcázar 
de  nuestra  civilización. 

Sí,  el  primero  de  los  Mecenas;  porque  si  Augusto  lo  fué 
del  Cisne  de  Mantua,  Luis  XIV  de  Boileau,  Julio  II  de  Ra- 
fael, María  Teresa,  de  aquel  Metastasio  que  recorrió,  im- 
provisando versos,  las  calles  de  Roma,  á  fin  de  ganar  pan; 
Chindasvinto  lo  es  del  más  glorioso  de  los  episcopados  y  de 
los  que  personifican  la  ciencia  de  la  Iglesia,  después  del 
autor  de  las  Etimologías, — Tajón,  Eugenio  y  el  ilustre  San 
Braulio.  Ved  lo  que  contribuye  á  que  sea  tan  brillante  el 
ocaso  de  la  lengua  latina,  en  el  que  es  visible  el  contorno 
del  antiguo  españolismo  y  el  del  goticismo  moderno. 

Con  el  libro  monumental  de  S.  Isidoro,  se  demuestra  que 
había  en  España  idiomas  que,  aun  sin  ser  escritos,  influ- 
yeron en  la  corrupción  de  la  lengua  romana,  á  pesar  de  los 
esfuerzos  de  la  Iglesia  y  de  los  sabios.  Idólatras  del  senti- 
miento de  la  libertad,  y  de  la  personalidad  los  conquista- 
dores, rasgaron  las  leyes  de  la  Gramática:  si  en  sus  cos- 
tumbres romanizáronse  y  con  alegría  de  las  artes  e?céni- 
cas  consagraron,  al  parecer,  la  lengua  del  Lacio,  la  pureza 
de  ésta  desfloráronla  sobre  el  tálamo  en  que  había  muerto, 
la  señora  de  las  gentes.  Triunfadoras  las  tradiciones  clá- 
sicas, el  latín  absorbió  los  restos  celtíberos;  «hablóse  en  los 
los  concilios  y  escuelas  clericales  y  monásticas»;  fué  el 
único  idioma  escrito  en  la  Península;  influyó  soberana- 
mente en  el  hablado;  mas  si  buscáis  la  integridad  y  nitidez, 
que  tuvo  en  los  hexámetros  de  la  Eneida....  desistid  de  con- 
seguirlo. En  resumen:— poco  sensibles  á  las  elegancias  y 
bellezas  de  la  cláusula  ciceroniana  los  bárbaros,  más  lógi- 
cos que  artistas,  destruyeron  el  hipérbaton,  en  el  que  es- 
triba el  secreto  de  la  energía  que  admiramos,  en  la  más  cé- 


I 


ClII 

lebre  de  las  CaUlinarias  y  en  la  descripción  del  Incendio 
de  Sagunto  de  Tilo  Livio.  Y  no  quedó  en  esto,  el  daño  cau- 
sado á  la  lengua  de  Polibio  y  de  Tácito,  pues  suprimidas 
las  declinaciones,  el  uso  más  frecuente  de  la  preposición  y 
el  nr líenlo,  produjeron  embarazo  en  la  frase  y  sequedad  en 
los  sonidos.  Poco  dio  en  verdad  el  visigodo  á  los  españoles; 
ningún  timbre  indeleble  pudo  imprimir,  en  el  genio  de 
nuestra  lengua.  Y  el  Oriente?  Los  que  no  ven  en  la  Tabla 
Redonda  y  en  Sto.  Grial,  sino  una  copia  servil  del  ciclo 
de  Kai  Cosroes  y  de  la  copa  de  Yemsid,  contestan  que  le 
debemos  todo;  y  nada,  muchos  escritores  de  la  época  mo- 
derna. 

Si  hojeáis  las  páginas  cristianas  de  los  ciclos  medios,  ó 
las  en  que  Tupin  habla  del  rico  ídolo  del  Profeta  que  se 
guardaba  en  Cádiz;  el  Román  de  Mahomet;  la  canción  de  Ro- 
lando; las  leyendas  fabulosas  que  nos  pintan  á  Gerbet  y  á 
Silvestre  II,  descubriendo,  por  un  conjuro,  un  áureo  palacio 
alumbrado  con  luz  fascinadora  por  un  carbunclo;  os  asom- 
brará la  larga  ignorancia  en  que  la  Europa  ha  vivido,  res- 
pecto á  la  religión  y  costumbres  del  vencedor  de  aquena 
España  visigoda,  cuyo  fausto  en  palacios  y  templos  prego- 
nan, el  libro  de  S.  Isidoro  y  la  Perla  de  las  maravillas  (i), 
Almaccari  y  Bayan-Almogreb,  Ebn-Hayan,  y  Aben-Adhari; 
del  que  entró  á  saco  en  el  Alcázar  de  Toledo;  apoderóse  de 
la  mesa  de  Salomón,  de  ciento  setenta  coronas  y  diademas, 
de  un  Psalterio  de  David,  escrito  en  hojas  de  oro,  con  letras 
yunanies  y  agua  de  rubí  disuelto;  y  envió  al  Califa  treinta 
carros  de  plata  y  todo  linaje  de  pedrería.  La  ciencia  de  la 
actual  centuria  ha  probado,  que  la  lengua  castellana,  hija 
de  varias  influencias  y  de  entronque  latino,  tiene  deudas  de 
gratitud  con  la  semítica,  y  que  ningún  sello  de  este  nom- 
bre y  sí  enlaces  indo-germánicos  se  advierten  en  ella,  antes 
de  los  cartagineses. 

Son  los  semíticos,  idiomas  de  las  razas  monoteístas  y  los 
indo- germánicos,  de  carácter  más  subjetivo  aún,  de  los 
pueblos  que  llenan  de  divinidades  el  cielo,  la  tierra  y  lo 
profundo,  como  aquel  cuyos  atributos  de  gloria  son,  la  vieja 
lira  homérica,  el  pincel  de  Apeles,  los  cinceles  de  Fidias  y 
los  libros  de  Platón  ó  de  Xenophonte. 

Aquéllos  tienen  una  sencillez  perfecta;  éstos  la  fastuosi- 
dad, la  complicación  necesarias,  para  expresar  la  riqueza  de 
la  fantasía  humana,  lo  más  recóndito  clel  espíritu,  las  más 
abstractas  y  profundas  percepciones  del  entendimiento.  La 


(1)    Ebn  Alvvardi 


CIV 

influencia  semítica  apuntada,  se  debe  al  púnico,  traído  por 
Cartago;  á  la  lengua  del  que  dio  el  alfabeto  á  la  Grecia  y 
que  es  hija  de  la  que,  en  su  alefato  simbólico,  encerró  una 
serie  de  ideas  profundas  con  su  principio  lógico;  á  la  que  en 
fin  contribuyó  á  que  la  romana,  no  fuese  universal  en  la  Ibe- 
ria. Mas,  la  causa  formal  del  semitismo  español,  está,  en  que 
dieciséis  centurias  fué  nuestro  huésped  el  judío;  el  judío!, 
cuya  historia  social  y  literaria,  es  por  fortuna,  conocida  hoy. 
Si  recordáis  lo  preceptuado  en  Iliberisy  en  Toledo,  á  par- 
tir del  tercer  concilio;  las  persecuciones  decretadas  per  Si- 
sebuto,  Wamba  y  Egica;  el  papel  que  los  errantes  hijos  de 
Jerusalén  desempeñaron  en  la  conquista  musulmana;  las 
hogueras  á  que  se  les  arrojó  por  nigrománticos,  en  845;  la 
inhumanidad  de  las  leyes,  que  en  el  siglo  xi  no  considera- 
ban crimen,  el  asesinato  de  un  hebreo;  las  escenas  san- 
grientas, inauguradas  en  1108,  que  espantan,  lo  que  la  no- 
che lúgubre  de  S.  Bartolomé  y  las  Vísperas  Sicilianas;  si 
recordáis  que  tras  los  días  del  sabio  Conquistador  de  Mur- 
cia, en  que  lograron  merecer  respeto  y  los  de  Alfonso  el  del 
Si'iado  y  Pedro  el  Cruel,  en  que  figuraron  en  la  corte  y  en 
la  política,  vinieron  las  matanzas  decretadas  por  la  Casa 
bastarda  y  fi'atricida;  convendréis  en  que  el  judío,  reducido 
á  condición  servil,  blanco  del  odio,  no  ejerció  poder  social, 
ni  literario  tampoco,  pues  no  produjo  creaciones  popula- 
res:— cultivó  entre  los  árabes  orientales  y  los  ulemas  cordo- 
beses los  estudios  misnáticos  y  talmúdicos^  cuya  vocación 
siguió  manifestándose  en  las  Academias  de  Toledo,  de  la 
centuria  decimotercia.  Inmortal  será  siempre,  sin  embar- 
go, la  literatura  rabino-castellana,  de  carácter  científico 
principalmente;  pues  sus  páginas  astronómicas,  teológicas 
y  médicas  son  en  ella  las  de  mayor  mérito:  la  literatura  cu- 
yas glorias  se  nombran  Isaaque,  Maimonides  ó  como  el  que 
por  su  Kusari  mereció  una  rama  de  encina,  y  por  sus  ver- 
sos, que  escribiese  Heine,  «si  tuviese  el  Nartecio  que  halló 
Alejandro  entre  los  despojos  de  Darío  y  donde  encerró  la 
Iliada,  no  pondría  allí  la  epopeya  homérica,  sino  las  perlas 
que  Jehudaben  Halevi  de  Toledo  lloró  por  la  destrucción  de 
Jerusalén;  perlas  de  llanto  que  engarzadas  en  el  áureo  hilo 
de  la  rima,  en  la  fragua  sonora  de  la  poesía,  resplandecen 
en  un  himno»:  la  literatura  de  Josef-ben-Abitur,  Isaac-ben- 
Giat,  Abraham  y  Moisés-ben-Esrá,  Moisés-ben-Na-chman 
y  Gabirol,  que  es  á  la  vez,  un  filósofo  más  castizo  que  Séne- 
ca y  tan  grande  como  Plotino;  un  sabio  en  quien  mucho 
aprendieron  Alejo  Venegas  y  el  Dante;  una  de  las  honras 
que  más  deben  envanecer  á  la  capital  de  Aragón,  si  lo  que 
Moser  asegura,  es  cierto. 


cv 

Ah!  y  qué  hermosa  es  la  florescencia  de  la  cultura  rabí- 
nica  en  la  Edad  Media,  ensalzada  por  Munk,  Franck,  Sachs, 
Geiger,  Cassel  y  Amador  de  los  Ríos!....  Pero  circunscribá- 
monos á  los  siglos  XII  y  xiii  y  sentemos,  que  exceptuando 
la  de  la  Astrologia  de  Aben  Hezra,  están  en  latín  todas  las 
traducciones  de  las  obras  judaicas  de  aquellas  centurias; 
y  que  en  la  época  de  Alfonso  X,  el  rabino  «no  pretendió 
avezar  á  los  cristianos,  á  los  giros  y  maneras  orientales:?>. 
Volviendo  los  ojos  ahora  á  tiempos  que  quedan  muy  atrás, 
reconozcamos  que  el  semitismo  que  latía  bajo  la  armadura 
de  oro  y  hierro  romano-gótica,  favoreció  la  propagación  de 
la  lengua  arábiga,  la  cual  encontró  dos  obstáculos:  —  el 
cristiano  sometido,  y  el  que  afilaba  sus  espadas  en  las  peñas 
de  las  cumbres  septentrionales.  Por  espacio  de  algún  tiem- 
po, el  erudito  cordobés  y  el  que  moraba  en  la  benigna  ribera 
de  Sevilla,  consagráronse  al  estudio  de  los  idiomas  del 
Oriente;  pero  álzase  el  calvario,  que  el  mozárabe  tiñó  de 
color  rojo  con  su  sangre  y  «se  apaga  aquella  artificial  cul- 
tura». Esto  de  un  lado,  y  de  otro,  el  odio  mutuo  entre  el 
astur  y  el  sarraceno  y  los  elementos  indígenas,  depositados 
en  las  cuevas  de  Asturias,  hacen  que  en  las  letras  latino- 
eclesiásticas,  que  en  la  que  entonces  era  capullo  de  la  cas- 
tellana ó  castellana  en  la  niñez,  existan  muy  contadas  se- 
ñales del  influjo  oriental. 

Sí,  porque  el  soldado  de  la  Cruz,  en  los  albores  de  la  Re- 
conquista, aborrecía  la  civilización  infiel,  sólo  por  serlo, 
pues  ni  la  conocía  ni  lo  deseaba.  Empezaron  á  verla  los  cau- 
tivos y  rehenes,  llevados  á  la  corte  de  los  Califas;  y  ocasio- 
nes de  que  aconteciese  lo  mismo  á  otros  cristianos  presen- 
táronse, cuando  D.  Sancho  de  León,  en  960,  fué  á  Córdoba, 
en  busca  de  Médicos,  ó  cuando  Alfonso  el  Grande  de  Astu- 
rias, llamó  á  su  corte  á  dos  sabios  muslines  y  les  encomendó 
la  educación  de  su  hijo;  todo  lo  cual  no  fué  bastante,  á  lle- 
var el  polen  de  la  ciencia  del  Mediodía  al  Norte,  pues  lo  su- 
cedido con  Gobmar  (i)  fué  una  excepción. 

A  partir  de  la  centuria  undécima,  debieron  estrecharse 
las  relaciones  entre  la  España  del  Evangelio  y  la  España  del 
Corán,  pues  el  conquistador,  al  convertir  en  templos  de  su 
fe  las  mezquitas,  trasplantaba,  sin  darse  de  ello  cuenta,  á 
su  campo,  raíces  de  la  cultura  arábigo-española.  Los  mu- 
sulmanes que  no  huían  de  las  ciudades  desalojadas  por  las 
huestes   de  Santiago,  y  el   muzárabe,  doctísimo  en  letras 


(1)    Este  Obispo  de  Gerona,  escribió  en  árabe,  una  historia  de  los  fran- 
cos, que  dedicó  á  Haken  II,  cuando  era  príncipe. 


CVI 

orientales,  que  la  Cruz  encontroba  en  los  baluartes  enemi- 
gos que  hacía  suyos,  contribuyeron  á  extender  la  cultura 
meridional  por  \us  fajas  frontei^isas,  teatro  de  las  más  en- 
camisadas luchas  que  sostuvieron  los  soldados  de  Cristo  y 
los  soldados  de  Mahoma,  y  en  la  indicada  tarea  tomaron  no 
escasa  parte  los  judíos  de  las  tierras  de  la  media  luna. ...  los 
judíos!  de  rica  vida  intelectual,  que  poseían  tan  á  maravilla 
la  lengua  del  Yemen,  como  los  rotores  más  célebres  del 
Asia;  que  en  sus  escritos  la  preferían  á  su  idioma;  y  que  co- 
nocían á  la  perfección,  el  latín  y  el  romance.  Sin  embargo, 
en  general,  eran  guerreras  en  el  siglo  xii,  las  relaciones 
entre  el  fiel  al  Gólgota  y  su  enemigo.  Lo  dicen  los  vocablos 
árabes  que  se  leen  en  el  Poema  del  Cid,  y  en  las  más  vene- 
rables y  viejas  páginas  de  la  literatura  española;  expresivos 
todos  ellos  de  armas  y  costumbres  militares. 

Es  indiscutible;  la  influencia  oriental  fué  siempre  corte- 
sana: brilló  en  el  reducido  cenáculo  de  los  sabios  y  eruditos, 
Y  el  mostrarlo  no  es  difícil.  En  Toledo,  en  la  inmortal  To- 
ledo, el  Asia  y  el  Occidente  diéronse  la  mano  con  cariño, 
por  vez  primera,  poco  después  de  aquel  día,  en  que  clavó  la 
cruz,  en  los  adarves  de  la  ciudad  de  la  ciencia  y  el  arte  ará- 
bigos, el  muy  glorioso  Alfonso  VI.  Mientras  el  monasterio 
miraba  con  terror,  desde  el  Norte,  la  que  juzgaba  capital  de 
la  nigromancia,  los  seres  ávidos  de  conocer  los  secretos  de 
la  sabiduría,  encerrada  dentro  de  los  toledanos  muros,  sin 
acordarse  de  que  pudiera  ser  pecaminoso  el  \er  la  cara  de 
los  doctores  en  mágina  negra,  dirigiéronse  hacia  la  margen 
del  Tajo;  unos,  como  Gerai-do  de  Gremona  y  Miguel  Scotto 
á  estudiar  á  Averroes,  á  Avicena  y  á  Aristóteles  arabisado, 
otros  á  aprender  en  la  Escuela  de  traductores,  en  la  que  so- 
bresalían los  judíos. 

La  misma  actividad  que  el  Tajo  presenció  el  Turia,  donde 
el  rabino  ayudó,  después  de  la  reconquista,  á  llevar  tesoros, 
de  la  riqueza  de  los  toledanos  (no  he  de  decir  si  á  Provenza), 
á  la  corte  del  gran  caudillo,  historiador  y  clásico  catalán, 
que  represéntanos  Muntaner,  entrando  con  Ampurias,  por 
la  brecha  de  Mallorca,  para  mesar,  flel  á  su  juramento,  las 
luengas  barbas  del  rey  moro.  No;  no  fué  popular  la  influen- 
cia del  Oriente.  Al  ceñir  la  corona  de  San  Fernando  su  hijo, 
por  las  célebres  academias  de  Córdoba  y  Toledo,  por  las  ver- 
siones de  Jehuda  Mosca,  por  los  libros  de  Isaaque;  ya  por- 
que el  palacio  real  convirtióse  en  centro  de  los  muslines  y 
judíos  doctos,  que  por  obedecer  al  rey  tradujeron  del  he- 
breo, del  caldeo  y  de  la  lengua  del  Yemen,  muchas  obras  de 
filosofía,  medicina  y  matemáticas;  ya  porque  la  avidez  del 
monarca,  por  aprovecharse  de  la  vida  intelectual  que  circu- 


CVII 

laba  por  las  arterias  de  las  ciudades  predilectas  del  Omnia- 
da  y  Abbadida,  fué  insaciable  y  profundo  el  amor  que  le 
inspirase,  el  establecer  una  escuela  de  árabe  en  Sevilla;  es 
lo  cierto,  que  en  el  reinado  de  D.  Alfonso,  empiezan  en  Cas- 
tilla á  influir  los  idiomas  orientales,  cual  acusan  las  obras 
del  desventurado  autor  de  las  Querellas  y  las  del  procer 
ilustre,  que  legase  á  la  novela  y  al  teatro  futuros,  un  ma- 
nantial purísimo  de  leche  en  su  Conde  Lucanor;  libro  pe- 
regrino, á  cuya  popularidad  han  consagrado  sus  desvelos, 
entre  otros,  Argote  de  Molina,  Volf,  Clarus,  Puibusque  y 
D.  Pascual  Gayangos.  Que  en  época  que  vino  en  pos,  empe- 
zó á  descender  tristemente  de  su  cénit  la  estrella  de  los 
judíos;  y  que  hubo  empeño  en  que  desapareciese  todo  tim- 
bre oriental,  después  de  aquella  pascua  florida  de  la  histo- 
ria, que  personifica  quizás  mejor  que  nadie,  el  gentil  y  á  la 
vez  cristiano  Ariosto,  no  puede  negarse.  El  caso  no  es  raro, 
pues  estas  oposiciones,  con  idénticos  elementos  se  presen- 
tan, de  igual  manera,  en  la  vida  de  la  humanidad.  Díganlo 
las  ruinas  de  Troya,  los  versos  de  Bembo  y  los  cuadros  de 
Rafael,  que  lo  son,  respecto  al  Asia  y  á  la  Edad  Media. 

Dedúcese  de  lo  manifestado,  que  la  influencia  hebraico- 
española,  no  se  dejó  sentir,  hasta  la  mayor  edad  de  nuestra 
lengua,  declarada  en  las  Partidas.  Y  nótese  que  el  hebreo, 
cuya  excelsitud  intelectual  conócese  por  los  eruditos  traba- 
jos de  García  Blanco,  Amador  de  los  Ríos  y  Catalina;  y  el 
árabe  español  que,  poeta  llamóse  Wallada,  médico  Avicena, 
el  Hipócrates  de  los  tiempos  medios,  botánico  Ibn-Beithar, 
matemático  y  astrónomo  Omaiya  ben  Abd  el  Aziz  ben  Abi 
'I  Saltz,  gramático  Abd-Alah,  ben  Malik,  filósofo  Aberrees 
y  Avempace  (i),  maestro  de  éste,  sabio  comentador  del  de 
Alejandro,  y  autor  del  Régimen  del  solitario,  que  tan  lim- 
pios rayos  de  luz  llevó  á  la  escuela  de  Alberto  el  Gran- 
de; el  árabe,  que  influyó  en  el  escolasticismo  de  tal  suerte, 
que  no  es  posible  escribir  la  historia  de  él,  sin  conocer  la 
filosofía  arábiga,  á  la  que  Renán  ha  erigido  un  monumento 
imperecedero,...;  el  hebreo  y  el  árabe,  no  ofrecen,  en  su 
vida  literaria,  formas  ni  géneros,  que  puedan  influir  per- 
manentemente en  nuestro  idioma;  cuyo  caudal  léxico  en- 
grosaron-; en  lo  que  imitóles  el  mudejar,  mas  sin  convertir 
en  semítico  el  genio  de  aquél.  La  influencia  oriental,  escri- 
be un  historiador,  tiene  un  período  marcado  y  una  esfera 
circunscrita  en  la  historia,  pues  para  que  una  soberanía 


(1)    Así  llaman  los  escolásticos  á  Abu  beed  Mahomed  ben  Jahya  Iba 
Babja. 


CVIII 

política  y  liternrio  dure  y  trascienda,  hasta  las  últimas  raici- 
llas del  árbol  de  la  nacionalidad,  es  preciso  que  aquélla  se 
posesione  de  la  inteligencia  ó  de  las  sociedades  y  ofrezca 
dechados  que  enamoren  y  se  hallen  siempre  presentes,  en 
la  memoria  del  pueblo  y  de  los  artistas  influidos.  Reconoz- 
co que  las  letras  arábigas  fueron  conocidas  del  cristiano; 
lo  cual  debióse  en  gran  parte  al  muzárabe,  que  cuando  pul- 
só lira,  llamóse  ibul-Margari  y  al  judío  que,  familiarizado 
con  todos  los  idiomas,  ya  imitaba  los  primores  de  Hariri  en 
las  macamas,  ya  mezclaba  con  sus  poesías  hebraicas,  ver- 
sos en  lengua  de  Castilla  y  en  siete  diversas,  alguna  vez: 
reconozco  que  no  vivió  en  balde  un  Aurelio,  tan  docto  en 
literatura  muslímica;  y  que  poseemos  una  aljamiada  muy 
curiosa:  mas  reconozco  también  con  Canalejas,que  en  nues- 
tro arte  popular,  rimas,  metros,  géneros  literarios,  formas 
poéticas,  todo  es  latino;  en  el  juglar  piadosísimo  del  mo- 
nasterio de  S.  Millán,  tan  parecido  á  Fra.  Angellico,  que 
diría  se  sacó  del  arpa  del  uno  el  pincel  del  otro  y  en  Segu- 
ra de  Astorga;  en  el  Romancero  y  en  D.  Santo  de  Carrión; 
en  el  Canciller  Ayala,  en  Alfonso  Alvarez  de  Villasandino 
ó  en  el  Arcipreste  de  Hita,  que  compuso,  según  él,  canta- 
res de  danzas  y  troteras,  para  las  cantadoras  moriscas. 
Quince  siglos,  exclama  un  orador  elocuentísimo,  han  per- 
manecido entre  nosotros  los  judíos  y  como  memoria  de  ellos 
solo  han  quedado,  algunas  palabras  que  el  odio  español 
al  pueblo  de  que  proceden,  las  ha  marcado  con  estigma  de 
vileza. 

No;  no  tiene  el  castellano  carácter  oriental.  No  creáis  en 
él  al  observar  lo  que  es  necesario  para  la  existencia  del  hi- 
pérbaton, en  las  lenguas  neo-latinas:— acordaos  de  que 
tiene  explicación  fácil,  el  fenómeno  de  que  se  haya  encar- 
nado en  ésta  el  régimen  directo,  al  destruirse  la  gramática 
del  retórico  greco-romano.  Encontraréis,  sí,  concordancias, 
y  nada  más  que  concordancias.  Ah!  es  peligroso  entrar  por 
las  veredas  de  la  indagación  en  estos  estudios,  olvidándose 
de  su  canon  científico.  La  lengua  todavía  no  ha  tenido  el 
Tucídides,  el  Mariana  que  espera;  todavía  no  ha  tenido 
su  historiador.  Y  así  resulta,  que  si  comparáis  el  Libro  de 
Apolonio  con  la  Eneida,  la  sintaxis  de  ambos  idiomas  re- 
sultan distintas;  con  diferencias  menos  radicales  si  la  com- 
paración se  hace,  entre  los  códigos  del  Rey  Sabio  y  Paulo 
Orosio;  y  sin  diferencia  alguna,  leyendo  á  los  viejos  cronis- 
tas de  la  Edad  Media,  en  pos  del  Lucidario  ó  del  Conde  Lii- 
canor.  Es  innegable:  quien  compare  las  obras  de  la  lengua 
eminentemente  literaria  y  erudita  de  Marco  TuUio,  con  la 
prosa  admirable  de  Granada,  de  Cervantes  y  de  Quevedo; 


CIX 

el  cuadro  de,  Germánico  á  la  vista  de  los  cadáveres  de  las 
legiones  de  Varo;  que  debemos  á  Tácito  y  el  cuadro  que 
Hurtado  Mendoza  hace  contemplar,  allá  en  Sierra  Berme- 
ja, al  Duque  de  Arcos  y  á  los  que  le  seguían  al  fuerte  de 
Calalin;  las  descripciones,  arengas  y  retratos  de  Tito  Livio, 
con  la  conjuración  de  Juan  de  Prócida,  el  Alvaro  de  Luna  y 
el  discurso  del  condestable  Davales,  de  Mariana;  dirá,  que 
son  idénticas  las  sintaxis  de  Castilla  y  del  Lacio:  como  ni 
rastro  árabe  alguno  encontrará  en  el  habla,  si  penetra  por 
las  grandiosísimas  puertas  de  concha  y  oro  del  Renaci- 
miento. Distingue  témpora!....  Sí,  distinguid  siglos,  épocas 
literarias  y  aun  escuelas.  Y  distinguiendo  con  escrupulo- 
sidad, los  caudales  legados  por  el  judío  del  período  roma- 
no y  visigodo;  contando  con  el  elemento  gótico  septentrio- 
nal é  idiomas,  libres  en  las  asperezas  del  Norte,  durante  se 
escribió  con  sangre  el  gran  poema,  que  en  la  viñeta  de  su 
inicial  tiene  un  peñasco  y  una  palma,  en  hi  de  su  letra  úl- 
tima; recogiendo  con  discreción,  los  estudios  mozárabes  y 
los  que  á  nuestra  raza  y  á  nuestro  cielo  debe  la  cultura 
arábigo-hispana,  que  si  no  tuvo  los  caracteres  de  indígena 
y  nacional  que  la  desarrollada  en  Persia,  bajo  el  imperio 
de  la  media  luna,  fué,  por  causas  que  no  son  del  momento; 
señalando  lo  que  distingue  el  habla  popular  de  la  erudita 
y  la  erudita  de  la  cancilleresca;  fijando  bien,  en  la  época  de 
Alfonso  X,  las  influencias  orientales  y  señalando  sus  efec- 
tos; mostrando  el  influjo  provenzal  y  el  de  Italia  en  el  siglo 
de  Juan  II,  el  greco-latino  en  el  xv  y  en  el  alba  del  xvi;  se 
colocan  en  el  camino  de  la  filología  moderna,  las  piedras 
miliarias  que  nos  conducen,  á  la  miranda  en  que,  libres  de 
las  preocupaciones  del  humanista,  que  se  afana  por  borrar 
las  inipurc;2as  árabes  y  pugna  por  transformar  en  sus  gra- 
máticas y  diccionarios,  en  sintasis  y  léxico-latinos,  la  sinta- 
xis y  léxico-castellanos;  sin  el  frenesí  de  los  enamorados  de 
la  raza  que,  en  la  Edad  Media,  nos  reveló  la  antigua  filosofía 
y  las  nuevas  verdades;  de  los  que,  en  la  soberbia  fábrica  cor- 
dobesa, toda  su  admiración  es  para  la  capilla  del  Zancarrón 
y  ni  dirigen  una  mirada  á  la  sillería  del  coro  ó  á  la  lámpara 
de  plata  del  noble  templo  cristiano;  vemos  con  claridad,  que 
es  analítico,  respecto  al  sánscrito,  al  griego  y  al  latín,  mas  de 
valor  suyo  y  fisonomía  peculiar,  la  lengua  que  dimos,  á  la 
vez  que  la  Cruz  de  Cristo,  á  la  virgen  América. 

Después  de  estas  afirmaciones  que  caen  dentro  de  la  re- 
gión de  las  ideas,  descendamos  á  los  hechos.  Enterrada  en 
el  barro  de  las  orillas  del  Guadalete,  una  maldecida  ley  de 
castas  y  verificada  la  conquista  sarracena,  los  visigodos  y 
romanos,  unidos  por  la  igualdad  de  su  fe  y  por  la  comuni- 


ex 

dad  del  enemigo,  formaron  un  pueblo,  allí  donde  anidan 
las  águilas;  en  cuyas  alturas  el  amor  á  las  costumbres  y  á 
la  lengua  de  sus  abuelos,  despertado  por  la  tiernísima  idea 
de  la  perdida  patria,  añadió  bríos  al  brazo  de  los  que,  en 
frente  del  árabe,  pactaron  con  la  muerte  si  no  con  la  victo- 
ria, y  sintieron  que  no  les  desplacían,  las  tradiciones  fas- 
tuosas de  la  raza  despojada  de  los  tesoros  que  allegase  en 
basílicas,  atrios  y  aulas  regias,  por  el  soldado  de  Muza-ben- 
Nosayt. 

La  lengua  hispano-latina  sobrevivió,  pues,  al  Imperio 
arruinado  en  las  márgenes  de  la  laguna  de  la  Janda;  y  des- 
tinada á  ser,  el  arca  santísima  de  la  historia  de  la  Iglesia, 
fué  cultivada  por  los  eruditos:  los  monarcas  astures  con- 
virtiéronla en  órgano  de  la  potestad  real  y  de  la  propiedad 
religiosa  y  la  muchedumbre  la  aceptó  para  sus  transac- 
ciones. En  la  monarquia  de  Asturias,  el  altar  de  la  patria 
fué  el  trono  y  al  lado  de  él,  el  cristiano  libre,  orgulloso  de 
su  origen  latino,  erigió  un  ara  á  la  edad  clásica,  arrojando 
al  rostro  del  infiel  el  nombre  de  bárbaro,  cual  lo  habría 
hecho  un  hijo  del  Tíber,  desde  el  Capitolio.  Comparando 
los  cronicones  y  los  documentos  cancelarios  de  aquella 
época,  advierten  los  historiadores,  el  germen  de  la  fusión, 
que  había  de  producir  los  romances. 

Existían  en  la  Península,  además  de  los  cristianos  que 
militaban  bajo  la  bandera  de  Pelayo,  otros  que  sojuzgados 
por  el  alfange,  vivieron  en  la  España  islámica  conservando 
su  fe,  por  razones  harto  conocidas,  sin  que  tardasen  mucho 
tiempo  á  ser  violentados  por  los  Califas.  Estos,  es  decir,  los 
mozárabes,  como  el  soldado  de  Asturias,  guardaron  con  so- 
licitud, el  idioma  depositario  de  sus  tradiciones  y  creencias; 
cuyo  idioma  no  pudieron  menos  de  admitirlo  los  amires, 
para  su  comercio  intelectual  con  los  vencidos,  para  su  in- 
teligencia con  los  reyes  de  la  España  de  la  Cruz,  para 
acuñar  las  monedas  que  testificasen  su  dominación,  en  los 
paraísos  españoles.  Monedas  arábico- latinas  poseemos, 
que  convencen  de  que,  en  el  año  98  de  la  Hégira,  la  lengua 
del  cristiano  sometido,  era  y  tenía  que  serlo,  respetada  del 
vencedor.  Hixen  II,  fué  quien  intentó  proscribirla,  vedando 
su  uso;  y  su  célebre  mandato,  produjo  una  reacción  en  el 
sacerdocio,  en  la  que,  la  sangre  de  los  mártires  regó  y 
fertilizó  los  estudios  latinos,  hasta  el  punto  de  que  la 
lengua  del  Lacio,  cultivóse  con  más  acierto,  entre  los  mo- 
zárabes, que  en  las  comarcas  libres.  Y  sin  embargo  hay 
que  reconocer,  la  justicia  con  que  el  Abad  Samson  asaeteó 
á  Hostegesis;  y  que  ya  entrado  el  siglo  x,  el  latín  fué  objeto 
del  menosprecio,  á  que  Borao  alude  y  que  nos  certifican  la 


CXI 

queja  de  Alvaro  y  el  hecho,  de  que  hubiese  obispos  que 
compusieran  elegantes  Kasidas,  referido  en  una  traducción 
admirable  de  Gayangos.  Que  en  España  concurrió  podero- 
samente el  pueblo  vencido,  a  la  cultura  del  árabe,  que,  bajo 
el  inspirador  cielo  de  Andalucía,  fué  más  fecundo  que  en 
otras  regiones,— dice  bien  el  Sr.  Valera, — acredítalo  la  ra- 
pidez con  que  el  cristiano  aprendió  á  hablar,  como  los  hijos 
del  Yemen.  Alvaro  de  Córdoba,  dice  en  su  Indiculo  luminoso: 
— Muchos  de  mis  correligionarios  leen  las  poesías  y  cuentos 
de  los  árabes  y  estudian  los  escritos  de  los  teólogos  y  Jilo - 
so/os  mahometanos,  no  para  refutarlos,  sino  para  aprender 
como  han  de  expresarse  en  lengua  arábiga,  con  mus  co- 
rrección y  elegancia.  ¿Dónde  se  hallará  hoy  un  lego,  que 
sepa  leer,  los  comentarios  latinos  sobre  las  Santas  Escri- 
turas? ¿Quién  entre  ellos  estudia  los  evangelios,  los  profetas 
y  los  apóstoles?  Ay!  Todos  los  jóvenes  cristianos  que  se 
hacen  notables  por  su  talento,  sólo  saben  la  lengua  y  la  li- 
teratura de  los  árabes,  leen  y  estudian  celosamente  libros 
arábigos:  á  costa  de  enormes  sumas  forman  de  ellos  gran- 
des bibliotecas  y  por  donde  quiera,  proclaman  en  alta  vos, 
que  es  digna  de  admiración  esta  literatura.  Si  se  les  habla 
de  libros  cristianos,  responden  con  desprecio  que  no  merecen 
su  atención  dichos  libros.  Oh!,  dolor!  Los  cristianos  han  olvi- 
dado hasta  su  lengua  y  apenas  se  encuentra  uno,  entre  mil, 
que  acierte  á  escribir  a  un  amigo  una  carta  latina  pasable. 
En  cambio  son  infinitos,  los  que  saben  expresarse  en  ará- 
bigo, del  modo  más  elegante  y  hacen  versos  en  dicho  idioma, 
con  mayor  primor  y  artificio  que  los  árabes  mismos  i^). 

El  célebre  Obispo,  en  presencia  del  cuadro  que  ofrecen, 
los  convertidos  á  la  superioridad  científica  del  hombre  de 
la  media  luna  y  al  atractivo  de  su  poesía  exclama:  estiman 
menos  los  abundantes  arroyos  de  la  Iglesia  que  corren  del 
Paraíso. 

Makkari  nos  ha  conservado  versos  de  un  poeta  de  Sevilla 
del  siglo  XI,  que  persuaden  de  que  su  autor  conocía  bien 
la  lengua  y  métrica  arábigas;  Mariana  nos  dice,  que  el 
presbítero  Daniel,  tradujo  al  árabe  los  antiguos  cánones 
de  la  Iglesia;  el  Abad  Samson,  ya  citado,  S.  Eulogio  y  otros 
doctores,  en  el  siglo  ix,  dieron  exposiciones  de  las  Sagradas 
Escrituras  en  el  habla  de  los  conquistadores;  y  para  pre- 
venir la  ignorancia  de  su  clero,  según  el  Arzobispo  D.  Ro- 
drigo y  también  por  atender  á  la  necesidad  religiosa  y  situa- 
ción difícil  de  las  tribus  cristianas,  Juan  Hispalense,  expuso 


(1)    Traducción  de  Valera. 


CXII 

la  Biblia  en  el  idioma  del  Corán.  Dedúcese  de  esto  que  desde 
el  siglo  VIH,  el  latín  ni  se  hablaba,  ni  se  entendía?  Dozy, 
Reinaud  y  A.  F.  de  Schack  nos  dicen,  que  sólo  se  arabizó 
una  parte  de  la  grey  sometida;  que  siempre  el  latín  ó  mejor 
el  romance,  quedó  en  general,  como  idioma  del  valgo;  que 
habla  entre  los  árabes,  quienes  lo  hablaban  ó  entendían, 
si  bien  con  más  frecuencia,  por  el  conocimiento  de  ambas 
lenguas,  latinas  y  arábiga,  solían  servirse  los  mahometanos 
de  los  cristianos,  como  intérpretes  y  negociadores  con  los 
francos.  No  desapareció  el  latín;  antes  al  contrario,  cultivóse 
con  singular  esmero  por  los  doctos,  que  consagraron  sus 
vigilias,  á  que  se  perpetuasen,  en  todos  los  idiomas,  los 
tesoros  literarios  del  cristianismo. 

Lo  que  si  aconteció  es,  que  empezaron  á  enturbiarlo  pa- 
labras arábigas.  Luitprando  afirma,  en  el  siglo  x,  que  en  el 
octavo,  las  lenguas  que  había  en  España  eran: — el  español 
primitivo,  el  cántabro,  el  latín,  el  griego,  el  caldeo,  el  ára- 
be, el  hebreo,  el  celtibero,  el  valenciano  y  el  catalán.  Sin 
entrar  á  discutir  la  nomenclatura,  concíbese,  cuál  podía  ser 
la  plaza  del  habla  en  que  se  escribiese,  con  lágrimas  de 
amorcillo  y  en  pétalos  de  rosa,  el  epitafio  de  Adonis.  El  uso 
del  hebreo  y  del  caldeo,  lo  abona  la  presencia  de  los  judíos 
en  España.  El  español,  el  cántabro  y  el  celtíbero,  habían 
sobrevivido  á  la  conquista  de  Roma  y  confundiéndose  con 
el  latín,  formaron  el  romance  vulgar.  El  árabe  invadió  par- 
te del  territorio.  He  tomado  á  Villemaín  estos  párrafos, 
para  llegar  á  la  conclusión  de  Amador  de  los  Ríos,  á  saber: 
— «quédelo  expuesto  se  deduce,  que  en  la  época  en  que 
Alvaro  se  quejaba  y  lanzaba  Samson  sus  cáusticas  frases, 
debilitado  el  mozárabe,  la  lengua  cultivada  con  cariño,  por 
los  discípulos  de  Esperaindeo,  empezó  á  perder  la  salud  y 
más  enferma  cada  día,  llegó  de  esta  suerte  al  año  1124,  en 
que  verificóse  el  casi  universal  destierro  de  aquella  infe- 
liz raza. 

Desaparecida  en  Córdoba,  la  lengua  que  naciese  de  la 
mezcla  del  latín  y  el  árabe,  la  España  cristiana  libre,  cuyos 
atributos  son,  la  yunta  del  colono  y  la  espada  del  guerrero, 
según  la  frase  de  Lista,  cuando  se  sintió  fuerte,  cuando 
creyó  consolidada  la  magna  obra  inaugurada  por  Pelayo, 
cuando  los  romances,  si  no  á  la  juventud,  llegaron  al  menos 
á  la  adolescencia,  los  romances!,  vivos  desde  el  alba  de  la 
Reconquista,  y  de  ello  nos  persuaden  muchos  documentos 
diplomáticos  y  los  cronicones;  cuando  se  consideró  más 
fuerte  que  la  morisma,  dio  treguas  á  su  rencor  y  admitió  la 
mudejar  en  sus  villas  y  ciudades. 

En  la  inscripción  de  Santa  Cruz  de  Cangas,  en  privile- 


CXIII 

gios  y  escrituras  que  Borao  tan  perfectamente  conocía,  ad- 
viértese la  huella  popular,  estampada  en  solecismos  é  idio- 
tismos y  que  el  habla  de  la  muchedumbre,  tenia  el  vigor  ne- 
cesario para  romperla  sintaxis  y  la  forma  déla  dicción  y  para 
llevar  á  todas  partes,  el  espíritu  de  rebeldía  contra  la  gramá- 
tica. Por  cierto,  que  uno  de  los  documentos  á  que  aludo  es,  el 
que  se  refiere  á  la  fundación  del  monasterio  de  Obona  por 
Adelgastro,  y  en  él  es  visible,  que  el  romance  procede  de 
más  antiguo  que  del  siglo  viii.  En  éste  y  en  los  dos  suce- 
sivos, pesesiónase  de  la  escritura  oficial  y  de  la  docta,  con  la 
altivez  que  el  guerrero  cristiano  clava  la  cruz  en  los  adarves 
moriscos;  vence  á  la  tradición  clásica  y  consentida  y  reco- 
nocida su  hegemonía, el  habla  vulgar;  conviértese  en  escrita. 

Aquellos  lenguajes,  indomables  á  la  República  y  al  Impe- 
rio más  poderosos  de  la  historia;  que  respetó  el  eximio  Isi- 
doro, que  enriqueciéronse,  desde  el  instante  en  que,  caídas 
las  barreras  del  Danubio,  el  bárbaro  cambió  por  la  púrpu- 
ra, la  piel  defiera  que  vestía;  no  bien  sonó  en  los  aires,  el  gri- 
to inmortal  de  Covadonga,  empezaron  á  fundirse  en  el  mol- 
de que  les  diese  la  línea  fisonómica  del  romance.  Este  es  el 
nombre  de  la  obra,  construida  con  los  materiales  hacinados 
en  tierra  española,  por  espacio  de  siglos.  Los  autores  prin- 
cipales de  ella,  el  arquitecto,  el  Brunelleschi,  son  los  pue- 
blos antiguos;  mas  no  neguéis  á  la  presencia  de  los  orien- 
tales en  España,  la  parte  que  tuvo  en  el  perfeccionamiento 
de  creación  tan  magnifica. 

Desde  la  alborada  de  la  iglesia,  moraban  entre  nosotros 
los  hebreos,  tan  inteligentes,  como  la  nación  más  privile- 
giada entre  las  de  raza  indogermánica,  en  las  que  siempre 
han  florecido  grandes  civilizaciones.  Digalo  si  no  la  penín- 
sula, que  tuvo  en  la  antigüedad  una  Roma  y  en  el  Renaci- 
miento una  Florencia;  y  la  que  fué  patria  de  la  hermosura, 
como  destinada  por  Dios  á  ser  la  musa  del  arte;  pues  al 
construir  el  Universo  su  artifece  sublime,  cortó  una  rama  en 
el  laurel  del  cielo,  tendióla  en  la  onda  más  pura  de  los  mares, 
la  sujetó  á  Europa  y  he  aqui  la  Grecia,  exclamó.  Industrial 
y  comerciante  en  la  España  de  Ataúlfo,  Recaredo  y  Wamba, 
inofensivo  para  el  cristiano,  en  la  época  que  inaugura  la  llu- 
via de  sangre  del  día  de  Guadalete;  el  judío  fué  amigo  del  leo- 
nés, del  navarro,  del  hijo  de  Castilla,  del  que  lucía  las  barras 
del  Batallador  en  sus  pendones  guerreros,  hasta  tal  punto, 
que  las  artes  de  aquél,  hiciéronse  necesarias  en  las  monar- 
quías que  luchaban  con  el  moro  por  la  causa  de  la  Cruz. 

La  lengua  hebrea,  inmaculada  en  Aben  Hezras  y  en  Mai- 
monides,  en  el  Kusavi  del  numen  que  Heine  compara  con 
Homero  y  en  El  manantial  de  la  vida  del  profundo  pan- 


CXIV 

teísta,  que  antecedió  á  Spinosa  y  trazó  veredas  que  ensan- 
chó y  prolongó  el  místico  Jacobo  Bohemen...,  la  poética 
lengua  hebrea,  de  una  sencillez  que  ha  inducido  á  muchos 
filólogos,  á  considerarla  como  embrionaria,  ya  se  ha  indi- 
cado el  favor  de  que  gozase,  cuando  D.  Alfonso  X  agrandó 
el  idioma  de  Castilla,  al  hacerlo  heraldo  y  servidor  de  las 
ciencias.  Y  respecto  al  árabe,  también  se  ha  manifestado 
qué  influjo  ejerció  en  el  romance,  por  medio  de  los  cristia- 
nos sometidos  y  de  la  aljamia  del  mudejar;  del  que  dio  vida 
á  un  género  arquitectónico  bellísimo,  al  que  perteneció  el 
Alcázar  de  Scgovia  y  pertenecen  el  Palacio  de  los  Ayalas  en 
Toledo  y  el  de  los  Mendozas  en  Guadalajara.  Los  orientales 
acaudalaron  los  romances,  cuyo  tesoro  era  latino  en  parte; 
y  lejos  de  lograr  desnaturalizarlos,  sufrió  quebranto  el 
judío  en  su  idioma.  Dichos  romances,  invadiendo  las  co- 
marcas de  la  morisma,  fueron  entendidos  y  aun  hablados 
por  ésta;  como  la  del  Yemen  lo  fué  por  hombres  cual  el  del 
Condestable  Davales  y  salpicó  de  voces  suyas  las  páginas 
del  monarca  insigne,  que  lo  mismo  lucía  sabiduría  en  las 
academias,  que  gentileza,  cuando  montaba  el  bravo  tordo 
que  caracoleó  en  el  centro  de  un  ejército  sitiador,  en  la  rica 
vega  de  Murcia.  De  modo  que  los  hijos  del  desierto  y  los  de 
la  Cruz,  entendían  y  hablaban  el  árabe  y  el  romance. 

Del  siglo  VIII  al  x,  únicamente,  en  los  escritores  eclesiás- 
ticos y  en  el  lenguaje  chanciller esco,  encuéntranse  los  des- 
ñgurados  despojos  latinos,  inaugurándose  la  transforma- 
ción que  bajo  las  influencias  locales,  crea  índole  y  fisono- 
mía, á  los  idiomas  españoles. 

Iniciada  la  Reconquista,  en  las  inexpugnables  montañas 
pobladas  de  hombres  de  acero,  que  de  seguro,  no  habrían 
sido  acuchillados  en  un  Guadalete,  si  Tarick  hubiese  des- 
embarcado en  el  Septentrión,  en  vez  de  haberlo  hecho  en 
el  Mediodía, — tres  son  los  baluartes,  en  que  se  defiende  la 
Cruz  de  Cristo. 

Cataluña,  en  cuyos  horizontes  resplandecía  la  densa  luz 
de  las  escuelas  isidorianas;  arrebatada  al  Islam  por  un 
brazo  de  hierro;  vecina  de  Provenza,  donde  los  Condes  ejer- 
cen autoridad,  no  bien  independízase  ésta;  Cataluña!,  únese, 
por  estrecho  vínculo,  á  la  región  que  tenía  caracteres  his- 
tóricos análogos  á  los  suyos;  la  semejanza  que  el  ibero  y  el 
aquitano.  En  Provenza,  como  en  el  país  del  Velloso,  las  co- 
lonias griegas  sobrepónense  á  los  aborígenes  y  fundan, 
allá  á  Marsella,  acá  á  Rosas  y  á  Ampurias:  en  una  y  otro, 
implántase  la  dominación  de  Roma,  que  á  una  y  otro  admi- 
nistra de  igual  manera  y  da  á  sus  ciudades  el  carácter  de 
cultas:  en  una  y  otro  hay  pedazos  del  Imperio  visigodo,  ya 


cxv 

encabezado  por  la  capitalidad  de  Tolosa,  ó  ya  encabezado 
por  la  capitalidad  de  Barcelona:  en  una  y  otro,  es  podero- 
sísima la  influencia  de  la  Iglesia  católica,  de  la  gente  niO' 
nacal  y  de  las  conquistas  carlovingias:  en  una  y  otro,  el 
triunfo  del  estandarte  del  Profeta  es  anulado  por  idéntico 
esfuerzo:  entre  una  y  otro  existen,  desde  la  niñez,  «relacio- 
nes de  navegación  y  de  comercio,  al  par  de  las  políti- 
cas, provinientes  de  las  bodas  entre  condes  soberanos  y 
princesas  provenzales,  como  la  de  Ramón  Berenguer  con 
Dulce»  (1). 

Estas  afinidades;  este  aire  de  semejanza,  producido  por  la 
naturaleza  y  la  historia;  este  consorcio  del  señorío  de  am- 
bos países,  en  la  ilustre  Casa  condal  barcelonesa;  tenían 
que  producir,  los  mismos  resultados,  respecto  de  la  cultura 
y  de  la  lengua,  en  los  pueblos  que  constituyeron  una  na- 
cionalidad literaria.  Si;  porque,  aunque  fundamental  la 
unidad  de  la  lengua,  en  oc,  diferenciase  del  catalán,  según 
han  demostrado,  Diez,  en  su  monumental  Gramática;  y 
Milá  y  Fontanals  en  su  admirable  Libro  de  los  trovadores. 
Emilio  Castelar,  que  cada  día  es  más  grande,  en  la  tiibu- 
na  y  en  las  Asambleas  de  sabios,  y  cuyo  es  el  privilegio  de 
reproducir  embellecida  la  ciencia,  diserte  sobre  filología  ó 
describa  el  Languedoc  en  la  duodécima  centuria,  aludien- 
do á  la  distinción  que  crean  entre  el  catalán  y  el  prooen- 
zal,  la  distancia  que  separa  á  los  Estados  independientes  y 
la  rica  variedad,  propia  de  la  Edad  Media,  dice,  y  sus  pala- 
bras, son  sin  tilde  é  innegables: — «En  la  metamorfosis  del 
latín  al  romance,  toma  formas  opuestas  á  la  provenzal,  la 
lengua  catalana:  el  sistema  ortográfico  apártase  en  ambas 
y  esta  separación  descubre  dos  centros  de  cultura  diver- 
sos; y  en  el  verbo  sustantivo,  en  las  conjugaciones,  en  las 
partículas,  en  los  diptongos,  en  el  cambio  de  las  vocales, 
esencialísimas  resultan  las  diferencias,  entre  el  lemosín 
de  allende  y  el  lemosín  de  aquende  el  Pirineo».  Y  tenemos 
ya  formado  el  glorioso  romance,  que  había  de  oirse  bajo  el 
cielo  inspirador  de  la  Magna  Grecia  y  en  la  cúpula  de  la 

[Santa  Sofía  de  Constantino 

Creado  el  reinc^pirenaico  y  nacido  el  aragonés,  al  calor 

le  la  tradición  isnioriana,  mientras  los  vascos  montañeses 

lablaban  su  primitivo  lenguaje,  aparece  en  las  riberas,  un 

Vromance  lleno,  amplio,  abierto,  más  rico  quizás  que  el  cas- 

¡tellano,  é  idéntico  á  éste,  desde  la  cuna,  según  Borao.  Y  en 

ártud  de  una  ley  parecida  á  la  que  apuntada  queda,  de  la 

lezcla  de  su  agreste  idioma  y  del  hablado  por  los  fugitivos 

(1)    Castelar. 


CXVI 

de  la  laguna  de  la  Jaiida,  al  borde  de  los  despeñaderos  de 
Asturias,  brota  el  bable.  «Silla  cristiana  más  tarde,  produ- 
ce León,  en  sus  cumbres  y  en  sus  llanuras,  un  idioma  que 
refleja  en  si  todos  los  elementos,  de  antiguo  atesorados 
en  el  suelo  ibérico;  cuyo  idioma,  hermanándose  en  breve 
con  el  de  Castilla,  grave  y  sonoro,  ya  en  sus  balbuceos  in- 
fantiles quasi  tympano  tuba,  le  reconoce  cierta  supre- 
macía». 

También  allá  lejos,  en  el  país  de  las  vaqueiras  y  pastore- 
las, en  el  que  amamantara  trovadores,  como  Men  Rodríguez 
Tenorio  y  Fernán  de  Lugo;  en  el  de  las  verdes  montañas  é 
inspiradoras  márgenes,  aparece  un  dialecto  enfático,  ele- 
giaco, dulce,  que  aun  hoy,  es  el  más  propio  para  expresar 

los  afectos  puros ,  el  rubor  con  que  la  doncella,  oculta 

el  sentimiento  de  su  corazón  enamorado,  que  torna  en  pá- 
lidas sus  frescas  mejillas;  ó  los  emociones  del  joven,  que 
habiéndose  ausentado  por  vez  primera  de  su  hogar,  vuelve 
á  su  casa,  seguido  de  su  fiel  criado  y  en  dócil  cabalgadura, 
y  al  divisar  su  pueblo,  desde  la  cuesta  que  domina  el  valle, 
y  junto  á  la  ermita  de  las  afueras,  á  sus  padres  y  herma- 
nos que  le  aguardan  ansiosos,  los  saluda  estremecido  de 
alegría. 

He  aquí  los  capitales  romances  (exceptuando  el  éuscaro) 
con  que  termina  la  maravillosa  gestación  histórica,  de  que 
se  ha  hablado.  Los  tres  tienen  casi  la  misma  edad:  los  tres 
se  vigorizan  desde  el  siglo  xi,  por  el  poder  que  adquieren 
los  estados  de  la  Cruz  y  por  la  conquista  de  Toledo,  que 
cambia  la  faz  de  la  política  cristiana  y  pone  en  combustión, 
fundiéndolos  con  otros  extraños,  todos  los  elementos  de  cul- 
tura abrigados  de  antiguo  en  nuestro  suelo.  Y  se  vigorizan 
de  tal  suerte;  que  el  uno  procrea  el  mallorquín;  el  otro  ab- 
sorbe los  dialectos  astures,  los  leoneses,  el  aragonés,  tan 
bien  estudiado  por  Borao,  el  navarro,  cuya  fisonomía  de- 
terminó En  Pere  Moles,  en  un  curioso  libro  del  siglo  xv  y 

el  gallego el   gallego!,  que  tuvo  literatura,  antes  que  el 

castellano;  dio  paternidad  á  la  lengua  del  país  en  que  na- 
cerían los  Camoens  y  Ferreira;  y  que  había  de  regalarnos 
perlas  de  Saa  de  Miranda,  de  Gil  Vicente,  de  Meló,  de  Gre- 
gorio Silvestre,  tan  ensalzado  por  Barahoha,  de  Soto  y  Lope, 
y  de  Jorge  Montemayor,  músico  palaciego,  poeta,  y  autor 
de  la  Diana,  elogiada  por  Cervantes  y  superior  por  su  na- 
turalidad y  ternura,  por  sus  afectos  é  interés,  á  la  Ar- 
cadia i^)  de  Jacobo  Sannazaro. 


(1)    La  Arcadia,  fué  traducida  á  nuestra  lengua  en  1547,  por  D.  Diego 
López  de  Ayala. 


I 


CXVII 

En  lo  más  florido  de  su  juventud  estos  romances,  cansa- 
dos de  la  patria  potestad  del  caduco  latín,  empeñado  en 
conservar  la  hegemonía  antigua,  luchan  con  él  y  empie- 
zan aquéllos  á  tomar  color  literario,  en  creaciones  que,  por 
desgracia,  no  se  conservan,  por  haberles  negado  hospedaje 
la  escritura,  que  era  docta;  y  por  último,  logran  sus  aspira- 
ciones, á  pesar  de  los  obstáculos  políticos  que  les  combaten, 
de  los  cambios  introducidos  en  la  Iglesia  de  España  por  la 
curia  de  Roma,  y  de  la  desgracia  á  que  se  ve  condenada  la 
letra  gótica. 

Y  he  aquí  que  hemos  llegado  al  siglo  x,  en  el  que  no  era 
cosa  peregrina  el  romance  castellano.  La  lengua  nueva, 
entonces  oral,  hablada,  no  alcanzó  la  dicha  de  que  la  reco- 
giese el  monumento,  por  falta  de  manos  que  la  escribiesen; 
mas  poseemos  peregrinas  páginas  bilingües,  que  acredí- 
tannos  la  vida  de  aquélla.  Una  de  ellas  es  el  Fuero  de  Avi- 
les. «Escrito  por  los  cancilleres  del  Conquistador  toledano, 
casi  en  la  misma  forma  que  hoy  tiene,  para  gentes  de  índo- 
le distinta  y  oriundas  de  apartados  territorios,  hízose  ne- 
cesario buscar  una  lengua  que  fuese  de  todos  ellos  compren- 
dida, y  ninguna  como  la  sabia,  podía  llenar  su  cometido». 
Apoyan  esta  opinión  de  Hartzenbusch,  los  documentos  coe- 
táneos, de  un  latín  acomodaticio,  y  otros  anteriores,  en  los 
que  obsérvase,  que  palabras  que  tienen  forma  bárbara  en 
el  Fuero,  aparecían  en  castellano,  como  si  de  propósito  hu- 
biesen sido  alteradas.  Ambas  indicaciones  pueden  compro- 
barse, hojeando  la  Colección  de  Muñoz,  y  fijándose  entre 
otros,  en  el  Fuero  de  Burgos,  otorgado  en  1073  y  en  el  de 
Valle,  concedido  en  1094  por  el  Conde  Raimundo,  esposo  de 
D.a  Urraca.  Dedúcese  de  lo  expresado,  que  existían  enton- 
ces, una  lengua  ó  lenguas  distintas  de  la  escrita;  y  si  de  tal 
convencen  las  indicadas  páginas  diplomáticas,  ¿cómo  en  el 
Fuero  de  Aviles  de  Alfonso  VI  y  en  el  confirmado  por  el 
VII  en  1155,  no  hemos  de  ver  el  romance  de  Castilla  triun- 
fante? 

En  los  documentos  del  siglo  x,  á  roso  y  velloso,  encon- 
traréis, palabras  expresivas  de  las  necesidades  de  la  clase 
ínfima  del  pueblo:  y  en  los  cancelarios  del  viii,  del  ix  y  del 
X,  ya  indicado,  es  perceptible  la  influencia  activa  y  directa 
del  romance  vulgar;  y  de  igual  modo  en  Aragón  y  Navarra. 
En  la  centuria  novena,  obsérvase  un  cambio  de  canon  gra- 
matical, en  la  construcción,  conjugación  y  declinación,  en 
presencia  de  lo  que,  discurre  Canalejas  con  lógica,  al  decir, 
que  las  voces  extrañas  al  léxico  del  Lacio  que  existían  en 
el  siglo  VIII  y  aun  en  días  más  remotos,  pertenecían  á  una 
lengua,  viva  entonces.  Ducange  ha  probado,  que  la  suceso- 

9* 


ra  de  lo  latina  penetró  en  los  alcázares,  subió  al  pulpito  y 
se  llamó  romana  (l),  la  cual  fué  en  la  Península,  un  latín 
informe,  mezclado  con  ibero  y  púnico  y  griego  y  hebreo; — 
más  ibero  en  el  Norte,  más  púnico  al  Sur  y  más  griego 
al  Este, 

De  modo  que  desde  el  siglo  x,  es  el  romance,  una  lengua 
formada,  que  crece  y  se  desarrolla  en  el  xi,  teniendo  su 
Torre  de  la  Vela,  por  decirlo  así,  en  el  reinado  de  D.  Alfonso 
el  de  Almería  y  aun  mejor  en  el  de  las  Navas...:  Torre  de  la 
Vela  bendita!,  pues  en  ella,  terminó  la  cristalización  déla 
cultura  antigua,  producida  por  las  fuerzas  nuevas  de  la  his- 
toria, en  las  formas  propias  del  espíritu,  generador  enton- 
ces, de  la  Edad  moderna;  y  tremoló  sus  estandartes  victo- 
riosos el  habla  hispano. 

Así  es  que  fija  la  vista  en  el  modismo  del  romance  y  en 
la  ley  gramatical  de  la  lengua  que  funde  á  la  antigua;  com- 
parando el  Diccionario  clásico  con  el  de  Ducange,  que  es 
un  pomposo  monumento  elevado  á  la  filología,  interroga 
un  literato  español,  ¿podréis  negar  ante  estas  páginas,  que 
es  ya  añeja  la  energía  con  que  el  genio  moderno  pugna  por 
romper  la  cárcel  del  idioma  artístico  latino,  para  producir 
voces  que  no  cabían  en  el  mundo  greco-romano?  Quién  lo 
dudará!  Y  porque  no  es  posible,  en  el  léxico  de  los  roman- 
ces vulgares,  no  veáis  sólo,  flores  brotadas  del  sepulcro  en 
que  se  corrompió  el  latín,  sino  una  obra,  en  parte  formada 
por  novísima  creación.  Considerando  pues  el  número  res- 
petable de  palabras  castellanas  que  encontramos,  en  las  cen- 
turias délos  monumentos  bilingües;  y  que  á  pesar  de  la 
enemiga  de  los  doctos  y  de  las  influencias  de  la  pasada  cul- 
tura, «aquellos  vocablos  permanecen  intactos,  aquellos  so- 
lecismos, sus  cánones  gramaticales  y  aquel  continuado 
barbarismo  es  una  lengua»;  hay  que  creer,  que  los  fenóme- 
nos observados  en  los  siglos  viii  y  ix,  reconocen  por  causa, 
la  existencia  de  un  idioma  oral,  hijo  del  pueblo,  que  se  im- 
puso  á  los  mismos  que  procuraban  alejsrlo  de  sus  labios. 

Acaba  de  sonar  en  el  reloj  de  los  tiempos,  la  hora  triun- 
fal del  rico  romance  castellano;  en  el  que  resplandece  el 
genio  de  la  lengua  latina  descompuesta  por  las  indígenas, 
desde  antigüedad  remota;  y  reconócese,  más  ó  menos  borra- 
do, un  sello  hebraico,  arábigo,  extranjero  y  de  diferentes 
lenguajes.  En  las  obras  escritas  más  viejas  que  poseemos, 

(1)  Dicen  los  maestros,  que  el  epíteto  de  vulgar,  aplicado  á  la  lengua, 
tiene  una  significación  retórica,  que  >se  refiere  al  lenguaje  docto  de  los 
escritores  de  los  siglos  vi,  vii  y  vni;  y  que  lengua  romana,  en  contrapo- 
sición á  la  latina,  es,  lengua  popular. 


CXIX 

hállanse  voces  recibidas  del  godo,  del  aventurero  germáni- 
co, del  vascuence  (de  éste  muy  pocas)  y  del  griego,  si  bien 
la  mayor  parte  del  caudal  de  esta  especie  'nuestro,  procede 
de  los  estudios  clásicos  del  siglo  xví.  El  idioma  del  Lacio 
fué,  pues,  el  núcleo  principal  del  que,  áspero,  enérgico  y  vi- 
goroso, como  hablado  por  guerreros;  sencillo  y  vago,  como 
hablado  por  gente  de  una  candidez  adorable  y  de  una  inex- 
periencia sin  límites;  á  pesar  de  los  desdenes,  del  obstina- 
do en  detener  el  sol  de  las  letras  eclesiásticas  ya  en  su  oca- 
so, adquiere  la  púrpura  del  arte  y  logra  por  fin  ahuyentar 
aquella  sombra,  que  en  las  chancillerías  y  entre  los  semi- 
doctos,  se  llamaba  latín,  con  cuyo  nombre  recibía  un  ho- 
menaje parecido,  al  tributado  á  Inés  de  Castro  después  de 
muerta.  La  que  Amador  de  los  Ríos  llama  corrompida  jer- 
ga, concluyó  en  el  reinado  del  santo  monarca,  que  hizo 
ondear  el  pendón  de  la  Cruz,  en  los  adarves  de  Sevilla.  San 
Fernando,  convencido  de  que  crea  vínculos  y  estrecha  la- 
zos la  unidad  del  idioma,  y  que  sólo  ésta  podría  conducir 
á  la  del  derecho,  hizo  oficial  la  lengua  del  vulgo,  converti- 
da ya  en  literaria  y  aceptada  por  los  cancilleres  de  Alfon- 
so VL  El  bárbaro  latín  de  la  curia  quedó  reservado  para  los 
documentos  eclesiásticos;  y  para  todos  los  demás  empleóse 
el  lenguaje  vulgar.  Este  empezó  á  desarrollarse  con  la  pre- 
cocidad, revelada  en  la  traducción  del  Fuero  Juzgo  de  aquel 
tiempo.  Alfonso  X,  que  vino  en  pos  del  rápido  conquistador 
de  las  ciudades  andaluzas  continuando  la  obra  de  su  padre, 
lo  trocó  en  idioma  culto  de  las  ciencias  heredadas  de  la  Igle- 
sia, aprendidas  del  árabe  y  del  judío;  y  lo  enriqueció  con  las 
voces  y  fórmulas  científicas  de  los  sabios  y  naturalistas  que 
le  rodeaban,  enderezándolas  por  si,  según  nos  dice  en  el  li- 
bro de  la  Esphera,  el  monarca  que  tan  respetuoso  fué  con 
la  lengua  nacional  castellana,  y  tan  considerado  con  la  de 
la  Religión,  en  las  Partidas. 

Hemos  llegado  á  la  cumbre  hermosa  del  siglo  xiii.  Ved 
el  habla  de  Castilla  caracterizado  ya,  por  la  propiedad  enér- 
gica, la  sencillez,  la  gracia,  la  majestad  y  la  fuerza  iX);  ved- 
le  tan  apto  para  la  historia,  como  para  la  filosofía,  para 
describir  como  para  enseñar,  y  con  el  carácter  simbólico 
y  didáctico  que  distingue,  uno  de  los  ciclos  de  nuestra  his- 
toria literaria.  He  aquí  la  multitud  de  elementos,  que  fue- 
ron dando  vida  á  los  romances  y  creando  la  lengua  españo- 
la; la  que,  constituida  bajo  seguros  cánones,  mereció  que 
Marineo  Sículo  la  saludase,  en  el  siglo  xv,  como  la  másele- 


U)    Nebrija. 


cxx 

gante  y  fecunda,  y  Hernando  de  Herrera,  como  la  más  re- 
catada, la  más  casta,  la  más  culta,  la  más  admirable  de  las 
modernas. 

Bainouard,  en  su  Gramcdica  comparada,  ha  estudiado 
las  vicisitudes  del  latin,  en  varios  idiomas  del  mediodía  y 
afirma,  que  habiéndose  mezclado  á  los  dialectos  bárbaros, 
produjo  una  lengua  universal,  que  usóse  en  todas  las  co- 
marcas, en  que  el  Lacio  había  dominado,  y  que  duró,  hasta 
el  año  mil;  que  de  improviso,  sin  causas  visibles,  debió  al- 
terarse, dividirse  y  dar  vida  al  francés,  al  catalán,  etc.;  con- 
servándose tan  sólo  casi  inmaculada  en  Provenza.  Tan 
errónea  doctrina,  victoriosamente  la  ha  refutado  Puimai- 
gre.  El  P.  Sarmiento  calcula,  que  de  cien  palabras  españo- 
las, sesenta  son  latinas,  diez  griegas,  diez  góticas,  diez  ára- 
bes, y  que  las  demás  pertenecen  á  los  idiomas  de  las  Indias 
Orientales  y  Occidentales  ó  al  dialecto  de  los  Gitanos.  El 
cálculo  no  parece  exacto,  pues  el  legado  de  la  árabe  al  cas- 
tellano, fué  mayor  que  el  de  la  goda  y  también  su  influen- 
cia, en  la  formación  de  él. 

El  autor  de  Antigüedad  y  Universalidad  del  Vascuence  en 
España,  afirma  que  de  las  13.365  palabras  radicales  en  nues- 
tro idioma  del  primitivo  Diccionario  de  la  Academia  son, 
555  arábigas,  973  griegas,  latinas  5.385,  hebreas  90,  vascon- 
gadas 1.951,  de  origen  desconocido  2.786,  y  que  las  demás, 
salvo  un  pequeño  grupo,  las  formó  por  sí  mismo  y  de  sus 
propias  raíces,  el  habla  inmortal  de  Quevedo  y  Saavedra 
Fajardo. 

El  P.  Burriel  sostiene,  que  la  octava  parte  de  nuestro  len- 
guaje en  la  Edad  Media  es  arábiga  y  que  la  influencia  de 
este  nombre  duró,  aun  en  el  período  decadente  del  muslim; 
de  cuya  influencia,  son  vestigios,  las  inscripciones  de  las 
monedas  de  los  Alfonsos  VI  y  VIII,  el  privilegio  otorgado 
por  Fernando  IV  á  los  religiosos  de  Toledo  y  escrito  con 
caracteres  árabes,  y  la  arquitectura  mudejar.  Renuncio  á 
depurar  el  contenido  de  estas  aseveraciones;  y  fljándome 
en  el  romance,  que  si  es  inferior  al  latín  en  palabras,  frases 
y  giros,  y  por  su  carencia  de  voz  pasiva,  y  menos  maravi- 
lloso, por  la  pérdida  del  hipérbaton,  en  cambio  su  alfabeto 
es  más  rico  que  el  de  Roma,  su  cláusula,  expresiva  de  las 
ideas  abstractas,  tiene  una  claridad  admirable,  posee  la  y 
griega  y  una  acentuación  que  pone  en  el  lenguaje  una 
armonía  y  una  variedad  sin  límites...;  fljándome,  repito,  en 
el  romance,  cuyas  calidades  ha  apuntado  Vargas  Ponce 
con  gallarda  pluma;  adviértense  en  él,  sinnúmero  de  pa- 
labras que  proceden  de  la  lengua  de  Cicerón  y  Ovidio  y  que 
las  hay  celtas,  godas,  algunas  que  quizás  pertenecen  á  idio- 


I 


OKXI 

mas  perdidos,  aumentativos,  pronombres  y  tiempos  de  con- 
jugación que  nos  recuerdan  el  sanscrit  y  quién  sabe  si 
algo  más,  que  descubrirá  nuestro  siglo.  Las  indagaciones 
lingüísticas  se  verifican  hoy  en  la  esfera  más  amplia,  con 
un  espíritu  crítico  y  filosófico  los  más  exquisitos  y  la  razón 
de  ser  de  fenómenos,  misteriosos  antes,  es  conocida.  Así 
es  que  tan  arqueológicas,  como  la  opinión  de  que  el  éuskaro 
hablós'^  en  la  torre  de  Babel  y  que  el  celta  es  una  lengua 
primitiv..,  de  cuyas  entrañas  han  salido  las  europeas;  se 
juzga  la  teoría  de  Raynouard  y  la  del  traductor  del  Poema 
del  CidW,  que  sostiene  es  el  castellano,  hijo  del  francés. 

La  luz  ha  sustituido  á  las  tinieblas,  en  la  filología: — el 
lenguaje  de  Castilla  es  oriundo  del  Oriente,  aunque  su 
genio  no  sea  semítico,  y  palabras  tiene  de  este  sabor,  en  no 
escaso  número.  Las  razones  de  este  hecho,  no  hay  para 
qué  repetirlas.  Deben  completarse,  sin  embargo,  con  una 
indicación. 

Circula  por  el  cuerpo  de  nuestro  idioma,  sangre  de  la 
sangre  del  Lacio.  Ahora  bien,  el  sánscrito  trasmitió  termi- 
naciones al  latín;  y  son  muchas  las  voces  que,  como  juvenis 
y  mortuus,  se  derivan  de  aquél.  Esto  de  un  lado,  y  de  otro 
la  estrechísima  relación  que  guardan  las  neo-latinas  con 
la  de  Valmiki,  inducen  á  lo  aseverado,  respecto  al  linaje 
del  idioma,  en  que  están  escritos  el  Canto  del  Cosaco,  el  Rey 
Monje,  la  Ultima  lamentación  de  Bijron  de  Núfiez  de  Arce, 
los  Pequeños  Poemas  de  Campoamor,  el  San  Francisco  de 
Castelar  ó  las  páginas  en  que  Larra  y  Mesonero  Romanos 
dieron  á  la  prosa,  su  castiza  hermosui'a. 

De  este  largo  viaje,  con  rumbo  á  los  origines  del  habla 
inmortal  del  Romancero  y  el  Quijote,  dedúcese  que  las  pa- 
labras, que  acopió  Borao,  por  proceder  de  las  fuentes  que 
dieron  carácter  al  castellano,  son  asimilables  por  él.  Y  son 
además  propias,  concisas  y  aun  irreemplazables,  si  se  han 
de  traducir  ciertos  conceptos.  En  ellas  como  en  las  creacio- 
nes jurídicas  de  Aragón,  hállase  objetivado  nuestro  propio 
ser,  tanto,  que  voz  hay  en  este  Diccionario,  en  la  que  es  cla- 
ra la  grave  vis  satírica  que  ha  caracterizado  siempre,  á  los 
ingenios  de  la  patria  de  Marcial  y  los  Argensolas.  Yo  creo 
que  de  igual  suerte,  que  ha  amanecido  ya  el  día  de  que  el 
expansivo  código  aragonés  y  el  castellano  se  abracen,  al 
pie  del  árbol  de  la  libertad  civil,  y  de  que  el  standum  est 
charlee  que  informa  el  derecho  feral  entre,  á  guisa  de 
triunfador  en  tierras  de  las  Partidas;  yo  creo  que  de  igual 


(1)    Damas-Hinard. 


CXXII 

suerte  que  ha  amanecido  el  día,  de  que  todo  lo  que  del 
monumento  de  D.  Vidal  de  Canellas  resista  el  troquel  de 
las  nuevas  ideas,  debe  ser  erigido  en  ley;  es  llegada  la  hora 
de  que  reciba  el  Diccionario,  vocablos  de  la  índole  de  los 
contenidos  en  éste.  Porque  ni  la  unidad  del  derecho,  ni  la 
unidad  del  lenguaje,  se  forman  con  soberbias  imposiciones 
y  sobre  los  escombros  de  los  códigos  é  idiomas  provinciales. 

Ni  la  unidad  del  derecho,  ni  la  unidad  del  lenguaje  se 
forman,  recogiendo,  sin  sentido  de  justicia,  lo  que  agrade, 
ó  herborizando  caprichosamente  en  la  Jurisprudencia,  en 
el  Parnaso,  en  el  mundo  de  su  constitución  interna,  de  esta 
y  de  aquella  comarca. — Y  si  la  unidad  del  derecho  nacional 
lio  existe  hoy,  lo  propio  acontece  con  la  del  idioma.  La  obra 
inaugurada  con  las  nupcias  de  los  Reyes  Católicos,  está 
sin  terminar: —la  cúpula,  con  que  sólo  el  amor  puede  coro- 
narla, tiene  que  ser  construida,  con  un  código  y  una  len- 
gua, que  sean  verdaderamente  españoles,  A  empresa  tan 
gallarda,  consagró  Borao  la  hermosa  centella  de  su  talento 
y  recogió  un  gran  caudal  de  vocablos;  primores  que  nunca 
debió  haber  abandonado  Castilla.  El  insigne  escritor  no 
quiso  que  se  perdiesen,  como  en  otro  tiempo  la  libertad  po- 
lítica y  los  venerandos  fueros,  palabras  expresivas,  de  la  ín- 
dole, de  la  vitalidad,  de  la  originalidad,  de  las  característi- 
cas aragonesas,  que  en  el  siglo  xv  injertáronse  en  la  índo- 
le, vitalidad,  originalidad  y  características  castellanas;  si- 
quier aquella  conjunción  no  esté  tan  acabada,  como  la  que 
tiene  sus  símbolos,  en  la  madonna  áe  Rafael  ó  en  el  Moi- 
sés de  Miguel  Ángel.  Merece  pues  bien  déla  patria,  el  autor 
de  este  Diccionario,  cuyas  voces,  todas  son  netamente  ara- 
gonesas, por  ser  Aragón  su  país  natal  y  donde  han  estado 
en  uso,  siempre. 

Su  legitimidad  acredítenla,  los  títulos  de  la  más  docta 
procedencia  y  los  labios  del  pueblo;  el  cual,  si  con  su  legis- 
lación consignada  en  hechos  y  suscostumbres,  es  interesan- 
te factor,  para  reconstruir  la  vida  del  pasado,  penetrando 
en  lo  más  íntimo  de  su  ser,  lo  es  para  reconstruir  la  litera- 
tura, con  sus  poesías  y  leyendas  no  escritas  y  para  conser- 
var la  hermosura  y  abundancia  del  idioma,  con  sus  pala- 
bras plebeyas,  incorrectísimas  á  veces;  que  él  es  el  mejor 
maestro  de  lengua,  según  Platón  y  por  haberlo  creído  así 
Malherbe  y  Lafontaine,  muchos  plácemes  debe  darse  el  ha- 
bla de  Balzac  y  Lamartine.  Que  las  voces  de  este  Dicciona- 
rio, pueden  ser,  no  ya  adquiridas  por  aluvión,  sino  recono- 
cidas como  españolas,  en  el  de  la  patria,  pues  no  están  des- 
acordes en  su  carácter,  con  el  carácter  de  la  lengua  de 
Castilla,  lo  dicen  las  derivaciones  de  aquéllas.  En  sus  pági- 


I 


CXXIII 

ñas  las  hay,  de  raza  helénica,  v.  gi\,  panéasma;  y  las  hay 
como  bonavero  y  cisterno,  que  no  sólo  arrancan  directa- 
mente del  Lacio,  sino  que  conservan  la  estructura  latina. 

Por  las  razones  que  Borao  nos  da,  las  hay  árabes;  por 
ejemplo,  alfarda  y  algorín:  las  hay  catalanas,  provenzales  y 

aragonesas  puras: — ahí  está  suplicaciones,  entre  otras 

Provenzales!...  Provenza!...  Grande  entusiasmo  me  inspira 
la  tierra  de  floridos  campos,  azules  cielos,  plácidos  mares  y 
esplendorosa  luz,  que  Emilio  Alfaro  canta  en  su  Lira  rota; 
é  inspírame  grande  entusiasmo,  pues  posee  Venus,  como  la 
hechicera  de  Arles;  circos  como  el  de  Nimes;  trae  á  la  me- 
moria, en  sus  ciudades,  escuelas  rabínicas,  sabios  ó  cortes 
de  amor,  de  imperecedero  renombre;  y  recréanos  la  fanta- 
sía, ora  con  sus  ciclópeas  rocas,  tan  queridas  del  Dante, 
ora  en  el  Van  tur,  en  el  que  cada  violeta  recuérdanos  un 
suspiro,  del  que  tejió  las  mantillas  de  la  lírica,  con  los  her- 
mosos cabellos  de  Laura. 

Si;  á  mí  me  encanta  la  Provenza  con  su  historia,  tan 
poética  en  el  ciclo  religioso  ó  en  el  carlovingio,  como  en  el 
caballeresco  y  en  el  asiático;  con  su  literatura,  que  tiene  su 
monumento  más  vetusto  en  una  versión  de  Boecio;  con 
sus  mercados,  sus  Puijs  y  sus  galantes  fiestas;  con  sus  can- 
ciones, sus  serenas  y  sus  baladas,  sus  rondeles  y  discordes, 
sus  sextinas,  sus  cuentos,  sus  pastorelas,  sus  serventesios: 
me  embelesa  el  paraíso,  en  el  que,  el  laúd  sonó  en  el  campo 
de  batalla,  en  la  enramada  de  los  laureles,  en  sitios,  cual 
los  parques  enloquecedores  de  la  Reóle  y  ornó  las  mágicas 
estancias  de  los  castillos  y  las  celdas  de  los  monasterios: 
me  atrae  la  comarca  dichosa  en  que  la  poesía,  la  música  y 
el  canto,  han  vivido  siempre  unidos,  de  tal  modo,  que  ser 
trovador,  significa  en  ella,  el  ser  sacerdote  de  las  tres  artes: 
y  estos  hechizos  que  para  mí  tiene  la  noble  patria,  en  que 
el  racimo  de  moscatel  de  Bauma  endulza  y  refresca  el  labio 
de  Mistral,  obran  con  la  misma  simpatía,  en  todos  los  cora- 
zones aragoneses;  que  en  el  país  de  los  Pedros,  es  herencia 
forzosa  el  cariño  al  de  los  Marcabrú,  desde  que  le  dimos  la 
vida  de  aquel  hévoQ.fior  de  los  reyes,  grano  de  buena  espi- 
ga, espejo  de  cortesía,  esplendor  y  adorno  del  mundo;  en  las 
cuerdas  rotas  de  cuya  ensangrentada  harpa,  quedaron  cor- 
tadas, al  serlo  las  suyas,  las  fibras  de  la  libertad,  donde  can- 
taron \ñ  fe,  \a  patria  y  el  amor,  labios  que  destilaban  miel 
más  dulce,  que  la  miel  del  Hibla. 

Amador  de  los  Ríos,  en  el  terreno  de  la  historia  y  del  arte 
y  dentro  la  órbita  de  la  filosofía,  ha  probado,  que  no  es  la  li- 
teratura castellana  hija  de  la  provenzal,  ni  menos  antigua; 
y  que  aun  reconocida  la  identidad  de  orígenes  en  la  latino- 


CXXIV 

eclesiástica,  los  medios  de  expresión  en  ambas,  son  diver- 
sos. Y  dice  bien  aquel  Profesor  de  fama  europea.  La  poesía, 
flor  es  del  árbol  arraigado  en  los  torreones  de  los  castillos 
ó  en  los  riscos  de  Sobrarbe  y  brotada  al  grito  de  libertad  é 
independencia,  para  Siintiflcar  á  la  vez,  el  triunfo  de  la  Cruz 
y  de  la  patriu.  La  influencia  provenzal  existió  en  Castilla, 
cuando  en  el  solio  de  Alfonso  X,  rica  ya  nuestra  cultura, 
pudo  poseer  tesoros  extraños,  sin  mengua  de  la  legitimidad 
de  todos  los  elementos  constitutivos  de  la  primitiva  poética 
castellana.  Si  todo  esto  es  verdad,  lo  es  de  igual  modo,  que 
la  literatura  de  Provenza  vivió  confundida  con  la  de  Cata- 
luña, hasta  el  siglo  xiii;  que  en  éste  y  en  el  inmediato,  la 
catalana  adquiere  un  carácter  propio,  crea  las  maravillas 
de  su  lírica  y  de  su  historia  y  escribe  páginas  sublimes  de 
filosofía  y  de  ciencias  naturales  y  exactas;  que  en  el  cre- 
púsculo vespertino  del  decimocuarto  y  al  rayar  el  alba  del 
quince,  los  Consistorios  barceloneses  remedan  á  los  tolo- 
sanos;  mas  impónese  Italia,  abanderada  del  Renacimiento, 
y  en  tan  humana  obra,  «que  se  personifica  en  Valencia, 
trabajan  en  las  verdes  márgenes  del  Turia,  desde  Jordi  de 
San  Jordi  hasta  Ansias  March  y  desde  Ramón  Ferrer  hasta 
Luis  Vives»,  con  el  empeño,  que  en  pro  de  la  unidad  y  de 
las  potras  nacionales  ha  trabajado  el  ingenio  lemosín,  en 
las  últimas  centurias. 

Habiendo  formado  parte  de  Aragón,  Cataluña  y  tenido 
ésta  una  literatura  de  caracteres  propios,  ¿cómo  no  dejar 
huella  en  el  idioma  de  aquél?  Cómol  si  á  la  tal  literatura, 
cuya  poesía  objetiva  y  cuasi  épica  tiene  por  nota  dominan- 
te, la  político-social,  para  ser  grande  bástanle  cuatro  nom- 
bres:— D.  Jaime  el  Conquistador,  Muntaner,  Arnaldo  Villa- 
nueva  y  Raimundo  Lulio?  Sí;  porque  las  historias  catalanas 
superan  á  todas  las  historias  de  su  época;  Tirante  el  Blanco 
dio  á  la  literatura  caballeresca  de  Cataluña  el  matiz  de  la 
verosimilitud  que  la  distingue;  y  el  libro  de  la  Sauiesa, 
merece  ser  colocado  en  un  Nartecio.  Y  si  se  considera  que, 
en  tan  privilegiada  región,  la  poesía  ostentó  carácter  social 
y  un  admirable  sentido  práctico  la  ciencia,  se  convendrá 
en  que,  la  tierra  que  preparó  el  advenimiento  de  la  lírica 
con  Ansias  March  y  Roscan  é  hizo  el  andamio  que  utilizó 
Lope  para  colocur  la  rotonda  del  Teatro,  con  Tárrega  y  Ricar- 
do del  Turia,  había  de  acaudalar  los  tesoros  del  idioma  de 
Aragón.  Esto,  en  lo  que  se  refiere  á  Cataluña.  En  lo  que  se 
refiere  á  Provenza,  el  influjo  de  los  pueblos  que  constituyen 
una  nacionalidad  literaria,  á  la  que  pertenecen  lo  mismo 
Riquier  que  Vaqueiras,  Vidal  de  Tolosa  que  Raimundo  de 
Jordán  de  la  Gascuña,  fué  tal,  que  lo  portentoso  es,  que  no 


I 


cxxv 

resultase  en  Aragón  un  dialecto;  y  pregona  aquél,  el  nú- 
mero de  voces  que  hay  en  este  Diccionario. 

La  legitimidad  de  las  propiamente  aragonesas,  la  testi- 
fica la  historia.  Los  más  antiguos  documentos  escritos  que 
poseemos  y  los  bilingües,  de  época  anterior,  acreditan  la 
supremacía  que  fueron  alcanzando,  en  remotos  siglos,  las 
nuevas  lenguas,  en  Navarra,  Castilla  y  Aragón;  y  respecto 
á  los  orígenes  del  idioma,  nos  persuaden  de  que  cosa  idén- 
tica aconteció,  en  los  tres  reinos.  Borao  sostiene,  de  acuerdo 
con  Escosura,  nuestra  superioridad  sobre  Castilla,  en  la 
ciencia  política  y  en  la  Legislación,  lo  cual  no  niega  Marina 
y  en  cambio  apoyan  la  tesis,  hechos  innegables,  citados  por 
D.  Jerónimo,  cuales  son: — que  a  Jaca  acudía  el  castellano 
á  estudiar  los  fueros  para  trasladarlos  á  su  patria;  que  el 
matrimonio  de  los  clérigos,  la  ley  sálica  y  la  representación 
en  las  Cortes  del  brazo  de  las  Universidades,  importáronse 
de  nuestro  país,  en  aquel  otro  al  que  dio  leyes  y  en  el  que 
fundó  una  gran  monarquía,  el  primer  Emperador  de  Es- 
paña, Sancho  el  Mayor;~íigura  grandiosa,  digna  de  un 
Plutarco. 

Y  afirma  algo  más  Borao.  Cree  que  la  superioridad  de 
Aragón  alcanzó  al  idioma;  á  lo  que  asiente  Monláu,  sin 
duda,  porque  hubo  para  ésta,  las  causas  que  determinaron 
las  otras  superioridades.  El  romance.,  hermano  cariñoso  del 
castellano,  en  el  suelo  de  los  Jaimes,  conserva  desde  la  cuna 
el  acento  de  sus  antiguas  tradiciones  y  el  sabor  de  los  cau- 
dales que  confluyesen  para  enriquecerlo.  Pasó  ya  á  ser  ar- 
queológica, tan  arqueológica  como  la  hipótesis  de  Newton 
acerca  del  lumínico  y  el  sistema  de  Ptolomeo  en  Astrono- 
mía, la  creencia  de  los  que  con  Viilemain  defienden,  que  en 
Aragón  y  Navarra,  fué  nativo  el  catalán  ó  provenzal.  Los 
críticos  han  probado  que  el  romance,  nacido  á  la  sombra 
de  las  Barras  Rojas,  independientemente  de  Castilla,  per- 
feccionado con  lentitud  y  con  alguna  intervención  de  ésta, 
aunque  con  mejores  elementos,  derrochados  en  parte,  ofre- 
ce idéntico  desarrollo  al  que  preséntanos  en  Asturias,  en 
la  tierra  leonesa  y  en  la  que  fué  monarquía  de  San  Fernan- 
do; y  que  existió  antes  de  la  época  de  D.»  Petronila.  Lo 
acreditan,  la  última  voluntad  de  D.  Ramiro  I,  expresada  en 
1061,  la  de  D.^  Sancha  de  Rueda  de  1225  y  varios  documen- 
tos, de  índole  privada,  que  pertenecieron  al  monasterio  de 
Monte-Aragón  y  al  de  Santa  Cristina  de  Jaca,  escritos  en 
la  época  de  la  Casa  de  Barcelona  y  en  los  que  medió  gente 
de  cleresia.  Estas  páginas  bilingües,  de  los  días  en  que  fué 
declarada  oficial  y  cancelaría  la  lengua  de  Castilla,  aplica- 
da á  documentos  públicos,  nos  enseñan  que  el  aragonés  al 

10* 


CXXVI 

escribir,  vacilaba  entre  si  aceptar  el  habla  vulgar  ó  el  cor- 
tesano;— irresolución  que  se  insinúa  al  pasar  á  los  Condes 
el  solio  del  Batallador  y  que  arraigó  al  servirse  D.  Jaime 
del  catalán,  en  su  Chrónica.  Interesante  libro  éste!;  regular, 
adorable  por  su  vigorosa  sencillez;  en  el  que  la  narración 
tiene  un  aire  de  verdad,  que  agrada  mticho,  la  frase  es  pro- 
pia y  selecta,  el  lenguaje  pintoresco  é  ingenuo  y  el  aroma 
poético  tan  delicado,  cual  en  las  páginas  en  que  Muntaner 
nos  reproduce,  á  D.  Pedro  recogiendo  el  guante  de  Coradi- 
no  ó  la  emboscada  de  Besalú. 

El  Conquistador  nos  convence  con  su  historia,  de  que  era 
maestreen  el  idioma  de  Castilla,  usual  en  un  buen  número 
de  sus  subditos,  y  si  os  fijáis  en  las  palabras  que  el  rey  es- 
cribe le  dirigieron  los  moros  latinados  de  Peñíscola,  al  ren- 
dirse la  villa  y  el  castillo,  cuyas  palabras  recuérdannos  la 
antiquísima  leyenda  de  Apolonio  U),  vertida  del  latín  con 
libertad  y  buen*^ gusto;  si  os  fijáis  en  lo  que  habla  la  ñor  y 
nata  de  Teruel,  al  ser  invitada  á  la  reconquista  de  Murcia, 
y  en  la  índole  de  las  frases,  que  D.  Jaime  atribuye  á  otras 
ciudades  aragonesas,  convendréis  en  que  existía  en  Aragón 
un  idioma,  tan  universal,  cual  lo  fuese  el  lemosin  en  Cata- 
luña. 

Lo  Glorios  En  Jaume,  acredítanos  también  en  su  Comen- 
tari,  que  en  sus  años  maduros  juzgaba  dignos  intérpretes 
de  la  historia,  á  los  romances  españoles;  confesándolo  así, 
con  actos  y  con  la  hidalga  franqueza  que  dictase  la  prohi- 
bición de  1233,  en  homenaje  al  poder  erudito  eclesiástico. 
Y  á  fe  que,  á  versiones  aragonesas  se  refiere  también  sin 
duda,  el  celebre  Statuitur. 

Cualesquiera  que  fuesen  los  intentos  de  la  Casa  de  Bar- 
celona; sea  ó  no  verdad  que  D.  Jaime  se  propusiese  en  fa- 
vor del  catalán,  una  reforma  parecida  á  la  que,  en  favor  del 
romance  hiciese  el  sabio  hijo  de  S.  Fernando,  amigo  y  con- 
fidente del  que  postró  «con  la  energía  de  granado  varón, 
la  soberbia,  la  arrogancia,  el  fiero  espíritu  de  los  Abones, 
Mendozas  y  Cabreras»;  es  lo  cierto,  que  no  fué  la  lemo- 
sina,  la  lengua  del  país  de  las  Barras.  Lo  que  hubo  fué,  se- 
gún Borao  dice,  «un  comercio  recíproco  entre  aragoneses 
y  catalanes,  luego  de  unirse  ambos  estados,  aceptándose 
aquí  vocablos,  desinencias  y  una  parte  de  las  letras  catala- 


(1)  Fué  escrita  en  griego  primitivamente  y  luego  vertida  al  latín,  cu- 
yo códice  encontró  Marcos  Valsero  en  Augsburgo.  Dícese  que  el  original 
griego  está  en  Constautinopla;  que  su  título  es  Vida  de  Apolonio  de  Tiana 
y  el  nombre  de  su  autor  Filostrato.  Figura  en  Confessio  amantis  de  Go- 
wer  y  en  una  colección,  conocida  por  el  título  de  Gesta  Romanorum. 


CXXVII 

ñas»;  comercio  que  debemos  bendecir,  porque  cuanto  pro- 
cede de  las  literaturas  sucesoras  de  las  monásticas,  ha  co- 
locado átomos  de  luz,  en  la  vía  láctea  del  progreso. 

Que  el  lemosín  difundióse  por  la  Corona  de  Aragón;  que 
fué  real  y  palaciego;  que  se  usó  en  escrituras,  cartas- pue- 
blas, procesos,  libros  de  cuenta  y  razón  y  actos  del  reino; 
que  el  legislador,  el  historiador  y  el  poeta,  sirviéronse  mu- 
cho de  él;  que  hasta  el  siglo  xv,  encontramos  fueros  redac- 
tados en  impuro  idioma  latino;  que  el  provenzal,  generali- 
zado en  ciertos  círculos  por  obra  de  D.  Jaime,  empezó  á  de- 
caer en  la  decimocuarta  centuria,  á  pesar  del  Consistorio 
de  Zaragoza  y  quedó  herido  de  muerte,  cuando  el  Marqués 
de  Villena  «insinuó  á  un  tiempo,  el  gusto  aragonés  en  Gas- 
tilla  y  la  lengua  de  Castilla  en  donde  venerábase  la  cruz 
de  Sobrarbe»;  que  hasta  la  centuria  decimocuarta  aludida, 
sirvióse  nuestro  pais  natal  del  latín  y  del  lenguaje  de  las 
páginas  que  Borao  enumera,  todo  esto  es  obvio. 

Sí,  obvio  es,  que  el  catalán  fué  el  idioma  de  la  poesía,  del 
palacio  real  y  de  algunos  documentos  oficiales;  de  lo  que 
no  se  deduce  que  aquél  fuese  el  literario,  ni  el  popular,  ni 
que  Mayáns  esté  en  lo  firme,  al  aseverar  lo  que  nos  recuer- 
da Borao.  Este,  escudándose  con  documentos  y  con  autori- 
dades acatadas  por  los  doctos  é  infalibles  en  buen  número, 
demuéstranos,  que  antes  de  que  el  sol  llamease  en  el  alfan- 
je alzado  á  lo  alto  en  Guadalete,  tuvo  lugar  en  Aragón  una 
crisis  lingüística,  como  en  el  resto  de  la  Península;  y  que 
á  semejanza  de  lo  ocurrido  al  borde  de  los  precipicios  astu- 
res,  se  conservó  y  pulió  la  nueva  lengua  entre  las  hayas  de 
Sobrarbe,  en  los  nevados  peñascos  que  sirviesen  de  cimien- 
to al  alcázar  de  la  monarquía  en  que  el  ser  rey  significaba, 
loque  un  escritor  respetable (i),  expresó  en  unos  versos. 


(1)    Me  refiero  al  ilustre  D.  Manuel  Lasala;  y  la  composición  inédita 
s,  un  soneto  que  dice  así: 

FUEROS  DE  SOBRARBE 

E  si  non,  non. 
Pidan  á  Sennyor  Rej',  si  vén  pretende 
A  entuertos  é  desmanes  dar  holgura, 
Que  traj'ga  á  su  deber  la  su  cordura, 
Cá  ansí  por  fuero  el  imperar  se  entiende. 
E  si  esta  ley  de  somision  no  atiende, 
Muéstrenle  que  el  regnar,  non  siempre  dura, 
E  que  se  membre  de  la  sancta  Jura, 
Que  al  regno  so  el  Justicia  fizo  allende. 
E  si  en  libianos  stropiezos  se  anda 
E  s'  afinca  saez  en  roin  tirano, 
Cá  con  torpes  traheres  se  desmanda, 


CXXVIII 

inéditos  hasta  hoy.  Demuéstranos,  que  no  bien  el  estan- 
darte de  la  Cruz  ondeó  en  el  llano,  el  guerrero  montañés 
extendió,  á  compás  de  su  reconquista,  su  infantil  idioma, 
en  el  que  hospedáronse  multitud  de  palabras  árabes;  que 
la  unión  del  solio  de  los  Ramiros  con  el  de  los  Condes,  y  el 
influjo  del  país  de  las  cortes  de  amor,  dio  al  habla  de  nues- 
tros antepasados  timbre  provenzal;  que  sobre  todo  esto  con- 
servóse un  lenguaje  aragonés,  que  no  necesitó  uniformar- 
se, ni  al  advenimiento  de  D.  Fernando  de  Antequera  ni  al 
recibir  el  Rey  Católico  la  blanca  mano  de  D.»  Isabel;  y  que 
este  dialecto,  casi  castellano,  debió  su  semblante  al  carác- 
ter y  al  vigoroso  espíritu  de  la  tierra  de  las  Barras,  á  las 
reminiscencias  de  la  en  que  quedó  tendido,  entre  laúdes 
rotos,  el  cuerpo  ensangrentado  del  más  liberal  de  los  anti- 
guos monarcas,  y  al  roce  con  aquellos  hijos  del  Yemen, 
cuya  dominación  dejó  en  la  Península,  la  estela  que  forman, 
el  alicatado  revestido  de  aljófares  del  palacio  morisco,  las 
albercas  rodeadas  de  arrayanes,  en  las  que  suena  el  surti- 
dor como  liquida  guzla,  los  encajes,  alharacas,  crestería  y 
bordados  que  creéis  de  hilo  de  oro  y  piedras  preciosas,  en 
el  mirha  cordobés.  Si;  Aragón  tuvo  lengua,  poesía  y  rima, 
desde  el  siglo  viii;  una  lengua  que  contribuyó  á  dar  á  la  de 
Castilla  los  esmaltes  de  culta;  una  lengua  en  la  que  escri- 
biéronse peregrinas  páginas.  Y  demuéstranos  con  docu- 
mentos, que  por  ser  innecesario,  ni  enumero,  ni  analizo, 
que  el  lenguaje  español  fué,  desde  antigüedad  muy  remota, 
el  hablado  en  este  país. 

De  mano  maestra  traza  Barao,  el  cuadro  de  la  formación 
y  progreso  del  idioma  aragonés;  lujo  de  pruebas  documen- 
tales nos  ofrece  en  apoyo  de  su  tesis,  sacadas  del  arsenal 
de  los  siglos;  y  tan  persuasivas  todas  ellas,  como  por  ejem- 
plo, las  célebres  cartas  de  Juan  II  y  Jiménez  de  Cerdán,  la 
proposición  -^juramento  de  Fernando  I,  las  páginas  del  tra- 
ductor del  Isopete  historyado  U)  y  las  obras  del  Principe  de 
Viana,  al  que  con  buen  acuerdo,  naturaliza  D.  Jerónimo,  en 


Quiten  de  siella  á  rey  tan  mal  cristiano, 
E  tornen  dotro  reye  á  la  demanda 
Maguer  lo  ferien  por  algún  pagano. 

Debo  esta  poesía,  á  la  amabilidad  de  mi  ilustrado  compañero  D.  Mar- 
cial Lorbés  de  Aragón,  que  la  encontró  entre  los  papeles  de  su  deudo, 
el  insigne  escritor.  ínterin  llega  el  día  en  que  se  coleccionen  las  produc- 
ciones poéticas  del  Sr.  Lasala,  ningún  hogar  más  cariñoso  puede  darse 
á  ésta,  que  la  página  de  un  libro  de  Borao,  á  quien  vivió  aquél  unido 
por  la  amistad  más  dulce. 

(1)    El  infante  D.  Enrique  de  Aragón. 


CXXIX 

Aragón.  El  Principe  de  Viana!  Qué  gran  figura!  Tiene  la 
alteza  que  en  la  república  del  saber  y  del  arte  un  Pero  Ló- 
pez de  Ayaia,  un  Marqués  de  Santillana,  un  Villena;  la  alte- 
za que  el  autor  del  Laberinto  ó  que  Prudencio,  cuyos  him- 
nos son,  el  incienso,  el  oro  y  la  mirra  de  la  poesía  religiosa. 
De  afable  condición;  hermoso  y  gentil;  dado  al  estudio; 
vencedor  en  lides  poéticas  y  morales;  tan  amigo  de  Alfon- 
so V,  como  de  Alfonso  la  Torre,  el  de  la  Visión  deleitable; 
tan  honrador  de  Ausias  March  y  de  Mossen  Juan  Roiz,  como 
de  Juan  Poeta,  el  infortunado  hijo  de  un  pregonero  d);  dan- 
zador garboso;  trovador  ingeniosísimo;  gran  dialéctico;  afi- 
cionado á  los  libros  clásicos;  sin  desdeñar  los  de  Italia;  de- 
voto de  las  Letras  Sagradas,  á  fuer  de  cristiano;  de  las  fic- 
ciones caballerescas,  á  fuer  de  caballero;  de  la  Historia  y  las 
Leyes,  á  fuer  de  príncipe  de  elevadas  miras;  D.  Carlos  de 
Viana  vivió,  sufriendo,  leyendo  y  escribiendo  libros  impor- 
tantes y  recites  z!as  que  producían  agudas  disputas  en  los 
ingenios  de  más  renombre;  á  los  que  trataba  con  ingenuidad 
y  sencillez.  Él  asonó  canciones  que  cantaba  al  son  del  laúd 
ó  la  vihuela.  Sus  poesías  tuvieron  suerte  desventurada.  Él 
tradujo  las  Etílicas  de  Aristóteles  de  Leonardo  Arezzo,  acre- 
ditándose de  fiel  intérprete  del  gran  observador,  de  porten- 
toso erudito,  de  moralista,  de  entendido  filósofo,  de  cono- 
cedor del  latín  y  del  romance,  de  cultivador  esmerado  de 
la  frase  de  éste: — por  cierto  que  si  no  dio  cima  á  la  ardua 
empresa  de  limpiar  de  errores  la  magna  obra  del  maestro 
de  Alejandro,  fué,  por  las  amarguras  con  que  afligió  al  Prin- 
cipe, su  padre.  Él  estudió  á  Eusebio,  Orosio,  Leandro,  Isido- 
ro de  Sevilla,  Ildefonso,  al  Pacense,  á  Sulpicio  de  Compos- 
tela,  á  D.  Rodrigo,  á  Lucas  de  Túy,  á  Vicente  Bauvais;  con- 
sultó los  escritos  de  Fr.  García  de  Enguí,  obispo  de  Bayona; 
las  crónicas  todas  de  Castilla,  Aragón  y  Francia;  penetró 
en  los  Archivos;  y  ávido  de  lavar  en  las  cristalinas  aguas 
de  las  verdaderas  fuentes  históricas,  las  narraciones  de  la 
Edad  Media;  bajo  el  influjo  de  Italia;  escribió  su  célebre 
Crónica;  notable  por  el  método,  la  claridad  y  la  pasión  por 
la  exactitud,  que  en  ella  resplandecen;  por  ser  entre  sus 
libros,  el  de  estilo  más  natural  y  lenguaje  más  suelto.  Él  en 
fin,  fué  autor  de  Epístolas  y  Lamentaciones,  que  vivirán 
siempre:  y  poeta,  filósofo,  orador  y  cronista,  nutriendo  su 
espíritu  con  la  doctrina  de  otras  épocas  y  literaturas,  me- 
reció la  palma  de  oro  de  la  inmortalidad.  Pues  bien,  el 
Príncipe  de  Viana  puede  ser  naturalizado  en  este  país,  con 


(1)    El  de  Valladolid. 


i 


cxxx 

más  justicia  que  en  España,  Doria  ó  Alejandro  Farnesio,  y 
que  en  Italia  el  gran  Ribera;  no  ya  por  el  interés  que  en 
Aragón  despertaron  las  desgracias  de  D.  Carlos;  por  la  so- 
licitud con  que  aquél  las  socorrió;  por  el  parentesco  que  á 
éste  unía  con  el  héroe  de  Aversa;  por  haber  sido  el  hijo 
infelice  de  D.^  Blanca  primogénito  y  heredero  del  solio 
tallado  en  el  tronco  de  la  encina  de  Sobrarbe;  sino  porque 
el  traductor  de  las  ¿"í/iicas^  apartóse  de  los  que  pugnaban 
por  latinizar  nuestra  sintaxis;  asocióse  al  movimiento  li- 
terario de  los  ingenios  catalanes  y  aragoneses  y  escribió 

en  romance  navarro,  á  maravilla :  en  romance  navarro!, 

interesantísimo  para  nosotros,  por  las  grandes  analogías 
históricas  y  jurídicas  que  entre  sí  tienen,  el  reino  de  Don 
Pedro  II  y  el  de  Sancho  el  Fuerte;  por  las  afinidades  que  en 
ambos  creó  la  geografía;  por  su  comunidad  de  origen  mo- 
nárquico y  de  reyes  en  tiempos;  por  todas  las  sólidas  razo- 
nes en  fin  que  Borao  alega  en  su  Introducción;  de  las  que 
dedúcese  la  conformidad  acabada  del  lenguaje,  en  Jas  re- 
giones aludidas.  Es  verdad  que  el  vascuence  hablóse  en 
muchas  villas  y  aldeas  de  Navarra;  mas  el  Archivo  de  la 
Cámara  de  Comptos  y  el  de  la  Diputación,  nada  contienen, 
en  contra  de  haber  sido  el  castellano  lengua  oficial,  en  la  mo- 
narquía cuyos  hijos  fueron  nuestros  compañeros  de  armas 
en  las  Navas.  Lo  fué,  un  degenerado  latín,  hasta  que  logra- 
ron omnímodo  triunfo  las  hablas  vulgares,  bajo  el  que  germi- 
nó el  romance  navarro;  del  mismo  tronco  y  de  la  misma  raíz, 
que  el  de  la  España  Central  y  análogo  en  las  circunstancias 
políticas  y  sociales,  que  determinaron  su  aparición. 

En  los  fueros,  otorgados  por  mano  aragonesa,  á  importan- 
tes poblaciones  del  país  de  Sancho  el  Tembloso,  hay  voces, 
giros  y  cláusulas  en  que,  bajo  el  tosco  ropaje  de  un  latín  bár- 
baro, escóndese,  en  estado  de  crisálida,  una  lengua  nacional. 

Si  examináis  los  documentos  diplomáticos,  que  en  muy 
docto  sitio  se  guardan  y  en  los  que  resultan  interesados, 
ya  el  abad  y  monjes  de  Fitero,  ya  el  Prior  de  S.  Esteban  ó 
el  de  Jesa,  os  convenceréis  de  que  existió  en  Navarra  un 
romance,  parecido  al  leonés  y  al  castellano.  Navarra  sintió 
la  influencia  aragonesa  siempre.  Los  Fueros  Municipales, 
coleccionados  por  Muñoz,  convencen  de  que  ningún  docu- 
mento, que  no  sea  latino,  hay  en  aquélla,  hasta  la  tarde 
del  siglo  XII.  en  que  el  romance  puro,  posesiónase  de  la 
chancillería.  Sancho  el  Sabio,  en  el  último  tercio  de  dicha 
centuria,  otorga  el  Fuero  de  Arguedas,  en  navarro,  que  era 
ya  el  habla  de  la  muchedumbre;  presentándonos  en  el  siglo 
XIII  el  Fuero  general,  un  lenguaje  casi  formado  y  con  bríos 
para  acabar  de  vencer,  los  obstáculos  que  se  le  oponían. 


J 


CXXXI 

Es  evidente  que  el  habla  nacional  en  Navarra,  lo  fué, 
como  en  Aragón,  un  lenguaje  parecido  al  leonés  y  al  de 
Castilla;  siquier  en  el  de  Navarra,  cual  en  el  de  Aragón, 
adviértanse  matices  que  determinan  fisonomías  particula- 
res. Convéncennos  ambos  de  que  era  simultáneo  y  general, 
en  la  Península,  el  predominio  alcanzado  sobre  el  latín 
cancilleresco,  por  los  idiomas  vulgares;  cada  uno  de  los  que 
reflejaba  elementos  de  cultura. 

Es  asimismo  evidente,  que  en  las  donaciones,  privilegios 
y  demás  escrituras  de  Navarra,  hubo  analogía  con  «las 
prácticas  y  el  lenguaje  de  Aragón,  hasta  en  las  rúbricas 
curiales»,  lo  cual  acontecía  en  las  merindades  próximas  á 
nosotros  y  en  las  que  estaban  cerca  de  Francia  ó  del  risco 
vascongado;  que  la  lengua  familiar,  idéntica  en  los  aludidos 
reinos,  en  ambos  estuvo  unida  por  intimo  parentesco,  con 
el  castellono.  Sí;  idéntica  y  de  no  menor  fuerza  vital,  que 
todas  las  hablas  vulgares.  Porque  si  el  catalán  propagóse 
á  Mallorca  y  Valencia,  merced  á  las  hazañas  que  relató  Don 
Jaime,  con  candor  sublime  y  en  frases  tan  dulces,  como  el 
piar  de  la  golondrina  que  anidase  en  la  tienda  de  campaña 
del  ilustre  guerrero,  en  el  sitio  de  la  ciudad  del  Turia;  el 
romance  aragonés  se  enseñoreó  de  las  poblaciones  arran- 
cadas por  el  Conquistador  al  moro,  en  las  comarcas  del 
mediodía;  en  que  el  azahar  perfuma  la  atmósfera  y  la  palma 
con  sus  espigas  de  dátiles  y  el  limonero  con  su  fruto  de 
oro  y  el  granado  con  su  ñor  de  púrpura,  prestan  hechizos 
indefinibles  al  paisaje....;  en  aquellos  deliciosos  campos,  en 
los  que  al  lado  del  ciprés,  cuyo  color  verdinegro  destaca 
la  nieve  de  la  paloma,  está  el  mirto,  que  es  el  árbol  del  se- 
pulcro de  los  niños,  ó  la  higuera  que,  por  habe  rocultado  á 
Jesús  y  María,  fugitivos  de  Herodes,  da  tres  veces  un  fruto 
que  destila  miel;  y  en  que  las  fiorestas  vierten  perfumes 
más  suaves,  que  los  jazmineros  de  Alejandría,  que  los  bos- 
quecillos  de  rosales  de  Chipre  y  de  Damasco. 

Resulta,  pues,  que  la  historia  enseña,  que  en  Aragón  y 
Navarra,  tuvo  la  lengua  española  las  mismas  vicisitudes 
que  en  Castilla,  á  la  que  superó  aquél  bajo  más  de  un  aspec- 
to; sin  que  jamás  hayan  existido,  sino  diferencias  naturales, 
y  modismos,  en  los  que  se  conserva  lo  tradicional  del  ca- 
rácter, en  el  Norte,  y  en  los  elíseos  de  Andalucía.  De  aquí, 
los  vocablos  propios  y  maneras  de  decir  de  que  nos  habla, 
el  célebre  Juan  de  Valdés. 

Y  con  lo  dicho  basta  para  demostrar,  cómo  las  palabras 
contenidas  en  esta  magnífica  obra,  pueden  naturalizarse  en 
el  Diccionario  de  la  Academia.  Más  aún;  deben  naturalizar- 
se en  él,  las  bellezas  provinciales,  recogidas  por  el  docto 


CXXXII 

profesor,  en  el  honrado  hogar  de  este  libro.  Haciéndolo, 
ganará  mucho  la  sintaxis  española.  Vocablos  y  desinencias 
hay  en  estas  páginas,  que  aumentarían  la  gracia  de  la  len- 
gua de  Quevedo  y  perfeccionarían  el  sentido  de  ciertas 
voces,  imprimiéndoles  más  propiedad:  los  hay,  más  con- 
formes que  sus  respectivos,  con  la  etimología  y  con  el  genio 
del  idioma  que  rebosa  sales  y  donaires,  en  Cervantes  y 
Góngora:  los  hay,  más  concretos  y  claros,  que  muchos  que 
tienen  la  calidad  de  castizos. 

El  Vocabulario  de  Borao,  contiene,  pues,  dádivas,  cuya 
aceptación  interesa  al  fausto,  al  número,  á  la  poesía,  del 
habla  de  los  Luises  y  de  Argensola;  del  habla  que,  ante  la 
Virgen  de  Bartolomé,  oír  creemos  en  los  labios  de  los  her- 
mosos ángeles  niños,  que  ostentan  vastagos  de  oliva,  palma, 
rosas  y  azucenas,  en  torno  de  la  Madre  de  Dios. 

D.  Jerónimo  Borao  prestó  un  gran  servicio  á  su  patria, 
con  esta  obra.  Quizás  no  se  encuentren  en  ella,  todas  las 
palabras  que  tienen  derecho  á  ocupar  un  lugar  parecido  al 
de  las  acopiadas:  tal  vez  brillen  por  su  ausencia,  frases  pro- 
pias de  este  país,  alguna  de  las  que  conozco  por  un  ilustra- 
do y  querido  amigo  (i)  y  encierra  la  inocente  hermosura  del 
Pirineo  y  del  hombre  que  lo  habita.  Yo  no  dudo,  que  leyen- 
do con  cuidado  á  nuestros  escritores,  ó  las  páginas  de  nues- 
tros jurisconsultos  y  estudiando  el  derecho  consuetudina- 
rio en  boca  del  pueblo;  yo  no  dudo  que,  llevando  la  critica 
á  nuestra  historia,  á  sus  fuentes,  á  nuestro  Parnaso  popu- 
lar, al  lenguaje  de  la  aldea,  á  las  joyas  literarias  y  científi- 
cas que  poseemos,  encontraríamos  oro  de  ley,  como  el  reco- 
gido por  Borao.  En  faena  tan  ardua  sorprendió  la  muerte 
al  ilustre  autor,  según  pregona  el  Apéndice  que  nos  legase 
para  enriquecer  la  segunda  edición  de  su  Diccionario;  y 
quién  sabe  si  preparando  los  materiales,  para  reunir  en  un 
libro,  las  frases  y  refranes  aragoneses.  Es  riquísimo,  nues- 
tro tesoro  de  frases!  Y  el  de  refranes!  Poseemos  muchos, 
muy  antiguos,  en  los  que  están  representados  el  carácter, 
la  índole  y  la  tendencia  del  pueblo  que  grabó  las  barras  en 
el  cielo  de  Italia  y  de  Sicilia,  sobre  las  puertas  del  Oriente 
y  sobre  las  plateadas  escamas  de  los  peces  del  Mediterrá- 
neo. Unos  refiérense  á  faenas  agrícolas,  á  circunstancias 
de  los  oficios  fabriles  y  otros  á  la  vida  del  pueblo,  ó  á  las 
ocupaciones  del  pastor.  Unos  respiran  la  sencillez  inspira- 
da por  el  surco  ó  la  montaña;  otros  fe  religiosa  y  sagacidad: 
abundan  los  elegiacos:  no  faltan  los  expresivos  de  ideas 
audaces;  ni  los  en  que  se  ensalzan  nobles  rasgos  del  alma 

(1)    El  Sr.  D.  Antonio  García  Gil. 


CXXXIII 

ó  se  perpetúan  los  nombres  de  distinguidas  personalidades. 
Los  mejores  son,  los  que  encierran  un  pensamiento,  ya 
agudo,  ya  grave  y  fotografían  el  espíritu  de  la  patria  de  los 
grandes  satíricos.  Lástima  que  Borao  descendiese  al  valle 
de  las  tumbas,  sin  legarnos  la  colección  apetecida!  Y  más 
aún  que  la  Parca  se  apresurase  á  cortarle  el  hilo  de  la  exis- 
tencia, en  la  época  en  que  más  hábiles  trabajos  pudo  haber 
ejecutado  en  su  Diccionario! 

El  sitio  que  D.  Jerónimo  ocupó  en  la  Holanda  zaragozana 
de  las  letras,  continúa  aún  vacío.  No  se  me  alcanza  quién 
entre  nosotros  tenga  empuje  para  desempeñar  los  oficios 
de  sucesor  suyo.  Que  cuando  alguno  nazca  con  ellos,  pro- 
cure continuar  la  obra  inaugurada,  que  á  fuer  de  grande, 
necesita  del  esfuerzo  sucesivo  de  varios  hombres!  Los  mag- 
nos libros  parécense  mucho,  á  las  magnas  creaciones  de  la 
arquitectura.  Sin  concluir  están  aún,  las  catedrales  de  Se- 
villa y  Colonia:  el  historiador  de  las  Navas  puso  la  primera 
piedra  de  la  toledana,  que  se  comenzó  bajo  el  amparo  de 
San  Fernando;  se  consagró  en  los  días  de  Alfonso  VI;  debe 
mucho  al  VIII;  tiene  por  adornos  el  sepulcro  de  Mendoza  y 
el  de  D.  Alvaro,  el  de  D.  Enrique  el  Bastardo  y  D.  Juan  I, 
las  esculturas  del  genial  Berruguete  y  del  clásico  Borgoña: 
y  del  esfuerzo  de  muchos  príncipes  necesitóse,  para  cons- 
truir, la  mezquita  cordobesa;  selva  sagrada  de  tobas  de 
mármol;  encantado  laberinto  que  si  con  sus  lámparas  simu- 
laba un  sistema  solar,  alguno  de  sus  alminares,  amortigua- 
ba con  el  brillo  de  sus  granadas  de  plata  y  oro,  el  respian- 
dor  purísimo  del  sol  andaluz.  Pocos  Palacios  del  Té  fueron 
ideados,  delineados,  construidos  y  pintados  por  un  solo  ge- 
nio, cual  la  maravillosa  quinta  de  los  Duques  de  Mantua  en 
que  resplandece,  el  numen  creador,  poderoso,  inarmónico 
de  Julio;  que  más  inclinado  á  los  conñictos  terrenales,  que 
á  ejecutar  con  cariño  una  Sacra  Familia;  más  amante  de 
la  idea  de  fuerza,  que  de  la  sencillez  y  naturalidad  majes- 
tuosas; sin  la  idealidad,  sin  la  gracia,  sin  los  sentimientos 
castos,  sin  el  bello  lápiz  y  la  suave  paleta,  sin  la  tranquila 
armonía,  la  profunda  calma,  la  serenidad  celeste  y  la  perfec- 
ción de  su  •hielodioso  maestro;  desenfadado,  atrevido,  sen- 
sual; Ovidio  del  pincel;  dio  nombre  á  maravillas  sublimes  y 
cometió  pecados,  cual  el  de  la  gata  y  el  enano  que  coloca- 
se, en  una  Virgen  rafaelesca  y  en  la  batalla  de  Constantino 
y  Maxencio.  En  cambio,  desde  la  Eneida  á  acá,  son  muchas 
las  obras  que  están  sin  concluir:  mas  lo  que  de  ellas  existe 
constituye  un  monumento.  Negadme  que  lo  sean,  el  Diablo 
Mundo  y  el  Alcázar  de  Carlos  el  Emperador,  en  Granada. 

Juzgúese  terminado  ó  sin   terminar  este  Diccionario,  es 


CXXXIV 

un  diamante.  Por  tal  se  le  tiene,  en  libro  de  la  importancia 
y  severidad  de  la  Historia  critica  de  la  Literatura  española; 
como  tal  ha  sido  saludado,  en  discursos  admirables  de  Ba- 
laguer  y  en  artículos  del  insigne  Milá  y  Fontanals.  Convc- 
7iinios,  escribe  éste,  efectivamente,  en  casi  todas  las  opinio- 
nes, manifestadas  en  su  obra,  por  el  Sr.  Borao  y  de  que 
habíamos  ya  antes  formado  juicio,  al  paso  que  nada  tenemos 
que  oponer,  antes  lo  tenemos  por  muy  aceptable,  á  todo 
aquello  de  que  por  primera  vez  nos  instruye.  Después  de 
consideraciones  preliminares  sobre  la  influencia  de  los  go- 
dos en  la  lengua  y  los  árabes  en  las  costumbres,  trata  en  su 
nutrida  y  bien  trabajada  Introducción,  de  la  época  del 
nacimiento  de  la  lengua  castellana,  que  con  alguna  reserva 
bien  fundada  (pues  en  vendad  hubo  más  bien  continuas 
transformaciones  que  nacimiento),  consiente  en  que  se  atri- 
buya al  siglo  VIII.  Cita  los  primeros  documentos  castellanos, 
que  corresponden  al  siglo  XII,  precedidos  de  otros  de  las 
tres  anteriores  centurias,  en  que  entre  el  latín  bárbaro  y 
convencional  de  las  escrituras,  van  asomando  palabras 
castellanas,  asi  como  más  tarde  se  ofrecen  otras,  donde  el 
fondo  castellano  se  halla  alterado  por  resabios  latinos; 
lucha  de  los  idiomas,  propio  de  las  escrituras,  que  sólo  in- 
directamente pudieron  influir,  en  el  ya  formado  lenguaje 
del  pueblo.  Entre  los  últimos  documentos  citados,  los  hay  ya 
aragoneses,  es  decir,  escritos  en  Aragón,  en  la  lengua  que 
ya  entonces  les  era  común  ó  poco  menos  con  Navarra  y  con 
Castilla,  á  pesar  de  que  la  lengua  sabia  y  cortesana  y  hasta 
en  ciertos  casos  diplomática,  fuese  desde  la  unión  con  Cata- 
luña, la  que  después  ha  recibido  el  nombre  impropio  de  le- 
mosina,  y  á  pesar  de  que  el  aragonés  fuese,  como  es  todavía, 
más  catalanizado,  mientras  algunas  de  las  primeras  mues- 
tras que  como  de  verdadero  castellano  nos  presentan,  con- 
servan formas  asturianas  ó  gallegas.  Que  los  aragoneses 
hablaron  desde  el  origen  de  su  reino,  lo  que  después  se  ha 
llamado  castellano,  ya  lo  evidencia  el  hecho  de  que  desde 
muchos  siglos  lo  estén  hablando,  sin  que  hubiese  mediado 
un  cataclismo  histórico,  á  bien  que  los  documentos  no  dan 
lugar  á  razonada  oposición.  El  extracto  de  interesantes 
documentos  aragoneses,  empezando  por  uno  de  H78,  ocupa, 
como  es  debido,  un  buen  número  de  páginas  del  trabajo  que 
examinamos  y  cuya  primera  parte,  que  es  la  historia,  ter- 
mina con  una  oportuna  excursión  al  reino  de  Navarra.  La 
segunda  parte  de  la  Introducción,  más  especialmente  des- 
tinada al  examen  del  Diccionario  y  de  los  modismos  ara- 
goneses, nos  muestra  el  tiento  y  la  imparcialidad  con  que 
fia  procedido  el  Sr.  Borao  en  la  admisión  de  voces,  sin  que 


cxxxv 

esto  haya  obstado  para  que  su  Vocabulario,  se^íin  advierte 
en  el  Prólogo,  contenga  1675  artículos  nuevos,  sobre  784 
indicados  por  la  Academia  y  500  recogidos  por  Peralta. 

La  obra  del  Sr.  Borao,  ha  exigido  un  paciente  trabajo  y 
estudios  lingüísticos,  científicos  y  forenses;  y  se  recomienda 
además,  por  un  cierto  perfume  literario,  que  no  siempre 
despiden  las  obras  especiales.  Citaremos  para  concluir, 
como  puntos  de  lectura  curiosa  é  instructiva,  el  pasaje  sobre 
el  diminutivo  en  ico  de  la  Introducción  y  la  Nota  relativa 
á  los  aragonesismos,  del  poco  comedido  rival  de  Cervantes. 

La  pluma  se  cae  de  las  manos,  por  ser  imposible  una 
critica  más  sana,  acerca  del  Vocabulario  de  Borao  y  de  su 
Introducción  magistral,  que  escrita  en  1859,  está,  en  la  ge- 
neralidad de  sus  conceptos,  á  la  altura  de  la  última  palabra 
de  la  historia,  que  ha  progresado  lo  que  es  sabido,  desde 
aquella  fecha.  ¡Loor,  pues,  á  tan  grande  hombre,  por  quien 
podemos  decir  al  orbe  literario,  que  las  razas  del  genio  que 
tanto  brillo  diéronnos  en  otros  dias,  no  se  han  descastado 
en  Arngón;  que  ésta  es  aún  la  tienda  de  los  preceptistas  é 
historiadores  sesudos,  de  los  poetas  didácticos  inimitables, 
de  los  satíricos  modelo! 

Cuando  los  siglos  comparezcan  en  el  juicio  universal  de 
la  historia,  una  vez  terminadas  las  providenciales  tareas  de 
la  humanidad,  allí  estarán:  el  que  con  la  lira  de  sus  vates, 
enseñó  el  castellano  á  Castilla;  los  que  asombraron  al  mun- 
do, con  reyes  que  así  manejaban  la  espada  como  la  péñola; 
los  que  endulzaron  los  pinceles  de  José  Leonardo;  los  que 
dieron  cuna  á  Antonio  Agustín  ó  á  Zurita  ó  á  Jusepe  Mar- 
tínez ó  á  Luzán;  los  que  con  sus  prensas  Gutenberg,  con 
el  cincel  de  sus  estatuarios,  con  el  yunque  de  sus  rejeros, 
con  los  libros  de  sus  jurisconsultos,  maestros  entre  los 
maestros  de  derecho;  aumentaron  la  resonancia  del  nombre 
de  Aragón,  por  los  ámbitos  del  planeta. 

La  centuria  decimonona,  encarándose  á  las  aludidas, 
podrá  exclamar: — Ciño  laureles  tan  inmarcesibles  como  los 
vuestros,  pues  mis  Goyas  han  pintado  el  héroe  con  canana, 
escopeta  de  chispa,  calzón,  faja  y  pañuelo,  el  héroe  popular, 
y  mis  Pradillas  el  cuadro  histórico  con  el  pincel  de  Veláz- 
quez  y  de  Claudio  de  Lorena;  mis  historiadores  Lasala  y 
Quinto  fueron  honra  de  la  patria;  mis  jurisconsultos  con- 
servaron las  tradiciones  de  los  que,  en  pasadas  edades,  con- 
quistaron imperecedera  fama  (i);  mi  fabulista  Principe,  cul- 

(1)  Al  referirme  á  los  jurisconsultos  de  nuestra  historia,  no  puedo  me- 
nos de  hacer  votos,  porque  alguno  de  mis  paisanos,  entendidos  en  la 
materia,  saque  de  la  penumbra  en  que  se  hallan,  las  magníficas  obras 


CXXXVI 

tivaiido  el  género  que  ilustraron  Samaniego  é  Iriarte,  aven- 
tajóse lo  que  la  Mothe  en  Francia,  Roberti  y  Bertola  en 
Italia  y  míis  que  Gay  ó  Dryden  en  Inglaterra;  y  nais  precep- 
tistas han  escrito,  han  juzgado  y  han  enseñado  con  la  sabi- 
duría de  Borao,  cantor  de  las  glorias  de  este  país,  cuyo  ce- 
tro fué,  de  ágata  pirenaica,  palma  granadina  y  oro  del  mun- 
do, que  Dios  colocase  entre  las  olas  de  cristal  más  puro  y 
más  finas  perlas  de  los  mares,  en  el  que  late  una  alma  don- 
cella, que  será  madre  de  la  civilización  futura,  lo  cual  reco- 
nócese, mirando  su  naturaleza  privilegiada,  como  en  la 
imagen  de  Virgilio,  reconocíase  en  el  majestuoso  andar,  la 
divinidad  de  la  diosa. 

Borao  es,  pues,  digno  del  respeto  que  acompaña  á  su  me- 
moria, por  su  inteligencia  radiante  y  porque  consagró  su 
vida  á  la  educación  de  la  juventud,  á  la  cultura  de  la  patria, 
al  bien  de  todos. 

Por  esto  entre  sus  timbres,  cuenta  los  muy  envidiables 
del  hombre  benéfico.  Sí;  los  muy  envidiables,  porque  si  las 
Gracias  deshojan  palmas  y  flores  sobre  la  senda  de  los  ge- 
nios, sobre  la  senda  de  los  seres  benéficos,  las  deshojan  los 
ángeles  de  Dios.  Y  si  mucho  arrebata  Napoleón  á  caballo, 
al  decidirse  por  él,  la  victoria  en  Austerlitz;  Byron  soñando 
en  los  canales  de  Venecia;  Rossini  ó  García  Gutiérrez  enlo- 
queciendo los  públicos;  Víctor  Hugo  despidiendo  por  los 
cráteres  de  su  numen  la  lava  revolucionaria  de  su  siglo; 
Castelar  en  la  tribuna  ó  Fortuny  firmando  la  Vicaria;  des- 
piertan ideas  más  dulces,  el  nombre  del  que  descubrió  la  va- 
cuna, del  que  importó  la  patata  en  Europa,  del  que  nos  trajo 
el  gusano  de  seda,  del  que  armó  el  telar  de  Jacquart,  y  dio 
al  minero  la  lámpara  de  Davy...;  un  Pignatelli  sangrando 
el  Ebro;  ó  un  José  de  Calasanz,  ¡figura  de  las  más  bellas  de 
la  historia!,  enseñando  á  deletrear  al  niño  pobre  y  deshere- 
dado y  dotándole  de  la  riqueza  de  la  cultura  y  de  la  virtud. 

Faustino  Sancho  y  Gil. 
Zaragoza,  Diciembre,  1884. 

que  constituyen  los  tesoros  de  la  ciencia  jurídica  aragonesa.  Me  consta 
que  muy  aprovechadas  vigilias  ha  consagrado  á  su  estudio  el  Sr.  D.  San- 
tiago Penen,  uno  de  los  aragoneses  contemporáneos  más  modestos  y  de 
más  mérito  que  conozco  y  que  D.  Joaquín  Martón,  honra  del  foro,  se 
ocupa  en  la  actualidad  en  un  trabajo,  en  el  que  propónese  popularizar, 
libros  que  no  están  al  alcance  de  todo  el  que  desea  poseerlos.  El  notable 
jurisconsulto  hará  un  gran  bien  á  la  cultura  general;  y  de  desear  es  que 
el  publicista  que  ganó  ya  merecido  galardón  en  la  empresa,  á  que  con 
el  Sr.  Savall  diese  cima,  se  acuerde  de  sus  antiguos  bríos;  que  confíe  ú  la 
pluma  el  encargo  de  conservarnos  lo  mucho  que  sabe  el  Sr.  D.  Luis  Fran- 
co, jurisconsulto  de  la  talla  de  los  antiguos,  gran  sabedor  de  las  Cosas 
aragonesas;  y  que  á  la  misma  empresa  consagre  D.  José  Nadal  su  gran 
talento  y  el  suyo  clarísimo  el  Sr.  Gil  Berges. 


ADVERT-E:  INICIA 


En  1859,  encabezaba  D.  J.  Borao  la  primera  edición  de  este 
Diccionario: 

Decidido  amigo  de  la  instrucción  primaria,  á  quien  me  lisonjeo  de 
haber  prestado  más  de  un  útil  servicio,  he  tomado  parte  tal  cual  vez,  en 
los  periódicos  que  le  están  dedicados  en  España.  Hícelo,  en  1856,  para 
tratar  ligeramente  de  los  diminutivos  y  principalmente  del  terminado 
en  ico;  y  aplazando  el  examen  de  otras  maneras  aragonesas  de  decir, 
para  algunos  artículos  próximos,  logré  encariñarme  á  tal  punto  con  la 
materia,  y  fueron  extendiéndose  de  tal  suerte  mis  estudios,  que  al  cabo 
produjeron  el  Diccionario  aragonés  y  la  Introducción  sintética,  que  hoy 
someto  al  juicio  del  público  y  recomiendo  á  su  indulgencia. 

Parecióme  muy  difícil,  al  principio,  la  originalidad,  ya  por  el  gran 
número  de  voces  aragonesas,  que  en  calidad  de  tales,  definía  con  su 
acostumbrado  acierto  la  Academia,  ya  por  las  nuevas  que  incluía  en  su 
Ensayo  de  un  Diccionario  aragonés-castellano  (Zaragoza  Imp.  real.  1836, 
67  'páginas  8.o)  el  distinguido  abogado  entonces,  hoy  dignísimo  magis- 
trado, D.  Mariano  Peralta,  cuya  larga  residencia  en  el  alto  Aragón,  le 
permitía  dejar  muy  poco  asunto  á  sus  sucesores,  á  pesar  de  la  modestia 
con  que  tituló  su  muy  apreciable  trabajo,  que  yo  he  respetado  con  ex- 
tremo; pero  observando  las  disculpables  omisiones  de  ambos  Dicciona- 
rios, decidíme  á  mejorarlos  en  cuanto  pudiese,  sobre  la  base  inevitable 
que  ellos  me  ofrecían. 

Si  lo  ha  conseguido  ó  no  mi  diligencia,  el  público  es  quien  ha  de  re- 
solverlo, teniendo  en  cuenta  la  variedad  de  estudios,  así  lingüísticos  como 
cientíñcos  y  forenses,  que  mi  obra  ha  exigido;  la  paciente  espectación 
que  ha  requerido,  como  quiera  que  se  ha  apelado  al  pueblo  mismo,  para 
sorprenderle  su  lenguaje;  y,  en  fin,  el  crecido  número  de  vocablos  nue- 
vos que  he  conseguido  allegar,  cuando  parecía  casi  agotada  la  materia, 
aunque  adviertiendo  que,  sobre  las  voces  que  hayan  podido  escapar  á 
mi  cuidado,  se  echarán  de  menos  algunas  puramente  locales,  suprimi- 
das de  propósito,  por  separarse  en  cierto  modo,  del  habla  común  ara- 
gonesa. 

La  Academia,  si  no  hay  error  en  el  cómputo  que  he  practicado,  incluye 
quinientas  sesenta  y  una  voces,  como  provinciales  de  Aragón  y  ochenta  y 
una,  como  provinciales  en  general,  pero  seguramente  de  uso  aragonés: 
Peralta  unas  quinientas  nuevas  sobre  las  doscientas  aragonesas,  cuarenta 
y  cinco  provinciales  y  ciento  cuarenta  y  dos  castellanas,  que  toma  de  la 


CXXXVIII 

Academia:  el  Diccionario  que  ofrezco  ahora  al  público  contiene,  sobre 
las  784  de  la  Academia  y  las  500  de  Peralta,  1675  nuevas,  que  constituyen 
un  total  de  2959  voces,  esto  es,  2175  más  que  la  Academia  y  2070  más  que 
el  Vocabulario  de  Peralta. 

Ampliadas,  concordadas  y  modificadas  á  veces,  las  definiciones  de 
ambos  Diccionarios,  he  creído  del  caso  sin  embargo,  conservar  la  propie- 
dad ó  digamos,  pertenencia  de  cada  palabra,  para  mejor  conocimiento 
del  lector;  y  á  este  fin  he  designado  con  una  c,  las  voces  castellanas  que 
Peralta  (indudablemente  con  buenos  fundamentos)  incluyó  como  ara- 
gonesas en  su  Ensayo,  con  una  p  las  provinciales,  con  una  a  las  aragonesas 
de  la  Academia,  con  una  d  las  exclusivas  de  Peralta,  y  con  una  n  las  que 
en  su  totalidad  me  pertenecen.  Esto  he  preferido  para  cargo  y  descargo 
de  mi  responsabilidad,  y  no  las  indicaciones  gramaticales  que  doy  por 
conocidas,  y  que  no  me  parecen  propias  de  un  trabajo  especial  como 
este,  sobre  el  cual  ha  de  suponerse  el  conocimiento  de  otros  Diccionarios. 

La  obra  del  eminente  catedrático  fué  recibida  por  los  doc- 
tos, con  el  cariño  que  se  recibe  una  buena  nueva;  fatigóse 
en  su  elogio  la  Prensa  de  España;  y  Borao,  que  no  era  de  los 
que  se  sientan  á  la  sombra  de  los  laureles  sino  el  tiempo 
preciso  para  refrescar  la  frente  abrasada  por  el  pensamien- 
to, continuó  trabajando  en  su  heredad  literaria,  á  fin  de 
mejorar  su  obra,  á  semejanza  del  hábil  jardinero  que  des- 
pués de  producir  un  hermoso  vastago,  sigue  cultivándolo. 

La  muerte  privó  en  Aragón  á  las  letras,  de  su  delicia  más 
grata,  cuando  el  docto  Profesor  proyectaba  dar  á  la  estam- 
pa el  resultado  de  sus  nuevas  tareas,  según  se  desprende 
de  estas  palabras,  escritas,  para  colocarlas  á  continuación, 
de  las  que  encabezaron  la  edición  primera  del  Diccionario: 

El  éxito  literario  que  tuvo  la  obra,  fué  lisonjero  por  todo  extremo; 
pero  no  seré  yo  quien  indique  siquiera  las  numerosas  pruebas  que  de 
ello  tengo  en  mi  poder.  En  cuanto  al  éxito  mercantil,  que  con  frecuencia 
está  en  razón  inversa,  ese  fué  como  mío:  verdad  es,  que  ni  lo  serio  de  la 
obra,  especialmente  la  Introducción,  ni  el  país  en  que  se  publicaba,  ni 
mi  ninguna  maniobra  en  comerciarla,  eran  condiciones  para  que  sacara 
de  ella  alguna  recompensa;  de  suerte  que  los  gastos  de  mis  viajes  cientí- 
ficos y  los  de  la  modesta  edición  que  hice,  no  fueron  compensados  ni 
aun  aproximadamente.  Pero,  acostumbrado  como  escritor  á  vivir  en 
pleno  patriotismo,  me  di  por  contento  con  que  la  obra  corriera,  muy 
bien  recibida,  por  España  y  Francia,  con  que  antes  de  su  aparición  tu- 
viera en  Zaragoza  un  número  muy  selecto  de  suscritores  y  con  que  cada 
día,  me  hayan  solicitado  ejemplares  personas  distinguidísimas,  á  quienes 
en  mí  era  punto  de  honra,  el  regalarles  un  libro  que  honraban  con  de- 
searlo. 

De  esta  manera,  y  al  cabo  de  catorce  años,  la  edición  se  halla  agotada. 


I 


CXXXIX 

En  la  previsión  de  este  caso,  y  llevado  de  mi  impenitencia  (pues  yo  pa- 
rece que  me  he  jurado  á  mí  mismo  no  desertar  de  mi  puesto  literario, 
aunque  vengan  sobre  mí,  todas  las  contrariedades,  que  hasta  aquí  se 
han  inventado)  había  ido  haciendo  lento  acopio  de  nuevos  datos;  y  hoy, 
sacudida  la  pereza  y  en  un  intervalo  de  regular  salud,  he  procedido  á 
ordenarlos,  para  que  puedan  intercalarse,  en  esta  nueva  edición.  Las 
ventajas  que  en  ella  ofrezco,  fuera  de  la  mejor  impresión,  son:  1.a,  algu- 
nos pasajes  importantes  y  documentos  inéditos,  para  enriquecer  más  la 
Introducción;  2.a,  colocación  dentro  del  texto,  de  lo  que  por  ocurrirme  á 
última  hora,  hube  de  poner  en  el  Apéndice;  3.a,  rnás  de  ochenta  amplia- 
ciones á  las  palabras,  ya  incluidas  en  la  primera  edición,  y  4.a,  bastante 
más  de  ochocientas  voces,  absolutamente  nuevas,  que  contribuyen  á 
formar  un  total  de  cuatro  mil,  superando  ahora  en  tres  mil  á  la  Academia 
y  al  Ensayo  de  Peralta. 

Expuestos  los  datos  materiales  que  abonan  esta  edición,  yo  no  sé  con- 
tinuar el  panegírico  y  me  entrego  con  ánimo  igual  á  la  protección  ó  á  la 
frialdad  de  mis  paisanos. 

Pocos  años  después  de  1873,  en  que  escribiéronse  estas 
palabras,  salió  por  la  Puerta  del  Duque  para  el  Cementerio, 
su  esclarecido  autor,  acompañado  del  claustro  universita- 
rio y  de  todo  lo  notable  que  Zaragoza  encierra. 

Con  llanto  en  los  ojos  vieron  las  letras  cerrarse  el  sepul- 
cro de  Borao;  honores  tributáronse  á  la  memoria  del  escri- 
tor insigne;  la  Diputación  reservó  para  este  instante  el 
rendirle  el  homenaje  debido,  á  los  que  triunfan  y  ensanchan 
los  dominios  de  la  cultura  general. 

Y  ninguno  le  ha  parecido  mejor,  que  el  de  entregar  á  las 
prensas  este  libro. 

¡Flores  á  su  tumba!;  ¿á  qué  arrojarlas,  si  en  ella  crecen 
tantas  espontáneamente? 

S.  Y  G. 
Panticosa,  29  de  Agosto  de  1884. 


INTRODUCCIÓN 


E 


XTENDIDA  la  dominación  romana  por  toda  la 
península  española,  muy  pronto  se  difundió  entre 
nosotros  su  cultura,  entonces  poderosa,  é  inevita- 
blemente hubimos  de  recibir  los  vencidos  el  idioma 
del  Lacio;  que  siempre  fué  la  lengua  el  vehículo 
y  el  símbolo  de  la  civilización.  Mas  cuando  ya  era 
usual  hasta  en  el  pueblo  el  latín  de  aquellos  tiem- 
pos, sobrevino  una  irrupción  no  menos  enérgica, 
que,  si  no  pudo  desarraigar  de  pronto  ni  las  cos- 
tumbres ni  el  habla  romana,  todavía  imprimió  un 
semblante  nuevo  al  idioma,  híbrido  conjunto  de 
voces  latinas  y  maneras  godas,  que  por  ventura 
ha  prevalecido  hasta  el  presente,  puesto  que  mo- 
dificado por  las  muchas  avenidas  extranjeras  que 
sucesivamente  contribuyeron  á  enriquecer  á  aquel 
sin  par  idioma,  en  que  habían  de  causar  admira- 
ción á  la  Europa  los  Cervantes,  Calderones  y 
Quevedos. 

Nuevas  zozobras,  nuevo  espanto,  nueva  y  más 
fundamental  reforma  que  otra  alguna  vino  á  ame- 


nazarnos  con  la  invasión  árabe,  á  la  cual  justo  es 
decir  que  debemos  la  mayor  parte  de  nuestra  ade- 
lantada ilustración  en  los  siglos  medios,  así  como 
el  desarrollo  de  todas  las  cualidades  caballerescas 
que  constituyeron  un  día  nuestro  carácter,  y  que 
todavía  se  conservan,  aunque  muy  atenuadas,  en- 
tre nosotros,  como  se  conserva  el  aire  de  familia, 
ó  como  se  distingue  el  tipo  especial  en  el  rostro  de 
cada  nación  y  aun  de  cada  territorio. 

De  la  misma  manera  que  el  idioma  latino,  el 
cual  por  su  difusión  vino  á  llamarse,  á  poco  de  la 
invasión  árabe,  la  lengua  de  los  cristianos,  esto  es, 
la  lengua  nacional,  la  lengua  en  que  estaba  escrita 
la  legislación  ó  el  Forum  Judicum^  de  la  misma 
manera,  decimos,  se  generalizó  entre  nosotros  el 
árabe,  al  cual  (como  dice  el  sabio  Marina)  hubieron 
de  trasladarse  hasta  los  libros  santos,  que  ni  aun 
los  sacerdotes  entendían,  siendo  cierto  que  en  el 
siglo  IX  no  había  sino  uno  para  cada  mil  que  com- 
prendiese el  idioma  latino,  cuando  el  caldeo  era  en 
muchos  puntos  de  España  del  todo  familiar  (^\ 

No  en  todos,  sin  embargo.  Los  alentados  espa- 


(1)  Alvaro,  amigo  y  biógrafo  de  San  Eulogio,  se  lamenta  en  su  Indiculo 
luminoso  de  que  los  latinos  dejasen  por  el  árabe  su  propia  lengua.  Ese 
irrebatible  texto,  aducido  por  Aldrete  en  el  cap.  III,  P.  I  de  su  Origen  g 
principio  de  la  lengua  castellana  (Roma,  1606)  y  apoyado  después  (P.  II, 
capítulo  XIV)  con  muchos  autores  de  gran  nota,  demuestra  que  ambos 
idiomas,  el  latín  y  el  árabe,  nos  fueron  del  todo  vulgares  y  principalmen- 
te el  primero.  Citando  el  erudito  arabista  Sr.  Gayangos  al  morisco  ara- 
gonés Mohamad  Rabadán,  natural  de  Rueda  de  Jalón  y  autor  de  un 
poema  aljamiado  en  honor  del  anavi  Muhamad,  el  cual  se  incluye  por 
primera  vez  en  los  apéndices  á  la  Historia  de  la  Literatura  española  del 
sabio  angloamericano  Ticknor,  dice  de  su  cuenta  que  «en  Aragón,  sobre 
todo,  donde  por  causas  locales  comenzó  antes  la  amalgama  y  fusión  de 
las  dos  lenguas  (española  y  árabe),  hubo  pueblos  en  que  se  hablaba  y 
escribía  una  jerga  casi  ininteligible  para  los  no  versados  en  la  lengua 
arábiga.» 


ñoles  que,  lejos  de  someter  su  cerviz  al  yugo  mu- 
sulmán, fueron  á  refugiarse  en  lo  más  arriscado 
de  las  montañas  para  preparar  desde  allí  la  más 
obstinada  y  vencedora  defensa  que  han  presen- 
ciado los  tiempos,  salvaron  con  nuestra  naciona- 
lidad nuestro  lenguaje.  Y  no  fueron  sólo  las  in- 
vencibles huestes  de  Pelayo  las  que  conservaron 
el  depósito  del  idioma:  también  los  aragoneses, 
reunidos  en  las  asperezas  pireaaicas  bajo  la  con- 
ducta de  Garci-Jimónez  w,  preservaron  el  latía 
gótico  de  la  destrucción  completa  que  le  hubiera 
cabido  si,  como  en  las  ciudades  florecientes  y  aun 
en  comarcas  enteras  de  España,  llegara  á  hacerse 
general  el  idioma  de  los  árabes. 

Cuál  fuera  aquel  tosco  lenguaje  ó  qué  grado  de 
perfección  alcanzara,  no  es  fácil  decidirlo;  pero 
convienen  los  doctos  en  algunos  puntos  que  nos- 
otros agruparemos  brevemente.  Parece  que  los 
godos  no  fueron  poderosos  á  imponer  ni  aun  á 
conservar  su  idioma  propio,  y  tomaron,  por  el 
contrario,  la  lengua  latina,  aunque  en  el  estado 
mísero  en  que  ya  se  hallaba,  como  que  ya  venía 
decayendo  desde  su  mismo  Siglo  de  Oro  (2).  Las 

(1)  Recordamos  haber  visto  indicada  esta  idea,  por  lo  demás  muy 
obvia,  en  el  famoso  y  muy  apreciable  Diálogo  de  las  Lenguas,  obra  del 
Siglo  de  Oío  que  se  atribuye  al  protestante  Juan  de  Valdés  y  que  fué 
publicada  por  Mayans  en  unión  de  sus  Orígenes  de  la  lengua  española. 

(2)  Había,  en  efecto,  un  lenguaje  que  llamaban  los  romanos  militar  y 

3ue  ya  prescindía  algo  de  la  declinación:  Cornelio  Tácito  se  conduele 
e  las  pérdidas  que  había  sufrido  la  buena  latinidad;  San  Jerónimo 
alude  alguna  vez  el  decaimiento  de  la  lengua  latina,  y  San  Isidoro 
llama  latín  mixto  al  idioma  corrupto  originado  por  las  conquistas;  en 
cuauto  á  la  universalidad  de  este  latín  en  España,  la  demuestra  Ber- 
ganza  de  acuerdo  (como  ya  lo  hemos  dicho)  con  Aldrete,  aduciendo  al- 
gunas razones  y  documentos  atendibles  y  probando  que  hasta  las  muje- 
res, y  por  consiguiente  el  pueblo,  oían  y  entendían  las  escrituras  latinas. 


pérdidas  que  diariamente  sufría  el  idioma  del  La- 
cio permitían  que  se  infiltrase  sin  obstáculo  tal 
cual  influencia  gótica,  y  de  ese  mutuo  decaimien* 
to,  favorecido  después  por  elementos  arábigos, 
rabínicos  y  francos,  resultó  una  verdadera  é  in- 
forme fusión,  en  que  sin  embargo  prevaleció  el 
elemento  latino  (^\  por  donde  los  idiomas  de  él 
engendrados  se  llamaron  romanos  ó  romances, 
ocasionando  entre  otros  el  castellano,  que  bajo 
este  aspecto  bien  pudo  haber  nacido  en  el  si- 
glo vm,  si  puede  llamarse  idioma  nuevo  el  que 
debió  de  hablarse  en  aquella  época,  de  lo  cual 
disentimos  nosotros  francamente,  por  más  que  lo 
hayan  sostenido,  pero  sin  documentos  ni  razones 
de  algún  peso,  los  eruditos  Aldrete,  Terreros  y 
Andrés  (2).  De  todas  suertes,  y  aunque  fuese  idio- 
ma vulgar  y  aun  cortesano,  al  decir  de  Terreros, 
no  le  vemos  hasta  el  siglo  xii  como  lenguaje  es- 
crito, y,  por  consiguiente,  no  podemos  deducir  de 
él  sino  lo  que  de  éste  se  desprende.  Cónstanos, 
sí,  de  su  existencia,  como  quiera  que  la  demues- 
tran las  mejores  inducciones  filológicas,  la  decla- 
ran los  mismos  documentos  latinos  que  repetidas 

(1)  Así  como  el  lenguaje  actual  procede  del  latín  españolizado,  así 
también  hubo  lenguaje  bárbaro  que  era  español  latinizado,  como  lo 
comprueba  un  documento  de  regular  latín  que  Berganza  vio  traducida 
marginalmente  á  otra  especie  de  latín  macarrónico,  en  que  se  decía 
bracaret  por  amplecteretur,  mataret  por  occideret,  agat  usuale  lege  por  sit 
usus  et  lex. 

(2)  Terreros  en  su  Paleografía,  atribuida  al  P.  Burriel,  divide  nuestra 
lengua  en  épocas  ó  temporadas,  y  en  la  segunda,  que  corre  del  siglo  v 
al  VIII,  supone  su  nacimiento,  así  como  en  la  siguiente  hasta  el  siglo  xi 
su  cultura.  Aldrete  asienta  que  de  la  corrupción  latina  nació  el  idioma 
vulgar,  hasta  que  los  árabes  vinieron  á  modificarlo,  si  bien  más  ade- 
lante establece  al  cap.  V  de  la  P.  I,  que  los  godos  estragaron  la  lengua 
romana,  aunque  sin  introducir  la  suya;  el  abate  Andrés,  ya  que  no  coa- 


veces  se  refieren  al  idioma  que  llaman  vulgar  (ó 
rústico,  como  Don  Alonso  el  Batallador),  y  sobre 
todo,  la  argüirían  con  su  misma  perfección  rela- 
tiva los  primeros  monumentos  verdaderamente 
castellanos. 

Pero  antes  de  fijar  la  época  á  que  éstos  se  re* 
fieren,  conviene  anticipar  dos  observaciones  di- 
plomáticas, á  saber:  la  falibilidad  de  muchos  docu- 
mentos en  orden  á  su  lenguaje  y  fecha,  y  la  abun- 
dancia de  documentos  latinos  y  absoluta  carencia 
de  castellanos  hasta  los  tiempos  críticos  á  que 
nosotros  referimos  el  uso  del  castellano  escrito. 

En  cuanto  á  la  primera  de  estas  dos  ideas,  di- 
remos que  ha  habido  muchas  piezas,  latinas  en  áu 
su  origen  pero  vertidas  más  6  menos  pronto  al 
castellano,  lo  cual  puede  inducir  á-  fácil  error  por 
la  aparente  conformidad  pero  verdadera  diseñan-* 
cia  entre  la  fecha  y  el  idioma,  de  lo  cual  (entre 
muchísimas)  pueden  ser  ejemplo  los  fueros  de  Se- 
púlveda  y  de  Arguedas,  1076  y  1092:  hay  también 
privilegios,  cuyas  confirmaciones  se  conocen  pero 
no  sus  instituciones,  habiéndose  redactado  aqué- 


cede  al  siglo  viii  los  versos  compuestos  en  alabanza  de  Unos  caballeros 
gallegos  que  vencieron  con  ramas  de  higuera  á  los  moros  que  cobraban 
el  feudo  de  las  cien  doncellas,  ni  el  poema  en  octavas  A  la  pérdida  de  Es- 
paña que  citó  Faría  en  sus  Comentarios  á  Camoens,  supone  del  siglo  xi 
los  poemas  del  Cid  y  de  Fernán  González  é  igualmente  los  versos  del  ca- 
pitán portugués  Gonzalo  Hermíguez  dirigidos  á  su  esposa  Guroana,  como 
también  la  cultura  de  nuestra  lengua.  Al  mismo  siglo  xi  y  año  de  1050 
refiere  D.  Florencio  Janer  el  primer  documento  catalán,  y  á  ñnes  del  x 
refiere  la  Academia  de  Buenas  Letras  de  Barcelona  los  primeros  instru- 
mentos latinos  con  cláusulas  en  romance.  El  mismo  Janer,  recorriendo 
algunos  documentos  franceses,  cita  un  instrumento  entre  Carlos  el  Calvo 
y  su  hermano  Luis  contra  Lotario  en  842,  y  el  epitafio  del  Conde  Bernar- 
do en  844:  añade  que  los  concilios  de  Tours  y  de  Arles  en  812  y  851  man- 
daron que  los  obispos  tradujesen  las  homilías  en  lengua  rústica  vulgar 
romana  y  en  tudesca. 


Has  en  idioma  castellano  sobre  original  latino:  ha 
habido  también  privilegios  y  fueros  que  sucesiva- 
mente se  han  copiado,  y  modernizado  á  cada  co- 
pia, considerándose  vigente  la  última  de  éstas, 
entre  la  cual  y  la  fecha,  que  es  de  suyo  inaltera- 
ble, resultaba  un  desacuerdo  filológico  no  siem- 
pre perceptible:  ha  habido,  en  fin,  alteraciones 
interesadas  y  por  consiguiente  lingüísticas  en  al- 
gunos pasajes,  lo  cual  ya  denunció  Don  Alonso  el 
Sabio  en  aquellas  palabras  «aun  aquellos  libros 
raien  et  escribien  lo  que  les  semejaba  á  pro  de 
ellos  e  a  danno  de  los  pueblos>. 

El  segundo  extremo  se  comprueba  con  los  mu- 
chos fueros  municipales  redactados  en  idioma  la- 
tino durante  el  siglo  xi,  y  aun  con  los  muy  nume- 
rosos que  se  otorgaron  en  el  mismo  idioma  por 
toda  la  primera  mitad  del  siglo  xii,  como  lo  de- 
muestran, sin  salir  de  los  reinos  de  Aragón  y  Na- 
varra, los  de  Alonso  el  Batallador  de  1117,  1122, 
1124  y  1129,  concedidos  á  Tudela,  Sangüesa,  Ca- 
banillas,  San  Cerni  y  otros  pueblos,  y  lo  que  es 
más,  los  concedidos  por  Sancho  el  Sabio  de  Na- 
varra desde  1150  á  1193,  cuyo  rey  (ni  ningún  otro 
que  sepamos)  no  se  sirvió  del  castellano  sino  en 
el  fuero  de  Arguedas,  año  de  1171. 

Resulta,  pues,  que  los  primeros  documentos  cas- 
tellanos corresponden  al  siglo  xii,  pues  aunque 
se  habla  de  documentos  de  950  w,  de  una  es- 

(1)  Los  eruditos  anoladores  de  Ticknor,  Sres.  Gayangos  y  Vedia,  apun- 
tan dos  piezas  del  año  950,  pero  lo  hacen  con  mucha  reserva,  diciendo- 
que  son  documentos  curiosos,  si  no  están  romanceados  en  época  más  mo- 
derna,  lo  cual  nos  parece  á  nosotros  incuestionable. 


critura  de  1066  (^\  de  una  anécdota  de  1905  (^\  de 
un  privilegio  de  1101  ^^\  y  de  algún  otro  docu- 
mento á  este  tenor,  la  verdad  es  que  el  primero 
que  cita  Marina  es  de  1140,  el  primero  de  que 
habla  Gayangos  de  1145,  el  primero  que  vio  Sar- 
miento de  1150,  el  primero  que  parece  que  han 
disfrutado  Risco  y  Ticknor  de  1155/^\  el  primero 
que  menciona  Yanguas  de  1171,  y  el  primero  que 
copia  Berganza  de  1173,  advirtiendo  nosotros  de 
paso  que  nienel  Archivo  de  Comptos  de  Navarra  ni 
en  el  de  la  Corona  de  Aragón,  no  existe  documen- 
to anterior  á  aquellas  fechas.  También  debemos 
exponer  respecto  al  P.  Merino  que  ni  alcanzó  otra 
cosa  que  lo  exhibido  en  sus  Antigüedades  por  Fray 
Francisco  Berganza,  ni  anduvo  á  nuestro  parecer 
muy  cuerdo  en  la  calificación  de  un  romance  del 
Cid  que  aquél  encontró  en  el  monasterio  de  Cár- 
dena y  que  estotro  supuso  anterior  en  algunos 


(1)  Es  la  restitución  á  Dios  de  un  monasterio  benedictino;  pero  aunque 
el  autor  de  la  Declamación  contra  los  abusos  introducidos  en  el  castellano  lo 
cita  como  el  documento  más  antiguo  que  ha  llegado  á  su  noticia,  ¿quién 
que  conozca  la  formación  de  nuestro  idioma  podrá  convenir  ni  un  mo- 
mento con  esa  opinión  ni  conceder  á  esa  escritura  mayor  antigüedad 
que  la  del  siglo  xiv?  Hable  por  nosotros  el  siguiente  fragmento:  «ofrece- 
mos á  Dios  este  Monasterio,  e  la  su  piedad  no  desdeñe  este  donecillo 
ofrecido  de  las  nuestras  manos  (maguer  pequeñuelo'  ansi  como  recibió 
los  dineros  de  la  viuda  del  Evangelio,  é  sobre  esto  hacemos  promisión 
que  ge  la  damos  con  todas  sus  pertenencias».  Compárese  este  trozo  con 
cualquiera  pasaje  del  Fuero  Juzgo,  obra  bien  conocida  y  cuya  traducción 
se  mandó  hacer  dos  siglos  después,  en  1241.— El  manuscrito  más  antiguo 
de  España,  875,  según  Paluzzie;  pero  ¿dice  en  qué  lengua? 

(2)  Citado,  pero  refutado  por  Ticknor. 

(3)  Citado  por  Marina,  pero  con  las  vehementes  sospechas  de  ser  una 
traducción  del  siglo  xiv. 

(4)  La  conñrmación  de  la  Carta-puebla  de  Aviles  que  Guerra  y  Orbe 
ha  probado  ser  falsificada  en  el  siglo  xiii,  aunque  esta  opinión  ha  tenido 
contradictores  avileses. 


años  á  Berceo  y  en  un  siglo  á  Don  Alonso  el  Sa- 
bio, siendo  así  que  su  estructura  revela  muy  pos- 
teriores tiempos,  y  que  Berganza,  á  quien  se  debe 
su  hallazgo,  no  se  atrevió  á  fijarle  antigüedad,  li- 
mitándose á  coronar  su  obra  con  esos  (que  dice 
él)  versos  antiguos. 

Los  monumentos  primitivos  de  que  hablamos, 
suponen  realmente  lo  que  ya  hemos  dicho,  la  exis- 
tencia de  un  idioma  vulgar,  el  cual  hemos  de  con- 
fesar que  todavía  se  revela  en  documentos  muy 
anteriores.  El  erudito  D.  Tomás  Muñoz  incluye 
tres  latinos  en  su  apreciabilísima  Colección  de  fue- 
ros y  Cartas-pueblas^  que  correspondientes  á  los 
años  804,  824  y  857  contienen  las  voces  carrera, 
carnicerías,  calciata,  foz,  defesis,  ganato,  ornes  de 
villa,  pradum,  porquerum,  tempore  verani,  Ule  como 
artículo  y  no  como  pronombre,  y  otras  indicacio- 
nes análogas  de  lo  que  había  de  ser,  andando  el 
tiempo,  el  idioma  español  ^^K  Lafuente,  en  el  to- 
mo III  de  su  Historia  de  España,  cita  para  prueba 
de  esto  mismo,  la  escritura  de  fundación  del  Mo- 
nasterio de  Obona,  780,  en  que  se  hallan  las  pala- 
bras vacas,  tocino,  mida,  rio  y  peña;  una  donación 
de  Alfonso  el  Católico  que  comprende  duas  cam- 
panas de  ferro  y  tres  casullas  de  syrgo;  y  un  docu- 
mento de  Orduño  I  con  las  voces  verano,  iberno, 
ganado,  carnicerías,  caballo,  etc.  Briz  Martínez,  en 

(1)  Con  estos  mismos  documentos,  y  con  otras  tan  poderosas  razones, 
muy  dignas  de  su  acreditada  ilustración,  impugnaron  los  Sres.  Duran  y 
Hartzenbusch,  en  carta  particular  que  hemos  tenido  el  gusto  de  ver,  la 
Introducción  al  Poema  del  Cid  que  acababa  de  publicar  en  París  Mr.  Da- 
mas Hinard,  libro  que  hoy  es  ya  más  conocido  por  los  trabajos  periodís- 
ticos en  que  más  tarde  ha  sido  impugnado. 


su  Historia  de  S.  Juan  de  la  Peña^  libro  II,  capítu- 
lo XXXVIII,  inserta  á  la  letra  el  testamento  de  Ra- 
miro I  de  Aragón,  1061,  en  el  cual  se  leen  estas 
palabras:  «de  meas  autem  armas  qui  ad  varones,  et 
caualleros  pertinent,  sellas  de  argento,  et  frenos  et 
brunias,  et  espalas,  et  adarcas,  et  gelmos,  et  testinias, 
et  cinctorios,  et  sporas,  et  cauallos,  et  mulos,  et  eqiias 
et  vacas  et  oues  dimitto  ad  Sanctium...  et  vassos 
de  a  uro  et  de  argento,  et  de  girca,  et  cristalo,  et 
macano,  et  meos  vestitos,  et  acitaras,  et  collectras, 
et  alniucellas,  et  seruitium  de  mea  mensa,  totum  va- 
dat  cum  corpore  meo  ad  Sanctum  Joannem...  et 
illos  vassos  quos  Sanctius  filius  meus  comparaue- 
rit  et  redemerit;  peso  per  peso  de  plata,  aut  de  Ca- 
zeni,  illos  prendat...  et  in  castellos  de  fronteras  de 
Mauros  qui  sunt  pro  faceré^;  cuyo  contenido,  aun- 
que su  traducción  tiene  harta  dificultad  por  algunos 
términos  incógnitos,  romancea  de  este  modo  Briz 
Martínez:  Otro  sí,  ordeno  que  mis  armas  pertene- 
cientes á  varones  y  caualleros,  como  son  sillas  y 
frenos  de  plata,  espadas,  adargas,  yelmos,  caua- 
llos, mulos,  yeguas,  vacas  y  ovejas,  todo  sea  y  lo 
herede  mi  hijo  Don  Sancho...  que  todos  mis  bienes 
muebles  como  son  vasos  de  oro  y  de  plata,  de  ala- 
bastro, de  cristal  y  de  macano,  mis  vestidos  y  aci- 
taras ó  camas  colectos  y  almuzas  con  todo  el  ser- 
uicio  de  mi  mesa,  todo  se  lleue  y  entregue,  junta- 
mente con  mi  cuerpo,  al  monasterio  de  S.  Juan... 
que  todos  los  vasos  que  mi  hijo  quisiere  redimir  y 
comprar,  aquellos  redima  peso  por  peso  por  otra 
tanta  plata  ó  cazeno...  (y  todo  se  dé)  para  obras  de 


10 

castillos  que  están  en  las  fronteras  de  moros  y  no 
acabados  de  concluir  ^^K 

En  los  primeros  tiempos  documentales  no  es 
mucho  que  se  advierta  esto  mismo  con  toda  la 
claridad  posible,  y  así,  en  una  escritura  de  1157 
á  favor  del  monasterio  de  Veruela,  se  lee:  «nullus 
homo  sit  ausus  casas  uestras  uel  grangias  uel  ca- 
banas... violente  intrare»;  en  la  de  fundación  del 
monasterio  de  Aza  «do  etiam  prefato  monaste- 
rio.. .  centum  caphices  (calces  vulgo  dicimus) 
quincuaginta  tritici;  en  el  fuero  de  Valformoso 
1189  se  dice  de  tribus  arriba  y  mulleren  putam; 
en  el  de  Santander  non  vendat  á  detal.  Los  docu- 
mentos aragoneses  ofrecen  igual  comprobación 
y  dan  además  á  entender  desde  su  cuna  su  to- 
tal identidad  con  la  formación  del  castellano,  y 
así  en  una  escritura  de  1152  (Biblioteca  Salazar) 
se  dan  «500  solidos  et  III  kauallos...  et  illas  kassas 
que  forunt  de  sennior  Ennego  Sanz...  et  CCC  soli- 
dos et  una  muía»;  en  otra  de  1155,  que  también 
hemos  visto  original,  se  lee:  «et  recipiant  eum 
sano  et  infirmo  et  donant  illos  fratres  in  caritate 
ad  sua  mulier  de  D.  Julián  que  ad  suos  filios  XX 
morabetinos,  per  tale  que  illos  no  clamen  magis 
de  ista  hereditate...  et  fuit  factum  hoc  donatiuum 
in  presentía  de  magister  D.  Freol»;  en  otra  de 
1162:  «Hec  est  carta  de  una  vinéa  quam  compa- 

rauit  Petro  Tizón  magist.  de  Nouellis pagato 

pretio  et  alíala»;  en  otra  de  1173:  «Dono  uobís 

(1)    Algo,  como  se  ve,  deja  de  traducir  sin  duda  por  serle  incógnito, 
y  algo  traduce  literalmente  que  nosotros  no  entendemos. 


1 


n 

fidanzas  de  saluetate  affuer  de  térra...  alihala 
paccata>;  en  otra  de  1202:  «Hec  est  carta  de  com- 
para quan  comparauerunt  fratres  milicie  Templi 
Salomonis»;  en  otra  de  1223:  «suos  domos  videli- 
cet  et  corrallos  de  coelo  usque  in  abissum>. 

Obsérvase  al  golpe  que  los  primeros  documen- 
tos, supuesto  el  desarrollo  del  embrión  llamado 
romance,  durante  tres  siglos  á  lo  menos,  nada  tie- 
nen todavía  de  perfectos;  y  á  la  verdad,  sobre 
sus  frases  totalmente  latinas  que  eran  de  rúbrica 
entre  los  notarios  de  aquel  tiempo  como  en  los  de 
hoy  mismo,  hay  documentos,  no  ya  de  los  prime- 
ros sino  del  siglo  xiii,  que  son  mezclados  de  latín 
y  romance;  y  aun  los  que  se  llaman  castellanos  ó 
escritos  en  el  idioma  vulgar,  tienen  el  corte  que 
va  á  verse,  y  son  tales  que  permiten  hacer  fácil- 
mente, no  la  operación  que  hemos  ahora  practica- 
do, sino  la  contraria  de  entresacar  las  voces  y  gi- 
ros latinos  de  entre  el  vulgar  informe  que  les  es 
predominante.  En  una  donación  hecha  á  favor  del 
¡monasterio  de  Cárdena,  se  lee  al  fin:  «Quiquier 
>que  de  nostro  linage  ó  de  otra  cualquier  aqueste 

nostro  fecho  et  aquesta  nostra  donación  quisiere 

quebrantar,  toda  ó  parte  de  ella,  primeramien- 
>tre  aya  la  ira  de  Dios,  et  con  Judas  el  trai- 
;»dor,  et  con  Datan,  et  Abiron  que  vivos  la  térra 

los  sorbió,  en  Enferno  sea  atormentado.  Amen. 
>Et  sobre  esto  peche  al  Rey  de  la  térra  mille  mrs. 

►et  al  Monesterio  et  al  Hospital  sobredichos  la  he- 
» redad  doblada».  En  otra   escritura  relativa  al 

lismo  Monasterio,  y  la  más  antigua  que  en  él  se 


12 

conservaba,  año  1180,  se  dice:  «E  judgo  Don  Lop: 
»que  ninguno  de  los  non  fuesse  pescar  en  aque- 
»llas  defessas  menos  del  otro  que  fuese  en  la  villa 
»y  qualquequiere  que  fuesse  pescar,  que  diese  las 
>  cinco  partes  al  abbat,  y  las  tres  á  los  Infanzones. 
»Hoc  judicium  fuit  datum  in  era  MCCXViii  regnan- 
>te  rege  Allefonso  cum  uxore  sua  Alionore>.  En 
otra  de  1193  se  lee:  «Notum  sit  presentibus  et 
isciant  posteri:  quia  ego  Guisabel  Garciaz  fija  de 
>Garci-Ruiz  catando  pro  de  mi  ánima  hi  enten- 
»diendo  que  sea  á  servicio  de  Dios,  do  et  otorgo  á 
»vos  Don  Martin  siervo  de  Dios  et  abbat  del  mo- 
»nasterio  de  San  Pedro  de  Cárdena,  et  al  convien- 
»to  del  mismo  logar  in  perpetuum  las  mis  casas 
> propias  que  yo  he  en  Burgos»  ^^K 

Y  para  que  se  vea  todavía  más  clara  la  lucha 
latente  entre  los  idiomas  latino  y  castellano,  para 
que  se  vea  cuan  laborioso  fué  aquel  parto  de  don- 
de había  de  resultar  que  la  lengua  latina  diese  á 
luz  los  idiomas  gemelos  que  se  denominan  neo-la- 
tinos, véase  el  siguiente  trozo  castellano  del  fuero 
de  Cáceres,  en  1229,  en  donde  predominan  á  su 
turno  ambos  idiomas:  <^Mulier  que  viduetaten  volue- 
rü  tener e  accipiat  unam  casam  (latín)  con  XII  ca- 
briadas et  una  tierra  de  dos  caffices  sefnibradura 
(castellano)  úbicumque  volaerit  (latín)...  et  una  bes- 
tia asnar  et  una  mora  ó  un  moro  (castellano)  et  Jioc 
accipiat  de  aver  dambos  (latín  y  castellano)»;  y  el  si- 

(1)  Estos  documentos  están  tomados  del  abundantísimo  Apéndice  á  las 
Antigüedades  de  Berganza,  en  el  cual  se  copian  doscientas  y  una  escritu- 
ras, diez  Cronicones,  y  en  diez  y  ocho  capítulos  multitud  de  formularios 
relativos  al  ritual  y  ceremonias  de  la  Iglesia. 


13 

guíente  latino  de  Tafalla,  confirmado  en  1167,  en 
1255  y  en  1355:  «Si  dúo  homines  habuerint  pleito 
Ínter  se  et  se  alzaren  ad  regem,  ambos  pasen  Ara- 
gón sí  ad  ambos  placuit,  et  si  non  placuerit  uno 
non  debet  eum  seguir  usque  rex  passe  Aragón». 

De  intento  nos  hemos  detenido  en  dar  á  cono- 
cer la  antigüedad  y  lenguaje  de  los  primeros  do- 
cumentos castellanos,  para  que  se  vea  que  ha  de 
renunciarse  á  citar  ejemplos  anteriores  al  siglo  xi, 
y  para  que  resulte  conocida  la  estructura  del  pri- 
mitivo lenguaje  español,  con  el  cual  podrá  ya  con- 
trastarse el  que  se  usó  en  los  documentos  públi- 
cos del  reino  de  Aragón,  de  que  más  tarde  habla- 
remos.  Por  ahora  adelantaremos  que  Aragón 
ostentó  á  veces  cierta  superioridad  sobre  Castilla 
en  la  esfera  política,  en  la  legal  y  aun  en  la  lingüís- 
tica, verdad  que  ya  confesó  el  profundo  Marina  en 
su  notohilísimo  Ensayo,  exponiendo  «cuánto  influ- 
yeron los  usos  y  costumbres  de  Aragón  y  Nava- 
rra en  los  de  Castilla»  ^^\  Sancho  el  Mayor  dio  en 
efecto  á  ese  reino  algunas  leyes  navarro-aragone- 
sas: se  sabe  de  los  castellanos,  que  iban  á  Jaca  á 
estudiar  aquellos  célebres  fueros  para  trasladar- 
los á  su  país:  también  es  notorio  que  el  matrimo- 
nio de  los  clérigos,  así  como  la  famosa  ley  sálica 
é  igualmente  la  representación  en  Cortes  del  bra- 
zo de  las  Universidades,  fueron  importados  de 

(1)  La  constitución  aragonesa  (dice  el  Sr,  Escosura  Hevia  en  su  En- 
sayo sobre  el  feudalismo)  fué  mejor  que  la  castellana,  la  reconquista  más 
rápida  y  ordenada,  la  restauración  de  las  poblaciones  con  más  medios 
y  bajo  mejores  auspicios,  la  civilización  penetró  antes  y  fué  más  precoz,  y 
hasta  los  reyes  aragoneses  fueron  en  general  superiores,  y  en  las  Cortes, 
la  nobleza  se  unía  más  al  brazo  popular  que  en  las  Cortes  de  Castilla». 


14 

Aragón  en  Castilla;  y  en  cuanto  al  lenguaje,  como 
que  hubo,  sobre  todas  éstas,  las  mismas  causas  de- 
terminantes, no  puede  dudarse  que  se  habló  en  Ara- 
gón un  idioma  del  todo  conforme  cuando  no  más 
rico  que  el  castellano,  pudiendo  ^^^  asegurarse, 
como  después  veremos,  que,  sobre  ser  un  error 
filológico,  es  muy  gratuita  la  suposición  de  que 
los  aragoneses  usasen  el  romance  lemosín  hasta 
que  recibieron  el  castellano  al  advenimiento  de 
Don  Fernando  de  Antequera,  á  quien,  con  más 
razones  de  conveniencia  que  de  justicia,  declaró 
monarca  de  Aragón  el  Parlamento  de  Caspe. 

Lo  que  sí  hubo  es  un  comercio  recíproco  de 
voces  y  giros  entre  aragoneses  y  catalanes,  luego 
de  unirse  ambos  estados,  aceptándose  en  Aragón 
algunos  vocablos,  algunas  desinencias,  y  sobre 
todo  una  gran  parte  de  la  literatura  catalana  ó 
provenzal,  que  en  cierto  modo  eran  un  solo  idioma 
y  una  misma  poesía,  desde  que  los  Berengueres 
poseyeron  la  Provenza  y  exaltaron  su  cultura. 
Mas  no  sólo  había  entonces  desdoro  en  este  gé- 
nero de  imitaciones,  como  quiera  que  á  ellas  se  ha 
debido  en  todas  partes  la  formación  de  los  idiomas; 
no  sólo  no  era  vergonzoso  entonces,  como  ahora 
lo  sería,  el  admitir  voces  extrañas,  sobre  todo 
cuando  el  idioma  era  en  todas  partes  informe, 
balbuciente,  necesitado  é  inconstituído,  sino  que 
el  idioma  lemosín  ó  provenzal  era  á  la  sazón  el 
instrumento  de  la  más  bella  poesía,  y  extendía  su 

(1)    Monláu,  en  su  reciento  Diccionario  etimológico,  dice  acertadamen- 
te que  Aragón  contribuyó  á  pulir  el  romance  castellano. 


15 

influencia,  no  ya  sólo  á  la  corona  de  Aragón,  pero 
aun  á  la  Francia  toda,  y,  lo  que  es  más,  á  la  mis- 
ma Italia,  sin  que  por  eso  pretendamos,  como  al- 
gunos, que  el  Petrarca  nos  imitase  ó  nos  copiase. 
El  idioma  lemosín,  que  algunos,  con  poca  vero- 
similitud, suponen  nacido  del  francés  antiguo 
combinado  con  el  lenguaje  que  llevaron  á  la  Pro- 
venza  los  españoles  allí  refugiados  á  la  invasión 
árabe;  ese  idioma  que  otros  suponen  (coetáneo 
del  catalán)  formado  en  el  siglo  x  por  el  borgoñés 
y  el  latín  corrupto,  modificado  por  la  casa  arago- 
nesa en  el  siglo  xii,  decaído  y  transfigurado  en 
el  XIII;  no  hay  duda  que  se  difundió  por  casi  toda 
la  corona  aragonesa  casi  al  mismo  tiempo  en  que 
nacía  verdaderamente  el  castellano,  viniendo  á 
formar  en  cierto  modo  los  dialectos  ó  romances 
catalán  y  valenciano;  entre  los  cuales  y  el  proven- 
zal  y  lemosín,  de  quienes  dice  D.  Tomás  Antonio 
Sánchez  que  fueron  una  sola  lengua,  establecen 
algunas  diferencias  los  filólogos,  pero  convinien- 
do generalmente  en  que  el  lemosín  puro  fué  modi- 
ficado por  el  catalán,  cuyo  nombre  tomó  en  la 
corona  de  Aragón,  en  que  el  valenciano  procede 
del  catalán,  y  ambos  del  lemosín,  habiéndose  cas- 
tellanizado el  primero  y  afrancesado  el  segundo 
andando  al  tiempo,  y  en  que  el  catalán  tuvo  cierto 
aire  castellano  (sin  duda  influido  por  Aragón)  que 
le  diferenciaba  lo  bastante  del  lemosín  puro,  el 
cual  procedía  del  latín  y  el  francés  primitivo.  Ese 
idioma,  y  más  bien  que  él  su  gusto  y  poesía,  pa- 
saron rápidamente  los  Pirineos  desde  que,  en  el 


•   16 

decurso  de  pocos  años,  los  Berengueres  reinaron 
en  Provenza  y  Aragón,  á  la  primera  mitad  del 
siglo  XII;  fueron  también  llevados  á  Sicilia  por 
Federico  y  á  Ñapóles  por  Carlos  de  Anjóu  ^^\  y 
después  influyeron  hasta  en  la  poesía  castellana 
durante  el  siglo  xiii  con  Alfonso  XI,  si  bien  ésta 
modificó  á  su  vez  el  genio  provenzal  desde  la  co- 
ronación de  Don  Fernando  el  de  Antequera. 

Algunos  reyes  de  Aragón,  prescindiendo  de  que 
sus  conquistas  sobre  las  Baleares,  Sicilia  y  Ñapó- 
les, y  aun  sus  empresas,  primero  sobre  la  misma 
Valencia,  después  sobre  el  S.  del  Mediterráneo^ 
unas  veces  por  cuenta  propia,  otras  en  combina- 
ción con  Castilla,  les  hiciesen  más  conveniente  su 
residencia  en  los  pueblos  marítimos;  preciso  es 
confesar  que  por  muy  otras  razones  tuvieron  ha- 
cia Barcelona  y  Valencia  una  predilección  que 
negaron  constantemente  á  Zaragoza,  tal  vez  por- 
que en  esta  capital,  cabeza  natural  del  reino,  se 
conservaban  más  puras  las  libertades  de  Sobrar- 
be,  que  con  frecuencia  humillaban  á  los  más  al- 
tivos monarcas,  haciéndoles  duro  de  soportar  el 
freno  con  que  se  reprimían  sus  demasías  ó  sus 
naturales  ímpetus  de  mando.  Rey  hubo,  y  á  la 
verdad  no  de  los  que  menos  trabajaron  en  pro 
de  las  libertades  públicas,  si  bien  después  que  las 
Cortes  le  destruyeron  el  privilegio  de  la  Unión, 

(1)  Hay,  no  obstante,  quien  atribuye  á  Alonso  V  de  Aragón  y  á  Fer- 
nando el  Católico  la  influencia  castellana  sobre  Ñapóles  que  llegó  (dicen) 
hasta  el  punto  de  hacer  allí  vulgar  la  lengua  castellana:  más  tarde  ya  sa- 
bemos que  otro  hombre  ilustre  de  raza  aragonesa,  Antonio  Pérez,  hizo 
familiar  el  idioma  español  entre  las  personas  cultas  de  la  Corte  de  Fran- 
cia con  provecho  de  aquella  literatura. 


17 

que  salió  hacia  Cataluña,  maldiciendo  la  tierra  de 
Aragón  y  «era  ésta  (como  dice  Zurita)  general  afl- 
ción  de  los  reyes,  porque  desde  que  sucedieron 
al  conde  de  Barcelona,  siempre  tuvieron  por  su 
naturaleza  y  antiquísima  patria  á  Cataluña,  y  en 
todo  conformaron  con  sus  leyes  y  costumbres,  y 
la  lengua  de  que  usaban  era  la  catalana,  y  della 
fué  toda  la  cortesanía  de  que  se  preciaban  en 
aquellos  tiempos>. 

Los  monarcas,  pues,  no  hay  que  negarlo,  usa- 
ban con  frecuencia  en  lo  que  á  ellos  tocaba,  el 
idioma  lemosín  ó  catalán  ^'^K  Este  lenguaje  pala- 
tino,  que  por  imitación  hablarían  también  los  cor- 
tesanos, como  hoy  se  habla  el  francés  en  algunas 
Cortes  de  Europa,  en  donde  es,  para  explicarnos  á 
la  moderna,  lenguaje  oficial;  era  el  que  nuestros 
monarcas  empleaban,  aunque  no  siempre,  como  es- 
critores, como  ordenadores  de  su  casa,  como  prín- 
cipes y  aun  como  particulares;  á  lo  cual  contri- 
buía, según  ya  hemos  insinuado,  el  vigor  con  que^ 

(1^  Este  nos  parece  el  lugar  oportuno  para  citar  un  breve  pero  apre- 
ciable  trabajo  que  no  hemos  leído  sino  después  de  preparado  el  nuestro 
para  la  impresión.  Nos  referimos  al  Discurso  sobre  el  origen,  uso  y  cul- 
tura de  la  lengua  española  en  Aragón,  impreso  en  el  Memorial  literario  de 
Febrero  y  Marzo  de  1788,  en  el  cual  se  desarrollan  en  general  las  propias 
ideas  que  en  esta  Introducción,  aduciéndose  tal  cual  vez  argumentos 
idénticos,  como  el  que  más  adelante  presentamos  acerca  de  los  vocablos 
aragoneses  declarados  por  Blancas.  Enuncia,  comúnmente  sin  correc- 
tivo, las  ideas  de  Masdéu,  que  considera  á  los  idiomas  catalán  y  valen- 
ciano como  padres  del  provenzal  y  castellano;  de  Bastero,  que  tiene  á  la 
poesía  vulgar  por  hija  de  la  literatura  provenzal;  de  Nasarre,  que  supone 
la  inmigración  de  ésta  en  Castilla,  y  de  Terreros,  que  atribuye  por  el  con- 
trario á  la  influencia  castellana  de  los  tiempos  de  Fernando  el  Magno  la 
entrada  del  idioma  general  en  Aragón;  pero  supone  que  no  existen  do- 
cumentos castellanos  anteriores  al  siglo  xiii  contra  lo  qne  llevamos  de- 
mostrado, explica  la  colección  legislativa  del  obispo  Canellas,  como 
prueba  de  que  el  catalán  era  una  de  tantas  lenguas  como  en  Aragón  se 
usaban,  y  asegura,  en  fin,  que  de  los  instrumentos  consta  haber  hablado 
siempre  el  español  los  reyes  aragoneses,  que  es  lo  que  en  el  texto  á  que 
se  refiere  esta  nota  no  nos  atrevemos  á  asegurar  por  nuestra  parte. 


18 

florecía  la  poesía  provenzal  y  el  constante  apoyo 
que  recibió  de  nuestros  reyes  el  arte  de  bien  de- 
cir, en  el  cual  fueron  algunos  extremados,  y  otros 
muy  dignos  de  mención,  como  se  prueba  con  los 
nombres  de  Ramón  Berenguer  V,  Alfonso  II,  Pe- 
dro II,  Jaime  I,  Pedro  III,  Pedro  IV,  y  el  infante 
Don  Fadrique  que  reinó  en  Sicilia. 

Todavía  pudiéramos  añadir  que  no  sólo  en  aque- 
llo á  que  llegaba,  para  expresarnos  así,  la  acción 
privada  del  Rey,  sino  aun  en  las  escrituras  de 
fundación,  en  algunas  Oartas-pueblas,  en  libros 
de  cuenta  y  razón  ^^\  en  los  procesos  ^^\  y  en  los 
actos  del  reino,  se  usó  por  algún  tiempo  el  idio- 
ma lemosín,  en  prueba  de  lo  cual  nos  cita  el  se- 
ñor Torres  Amat  los  fueros  de  Don  Jaime  el 
Conquistador,  las  proposiciones  ó  discursos  de  la 
Corona  en  la  apertura  de  las  Cortes,  las  Orde- 
nanzas y  otros  documentos  oficiales.  Aquel  idio- 
ma (digámoslo  de  paso)  es  el  que  algunos  desig- 
nan con  el  nombre  de  romance,  aunque  en  la 
común  inteligencia  sea  éste  el  verdadero  idioma 
castellano;  y  es  que,  derivados  del  latín  todos  los 
idiomas  y  dialectos  neo-latinos,  en  cuyo  número 
hay  que  contar  al  provezal  y  sus  derivados,  lla- 
máronse todos  romans  6  romances,  esto  es,  hijos  del 
romano,  siendo  más  natural  esta  etimología  que  la 


(1)  En  1848  se  publicó,  con  otros  documentos  sobre  la  segunda  expe- 
dición de  Alonso  V  en  1432,  un  «Libre  ordinari  de  dates,  fetes  per  en  Ber- 
nat  Sirvent  tesorer  general  desde  maig  de  1432  fins  lo  derrer  dic  de  de- 
cembre  apres  seguent». 

(2)  Sirva  de  ejemplo  el  que  se  formó  para  justificar  en  1363  la  muerte 
<iel  infante  Don  Fernando,  hermano  de  Pedro  el  Ceremonioso. 


19 

árabe  de  al-rom%  enunciada  aunque  no  apoyada 
por  Marina. 

Y  ya  que  hemos  hablado  de  los  fueros  y  del 
idioma  en  que  parece  haber  sido  algunos  redac- 
tados, no  será  inoportuno  el  indicar  que  mucha 
parte  de  ellos,  y  desde  luego  los  de  Don  Jaime  I, 
fueron  sucesivamente  traducidos  del  romanz  en 
latín,  como  lo  afirma  el  Justicia  mosén  Juan  Ji- 
ménez Oerdán  en  su  célebre  carta  á  Diez  d'  Aux, 
por  los  famosos  letrados  Jiménez  Pérez  de  Sala- 
nova,  Galacián  de  Tarba  y  Juan  López  de  Sessé. 
En  la  colección  general  que  de  ellos  corre  impre- 
sa nótase  que  hasta  los  primeros  años  del  si- 
glo XV,  esto  es,  hasta  los  decretados  en  las  Cortes 
de  1414,  todos  se  hallan  redactados  en  idioma  lati- 
no ^'^\  empezando  á  leerse  en  castellano  los  de  las 
Cortes  de  Maella  de  1423,  así  como  los  de  Alfon- 
so III,  inclusos  en  los  de  Pedro  III  que  los  dio  en 
1283,  pero  que  desde  luego  tienen  un  lenguaje  más 
moderno  que  el  de  su  tiempo. 

Volviendo  á  insistir  sobre  la  introducción  del 
idioma  provenzal,  quien  más  contribuyó  á  ella, 
después  de  los  primeros  condes  catalanes  de  la 
Provenza,  fué  Don  Jaime  el  Conquistador,  el  cual, 
hasta  donde  esto  es  posible,  declaró  lengua  de 

íl)  Pero  ese  latín  era  en  muchos  fueros  tan  impuro  como  lo  fué  gene- 
ralmente en  la  Edad  Media;  y  porque  de  él  mismo  se  puede  fácilmente 
deducir  el  que  en  Aragón  había  de  usarse  como  vulgar,  copiaremos  un 
trozo  correspondiente  á  1247,  que  dice:  «Villana  debet  habere  per  suas 
dotes  unam  domum  coopertan  in  qua  sint  duodecim  bigae  et  unam  aren- 
zatam  vincarum  et  unum  campum  in  quo  possit  seminare  unam  arro- 
ban tritici  in  voce  linaris,  et  suas  vestes  integré  et  suas  joyas  et  unum 
lectum  bené  paratum  de  melioribus  pannis  qui  sint  in  domo  et  duas 
meliores  bestias  de  domo  aptas  ad  laborandum  cun  ómnibus  suis  appa- 
ramentis». 


corte  el  lemosín,  que  merced  á  varias  causas  llegó 
á  hacerse  popular,  aunque  no,  como  se  ha  su- 
puesto, en  todo  el  reino.  Pero  debe^  sin  embargo, 
notarse  que  al  cabo  de  un  siglo  decayó  la  pureza 
de  la  nueva  habla  y  la  nueva  literatura,  pues  si 
bien  hacia  el  fin  del  siglo  xiv  (1390)  se  fundó  en 
Barcelona,  y  luego  en  Zaragoza,  un  Consistorio  de 
la  Gaya  Ciencia  á  imitación  del  que  años  antes 
(1324)  se  había  fundado  en  Tolosa,  ya  es  punto 
bastante  averiguado  en  la  Historia  de  las  letras  y 
las  artes,  que  las  Academias  suelen  fundarse  para 
detener  la  decadencia,  pero  sin  poder  atajarla  por 
completo  si  otras  causas  no  comunican  nuevo  im- 
pulso al  ingenio,  de  suyo  libre  y  aventurero. 
También  contribuyó  á  esa  decadencia  el  elemento 
castellano,  gradualmente  introducido  en  la  Co- 
rona de  Aragón,  ya  por  el  advenimiento  de  Fer- 
nando I  en  1414  w,  ya  por  el  ejemplo  del  Marqués 
de  Villena  que  á  un  tiempo  insinuaba  el  gusto 
aragonés  en  Castilla  y  el  idioma  castellano  en 
Aragón. 

De  entre  los  escritores  que  prefirieron  el  idioma 
lemosín,  son  muchos  y  muy  ilustres  los  que  pue- 
den citarse,  pero  nosotros  nos  contentaremos  con 
recordar  á  Alfonso  II  que  fué  el  primer  trovador 
conocido,  y  floreció  hasta  el  fin  del  siglo  xii;  Pe- 
dro II,  cuyas  trovas  se  conservaron  en  una  colec- 
ción de  ciento  veinte  trovadores;  Jaime  I,  que  es- 

(1)  Ticknor  cita  un  certamen  celebrado  en  Valencia  el  año  1474,  en  que 
se  presentaron  cuatro  poesías  castellanas:  Milá  dice  en  sus  curiosísimas 
Observaciones  sobre  la  poesía  popular  que  los  romances  castellanos  se  hi- 
cieron tradicionales  ya  en  el  siglo  xv. 


21 

cribió  una  Crónica  lemosina  (^^  anterior  á  la  de 
Alfonso  el  Sabio  é  impresa  en  1557  y  en  1848, 
además  de  otras  obras,  como  Lo  libre  de  la  saviesa; 
Pedro  III,  conocido  como  trovador;  el  infante  Don 
Pedro,  que  en  la  coronación  de  su  hermano  Al- 
fonso IV,  ocurrida  en  1328,  lució  sus  dotes  poéti- 
cas, siendo  los  cantores  ó  juglares  de  sus  poemas 
los  afamados  Romaset  y  Novellet;  Juan  Francés, 
que  describió  aquella  coronación  en  idioma  le- 
mosín;  Pedro  Lastanosa,  que  floreció  en  1348;  Pe- 
dro IV,  autor  de  una  Historia  de  su  reinado,  de 
un  Libro  de  los  oficios,  de  su  casa,  y  de  algunas 
poesías;  Juan  I,  conocido  como  poeta;  Fray  Juan 
Monzón,  que  floreció  en  la  primera  mitad  del  si- 
glo XV;  mosén  Pedro  Navarro,  Rodrigo  Diez,  Juan 
Dueñas,  Santa  Fe  y  Martín  García,  todos  cinco 
poetas  lemosines  de  la  misma  época;  y  Juan  To- 
rres, que  lo  fué  también  y  floreció  hacia  el  fin  del 
siglo  XV. 

Estos,  sin  otros  que  cita  Latassa  en  su  Bibliote- 
ca antigua,  en  donde  por  lo  demás  abundan  en 
mayor  número  los  escritores  en  latín  (por  no  de- 
cir latinos),  prueban  de  un  modo  evidente  que  en 
Aragón  (2)  se  hizo  mucho  uso  del  idioma  lemosín 
para  la  Poesía,  la  Historia  y  la  Legislación,  y  de 

(1)  Algunos  ponen  en  duda  la  autenticidad  de  esa  Crónica. 

(2)  En  lo  que  realmente  se  llama  Aragón,  que  es  el  objeto  principal  de 
nuestra  tarea,  sobre  todo  desde  este  párrafo,  pues  por  lo  demás  ya  sabe- 
mos que  la  Corona  aragonesa  se  ha  designado  muchas  veces  con  el  nom- 
bre común  de  Aragón,  como  se  ve  en  aquellos  versos  de  Bernardo  de 
Auriac,  trovador  del  siglo  xiii,  en  que  dice  de  los  catalanes: 

Et  auziran  diré  por  Aragó 
OH  et  neuil  en  luec  d'  oc  e  de  no. 


22 

eso  mismo  dan  testimonio  aquellas  palabras  del 
Marqués  de  Santillana  en  su  famoso  Proemio:  «los 
catalanes,  valencianos,  y  algunos  del  reino  de 
Aragón,  fueron  ó  son  grandes  oficiales  de  este 
arto,  esto  es,  de  la  de  trovar,  llamada  Gaya  cien- 
cia. Compruébalo  también  la  noticia  que  dan  mu- 
chos historiadores  sobre  haberse  abierto  en  Zara- 
goza un  Consistorio  del  gay  saber  al  modelo  del 
que  se  había  fundado  en  Barcelona  con  maestros 
ó  mantenedores  de  Tolosa;  y  también  nos  lo  acre- 
dita, entre  otros  autores  de  buena  nota,  el  diligen- 
te Zurita,  el  cual  pinta  en  esta  manera  el  reinada 
de  Juan  I,  que  floreció  en  el  siglo  xiv:  «y  en  lu- 
gar de  las  armas  y  ejercicios  de  guerra,  que  eran 
los  ordinarios  pasatiempos  de  los  príncipes  pasa- 
dos, sucedieron  las  trovas  y  poesía  vulgar  y  el  ar- 
te de  ella  que  llamaban  la  gaya  ciencia,  de  la  cual 
se  comenzaron  á  instituir  escuelas  públicas;  y  lo 
que  en  tiempos  pasados  había  sido  un  muy  hones- 
to ejercicio,  y  que  era  alivio  de  los  trabajos  de  la 
guerra,  en  que  de  antiguo  se  señalaron  en  la  len- 
gua lemosina  muchos  ingenios  muy  excelentes  de 
caballeros  de  Rosellón  y  del  Ampurdán  que  imi- 
taron las  trovas  de  los  provenzales,  vino  á  en- 
vilecerse en  tanto  grado  que  todos  parecían  ju- 
glares >. 

De  lo  expuesto  hasta  aquí  habrá  quien  pueda 
verosímilmente  inferir,  y  tampoco  no  le  faltarán 
autoridades  en  que  apoyarse,  que  Aragón  se  sir- 
vió hasta  el  siglo  xiv  inclusive  del  idioma  latino  y 
del  provenzal  y  no  de  ningún  otro,  cuya  opinión 


I 


28 

robustecen  los  fueros  de  Jaca  escritos  en  lemosín 
y  conservados  en  un  códice  del  Escorial;  una  Cró- 
nica manuscrita  de  los  reyes  de  Aragón  escrita  en 
catalán  y  citada  en  el  libro  de  las  Coronaciones 
de  Blancas;  una  colección  de  fueros,  que  fué  la 
primera  compilación  y  se  hizo  en  catalán,  ha- 
biendo sido  disfrutada  por  Diego  Moríanos;  el  ho- 
menaje rendido  en  catalán  á  Pedro  el  Grande  por 
Jaime  II  de  Mallorca,  que  corre  con  algunas  pie- 
zas latinas  al  fin  de  la  crónica  de  Don  Pedro  el  Ce- 
remonioso, publicada  en  nuestros  días;  y  muchos 
otros  documentos  que  comprobarían  el  uso  gene- 
ral de  ese  idioma  en  nuestro  reino,  habiéndose  de 
contar  entre  ellos  algunos  libros  que  se  dicen  es- 
critos en  romance,  pero  entendiéndose  que  son 
en  provenzal,  el  cual  se  denominaba  también  con 
aquel  nombre. 

Mas  aun  concediendo  nosotros  que  el  idioma 
lemosín  ó  el  catalán  fueran  el  lenguaje  de  la 
poesía,  el  de  la  casa  real  y  el  de  cierto  género  de 
documentos  oficiales  que  no  se  redactaran  en  la- 
tín, nunca  deduciríamos  la  absoluta  de  que  aquél 
fuera  el  idioma  literario,  cuando  á  eso  se  oponen, 
no  ya  algunos  escritores  imparciales  como  Terre- 
ros y  Aldrete,  sino  los  importantes  documentos 
que  se  nos  ofrecen,  siglo  por  siglo,  desde  el  pri- 
mero documental,  que  es  el  duodécimo,  ni  mucho 
menos  incurriríamos  en  el  manifiesto  error  de  su- 
poner que  aquella  lengua  sabia  hubiera  sido  el 
idioma  del  pueblo  como  lo  afirma  Viardot,  á  cuya 
autoridad  ha  cedido  un  laborioso  escritor  arago- 


24 

nés(i),  así  como  tampoco  no  podemos  convenir  con 
Mayans  para  quien  «la  antigua  lengua  aragonesa 
se  conformaba  más  con  la  valenciana,  ó  por  mejor 
decir,  era  lemosina.^ 

Creemos  nosotros,  muy  al  revés,  que  en  Aragón 
hubo  antes  de  la  conquista  árabe  una  crisis  lin- 
güística totalmente  igual  á  la  que  padeció  el  resto 
de  España;  que  en  las  montañas  de  Sobrarbe  se 
conservó  y  pulió  en  lo  posible  el  nuevo  idioma 
como  en  las  de  Asturias;  que  una  vez  desahogados 
los  cristianos,  y  pudiendo  descender  ya  á  las  llanu- 
ras, extendieron  su  idioma  como  su  reconquista; 
que  los  árabes,  con  su  tolerancia  y  su  cultura,  no 
menos  que  con  sus  victorias  y  alianzas,  hicieron 
triunfar  sobre  nuestro  infantil  idioma  un  crecido 
número  de  palabras  todavía  conservadas  en  gran 
parte;  que  en  adelante  la  unión  de  la  corona  real 
aragonesa  con  la  condal  de  Barcelona,  y  sobre 
todo,  la  influencia  que  nos  vino  de  la  Provenza 
cuando  enteraron  á  gobernarla  los  Berengueres, 
se  dejo  sentir  muy  perceptiblemente  en  el  idioma 
aragonés,  dándole  un  tinte  lemosín  é  invadiendo 
casi  por  completo  la  poesía,  el  palacio  de  nues- 
tros reyes  y  en  algún  modo  las  transacciones  fo- 
renses; que  sobre  todo  esto  se  mantuvo  bastante 
viva  desde  los  siglos  xiii  y  xiv  la  comunicación 
^ntre  aragoneses  y  castellanos  protegiendo  la  con- 

(1)    D.  Mariano  Nougués,  en  su  obra  histórica  sobre  la  Aljafería,  en 

auien  sospechamos  que  haya  influido  el  recuerdo  que  hace  el  abate  An- 
rés  del  Sr.  de  la  Curne,  colector  diligente  de  poesías  provenzales,  á 
■quien  una  poesía  francesa  antigua  hizo  deducir  ante  la  Academia  de  Ins- 
cripciones y  Bellas  letras  que  los  catalanes  y  aragoneses  hablaron  la  len- 
-gua  de  Oc. 


25 

servación  de  aquel  idioma  casi  común,  el  cual  no 
necesitó  uniformarse  con  la  elección  de  un  prín- 
cipe castellano  para  el  trono  aragonés,  ni  menos 
posteriormente  con  la  reunión  definitiva  de  am- 
bas coronas;  y  en  una  palabra,  que  el  roce  con 
los  árabes,  las  reminiscencias  de  la  época  proven- 
zal  (^)  y  el  carácter  particular  del  país,  unido  al 
espíritu  fuertemente  provincial  que  todavía  se 
deja  sentir  en  algunas  de  España,  han  conserva- 
do un  cierto  semblante  al  dialecto  aragonés  (si 
así  puede  llamarse)  que  es  el  que  le  diferencia, 
aunque  en  poco,  del  habla  castellana,  según  que 
en  breve  procuraremos  demostrarlo. 

He  ahí  muy  en  resumen  la  oponión  que  hemos 
formado  en  esa  difícil  cuestión  de  los  orígenes 
del  idioma  aragonés;  y  para  ello,  si  no  tuviéra- 
mos mejores  y  más  indestructibles  pruebas  que 
pronto  aduciremos,  nos  apoyaríamos  en  las  pala- 
bras mismas  de  Mayans,  el  cual,  no  sólo  emite  su 
parecer  de  la  manera  muy  dudosa  que  se  ha  vis- 
to, sino  aun  confiesa  allí  mismo  la  antigüedad  de 
un  lenguaje  aragonés  independiente  de  los  que 
en  adelante  le  afectaron;  y  si  después  asevera  la 
identidad  del  aragonés  y  lemosín,  lo  hace  con  tan 
mala  prueba,  que  no  aduce  sino  el  breve  catálo- 
go de  vocablos  aragoneses  declarados  por  Blan- 
cas en  sus  Coronaciones,  catálogo  que  sólo  contie- 
ne unas  doscientas,  de  entre  las  cuales  la  mitad 

(Ij  Cuyo  idioma,  según  dice  Latassa,  estaba  influido  aquí  «de  muchos 
otros  que  entonces  se  usaban  según  la  mezcla  de  las  naciones  que  en  las 
ordinarias  guerras  contra  moros  concurrían  de  gascones,  bretones,  na- 
varros, narbonenses,  proenzales  y  otras  gentes». 


26 

son  de  purísimo  castellano  antiguo  ^^\  6  totalmen- 
te latinas  (esto  es,  castellanas  también),  y  las  res- 
tantes, ya  pocas  en  número,  son  tomadas  en  ge- 
neral de  documentos  antiguos,  los  cuales  no  eran 
al  cabo  el  habla  del  pueblo,  sobre  que  nosotros 
ya  hemos  concedido  haberse  redactado  con  fre- 
cuencia el  lenguaje  palaciano. 

En  cambio,  de  las  vacilaciones  con  que  luchó 
Mayans  y  de  la  afirmación  de  Terreros,  en  cuyo 
concepto  recibió  Aragón  el  idioma  castellano  des- 
de los  tiempos  de  Fernando  el  Magno  hasta  el  si- 
glo XII,  hay  otros  que  confiesan  la  influencia  ara- 
gonesa aun  sobre  el  mismo  idioma  de  Castilla, 
entre  los  cuales  nos  limitaremos  á  citar  al  P.  Me- 
rino. Este  diligente  investigador,  que  no  debe  ser 
sospechoso  de  parcialidad,  cuando,  por  el  contra- 
rio, afecta  despreciar  todo  lo  que  no  sea  Castilla, 
omite  hablar  de  documentos  aragoneses,  atribuye 
en  cierto  modo  á  la  Coronilla  el  desmejoro  de  la 
caligrafía  y  no  tiene  por  verdaderos  reyes  de  Es- 
paña sino  á  los  de  Castilla;  se  ve  forzado  á  conce- 
der que  el  Aragón  tuvo  sus  rimas  ó  su  poesía 
propia  (aunque  no  dice  si  castellana)  desde  el  si- 
glo vin  y  á  confesar  que  el  vulgo,  á  quien  atri- 
buye exclusivamente  la  formación  del  lenguaje  ^^\ 


(1)  Adocir  por  traer,  agenoUarse  por  arrodillarse,  afeitado  por  adere- 
zado, costado  por  lado,  cojines  por  almohadones,  en  guisa  por  á  manera 
de,  en  torno  por  alrededor,  extraños  por  extranjeros,  fillos  por  hijos, 
home  por  hombre,  non  por  no,  prender  por  tomar,  trovar  por  hallar,  ve- 

fmdas  por  veces,  y  viello  por  viejo,  ¿no  son  castellanas  ó  por  lo  menos  no 
o  han  sido? 

(2)  «Muchos,  dice,  le  nombran  con  vilipendio  la  vil  plebe,  el  igno- 
rante vulgo;  pero  bien  le  pueden  tratar  como  quieran,  que  al  cabo  el 


I 


27 

mejoró  su  idioma  con  el  trato  de  los  aragoneses  y 
otras  gentes  é  hizo  culta  su  lengua,  de  suerte  que 
ya  pudo  andar  en  las  escrituras;  opinión  que  en 
nuestros  días  ha  reproducido  Monlau  en  su  Dic- 
cionario etimológico. 

También  comprobarían  nuestro  parecer  varios 
escritores  biografiados  por  Latassa,  el  cual,  con 
respecto  á  ellos,  no  dice,  como  expresamente  de 
otros,  que  escribieron  en  lemosín,  sino  en  ro- 
mance vulgar;  y,  sobre  todo,  no  debieron  escribir 
sino  en  aragonés,  tal  como  él  fuera,  pero  segura- 
mente de  otro  modo  que  el  lemosín,  los  Anónimos 
del  siglo  XIV,  á  quienes  da  cabida  en  su  Biblioteca 
antigua,  fundado  en  que  deberían  ser  aragoneses  y 
á  juzgar  por  el  dialecto,  observación  que  repite 
en  el  siglo  xv,  hablando  de  Fr.  Bernardo  Boyl, 
traductor  del  libro  intitulado  Isac  de  Beligione^ 
cuya  versión  dice  que  se  halla  escrita  en  lengua 
aragonesa,  añadiendo  que  deduce  que  el  autor  lo 
era  por  la  calidad  del  idioma  aragonés  en  que  hizo 
la  citada  versión  ^'^\ 

Los  Sres.  Flotats  y  Bofarull,  editores  de  la  Cró- 
nica del  Bey  Don  Jaims,  dicen,  por  otra  parte,  que 


vulgo  ha  de  ser  el  que  forme  la  lengua  y  el  que  arrastre  á  los  doctos  y 
los  envuelva  en  su  lenguaje...  el  vulgo  los  redujo  á  hablar  bárbaramente 
y  les  hizo  admitir  á  pesar  suyo  el  romance.» 

(1)  En  la  sección  de  mss.  de  la  Biblioteca  Nacional  existía,  según  el 
índice  que  formaron  los  Iriartes,  una  Crónica  de  los  reyes  de  Aragón  en 
lengua  aragonesa,  y  el  reciente  decreto  de  Archivos  y  Bibliotecas  (17  de 
Julio  de  1858;  dispone  que  se  reúnan  en  edificio  cercano  á  la  Corte  los 
archivos  de  las  órdenes  militares  en  sus  dos  lenguas  de  Castilla  y  Aragón; 

Sero  indudablemente  que  se  refiere,  sin  bastante  propiedad,  á  la  lengua 
e  la  Corona  de  Aragón.— Actualmente,  en  la  baronía  de  Arenoso,  en  al- 
gunos pueblos  del  río  Mijares,  como  Villahermosa,  se  habla  el  español 
que  allí  llaman  el  aragonés,  según  lo  indica  el  diligente  escritor  D.  Brau- 


28 

la  lengua  lemosina  es  la  que  «estaba  en  tal  tiempo 
más  en  boga  en  la  corte  de  Aragón,  y  que  se  ha- 
blaba en  casi  todos  sus  dominios,  á  excepción  de 
la  parte  que  correspondía  al  primitivo  reino  de 
este  nombre»,  con  lo  cual  manifiestan  que  el  le- 
mosín  estaba  en  boga  y  no  más,  se  entiende  que 
entre  cortesanos  y  poetas,  y  que  era  lengua  vul- 
gar, en  Cataluña  y  las  Baleares  por  ejemplo,  pero 
no  en  el  Aragón  anterior  á  Doña  Petronila,  esto 
es,  no  en  el  Aragón  verdadero. 

Transportando  ahora  la  cuestión  del  terreno  de 
las  autoridades  al  mucho  más  firme  de  los  docu- 
mentos, no  es  posible  resistir  á  tanta  prueba  como 
ofrecen  los  más  antiguos  de  nuestros  fueros,  cuyo 
lenguaje,  cuando  no  bastaran  los  indicios  de  su 
verdadera  fecha,  pondría  de  manifiesto  al  más  in- 
crédulo la  verdad  de  lo  que  estamos  sustentando. 

En  la  detenida  Historia  que  publicó  el  abad  Briz 
Martínez  sobre  el  monasterio  de  San  Juan  de  la 
Peña  y  á  un  mismo  tiempo  sobre  los  orígenes  del 
reino  aragonés,  ingiere  con  motivo  de  la  corona- 
ción de  nuestros  reyes  alguna  parte  de  las  vene- 
randas leyes  de  Sobrarbe  en  su  propio  lenguaje 
antiguo  que  conviene  dar  á  conocer:  «Que  oya  su 
»Missa  en  la  iglesia  e  que  ofrezca  porpora  et  dé 
»su  moneda,  e  que  después  comulgue.  Que  al  le- 
>vantar  suba  sobre  su  escudo,  teniéndolo  los  ri- 

lio  Foz  en  el  tomo  V  de  su  Historia  de  Aragón.  Por  lo  demás,  en  Aragón 
hay  tal  anarquía  en  el  idioma,  que  existen  pueblos  muy  próximos  entre 
sí,  pero  muy  apartados  de  lenguaje,  por  ejemplo,  Castelserás,  Valdeal- 

§orfa  y  Codoñera,  en  la  provincia  de  Teruel,  partido  de  Alcañiz:  en  los 
os  primeros  se  habla  castellano,  en  el  último  cierta  informe  mezcla  de 
modismos  aragoneses,  catalanes  y  valencianos. 


1 


29 

>cos  oms  et  clamando  todos  tres  vezes  Real,  Real, 
>Real.  Estonz,  se  panda  su  moneda  sobre  las  gens 
>  entra  á  cien  sueldos.  Que  por  entender  que  nin- 
>gun  otro  Rey  terrenal  no  aya  poder  sobre  eyll, 
»cíngase  eyll  mismo  su  espada,  que  es  á  semblan- 
>te  de  Cruz». 

Los  códices  del  fuero  de  Sobrarbe,  que  á  la  ver- 
dad nunca  han  escaseado  ^^\  por  más  que  sean 
muy  pocas  las  huellas  que  de  su  conocimiento  nos 
hayan  dejado  los  historiadores  aragoneses  del  si- 
glo de  oro,  son  ahora  bastante  numerosos  y  sobre 
todo  mejor  estudiados,  no  en  verdad  del  público 
para  quien  permanecen  inéditos,  pero  á  lo  menos 
de  las  personas  diligentes  que  todavía  aspiran  con 
gusto  el  polvo  de  nuestros  archivos  y  bibliotecas. 
Quien  más  y  mejores  noticias  ha  producido,  que 
nosotros  sepamos,  sobre  aquellos  preciosos  restos 
de  la  Historia  y  la  Legislación,  ha  sido  el  señor 
don  Javier  de  Quinto  en  su  magistral  discurso  ó 
tratado  sobre  el  juramento  político  de  nuestros 
reyes,  y  sobre  todo  en  su  posterior  obra  en  refu- 
tación de  cierto  Opúsculo  polémico  del  Sr.  Mora- 
les Santisteban.  De  entre  los  varios  códices  que 
cita,  cuatro  de  ellos  pertenecientes  á  la  Acade- 
mia de  la  Historia  (por  cada  día  más  rica  en  exce- 
lentes manuscritos),  uno  al  Sr.  Gayangos  y  dos 
al  mismo  Sr.  Quinto,  tomaremos  una  cláusula  en 
comprobación  de  nuestro  aserto  y  la  presentare- 
mos con  las  dos  versiones  que  tiene  en  el  más  an- 

(1)    Latassa  enumera  ocho  diversos  códices,  sin  los  que  existían  fuera 
de  España. 


so 

tiguo  códice  de  la  Academia  y  en  el  muy  antiguo 
también  del  anotador  insigne  de  Ticknor:  «Que  si 
»por  aventura  muere  el  que  regna  sin  fijos  de  leal 
>coniugio,  que  herede  el  regno  el  mayor  dellos 

>hermanos  que  fuere  de  leal  coniugio et  si 

> muere  el  rrey  sen  creaturas,  ho  sin  hermanos  de 
>pareylla  (de  pareia  dice  un  códice  de  Quinto), 
>deben  levantar  por  rrey  los  rrichos  omes  et  los 
»ynffanzones,  cavaylleros,  et  el  pueblo  de  la  tie- 
>rra».  «Et  si  por  ventura  muere  el  que  regna 
>sines  fillos  de  leal  coniugio,  que  herede  el  regno 
>el  maor  de  los  hermanos  que  fuere  de  leal  co- 
>niugio etsi  muere  el  rey  sen  creaturas,  ó  sen 

>  hermanos  de  pareylla,  deven  levantar  Rey  los 

>  ricos  omes,  y  et  los  infanzones,  ca valleros,  et  el 
> pueblo  de  la  tierra». 

Pudiéramos  reproducir  á  ese  tenor  algunos  más 
fragmentos  del  fuero  de  Sobrarbe;  pero  bastando 
ya  á  nuestro  propósito,  citaremos  ahora  la  Prefa- 
ción con  que,  según  Pellicer,  apoyado  por  Larri- 
pa,  le  encabezó  en  el  siglo  xi  el  Rey  Don  Sancho 
Ramírez  cuando  dio  fueros  á  los  infanzones  de 
Sobrarbe:  «Quando  moros  conquirieron  á  España 
»sub  era  DCCL  ovo  hy  grant  matanza  de  cristia- 
>nos;  e  estonce  perdióse  España  de  mar  á  mar 
> entro  á  los  puertos;  sino  en  Caliza,  et  las  Astu- 
>rias,  et  daca  Álava  et  Vizcaya,  dotra  part  Bastan, 
>et  la  Berrueza,  et  Deyerri;  et  en  Anso,  et  en  so- 
>bre  Yaqua,  et  en  cara  en  Roncal,  et  en  Sarazaz, 
>et  en  Sobre  Arbe,  et  en  Ainsa.  Et  en  estas  mon- 
>tanyas  se  alzaron  muy  pocas  gentes,  et  dieronse 


I 


31 

>á  pie,  ficiendo  cavalgadas;  et  prisieronse  cava- 
»llos  et  partien  los  bienes  á  los  plus  esforza- 
»dos,  etc.» 

Los  anteriores  textos  y  la  noticia  de  que  el 
fuero  de  Sobrarbe  se  mandó  traducir  á  la  lengua 
española  en  1071  por  el  mismo  Don  Sancho  Ra- 
mírez, que  floreció  muy  antes  que  el  autor  del 
Poema  del  Cid,  uno  de  los  primeros  monumentos 
castellanos,  y  á  la  verdad  harto  informe,  conven- 
cen de  que  el  lenguaje  español  era  desde  muy  an- 
tiguo el  que  se  usaba  por  los  aragoneses  (i),  su- 
puesto era  el  de  su  legislación,  la  cual,  inclinada 
en  los  primeros  tiempos  á  servirse  del  idioma  la- 
tino, sólo  se  trasladó  al  vulgar  cuando  éste  había 
alcanzado  cierta  robustez,  como  sucedió  á  la  pu- 
blicación de  las  Partidas  y  un  poco  antes  con  la 
traducción  del  Fuero  Juzgo,  posterior,  sin  em- 
bargo, á  la  codificación  del  Rey  Sancho  Ramírez. 
Y  por  si  se  alegaran  razones  contra  la  autentici- 
dad de  los  códices  á  que  nos  hemos  referido,  esto 
es,  por  si  se  dudara  de  que  el  lenguaje  en  que 
aparecen  escritos  correspondiese  de  hecho  ni  á 
la  época  de  su  formación  (que  esto  tampoco  no  lo 
pretendemos),  ni  á  la  de  Don  Sancho  Ramírez,  ni 
aun  á  las  posteriores  hasta  el  gran  codificador 
Jaime  I;  por  si  se  insistiera  en  la  opinión  que  al- 

(1)  Si  el  Príncipe  de  Viana,  por  lo  demás  sujeto  de  muchas  letras, 
fuese  autoridad  en  la  materia,  citaríamos  aquel  pasaje  de  su  revuelta 
Crónica  en  que,  refiriendo  la  jornada  de  Alcoraz  (1096),  cuenta  que  á  la 
grupa  de  San  Jorge  vino  un  caballero  alemán  á  la  batalla,  «e  por  cuanto 
entendía  gramática  entendiéronle  algunos  é  fablaronle  en  latín»,  lo  cual 
probaría,  no  precisamente  que  hubiese  tal  caballero  alemán,  que  esto  ya 
no  lo  creyó  Zurita,  sino  que  el  Príncipe  de  Viana  suponía  raro  el  latín  y 
común  el  romance  en  aquella  época. 


S2 

gunos  profesan  de  que  el  Prefacio  atribuido  á 
Don  Sancho  Ramírez  es  obra  de  Teobaldo  de 
Navarra  en  el  año  de  1237;  por  si,  confrontados 
los  textos  de  los  varios  códices  que  existen,  se 
dedujera  la  imposibilidad  de  fijar  su  verdadera 
importancia;  por  si  se  hiciera  caudal  con  la  res- 
pectiva modernidad  paleográfica  que  todos  ellos 
tienen  comparados  con  la  época  en  que  decimos 
haberse  redactado,  todavía  podríamos  oponer  á 
esos  reparos  algunas  consideraciones  que  nos  pa- 
recen concluyentes,  cuales  son  la  corta  discre- 
pancia que  entre  sí  tienen  los  códices  conocidos, 
según  puede  inferirse  del  trozo  que  más  atrás 
hemos  copiado;  la  antigüedad  que  trescientos  y 
más  años  hace,  concedieron  al  texto  y  al  habla  de 
esos  fueros  cuantos  autores  aragoneses  ó  extra- 
ños los  hubieron  á  las  manos  í^^;  la  estructura  de 
su  mismo  lenguaje  que  no  puede  corresponder 
sino  á  los  primitivos  tiempos  del  idioma;  las  con- 
testes noticias  de  los  más  graves  historiadores 
que  han  usado  con  toda  confianza  y  consentido 
en  toda  la  antigüedad  que  nosotros  concedemos 
al  lenguaje  de  los  fueros  de  Sobrarbe,  y  final- 
mente, la  casi  imposibilidad  de  que  fuera  otro 
que  el  español,  toda  vez  que  ni  debió  ser  el  la- 
tín, de  donde  se  sabe  que  fueron  trasladados  en 


(1)  Briz  Martínez  ya  hemos  visto  que  traslada  los  fueros  en  su  propio 
lenguaje  antiguo;  Larripa  se  refiere  con  Pellicer  á  manuscritos  de  grande 
antigüedad;  Moríanes  dice  que  el  códice  que  poseía  era  copia  de  un  libro 
muy  antiguo;  Quinto,  resolviendo  en  cierto  modo  la  cuestión,  aunque  no 
la  trataba  de  propósito,  dice  que  las  leyes  de  Sobrarbe  compiladas  por 
el  concilio  y  cortes  de  Jaca  en  el  siglo  xi  se  hicieron  en  la  lengua  española 
de  la  época. 


I 


83 

muy  remota  época,  y  al  cual,  por  el  contrario,  se^ 
vertieron  en  adelante  muchos  otros  fueros  anti- 
guos (^\  ni  menos  el  lemosín,  cuya  influencia  no 
era  entonces  ni  había  de  ser  en  muchos  años  co- 
nocida. 

Y  á  la  verdad,  en  el  supuesto,  casi  imposible  de^ 
negar,  de  que  los  aragoneses  no  hablasen  el  idio-^ 
ma  latino  en  pleno  siglo  xii,  la  discusión  anterior, 
casi  inútil  bajo  el  aspecto  polémico,  debe  trasla- 
darse á  los  posteriores  tiempos  en  que,  por  el  en-^ 
tronque  de  las  casas  aragonesa  y  catalana  y  las 
otras  causas  que  ya  hemos  señalado,  pudo  modifi- 
carse el  lenguaje  hispano-aragonés  hasta  el  punto 
de  desnaturalizarse  y  extinguirse. 

Pero  contra  esta  sospecha,  que  para  algunos  ha 
pasado  de  conjetura  inductiva  á  verdadera  evi- 
dencia, no  hay  que  oponer  sino  dos  observaciones,- 
que,  prescindiendo  de  las  pruebas  documentales 
en  que  todavía  insistiremos,  resuelven  á  nuestro 
parecer  de  un  modo  victorioso  esta  cuestión.  La 
primera  se  funda  en  el  hecho  indestructible  de  que 
la  organización  aragonesa  se  mantuvo  perfecta- 
mente intacta  y  sin  que  en  nada  la  afectase  la  re- 
I unión  de  ambas  coronas;  y  si  la  estructura  política 
no  padeció  influencia  alguna,  siendo  de  suyo  tan 
ocasionada  y  fácil  á  los  cambios  repentinos,  cal- 


(1)  Y  conservando,  por  cierto,  algunas  palabras  españolas,  como  ami- 
gas por  mancebas,  que  tiene  la  traducción  de  Salanova.  Añadamos  aquí,. 
por  más  que  no  sea  el  lugar  muy  oportuno,  que  de  algunas  palabras,  al 
parecer  aisladas,  se  infiere  rectamente  el  uso  del  lenguaje  español,  como 
en  efecto  se  desprende  de  muchos  antiguos  apellidos,  por  ejemplo,  Maza 
de  Lizana,  Castellezuelo,  Pedro  Medalla  y  los  muchísimos  más  que  sería 
impertinencia  enumerar. 


34 

cúlese  cómo  había  de  padecerla  el  idioma,  que  de 
suyo  es  rebelde  y  lento  en  sus  transformaciones. 
La  segunda  estriba  en  el  principio  filológico-his- 
tórico  de  que  el  idioma  no  se  altera  á  voluntad  de 
nadie,  no  se  pierde  ni  aun  con  un  largo  número  de 
años,  no  se  cambia  como  las  dinastías  por  un  pac- 
to de  familia  ni  por  la  influencia  de  nuevas  cos- 
tumbres, y  diremos  más,  ni  aun  al  impulso  de  las 
revoluciones  por  grandes  que  ellas  sean:  es  pre- 
ciso que  sobrevenga  una  transformación  completa 
en  la  sociedad,  una  irrupción  avasalladora,  una 
de  esas  grandes  crisis  que  alteran  profundamente 
los  imperios;  y  aun  entonces  ha  de  acompañar  á 
todo  esto  una  especie  de  parálisis  en  los  miembros 
todos  de  la  sociedad  vencida  y,  después  de  todo, 
aun  sucederá  que  el  idioma  antiguo  se  irá  per- 
diendo lentamente,  que  el  nuevo  irá  triunfando 
por  grados  y  sin  estrépito,  que  ambos,  en  fin,  con- 
servarán y  perderán  mucho  de  su  naturaleza. 

Y  como  todo  eso  haya  estado  muy  distante  de 
suceder  en  la  época  del  predominio  lemosín,  la 
verdad  es  que  éste  no  causó  más  novedad  en  el 
lenguaje  aragonés  que  la  impresión  producida  en 
general  por  el  contacto  ó  contraste  frecuente  de 
dos  lenguas  afines,  cuyo  práctico  ejemplo  nos  ofre- 
cen las  lenguas  española  y  francesa,  como  puede 
verse  en  el  reciente  y  curioso  diccionario  de  gali- 
cismos con  que  el  Sr.  Baralt  acaba  de  enriquecer 
nuestra  filología. 

Pasando  ahora  á  la  prueba  documental  que  he- 
mos ofrecido  continuar,  concurren  asimismo  en 


I 


35 

favor  de  nuestro  propósito  las  noticias  que  sumi- 
nistra la  crónica  auténtica  del  rey  Don  Jaime,  en  la 
■cual,  si  bien  los  diálogos  y  las  contestaciones  sue- 
len reducirse  al  idioma  lemosín  en  que  está  escri- 
ta, pero  á  veces  se  conservan  textuales  según  se 
pronunciaron,  ya  en  boca  de  un  sarraceno  de  Pe- 
ñíscola:  <í Señor,  quereslo  tu  axi?  é  nos  lo  queremos  é 
nos  fiaremos  en  tu,  he  donarte  hemos  lo  castello  en  la 
tua  fe»,  ya  en  boca  de  uno  de  los  representantes 
ó  comisionados  de  Teruel:  ^Decimusvos  que  vos 
emprestaremos  tres  mil  cargas  de  pan,  e  mil  de  trigo 
e  dos  mil  dordio,  e  veinte  mil  carneros,  e  dos  mil  va- 
ques: e  si  queredes  más,  prendet  de  7íos». — Sin  salir 
de  las  crónicas  lemosinas,  la  de  Pedro  IV  nos  pro- 
porciona otro  testimonio  con  las  cartas  que  inclu- 
ye, de  las  cuales  abandonando  el  orden  cronológi- 
co, trasladaremos  un  trozo  para  que  sirva  al  paso 
como  una  muestra  del  lenguaje  de  su  siglo.  La 
carta  está  escrita  al  rey  de  Castilla,  por  Don  Pedro 
el  Ceremonioso  en  1356,  y  dice:  «E  sabedes  bien 
»que  cuando  vos  por  vuestra  cuenta  nos  embias- 

tes  rogar  que  quisiésemos  prender  á  nuestra  ma- 
;»no  todo  lo  que  han  en  nuestros  regnos  et  térras, 

■  non  lo  quiziemos  fer,  porque  si  ellos  ho  vos  por 

ellos  nos  demandades  más  de  razón,  no  somos 
|>seruidos  de  ferio.  A  las  otras  cosas  que  nos  fey- 
l^tes  saber  en  vuestra  carta,  en  que  es  feyta  men- 
[»cion  de  las  paces  qae  eran  entre  Nos  et  vos,  sabe 

Dios  qui  está  en  meo  de  Nos  et  de  vos  et  vee  tota 
[»la  verdad,  que  siempre  aquellas  paces,  las  cua- 
i^les  entre  nos  y  vos  son  firmadas  con  jura  et 


>homenatge,  vos  habernos  complidament  tenidas, 
>assí  por  buena  amor  como  por  posturas.  E  si  al- 
>guna  cosa  vos  feziestes  saber,  siempre  en  aque- 
>lla  compliemos  lo  que  cumplir  haviamos  et  era- 
>mos  tenidos».  A  la  misma  época  corresponde  la 
notable  respuesta  que  dio  á  los  unidos  de  Valen- 
cia Don  Pedro  de  Exerica,  debiendo  notarse  que 
los  jurados  de  aquella  ciudad  se  le  habían  dirigido 
en  lenguaje  lemosín,  contestándoles  él  entre  otras 
cosas,  según  nos  lo  ha  dado  á  conocer  por  vez 
primera  el  erudito  Sr.  Quinto,  lo  siguiente:  «A  la 
>qual  letra  bien  entendida  vos  respondo  que  me 
>semexa  que  es  bueno  que  requirades  al  Sr.  Rey 
»e  supliquedes  que  vos  serve  fueros,  e  privilegios, 
>e  libertades,  e  buenos  usos,  e  que  si  alguna  cosa 
>ha  feitto  contra  aquéllos,  que  lo  quiera  tornar  á 
>  testamento  devido,  assí  como  aquestas  cosas  se 
» deven  demandar  e  requerir  á  Señor  más  no  por 
*  manera  de  unión  >.  Más  castellana  es  todavía  la 
respuesta  que  en  1385  dio  á  los  jurados  de  Zara- 
goza el  rey  Juan  I  y  que  ya  ha  citado  antes  que 
nosotros  otro  laborioso  escritor  para  combatir  la 
idea  del  Marqués  de  Mondejar  de  que  el  castella- 
no fué  importado  en  Aragón  por  Fernando  I: 
cOmes  buenos,  bien  creemos  que  habedes  sopido 
»como  en  el  principado  de  Cataluña  no  hay  aque- 
>lla  abundancia  de  pan  que  sería  menester». 

Retrocediendo  ahora  al  punto  de  donde  nos  han 
separado  las  crónicas  de  Jaime  I  y  Pedro  IV,  y 
sin  disimular,  como  imparciales,  las  no  muy  gra- 
ves alteraciones  que  de  copia  en  copia  han  podida 


3T 

pulir  y  mejorar  el  fuero  de  Sobrarbe,  emprende- 
remos de  nuevo  la  documentación  castellana  de 
Aragón.  En  una  escritura  de  partición  de  un 
campo,  fechada  en  1148,  leemos  la  siguiente  cláu- 
sula latino-hispana:  «Venit  nobis  in  voluptate  et 
>vendimus  vobis  Donna  Ponza,  mulier  qui  fuit  de 
*Don  Bonet  de  Barbastro,  uno  nostro  campo,  qui 
»est  in  término  de  Cocollata  (Suponemos  que  Co- 
»gullada  en  las  cercanías  de  Zaragoza)  et  est  se- 
>minatura  11  guartals  de  trigo;  et  sunt  afronta- 
aciones,  de  Oriente  campo  de  Doña  Ponza  de 
»vobis,  et  de  Occidente  campo  de  nobis  vendi- 
»tóribus,  et  per  capud  illo  brazal:  sic  istas  afron- 
»taciones  includunt,  sic  vendimus  vobis  cum  exiis 
>et  regressibus  suis  et  in  facie  de  vicinos  in  illo 

>rancurran  te  de Damus  vobis  fidanzas  de  sal- 

» vétate  ad  foro  de  Saracoza  Don  Martín  Calvo 
» corrector  et  Don  Román  Cavalcator,  et  est  pre- 
»cium  placabile  inter  nos  et  vos  V  solidos  moneta 
»jaccensis  de  IIII  dineros,  et  dedistis  illos  nobis 
»semper  ad  manum.  Ego  Domingo  germano  de 
^Zabalmedina  et  usor  mea  Boneta.  Sumus  testes 
>venditores  Arnal  de  Luzán  germano  de  Doña 
>Ponza  mulier  de  Bonet  sito  suprascrito  campo. — 
» Testes  sunt  visores  et  auditores  Don  Domingo 
»Azarolle  et  Don  Pedro  de  Barbastro  et  Exemeno 
» Germano  de  Doña  Boneta». 

Otro  documento  nos  parece  del  caso  producir 
ante  el  lector,  y  es  la  fundación  de  una  Iglesia 
consagrada  á  San  Esteban  y  la  adscripción  de 
unos  terrenos  circunstantes,  acto  que  tuvo  lugar 


38 

en  958  ante  Roncio,  obispo  de  Barbastro  y  que 
se  halla  copiado  en  unos  incompletos  Anales  del 
Condado  de  Eibagorza  que,  escritos  por  D.  Martín 
Duque  de  Villahermosa  y  por  su  archivero  Juan 
Mongay,  posee  mss.  la  Biblioteca  universitaria  y 
provincial  de  Zaragoza.  Este  instrumento  se  halla 
extendido  en  un  latín  sumamente  aceptable;  pero, 
al  llegar  á  lo  relativo  á  lindes  ó  confrontaciones, 
se  trasparenta  el  idioma  vulgar  y  asoman  los  so- 
lecismos, todo  con  el  objeto  sin  duda  de  sostener 
la  claridad  mayor  en  lo  principal  de  esa  escritura. 
Véase  cómo  están  marcados  los  límites:  «Scilicet 
>in  caput  turboni  á  la  fonte  Roga,  et  á  cohornilla 
>al  rivio  de  la  Murria,  et  á  la  portella  de  Gabas 
»et  á  la  font  de  Avi,  et  á  la  croz  de  Sant  Salvador 
>de  Avi,  et  á  la  porcina  et  obaga  de  la  corta  de 
»Lert,  et  á  la  Val  de  Xenices  en  la  garona  al  turmo 
» molar  et  ¿cerbui?  al  coll  del  fora,  et  perpesadias 
>al  turmo  del  Castellar  et  per  la  Serra  deis  jubianz 
>de  la  serra  del  Castel  de  exin,  et  ¿apinxe?  cabi- 
» diosa  en  caput  de  la  Sierra  de  Merli  de  Lena,  et 
»al  prodo  cabrero  et  al  pax  Bailarín,  et  á  la  es- 
>pada  del  Castillelo  de  Alvi,  et  al  cuello  de  lo 
» turmo  logrero  apart,  de  mesne  et  á  la  croz  del 
» caput  de  serra  estaca,  et  al  prado  bachez  de  ca- 
»put  serra  estaca  et  á  la  pedra  pica,  é  torna  á  la 
»font  Roga  sicut  predictis  locis  ambiunt,  includunt 
»dictam  ecclesiam.> 

También  llamamos  la  atención  hacia  el  fuero  de 
Calatayud,  que  ya  no  podemos  trasladar  (pero  se 
halla  impreso),  en  el  cual  se  lee:  «Gracia  Dei  Ego 


39 

jquidem  Alfonsus  Rox  fació  hanc  cartam  dona- 
»tioni  et  confirmationi  ad  vos  totos  populatores  de 
» Calatayubio  qui  ihi  estis  popúlalo  et  m  antea  rene- 
iritis  populare et  donent  cuarto  ad  Eclesia  de 

*pane  vino  et  corderos  et  de  alia  causa  (cosa)  non 
» donent  cuarto >:  y  en  efecto  se  continuó  pagando 
por  diezmo  ó  la  cuartación  según  D.  Vicente  La- 
fuente. 

Con  gusto  trasladaríamos  también  la  Carta-pue- 
bla de  Alcañiz,  otorgada  en  1157,  y  la  donación  de 
esta  villa  á  la  Orden  de  Calatrava  en  1179;  pero, 
en  primer  lugar,  puede  leerlos  cualquiera  en  la 
interesante,  y  á  veces  erudita  y  crítica  Descripción 
que  de  aquella  ciudad  ha  publicado  en  1860  D.  Ni- 
colás Sancho,  y  en  segundo,  ambos  son  documen- 
tos latinos,  aunque  en  ellos  transpire  fuertemente 
el  aragonés.  Sin  embargo,  siempre  es  curioso  ver 
en  un  instrumento  que  se  precia  de  latino  frases 
multilingües  como  esta:  et  quomodo  vadit  illa  serra 
in  cap  de  vivo  de  las  truitas^  que  en  buen  castellano 
se  traduce:  «y  siguiendo  aquella  sierra  desde  el 
nacimiento  del  río  de  las  Truchas*,  pero  que  en 
aragonés  vulgar  todavía  se  ciñe  más  al  original, 
pues  aquí  diríamos:  «y  conforme  marcha  la  sie- 
rra, etc.> 

Trasladaremos,  de  entre  los  muchos  y  muy  cu- 
riosos documentos  que  hemos  estudiado  en  el  co- 
pioso archivo  ^^^  de  la  Academia  de  la  Historia,  el 
siguiente  que  es  de  los  partidos  por  A  B  C  y  co- 

(1)  Hállase  perfectamente  servido  por  el  ilustrado  paleógrafo  y  filólo- 
go D.  Manuel  Goicoechea. 


40 

Tresponde  al  año  1178.  «Notum  sit  ómnibus  homi- 
nibus  tam  presentibus  quam  futuris  quod  ego  frai 
Pedro  dono  á  García  de  Lecadin  una  peza  per 
cambi,  en  t  (¿termino?).  Moiana  de  sobre  el  prado, 
per  aquella  que  auie  Garcia  en  Poio  arredondo, 
et  abet  frontaciones  ex  parte  horiente  la  petza  de 
Bernart  fornero,  ex  parte  achilone  la  peza  D' Urra- 
ca Alaues,  ex  parte  meridiano  la  zezia,  ex  parte 
hoccidente  la  peza  de  Ramón  de  Ponzan:  todas 
istas  frontaciones  includunt  instam  pezam».  Si  no 
se  concede  que  esto  sea  español,  con  el  dejo  latino 
imprescindible  en  aquella  época  y  sobre  todo  en 
aquellos  documentos,  ha  de  confesarse  que  de  esa 
mezcla  estaba  próximo  á  nacer  el  idioma  de  Cas- 
tilla; que  estaba  ya  rompiendo  la  envoltura  de  esa 
crisálida  latina  el  romance  vulgar  que  hoy  cono- 
cemos. 

Aun  no  corrido  medio  siglo,  vemos  otra  escri- 
tura perteneciente  como  la  anterior  á  la  Biblioteca 
de  Salazar,  en  la  cual  el  idioma  aparece  mucho 
más  formado.  «Esta  es  carta  de  destin  que  fago  yo 
>D.*  Sancha  de  Rueda,  estando  en  mi  seso  e  en  mi 
>memoria.  Primeramientre  lexo  por  mi  alma  el 
»orto,  quen  sea  tonuda  lampada  de  noit  e  a  las 
> horas  deuant  el  altar  de  Sancta  Maria  de  Piluet 
>por  todos  tiempos...  que  sean  cantadas  todos  los 
>años  XXX  misas  por  mi  alma,  e  todo  esto  lexo-lo 
»en  poder  de  mi  filio  D.  Martin,  que  él  que  lo 
>  cumpla  en  sos  dias,  e  después  sos  dias  que  lo  lexe 
>á  qui  el  querrá  que  sea  del  linnage  e  que  cum- 
>pala  esto...  e  lexo  á  mi  filia  D.*  Toda  e  á  D.  Garcia 


41 

»so  marido  el  campo  de  la  carrera  de  Tudela  en 
•  paga  de  XVI  cauces  de  trigo  que  me  empresta- 
»ron,  e  lo  al  que  finen  quiten  mis  debdas  e  par- 
tíanlo mis  fillos.  Esto  fue  feito  en  presencia  de 
»D.*  Sancha  Tarin  e  D.  Seutan  el  capellán  e  de 
»otros  buenos  ommes,  e  fueron  cabezaleros  don 
>Johan  de  la  Tienda  é  D.  Fortuino  Navarro». 

Después  de  este  bien  trabajado  documento,  fe- 
chado en  1225,  encontramos  otro  muy  poco  más 
moderno,  que  si  no  nos  permitimos  incluir  en  el 
cuerpo  de  este  discurso,  por  parecemos  en  sus 
dimensiones  desproporcionado  á  nuestro  objeto, 
tampoco  no  queremos  omitirlo,  porque  muestra 
bien  el  progreso  lento  del  idioma  y  aun  ofrece 
algún  interés  en  su  contenido  í^^:  pertenece  tam- 


il) Sepan  todos  los  ommes  que  agora  son  e  los  que  an  de  uenir  que 
aulan  grand  contienda  entre  los  raonges  de  Berola  é  los  ommes  de 
Transmonz  sobre  el  término  de  Beruela  e  de  Trasmonz.  Ond  los  mon- 
ges  de  Berola  sobre  esta  contienda  e  sobre  grandes  fuerzas  que  les  fazien 
ommes  de  Trasmonz  no  lo  podieron  sofrir  é  ouieron  se  arrencurar  al 
sennor  Rey,  e  el  sennor  Rey  quando  ovo  oido  la  rancura  de  los  monges, 
mandó  á  D.  Pedro  Cornel  so  mayordomo  e  á  D.  Pedro  Pérez  so  justicia 
que  uiniesen  ambos  á  Veruela  e  que  uidiesen  sobre  que  eran  estas  ren- 
curas que  auian  los  monges  de  los  ommes  de  Strasmoz,  e  oidas  to- 
das las  razones  de  cada  unos,  que  diessen  á  cada  uno  sos  drettos.  Et  Don 
Pedro  Cornel  é  la  justicia  D.  Pedro  Pérez  binieron  por  mandamiento  del 
Rey  en  Beruela  e  ellos  por  amor  que  mas  dretturerament  podiessen  est 
pleyto  determinar,  embiaron  por  el  Bispe  é  pos  ommes  buenos  de  Tara- 
zona,  scilicet  por  D.  J.  Pérez  justicia  de  Tarazona  que  tiene  el  castillo  é 
la  uilla  de  Trasmoz  e  por  D.  Xemen  Pérez  de  Tarazona  e  por  D.  Mar- 
tín Pérez  so  ermano  e  por  D.  Rodrigo  ermano  de  la  justicia  e  por  otros 
ommes  buenos.  E  fueron  de  los  monges  en  aquel  logar  presentes  scilicet 
el  prior  de  Beruela  D.  Ferrando  de  Tarazona  é  el  cellerer  maior  D.  Gui- 
llem  Dengans  é  D.  J.  Maza  e  D.  Sanz  de  Tudela  monges  de  Berola  é 
D.  Fr.  Sanz  de  Campan.  E  de  los  vecinos  de  Trasmonz  fueron  D.  Martin 
de  Trasmonz  caualero  e  D.  Lop  el  capellán,  de  los  lauradox*es  D.  Mateu 
D.  Eneco  Nanairs  e  D.  Blasco  Morana.  E  de  los  moros  Mahomat  Lom- 
bacho  é  Zahéyt  de  la  Puerta  e  muytos  otros  siquiere  de  los  monges  de 
Berola  siquiere  de  los  ommes  de  Trasmonz  e  todos  ensemble  plegados, 
D.  Pedro  Cornel  e  D.  Pedro  Pérez  la  justicia  demandai'on  á  los  monges 
de  Berola  e  á  los  ommes  de  Trasmonz  á  la  una  e  á  la  otra  parte  si  auian 
cartas  algunas  ó  algunos  instrumentos  de  desterminamiento  de  questos 
términos.  En  esto  respondieron  los  monges  é  los  ommes  de  Trasmoz  é 
dixieron  que  non,  é  assi  lo  trobaron  en  pesquisa  por  uerdat  que  ni  los 


42 

bien  este  documento  á  la  Academia  de  la  Historia 
y  procede  de  un  Cartoral  del  monasterio  de  Be- 
ruela,  ó  sea  «Libro  clamado  la  Privilegia  donde 
están  insertos  y  continuados  los  privilegios  papa- 
les y  reales  y  otros  actos  y  scripturas  facientes 
por  el  monasterio  y  conuento  de  ntra.  senyora  de 
Beruela». 

Nuestras  investigaciones  sobre  las  bibliotecas  y 
archivos  de  la  capital  de  Aragón  nos  han  mani- 
festado sensiblemente  la  poca  importancia  en  ge- 
neral, de  estos  depósitos  de  nuestras  antigüeda- 
des. Y  en  efecto:  la  Biblioteca  de  la  Universidad 
no  contiene  riqueza  alguna  á  nuestro  objeto  ni 
otros  mss.  de  verdadero  valor  literario,  sino  un 
Cancionero  lemosín  con  sólo  seis  poesías  castella- 
nas de  Pedro  Torrellas  y  algún  otro,  y  aun  esas 


ommes  de  Trasmonz  ni  los  monges  no  tenían  recapdo  nenguno  de 
desterminamiento.  Ond  D.  Pedro  Cornel  é  la  justicia  D.  Pedro  Pérez 
odiendo  esto  e  trobandolo  en  berdat  que  ni  los  naonges  ni  los  ommes  de 
Trasmoz  no  tenian  recapdo  nenguno  ouieron  so  consello  con  el  Bispe 
D.  Garcia  Frontín  e  con  los  otros  buenos  ommes  que  de  susso  son  escriptos; 
e  andando  los  términos  todos  en  semble  e  uidiendo  daron  por  término  á 
Bera  del  camino  que  va  de  Beruela  á  Tarazona  enta  juso  todo.  Et  del 
camino  que  es  dito  enta  suso  daron  por  término  á  Trasmonz.  Salvas  las 
heredades  que  á  y  Beruela.  Et  asi  desterminados  los  términos  de  Bera  é 
de  Trasmonz  daron  sos  dre5'tos  á  cada  uno  plaziendo  al  sennor  Rey. 
Esto  todo  acabado,  demandaron  de  cabo  D.  Pedro  Cornel  é  D.  Pedro 
Pérez  la  justicia  en  presencia  de  todos  los  que  de  suso  son  nomnados 
demandaron  é  pesquisieron  si  auieu  nengun  desterminamiento  nuncha 
feyto  entre  Beruela  e  Trasmonz  e  trobaron  que  si,  e  ellos  demandaron 
en  uerdat  que  qui  lo  sauie  esto;  e  fue  aduyto  un  omme  de  Trasmonz  por 
nomne  D,  Eñego  Nauarro  que  auiabien  C  annos  en  testimonio  é  dixo  que 
él  era  estado  en  desterminamiento  de  Beruela  e  de  Trasmonz,  é  mandá- 
ronle de  parte  del  Rey  e  coniuraron  lo  sobre  periglo  de  so  alma  que  el 
que  dixiere  verdat.  E  respuso  el  e  dixo:  «jo  digo  á  Dios  uerdat  e  á  los  que 
aqui  sodes  por  mandamiento  del  Rey  mi  sennor  que  io  fu  en  determi- 
namiento  de  Beruela  e  de  Trüsmonz.  E  pudiemosnos  á  determinar  suso 
en  el  cerro  sobre  la  estancha  de  D.  Matheu  alli  ose  parte  el  término  de 
Trasmonz  e  de  Leytago  e  uiniemos  por  el  cerro  á  suso  e  alli  quomo 
aquas  vierten  enta  Trasmonz  diemos  á  Trasmonz  por  término.  E  alli 
gnomo  aquas  vierten  enta  Berola  diemos  á  Beruela  por  término  é  acha 
juso  al  fondón  diemos  todo  el  cabezo  de  Otunna  á  Berola».  Et  quando 
esto  ouieron  oido.  D.  Pedro  Cornel  e  D.  Pedro  Pérez  la  justicia  manda- 


43 

por  lo  modernas  (siglo  xv)  inútiles  á  nuestro  ob- 
jeto, cuyo  Cancionero  han  descrito  imperfecta  y 
no  muy  fielmente  los  anotadores  de  Ticknor:  la 
del  Seminario  sacerdotal,  cerrada  al  público  y  á 
los  curiosos,  no  conserva  al  parecer  ni  aun  códice 
que  poseyó  de  los  fueros  de  Sobrarbe:  el  archivo 
de  la  Diputación,  que  contuvo  raras  curiosidades, 
no  guarda  papeles  anteriores  al  siglo  xv  en  lo 
que  permitía  ser  examinado  cuando  nosotros  lo 
intentamos;  el  de  la  Catedral  de  Seo  tiene  muy 
poco  de  accesible  y  aun  menos  de  conocido. 

Pero  en  el  del  Pilar,  perfectamente  organizado 
y  regisft*ado,  sobre  estar  servido  con  aptitud  y 
cortesía  por  el  Sr.  D.  Diego  Chinestra,  después  de 
haber  visto  con  gusto  algunas  de  sus  numero- 
sas escrituras  en  pergamino,  y  con  admiración  el 
ejemplar  de  los  Morales  de  San  Gregorio,  man- 
dado escribir  en  vitela  á  gran  folio  por  el  obispo 

ron  por  partes  del  Rey  que  assi  quomo  hauian  trobado  en  pesquisa  e  en 
uerdat  que  assi  fuese  tenudo  por  siempre  entre  el  desterminamiento  de 
Beruela  e  de  Trasmonz.  Esto  todo  aposado  quomo  de  suso  es  escripto  á 

Blazimiento  de  ambas  las  partidas,  mandaron  de  mas  D.  Pedro  Corneí  é 
K  Pedro  Pérez  la  justicia  con  consello  del  Bispe  e  de  todos  los  otros  bo- 
nos omines  que  en  el  logar  eran  que  si  bestiar  ó  ganado  de  los  monges 
entrase  en  el  regadio  del  término  de  los  de  Trasmonz,  que  los  omes  de 
Trasmonz  podiesen  pendrar  á  los  monges  por  so  calonia  assi  quomo  es 
fuero  de  tierra  á  los  ommes  de  Trasmoz  de  este  desterminamiento  que  fo 
feyto  fueron  pagados  los  unos  y  los  otros  ambas  las  partidas  E  fueron  de 
estos  desterminamientos  testimonias  en  cuya  presentía  fueron  feytos  Don 
Garcia  Frontín  bispe  de  Tarazona  e  D.  Blascho  Pérez  é  D.  Martin  Pérez  é 
D.  Garcia  Ximenez  filio  D.  Xemen  Pérez  canonicus  é  D.  Guillen  Abbat 
de  Firto  e  D.  Domingo  Arzez  prior  del  dito  logar  e  D.  Lop  Cellarer  de 
Fito.  E  de  los  caualleros  e  de  los  bonos  ommes  de  Tarazona  D.  Juan 
Pérez  justicia  de  Tarazona  e  D.  Xemen  Pérez  e  D.  Martin  Pérez  so  er- 
mano  e  D.  Rodrigo  ermano  de  D.  Juan  Pérez  justicia  de  Tarazona.  Esto  fo 
feyto  en  el  mes  de  Septembre  pridie  Kalendas  Octobris  era  MCGLXXIIII. 
Nos  D.  Jaime  por  la  gracia  de  Deus  Rey  daragon  e  de  mayorchas  e  de 
Valentía  comte  de  Barzalona  e  de  Urgel  e  sennor  de  Montpesler  otorga- 
mos la  present  carta  e  tenérnosla  por  firme.— Signum  t  Jacobi  Del  gratia 
Regis  Arag  et  mayoricar,  et  Valencie  commes  Barch  et  Urgel  et  dux 
montisp.  — Raymundus  notarius  publicus  et  juratus  Tirasen  praeceplo 
domini  regis  scripsit  per  alfabetum  divisit. 


44 

Tajón,  hemos  acertado  á  encontrar  una  pieza  de 
gran  valor,  códice  incompleto  pero  estimable, 
marcado  con  las  indicaciones  Al.  2,  cax,  5,  %.  2, 
suh.  número  28. — Consta  de  ocho  hojas  en  per- 
gamino y  caracteres  góticos,  con  las  rúbricas  de 
vermellón,  buenas  márgenes,  letra  al  parecer  del 
siglo  XIV,  encabezamiento  más  moderno  que  dice: 
Quaderno  de  libro  de  fueros  antiguos,  y  un  conte- 
nido de  cerca  de  veinte  distintos  fueros,  los  cuales 
se  hallan  encadenados  después  de  cada  rúbrica 
con  la  conjuntiva  ítem,  y  tratan  de  fianzas,  compra 
de  cosa  hurtada,  construcción  de  castillos,  adul- 
terio, homicidio,  salario  de  los  sirviente^,  pres- 
cripción, prenda,  posesión,  testamento,  retracto, 
hijos  naturales,  prole  de  los  clérigos  y  otros  pun- 
tos de  interés. 

No  podemos  pensar  otra  cosa  de  ese  códice  sino 
que  es  copia  de  los  fueros  del  rey  Don  Jaime, 
tales  cuales  se  redactaron  en  1247,  esto  es,  en  cas- 
tellano, y  original  por  consiguiente  (no  el  ms.  sino 
el  lenguaje)  del  texto  latino  á  que  en  1352  se  re- 
dujeron muchos  de  ellos,  según  aparecen  en  la 
colección  cinco  veces  impresa  de  nuestros  fueros. 
Muévenos  á  esta  opinión,  antes  que  todo,  la  con- 
formidad absoluta  entre  el  texto  del  códice  y  el 
latino  de  los  fueros  impresos;  y  para  que  pueda 
juzgarse  de  ella  y  del  códice  mismo,  confrontare- 
mos dos  trozos,  que  son  los  siguientes: 


45 


DE  OME  QUE  TIENE  E  POS- 
SEDEX  POR  XXX  ANNOS 
ET  UN  ANNO  ET  UN  DÍA. 


DE  PR^SCRIPTIONIBÜS 


ítem.  Qualque  Infan- 
zón ó  otro  orne  que  tor- 
nan alguna  heredat 
por  XXX  annos  et  un 
anno  et  un  día,  passado 
aquest  término  et  algún 
otro  orne  verra  querrá 
meter  mala  voz  en 
aquella  heredat,  si  aqel 
qui  la  posseder  podrá 
provar  que  aqel  qui  la 
demanda  entrava  et 
exiva  en  aquella  villa 
ont  es  la  heredat,  aqel 
qui  la  demanda  non  la 
puede  conseguir  por 
nenguna  razón  por  fue- 
ro Daragon.  Empero  si 
el  possedidor  podrá 
monstrar  su  actoritat 
por  scriptura  valedora 
et  quod  ei  sufficere  et 
abundare  sibi  possit  se- 
gunt  el  fuero... 


Quicumque  Infantio 
vel  alius  tenuerit  ali- 
quam  hereditatem  paci- 
fico per  triginta  annos 
et  unum  diera,  et  post 
transactum  istum  ter- 
minura  alius  homo  qui- 
cumque sit  miserit  in 
illam  malam  vocem, 
demandando  illan  here- 
ditatem, si  ille  qui  possi- 
det  poterit  probare  suf- 
ficienter,  quod  ille  qui 
eam  demandat  ingre- 
diebatur  et  agredieba- 
tur  in  villa  illa  ubi  est 
hereditas  antedicta,  qui 
eam  demandat  non  po- 
test  nec  debet  eam  con- 
sequi  ratione  qualiqum- 
que  secundum  Forum 
Aragonium.  Si  tamen 
possessor  poterit  pro- 
bare aut  monstrare 
suam  auctoritatem  per 
scripturam  sibi  valitu- 
ram  et  quod  ei  sufficere 
possit  secumdum  forum 
salvo  anno  et  die  in  suis 
casibus  sicut  continetur 
in  foro  anni  et  diei. 


46 


DE  TOT  SIRVIENT  QUE  DE- 
MANDA SO  SOLDADA  ET 
EL  SENNOR  NEGARÁ, 
QUOMO  DEVE  SEDER. 


DE  MERCENARIIS 


ítem.  Tot  orne  ser- 
vient  qui  será  á  servicio 
dalcum  orne  et  deman- 
dara la  soldada  qiial 
convinie  con  él  por  el 
servicio  quel  avra  fei- 
to,  et  el  sennor  negara 
quel  nol  deve  tanto 
quanto  demanda;  el  sir- 
vient  jurando  sobre  li- 
bro et  cruz,  el  sennor 
devel  dar  entre  gament 
toda  su  soldada. 


Serviens  conductitius 
qui  non  completo  servi- 
tio  petit  á  domino  sala- 
rium;  si  dominus  tan- 
tum  se  deberé  negave- 
rit  quantum  petit  juran- 
te servo  super  librum 
et  crucem  quantitatem 
salarii  quae  reman sit, 
solvet  ei  dominus  sala- 
rium  remanens  que 
quod  petivit. 


Otro  de  nuestros  fundamentos  es  la  grande 
analogía  entre  el  lenguaje  del  referido  códice  y 
el  que  se  usaba  individualmente,  no  ya  en  tiempo 
del  Rey  Don  Jaime,  sino  aun  por  el  mismo  redac- 
tor de  los  fueros  de  Huesca,  el  obispo  Canellas, 
de  quien  cita  un  diligentísimo  jurisconsulto  í^^  es- 
tas palabras:  «donques  al  rey  conviene  ordenar 
alcaldes  y  lusticias,  et  revocar  quanto  á  eyll  plo- 
guiere,  et  poner  á  eyllos  perdurablement,  ó  aqui- 

(1)  D.  Luis  Exea  y  Talaj'ero  en  su  muy  erudito  Discurso  histó rico-Ju- 
rídico sobre  la  instauración  de  la  Santa  Iglesia  cesaraugustana  en  el  templo 
máximo  de  San  Salvador,  1674,  nota  442,  en  la  cual  incluye  también  tex- 
tuales dos  trozos  del  fuero  antiguo  de  Sobrarbe. 


47 

líos  entre  los  qoalls  alcaldes  siempre  es  establido 
un  Iiisticia  principal  en  el  Regno,  el  qual  pues 
que  fuere  establido  una  vegada  del  seyñor  no  es 
acostumbrado  de  toyller  tal  lusticia  sin  razón  ó 
sin  gran  culpa». 

Pareciéndonos  de  gran  peso  ambas  razones,  y 
no  pudiendo  suponer  que  sean  los  fueros  de  dicho 
códice  ni  una  inexplicable  traducción  sobre  el  tex- 
to latino,  cuando  su  lenguaje  denota  mayor  anti- 
güedad que  la  del  tiempo  de  Pérez  Salanova  y 
López  de  Sessó  (siglo  xiv),  ni  un  Manual  trabajado 
por  algún  curioso,  aunque  éste  no  dañaría  á  nues- 
tro objeto  filológico;  deducimos  que  bien  pudo  ser 
aquél  el  texto  primitivo  de  los  fueros  célebres  de 
Huesca,  y  bajo  este  aspecto  lo  hemos  presentado 
como  muestra  del  lenguaje  aragonés  en  la  prime- 
ra mitad  del  siglo  xiii. 

Al  mismo  intento  trasladáramos,  si  nuestra  dili- 
gencia nos  los  hubiese  procurado,  los  muy  anti- 
guos romances  aragoneses  con  que  parece  que 
piensa  enriquecer  su  monumental  Historia  de  la 
Literatura  española  el  profundo  literato  Don  José 
Amador  de  los  Ríos;  pero  sin  haberlos  alcanzado 
porque  no  hemos  querido  apelar  á  los  vínculos  (•ol 
comprofesorado  y  la  amistad  que  con  aquél  nos 
unen,  y  eso  por  no  usurparle  la  primacía  de  exa- 
men ni  privar  al  público  de  la  superioridad  de  su 
crítica;  nos  parece  que,  aunque  más  remotos  sean 
aquellos  restos  de  nuestra  antigua  poesía,  nunca 
han  de  serlo  tanto  como  el  códice  que  acabamos 
de  citar.  Y  es  que,  á  nuestro  parecer,  existió,  en 


48 

efecto,  una  antiquísima  poesía  popular  anterior 
ciertamente  al  Foeina  del  Cid,  y  tal  vez,  como  otros 
dicen  (aunque  nosotros  lo  dudamos)  historia  poé- 
tica de  que  hubo  de  servirse  el  autor  de  la  Cróni- 
ca general  de  España;  pero  los  romances  escritos  y 
coleccionados,  esto  es,  los  que  han  podido  llegar 
hasta  nosotros,  no  pueden  ser  anteriores  al  si- 
glo XIV,  en  la  forma  en  que  aparecen  escritos, 
pues  ni  su  lenguaje  nos  da  siquiera  esa  antigüe- 
dad, ni  aun  racionalmente  pueden  tenerla,  si  se 
considera  que,  trasmitidos  por  la  tradición,  habían 
de  modernizarse  constantemente  (salvo  en  alguna 
expresión  gráfica,  proverbial  ó  inolvidable),  y  si 
se  atiende  á  que  el  primer  Romancero  ^^^  y  aun  al- 
gunos otros  hubieron  de  recoger  y  reducir  á  pu- 
blicidad la  misma  tradición  oral,  que  ya  sabemos 
cuan  infiel  suele  ser  aun  en  los  hechos,  y  cuánto 
es  forzoso  que  lo  sea  en  el  lenguaje. 

Dando  punto  á  esta  digresión,  en  que  nos  detu- 
viéramos con  gusto  si  nos  lo  consintiera  la  natu- 
raleza particular  de  este  trabajo,  recordaremos  al 
lector  la  concordia,  prohijación  ó  afillamiento  de 
Don  Jaime  de  Aragón  y  Don  Sancho  de  Navarra, 
dt)cumento  que  Zurita  incluye  para  dar  una  mues- 
tra del  lenguaje  de  aquellos  tiempos  (2);  un  ins- 
trumento de  permuta  que  copia  Villanueva  en  su 

(1)  Tuvo  Zaragoza  la  gloria  de  imprimirlo  en  1550. 

(2)  Está  en  el  libro  III,  cap.  II  de  sus  Anales  y  dice  así:  «Conocida  cosa 
sea  ad  todos  los  que  son  e  son  por  venir,  que  yo  Don  Jaime  por  la  gracia 
de  Dios  rey  de  Aragón  desafillo  ad  todo  home  et  afilio  á  vos  Don  Sancho 
rey  de  Navarra  de  todos  mios  regnos  et  de  mias  térras  et  de  todos  mis 
señoríos  que  oue,  ni  he  ni  deuo  auer,  et  de  castiellos  et  de  villas  et  de  to- 
dos mios  señoríos.  Et  si  por  auenlura  deuiniesse  de  mi  rey  de  Aragón 


49 

Viaje  literario  á  las  iglesias  de  España  y  es  el 
IX  en  el  apéndice  del  tomo  3.^,  correspondien- 
do al  año  1255  íi>;  y,  dejando  á  un  lado  el  testa- 
mento de  Jaime  I  (cuyo  lenguaje,  por  lo  mismo 
de  ser  tan  acabado,  podría  parecer  sospechoso 
de  modernidad),  el  mismo  Privilegio  general,  es- 
pecie de  compendio  de  los  antiguos  mal  cum- 
plidos fueros,  redactado  por  las  cortes  de  Za- 
ragoza (2)  en  1283,  otorgado  y  publicado  á  la  letra 
con  encabezamiento  y  pie  latinos  por  Pedro  III, 
declarado  como  en  preguntas  y  respuestas  por 
Jaime  II  en  1325,  incluido  con  esa  declaración  en 
el  cuerpo  forense  desde  1348,  comentado  ó  expli- 
cado de  oficio  por  el  Justicia  Martín  Diez  Daux 
en  sus  Observancias  y  costumbres,  y  del  cual,  aun- 
que todo  es  interesante,  copiaremos  el  último  ar- 
tículo, que  es  como  sigue:  «Protiestan  los  sobre- 
»ditos  richos  hombres,  mesnaderos,  caualleros, 
>infanciones,  ciudadanos  e  los  otros  hombres  de 
»las  villas,  de  los  villeros  e  toda  la  Universidad 
»de  todo  el  Regno  de  Aragón  que  salvo  finque  á 


antes  que  de  vos  rey  de  Nauarra,  uos  rey  de  Navarra  que  herededes  toda 
lo  mió  assi  como  de  suso  es  escrito,  sines  coutradizimiento  ni  contraria 
de  nul  home  del  mundo.  Et  por  mayor  firmeza  de  est  feyto  et  de  esta 
auinenza,  quiero  et  mando  que  todos  mios  ricos  liomes  et  mios  vassallos 
et  mios  pueblos  juren  á  vos  señoría  rey  de  Nauarra  que  vos  atiendan  leal- 
mente  como  escrito  es  de  suso.  Et  si  non  lo  ficiesen  que  fincassenportray- 
dores  et  que  nos  pudiesen  sainar  en  ningún  logar».  (Año  1231,  aunque 
dice  in  era  1209,  que  debe  leerse  1269.) 

(1)  ...«Las  quales  dichas  salinas  hyo  D.  Remir  González  vos  vendo  á 
vos,  señor  obispo,  de  dia  et  non  de  noch,  assi  fuero  de  Sancta  Maria 
manda,  con  sus  entradas  et  con  sus  essidas,  et  con  sus  pertinencias,  et 
con  aguas  dulces,  et  con  saladas,  et  con  heras,  et  con  casas,  et  con  pozos, 
et  con  fueros  aquellos  que  han  las  salinas  por  su  derecho  et  deban  aver». 

(2)  Universi  prsedicti  nobis  humiliter  intimarunl...  et...  petienint  cum 
humilitate  instanter. 


50 

> ellos,  e  a  cada  uno  de  ellos,  e  á  cada  una  de  las 
>villas  é  de  los  villeros  de  Aragón  toda  demanda 
>ó  demandas  que  ellos  ó  cualquiere  dellos  pueden 
>e  deuen  fer,  asi  en  especial  como  en  general  con 
>priuilegios  ó  con  cartas  de  donaciones  ó  de  cam- 
»bios,  ó  con  cartas  ó  menos  de  cartas,  cuando  á 
>  ellos  ó  a  cualquiere  dellos  bien  visto  será  que  lo 
> puedan  al  Señor  Rey  demandar  en  su  tiempo  é 
>en  su  lugar>. 

En  lo  que  hemos,  sí,  de  detenernos,  no  sólo  por 
lo  que  hace  á  nuestro  intento,  pero  aun  por  la  im- 
portancia historial  y  política  de  su  contenido  y 
sobre  todo  de  su  hallazgo,  es  en  los  Privilegios  de 
la  Unión,  que  otorgados  por  Alonso  III  en  las  cor- 
tes de  Zaragoza  el  año  1287  y  conservados  dicho- 
samente en  el  antiguo  monasterio  de  Poblet,  pa- 
saron de  él  á  la  Biblioteca  nacional  y  después  á  la 
de  Cortes  y  fueros  del  Congreso,  habiendo  entra- 
do por  fin,  va  para  unos  seis  años,  en  el  dominio 
de  la  Academia  de  la  Historia. 

Dichos  Privilegios  existen,  con  otros  documen- 
tos relativos  al  mismo  asunto,  en  un  códice  en 
folio  menor,  letra  del  siglo  xiii,  sobre  papel  in- 
consistente y  grueso  con  anchas  márgenes  escri- 
tas á  trechos  por  Zurita,  rotulado  exteriormente: 
Escrituras  de  los  reyes  de  Aragón  Don  Pedro  III  y 
Don  Alonso  III  y  de  las  Uniones  de  Aragón  y  Va- 
lencia y  señalado  con  T.  CL.  M.  139;  habiendo 
venido  afortunadamente  en  comprobación  do  su 
siempre  apreciable  texto  los  Comentarios  autógra- 
tos  de  Blancas,  escritos  según  el  primer  pensa- 


51 

miento  del  autor  y  bajo  del  primitivo  título:  In 
fastos  de  Justiciis  Aragonum  Comentarius. — Por- 
que es  de  advertir  que,  entre  el  autógrafo  y  la 
edición  que  conocemos  impresa,  existen  algunas 
curiosas  variantes,  ó  mejor,  algunas  diferencias 
nacidas  de  la  poca  libertad  con  que  pudo  proce- 
der el  autor  á  la  publicación  de  su  trabajo;  siendo 
uno  de  los  pasajes  suprimidos  el  que  corre  por 
las  márgenes  del  manuscrito,  relativo  á  la  fórmu- 
la del  juramento  de  nuestros  reyes,  el  cual  nos 
fué  dado  á  conocer  la  vez  primera  por  el  Sr.  La- 
sala  en  su  impugnación  á  la  citada  obra  de  Quin- 
to ^1)  y  fué  después  aprovechado  por  el  Sr.  Foz  en 
su  Gobierno  y  fueros  de  Aragón  (1850);  y  siendo 
otro  el  que  se  refiere  á  los  Privilegios  de  la  Unión, 
de  los  cuales  dice  en  la  obra  impresa  que  se  con- 
servaban en  la  biblioteca  del  Arzobispo  (Don  Fer- 
nando), pero  que  él  no  insiste  en  exponerlos,  toda 
vez  que  nuestros  mayores  decretaron  únicamente 
el  que  no  se  hiciera  más  memoria  de  ellos,  no  ya 
como  leyes  del  reino,  non  ex  patrio  more  atque 
institutis  solum,  sino  aun  como  obra  literaria,  sed 
exprivatis  etiam  litterarum  monumentis  delendam, 
lo  cual  no  le  retrajo  sin  embargo  de  trasladarlos 
cuidadosamente  á  su  manuscrito,  comunicados 
que  le  fueron  por  Zurita. 

El  códice  contiene  todo  el  texto  íntegro  de 
cuantos  documentos  oficiales  se  extendieron  y 
cuantas  diligencias  se  practicaron  en  el  asunto 

<1)    Diario  de  Zaragoza,  año  1849. 


52 

de  tan  famoso  privilegio;  y  bajo  este  aspecto  pa- 
rece una  acta,  proceso  ó  protocolo  contempo- 
ráneo, aunque  sin  autorización  de  firma,  rúbrica, 
sello  ni  signo  alguno;  pero  con  la  severidad  do 
formas,  la  igualdad  de  lenguaje,  la  textualidad 
de  documentos,  el  enlace  completamente  curial 
entre  cada  uno  de  éstos,  y  la  imparcial,  fría  y  mo- 
nótona marcha  de  un  registro  oficial,  y  no  de  una 
relación  literaria  verificada  con  presencia  de  la 
documentación. 

Confiándonos  á  la  indulgencia  del  lector,  que 
no  puede  faltarnos  cuando  se  trata  de  darle  á  co- 
nocer un  importantísimo  códice  hasta  hoy  inédito, 
vamos  á  permitirnos  un  extracto  algún  tanto  de* 
tenido,  que  ponga  de  manifiesto  toda  la  tramita- 
ción de  este  ruidoso  acontecimiento,  así  como  el 
lenguaje  usado  en  aquella  época,  el  cual,  por  per- 
tenecer á  tiempos  demasiado  provenzales,  adolece 
de  algunos  resabios  de  este  idioma  y  puede  servir 
para  dar  á  entender  toda  la  influencia  catalana 
sobre  la  lengua  de  Aragón. 

Ábrese  el  códice  con  el  extracto  de  las  cortes 
de  Tarazona  en  que  se  dijo  al  rey  que  tratase  con 
ellas  de  la  guerra  de  Francia  y  demás  asuntos  de 
Estado,  á  lo  cual  contestó  desenfadadamente  en 
1.®  de  Septiembre  de  1283  que  entro  ad  aquella  ora 
por  si  auia  feito  sus  faciendas^  e  que  agora  no  M 
quería  ni  hi  auia  mester  lur  conseillo:  replicáronle 
que  les  confirmase  sus  privilegios,  y  les  satisfizo 
diciendo  que  no  era  tiempo  de  facer  tal  demanda, 
qtie  ell  entendia  dar  batailla  á  los  franceses^  e,  pas- 


53 

sado  aquél  feyto,  que  ell  que  faria  lo  que  deuiese 
contra  ellos,  y  estos,  entendientes  et  vidientes  el  gran 
jperiglo  al  que  el  sohredito  senyor  Bey  quería  sponer 
assi  (á  sí)  e  á  ellos,  vedientes  e  encara  entendientes 
que  todos,  grandes  e  chicos,  sedian  con  crébantados 
corazones,  é  vidientes  que  omme  senes  fuero  é  desa- 
furado  non  puede  auer  hon  corazón  de  seruir  aquéll 
senyor,  et  considerantes  las  non  contables  opresiones 
e  desafforamientos  que  recébidos  auian  e  que  recibien 
cada  dia  por  el  dito  senyor  rey  e  por  sus  officiales 
judíos  e  judgues  dotras  lenguas  e  naciones,  e  aten- 
diendo que  reyal  piadanza  endrezasse  e  millorasse 
las  sobreditas  cosas  mal  feytas  cada  dia  peor  auan  e 
uenían  de  mal  en  peior  absorvíendo  la  sague  e  la 
substancia  de  las  gentes,  parziendo  tan  poco  al  mayor 
cmno  al  menor;  coítsiderantes  que  f airan  muy  gran 

crueldat  sípíedat  non  auian  de  ssi  mismos gracia 

despirítu  sancto  vino  sobre  los  nobles  riccos-ommes  e 
sobre  todos  los  otros  auant  ditos  e  enflamoles  todos 
los  corazons  en  I  hora  e  en  I  moment  que  todos  en- 
semble  jurasen  detnandassen  e  que  mantuuiesen  fue- 
tos,  costumpnes,  usos,  priuilegios,  franquezas,  liber- 
tades é  cartas  de  donaciones  e  de  camíos,  aquellas 
que  auian  auidas  con  su  padre  él  Sr,  rey  don  Jayme 
e  con  los  otros  sus  antecessores  e  deuen  aun:  e  todos 
ensemble  juráronse  en  la  forma  que  seguexe.—lSin 
esta  jura  se  dice  que  el  traidor  á  la  Unión  sea 
destruido  en  su  cuerpo  y  bienes,  salua  la  fe  de 
senyor  rey,  e  de  todos  sus  dreytos,  e  de  todas  sus  re- 
galías; que  si  por  esta  jura  él  procede  sin  juicio 
contra  alguno  le  defiendan  todos;  que  si  manda 


54 

prenderlo  ó  matarlo  sin  sentencia  del  Justicia,  los 
de  la  jura  no  lo  tengan  por  rey,  llamen  á  su  hijo 
Alonso,  et  él  dito  don  Alfonso  con  ellos  ensemble  en- 
calcen  e  geten  de  la  tierra  al  sohredito  rey, 

Preséntanse  en  las  cortes  de  Zaragoza  varias 
quejas,  una  de  los  nobles  despojados  de  sus  dere- 
chos (en  treinta  capítulos  entre  ellos  el  de  las  cor- 
tes anuales),  otras  por  parte  de  los  jurados  y  pro- 
curadores de  la  ciudad  de  Zaragoza,  otras  por  los 
de  Huesca,  Jaca,  Alcañiz,  etc.;  y  en  vista  de  ellas 
él  dito  senyor  rey  con  grant  piedat,  queriendo  contor- 
nar su  cara  contra  su  poblé  e  ohedir  las  sus  justas  e 
digjias  pregarias  e  demandas,  confirmó  fueros, 
usos  y  costumbres  y  expidió  el  Privilegio  gene- 
ral, el  cual  va  seguido  del  otorgado  á  Valencia 
(ciudad  que  cuando  fué  ganada,  se  mantuvo  algún 
tiempo  á  fuero  de  Aragón)  y  de  los  de  Ribagorza 
y  Teruel. 

Reunidos  todos  en  la  Iglesia  de  San  Salvador 
(catedral  de  Zaragoza)  innováronse  en  Octubre 
las  juras  hechas  en  Tarazona,  diéronse  algunos 
castillos  en  rehenes,  eligiéronse  conservadores 
que  mantuviesen  la  tierra  en  buen  estado,  é  hízo- 
se  un  ordenamiento  de  la  Unión  que  fué  reformado 
en  8  de  Diciembre;  después  de  lo  cual  se  manda- 
ron al  rey  dos  embajadas,  á  las  cuales  contestó 
por  escrito  desde  Barcelona  y  Lérida  ofreciéndo- 
se á  venir  pasada  la  Pascua  á  Zaragoza;  mas,  como 
no  lo  ejecutara,  remitiósele  una  lista  de  peticiones, 
mientras  se  enviaba  á  Roma  una  embajada  com- 
puesta, entre  otras  personas,  de  dos  jurisconsultos. 


55 

Después  de  algunas  peticiones  y  de  la  confir- 
mación del  fuero  general,  rogó  y  mandó  el  rey  á 
los  unidos  que  concurriesen  para  el  día  de  San 
Juan  de  1284  á  Tarazona,  y  porque  el  rey  no  ha- 
bía cumplido  con  lo  que  les  tenía  ofrecido,  ni  res- 
tituido las  spoliaciones  feytas  ^'^\  ellos  expusieron 
por  escrito  su  negativa  (á  la  cual  contestó  el  rey) 
y  se  reunieron  en  San  Salvador  el  31  de  Enero 
de  1285,  pasando  en  Marzo  á  Huesca  y  después  á 
Zuera,  en  donde,  por  contumascia  del  dito  senyor 
rey,  dio  el  Justicia  sentencia  sobre  las  querellas 
presentadas,  y  esto  fué  á  3  de  Abril  de  1285.  Y  dió- 
la  también  sobre  las  que  en  adelante  se  fueron 
presentando,  que  fueron  muchas,  ya  de  ciudades 
ya  de  particulares,  algunas  hasta  para  averar  in- 
fanzonías. 

Murió  el  rey  á  la  sazón,  mientras  su  hijo  Alfon- 
so se  hallaba  en  la  conquista  de  Mallorca,  y  ha- 
biéndose sabido  que  éste  se  titulaba  rey,  y  hacía 
como  tal  donaciones  y  otras  cosas,  se  reunieron 
cortes  en  Zaragoza  el  día  de  San  Valero  de  1286, 
(ya  las  hubo  antes  en  Diciembre,  pero  sólo  trata- 
ron de  contener  á  los  ladrones  y  malhechores  que 
molestaban  el  reino),  y  acordaron  decirle  que  vi- 
niese á  jurar  á  Zaragoza,  y  para  esto  enviaron 
mandaderos  que  se  lo  expusieran  de  palabra,  y 

(1)  La  fuerza  de  esa  palabra  nos  recuerda  una  anécdota  relativa  al 
célebre  diccionarista  francés  Mr.  Boiste.  Era  hombre  inofensivo  y  labo- 
rioso, y,  no  obstante,  fué  conducido  á  una  prisión  en  donde  pasó  algún 
tiempo  sin  que  adivinase  los  motivos:  cuando  sus  amigos  se  interesaron 

f)or  él,  pudo  al  fin  averiguarse  que  había  llamado  expoliador  á  Napo- 
eón;  acudióse  al  cuerpo  del  delito,  que  era  su  gran  Diccionario  en 
donde  se  vio  que  decía  SPOLIATEUR,  bonaparte,  ¡Boiste  no  hacía  sino 
declarar  á  Bonaparte  el  inventor  de  esa  palabra! 


56 

non  leuassen  carta  de  criencia  ni  otra  carta  ho  es- 
cripto  en  que  ell  fuese  clamado  por  el  regno  rey  ni 
infant:  el  rey  contestó  que  el  arzobispo  de  Tarra- 
gona y  los  nobles  de  Cataluña  le  llamaban  rey  en 
sus  cartas,  e  pues  ellos  clamauan  á  él  rey,  non  se- 
meyllába  que  él  se  deuies  clamar  Bey  Infant,  pero 
ofreció  jurar  en  Zaragoza  y  lo  hizo  en  un  domin- 
go á  15  de  Abril.  El  siguiente  día,  para  evitar  los 
muytos  desordenamientos  de  la  casa  del  rey,  e  al  pro 
suyo  e  del  regno  catar,  solicitóse  la  reforma  de  ella, 
á  lo  cual  negóse  el  rey  y  se  partió  para  Alagón. 
En  vano  fué  que  se  le  requiriera  para  que  volvie- 
se á  Zaragoza  y  enmendase  todos  los  daños  causa- 
dos á  los  fueros  y  á  las  personas,  en  vano  que  ex- 
pidieran tras  él  las  cortes  de  Zaragoza  (fol.  171) 
los  consejeros  que  hubieran  de  seguir  al  rey  has- 
ta que  concediera  las  demandas;  todo  lo  que  se 
adelantó  después  de  dos  mandaderias  6  embajadas, 
fué  que  desde  Valencia  citase  á  cortes  para  Hues- 
ca, después  de  lo  cual  todavía  se  repitieron  cuatro 
mandaderias  í^^  una  de  ellas  sobre  las  vistas  que 
Don  Alfonso  había  tenido  fuera  del  reino  con  el  rey 
de  Inglaterra;  y,  por  fin,  temiendo  la  mala  volun- 
tad del  de  Aragón,  enviaron  embajadas  para  de- 
mandar alianza  á  la  Eglesia  de  Boma,  al  rey  de 
Francia,  al  de  Castilla  y  aun  á  los  moros  (fol.  95); 
pero  el  rey  se  dirigió  á  Tarazona  en  Septiembre  de 
1287,  prendió  á  unos,  ahorcó  á  otros  y  movió  una 
guerra  desastrosa,  que  por  su  mismo  mal  carác- 

(1)    Algunas  de  ellas  van  firmadas  por  Sancho  Pérez  de  Biota  que 
-aquesto  escriuie. 


57 

ter  excitó  á  unos  y  otros  la  avenencia.  El  rey  de- 
putó  al  Prior  de  la  orden  de  predicadores  en  el 
convento  de  Zaragoza  para  tratar  con  los  unidos 
que  estaban  convocados  en  el  fosal  de  Santa  María 
y  le  dio  una  credencial  en  que  decía  que  siempre 
quiso  et  quiere  paz  (e)  concordia  entre  si  e  sos  gentes 
sobre  todas  las  cosas  del  mundo,  pero  que  los  no- 
bles ficiéronle  muytas  demandas  e  pidiéronle  muy- 
tos  donos,  los  quales  si  el  otorgado  los  ouiesse  seria 
muyt  gran  danyo  e  minguamiento  del  regno  (fol.  98). 
Así  empezaron  los  tratos,  y  los  unidos  nombraron 
personas  que  pidieron  enmienda  de  los  castigos 
de  Tarazona  y  de  los  males  de  la  guerra  que  el 
rey  mouio  á  su  cuelpa  e  á  su  torto,  que  reclamasen 
la  restitución  de  su  vispado  al  de  Zaragoza,  el  pago 
de  atrasos  á  los  mesnaderos  y  la  admisión  en  su 
consejo  de  las  personas  nombradas  por  la  Unión, 
y  que  le  hiciesen  entender,  que  si  procedía  contra 
alguno  de  la  jura,  de  aquella  ora  adélan  no  lo  tien- 
gan  ni  lo  ayanpor  rey  ni  por  senyor...  ¿puedan  fer 
otro  rey  e  senyor  cual  querrán  sines  blasmo  e  sines 
mala  fama. 

Con  todo  esto  condescendió  el  rey,  y  entonces 
fué  cuando  otorgó  el  famoso  privilegio  de  la  Unión 
cuyo  texto  es  á  la  letra  el  siguiente  (fol.  101  v.*° ): 

«Sepan  todos  que  nos  Don  Alfonso,  por  la  gra- 
>cia  de  Dios  rey  de  Aragón,  de  Mayorchas,  de 

>  Valencia,  compte  de  Barcelona,  por  nos  e  por 

>  nuestros  sucessores  que  por  tiempo  regnaran  en 
» Aragón,  damos  e  otorgamos  á  uos  nobles  don 
»Fortunyno  por  aquella  misma  gracia  vispe  de 


58 

> Zaragoza,  D.  Pedro  Seynnor  d  Ayerbe  tio  nues- 
>tro,  D.  Exeme  d  Urreya,  D.  Blasco  de  Alagon, 
»D.  Pedro  Jurdan  de  Penna  seynnor  de  Arenoso, 
>D.  Amor  Dionis,  D.  G.  de  Alcalá  de  Quinto,  don 
» Pedro  Ladrón  de  Vidaure,  D.  Pedro  Ferriz  de 
>Sessó,  Fortun  de  Vergua  Sr.  de  Penna,  D.  Gil  de 
» Vidaure,  D.  Corbaran  Daunes,  D.  Gabriel  Dionis, 
>Pero  Ferrandez  de  Vergua  sennyor  de  Pueyo, 
>D.  Xemen  Pérez  de  Pina,  D.  Martin  Roiz  de  Fo- 
>ces,  Fortun  de  Vergua  de  Ossera  e  á  los  otros 
>mesnaderos,  caualleros,  infanzones  de  los  Regns 
>de  Aragón  e  de  Valencia  e  de  Ribagorza  agora 
> ajustados  en  la  ciudad  de  Zaragoza,  e  á  los  pro- 
» curadores  e  a  toda  la  Universidad  de  la  dita  ciu- 
>dad  de  Zaragoza,  assi  á  los  clérigos  como  á  los 
>legos,  presentes  e  auenidores. — Que  nos  ni  los 

>  nuestros  sucesores  que  en  el  dito  regno  de 
»Aragon  por  tiempo  regnaran,  ni  otri  por  man- 
»damiento  nuestros  matemos  ni  estemos  (debe  decir 
>estetnemos)y  ni  matar  estemar  mandemos  ni  faga- 
»mos,  ni  preso  ó  presos  sobre  fianza  de  dreyto 

>  detengamos  ni  detener  fagamos,  agora  ni  en  al- 
»gún  tiempo,  (á)  alguno  ó  algunos  de  uos  sobre- 
> ditos  ricos  omes,  mesnaderos,  caualleros,  infan- 
>zons,  procuradores  e  universidat  de  la  dita  ciudad 
>de  Zaragoza,  así  clérigos  como  legos,  presentes 
»e  auinideros:  ni  encara  alguno  ó  algunos  de  los 

>  otros  ricos  ommes,  mes.-,  ca.,  inf.  del  regno  de 

>  Aragón,  del  regno  de  Valencia,  e  de  Ribagorza, 
»ni  de  sus  sucessores,  sines  de  sentencia  dada  por 
>la  Justicia  de  Aragón  dentro  en  la  ciudad  de 


I 


59 

> Zaragoza,  con  conseyllo  e  atorgamiento  de  la 
>cort  d  Aragón  ó  de  la  mayor  partida  clamada  e 
> ajustada  en  la  dita  ciudad  de  Zaragoza.— ítem 

>  damos  e  otorgamos  á  los  ommes  de  las  otras 
>ciutades,  villas,  e  villeros,  e  logares  de  los  ditos 
»regnos  de  Aragón  e  de  Ribagorza,  e  a  sus  suc- 
>cessores,  que  non  sian  muertos,  ni  estemados,  ni 

>  detenidos  sobre  fianza  de  dreyto  sines  sentencia 
>dada  por  los  justicias  de  aquellos  logares  por 
»que  deuan  seer  jutgados  segunt  fuero  si  doñeas 
»no  será  ladrón  ó  ropador  manifiesto  qui  será  tro- 
»bado  con  fuerto  e  con  roparia,  ó  traidor  mani- 
>fiesto.  Si  por  auentura  algún  justicia  ó  official 
> contra  aquesto  fara,  sia  del  feyta  justicia  corpo- 
>ral.  Et  a  obseruar,  tener,  cumplir  e  seguir  el 
>present  priuilegio,  e  todos  los  sobreditos  capi- 

>  toles  ó  articlos,  e  cada  uno  dellos,  e  todas  las 

>  cosas,  e  cada  una  en  ella  e  end  cada  uno  dellos 

>  contenidos,  e  non  contrauenre  por  nos  ni  por 
>otri  por  nuestro  mandamiento,  en  toda  ó  en 
> partida,  agora  ni  algún  tiempo;  obligamos  e  pe- 
inamos en  tenencia  e  en  rahenas  á  uos  e  a  los 

>  vuestros  sucessores  aquestos  castiellos  que  se 

>  siguen  (son  diez  y  siete,  entre  ellos  Uncastillo,  Ma- 
>Wn,  Rueda,  Daroca,  Huesca  y  Mor  ella),  jus  tal 
>condition  que  si  nos  ó  los  nuestros  sucessores 
>que  por  tiempo  regnarán  en  Aragón  faremos  ho 
»veniremos  en  todo  ó  en  partida  contra  el  dito 

>  priuilegio  e  contra  los  sobreditos  capítoles  ó  ar- 
>ticlos  e  las  cosas  en  ellos  e  en  cada  uno  dellos 
» contenidas,  que  daquella  hora  adelant  nos  e  los 


60 

» nuestros  ayamos  perdudo  por  á  todos  tiempos  to- 
ldos los  ditos  castiellos,  de  los  quales  castiellos 
>uos  e  los  uuestros  podades  facer  e  fagades  á  to- 
ldas nuestras  propias  voluntades  assi  como  de 
>uuestra  propia  cosa,  e  dar  e  liurar  aquellos  cas- 
>tiellos  si  querredes  á  otro  rey  e  seynnor,  por 
>esto,  por  que  si,  lo  que  Dieus  non  quiera,  nos  ó 
»los  nuestros  sucessores  con  (tra)  uiniessemos  á 
>las  cosas  sobreditas  en  todo  ó  en  partida,  quere- 
»mos  e  otorgamos  e  expressament  de  certa  scien- 
»cia  asi  la  ora  como  agora  consentimos  que  daque- 
»lla  ora  a  nos  ni  á  los  sucessores  ni  (en)  el  dito 
»Regno  de  Aragón  non  tengades  ni  ayades  por 
>Reyos  ni  por  seynnores  en  algún  tiempo,  ante 
>sines  algún  blasmo  de  fe  e  de  leyaldat  podades 
> facer  e  fagades  otro  Rey  e  Seynnor  qual  querre- 
»des  e  don  querredes,  e  dar  e  liurarle  los  ditos 
» castiellos  e  a  uos  mismos  en  uasallos  suyos,  et 
>nos  ni  los  nuestros  sucessores  nunca  en  algún 
>  tiempo  á  vos  ni  á  los  sucessores  demanda  ni 
»question  alguna  uos  en  fagam,  ni  facer  fagamos, 
>ni  end  podamos  forzar,  ante  luego  de  present 
»por  nos  e  por  nuestros  sucessores  soldamos  dif- 
>finidament  e  quanta  a  vos  e  á  uuestros  sucessores 
»de  fe,  de  jura,  de  naturaleza,  de  fieldat,  de  seyn- 
>norio,  de  vassallerio  e  de  todo  otro  cualquiere 
» deudo  de  vassayllo  ó  natural  deue,  e  y  es  tenido 
>á  seynnor  en  qualquiera  manera  o  razón.  E  todos 
>los  sobreditos  articlos  ó  capiteles,  e  cada  uno 
»dellos,  todas  las  cosas  e  cada  una  en  ellos  e  en  el 
>dito  priuilegio  contenidos,  atender,  e  complir,  e 


>  seguir  e  obseruar  á  todos  tiempos  e  en  alguno 
>no  contrauenir  por  nos  e  los  nuestros  sucessores 
>juramos  á  uos  por  Dios  e  la  cruz  e  los  sanctos 
>euangelios  delante  nos  puestos  e  corporalment 
> tocados.  —  Actum  est  Cesaraugusta  V  Kal.  jan. 
»anno  domini  MCCLXXX  séptimo.  =  Signum 
»Alfonsi  dei  gracia  reg.  Aragonum,  Mayoric.  et 
>Valenc.  ác  Comes  Barchin.  —  Testes  sunt  Artal 
>Rogerii  Comes  Pallyariensis,  P.  Ferdinandi  do- 
»minus  de  Ixar  patruus  predicti  domini  Regis, 
>G.  de  Anglaria,  Br.  de  Podio  viridi,  Petrus  Sesse. 

>  —  Signum  Jacobi  de  Cabannis  scriptoris  da,  do- 
>mini  Regis,  et  de  mandato  ipsius  hoc  scribit, 
»fecit  et  clausit  loco,  die  et  anno  prefixis». 

Del  otro  Privilegio  que  también  se  otorgó,  con- 
forme con  el  anterior  en  su  lenguaje  y  en  casi 
todo  su  contenido  formulario,  y  por  lo  demás  ex- 
tractado también  en  el  cap.  97  del  libro  IV  de  los 
Anales  de  Zurita,  sólo  copiaremos  el  principio, 
porque  en  él  se  dan  á  conocer  las  libertades  que 
allí  se  consignaron:  «...Que  daqui  adelant  nos  e 
>los  sucessores  nuestros  á  todos  tiempos  clame- 
>mos  e  fagamos  a  justar  en  la  dita  ciudad  de  Za- 
>ragoza  una  negada  en  cada  un  año  en  la  fiesta 
>de  todos  sanctos  del  mes  de  noviembre  cort  ge- 
>neral  de  aragoneses,  e  aquellos  que  á  la  dita 
>cort  se  ajustaran  ayan  poder  de  esleyr,  dar  e  as- 
> signar,  e  eslian,  den  e  assignen  conseylleros  a 
»nos  e  a  los  nuestros  sucessores,  et  nos  e  los 
> nuestro  sucessores  ayamos  e  recibamos  por  con- 
>seylleros  aquellos  que  la  dita  cort,  o  la  part  della 


62 

>concordant  a  aquesto,  con  los  jurados  o  procu- 
>radores  de  la  dita  ciudad  esleyran,  darán  e  asig- 
>narán  a  nos  e  a  los  nuestros  sucessores,  con 
>cuyo  conseyllo  nos  e  los  nuestros  sucessores  go- 

>  uernemos  e  aministremos  los  regnos  de  Aragón, 
>de  Valencia  e  de  Ribagorza...  los  quales  consey- 
>lleros  sian  camiados  todos  o  partida  de  ellos 
>quando  a  la  cort  uisto  será  o  a  aquella  part  de 
>la  cort  con  la  qual  acordarán  los  procuradores  o 
> los  jurados  de  Zaragoza.  ítem  damos,  queremos 
>e  otorgamos  a  uos  que  nos  ni  los  nuestros  su- 
>cessores,  ni  otri  por  nuestro  mandamiento,  non 
» detengamos  prisos,   embargados  ni  emparados 

>  sobre  fianza  de  dreyto  heredamientos  ni  qua- 
»lesquiere  otros  bienes  de  vos  sobre  ditos  no- 
>bles  etc.,  sines  de  sentencia  dada  por  la  Justicia 
>de  Aragón  dentro  en  la  ciudat  de  Zaragoza,  con 
» conseyllo  expresso  ó  otorgamiento  de  la  cort  de 
» Aragón  clamada  e  ajustada  en  la  dita  ciudat  de 

>  Zaragoza.  > 

El  códice  continúa  documentando  la  entrega 
del  príncipe  de  Salerno,  como  en  rehenes,  mien- 
tras se  hacía  la  de  los  castillos;  la  entrega  de  és- 
tos; la  obligación  de  los  rehenes;  la  embajada  que 
se  dirigió  al  rey  (por  no  haber  concurrido  para 
el  día  de  San  Matías  de  1288)  diciéndole  que,  si 
no  venía  para  el  de  Ramos,  aurian  a  demandar  e 
cerquar  conseyllo  e  ajuda  de  qui  quiera  e  en  qual- 
quiera  manera  que  antes  e  meyllor  tróbar  lo  puedan.», 
la  qual  cosa  si  an  de  facer  les  pesara  muyto  de  cora- 
zón, porque  non  querrian,  si  Deus  e  el  Sennor  rey 


63 

quissies,  tener  ni  seguir  otra  carrera  que  la  suya; 
las  cortes  que  celebraron  los  unidos  en  Zaragoza 
en  1289  y  la  mandadería  que  de  ellas  resultó;  el 
ordenamiento  que  hicieron,  en  fuerza  de  no  haber 
cumplido  el  rey  con  lo  pactado,  juramentándose 
para  entregar  los  castillos  á  otro  señor  ó  señores, 
pero  reservándose  el  derecho  de  volver  á  la  obe- 
diencia del  rey,  si  éste  segunt  la  forma  del  privile- 
gio enmendara  e  cumplirá  todas  las  sobreditas  cosas 
que  por  él  fallecidas  son,  et  fará  todo  aquello  que  a 
facer;  las  quejas  dadas  al  rey  en  la  iglesia  de  San 
Salvador;  el  juramento  que  prestó;  los  consejeros 
y  oficiales  de  su  casa  que  le  señalaron  y  las  deli- 
beraciones que  tuvo  su  consejo;  con  lo  cual,  al 
folio  126  explicit  líber  constitutionum  tocius  Begni 
Aragonum  et  Begni  Valentie  et  Ripacurtie  ^^\ 

Después  de  tan  fuertes  pruebas  como  hemos 
dado  acerca  de  la  formación  y  progreso  del  idio- 
ma español  en  Aragón,  principalmente  en  aque- 
llos siglos  en  que  pudo  ser  dudoso  lo  que  á  nos- 
otros se  nos  presenta  de  todo  en  todo  incontestable, 

(1)  Todavía  contiene  el  códice,  pero  sobrepuestos  y  de  otra  letra  y 
carácter,  algunos  otros  documentos  (hasta  el  folio  160  en  que  termina), 
siendo  todos  ellos  referentes  al  reinado  de  Pedro  IV,  del  cual  hay  una 
carta  autógrafa  de  Cabrera,  dirigida  al  infante  D.  Pedro  conde  de  Riba- 
gorza,  y  un  bello  documento  fechado  á  24  de  Octubre  de  1347  en  que  li- 
cencia las  Cortes  para  atender  á  muyt  grandes  e  peligrosos  afferes...  et, 
sin  toda  tarda  prouedir  á  los  ditos  pei'iglos  lo  que  non  podemos  sino  en 
Cathahinya  cerca  la  marítima,  pero  comprometiéndose  á  tenerlas  á  los 
aragoneses  para  el  primer  día  de  Mayo  ó  lo  más  tarde  para  San  Miguel. 
—En  la  misma  biblioteca  de  la  Academia  de  la  Historia  hay  un  volumen 
(Est.  4,  g.  3,  D.  n.  93)  en  el  cual  se  hallan,  por  extracto  y  á  veces  por 
copia,  recogidas  las  noticias  del  códice  que  hemos  descrito,  y  entre  otros 
documentos  de  los  varios  que  incluye  (todos  reunidos  en  el  siglo  pasado) 
una  carta  del  Duque  de  Alburquerque  al  Regente  del  supremo  Consejo 
(28  Febrero  1594)  diciéndole  que  «el  negocio  de  la  Unión  se  ha  acallado 
en  conformidad  de  lo  que  S.  M.  deseaba  y  que  ha  sido  bien  menester 
las  diligencias  y  cuidado  que  he  puesto  para  atraer  tantas  voluntades  y 
tan  desconformes  oomo  las  que  habia.» 


64 

ya  no  pueden  tener  interés  los  documentos  con 
que  arrastremos  lánguidamente  nuestro  examen 
hasta  la  reunión  de  las  coronas  aragonesa  y  cas- 
tellana. 

Pudiéramos  citar  una  escritura  en  favor  del  mo- 
nasterio de  Piedra  1260,  un  mandato  oficial  de 
Tarazona  para  cobro  de  décimas  1290,  y  otros  pa- 
peles de  1303,  1304  y  1305  que  hemos  visto  ori- 
ginales; una  escritura  de  la  misma  década  que  se 
halla  en  el  archivo  del  Pilar  en  que  se  lee:  «do  a 
treudo  á  vos  D.  Pedro  Sessa  todo  el  heredamiento 
yermo  e  poblado  que  la  dita  cambra  ha  e  auer 
debe  por  cualquiere  manera  ó  razón  en  la  uilla  de 
Lompiache  e  en  término  de  Rueda,  y  es  á  saber, 
un  casal  en  términos  de  Rueda  que  afruenta  con 
la  talliada  de  Lompiache,  e  con  campo  de  Santa 
María»;  las  Ordinaciones  expedidas  en  1320  á  fa- 
vor de  los  Notarios  del  número  de  Zaragoza,  á 
cuyo  archivo  pertenece  el  apreciable  códice  que 
hemos  visto  '^^;  las  Ordinaciones  para  la  coronación 
de  nuestros  reyes  que,  trasladando  un  códice  de 
la  mitad  del  siglo  xiv,  incluyeron  los  Sres.  Salva  y 
Baranda  en  el  tomo  XIV  de  su  Colección;  las  Cartas- 
pueblas  de  1360,  67  y  69  que,  con  otras  en  latín  y 
en  lemosín,  publicaron  los  mismos  editores  en  el 
tomo  XVIII;  las  piezas  que  lleva  publicadas  la 

(1)  Ofrecemos  de  él  esta  muestra  á  nuestros  lectores:  «Porque  así  como 
honeroso  es  á  los  notarios  el  officio  sobredicto,  les  deua  seyer  proveyto- 
so,  lo  que  non  seria  si  infinida  de  notarios  fuess  en  la  dita  ciudat;  atten- 
dientes  en  cara  que  fuero  de  Aragón  ordena  que  en  las  ciudades  e  en  las 
villas  del  dito  regno  sea  stablido  et  feito  cierto  número  de  notarios  por 
los  Jurados  et  por  aquellos  que  antigamente  costumbraron  de  crear  no- 
tarios; establimos  et  ordenamos  perpetuo  que  en  la  dita  ciudad  sea  nú- 
mero de  Quaranta  notarios  e  no  mas». 


65 

Academia  de  la  Historia  en  su  Memorial  histórico; 
la  institución  testamentaria  de  un  beneficiado  en 
la  parroquia  de  S.  Miguel  (1352),  las  treguas  ajus- 
tadas en  1357)  entre  Pedro  IV  y  Albohacen  ^^\  y 
la  declaración  sobre  el  compromís  de  D.  Juan  Fer- 
nández de  Heredia  (1368),  cuyos  documentos  se 
hallan  en  el  archivo  de  la  Audiencia  de  Zaragoza, 
escaso  en  general  de  los  anteriores  al  siglo  xv;  la 
nota  escrita  al  frente  de  un  libro  compuesto  antes 
de  1382  por  D.  Juan  Pérez  de  Mugreta  y  copiada 
por  Latassa  en  el  tomo  11  de  su  Biblioteca  antigua; 
las  palabras  que  de  D.  Juan  I  nos  traslada  Blan- 
cas en  sus  Coinentarios  y  el  discurso  de  la  corona 
pronunciado  por  D.  Martín  en  1398. 

Entrado  el  siglo  xv,  ya  el  punto  que  debatimos 
ofrecería  toda  la  evidencia  imaginable,  y  á  la  ver- 
dad ni  aun  lo  traeríamos  á  cuento  si  no  fuera  por 
continuar  la  materia  hasta  la  definitiva  reunión  de 
las  coronas;  pues  por  lo  demás,  es  ya  muy  poco  lo 
que  hacen  á  nuestro  intento,  así  la  proposición  y 
el  juramento  de  Fernando  I  que  se  conservan  ín- 
tegros, como  la  hermosa  carta  de  Juan  II  escrita 
en  la  víspera  de  su  muerte  á  su  hijo  D.  Fernando 

(1)  Están  en  castellano  y  árabe  y  tuvieron  por  objeto  ocurrir  á  los  pe- 
ligros de  la  guerra  que  movió  á  Aragón  Don  Pedro  el  Cruel  y  que  duró 
todo  un  decenio  desde  1356  hasta  1366,  tres  años  antes  de  la  muerte  de 
aquel  monarca.  Dicen  entre  otras  cosas:  «por  razón  e  ocassion  de  la  gue- 
rra la  cual  el  rey  de  Castiella  sin  toda  justa  razón,  no  guardando  ni  ca- 
tando paz  ni  tregua  que  fuesse  entre  nos  e  el  feyta  e  firmada  mientre  a 
nos  e  al  dito  rey  lie  Castiella  fure  la  vida  del  cuerpo  campanj-ona,  nos 
havia  e  ha  mov'ido,  por  la  cual  razón  el  dicho  rey  de  Castiella  habia  e 
ha  feyto  liganzas  muytas  e  diuersas  unidades  et  confederaciones  contra 
nuestros  regnos  e  subditos  nuestros,  e  no  solament  con  reyes  e  otras  per- 
sonas e  comunas  poderosas  de  cristianos,  mas  en  cara  con  reyes  de  mo- 
ros e  otras  personas  contrarias  á  la  nuestra  ley,  como  por  otras  muytas 
razones,  queriendo  salir  á  carrera  al  su  maluado,  inico  e  desordenado 
ppuesto  etc. 


66 

el  Católico,  como  la  mucho  más  famosa  del  Justi- 
cia Jiménez  Cerdán,  como  las  obras  del  Infante 
D.  Enrique  de  Aragón,  autor  ó  digamos  traductor 
del  Isopete  hystoriado,  como  las  del  Príncipe  de 
Viana  á  quien  debemos  naturalizar  en  Aragón  pa- 
ra nuestro  objeto,  como  las  del  poeta  Pedro  To- 
rrellas  y  el  famoso  Pedro -Marcuello,  de  cuyo  pro- 
saico, pero  muy  curioso  poeta,  se  conserva  el 
ejemplar  manuscrito  de  un  libro  de  devociones? 
todo  en  coplas  de  arte  menor,  que  dedicó  y  entre- 
gó á  los  Keyes  Católicos  en  1482  ^^\ 

Para  terminar  ésta,  que  es  la  primera  parte  de 
las  dos  en  que  dividimos  nuestro  trabajo,  no  será 
inútil  añadir  algunas  líneas  acerca  del  reino  de 
Navarra,  cuyas  analogías  con  el  de  Aragón  son 
bajo  más  de  un  aspecto  reparables.  Los  origines 
de  la  reconquista  fueron  á  la  verdad  idénticos  en 
ambas  comarcas,  habiendo  lidiado  unos  y  otros 
en  las  montañas,  que  los  árabes  llamaban  indis- 
tintamente tierra  de  Afranc,  y  habiendo  contri- 
buido de  consuno  á  la  creación  de  la  nueva  mo- 
narquía con  las  limitaciones  que  ya  son  de  todos 
eonocidas.  Viniendo  á  más  claros  tiempos,  se  sabe 
que  Alonso  el  Batallador  dio  fueros  aragoneses 
á  un  gran  número  de  pueblos  de  Navarra,  con- 
cediendo á  Tudela  el  privilegio  zaragozano  de 
Tortum  per  tortum,  que  consistía  en  la  facultad 


(1)  Hemos  tenido  el  gusto  de  haberle  á  las  manos  y  merece,  como 
obra  artística,  los  elogios  que  le  tributa  Latassa:  está  escrito  en  vitela  y 
letra  gótica  y  tiene  muchísimas  y  muy  bellas  miniaturas,  pero  en  su 
texto  hay  harto  menos  que  admirar,  y  á  veces  se  entremezclan  en  las 
devociones  los  intereses  particulares  del  autor,  por  ejemplo  el  de  mejo- 
rar de  alcaidía. 


67 

de  desagraviarse  cada  uno  á  sí  propio,  y  otor- 
gando á  la  misma  villa  y  á  todo  lo  que  hoy  es  su 
merindad  el  fuero  de  Sobrarbe  que  más  tarde  se 
convirtió  en  fuero  general  de  Navarra.  También 
es  cierto  que  aunque  éste  no  pertenezca  en  su 
lenguaje  á  la  época  de  Don  Ramiro,  á  quien  al- 
gunos refieren  su  confección,  fué  por  lo  menos 
arreglado  en  castellano  para  los  navarros  en  el 
siglo  XIII,  copiado  por  la  reina  el  año  1346  con 
los  de  Jaca  y  Estella  en  idioma  de  Navarra,  con- 
firmado repetidas  veces  á  algunos  pueblos  aun 
en  el  siglo  xvi,  impreso  en  1686  y  1815,  con  su- 
presión de  ciertas  penas  y  pruebas  demasiado 
bárbaras  ó  indecentes,  y  observado  en  mucha 
parte  w  hasta  nuestros  días,  siendo  todavía  fre- 
cuente en  los  escribanos  el  extender  los  contratos 
matrimoniales  á  fuero  de  Sobrarbe  (2).  Igualmente 
se  dio  á  algunos  pueblos,  pero  en  latín,  el  famo- 
sísimo de  Jaca,  concediéndose  ya  en  1129  á  los 
francos  que  poblasen  el  Burgo  de  San  Saturnino 
en  Pamplona  y  todavía  en  1497  á  Santisteban  de 
Lerín. 

Y  si  á  todo  esto  agregamos  las  afinidades  que 
habían  de  imprimir  entre  alto-aragoneses  y  na- 
varros sus  mismas  montañas  al  norte  y  su  misma 
ribera  al  mediodía;  sus  hermandades  establecidas 

(1)  En  la  Prefación  de  los  fueros  de  Aragón,  1624,  se  dice  que  con  los 
de  Sobrarbe  vivieron  por  mucho  tiempo  los  navarros. 

(2)  De  Sobrarbe  de  Tudela,  como  dice  siempre  Yanguas,  á  quien  se  debe 
en  parte  la  primera  copia  que  los  navarros  han  tenido  de  él,  pues  les  ha 
sido  desconocido  muchos  siglos  hasta  que  en  1833  se  sacó  un  traslado 

Eara  el  archivo  de  Pamplona  por  el  académico,  hoy  obispo  en  Palma, 
I.  Miguel  Salva,  y  otra  de  ésta  por  D.  José  Yanguas  para  el  de  Tudela. 


68 

en  los  siglos  xin,  xiv  y  xv;  su  casi  idéntica  legis- 
lación; sus  iguales  condiciones  é  intereses  duran- 
te la  reconquista;  su  común  origen  monárquico, 
cuando  no  (como  aconteció  también)  sus  mismos 
reyes;  su  compañerismo  en  las  más  notables  em- 
presas, como  en  las  batallas  de  las  Navas  y  Alco- 
raz,  y  finalmente  su  mutuo  comercio,  en  que  se 
sabe  que  Zaragoza  surtía  á  Navarra  (como  consta 
de  documentos  pertenecientes  al  siglo  xiv)  de  ar- 
tífices, físicos,  medicamentos  y  aun  toreadores; 
fácilmente  se  convendrá  en  la  perfecta  conformi- 
dad de  su  lenguaje,  respecto  el  cual  podrían  ser 
comunes  todas  las  observaciones  que  llevamos 
hechas,  debiendo  añadir  solamente  que,  á  pesar 
de  hablarse  el  vascuence  en  muchos  pueblos,  el 
lenguaje  oficial  fué  sin  embargo  el  castellano,  sin 
que  de  aquel  idioma  primitivo  exista  un  solo  mo- 
numento ni  en  el  archivo  de  la  Cámara  de  Comp- 
tos  ni  en  el  de  la  Diputación  de  Navarra. 

Pues  bien:  si  se  concede  á  este  reino  la  analo- 
gía que  de  hecho  tiene  con  el  de  Aragón  í^),  y  si 
partiendo  de  ahí  son  lícitas  las  pruebas  que  de  él 
emanen  para  confirmar  las  que  llevamos  expues- 
tas, entonces  podemos  asegurar  que,  aparte  las 
obras  poéticas  del  gusto  é  idioma  lemosín^^),  en 

(1)  En  la  Memoria  sobre  el  feudalismo  que,  premiada  por  la  Academia 
de  la  Historia,  ha  sido  publicada  en  1856  por  su  autor  D.  Antonio  de  la 
Escosura  y  Hevia,  se  entiende  por  Coronilla  de  Aragón  la  reunión  de 
Navarra,  Aragón,  Cataluña  y  Valencia,  y  respecto  de  los  dos  primeros 
reinos  se  dice  muy  bien  que  fué  uno  mismo  el  origen  y  causa  de  ambas 
monarquías,  simultáneo  su  desarrollo  político,  idéntica  su  legislación 
civil,  y  su  progreso  y  marcha  social  de  un  mismo  carácter  con  poco  sen- 
sibles diferencias  (págs.  40  y  49). 

(2)  En  1847  publicó  D.  Pablo  de  Ilárregui  un  poema  lemosín  sobre  la 


i 


69 

lo  demás  todo  conduce  á  demostrar  que  Navarra 
sintió  la  influencia  aragonesa  y  que  allí  no  se 
usaron  los  idiomas  latino,  lemosín,  francés  ni  vas- 
cuence, sino  sólo  el  castellano  desde  que  tuvo 
nacimiento.  Cuantos  documentos  hemos  exami- 
nado nos  han  conducido  á  esa  misma  conclusión: 
hemos  observado  que  hasta  la  mitad  del  siglo  xii 
no  hay  un  solo  documento  que  no  sea  latino;  que 
desde  entonces  se  ha  usado  con  preferencia  al 
latín  y  con  exclusión  de  otros  el  romance  puro; 
que  el  fuero  general  de  Navarra,  el  cual  tiene 
pasajes  tomados  á  la  letra  del  de  Sobrarbe,  entre 
ellos  el  prólogo  y  el  artículo  I  sobre  la  elección 
de  rey,  ofrece  una  muestra  del  lenguaje  ya  bas- 
tante formado  que  se  usaba  en  la  primera  mitad 
del  siglo  XIII;  que  en  las  donaciones,  privilegios  y 
demás  instrumentos  públicos  hay  absoluta  ana- 
logía con  las  prácticas  y  el  lenguaje  de  Aragón 
hasta  en  las  fórmulas  ó  rúbricas  curiales;  que 
esto  no  se  verifica  sólo  en  los  pueblos  comarcanos 
al  reino  de  Aragón,  como  Tudela,  Cascante  (^^  y 
otros  de  esa  merindad,  sino  aun  en  los  más  ave- 


Guerra  civil  de  Pamplona  (sig.  xiii)  compuesto  por  el  francés  Guillermo 
Aneliers:  esto,  como  se  ve,  no  es  literatura  navarra,  pero  se  cita  porque 
en  el  prólogo  contiene  algunas  observaciones,  conformes  con  las  nues- 
tras, relativas  al  uso,  pero  no  uso  vulgar,  del  idioma  lemosín. 

(1)  Véase  una  muestra  de  lenguaje  que  suponemos  inédita,  tomada  de 
■  un  documento  que,  con  otros  varios  del  siglo  xiv,  hemos  visto  en  el  ar- 
chivo municipal  de  aquella  ciudad.  Es  un  Ordenamiento  sobre  distri- 
bución de  aguas,  su  fecha,  1254:  «Memoria  sea  para  todo  tiempo  ad  in 
perpetuum  como  auemos  las  aguas  de  Tarazona...  los  de  Tudela  todos  los 
doce  meses  del  annyo  en  cada  mes...  e  deuen  ir  el  alamin  cristiano  e  el 
alamin  moro  con  lures  cauacequias  guardas,  et  deuen  ir  á  Tarazona 
el  XXI  del  mes,  por  la  almoceda  e  deuen  citar  á  los  zabacequias  del  rio 
mayor  de  Magallon  et  a  todos  los  otros  zabacequias  de  los  otros  rios  de 
Tarazona,  e  a  otro  dia  de  la  manyana,  que  es  XXU  dias,  que  sean  todos 
«n  la  presa  de  Magallon  al  sol  salido,  etc.» 


70 

cindados  al  Pirineo,  y  por  consiguiente  más  so- 
metidos á  la  influencia  francesa  ó  vascongada; 
que  es  finalmente  en  casi  todos  ellos  tan  idéntico 
con  el  de  Aragón  el  dialecto  familiar,  como  que 
apenas  hay  palabra  ó  frase  que  no  les  sea  per- 
fectamente común,  observación  que  hemos  hecho 
prácticamente  recorriendo  el  reino  de  Navarra 
antes  y  después  de  formar  nuestro  Vocabulario, 
pero  que  no  puede  hacerse  sobre  el  Diccionario 
de  las  palabras  anticuadas  que  contienen  los  docu- 
mentos de  Navarra  (por  D.  José  Yangüas  1854), 
en  donde,  si  bien  se  hallan  explicadas  cerca  de 
mil  quinientas  voces,  son  simplemente  anticuadas 
á  nuestro  entender  (esto  es,  corrientes  en  los  do- 
cumentos de  Castilla)  muy  cerca  de  mil  de  ellas, 
siendo  curiosas  y  dignas  de  estudio  (algunas  por 
su  origen  francés)  unas  cuatrocientas,  y  no  lle- 
gando á  cuarenta  (^^  las  que  como  verdaderamen- 
te aragonesas,  habíamos  incluido  ya  nosotros  en 
nuestro  Vocabulario. 

Queda  pues  demostrado  con  la  historia  de  Ara- 
gón, y  comprobado  con  la  de  Navarra,  que  en  es- 
tos reinos  tuvo  el  idioma  español  las  mismas  vici- 
situdes y  épocas  que  en  Castilla,  á  quien  venció 
bajo  más  de  un  aspecto,  sin  que  nunca  hayan  exis- 
tido ni  existan  hoy  mismo  sino  aquellas  diferencias 
naturales  entre  provincias  que  cultivaron  diver- 


I 


(1)  Tales  son  adala,  atrebudar  (atreudar),  aturar,  colonia,  cena,  coman- 
da, cuitre,  doñeas  (duncas),  dula,  encalzar  (engalzar),  emparama,  encara, 
escaliar,  ganancia  (hijos  de),  goaitar  (aguaitar),  greu  (greuge),  honor,  jube- 
TO,  lecxa  (leja),  lezda,  mala-voz,  meitadenco,  parar,  pareilla,  rabal,  vis- 
traer,  zabazequia  y  zalmedina. 


i 


71 

sas  relaciones,  que  mantuvieron  entre  sí  por  más 
6  menos  tiempo  cierto  forzado  aislamiento,  y  que 
en  algún  modo  conservaron  su  carácter  tradicio- 
nal y  con  él  algunos  resabios  y  modismos,  pues, 
como  dice  el  anónimo  autor  del  Diálogo  de  las  len- 
guas, «cada  provincia  tiene  sus  vocablos  propios 
y  sus  maneras  propias  de  decir,  y  es  así  que  el 
aragonés  tiene  unos  vocablos  propios  y  unas  ma- 
neras propias  de  decir  y  el  andaluz  tiene  otros  y 
otras». 

Pero  sólo  hablando  con  impropiedad  se  puede 
considerar  á  la  aragonesa  como  tal  lengua,  por 
más  que  un  autor  moderno  diga  que  «hasta  la  mis- 
ma Andalucía  y  el  Aragón  no  se  han  emancipado 
aún  completamente  de  sus  primitivos  idiomas»,  y 
por  más  que  en  la  comedia  Tesorina  de  Jaime 
Huete  se  diga:  <pero,  si  por  ser  su  natural  lengua 
aragonesa,  no  fuese  por  muy  cendrados  términos, 
cuanto  á  esto  merece  perdón  >.  Otra  cosa  es,  que 
en  los  autores  aragoneses  se  note  tal  cual  locución 
ó  modismo  provincial,  como  los  notó  en  Zurita, 
aunque  en  él  son  rarísimos,  el  crítico  Sepúlveda» 
ó  como  se  vislumbran  en  Avellaneda  en  quien  a 
posteriori  han  podido  advertirse  desde  que  Cer- 
vantes, que  debió  de  conocerle,  lo  declaró  arago- 
nés en  varios  pasajes  del  Quijote. 

Esto  es  lo  que  nosotros  creemos,  pero  no  que  el 
aragonés  fuera  lemosín  ni  tampoco  que  formara 
un  idioma  aparte,  como  ya  hemos  dicho  que  algu- 
nos lo  han  creído:  no  quieren  decir  más,  aunque 
parece  que  lo  dicen,  los  que,  como  Zurita,  Hartón 


72 

y  otros,  se  refieren  á  un  lenguaje  aragonés  con 
honores  de  idioma. 

Zurita,  en  una  de  sus  muy  razonadas  cartas  al 
sabio  arzobispo  D.  Antonio  Agustín,  á  quien  com- 
bate con  una  solapada  ironía  que  no  todos  han 
notado,  dice  las  siguientes  palabras:  «En  las  ora- 
aciones  (arengas)  que  se  pudieran  poner,  yo  con- 
»fío  muy  poco  de  mi  retórica,  y,  demás  desto,  soy 
»muy  enemigo  dellas  y  me  desagradan  en  extre- 
>rao  las  de  Guichardino,  aunque  sean  muy  elegan- 
>tes,  y  las  de  Hernando  del  Pulgar;  y  nosotros  los 

>  aragoneses  en  esta  parte.  Señor  limo.,  tenemos 
> algún  reparo  y  voces  propias  de  nuestra  tierra*. 
— El  P.  León  Benito  Hartón  dice  á  su  turno: 

«Uso  de  algunos  términos  de  Aragón  rigurosos, 

>  aunque  parezcan  diferenciarse  de  los  de  la  Corte 
>ó  modo  de  hablar  español  que  juzgan  más  elo- 
> cuente:  Demóstenes  y  Platón  escribieron  en  len- 
»gua  ática,  Hipócrates  en  jónica,  Teócrito  en  dó- 

>rica  y  en  eólica  Safo.  Alceo  y  otros  autores 

»hasta  persuadirse  era  el  de  sus  ciudades  el  pro- 
>pio  y  mejor  ó  más  limado  de  la  lengua  griega:  lo 
»mismo  les  sucede  á  las  regiones  de  España,  al 
» creer  varios  pueblos  es  su  estilo  el  más  espa- 
>ñol,  entre  los  cuales  no  sobresale  poco  Zarago- 
>za».  —  Mucho  antes  D.  Jerónimo  de  Urrea,  en 
su  Diálogo  de  la  verdadera  honra  militar^  hacía  de- 
cir á  uno  de  sus  interlocutores:  «Huélgome  de  ver 
cómo  voy  haciendo  fruto  en  vos^;  y  el  otro  contes- 
taba: «Gracias  á  mi  entendimiento  y  no  á  vuestro 
romance  aragonés  retórico  y  grosero».  En  núes- 


1 


73 

tros  días  ha  publicado  el  erudito  Sr.  Gayaugos  las 
Consolaciones  del  Antipapa  Luna,  traducidas  (dice) 
por  él  ó  algún  aragonés,  «como  lo  muestran  cla- 
ramente el  giro  de  la  frase  y  el  estilo»,  cuya  obra 
da  al  público  para  ejemplo  del  estilo  y  lenguaje 
castellano  usado  en  Aragón  en  el  siglo  xv;  pero 
ese  estilo  y  lenguaje  discrepan  tan  poco  de  lo  que 
se  usaba  en  Castilla,  que  no  sabemos  cómo  citar 
alguna  cosa  que  se  parezca  á  aragonesa,  á  no  ser 
que  se  tengan  por  tales  ^aquel  muy  tierno  llorante 
en  tiempo  de  frio^;  *en  Dios  haber  as  consolación*; 
<oyeá  San  Gregorio  á  ti  consejante*;  «Job  derechero, 
é  teniente  á  Dios,  é  partiente  del  mal,  en  el  cielo  lo 
cobraras  perpetual» ;  <muchas  de  veces»]  «porque  non 
hayades  f aligación  en  nuestros  corazones»;  «non  será 
dada  corona  de  gloria  si  non  al  peleante  lejitimamen- 
te*;  *á  las  ánimas  espinan»;  «non  han  menester  mu- 
cha sabiduría  de  cocineros  nin  de  arte  de  cocinar». 

En  el  Museo  Universal  se  publicó  una  poesía  ca- 
balleresca que  decía  ser  imitación  de  la  poesía  y 
lenguaje  aragonés  de  principio  del  siglo  xiii,  y  no 
hay  nada  de  tal  cosa,  por  más  que  su  autor  (don 
Rafael  Boira)  hubiese  nacido  en  Aragón  y  aun, 
según  hemos  oído,  tuviese  inédito  un  pequeño 
diccionario  aragonés  y  por  consiguiente  debiese 
saber  lo  que  decía  en  este  punto;  pero  nosotros  no 
acertamos  á  encontrar  más  aragonesismos  que  los 
del  verso:  «El  laúd  mosen  Luesias  apresta  et  ado- 
va».  Y,  para  concluir  esto,  en  el  Siglo  de  oro  de 
la  poesía  aragonesa  hacían  tanto  alarde  del  espa- 
ñolismo nuestros  poetas,  y  sobre  todo  nuestros 


74 

críticos,  que  á  uno  de  ellos  se  privó  de  premio  en 
un  certamen,  porque  en  vez  de  haz  había  escrito 
fajo. 

Sobre  el  fingido  Avellaneda,  á  quien  hemos  ci- 
tado no  ha  mucho  y  cuyo  lenguaje  se  ha  exami- 
nado muy  poco,  nos  permitiremos  una  ligera  di- 
gresión, por  lo  que  tiene  de  interesante  á  nuestro 
objeto  y  por  la  celebridad  que  alcanza  todo  lo  que 
se  roza  con  el  Príncipe  de  nuestros  ingenios. 

Cervantes  publicó  en  1605  y  después  en  1608, 
las  cuatro  Partes  de  Don  Quijote,  que  después  qui- 
so que  se  llamaran  una  sola  y  primera  Parte,  á  la 
cual  dio  cima  con  el  encantamiento  del  héroe 
manchego,  razonablemente  maltratado  por  el  ca- 
brero y  los  disciplinantes  y  restituido  con  aquella 
industria  á  su  aldea,  en  donde  el  autor  le  dejó  tan 
finado,  como  que  habló  de  lo  poco  que  lai  tradi- 
ción conservaba  acerca  de  sus  posteriores  aven- 
turas en  Zaragoza  y  concluyó  con  los  versos  que 
á  su  muerte  se  escribieron,  pero  dejando,  no  obs- 
tante, al  lector  con  esperanza  de  la  tercera  salida 
de  Don  Quijote.  Al  cabo  de  algunos  años  y  cuando 
ya  Cervantes  tenía  adelantada  la  nueva  parte  de 
su  inmortal  novela  hasta  el  capítulo  LIX,  que  es 
donde  empieza  á  ocuparse  de  Avellaneda,  publi- 
có éste  en  Tarragona  el  año  1614  una  continua- 
ción, que  Lesage  tradujo  al  cabo  de  un  siglo,  en 
1704,  y  que  después  se  ha  reimpreso  en  1732,  en 
1805  y  por  Rivadeneira  en  nuestros  días,  habien- 
do merecido  á  todos  en  general  fuertes  dicterios, 
pero  habiendo  sido  calificada  por  Montiano  y  Blas 


75 

Nasarre  como  superior  á  la  del  mismo  Cervantes 
Saavedra. 

Bueno  es  que  éste  contestara,  en  el  suyo  delica- 
dísimo, al  torpe  prólogo  de  Avellaneda;  bueno  es 
que  continuara  su  Quijote  con  la  decencia  y  el 
donaire  que  tantas  veces  hubieron  de  faltar  á  su 
competidor;  bueno  es  que  pusiera  la  inimitable 
segunda  parte  suya  muy  por  encima  (que  lo  está 
mucho  en  efecto)  de  la  del  atrevido  ingenio  tor- 
desillesco;  bueno  es  que  le  hiciera  las  repetidas  y 
chispeantes  alusiones  que  se  leen  en  varios  luga- 
res, que  le  motejara  por  haber  abandonado  como 
ingrata  á  Dulcinea  del  Toboso,  que  lo  deseara  que- 
mado y  hecho  polvos  por  impertinente^  y  aunque 
trajera  hacia  el  fin  de  la  historia  á  D.  Alonso  Tar- 
fe,  grandísimo  amigo  del  otro  Don  Quijote,  para 
que  se  sacara  testimonio  por  ante  un  Alcalde  y 
un  Escribano  sobre  la  autenticidad  del  verdadero 
hidalgo  de  la  Mancha:  pero  no  anduvo  tan  cuer- 
do el  gran  Cervantes  en  aquel  juego  de  pelotear 
los  diablos  ante  Altisidora  con  el  libro  de  Avella- 
neda, ni  en  inquietarse  porque  éste  llamara  comi- 
lón á  Sancho,  ni  en  privar  á  Zaragoza  del  honor 
que  en  recibir  á  Don  Quijote  le  había  dado  ya  la 
tradición  (en  el  último  capítulo  de  la  primera  par- 
te); ni  en  tener  por  cosas  dignas  de  reprehensión.., 
que  el  lenguaje  es  aragonés,  porque  tal  vez  escribe  sin 
artículos.,,  y  que  yerra  y  se  desvia  de  la  verdad  en 
la  mas  principal  de  la  historia,  porque  aquí  dice  que 
la  mujer  de  S,  Panza  mi  escudero  se  llama  Mari-  Gu- 
tiérrez y  no  se  llama  tal  sino  Teresa  Paw2?a  (cap.  LIX). 


76 

Dejando  esto  último  como  menos  importante,  si 
bien  prueba  una  vez  más  la  distracción  con  que 
Cervantes  escribía,  cuando  no  recordó  aquellas 
sus  palabras  del  capítulo  Vil,  aunque  lloviese  diez 
reinos  sobre  la  tierra,  ninguno  asentaría  bien  sobre 
la  cabeza  de  Mari- Gutiérrez;  vengamos  á  lo  del 
lenguaje  aragonés. 

Que  el  autor  tuviera  esa  patria  no  es  para  nos- 
otros dudoso  desde  que  Cervantes,  que  le  habría 
muy  bien  conocido,  nos  lo  aseguró  varias  veces, 
ya  no  con  aire  de  sospecha,  sino  con  toda  la  reso- 
lución de  quien  hablaba  sobre  seguro:  que  el  tal 
aragonés  fuera  inquisidor  está  punto  menos  que 
resuelto,  si  como  creemos  se  ha  interpretado  bien 
una  frase  de  Cervantes:  que  fuera  además  religio- 
so de  la  Orden  de  Predicadores  se  tiene  hoy  por 
muy  probable,  aunque  más  lo  dudara  Clemencín, 
fundado  en  los  cuadros  y  expresiones  lúbricas  é 
indecentes  del  segundo  Don  Quijote,  pero  olvidan- 
do un  momento  la  mayor  procacidad  con  que,  res- 
pecto á  nuestros  tiempos,  en  aquellos  dorados  se 
escribía:  que  fuera,  en  fin,  el  inquisidor  general 
Fr.  Luis  de  Aliaga,  ó  el  dominico  Joaquín  Blanco 
de  Paz  con  quien  se  enemistó  Cervantes  en  Argel, 
ó  un  autor  de  comedias  criticadas  en  la  primera 
parte  del  Quijote,  como  afirma  resueltamente  don 
Vicente  de  los  Ríos,  es  una  cuestión  literaria  que 
permanece  todavía  sub  judice.  En  favor  de  la  pri- 
mera opinión  ha  aducido  tan  buenas  conjeturas 
el  laborioso  y  perspicaz  escritor  D.  Cayetano  Ro- 
sell  que  á  muchos  ya  ha  rendido  á  su  opinión, 


77 

no  porque  el  episodio  de  los  Felices  Amantes  re- 
vele un  tan  gran  conocimiento  de  los  conventos 
de  religiosas  que  no  lo  pudiera  tener  quien  no 
los  hubiera  menudamente  visitado,  sino  por  las 
analogías  de  estilo  entre  el  Quijote  de  Avellaneda 
y  la  Venganza  de  la  lengua  española  de  Aliaga,  y 
por  la  coincidencia  de  haber  denostado  á  Aliaga 
el  Conde  de  Villamediana,  en  una  décima  satírica, 
con  el  nombre  de  Sancho  Panza,  mientras  se  de- 
signaba con  el  mismo  á  Avellanada  en  un  veja- 
men de  Zaragoza;  no  siendo  por  otra  parte  muy 
descaminada,  aunque  desde  luego  gratuita,  la  sos- 
pecha que  ha  expuesto  Rosell  de  que,  conocido 
Aliaga  en  la  Corte  con  el  nombre  de  Sancho 
Panza ^  tomara  Cervantes  ese  apodo  para  po- 
pularizarlo en  su  simple  escudero,  de  que  re- 
sultara la  venganza  literaria  del  supuesto  Ave- 
llaneda. 

Para  nosotros  es  todo  ello  indiferente  sino  la 
patria  de  este  autor,  y  ese  es  por  otra  parte  el 
único  dato  averiguado;  pero  lo  difícil  de  concebir 
es,  cómo  encontró  Cervantes  digno  de  reprehensión 
el  lenguaje  aragonés,  que  sólo  conoció  porque  tal 
vez  escribe  sin  artículos.  Lo  ligero  y  tenue  de  esta 
indicación,  que  luego  declararemos  ser  también 
poco  justa,  prueba  á  lo  menos  la  ninguna  diferen- 
cia que  había  entre  el  lenguaje  aragonés  y  el 
castellano;  y,  aunque  nuestro  Diccionario,  en  que 
hemos  llegado  á  reunir  un  número  bastante  consi- 
derable de  voces,  parece  que  está  probando  lo  con- 
trario, convéngase  en  que  el  lenguaje  no  es  en  sí 


78 

desemejante  y  que  el  de  los  escritores  es  absoluta- 
mente común  cuando  no  idéntico. 

Hemos  leído  con  algún  cuidado  la  obra  de  Ave- 
llaneda, cuyo  lenguaje  han  elogiado  aun  sus  im- 
pugnadores; y,  deseando  que  suministrase  alguna 
materia  á  nuestro  Vocabulario,  ya  que  no  la  hemos 
obtenido  de  otros  escritores  positivamente  arago- 
neses, pero  siempre  escritores  en  muy  buen  cas- 
tellano, no  ha  podido  logrársenos  el  deseo  sino  en 
un  reducidísimo  número  de  voces  y  locuciones. 
Las  únicas  palabras  que  hemos  sorprendido  son 
zorriar,  repapo,  malvasía,  repostona,  mala-gana  y 
buen  recado,  de  cuyas  cuatro  primeras  (quizá  no 
todas  aragonesas)  ya  hemos  dado  cuenta  en  nues- 
tro Diccionario,  habiendo  de  decir  de  las  otras 
que  la  una  se  halla  en  el  capítulo  XXXI  en  aquel 
pasaje  «á  quien,  por  aguardar  que  convaleciese 
»de  una  mala-gana  que  le  había  sobrevenido  en 
>Zaragoza,  no  quiso  dejar  Don  Carlos>,  y  la  otra 
en  el  XXXV: — «Mal  se  puede  cerrar,  replicó  Don 

>  Carlos,  carta  sin  firma,  y  así  decid  de  qué  suerte 

>  soléis  firmar.  ¡Buen  recado  se  tiene!  respondió 
> Sancho:  sepa  que  no  es  Mari-Gutierrez  amiga 
>de  tantas  retóricas». 

También  leemos  en  los  capítulos  XXVI  y  XXIX 
«echemos  pelillos  en  la  mar  y  con  esto  tan  amigos 

como  de  antes dése  por  las  entrañas  de  Dios 

ptír  vencido,  como  mi  amo  le  suplica  y,  tan  amigo 
como  de  antes»;  en  el  XXVII  «la  primera  cosa  que 
hizo  en  despertar >,  locución  que  Rosell  corrige 
con  las  de  al  despertar  6  en  despertando;  y  en 


79 

el  XVII  y  otros  muchos  (porque  ésta  es  en  él  mane- 
ra de  decir  muy  de  su  gusto)  «á  la  que  llegó  (cuan- 
do llego)  delante  de  ella,  se  hincó  de  rodillas  >. 

Pellicer,  diligente  escritor  aragonés  y  uno  de 
los  que  mejor  han  biografiado  á  Cervantes  y  co- 
mentado y  corregido  el  Quijote,  dice  de  Avellaneda: 
«aunque  en  Aragón  se  habla  generalmente  la  len- 
gua Castellana  y  algunos  aragoneses  son  maestros 
consumados  de  ella,  pero  este  autor  no  supo  evitar 
ciertas  voces  y  modismos  propios  de  aquel  reino» 
así  como  otros  lo  son  de  otras  provincias  de  Cas- 
tilla», y  luego  añade  que  Cervantes  podía  haber 
alegado  otras  pruebas  de  aragonesía  no  menos 
convincentes  y  copiosas  que  la  de  escribir  sin 
artículos,  como  son  las  locuciones  en  salir,  á  la 
que  volvió,  el  señal,  la  escudilla,  en  las  brasas, 
hincar,  carteles,  le  pegaré,  menudo  6  mondongo, 
malagana,  mire,  oiga,  etc.;  pero  Pellicer,  que  escri- 
bía esto  en  1797,  debía  saber  que  sesenta  años 
antes  ya  estaban  definidas  como  españolas  algu- 
nas de  estas  palabras,  v.  g.,  escudilla,  menudo  y  pe- 
gar, y  que  la  locución  impersonal  de  mire,  perdo- 
ne, etc.  siempre  se  tuvo  como  esencialmente  frai- 
lesca y  no  aragonesa,  aunque  para  nosotros  era 
totalmente  española. 

No  anotamos  zorrinloquios  por  circunloquios  por- 
que en  boca  de  Sancho  Panza  no  puede  ser  eso 
sino  un  barbarismo  dispuesto  graciosamente  y  de 
propósito;  ni  hendo  cruel  penitencia  por  haciendo» 
porque  nos  parece  del  mismo  carácter,  aunque 
hay  pueblos  en  Aragón  que  dicen  vinon  por  vi- 


80 

nieron,  tuvon  por  tuvieron^  etc.,  mas  respecto  de 
omisiones,  todo  lo  que  hemos  advertido  ha  sido 
haberse  callado  por  dos  veces  la  preprosición  de, 
lo  cual  se  verifica  en  aquellas  locuciones  de  los 
capítulos  XVII  y  XIX  «cerca  (de)  los  muros  de 
una  Ciudad  de  las  buenas  de  España...  pero  lie- 
gando  á  pasar  por  delante  (de)  su  monasterio», 
las  cuales  son  á  uso  latino  y  de  uso  catalán;  y 
haberse  suprimido  otras  tantas  el  artículo  en  el 
capítulo  VII  en  donde  dice  «ello  es  verdad  que 
no  todas  (las)  veces  nos  salían  las  aventuras  como 
nosotros  queríamos...  y  con  esto  hacía  toda  (la) 
resistencia  que  podía  para  soltarse»,  á  cuyas  dos 
frases  no  es  lícito  agregar  aquella  otra  «á  falta  de 
colcha  no  es  mala  (la)  manta». 

He  ahí,  pues,  á  qué  proporciones  queda  reducido 
el  reparo  de  Cervantes,  aun  más  diminuto  para  el 
que  recuerde  aquel  pasaje  de  P.  de  Mejía  en  su 
Coloquio  del  porfiado:  «porque  en  invierno  no  es 
menester  fresco,  y  en  verano  no  lo  hay  todas 
veces»,  ó  aquel  de  Que  vedo  en  Casa  de  locos  de 
amor:  «no  podían  ejecutar  las  temas  de  sus  locu- 
ras todas  veces*. 

Por  todo  lo  expuesto,  insistimos  en  que  no  hay 
tal  idioma,  pero  sí  una  perceptible  desviación;  una 
una  si  se  quiere  más  energía;  una  conservación 
más  tenaz  del  arcaísmo  común,  y  de  ahí  el  ser 
acá  tan  frecuentes  agora,  mesmo,  trujo,  dende,  y 
muchos  otros  vocablos  de  que  ya  no  hacen  gala 
sino  los  poetas;  y,  en  fin,  un  cierto  caudal  de 
voces  que  dan  amplia  materia  á  algún  estudio. 


1 


81 


II 


A  este  examen  vamos  á  dedicar  el  resto  de 
nuestra  tarea,  procurando  señalar  la  procedencia 
de  algunas  palabras,  legitimando  en  lo  posible  su 
uso,  probando  que  á  su  invención  ha  precedido 
instintivamente  el  mejor  juicio  y  manifestando  que 
no  son  barbarismos  de  gente  inculta,  sino  á  veces 
primores  que  el  idioma  castellano  debiera  pro- 
hijar (1^  ó  no  haber  abandonado.  Entiéndase  que 
para  la  formación  de  este  discurso,  así  como  para 
la  del  Diccionario  que  le  sigue,  hemos  de  servir- 
nos, en  cuanto  nos  sea  dable,  de  escritores  arago- 
neses, de  anuncios  ó  inscripciones  oficiales,  de 
avisos  impresos,  de  la  conversación  de  personas 
cultas,  y  sólo  en  donde  todo  esto  no  alcance,  del 
habla  común  de  los  aragoneses.  No  abultaremos, 
pues,  el  Vocabulario  ni  la  crítica  con  palabras  de 
las  que  frecuentemente  se  improvisan  pero  no  se 
extienden  ni  se  hacen  permanentes:  tampoco  no 
lo  haremos  con  las  locuciones  latinas,  usadas  por 
nuestros  foristas,  como,  ne  pendente  apellationef  ar- 
ticulo de  toliforciam,  sentencia  de  lite  pendente,  neu- 
tram  y  otras,  pues  aunque  sabemos  que  la  Acade- 

(1)  «Yo  en  caso  de  haber  formado  algún  vocablo  nuevo,  dice  Mayans 
en  sus  Orígenes,  antes  le  tomaría  de  las  provincias  de  España  que  de  las 
extrañas;  antes  de  la  lengua  latina,  como  más  conocida,  que  de  otra 
muerta». 


82 

mia  incluye  algunas  locuciones  latinas,  de  antiguo 
castellanizadas,  no  lo  hace,  y  esto  con  su  habitual 
prudencia,  sino  cuando  son  del  dominio  general  y 
no  del  tecnicismo  de  una  ciencia;  ni  tenemos  por 
verdaderamente  aragonesas,  aunque  de  uso  par- 
ticular de  nuestros  escritores,  algunas  libertades 
derivadas  del  idioma  castellano,  como  tierra  laja, 
para  denotar  cierta  comarca  de  la  derecha  del 
Ebro  y  alto  Aragón  para  denotar  la  de  la  izquierda, 
turbante  en  sentido  del  que  turba,  comisante  por  el 
que  comisa  y  adminiculado  de  adminicular,  voces 
usadas  por  Larripa;  adrezar  que  dice  Blancas; 
catedrero  que  consignan  los  Gestis  de  la  Universi- 
dad de  Zaragoza;  consimile  por  semejante;  reforme 
por  reforma  y  tisiquez  por  tisis,  que  hemos  leído 
en  otra  parte;  caminos  circunstantes  que  también 
hemos  visto  usado;  acolitar  d  laudes  y  azulejar  el 
pavimento  que  dice  Martón;  condiputado  que  escribe 
Sayas;  membranáceo  que  dice  no  mal,  en  lugar  de 
membranoso,  el  racionero  Latassa;  comisarios  ^^\ 
cer  cenador  es ,  lugar  tenientes  y  otros  cargos  que  no 
puede  especificar  el  Diccionario  de  la  lengua  y 
que  sin  embargo  son  corrientes  en  los  tratados  de 
legislación  aragonesa. 

Procedemos  en  este  punto  con  tal  cautela  y  tan 
desapasionadamente,  que  ni  damos  cabida  á  algu- 
nas palabras  ^2)  por  el  solo  hecho  de  hallarse  en 

(1)  Aludimos  á  los  comisarios  forales,  los  de  viedas,  los  de  transeún- 
tes, los  de  la  sal,  los  de  los  bienes  aprehensos  y  otros. 

(2)  Como  latidavn  y  angostodavo  que  usa  Cuenca,  pero  que  proceden 
directamente  del  latín  y  se  hallan  adoptadas  por  los  franceses  y  aun  cas- 
tellanizadas en  algunos  diccionarios  de  ambas  lenguas. 


83 

nuestros  autores  y  no  en  el  Diccionario  de  la  Aca- 
demia, ni  incluimos  otras  que  son  explicadas  como 
aragonesas  por  algunos  escritores,  pero  que  en  el 
Diccionario  oficial  figuran  como  castellanas,  tales 
son  universidades,  gramalla,  pedreñal  y  otras  va- 
rias; ni  acrecemos  mucho  nuestro  Vocabulario  con 
otras  cuya  definición  académica  no  tiene  el  alcan- 
ce de  los  textos  aragoneses  como  en  aquellas  her- 
mosas palabras  de  la  Unión  «porque  non  querrían, 
si  Deus  e  el  seynor  rey  quissies,  tener  ni  seguir 
otra  carrera  que  la  suya»;  ni  aun  reputamos  como 
aragonesa  la  palabra  dosel  usada  en  las  Corona- 
ciones de  Blancas  y  calificada  como  esencialmente 
aragonesa  por  él  y  su  comentador  el  cronista  An- 
drés, el  cual  para  su  mejor  inteligencia  se  refiere, 
bien  inoportunamente  por  cierto,  al  Tesoro  de  Co- 
varrubias  y  al  Comento  del  PolifemOf  escrito  por 
García  Coronel,  cuyos  autores  no  le  dejah  muy 
airoso  con  sus  declaraciones. 

Lo  mismo  hemos  practicado  con  algunas  pala- 
bras puramente  lemosinas  ó  catalanas  como  ma- 
teix,  res^  tantos t,  apres,  nueyt,  muyto,  destrenyer, 
(acosar),  los  adverbios  en  meiit  6  mientre;  y  con 
mucha  más  razón  cercar  por  buscar  que  usa  el  Có- 
dice de  los  Privilegios  de  la  Unión  y  environar  por 
cercar  que  dijo  el  rey  Don  Martín  en  la  famosa 
oración  con  que  abrió  las  Cortes  de  1398.  Hemos 
también  omitido  algunos  de  los  muchos  tributos  ó 
pechas  que  en  documentos  latinos  aparecen,  pero 
que  no  creemos  del  todo  aragoneses,  como  plan- 
íáticum  que  se  pagaba  por  echar  el  ancla,  plateati- 


84 

cum  por  pasar  las  plazas,  porcagium  por  los  cerdos, 
salinaticum  por  la  sal,  poríulaiicum  y  tavitáticum 
por  las  naves,  etc.;  y  también  algunos  de  los  oñ- 
cios  de  la  casa  real,  como  suhhotellerius,  suhforna- . 
rius,  sobrecoch  (jefe  de  la  cocina)  y  otros  varios,  si 
bien  con  esta  ocasión  enumeraremos  los  que  se 
hallan  discernidos  en  las  Ordinaciones  de  la  Real 
Casa  de  Aragóriy  compiladas  por  Pedro  IV  en  idio- 
ma lemosín  el  año  1344,  traducidas  al  castellano  en 
1562  por  el  protonario  D.  Miguel  Gilmente  de  or- 
den del  príncipe  D.  Carlos  y  dadas  á  la  estampa 
en  Zaragoza,  año  de  1853  por  D.  Manuel  Lasala, 
cuyos  oficios  (que  decíamos)  son,  dejando  á  un 
lado  los  de  uso  y  nombre  más  conocidos,  los  de 
botilleros  mayores  y  comunes,  aguador  de  la  boti- 
llería, panaderos  mayores  y  comunes,  escuderos- 
trinchantes  j  argentarios  6  ayudantes  de  cocina,  me- 
nucier  6  repartidor,  escuderos  que  traen  los  manja- 
res, comprador^  cazadores  ó  perreros^  solreacemilero 
y  sotacemilero,  tañedores^  escuderos  y  ayudantes  de  cá- 
mara^ guarda  de  las  tiendas,  costurera  y  su  ayudan- 
te, especiero,  barrendero  y  lavador  de  la  plata,  hombres^ 
del  oficio  del  alguacil  (jusmetidos  á  él  para  aprehen- 
der criminosos),  mensageros  de  vara  6  vergueros^  esca- 
Untador  de  la  cera  para  los  sellos  pendientes,  ^e- 
lladores  de  la  escribanía,  promovedores ,  enderezadores 
de  la  conciencia,  sotaporteros^  servidor  de  la  limosna  y 
escribano  de  ración  que  era  á  manera  de  contador  ó 
tenedor  de  libros. 

Con  igual  economía  hemos  obrado  al  examinar 
el  Índice  donde  se  declaran  algunos  vocablos  aragone^ 


85 

Ms  antiguos^  el  cual,  aunque  trabajado  por  el  in- 
signe Blancas,  si  bien  contiene  doscientas  nueve 
voces,  pero  trae  muy  pocas  rigurosamente  arago- 
nesas; y  aun  por  esto  no  hemos  incluido  de  entre 
ellas  sino  diez,  habiendo  despreciado  las  que  nos 
han  parecido  castellanas  antiguas,  que  son  las  más, 
y  habiendo  renunciado  no  sin  pena  á  algunas 
otras  que  no  dejan  de  tener  semblante  aragonés, 
como  son  aconsegüexca  alcance,  bellos  ricos,  boíi- 
cayx  bofetada,  camisol  alba,  caxo  mejilla,  descone- 
xenza  ingratitud,  esguarl  cuenta,  guarda-corps  sayo, 
las  oras^  entonces,  lunense  apártense,  meyancera  me- 
dianía, ont  por  esto,  periesca  parta  ó  tome,  períaña 
toma,  rengas  riendas,  sines  sin,  vaxiellos  vasos, 
umplie  llenó,  izca  salga. 

Algunas  más  palabras  se  han  omitido  en  el 
Vocabulario;  unas  porque,  si  bien  se  encuentran 
^n  documentos  aragoneses,  se  hallan  también  en 
otros  castellanos  de  la  Edad  Media,  escritos  en 
el  mal  latín  de  aquellos  tiempos;  otras  porque 
no  tienen  para  nosotros  un  valor  conocido.  Sean 
ejemplo  alyala  ó  alíala,  esto  es  ^prastatio  qum 
pro  investidura  et  laudemiis  fundi  alicujus  recens 
comparan  datur,  scilicet  dúo  morabaüni  et  septem 
denarii>,  cuyo  pago  solía  expresarse  en  las  escri- 
turas con  la  frase  aliala  paccata;  apacon,  cuya 
voz  hemos  oído  sin  que  conozcamos  á  punto  fijo 
su  significado;  brunias^  que  ya  hemos  trasladado 
á  un  documanto  citado  por  Briz  Martínez;  cazeno, 
que  puede  ser  roble  ó  encina,  pero  que  no  hemos 
visto  en  ningún  Diccionario,  aunque  Briz  en  el 


86 

citado  documento  lo  escribe,  como  en  latín,  de 
esa  manera  y  sin  explicación  alguna  ^^^;  macano, 
que  se  encuentra  en  el  mismo  caso  y  que  escrito 
con  cedilla  pudiera  ser  manzano,  leyéndose  por 
lo  demás  en  un  documento  lusitano  citado  por  Da- 
cange:  ^unam  copam  deauratam  in  Maganis  et  circa 
hihitorium  et  circa  pedem>;  marcizacion,  que  se  nos 
ha  comunicado  como  palabra  alguna  vez  leída, 
pero  que  nosotros  no  hemos  alcanzado  á  conocer 
en  ningún  documento,  ni  podido  por  consiguien- 
te interpretarla;  mazarechos,  que  hemos  visto  usa- 
do en  escrituras  aragonesas  sin  entenderlo,  aun- 
que de  persona  doctísima  sabemos  que  significaba 
en  la  Edad  Media  una  especie  de  copa  traída  de 
Egipto. 

Esa  misma  parsimonia,  pero  mucho  más  funda- 
da, nos  ha  guiado  en  cuanto  á  las  palabras  caste- 
llanas que  Ducange  deñne  en  su  Glosario  (2)  apo- 
yado en  documentos  aragoneses,  cuales  son  entre 
otras:  acémila,  albarda,  alodial,  arada,  armador,  az- 
cona, bandosidad,  cabezalero,  caJiiz,  corredor,  escom- 
brar, espera,  fincar,  jurista,  malatia,  maleta,  mayo- 

(1)  Posteriormente  á  nuestro  Diccionario  se  publicó  el  Glosario  de  En- 
gelmann,  ampliado  más  tarde  por  Dozj'  en  1869,  y  allí  se  sospecha  que 
cazeno  sería  algún  metal,  como  zinc,  ó  una  mezcla  de  estaño  y  bismut. 

(2)  Glossarium  medice  et  infimce  latinitatis,  por  Carlos  Dufresne,  señor 
de  Ducange,  aumentado  por  los  monges  de  San  Benito  y  por  Carpen- 
tier,  religioso  de  la  congregación  de  San  Mauro.— Nos  hemos  servido  de 
la  edición  de  Didot  (1840  y  siguientes),  que  es  en  seis  volúmenes  y  con- 
tiene un  prefacio  de  Ducange,  otro  de  los  benedictinos,  para  una  nueva 
edición;  una  epístola  de  Baluzio  sobre  la  vida  de  Ducange  (fué  belga, 
nació  en  1610  y  murió  de  87  años  después  de  haber  honrado  como  abo- 
gado el  foro  de  París);  un  prefacio  de  Carpentier,  á  quien  se  facilitó  en 
1738  para  la  continuación  del  Glosario  el  Tesoro  de  Cartas,  y  cerca  de 
diez  y  seis  mil  columnas  de  lectura  compacta  en  que  se  deñnen  con 
abundantes  autoridades  las  palabras  que  se  hallan  en  los  documentos 
de  la  baja  latinidad. 


87 

raly  mezclarse,  parral,  pérdida^  perdidoso,  quilate, 
quitación,  rastro,  realengo,  renegado,  saca,  salva, 
sesmero,  sobreseimiento,  soldada,  sollo,  tapial,  taza, 
timbre,  tornadizo  y  trepado  ^^\ 

Las  leyes  de  la  crítica  son  muy  estrechas,  y  las 
leyes  del  gusto,  aunque  mucho  más  amplias,  tie- 
nen también  su  órbita  que  no  han  de  traspasar. 
Nuestra  conciencia  literaria  es  algún  tanto  seve- 
ra, aunque  no  temática,  y  nos  obliga  á  excluir  de 
nuestro  Vocabulario  hasta  palabras  que  le  abulta- 
rían y  darían  más  valor  y  que  á  nosotros  no  nos 
costarían  más  trabajo.  Hay  quienes  nos  han  faci- 
litado listas  de  voces  que  reputaban  aragonesas, 
y  la  máxima  parte  eran  españolas;  hay  quienes 
han  echado  de  menos  otras  en  nuestro  Dicciona- 
rio, y  casi  todas  habían  sido  ya  examinadas  y, 
con  buenas  razones,  rechazadas  por  nosotros;  hay 
quienes  creen  que  el  barbarismo  ó  solecismo  cons- 
tituyen siempre  (cuando  solamente  lo  constituyen 
en  muy  dados  casos)  palabra  nueva;  hay  quienes, 
si  en  una  tilde  discrepan  la  voz  corriente  y  pura 
y  la  que  ven  usada  en  Aragón,  tienen  á  ésta  por 
sujeta  á  la  legislación  provincial.  Nosotros  no  po- 
demos conceder  con  todo  esto,  y  en  general  tene- 
mos que  rechazarlo  todo;  y,  si  algo  se  salva  de 
esta  común  exclusión,  es  por  la  vía  estrecha  de 


(1)  Tampoco  hemos  querido  traducir ,  para  incorporarlas  en  nuestro 
Diccionario,  algunas  palabras  no  castellanas  y  tomadas  de  documentos 
aragoneses,  como  conteribusterius  pechero,  cubilaris  predio  rústico,  em- 
bola caballería  de  carga,  encanum  subasta,  enfrachescere  hacer  franco  ó 
libre  de  pago,  flaquería  panadería,  juvenis  homo  plebeyo  y  pasante  de 
escribano,  testiiiia  armadura  para  la  cabeza. 


88 

las  excepciones:  el  por  qué  de  cada  una  de  éstas 
va  bajo  nuestro  criterio  y  responsabilidad. 

No  aludimos  en  estas  censuras  á  los  Sres.  Savall 
y  Penen,  cuyas  personas  y  obras  apreciamos,  y  á 
quienes  en  el  Vocabulario  nos  referimos  en  algu- 
nas ocasiones;  pero  respetando  el  sistema  por 
ellos  seguido  en  el  Glosario  con  que  ilustraron  la 
edición  de  los  Fueros  y  Observancias  de  Aragón,  nos- 
otros no  podemos  seguir  el  suyo  por  la  diferen- 
cia misma  que  hay  entre  su  objeto  y  el  nuestro,  ó 
entre  su  plan  y  el  nuestro,  y  vamos  á  decir  lo  que 
ellos  incluyen  y  nosotros  excluimos.  Pero  antes 
debemos  notar  la  inconsecuencia  en  que  caen, 
pues  en  las  advertencias  con  que  encabezan  el 
Glosario  se  declaran  muy  restrictivos  (en  lo  cual 
andamos  con  ellos  de  acuerdo),  y  ofrecen  omitir 
muchas  series  de  palabras,  entre  ellas  las  inclui- 
das como  españolas  por  la  Academia,  las  apoco- 
padas  como  fnert\  las  de  s  líquida  como  sciencia, 
las  terminadas  en  scer,  las  de  letra  doble  como 
atiender,  las  de  alteración  de  una  letra  como  ob- 
jecto,  las  desviadas  ligeramente  por  causa  de  la  or- 
tografía ó  pronunciación  como  irehudo,  las  de  sig- 
nificación clara,  los  adjetivos  verbales  en  ero  como 
estimadero,  los  participios  activos  como  arrandante, 
los  verbos  compuestos  como  sobreseyera  las  voces 
que  tienen  en  su  composición  la  %  antigua  ó  la  ny 
como  anyo  y  las  que  llamasen  agregadas  como 
dolmacen:  mas,  al  llegar  luego  al  Glosario,  dan  ca- 
bida á  muchas  de  estas  mismas  voces,  en  cuyo  ca- 
mino ya  no  les  seguimos.  Nosotros  no  podemos 


89 

incluir  en  nuestro  catálogo  palabras  como  las  si- 
guientes, que  ponemos  para  ejemplo. 

tinas  no  tienen  sino  cambios  ortográficos ,  ver- 
bigracia, abito,  derecho,  henero^  acaballo,  evilla,  Tin- 
vas,  vas  lárdelo^  vestía,  tovalla,  darzones  (de  arzones), 
laurar  (labrar),  senyor. 

Otras  son  puramente  latinas,  de  esas  que  no 
quedan  en  el  fondo  del  iáiovndi'.  pos side,  moneta^psal- 
moy  genollarse,fuso,  fulla,  alieno,  closo  (cerrado), 
exiliar,  fava,  allio  (ajo),  Jíeto^  filio,  computo  (pre- 
sencia), deciso,  fruir,  dempto  (quitado),  expremir, 
exeludir,  concepto  (concebido),  exida,  deshitar. 

Otras  son  extranjeras  corruptas,  principalmen- 
te provenzales,  y  no  naturalizadas  tampoco:  ade- 
vani  adelante,  efer  negocio,  ara  ora,  argent  plata, 
atan  tan,  avant  adelante,  hlat  trigo,  hlau  azul,  breu 
breve,  hueyto  vacío,  hueytar  vaciar,  cendra  ceniza, 
clau  clavo,  comhatrá  combatirá,  comhra  comerá, 
cuentra  contra,  cueyto  cocido,  cuytellaria  cuchille- 
ría, dejus  y  dius  debajo  y  bajo,  dereyto  derecho,  dir 
decir,  dit  dicho,  esguarte  miramiento,  fer  hacer, 
feito  hecho;  fil  hilo,  fins  hasta,  formage  queso,  fro- 
mentes  granos,  ge  se,  guañar  ganar,  güey  hoy,  guey- 
to  y  hueyto  ocho,  lur  y  lures  suyo  y  suyos,  medge 
médico,  proveyto  provecho,  deposar  depositar,  cre- 
var  quebrantar,  composar  componer. 

Otras  padecen  una  simple  alteración  fundada 
en  la  preferencia  de  ciertas  letras  sobre  otras, 
como  la  u  sobre  la  j,  la  b  sobre  la  p,  la  t  sobre  la 
d  ais.  catalana,  la  e  sobre  la  i  y  viceversa  la /por 
la  n,  evolución  tan  española  como  aragonesa;  por 


so 

ejemplo:  ahella  abeja,  aparellado  aparejado,  avallar 
abajar,  bermello  bermejo,  canela  canela,  consello 
consejo,  conello  conejo,  allos  ajos,  cerralla  cerraja, 
illada  ijada,  navalla  navaja,  millor  mejor,  tr aballo 
trabajo,  arcehisbe  arzobispo,  raboso  raposo,  cabazo 
capazo,  sabiese  supiese,  abai  abad,  almut  almud, 
costumat  acostumbrado,  ceruella  ciruela,  destricto 
distrito,  melad  mitad,  encéns  incienso,  intrego  en- 
trego, alfondega  alfóndiga,  admeter  admitir,  caxeta 
cajita,  vueytre  buitre,  civada  cebada,  didal  dedal, 
epidimia  epidemia,  pior  peor,  reútorio  refectorio, 
lichera  lechera,  alfeña  alheña,  cajíz  cahiz,  foces  \iO- 
dQSj  ferradura  herradura,  gucTiillero  cuchillero,  con- 
té conde,  espital  hospital,  gleda  greda,  paper  papel, 
acercon  azercon  ó  minio,  caxafistola  cañafistula,  co- 
noxer  conocer,  carabazas  calabazas,  axada  azada, 
exo  eso,  axi  así,  antedito  antedicho,  Anglaterra  In- 
glaterra, cupa  copa,  curaza  coraza,  enguila  angui- 
la, ganar  ganar,  jodio  judío,  ruciar  rociar,  ser  ten 
sartén,  tenallas  tenazas,  tiseras  tijeras,  mantega 
manteca,  inseciilar  insacular,  premática  pragmática. 
Otras,  poco  disímiles  de  las  admitidas  como  de 
buen  cuño,  ofrecen  la  leve  diferencia  de  sílaba  ó 
letra  adicionada  al  principio,  al  medio  ó  al  fin, 
por  prótesis,  epéntesis  y  paragoge,  ó  sustraída 
por  aféresis,  síncope  y  apócope:  acontar  (contar), 
destorbo^  adjutgar,  advenidero^  alcanyela  (canela), 
almarrega^  abollar  (bollar  ó  sellar),  aniello,  vaxie- 
lla^  castiella,  orticcCno  (orégano),  cárrega  (carga), 
mega,  cayer,  cascavellies^  cucMello,  infanción,  seer, 
seido;...  roz  (arroz),  roba  (arroba),  scusa^  escamina- 


91 

do,  espachar;  ambres  (ámbares),  defalcar,  dicernir, 
docie7itoSy  estame  (estambre),  realgar  (rejalgar),  al- 
crehit,  archín,  canamas,  bufón  (buhonero),  capítol, 
compromis,  merluz,  tafetá,  indi  (índigo  ó  añil). 

Otras  se  desemejan  por  diferentes  conceptos,  y 
salta  á  la  vista  que  no  pueden  considerarse  como 
verdaderos  aragonesismos;  tales  son:  compesar ^ 
contumaciar,  adiiación,  de  contimen  (in  continenti), 
corrompíent,  desajiant,  lardíza  (barda),  alcJiub  (al- 
jibe), íllera  (glera),  mielca  (mielga),  urmo  (olmo), 
desamitanza^  encreedor^  exhíbexe,fraix  (fresno,  como 
en  catalán),  chiva  (giba),  desvasallarse,  ganda  (gual- 
da), eraba  (cabra),  exposar,  'pr emitir,  pretienda^  su- 
bornación,  probé  y  ciertas  onomatopeyas  como  tita, 
misino,  chucho,  etc.,  y  desde  luego  todos  los  barba- 
rismos  de  iuvíendo,  hícíendo,  indo  (yendo),  háblese, 
dase,  sallird,  estío  (estuvo),  habieron,  etc. 

Otras,  en  fin,  tienen  lo  mejor  de  las  excepcio- 
nes, la  de  ser  españolas,  definidas  por  la  Acade- 
mia: adjuneto,  aver  monedado,  calendas,  de  gran  ma- 
ñana, dende,  egual,  empués,  home,  á  escusa  (con  di- 
simulo), sacrament,  sanyoso,  sempiterno,  acaptar 
(mendigar),  toronja,  adocir,  cullidor^  alcotón,  min- 
grana,  verdete,  tesueto,  fuste^  zaguero,  encuesta^  sanio, 
enta  (hacia  y  hasta),  entro  y  escudilla. 

Por  españolas  unas,  por  extranjeras  otras,  por 
bárbaras  otras,  por  indecisas  otras,  ninguna  de 
las  citadas  puede  tener  campo  en  nuestro  Diccio- 
nario; á  pesar  de  que,  tal  cuaí  vez  nos  ha  bastado 
una  simple  aliteración  para  considerar  transfor- 
mada la  palabra,  como  se  lo  ha  bastado  á  la  Acá- 


92 

demia,  la  cual  incluye  (por  ejemplo)  regatear  y  r^ 
catear^  rastrojo  y  restrojo^  caray  y  carey  y  otras  pa- 
recidas, en  lo  cual  habrá  procedido  muy  cuerda- 
mente pero  no  muy  á  nuestro  gusto. 

Otras  palabras  hemos  también  desdeñado  que 
tal  vez  una  crítica  más  benigna  se  hubiera  com- 
placido en  aceptar,  siquiera  por  venir  de  un  autor 
y  de  un  libro  en  general  desconocidos.  Persona 
muy  entendida  de  toda  nuestra  confianza,  el  ara- 
bista D.  Francisco  Codera,  catedrático  de  esa  len- 
gua, nos  ha  comunicado  un  breve  catálogo  de 
voces  tomadas  de  Ebn  Buclarix  en  su  libro  Al- 
mostaini,  escrito  en  Zaragoza  hacia  el  año  1110, 
esto  es,  en  las  postrimerías  de  la  monarquía  árabe 
de  Aragón  y  en  los  albores  del  idioma  español 
escrito,  libro  del  cual  existen  tres  códices  diferen- 
temente puntuados,  el  uno  llamado  de  Leydem,  el 
otro  de  Ñapóles,  y  el  otro  que  fué  de  Toledo  y 
hoy  pertenece  á  la  Biblioteca  nacional.  En  ese  ca- 
tálogo vienen  algunas  voces  que  difieren  de  las 
españolas  en  sentido  aragonés;  pero  nosotros 
hemos  aprovechado  solamente  media  docena  de 
ellas,  descartando,  como  levemente  diferentes,  las 
que  sólo  discrepaban  en  la  ortografía,  y  dese- 
chando también  por  los  mismos  ú  otros  motivos 
las  siguientes:  xiruelas  ciruelas,  esponcha  esponja, 
salviya  salvia,  poma  de  chene  bellota,  panicli  panizo, 
q^uexo  jformache  queso,  espárricos  espárragos,  nes- 
poros  nísperos,  porko  -pneroo,  foncos  hongos,  oricano 
oréga no, /coí  higos,  jo¿;?m^í  pepinos,  y  xebo  cher- 
vuno  sebo  de  ciervo. 


93 

Nosotros  encontramos  en  los  tiempos  primitivos 
y  aun  mucho  más  tarde,  una  constante  movilidad 
en  las  voces,  que  las  hace  tomar  todas  las  permu- 
taciones y  combinaciones  imaginables;  una  des- 
aprensión completa  para  aceptar  voces  extranjeras 
6  para  modificarlas  á  capricho;  una  naturalidad 
inculta  en  los  curiales,  y  aun  en  los  escritores, 
que  los  hace  escribir  como  se  habla,  y  hablar  como 
habla  el  pueblo;  una  falta  casi  absoluta  de  freno 
autoritario  ó  siquiera  convencional,  que  consiente 
mantener  á  un  tiempo  en  el  idioma  un  gran  nú- 
mero de  palabras  sinónimas  y  poco  menos  que 
iguales  en  su  eufonía.  De  ellas,  unas  quedan  en  el 
caudal  del  idioma,  otras  pueden  á  duras  penas 
conservarse,  otras  no  son  en  manera  alguna  per- 
manentes y  quizá  muchas  no  son  sino  verdaderos 
descuidos  de  los  copiantes  ó  malas  lecciones  de 
los  paleógrafos.  Entre  lantierno,  lanterno^  lantieno 
y  lanciemoy  ¿quién  no  ve  que  hay  que  elegir  y 
quién  no  sospecha  que  hay  verdaderas  erratas  en 
lugar  de  verdaderas  variantes?  Lo  mismo  decimos 
de  minglanay  mingrana^  malgrana^  melgrana  y  man- 
grana  para  significar  la  granada,  y  lo  mismo  de 
las  veinte  versiones  que  hallarán  nuestros  lectores 
en  la  voz  morabatin. 

Nuestro  trabajo,  ya  que  no  aspire  á  dar  esplendor 
al  habla  aragonesa,  debe  tender  á  limpiarla  afijar- 
Uy  y  para  esto  se  requiere  un  sistema  concertado 
de  exclusiones;  pero  si  esto  no  acomoda  á  los  que 
ante  todo  quieren  que  todo  se  conserve,  y  á  los 
que  prefieren  una  obra  voluminosa  sobre  una 


94 

obra  metódica,  tómense  el  trabajo  (que  nunca 
será  tan  grande  como  el  nuestro)  de  combinar  la 
lectura  del  Vocabulario  con  la  de  esta  Introduccióny 
y  en  ésta  hallarán  hasta  cierto  punto  el  comple- 
mento de  aquél,  y  podrán  acariciar  el  gran  nú- 
mero de  palabras  que  aquí  vamos  citando,  unas 
para  apoyarlas  y  otras  para  combatirlas  y  excluir- 
las. Más  veces  dice  el  pueblo  (y  el  no  pueblo) 
zeica^  cierno,  Tiancia,  gnnwpera,  mandurria^  molocoto^ 
neSf  muñueloSj  bujeroj  eslegir^peceías,  dengunay  goler^ 
dempués,  mosolina^  capataz^  devantarse,  enruena,  desa- 
mÍ7iar,  ande  (adonde),  hertura,  falo,  carrucfia,  en- 
gima,  cartagón,  cercillos,  escuadria,  prencipal,  caram- 
lelo^  vacivo  (vacío),  á  lafinitiva^  alelises,  ahentestaie, 
sincel,  abellota^  jarmiento  y  anguila^  que  sus  corres- 
pondientes españolas  ó  aragonesas.  Y  de  estas 
palabras,  ú  otras  parecidas,  son  muchas  las  que 
han  empleado  en  sus  obras  los  autores  castellanos 
de  más  nota,  lo  cual  probaremos  más  adelante; 
pero  como  usadas  por  ellos,  aunque  ya  desusadas 
por  las  personas  cultas,  no  se  apellidan  barbaris- 
mos,  sino  que  tienen  la  honrosa  jubilación  de  an- 
ticuadas. 

En  el  mismo  caso  se  hallan  las  irregularidades 
de  los  verbos,  la  colocación  de  las  voces  y  todos 
los  solecismos.  En  las  clases  populares,  más  fre- 
cuente que  el  hablar  bien  es  el  decir  (muchas 
veces  á  la  antigua):  «ayer  nos  levantemos  á  punto 
de  día>;  ^estábamos  comiendo  cuando  llegó  el 
correo  de  Madrid >;  «nosotros  sernos  probes  pero 
honrados >;  <mi  marido  nos  trujió  dos  conejos»;  «á 


95 

la  oración  nos  volvimus  al  pueblo >;  «no  sé  por  qué 
sus  queris  tan  mal»;  «no  me  se  da  un  bledo»;  «no  te 
se  escapará  si  le  apuntas  bien»;  «para  casarte  con 
yo>,  como  dice  una  copla  castellana  remedándonos 
en  son  de  burla;  «¿es  tú  que  llegó  en  dos  horas?», 
locución  de  sabor  francés;  ^en  salir  de  la  cárcel 
nos  veremos»;  «i  la  que  volvió  la  cabeza  se  halló 
con  su  enemigo»;  tenían  de  un  todo  en  casa»; 
^vagar  le  puede  casarse  con  ella  siendo  tan  rica»; 
«agua  á  estos  lagares*-,  «dos  meses  al  arreo»;  «de 
noches  no  hay  que  contar  con  él»;  <.pusiendo  de  mi 
parte  lo  que  pueda»;  «no  por  querer  sen  mucho  han 
de  estar  juntos  todo  el  día»;  <-en  puesto  de  ir  á  tra- 
bajar, se  fué  á  la  taberna»;  *en  igual  de  ir  á  Ma- 
drid, se  quedó  en  Calatayud»;  ^se  lo  dé  V.  y  calla- 
rá»; «teniendo  que  llegasen  á  las  manos,  se  fué  de 
allí  antes  con  antes* , 

También  se  dice  ir  viaje ,  estar  viaje ^  hasta  de 
ahora,  ¿lo  qué?,  no  le  hace,  conducir  por  (el)  Ehro, 
jugar  d  la  pelota,  parar  fuerte,  hacer  duelo  (por  dar 
lástima)^  campar  por  sus  respetos,  sin  parar  (por  al 
momento),  el  Juan  (aunque  esto  es  también  usual 
en  Castilla),  de  baldes,  y  otros  plurales  como  éste 
por  sus  singulares:  los  chinches^  las  herpes,  las  alfi- 
leres, y  otros  cambios  de  género  usados  hasta  por 
buenos  escritores,  como  La  Oüerba  en  vez  de  El 
Huerva  que  dice  Argensola  en  su  Isabela. 

Desviaciones  un  poco  más  acentuadas  ofrecen 
las  maneras  particulares  de  hablar  de  algunas 
comarcas;  mas  por  lo  mismo  de  formar  una  espe- 
cie de  subdialecto,  no  nos  han  parecido  de  precisa 


96 

inclusión  en  nuestro  catálogo,  aunque  sí  de  digna 
mención  en  este  discurso;  tales  son  algunas  del 
llamado  dialecto  de  Fonz,  presunto  cabeza  de  Ri- 
bagorza,  en  donde  se  dice  nusatros,  vusatros,  lien- 
gua,  chen  (gente),  miro,  eva  (era),  tenida,  sinor, 
marchazr  qiieriz,  quan,  hahin,  (habido),  toz  (todos), 
con  otras  muchas  usadas  por  todo  el  alto  Aragón 
é  irreducibles  casi  al  aragonés  general.  Y,  sin  em- 
bargo, ciertas  de  esas  maneras  son  vulgares  aun 
allí  en  donde  se  habla  más  puro:  en  Salamanca, 
por  ejemplo,  dicen  los  labriegos  hizon,  trajon,  tu- 
von  y  vino7i,  por  hicieron,  trajeron,  tuvieron  y  vi- 
nieron, y  D.  Vicente  Lafuente,  que  fué  allí  cate- 
drático, nos  decía  que  había  anotado  más  de  cien 
voces  que  calificaba  de  estupendas:  en  Toledo, 
ciudad  muy  preciada  de  la  pureza  de  su  habla 
(nos  añadía),  hay  mala  pronunciación  y  una  jerga 
manchego-madrileña:  en  Soria  se  habla  como  en 
Calatayud  y  Tarazona,  y  eso  que  se  propone  com- 
petir con  Burgos  y  Salamanca:  en  el  dialecto  del 
Vierzo  se  dice  desmediao,  escachar^  enfurruñarse,  es- 
patarrao.por  mor,  troncho,  etc.,  como  en  Aragón. 

Oyendo,  preguntando  y  estudiando  se  llegaban 
á  sorprender  otras  palabras,  que  no  se  sabe  si  ad- 
mitir de  plano  como  aragonesas,  toda  vez  que  no 
son  castellanas  y  en  Aragón  se  ven  alguna  vez 
usadas,  ó  si  rechazarlas  por  extravagantes  ó  por 
puramente  individuales.  Algo  de  arbitrario  habrá 
habido  en  nosotros  para  incluir  unas  y  excluir 
otras;  pero  con  esta  salvedad,  y  dejando  la  reso- 
lución á  los  lectores,  los  cuales  quizá  tampoco  se 


97 

pondrían  de  acuerdo,  nosotros  hemos  omitido  vo- 
ces como  estas:  plegar  por  coger  la  peonza  en  la 
mano,  holvegón  por  grano  despajado  pero  todavía 
sucio,  hrenca  por  nada,  cocho  por  perro,  engaraviu 
por  oropéndola,  escamallarse  por  cansarse  de  an- 
dar sin  utilidad  ni  objeto,  escamocho  por  pretexto 
ó  excusa,  pe7iachera  por  cuidado  ó  empeño,  esmeli- 
carse  de  reir  por  perecerse  de  risa,  garranchazo 
por  golpe  último  con  la  peonza  sobre  el  dinero  ó 
hito,  holligar  por  mejorar  un  enfermo  ó  una  co- 
secha, rebulición  por  agitación  pública  (se  halla 
en  documento  del  siglo  xiii),  padrüo  y  madrita^  do- 
lorinos  y  chiquinos  como  diminutivos,  lampeda  por 
lámpara,  holoto  por  alboroto  (se  usa  en  los  Fue- 
ros), retuerca  por  retuerza  (contra  toda  eufonía), 
brutaña  por  abrutado,  zampuñas  por  torpe  y  des- 
mañado, pesadizo  por  hombre  incómodo,  demba  por 
fergenal  ó  ferrinal  que  definimos  en  nuestro  Vo- 
cabulario, fogarata  por  fogarada,  esturrufiado  por 
descompuesto,  y  las  muchas  palabras  que  en  su 
primera  sílaba  des  suprimen  la  letra  inicial,  si 
bien  la  Academia  lo  hace  en  escomerse  y  otras. 

Abramos  otro  párrafo  para  decir  que  la  Acade- 
mia, aunque  no  es  infalible  y  aunque  algo  yerra, 
nos  merece  tal  respeto  y  tal  aprecio,  no  sabemos 
si  por  nuestro  amor  al  principio  de  autoridad,  ó 
porque  somos  en  ella  miembros  correspondien- 
tes, que  tenemos  por  ley  la  que  ella  consigna  en 
su  Diccionario,  y  que,  casi  abdicando  nuestros 
fueros  críticos,  nos  conformamos  con  lo  que  ella 
dice  ex  cáthedra,  aunque  veamos  que,  de  sus  indi- 


98 

viduos  numerarios,  cada  uno  escribe  Ubérrima- 
mente á  su  manera.  Omitimos,  pues,  en  nuestro 
Vocabulario  lo  que  ella  define  como  español  en  el 
suyo;  y  por  cierto  que  hay  palabras  de  tal  aire 
aragonés,  que  engañan  cuando  se  oyen,  y  nos  hu- 
bieran á  nosotros  sorprendido,  como  muchas  han 
sorprendido  á  otros,  si  no  viviéramos  en  este  par- 
ticular tan  sobre  aviso.  Citaremos  algunas. 

Regostado,  aficionado,  engolosinado. 

Amanar,  preparar  ó  tener  á  mano. 

Pando,  flojo,  desmayado. 

Turar,  durar,  preservar:  el  aragonés  Urrea  dice 
en  su  Orlando: 

Y  porque  más  ture, 
los  Evangelios  juran. 

Perigallo^  honda  de  cuerda. 
Puncha,  púa,  espina. 

Tedero,  pie  para  recibir  la  tea,  que  en  Aragón 
llaman  algunos  teda. 
Grano,  de  uvas. 

Seso,  apoyo  para  las  vasijas  en  el  hogar. 
Amorrarse,  encorvarse  sobre  algo. 
Cansado,  el  que  molesta. 
Averiguarse  con  uno,  reducirle  á  la  razón. 
Morro,  boca,  hocico,  etc. 
Riba,  arriba. 
Amanta,  mucho. 
Empañar,  fajar. 
Envión,  empujón. 
Lagotero,  zalamero. 
Refirmar,  asegurar,  afianzar. 


99 

Zangarriana^  melancolía,  accidente  de  calentura^ 
Cequia,  acequia. 
Dia  de  hacienda,  de  trabajo. 
Pejiguera,  cosa  difícil  y  sin  provecho. 
Cosque,  coscorrón. 

Rieles,  barras  metálicas:  en  Monzón  1547  se 
prohibieron  exportar  para  Francia. 
Atosigar,  ahogar  con  prisas. 
Ambrolla,  embrollo  ó  embrolla. 
Glera,  cascajal. 
Juntas,  empalmes. 
Por  el  consiguiente,  lo  usaArgensolaen  sm  Isabela: 

Mira  que  soy  tu  siervo,  que  soy  viejo, 
y  por  el  consiguiente  quien  te  ama. 

Modrego,  desmañado. 

Atacar,  abrochar. 

Atacado,  irresoluto,  embarazado. 

Estringue,  maroma  de  esparto. 

Pardal,  aldeano,  bellaco  y  astuto. 

Despueblo,  despoblación,  despoblado. 

Cañamiza,  desperdicio  del  cáñamo. 

Moña,  muñeca. 

Apaño,  disposición  para  alguna  cosa. 

Tartera,  tortera. 

Sesmero,  encargado  de  sesmo  ó  distrito. 

Conque,  condición. 

Barga,  lo  más  pendiente  de  una  subida. 

Izaga,  lugar  de  muchos  juncos. 

Enta,  hacia. 

Llanas,  planas  de  escrituras,  cartapacios. 

Bolado,  panal  ó  azucarillo. 


100 

Candar,  cerrar  la  puerta. 

Cutir,  golpear,  combatir. 

Librelico  y  librecicOy  castellanos,  aunque  no  los 
trae  la  Academia. 

Palmo,  que  en  Madrid  se  tiene  por  aragonés,  re- 
putando como  castellano  su  equivalente  de  cuarta. 

Pegar,  castigar,  aunque  Pellicerlo  nota  como 
aragonesismo  de  Avellaneda. 

Escudilla,  vasija  para  sopa  ó  cualquier  caldo. 

¡Señal,  sino  que  en  Aragón  es  femenino  y  se  dice 
ni  un  señal,  lo  cual  notó  Pellicer. 

Menudo,  mondongo. 

Ansina,  así. 

Toda  hora  y  todo  el  dia,  siempre. 

Y  si  contra  nuestro  sistema  de  conceder  á  Cas- 
tilla cuanto  la  Academia  le  atribuye  (sea  cual  fue- 
re el  verdadero  origen  de  las  voces)  damos  cabida 
á  las  ciento  ó  algunas  más  académicas  que  Peral- 
ta incluye  en  su  Ensayo  de  un  Diccionario  aragonés 
castellano,  es,  no  tanto  por  ser  ellas  de  más  uso, 
si  ya  no  de  procedencia  aragonesa,  cuanto  por 
respetar  como  base  de  nuestro  Vocabulario,  el  pri- 
mer trabajo  que  se  hizo  en  ese  género;  mas  así 
y  todo  las  señalamos  para  descargo  de  nuestra 
responsabilidad  literaria,  con  una  letra  particular 
que  las  distinga,  y  esto  nos  permite  marcar  asi- 
mismo las  que  como  aragonesas  ó  provinciales 
incluye  la  Academia  y  las  que  se  deben  exclusi- 
vamente á  nuestra  tal  cual  diligencia. 

Pero  no  hacemos  tanto,  antes  las  excluimos  por 
completo,  con  muchas  de  las  voces  que  en  sus  res- 


101 

pectivas  obras  de  Historia  Natural  escribieron  dos 
insignes  botánicos,  Bernardo  Cienfuegos  en  los 
primeros  años  del  siglo  xvii  y  D.  Ignacio  de  Asso 
(zaragozano)  en  los  últimos  del  xviii.  Este,  sobre 
todo,  á  quien  se  deben  muy  curiosos  y  eruditos 
tratados  sobre  las  producciones,  las  ciencias,  las 
leyes,  la  Economía  política  y  aun  la  Literatura  de 
Aragón,  tuvo  la  advertencia  de  consignar,  lo  mis- 
mo en  su  Sinopsis  stirpium  indigenarum  Ar agonice 
(1779),  que  en  su  Introductio  ad  OryctograpJiian  et 
zoologiam  Ar agonice  (1784),  las  voces  puramente 
aragonesas  con  que  se  designaban  y  todavía  se 
designan  en  el  país  (que  recorrió  herborizando  y 
estudiando  su  suelo  y  los  animales  que  le  pueblan) 
los  objetos  sometidos  á  su  descripción.'  En  conse- 
cuencia de  su  plan,  calificó  unas  veces  con  la  pa- 
labra vernaculé  6  provincial  de  Aragón,  otras  con 
la  más  expresiva  de  nostratihus,  las  palabras  que 
tenía  por  exclusivamente  aragonesas,  distinguién- 
dolas de  todas  las  restantes  con  la  anteposición  de 
la  palabra  hispanis;  y  por  si  pudiera  dudarse  de 
que  designaba  con  aquellos  antepuestos  los  voca- 
blos aragoneses,  él  mismo  lo  declara,  ora  en  el 
Prólogo  diciendo:  Adjunxi  etiam  vernácula  provin- 
tianostra  nomina,  ora  en  el  índice  que  titula  Nomina 
Jdspanica  et  vernácula  Aragonia. 

Y  decimos  todo  esto,  porque  parece  después 
muy  extraño  que  persona  tan  competente  en  todo 
aquello  que  emprendía,  calificara  de  aragonesas 
palabras  que  pasan  por  castellanas,  como  asnalloy 
balsamina j  cadillo ^  camomila,  cebadilla,  ginesta,  mar^ 


102 

garita,  regaliz,  sosa,  tuca,  anadón,  andarrío,  década, 
calandria,  chorlito,  dogo,  gavilán,  lechnza,  pajarel^ 
perdiguero ,  picaraza,  polla  de  agua,  pulgón,  sahoya, 
tordo,  triguero,  verderol  y  otras.  Colocónos  esto  en 
la  difícil  alternativa,  ó  de  aceptar  por  aragonesas 
bajo  la  fe  de  quien,  puesto  que  filólogo,  al  cabo  no 
se  distinguió  como  etimologista,  palabras  que  no 
sólo  la  Academia  pero  aun  los  hablistas  castella- 
nos han  considerado  de  uso  general  entre  los  es- 
pañoles, ó  de  desairar,  si  no,  el  voto  calificado  de 
un  literato  dedicado  con  ardor  á  las  ciencias  natu- 
rales y  conocedor  por  sí  mismo  de  los  nombres 
con  que  la  ciencia  y  el  vulgo  designan  cada  cual 
los  objetos  de  la  naturaleza.  Pero  nuestra  impar- 
cial elección  ha  estado  en  favor  del  habla  común 
española,  no  sólo  por  el  mayor  crédito  que  nos 
merecen  las  muchas  y  buenas  autoridades  que 
contradicen  la  absoluta  de  Asso,  sino  por  otra  con- 
sideración que,  favorable  como  lo  es  á  Aragón,  no 
podemos  excusarnos  de  aducirla. 

De  esas  voces,  hoy  todas  castellanas,  supuesto 
el  admitirlas  como  tales  la  Academia,  las  hay, 
como  balsamina,  cadillo,  calandria,  cebadilla,  chorli- 
to, dogo,  gavilán,  ginesta,  perdiguero,  pulgón,  regaliz, 
saboya  y  sosa,  que  ya  se  hallaban  incluidas  en  la 
edición  príncipe  del  Diccionario  publicada  en  1726 
por  aquella  Corporación  literaria,  y  no  se  concibe 
cómo  pudo  desentenderse  de  esta  autoridad  el  na- 
turalista de  Asso:  pero  hay  otras,  y  á  fe  muy  bellas, 
como  andarrío,  asnallo,  camomila,  margarita,  pajel, 
picaraza,  polla  de  agua,  tordo,  tuca  y  verderol,  que  no 


•I 


103 

tenían  cabida  en  aquella  edición  (i),  que  en  Aragón 
eran  ya  muy  usuales,  y  que  hoy  han  pasado  al 
fondo  común  de  la  Academia,  sin  que  de  nuestra 
parte  quepa  contra  esto  reclamación  alguna,  como 
quiera  que  todos  los  idiomas  viven  de  esos  cambios 
mutuos,  principalmente  cuando  la  lengua  de  una 
nación  prevalece  (como  su  política)  sobre  los  dia- 
lectos de  las  provincias  que  vienen  á  constituirla. 
Pero  hay  que  considerar  como  aragonesas  al- 
nas palabras  que,  si  bien  incluidas  como  castella- 
nas en  el  Diccionario  general  de  la  Lengua,  no 
puede  negarse  que  son  de  uso  constante,  popular, 
y,  por  decirlo  así,  privilegiado  en  Aragón,  mien- 
tras lo  tienen  muy  raro  ó  ninguno  fuera  de  él,  pu- 
diendo  asegurarse  desde  ahora  que,  pasado  algún 
tiempo,  y  cuando  ya  la  Academia  forme  la  con- 
vicción en  que  nosotros  nos  hallamos,  habrá  de 
conservarlas  en  su  Diccionario  con  el  carácter 
exclusivo  de  provinciales  de  Aragón  ^^K  Aquí,  en 
efecto,  se  dice  stiplicaciones  por  barquillos,  como 
en  El  Desdén  con  el  desdén;  no  marra  por  no  falla, 
como  en  las  farsas  de  Lucas  Fernández;  aturar. 


(1)  Terreros,  cuyo  Diccionario  se  publicó  en  1786,  incluyó  las  pala- 
bras andarrío,  cama-mira,  margarita,  pajarel  y  tordo:  la  primera  de  estas 
voces  fué  incluida  en  varias  ediciones  de  la  Academia  y  en  el  Dicciona- 
rio de  Valbuena,  pero  dejó  de  serlo  desde  1832. 

(2)  En  la  edición  de  1822  la  palabra  buró  no  se  halla,  abadía  está  como 
provincial,  cocote  como  aragonesa,  apellido  y  arguellado  como  castella- 
nas: en  la  de  1843  y  1852  buró  y  apellido  están  como  aragonesas,  abadía  y 
cocote  como  castellanas,  alguinio  y  arguellado  de  ninguna  manera.  En  la 
edición  de  1726  hay  palabras  calificadas  como  aragonesas,  que  después 
han  quedado  fuera  de  las  ediciones  sucesivas;  otras  que  allí  no  se  hallan, 
como  amanta  y  amprar  y  que  después  vemos  como  castellanas;  otras, 
como  becada,  que  allí  se  indican  como  aragonesas  y  después  han  sido 
naturalizadas  en  Castilla.  En  la  edición  última  (1852)  abejera  está  como 
castellana:  alirón  y  azarollo  no  se  hallan  sino  en  las  últimas  ediciones. 


104 

como  en  Berceo  «Abrán  con  el  diablo  siempre  á 
aturar»,  y  como  en  Lorenzo  de  Segura,  «Anda 
cuemo  ruda  que  no  quiere  aturar»;  amanta,  am- 
prar,  arguello,  arramblar,  cano,  malmeter,  masar ^ 
paridera,  punchar,  rematado,  vencejo,  y  otras  va- 
rias í^)  que  se  usan  frecuentemente  entre  nos- 
otros, y  de  las  cuales  y  otras  ya  notó  Capmany 
que  algunas,  como  aturar,  cal,  dita,  malmeter,  ostal 
y  pudor,  eran  á  un  tiempo  de  Cataluña  y  de  Cas- 
tilla. 

De  entre  las  palabras  verdaderamente  aragone- 
sas aunque  de  apariencia  castellana,  de  entre  las 
palabras  que,  á  cambio  de  otras  citadas  y  consen- 
tidas como  castellanas,  tenemos  que  reivindicar 
como  nuestras  y  sólo  nuestras,  citaremos  más  de- 
tenidamente, por  ser  de  las  más  vulgares  en  nues- 
tro pueblo  llano  y  sólo  en  él,  la  famosa  expresión 
impersonal  no  me  cal  (no  te  cal,  no  le  cal)  en  sig- 
nificación de  no  me  importa,  no  me  conviene,  no  me 
es  menester,  no  me  cumple,  no  tengo  qué,  etc.,  cuya 
frase,  que  no  traen  ni  Covarrubias,  ni  la  Acade- 
mia en  su  Diccionario  grande,  ni  el  jesuíta  Terre- 
ros, ni  Bosal  en  su  Diccionario  manuscrito,  se 
halla  autorizada  en  nuestros  días  como  castellana 
por  la  Academia  de  la  Lengua,  pero  usada  como 
aragonesa  por  sólo  nuestros  labriegos.  —  En  el 
Poema  del  Cid,  hablando  éste  de  los  Infantes  sus 


(1)  Entre  ellas  casi  todas  las  que  D.  Mariano  Peralta  incluye  en  su 
Ensayo  de  un  Diccionario  aragonés-castellano,  suponiéndolas  verdadera- 
mente aragonesas,  y  que  nosotros  acogemos  en  el  nuestro  señalándolas 
con  una  indicación  particular,  mas  sin  habernos  atrevido  á  igual  licen- 
cia, como  quiera  que  respetamos  la  autoridad  legislativa  de  la  Academia. 


105 


yernos,  dice,  Curiellos  quiquier  ca  dellos  poco  min* 
cal,  y  más  atrás,  Si  el  rey  me  lo  quisiere  tomar  á  mi 
non  minchal  (Damas  Hinard  traduce  al  francés  il 
ne  m^  en  chaut):  ^^^  en  el  Poema  de  Alejandro  se  lee, 


non  te  cal  ca  se  vencires 
non  te  menguarán  vasallos^ 


y  en  otra  parte, 

Mas  quequier  que  él  diga 
á  mi  poco  me  cala: 

en  las  poesías  atribuidas  á  D.  Alonso  el  Sabio  ^2) 
también  encontramos, 

E  si  vos  veis  este  fuego 
non  vos  otras  cosas  calen: 

en  el  Libro  de  Patronio, 

Ruégovos  que  me  consejedes 

lo  que  viéredes  que  me  cale  más  de  facer: 

en  el  Laberinto  de  Juan  de  Mena, 

Mas  al  presente  hablar  no  me  cale 
Verdad  lo  permite,  temor  lo  deyieda: 

en  las  poesías  de  A.  Alvarez  Villasandino, 

Ya  no  me  cal 
pensar  en  al: 

en  las  farsas  ó  cuasi  comedias  de  Lucas  Fernán- 
dez rC  os  cale  desemular:  en  la  Lozana  andaluza, 
libro  obsceno  de  Delicado,  «no  os  cale  burlar  que 

(1)  Si  le  roi  me  veut  prende  mon  bien  il  ne  m'en  chaut!  230  Veuille 
sur  eux  qui  voudra  car  d'  eux  peu  m'en  chaut.  Trad.  de  Damas  Hinard. 

(2)  Su  lenguaje  no  tiene  ciertamente  todo  el  aire  de  antigüedad  que 
corresponde  á  su  época,  y  de  otra  parte  son  muchos  los  que  han  puesto 
en  duda  la  autenticidad  de  algunas  obras  del  rey  Sabio,  entre  las  cualeí 
recordamos  á  Berganza,  D.  Tomás  Antonio  Sánchez,  Moratín  y  Quin- 
tana. 


106 

castigan  á  los  locos»:  en  los  Menemnos  de  Lope 
de  Kueda:  «no  me  cale  hacer  señas  que  calle»:  y, 
lo  que  es  mucho  más  notable,  en  las  epístolas  del 
obispo  Guevara,  predicador  de  Carlos  V,  *no  le 
cale  vivir  en  Italia  el  que  no  tiene  privanza  de  rey- 
para  se  defender». 

Pero  aunque  las  autoridades  que  llevamos  ci- 
tadas han  podido  influir  en  la  Academia  para  la 
admisión  de  esa  voz,  que  sin  embargo  no  vemos 
incluida  en  el  gran  Diccionario  de  autoridades 
de  aquella  Corporación,  ni  tampoco  en  el  de  Te- 
rreros publicado  en  1786,  debemos  advertir  que 
quienes  la  han  conservado  sin  interrupción  son 
los  aragoneses,  desde  que  (á  nuestro  parecer)  la 
tomaron  de  los  provenzales,  en  cuya  poesía  se 
halla  usada  repetidas  veces,  así  como  la  tienen  el 
idioma  italiano  en  caleré^  el  francés  antiguo  en 
chaloir,  el  catalán  en  caldrer,  y,  aun  forzando  un 
poco  la  analogía,  el  latín  en  calescere,  agitarse, 
moverse,  pudiéndose  decir,  no  me  mueve^  no  me 
agita,  no  me  domina,  no  me  da  cuidado,  no  me  im- 
porta. Del  uso  lemosín  no  puede  dudarse  al  leer 
en  una  canción  de  Pedro  III,  no  m'  calgra,  no  me 
sería  nexíesario,  y  en  un  poema  anterior  í^)  per- 
teneciente á  los  primeros  años  del  siglo  xiii  y  pu- 
blicado y  traducido  recientemente  por  Fauriel. 

Per  Díeu,  tC  Ugs,  dits  lo  coms,  nons  clametx  que  nous  cal. 
Por  Dios  D.  Hugo,  dijo  el  Conde^  no  os  quejéis,  que  no  os 

[conviene, 

(1)  Tiene  por  objeto  la  Cruzada  contra  los  alhigenses,  que  empezó  en 
1204  y  acabó  en  1219:  fué  escrito  en  el  mismo  tiempo  de  los  sucesos:  se 
atribuye  á  Guillermo  de  Tudela,  y  se  ha  publicado  oficialmente  en  París 
en  1837. 


107 

y  más  adelante  al  verso  4844, 

A  la  meridiana  quel  soleilhs  pren  lombral 
el  baro  de  la  vila  están  á  no  men  cal; 

esto  es,  «al  medio  día,  cuando  el  sol  penetra  en 
todo  sombrío  y  los  defensores  de  la  ciudad  están 
descuidados»  ó  «no  están  sobre  las  armas >,  como 
viene  á  decir  Fauriel,  ó  «están  en  un  no  me  im- 
porta* ^  si  fuera  posible  traducir  así  aquella  ex- 
presión que  de  todos  modos  indica  el  abandono; 
y  finalmente,  verso  4913, 

Mas  non  aia  Belcaires  temensa  que  nolh  cal, 

que  Fauriel  traduce,  «Mais  que  Beaucaire,  n'  ait 
plus  de  crainte;  il  n^  en  doit  pas  avoir>  y  que  en 
castellano  se  puede  expresar  diciendo,  «Pero  no 
tema  Beaucaire,  pues  no  debe,  pues  no  le  co- 
rresponde, pues  no  tiene  motivo,  pues  no  tiene 
por  qué». 

Haciendo  punto  en  esta  digresión,  ya  dema- 
siado extensa  pero  no  inútil  á  nuestro  propósito, 
y  anudando  el  pensamiento  de  donde  ha  partido, 
tócanos  manifestar  que,  señaladas  las  palabras 
usadas  por  autores  aragoneses,  mas  no  por  eso 
aragonesas,  é  indicadas  también  las  que  á  toda 
luz  son  de  Aragón,  aunque  todavía  calificadas 
como  castellanas,  pudieran  añadirse  ciertas  otras 
generalmente  usadas  en  Aragón  y  que,  á  pesar  de 
serlo  en  Castilla  por  escritores  de  nota,  no  tienen 
cabida  como  castellanas  en  el  Diccionario  de  la 
lengua:  tales  son  haldeta  que  usa  Moratín  en  aquel 
verso  de  sus  Naves  de  Cortés: 


108 

de  azul  y  negro  las  haldetas  de  ante; 

esmangamazos^  que,  sin  el  prepuesto  privativo,  lee- 
mos en  aquellos  versos  del  cancionero  de  Baena, 

A  ty  mangamazo  syn  otra  tonsura, 
por  mí  será  dada  muy  gran  penitencia; 

(Págs.  447  y  481). 

laminero,  que  tanto  divierte  á  los  castellanos  cuan- 
do lo  oyen  á  algún  aragonés  y  que,  sin  embargo, 
no  sólo  es  muy  natural  derivado  de  lamer,  y  muy 
parecido  á  lamistero  y  lamiscado,  sino  que  se  ve 
usado  en  el  Arcipreste  de  Hita, 

La  golosina  tienes  goloso  laminero; 

á  placer j  que  vemos  en  aquel  romance: 

en  corte  del  rey  Alfonso 
Bernardo  á  placer  vivía; 

pintar,  que  usan  nuestros  pastores  por  tallar,  aun- 
que justo  es  decir  que  la  Academia  lo  hace  sinó- 
nimo de  escribir,  explicando  bien  ambas  versio- 
nes aquellos  versos  encantadores  de  Gil  Polo: 

mas  serate  cosa  triste 

ver  tu  nombre  allí  pintado  (señalado  en  mil  robles) 


no  creo  yo  que  te  asombre 
tanto  el  verte  aWi  pintada,  etc.; 


mueso,  6  bocado,  que  derivado  de  morsus  (de  donde 
después  almuerzo)  se  halla  como  provincial  de 
Aragón  y,  no  obstante,  lo  encontramos  en  el 
Poema  del  Cid: 

Nol'  pueden  facer  comer  un  mueso  de  pan, 

y  en  el  de  Alejandro  aunque  con  varia  lección,  y 
en  los  poetas  del  Cancionero  de  Baena: 


i 


109 

E  luego  será  de  todo  vengado 

el  mueso  podrido  que  dio  el  escorpión 

Mas  freno  sin  mueso  é  chapa 
vos  daría  aun  emprestado; 

péñora  y  caritatero  que  explican  Berganza  y  Me- 
rino, dando  á  pennora  el  significado  de  multa  y 
prenda,  y  á  caritas  el  de  refección  de  bebida  tras 
la  colación  y  lección  espiritual;  tastar,  que  si 
bien  se  halla  en  sentido  de  tocar,  derivado  de 
tactus^  también  tiene  en  Berceo  el  de  probar  ó 
morder  en  aquel  verso, 

Que  de  meior  boceado  non  podriedes  tastar; 

macelo,  cuyo  derivado  macelario  no  incluye  la  Aca- 
demia, pero  sí  en  sus  vocabularios  los  eruditos 
PP.  Berganza  y  Merino;  vencejo,  de  vinculum,  que 
aunque  admitido  por  la  Academia  en  significación 
de  ligadura,  sobre  todo  para  atar  las  haces  de  las 
mieses,  lo  declara  D.  Tomás  Antonio  Sánchez  pri- 
vativo de  Aragón  al  explicar  el  verso  de  Berceo, 

Alzáronlo  de  tierra  con  un  duro  venceio; 

cutio,  que  de  Aragón  significa  constante,  diario, 
no  interrumpido,  conforme  con  su  etimología, 
quotidie,  quotidianus,  y  que  la  Academia  escribe  y 
explica  de  otro  modo,  poniendo  cutio ^  trabajo  ma- 
terial ^1) ,  y  omitiendo  absolutamente  en  su  Diccio- 


(1)  Vestida  de  color  de  primavera 

en  los  días  de  cutio  y  los  de  fiesta; 

dice  Cervantes  en  el  cap.  IV  de  su  Yiaje  al  Parnaso,  y  en  este  sentido  la 
Academia  admite  día  de  cutio  como  día  de  labor. 


lio 

nario  el  adjetivo  cutiano  (quotidiano)  que  leemos 
en  el  poema  de  Alejandro, 

Un  pasari  ello  que  echaba  un  grant  grito 
andaba  cutiano  redor  de  la  tienda  fito, 

y  en  Berceo, 

facie  Dios  por  los  ornes  mirados  cutianOy 

y  en  el  célebre  Villa  sandino, 

Pues  memento  mey  cutiano  disanto; 

de,  partícula  expletiva  que  se  usa  en  la  frase  me 
dijo  de  antes  su  parecer,  y  en  otras  parecidas,  y  que 
también  usan  nuestros  clásicos  como  Cervantes 
«tan  bien  barbado  y  tan  sano  como  de  antes»,  y  el 
obispo  Guevara  «y  sus  pueblos  quedaron  como  de 
antes  perdidos». 

Añadiríamos  á  estas  algunas  otras  palabras  y 
frases  que,  siendo  muy  familiares  en  Aragón,  y 
no  teniendo  nada  de  exóticas  ni  nuevas,  están 
excluidas  no  obstante  del  Diccionario  de  la  Aca- 
demia, por  donde  oficialmente  resultan  no  ser 
castellanas,  mientras  son  positivamente,  ya  que 
no  aragonesas,  de  uso  aragonés;  pero  atribuyendo 
este  silencio,  no  á  decisión  magistral  sino  á  des- 
cuido inevitable  de  aquel  sabio  Cuerpo  literario, 
no  adicionaremos  el  anterior  catálogo  ni  aun  con 
las  dos  que  por  ahora  nos  ocurren.  Es  la  una 
llevar  la  corriente,  frase  que  hemos  oído  á  caste- 
llanos puros  y  que  usa  el  Duque  de  Rivas  (poeta 
cordobés)  en  el  romance  último  de  su  Moro  Ex- 
pósito, 

«le  acaricia,  le  lleva  la  corriente». 


111 

La  otra  es  la  voz  medicina  que  no  se  define  por 
la  Academia  sino  como  «ciencia  de  precaver  y  cu- 
rar las  enfermedades  del  cuerpo  humano >,  y  que 
en  sentido  de  medicamento^^^  es  en  Aragón  vulgarí- 
ma,  se  usa  mucho  por  los  facultativos  y  se  lee  con 
frecuencia  en  las  Ordinaciones  del  Hospital  de 
Zaragoza,  1656,  siendo  además  común  á  la  lengua 
italiana  y  al  dialecto  catalán,  pero  que  no  puede 
formar  parte  de  nuestro  Diccionario  cuando  la 
vemos  usada  en  todos  los  más  distinguidos  escri- 
tores castellanos  desde  Cervantes  á  Espronceda, 
desde  Quevedo  hasta  el  poeta  popular  Trueba,  y 
lo  mismo  en  fr.  Luis  de  Granada  que  dice,  sin  los 
tormentos  de  los  médicos  y  las  medicinas,  en  Mexía, 
como  el  buen  médico  sus  medicinas,  en  Guevara,  y  lo 
poco  que  las  medicinas  le  kan  aprovechado  y  en  Rhúa, 
^ue  sana  la  herida  con  medicinas  lenitivas. 

Pasando  ahora  á  uno  de  los  más  notables  gru- 
pos en  que  pueden  dividirse  las  palabras  arago- 
nesas, digamos  en  honor  suyo  que  este  pueblo  ha 
conservado  un  gran  número  de  las  que  constitu- 
yeron el  habla  antigua  castellana,  siendo  ya  con- 
sideradas como  arcaísmos,  fuera  de  uso  algunas, 
y  no  pocas  que  acá  nos  son  del  todo  familiares,  y 
que  en  parte  componen  el  más  usual  vocabulario 
de  la  gente  inculta,  cuyos  modismos  excitan  hasta 
cierto  punto  la  compasión  de  quien  los  oye,  igno- 


(1)  En  ese  sentido  la  usa  la  misma  Academia  en  la  voz  medicinar,  pero 
repetimos  que  no  define  y  por  tanto  no  admite  á  medicina  en  sentido  de 
medicamento;  mejor  lo  hace  Covarrubias  que  dice:  «Medicina,  la  facultad 
que  el  médico  profesa  y  los  remedios  que  aplica  al  enfermo». 


112 

rándose,  aun  por  nosotros  mismos,  que  así  habla- 
ron los  padres  del  común  idioma  castellano. 

Sería,  en  efecto,  un  trabajo  muy  curioso  el  de 
reunir  las  voces,  incorrectísimas  hoy,  de  las  cla- 
ses últimas  del  pueblo,  y  observar  su  perfecta 
identidad,  no  ya  con  las  que  se  emplearon  en  los 
siglos  primeros  del  habla,  sino  aun  con  muchas 
de  los  escritores  que  florecieron  en  el  siglo  xvi^^l 
Llegarían  esas  semejanzas  hasta  el  punto  de  ser 
fácil  componer  todo  un  discurso,  y  aun  todo  un 
libro,  con  palabras  tomadas  del  antiguo  castella- 
no, que  sin  embargo  serían  exactamente  las  que 
usa  con  predilección  el  pueblo  aragonés;  bien  que 
muchas  de  ellas  no  dejan  de  ser  comunes  con  el 
ya  bárbaro  dialecto  que  todavía  conserva  el  esta- 
do llano  en  toda  España.  Sean  ejemplo  de  esta  ob- 
servación, sin  que  por  eso  abultemos  con  ellas 
nuestro  Diccionario,  las  palabras  niervo,  omecida, 
gomitar,  huticario,  reconvinió,  jproluengan,  Jilicidad, 
iuviendo,  enireviniendo,  abellota^  qiiisiendo,  previden- 
cia^ risistir,  pidir,  dicir,  recehir,  vieda  (veda),  sigui- 
dilla,  ambrolla^  crocodilo  (latino  puro),  virijlcar, 
ojepción,  asasinar,  etc.  Séanlo  también  mesmo,  irn- 
jo^'^\  agora^  escuro^  enantes,  dende,  que  los  poetas 

(1)  A  fines  de  él,  en  1593,  se  formaron  é  imprimieron  los  Estatutos  y 
Ordinaciones  de  los  Montes  y  Güertas  de  Zaragoza  que  se  reimprimieron 
en  1672  «sin  alterar  ni  mudar  sustancia,  sino  algunos  vocablos  antiguos 
que  se  han  puesto  al  lenguaje  de  ahora»;  y  sin  embargo,  en  esa  última 
edición  se  ven!  usadas  las  palabras  nietad,  tuviendo,  hubiendo,  imbiar, 
ciesped,  estase,  rábano  y  otras  parecidas,  así  como  en  las  Ordinaciones  del 
Hospital  de  Zaragoza,  1775,  se  habla  de  rudillas  limpias,  y  en  el  Memorial 
de  todo  un  catedrático  de  teología  (D.  Manuel  Cavós,  1755)  de  que  la  Uni- 
versidad podía  resultar  alguna  trageria. 

(2)  Es  muy  curiosa,  sobre  este  vocablo,  la  opinión  del  autor  del  Diálo- 
go de  las  lenguas:  dice  que  es  más  suave  írua;o  que  traxo,  aunque  en  latín 


113 

dicen  con  frecuencia.  Séanlo  igualmente  esteniinos^ 
malmeter  y  ranear  que  usa  Juan  Lorenzo  de  Segu- 
ra; emparar  que  se  lee  en  Berceo;  huirá,  estoria^  es- 
truir  y  mandurria  que  emplea  el  arcipreste  de 
Hita;  churizo  (^>,  previlegio  y  rétulo  que  nos  dice  Co- 
varrubias;  r alano  y  aspárrago  que  forman  más  con 
la  etimología  hebrea  y  latina;  pedricado  que  dice 
el  rabí  D.  Santob;  cantado,  estentino  y  otras  mu- 
chas que  se  ven  en  el  Cancionero  de  Baena;  em- 
piles  que  dice  Marcuello  (pero  también  Berceo); 
agüelo  y  cudicia  Aldrete;  acontentar  el  autor  del  Diá- 
logo de  las  lenguas;  inconvinientes,  encorporar  y 
muchas  otras  Zurita;  riguridad  Tirso  de  Molina; 
mesmamente  el  P.  Isla;  aguacil,  asperar,  ceminterio, 
concencia,  conocencia,  dormiendo,  entrodución  irnos 
(vamos),  inorancia,  jalara,  saho  y  saha  (sé  ó  sepa), 
estroperar  y  forihundo  el  dramático  Lucas  Fernán- 
dez; deciemhre  los  Estatutos  de  Zaragoza  en  1564; 
regueijo,  cúmplelas,  mochachos,  rediculo  y  salvaje 
unas  Relaciones  de  Fiestas;  perjuiciales,  desanchar 
y  pedestralillos  el  P.  Martón;  cuenta  y  ojelto  el  ana- 
lista Sayas;  catredal  el  Conde  de  Villahermosa  don 
Martín;  argulloso,  is  (vais),  devantar  y  atorgar  don 
Jerónimo  Urrea  en  su  novela  inédita  D.  Clarisel 
de  las  Flores;  prohes,  niervos,  traducio  y  destruido^ 
nes  el  famoso  poeta  Herrera  en  su  defensa  propia 


es  traxit  y  que  «por  la  misma  razón  que  ellos  (los  cortesanos,  caballeros 
y  señores)  escriben  su  traxo,  escribo  yo  mi  triixo»,  y  añade  que  escribe 
saliré  y  no  saldré  p.orque  viene  de  salir. 

(1)    Rosal  pone  en  su  Vocabulario  churizo  y  no  chorizo,  é  incluye  algu- 
nas palabras  de  las  primeras  que  llevamos  citadas. 


H4 

contra  el  ataque  del  Preste  Jacopín  á  propósito 
de  las  Anotaciones  de  Garcilaso. 

Pero  estas  palabras  no  son  otra  cosa,  aunque 
saludadas  con  el  nombre  de  barbarismos,  sino  li- 
geras desviaciones  eufónicas  de  otras  verdadera- 
mente castellanas:  las  hay  que  siendo  notadas  en 
Castilla  como  arcaísmos,  son  en  Aragón  bastante 
corrientes  y  de  ellas  citaremos  (aunque  no  ha- 
gamos uso  de  todas  en  el  Diccionario)-,  abejera^ 
aconsolar,  afigir^  afirmar^  almuestas,  aplegar^  apoti- 
cario,  árcazy  asin^  asisia,  asumir^  azarolla,  hahurre- 
o'Oj  bati/ulla,  hatimiento,  hogeta^  buco^  cadillo,  calen- 
data,  cablieva^  canso,  capacear,  casada,  cocote^  coda^ 
espedo^fajo^  fendilla,  ferial,  fosal,  interese,  marza- 
pán,  mayor domlria^  mida^  mueso,  nano,  ostaleros, 
otri,  pasturar,  peñorar,  tardano,  tributación,  etc.,  de 
cuyo  catálogo,  que  pudiéramos  no  sin  dificultad 
engrandecer,  se  deduce  lo  que  ya  hemos  indicado; 
es  á  saber,  la  religiosidad  con  que  el  pueblo  ha 
guardado  la  antigua  manera  de  hablar,  haciendo 
en  él  la  ignorancia  las  veces  del  respeto. 

No  son  menos  recomendables,  pues  son  igual- 
mente puras  y  perfectamente  conformes  con  la 
índole  ó  genio  del  idioma,  las  palabras  compuestas 
que  ostenta  el  aragonés.  No  hay  para  qué  decir  la 
belleza  y  el  número  que  de  los  compuestos  resul- 
ta; ni  la  facilidad  con  que  la  lengua  española  los 
admite,  merced  á  sus  terminaciones  vocales  y  á  la 
buena  proporción  en  que  entran  estas  letras;  ni 
la  condensación  que  producen,  economizando  cir- 
cunloquios y  partículas;  ni  el  uso  que  de  ellos 


115 

hicieron  las  lenguas  antiguas,  principalmente  la 
griega:  todo  es  demasiado  conocido  para  necesitar 
explanarlo,  y  mucho  menos  aquí  en  donde  por  otra 
parte  no  tiene  su  principal  asiento.  Pues  bien:  de 
estas  composiciones  que  deben  tomarse,  si  no  es 
en  las  ciencias,  del  fondo  que  ofrece  el  propio 
idioma  (según  lo  insinuó  Mayans  con  acierto,  to- 
mando cabalmente  por  ejemplo  una  voz  aragone- 
sa), hay  algunas,  entre  las  muchas,  que  á  cada  paso 
inventa  la  conversación,  como  aguacibera,  agualle- 
vado^ aguatiello,  ajoarriero,  ajoliOy  alicáncano,  alicor- 
tado^ antecoger,  antipoca,  apañacuencos,  arquimesa^ 
arrancasiega^  hahazorro^  hotinjlado^cabecequia^  carasol, 
casamuda,  cazamoscas^  contrayeria,  entrecavar,  escon- 
decucas^ gallipuente^  haharroz^  hurtadineros^  malbusca^ 
matacabra,  matacán,  miramar,  paniquesa,  rabiojo, 
sobrebueno^  sobrecielo^  tragacantos^  zabazequias, 

Y  si  de  los  compuestos  pasamos  á  los  derivados, 
que  son  una  parte  tan  principal,  y  por  ventura  la 
más  numerosa  de  los  idiomas,  ¿cuántos  nos  encon- 
traremos en  Aragón,  cuya  mayor  parte  debieran 
adoptarse  por  la  Academia?  Permítasenos  ofrecer 
de  ellos  una  muestra,  la  cual,  contribuyendo  á 
esclarecer  este  punto,  dejará  también  probado 
que  en  la  conservación  tenaz  de  sus  modos  de 
hablar,  generalmente  proceden  los  aragonés  con 
una  lógica  instintiva,  muy  ajena  de  la  especie  de 
extrañeza  depresiva  con  que  son  saludados  sus 
provincialismos.  Véanse  si  no  las  palabras  aceitero, 
adinerar^  afascalar,  agramar ^  aguachinar,  agüera, 
ahojar^  aladrada,  alaica,  anzólelo,  añero,  apabilado^ 


lie 

apenar,  aquehrazarse,  arrancadero,  arrohero,  asolarse^ 
azutero,  bajero,  hoalage,  bolsear,  brazal^  cabecero ^  cabe^ 
zudo,  cabreo^  calorina,  callizo,  canalera,  cantal,  capO' 
lado^  capucete,  casera,  comprero,  collete,  cresarse,  cru- 
jida, cuaternado,  culturar^  cunar,  chorrada,  defenecer^ 
dentera,  desbravar^  descodar^  desgana,  encerrona^  en- 
gafetar,  enzurizar^  esbafar^  escorchón^  escorredero^ 
estribera^  frontinazo^  galgueado,  Jielera^  Jiuevatero^ 
jetazo,  juguesca,  lavado^  manifacero^  mañanada^  má- 
sela^ matacía,  mitadenco,  motada,  oc/ieno,  oleaza,  pa- 
rejo, pastenco,  peduco,  picoleta,  plantero,  pulgarillas, 
racimar,  repaso,  saquera,  simoso,  sondormir,  sudade- 
ro, tardada,  ternasco,  vendería,  volandero. 

Hay  otras  muchas  palabras  que  difieren  muy 
poco  de  las  correspondientes  castellanas,  resulta- 
do necesario  de  la  varia  eufonía  de  las  provincias, 
á  veces  de  la  mayor  ó  menor  fidelidad  etimológi- 
ca, y  no  pocas  del  simple  decurso  de  los  tiempos, 
que  refinan  ó  adulteran,  pero  no  para  todos,  el 
idioma.  Vocablos  hay  que  varían  la  terminación, 
como  abejero  por  abejaruco,  ancheza  por  anchura, 
apuñadar  por  apuñear,  azanoriate  por  zanahoria, 
balsete  por  balsilla,  blanquero  por  blanqueador,  ca- 
paza por  capacho,  cargadal  por  cargazón,  corrinche 
por  corrincho,  chaparrazo  por  chaparrón,  dalla 
por  dalle,  exigidero  por  exigible,  friolenco  por  frio- 
lento, perera  por  peral,  pescatero  por  pescadero, 
picor  por  picazón,  rocador  por  rocadero.  Unos  se 
han  sincopado  en  Aragón,  como  ahrio  por  averío, 
albada  por  alborada,  cartuario  por  cartulario,  cen- 
salista por  censualista,  cobar  por  cobijar,  chapear 


117 

por  chapotear,  mida  por  medida,  zanguiUn  por 
zangarullón:  otros,  al  contrario,  se  han  alargado 
por  epéntesis,  como  alirón  por  alón,  hienza  por 
binza,  cadiera  por  cadira,  carrada  por  carraca,  em- 
pedrear  por  empedrar,  hilarza  por  hilaza,  jarapo- 
tear por  jaropear,  marrega  por  marga,  panso  por 
paso,  valentor  por  valor.  Unos  suprimen  por  afé- 
resis la  sílaba  inicial,  como  caparra  por  alcaparar, 
dula  por  adula,  jada  por  azada,  jambrar  por  em- 
jambrar,  pedrada  por  apedreada,  zafrán  por  aza- 
frán: otros  la  toman  por  prótesis,  como  amerar  por 
merar,  asesteadero  por  sesteadero,  atrazar  por  tra- 
zar. Unos  pierden  la  final  por  apócope,   como 
alum,  hrócul^  caparros^  espinái,  por  alumbre,  bró- 
culi,  caparrosa  y  espinaca:  otros  la  toman,  como 
rondalla  por  ronda.  Algunos  duplican  una  letra, 
como  acerollay  sarrampién^  por  acerola,  sarampión: 
otros  son  anagramáticos,  como  amorgonar  y  arra- 
clán^ por  amugronar  y  alacrán:  otros  obedecen 
más  al  origen  latino,  como  lufoneria^  calonia,  con- 
cello,  curto  y  gramen  por  buhonería,  caloña,  concejo, 
corto,  grama:  otros  padecen  la  leve  alteración  que 
algunos  gramáticos  llaman  antítesis,  como  sucede 
en  achacar  se,  alhellón,  alcorzar,  almadia,  alg  anillas, 
aradro,  bofo,  boteja,  cogullada,  ensundia,  furrufalla, 
garufoj  gayata,  jijallo,  lezna,  mandurria,  panolla, 
restrojera,  rujiada,   tamborinazo  y  vendema,  cuyas 
equivalencias  castellanas  no  es  necesario  enume- 
rar. Otros,  finalmente,  se  distinguen  por  su  sílaba 
inicial  es,  que  en  Aragón  suele  preceder  como  pri- 
vativa en  lugar  del  antepuesto  des,  y  aun  aumen- 


H8 

tarse  á  la  voz  castellana,  como  se  ve  en  eshafar^ 
escañarsej  escrismar,  esgarrar,  espatarrarse,  estraly 
estrévedes  (^^  y  esvarar,  bien  que  la  lengua  castella- 
na es  también  abundante  en  esas  voces,  la  mayor 
parte  anticuada  (y  esto  prueba  nuevamente  en 
favor  de  Aragón  lo  que  llevamos  dicho),  como  es- 
caTÍar,  esfogar,  esfriar,  espabilar,  espalmar,  espavo- 
rido, espedirse,  espejar,  espeluzar,  esperezarse,  espol- 
vorear, esposado  y  estajo» 

También  son  de  citar,  y  merecerían  una  intere- 
sante explicación  individual,  algunas  palabras  y 
modismos,  que,  sin  separarse  del  idioma  común, 
tienen  valor  nuevo  en  Aragón,  por  estar  tomados 
graciosamente  en  sentido  figurado  ó  translaticio, 
cuya  manera  de  hablar  es  uno  de  los  más  altos 
primores  de  una  lengua.  Notaremos  como  ejem- 
plo, acantalear^  ajustarse^  albarrano,  andaderas^  anie- 
blado^ armarse^  fandango^  asnillo,  tandearse,  bar- 
baridad^ brazo  de  San  Valero  ^2),  caballón^  cárcavo, 
carmenar,   crujida,   cliaparrudo^  echar  la  barrede- 


(1)  Estrévedes,  Tlarza  y  Ahujeros  son  los  nombres  de  sendas  calles  en 
Zaragoza,  según  sus  azulejos,  que  para  nosotros  son  documento  soficia- 
les,  como  dirigidos  por  el  Ayuntamiento,  y  cabalmente  colocados  en 
1770,  cuando  estaba  en  toda  su  plenitud  la  influencia  castellana,  y  cuan- 
do ya  se  conocía  la  buena  ortografía,  de  que  cuidaron  poco  nuestros 
mayores.  Verdad  es  que,  si  bien  presidió  en  la  nomenclatura  de  las 
calles  un  espíritu  por  decirlo  así  moderno,  pues  hay  sobre  treinta  que 
recuerdan  á  otros  tantos  personajes  de  las  épocas  romana,  árabe  y  cris- 
tiana, como  Cineja,  Benaire,  Conde  de  Alpefche,  Don  Juan  de  Aragón, 
los  Urreas  y  otros;  en  cuanto  á  ortografía,  dejan  mucho  que  desear,  no- 
tándose á  veces  que  para  una  sola  calle  hay  dos  azulejos,  con  b  y  con  u, 
lo  cual  también  se  observa  en  ambos  costados  á  la  puerta  de  la  Univer- 
sidad literaria. 

(2)  San  Valero  es  patrón  de  Zaragoza  y  su  arzobispado,  y  entre  los 
oradores  del  pulpito  era  llamado  antonomásticamente  el  brazo  fuerte: 
así  lo  hemos  oído  en  más  de  una  ocasión,  además  de  haberlo  leído  en 
una  lista  manuscrita  de  antonomasias,  escrita  en  el  siglo  pasado  con 
varios  otros  papeles  de  materia  predicable. 


119 

Td  íi\  echar  la  ley^  encabezado,  encanarse^  dar  carre- 
te^ florecer  la  almendrera,  garras^  gorrino,  guitón, 
gusanera^  lierejia^  indignarse  la  llaga^  julepe,  juse- 
pico,  lucero,  lucidario,  macerar,  mazada,  morir  d  lo- 
seta, mostacilla,  nazareno,  pinganetas,  salida  de  pa- 
vana^  tiorba  y  otras. 

A  este  grupo  corresponden  igualmente  la  pa- 
labra tocino  en  que  los  aragoneses  toman  la  parte 
por  el  todo;  las  palabras  azulejo,  elástico  y  espon- 
jado, que  toman  pie  de  la  cualidad  sobresaliente 
del  objeto  para  darle  nombre;  también  talegazo  y 
litada,  cuya  analogía  con  costalada  y  monería  no 
deja  de  ser  curiosa;  igualmente  bigardo,  que  apli- 
cándose primeramente  á  unos  frailes  de  la  orden 
de  San  Francisco,  condenados  por  herejes  en  Ale- 
mania é  Italia,  se  extendió  después  á  los  de  mala 
vida,  concluyendo  por  significar  en  Aragón  el 
mancebo  de  grandes  medros  y  de  buena  aparien- 
cia para  el  trabajo,  pero  que  hace  vida  inútil  y 
ociosa;  y  finalmente,  las  antonomásticas^/^orm,  que 
así  se  llamó  por  ser  usual  en  Florencia,  según 
^Qvmo;  frederical,  con  motivo  del  manto  que  usa- 
ron algunos  Fadriques  de  Sicilia,  según  la  expli- 
cación de  Blancas;  zaforas,  voz  moderna,  supone- 
mos que  ocasionada  por  el  longista  Zaforas,  en 
cuya  casa  se  dice  que  sirvió  como  criado  el  famoso 
Cabarrús;  piculin,  en  recuerdo  de  un  famoso  vol- 
teador de  aquel  nombre  que  procedente  de  Cas- 

(1)    Léese  en  el  arcipreste  de  Hita: 

Tenie  buen  abogado,  ligero  é  sotil  era; 
galgo  que  de  la  raposa  es  gran  abarredera. 


120    . 

tellón  de  la  Plana,  trabajó  en  Zaragoza  muy  á 
gusto  de  todos  desde  1803  á  1815,  según  Casama- 
yorW,  bien  así  como  en  Castilla  ejecutó  sus  ha- 
bilidades en  el  siglo  xvi  el  italiano  Buratin,  de 
donde  tomaron  ese  nombre  los  volatines  en  ge- 
neral, según  lo  hemos  leído  en  algún  trabajo 
etimológico  y  aun  nos  parece  recordar  que  en  al- 
guna comedia  de  Lope,  por  más  que  en  el  Diccio- 
nario de  la  Academia  no  hayamos  hallado  esa 
palabra. 

Viniendo  ahora  á  las  etimologías,  por  demás 
está  que  repitamos  lo  que  ya  hemos  indicado  en 
este  punto;  ocioso  es  que  digamos  de  nuevo  lo 
que  por  otra  parte  de  todos  es  sabido:  las  lenguas 
se  forman  por  aluvión  y  por  derivación,  de  lo 
cual  nace  su  división  en  familias,  el  parentesco 
estrecho  que  á  muchas  liga  entre  sí,  la  riqueza 
misma  que  ostentan,  como  se  ve  en  la  griega  con 
la  acumulación  de  sus  dialectos,  en  la  latina  con 
su  imitación  griega,  en  las  germánicas  y  neo-la- 
tinas con  la  asimilación  de  sus  afines  y  con  el  con- 
tacto de  los  pueblos  conquistados  y  conquistado- 
res, aliados  y  enemigos.  Pero  sí  es  un  gran  mérito 
filial,  como  lo  es  á  nuestros  ojos,  la  conservación 
cariñosa  de  las  raíces  ó  voces  matrices,  supuesta 
la  necesaria  y  aun  oportuna  reforma  de  la  sin- 


(1)  D.  Faustino  Casamayor  escribió  y  dejó  manuscritos  unos  Años  po- 
líticos é  históricos  de  Zaragoza,  que  en  48  tomos  comprenden  todos  los  su- 
cesos ocurridos  en  la  capital  de  Aragón,  desde  1782  á  1833:  hoy  posee  esta 
obra,  si  bien  con  la  falta  de  dos  tomos,  la  Biblioteca  de  la  Universidad  de 
Zaragoza,  cuyo  Rector,  que  era  el  autor  de  este  trabajo,  encontró  nueve 
de  aquellos  que  no  poseía  ni  tenía  registrados  la  Biblioteca,  y  escribió 
además  la  biografía  de  Casamayor  y  el  juicio  crítico  de  sus  Años  políticos. 


1 


.   121 

taxis,  en  Aragón  hay  por  qué  envanecerse  en  este 
punto,  pues  son  muchas  las  voces  provinciales  que 
derivan  inmediatamente  del  idioma  del  Lacio  ^^K 

Unas  han  conservado  toda  su  estructura  latina, 
como  lumeii-domus ,  arliculata,  calendata,  portata^ 
tesííficata^  exJiibita^  cancélala,  exlracla^  inlamarinOy  ul- 
tramarino y  cisterno^  forideclinatorio,  paciscente  y  ho- 
navero  que,  aunque  tiene  por  su  terminación  aire 
español,  procede  de  la  frase  antigua,  Bona  vero 
quce  demandanlnr  sunt  hcec^  y  expresa  hoy  como  en- 
tonces la  lista  de  los  bienes  á  que  se  refiere  la  de- 
manda. Otras  son  idénticas,  ó  no  han  variado  sino 
la  desinencia  ó  la  ortografía,  como  apoca,  apotica- 
Ho,  ordio,  cicureSf  brisa,  lipona,  uva,  lucidario,  san- 
sa, comanda,  excrew,  convenido,  pigre  y  motilar.  Otras, 
aunque  un  poco  más  desemejantes,  copservan  muy 
visible  su  procedencia,  como  cuaderna,  adimple- 
mento,  la  Seo,  coda,falenciales,  oleaya.  Meras,  fiemo, 
macelo,  farinelas^  hatifulla,  fahear,  zaborra  j  faboli- 
nes.  Otras,  en  fin,  aunque  no  de  tan  incuestionable 
etimología,  la  tienen  bastante  lógica,  y  desde  lue- 
go mucho  menos  violenta  de  lo  que  suelen  bus- 
carla muchos  etimólogos,  á  quienes,  por  lo  mismo 
de  no  poseer  nosotros  su  caudal,  no  los  imitaremos 
ciertamente  en  disiparlo:  tales  son  geta,  gitar  y  je- 
tar, áQ  getare  (y  no  áejacere,  como  otros  suponen); 


(1)  Algunas  son  á  la  vez  griegas,  pero  lo  verosímil  es  que,  pues  eran 
ya  caudal  de  la  lengua  latina,  se  tomasen  de  ésta  y  no  de  aquéllas,  tales 
son:  apoticario,  boalar,  falordia,  taca,  tajo,  tata  y  algunas  más;  siendo  pu- 
ramente griegas  muy  pocas,  como  brasmar,  camena,  masía,  fantasma,  y 
según  un  muy  competente  helenista,  caloyo  y  aturar,  si  bien  esta  última 
es  de  origen  árabe  en  opinión  del  sabio  Marina,  y  del  indurare  latino  se- 
gún la  primera,  pero  no  las  últimas  ediciones  de  la  Academia. 


122 

lesque  de  viscus,  fajo  (y  aun  fascal)  de  fax,  origen 
de  haz,  hacinar,  etc.;  Jmehra  derivado  de  opera, 
que  debió  pasar  por  opra,  obra  y  uehra,  acabando 
por  recibir  entre  nosotros  un  sentido  genérico  ó 
trópico;  aturar,  que  Rosal  <^í  deriva  de  oUurare;  em- 
herar  acaso  de  ver,  primavera,  por  empezar  á  colo- 
rear entonces  algunas  frutas,  como  se  dice  agostar 
al  marchitarse  de  las  plantas;  exárico  de  exaro; 
concieto,  de  conceptus^  deseo  concebido;  muñido,  de 
monere^  avisar,  citar,  obligar  á  comparecer;  vellute- 
To,  de  vellus^  lana;  trincar  de  trincare^  beber,  dar 
muestras  de  regocijo;  encante,  de  in  cantu;  amosta, 
de  amia  manu  hausta,  según  Monláu;  tastar  de  tac- 
tns;  mtcesOj  de  morsus;  vencejo,  de  vi7iculus;  rufo,  tal 
vez  de  rufus,  rubio;  teruelo  acaso  de  textula^  tejuela 
con  que  en  lo  antiguo  se  votaba;  caritatero,  proba- 
blemente de  cJiaritas^  á  juzgar  por  el  objeto  de 
aquel  cargo,  que  suponemos  equivalente  al  de  li- 
mosnero; haste^  quizá  de  lastaga^  transporte,  ó  de 
lasterna,  litera;  calamonar,  no  muy  extraño  á  cala- 
menthum^  hierba;  bando,  que  puede  provenir  de  pan- 
do, siendo  tan  conformes  las  dos  letras  labiales  en 
que  se  diferencian  ambas  voces;  luquete,  á  luce,  co- 
cí) El  Dr.  Francisco  del  Rosal,  médico,  nació  en  Córdoba,  estudió  en 
Salamanca  y  escribió  varias  obras,  entre  ellas  Origen  y  etimología  de  la 
lengua  castellana  que  dividió  en  cuatro  alfabetos:  el  l.o  de  vocablos 
castellanos,  el  2.o  de  nombres  propios  de  lugares  y  personas,  el  3. o  de  re- 
franes y  fórmulas  y  el  4. o  razón  y  causa  de  algunas  costumbres  y  opinio- 
nes recibidas.  La  licencia  para  imprimir  esta  obra  se  expidió  por  diez 
años  en  26  de  Octubre  de  1601,  pero  no  habiéndose  impreso  la  obra,  el 
autor  pudo  añadirla  con  los  datos  de  la  de  Aldrete  1606  y  la  de  Covarru- 
bias  1610.  Fray  Miguel  Zurita,  cronista  general  de.  Agustinos  recoletos  y 
Académico  correspondiente  déla  Historia,  emprendió,  con  destino  á  esta 
Corporación  sabia,  la  copia  de  los  Alfabetos  y  la  biografía  de  Rosal,  en 
cuyo  trabajo,  que  hoy  guarda  inédito  la  Academia,  le  alentaron  Campo- 
manes,  Rayer,  Masdéu,  Abad  y  Lasierra,  Rodríguez  de  Castro  y  D.  Renito 
Gayoso. 


123 

mo  dice  Rosal,  aunque  esa  palabra  no  la  incluye  la 
Academa  como  aragonesa,  sino  como  castellana. 

Otra  de  las  más  copiosas  fuentes  de  donde  el 
idioma  español  ha  tomado  un  gran  número  de 
palabras,  es  la  lengua  árabe,  que,  correspon- 
diendo á  una  civilización  muy  adelantada  sobre 
todas  las  de  Europa,  hubo  de  forzarnos  á  admi- 
tir, con  sus  raros  conocimientos  ei^las  ciencias  y 
artes,  las  voces  que  servían  á  desarrollarlos.  No 
se  habló  en  Aragón  aquel  idioma  como  en  otras 
provincias,  y  es  que  tampoco  no  fué  tan  larga 
la  dominación  árabe,  reconquistada  Zaragoza 
en  1118  y  Valencia  (por  Don  Jaime)  en  1238;  pero 
fuélo  todavía  lo  bastante  para  imprimirnos  su  in- 
fluencia; y  sobre  todo  nos  impusieron  los  árabes 
en  adelante,  aun  después  de  sometidos,  ese  suave 
yugo  que,  por  lo  mismo  de  no  ser  impuesto  á  la 
violencia,  sino  en  el  seno  de  la  paz,  es,  no  sólo  más 
duradero,  pero  aun  tan  honroso  á  los  conquista- 
dos como  á  los  conquistadores.  Todavía  subsis- 
ten, sobre  todo  en  Valencia,  pero  también  en  Ara- 
gón y  aun  en  Navarra,  y  claro  es  que  en  muchos 
otros  puntos  de  España  aun  sin  contar  la  Anda- 
lucía, prácticas  agrícolas,  costumbres  indelebles, 
restos  del  traje,  calles  y  barrios,  y  principalmente 
muchos  vocablos  de  la  lengua  árabe  con  que  la 
nuestra  ha  venido  á  enriquecerse. 

Sobre  las  voces  que  son  generales  á  toda  Espa- 
ña, y  que  Marina  enumera  cuidadosamente  hasta 
formar  un  catálogo  de  cerca  de  mil  quinientas,  si 
bien  algunas  de  origen  griego  ú  oriental,  pero 


124 

siempre  transmitidas  á  nosotros  por  los  árabes, 
tiene  Aragón  otras  propias,  de  las  cuales  citaremos 
ajada^  ajadóriy  alamin,  alberge,  albarán,  alcohol^  al- 
farda^ algorín,  almenara,  almud,  almudi,  amelgar, 
antibo  (de  anteba,  hincharse),  arcaz,  arguello,  ama, 
a¿urar^^\  badal,  bailio,  barreño,  bocal,  boto,  bucarán, 
er  aje,  gaya,  gafete,  jauto  y  jebe,  jeto  ^  jimenzar  ^  lapo, 
márfega,  márraga,  mossén,  rafalla,  rafe,  sirga  y  za- 
frán;  á  las  cuales  no  dudamos  en  agregar  las  in- 
vestigadas á  ruego  nuestro  por  un  competente 
amigo  (2),  de  entre  los  cuales  son  incuestionable- 
mente árabes,  según  sus  informes  razonados,  al- 
guaza, alquinioy  antosta,  badina,  bahurrero,  cabidar, 
capleta,  charada,  fardacho  y  fizón,  maigar,  tabarda, 
tria,  zaborra  y  zalear-,  muy  verosímiles  alfarrazar, 
alacet,  arcén,  buega,  cija,  libón  y  liza,  y  algún  tanto 
dudosas,  abollón,  aribol,  batueco,  bistreta,  boira,  cara- 
mullo, cibiaca,  cocón,  cospillo,  cudujón,fejudo,  fres, 
güellas,  jasco,  lillas,  par  dina  y  pocho. 

En  cuanto  á  la  influencia  provenzal,  con  decir 
que  se  sintió  más  ó  menos  aun  en  Castilla,  no 
puede  sorprender  que  en  Aragón  fuese  extraor- 
dinaria, y  lo  admirable  es,  pero  no  menos  cierto, 
que  aquí  no  resultase  un  dialecto  como  el  catalán 
ó  valenciano,  y  que  alcanzara  á  conservarse  el 
idioma  español,  nacido  como  en  Castilla  pero  in- 


(1)  Así  como  axobar,  que  según  el  mismo  Marina  en  su  posterior  y 
eruditísimo  Ensayo  histórico  crítico  sobre  la  legislación  antigua,  se  escri- 
be ajovar  en  los  Usatges  de  Barcelona  y  assuvar  en  el  fuero  de  Alcalá, 
que  es  quien  conservó  en  su  integridad  la  etimología  árabe. 

(2)  D.  Mariano  Viscasillas,  persona  que  en  sus  pocos  años  posee  co- 
nocimientos no  comunes  en  los  idiomas  sabios  y  orientales. 


125 

dependientemente  de  Castilla,  y  perfeccionado 
lentamente,  no  sin  alguna  intervención  castellana, 
pero  desde  luego  con  más  y  mejores  aunque  no 
muy  aprovechados  elementos. 

El  profesor  D.  Braulio  Foz  escribía  en  la  Revis- 
ta  de  Cataluña  que  el  catalán  literario  era  el  de  al- 
gunos pueblos  entre  el  Cinca  y  el  Segre,  especial- 
mente en  Tamarite,  y  aun  el  de  pueblos  de  la  Tie- 
rra-baja entre  Cataluña  y  Valencia,  habiendo  sido 
sus  pobladores  (después  de  la  Reconquista)  ara- 
goneses de  llanos  y  montañas,  catalanes  de  las  ri- 
beras del  Segre  y  aun  del  centro  de  Cataluña  y 
algunos  antiguos  pobladores. 

El  mismo  Sr.  Foz  publicó  con  algunas  adiciones 
un  compendio  de  la  Historia  de  Aragón,  hecho  con 
esmero  por  A.  S.  (D.  Antonio  Sas),  y  en  él,  al  tra- 
tar de  la  conquista  de  Valencia  por  el  gran  rey 
Don  Jaime,  se  consigna  que  éste  dio  fueros  en  su 
lengua  materna,  que  era  la  lemosina,  por  creer 
que  aquel  lenguaje  llano  aunque  grosero  sería  del 
vulgo  mejor  entendido  que  la  extrañeza  y  varie- 
dad de  las  otras  lenguas  de  España,  á  pesar  de 
que  los  aragoneses  auxiliares  de  aquella  memora- 
ble empresa  habían  reclamado  que  aquellas  leyes 
se  redactasen  en  la  lengua  aragonesa,  «porque  ésta, 
además  de  ser  común  á  todas  las  de  España  don- 
de los  romanos  introdujeron  su  lenguaje,  como 
para  los  aragoneses  pusieron  escuelas  en  la  ciu- 
dad de  Huesca,  la  habían  aprendido  con  mucha 
curiosidad  y  conservádola  menos  incorrecta». 

El  Sr.  Pers  y  Ramona,  que  se  ha  ocupado  bas- 


126 

tante  en  este  punto,  y  que  preparaba  una  Historia 
de  la  lengua  y  literatura  catalana,  nos  escribía  que 
él  había  de  presentar  ochocientas  voces  que,  sin 
ser  latinas,  pertenecieron  á  un  tiempo  á  seis  de 
las  lenguas  neolatinas,  y  que,  siguiendo  á  Rey- 
nouard,  había  de  probar  que  quizá  los  idiomas  vul- 
gares fueron  anteriores  al  latín  mismo:  añadía  que 
una  cuarta  parte  de  las  voces  aragonesas  eran 
puramente  catalanas,  para  lo  cual  citaba  emhafar^ 
embastar^  empenta^  bresca,  esparver,  esma,  esmuñirse, 
espartar,  espatarrarse,  esquirol,  estalonar,  dot,  brisa, 
brocaly  barraly  alberge,  á  las  horas ^  censal,  encant,  en- 
cantar, escañarse,  esclafar,  escopetada,  escorxar  escu- 
pinada,  tria,  gitar  y  fregadera.  En  todo  nos  pare- 
ce que  hay  algo  de  exageración,  nacida  de  amor 
patrio:  nosotros,  más  parcos,  diremos  que,  hacien- 
do fondo  común  de  las  voces  puramente  lemosi- 
nas  y  de  las  catalanas,  tenemos  principalmente  de 
éstas  buen  número,  siéndonos  perfectamente  co- 
munes amosta,  baga,  banova,  barral,  botiga,  braga, 
bresca,  corear,  embafar,  empentar,  escálfela,  escali- 
bar,  esclafar,  esgarrifarse,  falca,  fuina,  gallofa,  gar- 
ba, garraspa,  ginjol,  gosar,  greuge,  madrilla,  mas, 
mascara,  por guesas,  pudor,  puma,  quera,  á  ran,  sir- 
ga, taca,  iastar,  tongada,  trena,  trucar,  veguero,  veta, 
y,  según  puede  verse  en  Raynouard  ^^^  adobar,  atu- 


(1)  En  su  Lexique  román,  París  1836  á  1844,  seis  volúmenes,  el  primero 
de  los  cuales  contiene,  después  de  unas  Investigaciones  filosóficas,  una 
Gramniaire  romaine  y  varias  poesías  provenzales;  los  siguientes,  un  Dic- 
tíonaire  de  la  langue  des  troubadours  comparée  avec  les  autres  langues  de 
V Europe  latine,  y  el  últimojun  vocabulario  alfabético  délas  mismas  voces, 
para  poder  encontrar  las  del  Diccionario  de  autoridades  que  se  encuen- 
tran calificadas  por  familias. 


127 

rar^  horda^  geiar^  rosigar^  tetar,  y  alguna  otra;  y 
también  son  comunes  al  aragonés  y  al  catalán, 
aunque  aquél  les  ha  dado  desinencia  ó  pronuncia- 
ción castellanas,  ajordar,  calage,  calibo,  fiter o,  güito, 
manifacero,  masohero,  tinelo,  trespontin,  etc.,  y  lo  son 
también,  ó  por  su  raíz  ó  por  su  semejanza,  argadi- 
llo, cuquera,  espenjador,fosqueta,  garra  mpa,  milocJia, 
y  alguna  otra. 

Algunas  de  estas  palabras  pertenecen  también 
á  los  otros  idiomas  neo-latinos,  no  siendo  fácil 
decidir  si  fueron  elaboradas  á  un  mismo  tiempo, 
ni  en  caso  contrario  de  qué  parte  estuvo  la  pre- 
cedencia; pero  de  todos  modos  es  lo  cierto  que 
tastar,  por  ejemplo,  es  común  á  los  idiomas  ara- 
gonés, catalán,  francés  é  italiano,  que  hotiga  y 
gingol,  traspontín  y  aun  falordia  lo  son  á  los  tres 
primeros,  que  fuina,  muir,  taca  y  aun  escalfeta  lo 
son  al  aragonés,  al  catalán  y  al  italiano.  En  cuanto 
á  las  semejanzas  del  aragonés  con  el  francés  ó  el 
italiano  pueden  citarse,  respecto  á  éste,  gratar, 
chemecar,  falaguera  (de  follegiare),  y  aun  hadal  y 
picota;  y  respecto  á  aquél,  acoplar,  aguaitar  (de 
guetterj,  alberge,  argent,  hecardón,  chápetele,  empa- 
char, esparvel  (de  épervier),  fuina,  guipar  (de  güepe 
abispa),  manchar,  mazonero,  niquitoso  (de  ñique 
mueosi),  planzón,  pocha,  pochada,  y  algunas  otras 
como  gallón,  que  la  Academia  escribe  gasón,  tal 
vez  por  aproximarla  al  gazon  francés,  y  mascar ar 
que,  desusado  hoy  por  ellos,  mas  no  por  nosotros, 
usó  sin  embargo  Rabelais  en  «(Gargantúa)  se 
"mascar oyt  le  nez>. 


128 

Expuesto  ya,  si  bien  concisamente  y  sin  exten- 
dernos á  observaciones  panegíricas,  lo  más  pre- 
ciso de  saber  para  la  inteligencia  del  habla  ara- 
gonesa en  lo  tocante  á  su  historia,  su  etimología, 
su  propiedad  y  aun  sus  ventajas,  seguramente 
que  completaría  en  gran  parte  nuestro  trabajo  la 
exposición  de  los  modismos,  frases  ó  refranes  pe- 
culiares de  Aragón;  pero  nos  ha  retraído  de  esta 
idea,  no  sólo  la  dificultad  de  llevarla  á  cabo  con 
algún  acierto,  sino  la  consideración  do  que  aque- 
llas maneras  usuales  de  decir  no  alteran  en  nada 
el  idioma  castellano,  ni  difieren  (si  no  es  en  los 
pueblos  del  Somontano)  (^>  de  la  sintaxis  común, 
ni  marcau  ninguna  genialidad  aragonesa,  ni  son 
otra  cosa  que  combinaciones  de  las  sin  número 
que  permite  un  idioma,  y  que  todos  los  días  crea 
el  gusto  ó  la  improvisación  individual. 

Todavía  incluimos,  sin  embargo,  en  nuestro  Dic- 
cionario algunas  maneras  provinciales,  escogidas 
como  de  más  corriente  y  general  uso.  Entre  ellas 
no  pueden  tener  cabida  las  que  se  apoyan  en 
nombres  propios,  porque  eso  sería  faltar  á  una 
especie  de  regla  lexicológica;  pero,  en  nuestro 
deseo  de  que  nada  importante  se  ignore,  hasta 
donde  nosotros  podamos  investigarlo,  agrupa- 
remos aquí  las  no  muchas  pero  muy  curiosas 
locuciones  de  este  género  que  para  esta  ocasión  y 
lugar  hemos  apuntado:  —  Con  Don  Antón  te  topes, 


(1)  La  parte  oriental  de  Huesca  y  la  occidental  y  septentrional  de  Bar- 
bastro,  que  generalmente  se  llaman  en  el  país  Semontano  de  Huesca  y 
Semontano  de  Barbastro. 


129 

á  guisa  de  maldición,  en  recuerdo  de  D.  Antonio 
de  Luna  que  asesinó  al  arzobispo  de  Zaragoza  en 
los  disturbios  promovidos  por  el  conde  de  Urgel, 
pretendiente  de  la  corona  vacante  en  Aragón 
ante  el  Parlamento  de  Caspe;  Ya  se  murió  el  rey 
Don  Juan,  frase  proverbial  alusiva  al  pródigo  Don 
Juan  n  y  dirigida  contra  los  ambiciosos  de  mer- 
cedes; Que  viene  Vargas,  expresión  con  que  se 
asusta  á  los  niños,  desde  la  jornada  funesta  en  que 
aquél  mandó  prender  y  decapitar  á  Lanuza,  de  or- 
den de  Felipe  II;  Viejo  como  las  bragas  de  Fr.  Pe- 
dro y  sabido  como  el  chiste  de  Saputo,  modismos 
que  vemos  reunidos  en  una  poesía  manuscrita 
recogida  por  Lezaún,  siendo  tradicional  la  idea 
de  Pedro  Saputo  desde  el  siglo  xvii  í^^;  Más  listo 
que  Cardona,  como  alusión  al  vizconde  de  este 
título,  que,  cuando  su  grande  amigo  el  infante  don 
Fernando  fué  mandado  matar  por  el  rey  su  her- 
mano en  1363,  huyó  precipitadamente  desde  Cas- 
tellón á  Cardona,  pasando  el  Ebro  por  Amposta; 
Más  feo  que  Tito,  corrupción  de  Picio;  Peor  que 


(1)  Sobre  él  ha  escrito  D.  B.  Foz  una  novela  al  gusto  clásico  y  pica- 
resco, y  los  versos  á  que  aludimos  en  el  texto  son  los  siguientes: 

Las  comedias  que  aquí  nos  representan 
se  hicieron  en  el  año  del  diluvio; 
más  viejas  que  las  bragas  de  Fr.  Pedro, 
más  sabidas  que  el  chiste  de  Saputo. 

En  cuanto  á  la  locución  que  ponemos  en  pos  de  ésta,  debemos  decir 
que  en  Castilla  se  toma  á  Cardona  en  sentido  de  discreto:  en  un  escritor 
hemos  leído  «que  ni  Cardona  con  ser  tan  listo,  podía  adivinar»;  en  otro 
«usted  es  un  joven  más  listo  que  el  mismo  Cardona  y  más  sabio  que 
Briján»;  en  otro  «el  arte  de  hacer  fortuna  sabe  mejor  que  Cardona»;  pero 
Hartzenbusch  en  El  Niño  desobediente  dice,  «para  ir  á  obedecerla  más 
listo  que  Cardona»:  Trucha  ha  escrito  un  cuento  denominado  £Z  más  listo 
que  Cardona,  título  que  dejó  en  español  Mr.  Latour,  porque  dijo  que  no 
sabía  cómo  traducirlo. 


iSO 

Geta,  quizá  degeneración  de  Gestas;  Tiene  más  que 
Zaporta,  cuya  esplendidez  se  conserva  en  Zara- 
goza en  el  palacio  monumental  de  su  nombre,  que 
después  se  llamó  de  la  Infanta  por  haberlo  habi- 
tado la  esposa  del  infante  D.  Luis;  Más  malo  que 
Piván;  Más  célebre  que  Barceló  por  la  mar,  con 
alusión  al  mallorquín  Barceló,  famoso  en  el  siglo 
pasado;  Ser  un  Fierrahrás,  tomado  de  Fier  a  hras, 
personaje  caballeresco;  Sabe  más  que  Briján,  por 
Bricán,  nigromante  ó  hechicero  como  Merlín,  se- 
gún Milá;  Más  caro  que  el  salmón  de  Alagan;  En 
donde  Cristo  dio  las  tres  voces,  denotando  un  paraje 
extraviado  ó  lejano;  Irse  por  Valde-Gurriana,  por 
desviarse  del  camino  natural,  en  el  juego,  en  la 
conversación  ó  de  otra  manera;  Más  duro  que  el 
pie  de  Cristo,  lo  cual  se  aplica  á  cosas  materiales 
como  el  pan,  el  queso,  etc.;  Llamar  á  Cachano  con 
dos  tejas,  por  querer  un  imposible  ó  apelar  á  quien 
no  puede  socorrernos;  Llover  más  agua  que  cuando 
enterraron  á  Zafra,  en  que  la  traducción  exage- 
rada dice  que  el  ataúd  iba  sobrenadando;  Salir  de 
Herrera  y  entrar  en  Carbonera,  6  ir  de  mal  en 
peor,  ó  caer  de  un  peligro  en  otro;  Grande  como 
el  cantal  de  Alcorisa  6  como  la  bola  de  San  Ildefon- 
so, esto  último  cuando  se  refiere  á  alguna  patraña 
ó  á  cosa  de  poco  tamaño  absoluto;  Llano  como  la 
sala  de  San  Jorge,  con  alusión  al  salón  principal 
déla  antigua  Diputación  (i^;  El  secreto  de  Aguilar, 
que  la  Academia  dice  de  Anchuelo;  El  Tonto  de 

(1)    Posteriormente  Audiencia;  después  destruido  por  los  franceses  en 
los  sitios;  y  hoy  Seminario  Conciliar. 


131 

Ateca;  El  Bruto  de  Alfocea;  Perdido  como  Carra- 
cuca,  en  sentido  de  no  tener  salvación;  Es  que 
empuja  Ferena,  con  alusión  al  Coronel  de  este 
nombre,  que  operaba  hacia  la  parte  de  Huesca 
durante  los  sitios  de  Zaragoza,  y  á  quien  atribuían 
candidamente  que  empujaba  á  los  franceses,  cuan- 
do éstos  iban  apretando  el  asedio;  Justicia  de  Al- 
mudévar,  con  que  se  designa  la  ley  del  embudo  ó 
del  encaje,  si  bien  en  su  origen  tradicional  no 
tuvo  ese  significado,  pues  se  cuenta  la  fábula 
de  que,  condenado  á  muerte  el  herrero  único  del 
pueblo,  se  sacrificó  en  su  lugar  á  un  tejedor, 
porque  en  el  pueblo  todavía  quedaba  otro  de  su 
oficio;  Pinta  de  Juslihol,  que  se  aplica  á  varias 
cosas,  pero  quizá  proceda  de  los  melones  que  de 
allí  son  famosos;  Más  tonto  que  Pichóte;  Suelta 
como  la  vaca  de  Boque,  para  motejar  á  la  mujer 
demasiado  independiente  ó  que  no  va  acompa- 
ñada como  debe;  No  dijo  más  Modrego  á  su  amo, 
que  se  aplica  al  que  contesta  descortés  y  lacónica- 
mente en  sentido  negativo;  Judio  de  la  maza,  que 
se  dice  como  punto  de  comparación  para  muchas 
frases,  por  ejemplo,  «es  capaz  de  casarse  con  el 
judío  de  la  maza>;  De  Miguel  de  Arcos,  que  se  em- 
plea en  sentido  favorable  para  muchas  cosas,  por 
ejemplo,  para  una  jugada  buena;  Sol  de  Milán, 
que  hoy  ya  no  suele  aplicarse  sino  como  parte  de 
ese  rico  vocabulario,  con  que  las  madres  acari- 
cian á  sus  hijos,  pero  que  antes  se  aplicaba  tam- 
bién á  las  mujeres,  y  parece  que  tomó  origen  de 
la  marquesa  de  Lazan,  á  quien,  por  su  sobresa- 


132 

líente  hermosura  y  por  su  patria,  se  calificó  á 
fines  del  siglo  pasado  con  aquel  epíteto;  La  Maza 
de  Fraga,  que  se  emplea  muchas  veces  para  repre- 
sentar que  le  cayó  á  uno  un  peso  insoportable;  Ir 
con  la  esquina  de  los  caracoles,  con  alusión  á  una 
calle  de  Zaragoza,  y  en  significación  de  que  un 
reloj  ó  cualquiera  otra  cosa  marchan  mal  ó  no  son 
fidedignos;  Ser  de  los  del  Gancho,  refiriéndose  al 
de  San  Pablo,  hoz  ó  cuchilla  corva  de  su  pendón 
parroquial,  para  manifestar  que  uno  es  aragonés 
legítimo  en  sus  cualidades  de  testarudez  y  dureza; 
Estar  escondido  como  él  tío  Salero,  esto  es,  en  me- 
dio de  la  plaza;  la  Campana  Valer  a,  así  llamada  la 
principal  de  la  Seo  de  Zaragoza  por  estar  dedi- 
cada á  San  Valero,  y  sirve  de  comparación  en 
muchas  frases  en  sentido  de  abultar  una  cosa  ó 
de  tratar  de  celebrarla;  y,  en  fin,  dando  ya  punta 
en  esto  para  no  hacerlo  interminable,  Ya  viene 
Martinico,  para  indicar  que  va  entrando  el  sueño 
á  los  niños,  sobre  cuya  frase  nos  ocurre  añadir 
que  en  el  Libro  de  Patronio,  el  diablo  dice  á  uno, 
que  en  los  apuros  le  llame  con  las  palabras  «aco- 
rredme,  D.  Martín»:  en  los  Viajes  de  Marco 
Polo,  1519,  se  llama  Martín  al  diablo  y  en  algunas 
provincias  de  España  se  llama  á  los  duendes 
Martinico. 

En  lo  que  sí  queremos  detenernos  algún  tanto 
es  en  el  gracioso  diminutivo  en  ico,  que  considera- 
mos más  bien  como  un  modismo  que  como  una 
palabra,  y  que,  si  bien  es  manera  de  hablar  muy 
castellana  y  aun  no  considerada  como  arcaísmo 


13S 

por  el  Diccionario  de  la  lengua,  pero  es  desusada 
y  aun  ridicula  entre  los  castellanos,  al  paso  que 
muy  general  en  todas  las  clases  sociales  de  Ara- 
gón y  de  Navarra.  Y  decimos  que  muy  general, 
porque  hemos  de  confesar  que  un  gran  número  de 
palabras  de  las  que  hemos  citado  como  aragone- 
sas, y  por  ventura  las  más  interesantes,  como  caly 
aturar^  amprar  y  muchísimas  otras,  ya  no  se  con- 
servan sino  entre  las  clases  ínfimas  del  pueblo, 
que  también  acá  ha  cundido  entre  las  personas 
cultas  el  desdén  hacia  nuestras  bellezas  provincia- 
les; pero  el  diminutivo  de  que  hablamos  es  uni- 
versal, y  ya  no  depende  de  la  educación  sino  del 
nacimiento. 

El  idioma  español,  rico  en  los  diminutivos  cual 
ningún  otro,  y  desde  luego  muchísimo  más  que 
el  hebreo,  el  árabe,  el  griego  y  aun  el  latín  y  el 
italiano,  como  que  reúne  más  de  treinta  diversas 
terminaciones  (i),  habiendo  palabra  que  permite 
ella  sola  doce  desinencias,  claro  es  que  no  aplica 
todas  esas  variantes  ó  aumentos  de  final  á  todas 
las  palabras,  antes  se  conforma  con  lo  que  cada 
una  permite  ^2) .  mas  en  medio  de  ser  esto  cier- 


(1)  ¿Qué  lengua  puede,  en  efecto,  presentar,  sin  sus  diminutivos  irre- 
gulares y  subderivados,  que  no  son  pocos  en  la  española,  las  variadí- 
simas desinencias  de  palmadica,  vientecillo,  bonito,  palomino,  cobertizo, 
escobajo,  añalejo,  ballenato,  viborezno,  meseta,  florete,  islote,  pobreto,  Jua- 
nitico  ^que  dice  Rueda),  acertijo,  partija,  campanil,  Maruja,  panoja,  frai- 
luco, molécula,  minúsculo,  trastuelo,  Manolo,  langostín,  limpión,  hilacha, 
boliche,  casucha,  lenducho,  libraco,  partida,  y  tal  vez  alguna  otra  que  sin 
dificultad  habrá  escapado  á  nuestra  diligencia?  ¿Qué  idoma  presenta  so- 
lare un  solo  nombre  las  variantes  de  librico,  librillo,  líbrete,  libretillo,  libre- 
tón,  libraco,  librin,  libracho,  librejo  y  librecillo,  así  como  las  doce  que  co- 
múnmente se  citan  sobre  el  adjetivo  chico,  ya  diminutivo. 

(2)  Hay  palabras,  por  ejemplo  demonio,  que,  porque  han  de  duplicar 
enfadosamente  la  i,  no  sufren  también  los  diminutivos  en  ico,  illo,  ito 


134 

to,  las  en  ico,  en  illo  y  en  ito  son  terminaciones  ge- 
nerales que  se  aplican  indistintamente  á  casi  todos 
los  nombres,  habiendo  entre  ellas  una  verdadera 
sinonimia. 

Pero  el  diminutivo  en  ico  tiene  dos  ventajas  in- 
contestables, el  uso  preferente  que  de  él  hicieron 
los  padres  de  la  lengua,  y  su  significación  especial 
é  intrínsecamente  distinta  de  los  de  otras  termina- 
ciones. En  los  escritores  de  nuestros  orígenes» 
sobre  cuyos  sencillos  versos  parece  que  vagaba, 
como  una  fresca  brisa  sobre  las  plantas  silvestres, 
el  ambiente  de  la  naturalidad,  era  el  diminutivo 
en  ico  el  que  dominaba  en  la  expresión  de  los 
afectos  ó  las  apreciaciones,  y  por  eso  es  tan  gene- 
ral en  la  poesía  popular  y  en  la  familiar  de  poste- 
riores tiempos. 

¡Qué  bien  dicho  está  en  una  farsa  de  Lucas  Fer- 
nández, 

¡Oh,  pastorcico  serrano! 
¿viste,  hermano, 
un  caballero  pasar?; 

y  en  un  romance  sobre  el  moro  Calaínos, 

Bien  vengáis,  el  francesico, 
de  Francia  la  natural? 

¡Cuan  propio  es  de  la  poesía  de  Castillejo,  último 
trovador  de  los  amores  y  la  sátira,  paladín  de  la 
poesía  nacional  contra  los  petrarquistas,  contra  los 

como  el  agraciado  en  ejo:  hay  otras  que  tienen  diminutivos  de  preferen- 
cia para  evitar  confusión  con  los  homónimos  de  los  otros,  como  hora 
que  admite  horita  y  horica,  pero  no  horilla  ni  horeja  que,  si  no  en  la  es- 
critura, tienen  otro  significado  en  la  pronunciación:  hay,  finalmente, 
provincias  que  tienen  predilección  á  determinados  dim.inutivos,  coma 
las  de  Aragón  á  los  terminados  en  ico. 


135 

luteranos  como  él  decía,  cuan  propios  son  de  aque- 
lla poesía  fácil  y  sentida  aquellos  versos,  ya  per- 
tenecientes á  una  época  muy  adelantada,  en  que 
se  pinta  con  gracia  inimitable  á  un  vizcaíno  borra- 
cho, metamorfoseado  en  mosquito, 

tuvo  con  esto  á  la  par 
una  risica  donosa, 
las  piernas  se  le  mudaron 
en  unas  zanquitas  chicas, 
los  brazos  en  dos  alicas, 
dos  cornecicos  por  cejas! 

jQué  bien  sienta  en  Rodrigo  de  Cota  ó  Juan  de 
Mena,  ó  quienquiera  que  escribiese  ^^^  la  primi- 
tiva Celestina  (que  nosotros  no  hemos  de  desatar 
nuestras  dudas  como  el  editor  de  Barcelona  que 
atribuyó  á  aquellos  dos  tan  admirable  obra);  qué 
bien  sienta  aquella  aglomeración  graciosa  de  di- 
minutivos, «nezuelo,  loquito,  angélico,  perlica, 
simplecico,  lobitos  en  tal  gestico,  llégate  acá,  pu- 
tico,  etc.!»  ¡Qué  encanto  hay  en  aquellas  deleita- 
bles fontecicas  de  filosofía^  que  nos  dice  Fernando 
de  Rojas!  ¡Qué  espontaneidad  tan  amorosa  en 
Fray  Luis  de  Granada,  el  pollico  que  nace  luego,  se 
pone  debajo  de  las  alas  de  la  gallina.,,  y  lo  mismo 
hace  el  corderico;  en  Mendoza,  las  mañanicas  de 
verano  á  refrescar  y  almorzar;  en  Santa  Teresa, 
al  primer  airecico  de  persecución  se  pierden  estas 
florecicas;  en  Guevara,  ló  demás  que  callandico  me 
pedístes  en  la  oreja,  etc.;  en  Avila,  cuando  aconse- 
ja conservar  esta  centellica  del  celestial  fuego;  en 

(1)    Que  la  Celestina  no  es  de  Juan  de  Mena,  de  quien  en  efecto  no  lo 
parece,  lo  prueba,  entre  otros,  N.  Antonio. 


136 

Lope,  para  quien  la  constelación  de  San  Telmo 
era  una  estrellica  como  un  diamantel  (^)  ¡Qué  difí- 
ciles son  de  mejorar  aquellas,  tajadicas  suhtiles  de 
carne  de  membrillo,  con  que  se  atendía  á  la  vora- 
cidad plebeya  de  Sancho  el  Gobernador,  aquellos 
zapaticos  para  sus  hijos,  que  echaba  de  menos  su 
mujer,  y  entre  muchos  pasajes  de  la  Gitanüla  de 
Madrid,  aquel  Preciosica,  canta  el  romance  que 
aquí  va  porque  es  muy  bueno!;  y  ¡cuan  superior  es 
en  la  misma  novela,  aquel  cabo  de  Romance  ^2),  Gi- 
tánica,  que  de  hermosa  te  pueden  dar  parabienes,  so- 
bre el  que  le  sigue,  Hermosita,  hermosita,  la  de  las 
manos  de  plata!  ¡Qué  tono  de  familiaridad,  en 
aquella  carta  del  Caballero  de  la  Tenaza,  ahora 
es,  y  aun  no  acabo  de  santiguarme  de  la  nota  del 
billetico  de  esta  mañana  í^);  en  aquello  de  Rueda, 
ganosico  vienes  de  burlas;  en  aquello  de  Cervantes, 
haciéndose  algún  tanto  atrás,  tomó  una  corridica! 
Y  viniendo  todavía  más  á  nuestros   tiempos, 


(1)  En  un  ligero  Estudio  que  el  autor  de  esta  Memoria  consagró,  no 
ha  mucho,  á  los  diminutivos  y  sobre  todo  al  terminado  en  ico,  citó  ade- 
más de  estas  autoridades,  á  Luna,  Timoneda,  Jáuregui,  Quevedo,  Calde- 
rón, Moreto,  Iglesias  y  Miñano;  pudiendo  ofrecerse  otras  muchas,  sin 
más  dificultad  que  la  de  abrir  nuestros  clásicos;  pero  hoy  difícilmente 
se  lee  y  rarísima  ó  ninguna  vez  se  oye  en  Madrid,  aunque  sí  en  León, 
Zamora,  Valladolid  y  Falencia,  pero  en  ninguna  parte,  tan  de  asiento 
como  en  Aragón. 

(2)  Romance  se  llama  (y  romance  debe  llamarse)  aquella  agradable 
composición  de  Cervantes,  por  más  que  se  halle  escrita  en  redondillas. 
En  efecto,  además  de  su  ligereza  y  de  su  aire  cantable  y  popular,  que  es 
lo  que  constituye  su  fondo,  de  donde  toma  nombre,  no  hay  sino  abrir  el 
Romancero  español  en  donde  se  verán,  junto  al  monorrimo  caracte- 
rístico del  romance,  la  redondilla,  la  quintilla,  el  pie  quebrado  y  otras 
combinaciones  métricas. 

(3)  En  el  P.  Isla,  es  muy  frecuente  ese  diminutivo,  y  pudieran  citarse 
de  él  muchos  pasajes,  sin  salir  de  sus  famosas  Cartas  de  Juan  de  la  Enci- 
na, como  el  *casico  curioso  de  aquella  dama  púdica»  que  no  consiente  la 
última  edición  de  la  Academia. 


137 

cuando  la  lengua  y  la  poesía  tocaban  el  último 
grado  de  la  perfección,  el  principio  ya  de  su  in- 
minente decadencia,  léanse  nuestros  grandes  poe- 
tas dramáticos  y  líricos,  y  veremos  que,  cuando 
el  asunto  les  consiente  cierta  familiaridad,  prefie- 
ren el  icOj  para  denotarla  más  fielmente,  como  en 
los  versos  de  Calderón, 

La  ropilla  ancha  de  espaldas; 
derribadica  de  hombros, 
y  redondica  de  falda; 

como  en  Moreto,  en  quien  todavía  resulta  más 
terminantemente  nuestro  aserto,  cuando  entre  sus 
personajes  de  Trampa  adelante  pone  á  Jusepico 
y  Manuelico  pages,  á  la  manera  de  Quevedo  que 
llama  Fabucos  al  héroe  de  su  novela  el  Buscón  ^^\ 
Tan  admitido  era  entre  los  más  serios  escritores 
aquel  diminutivo,  que  en  el  testamento  (verdade- 
ro ó  falso)  del  Brócense,  el  cual  inserta  é  impugna 
con  su  exquisito  natural  buen  juicio  el  señor  Mar- 
qués de  Morante,  en  la  excelente  vida  de  aquel 
humanista  publicada  como  apéndice  al  tomo  V 
de  su  Catálogo,  hay  una  cláusula  que  dice:  «7¿em, 
Mando  á  Antonita  mi  nieta  el  mi  lignum  crucis  con 
su  cristalico  y  las  seis  esmeraldas  de  que  está  cer- 
cado >;  y,  lo  que  es  más  reparable,  Oovarrubias, 
cuyo  lenguaje  didáctico  parece  que  había  de  ex- 
cluir todo  diminutivo,  dice,  al  explicar  (bien  ridi- 
culamente por  cierto)  la  etimología  del  gavilán, 


(1)  Algunos  personajes  han  pasado  á  la  historia  con  ese  diminutivo 
de  su  nombre,  como  Artalico  de  Alagón,  á  quien  dan  á  conocer  de  ese 
modo,  Zurita,  Blancas,  Carbonell  y  otros  autores. 


138 

cuasi  gavilán^  por  la  astucia  y  sutileza  con  que  hace 
presa  en  las  avecicas;  cuya  frase  le  copia  y  prohija 
la  Academia  en  la  primera  y  más  completa  impre- 
sión de  su  Diccionario  (^). 

Y  para  que  se  vea  con  otro  género  de  prueba, 
la  importancia  que  tuvo  ese  diminutivo,  obsérvese 
que  hay  palabras,  de  que  no  ha  quedado,  según 
la  Academia,  sino  el  diminutivo  en  ico;  por  ejem- 
plo: bolsico,  calecico,  doselico,  farandulica,  sonetico^ 
fuellecico  y  zamarrico,  á  las  cuales  pueden  añadir- 
se las  locuciones  y  refranes  veranico  de  San  Mar- 
tin, mañanicas  de  Abril  buenas  son  de  dormir,  Ro- 
mero ahito  saca  zatico,  etc.;  hay  algunas  que  no 
admiten  otro  que  él,  como  Perico,  borrico,  gemidi- 
eos  y  lloramicos,  y  sobre  todo  abanico,  diminutivo 
de  abano  (voz  anticuada  que  se  lee  en  el  romance 
1860  de  la  Colección  Duran)  y  único  usual,  por 
más  que  en  El  Premio  del  bien  hablar  (2)  de  Lope 
de  Vega  (acto  in,  escena  2.*)  se  lea  abanillo,  que 
según  la  Academia  significa  cosa  bien  distinta; 
hay  otras  cuyo  diminutivo  saca  aparte  la  Aca- 
demia, como  retratico,  risica  y  relojico;  y  hay  otras 
que  han  venido  á  determinar  una  nueva  significa- 
ción, perdiendo  absolutamente  la  diminutiva,  como 
acerico,  pellico,  vélico,  villancico,  farolico  (en  sentido 


(1)  Todavía  en  la  última  (1852)  se  ve  usado,  aunque  escasamente,  el 
diminutivo  de  que  hablamos;  nosotros  lo  hemos  sorprendido  en  la  defi- 
nición de  la  palabra  poro,  que  es  "agujerico  ó  hueco  que  deja  la  naturale- 
za entre  las  partes  de  cualquier  cuerpo,  etc.»,  y  en  la  de  pierna,  que  «en 
el  arte  de  escribir  se  llama  el  palico  que  va  hacia  abajo  y  compone  algu- 
nas letras  como  en  la  m  y  la  n». 

(2)  á  cuyas  flores  servía 

de  abanillo,  el  manso  viento. 


139 

de  hierba),  fraüecico  (en  el  doble  de  ave  y  pieza 
del  torno  de  la  seda),  besicos  de  monja  (en  el  de 
planta),  palmadica  (en  el  de  baile),  y  tal  vez  espa- 
cico,  sinónimo  de  aciago  en  los  antiguos  escritores. 
La  segunda  ventaja  que  abona  el  uso  del  dimi- 
nutivo en  cOy  es  su  particular  significación,  pues 
aunque  parecen  sinónimos  los  en  ico,  illo  é  ito,  que 
la  Academia  agrupa,  concediendo  la  elección  al 
buen  gusto  del  escritor,  es  lo  cierto  que  el  diminu- 
tivo aragonés  (permítasenos  esta  frase)  tiene  dos 
diferencias  con  aquellos  otros;  una  que  podemos 
llamar  gramatical  y  otra  moral,  una  que  se  resuel- 
ve como  todas  las  cuestiones  de  sinónimos,  otra 
que  tiene  relación  con  el  carácter  del  país,  en  que 
principalmente  se  conserva  generalizado,  aquel 
diminutivo.  La  diferencia  gramatical,  á  la  verdad 
no  muy  marcada,  desde  que  la  supresión  del  di- 
minutivo en  ico  ha  refundido  en  los  otros  su  ver- 
dadero significado,  consiste,  en  que  la  terminación 
en  illo  tiende  visiblemente  al  desprecio,  al  achi- 
camiento voluntario  de  un  objeto,  por  ejemplo, 
chiquillo,  capitancillo;  la  en  ito  tiene  algunas  veces 
carácter  depresivo  y  no  pocas  denota  cierta  re- 
pugnante hipocresía,  como  se  observa  por  ejem- 
plo en  las  frases  ¡tiene  una  risita!,  ¡la  mosquita 
muerta!;  la  en  ico  demuestra  cariño  ó  predilección, 
siendo  á  lo  menos  un  aditamento  inofensivo,  como 
nos  lo  declara  prácticamente  el  ejemplo  que  lle- 
vamos citado  de  la  Celestina,  en  el  cual  se  ve  que 
prepondera  aquella  expresiva  terminación  para 
la  alabanza,  angélico^  perlica,  simplecica^  gestico,  y 


140 

se  reservan  otras  para  lo  que  puede  indicar  de- 
tracción, como  nezuelo,  loquito  y  lohitos.  En  cuanto 
á  la  diferencia  moral,  estriba  en  que  el  diminuti- 
vo en  ico  representa  el  lenguaje  de  la  familiari- 
dad, de  la  conversación,  de  la  intimidad,  y  por 
decirlo  así,  de  la  buena  fe,  fuera  del  cual  apunta 
en  cierta  manera  el  estudio,  el  disimulo,  la  descon- 
fianza, la  reserva,  la  falta  de  espontaneidad. 

Hemos  expuesto,  sucintamente  algunas  veces,  y 
otras  con  mayor  difusión,  los  caracteres  esencia- 
les del  idioma  aragonés,  mal  apreciado  en  gene- 
ral, tan  poco  estudiado  aun  por  los  mismos  ara- 
goneses, pero  tan  digno  de  un  examen  todavía 
más  lato,  que  el  que  le  hemos  consagrado.  Las 
fuentes  de  donde  procede,  que  son  las  más  puras; 
la  respetuosa  conservación  de  voces  latinas,  y 
sobre  todo  de  españolas  antiguas;  la  asimilación 
que  se  ha  procurado,  parca  y  atinadamente,  con 
las  arábigas  y  lemosinas;  la  suma  de  las  palabras 
técnicas,  compuestas,  derivadas  y  aun  onomató- 
picas,  en  todo  conformes  con  el  carácter  de  la  len- 
gua española;  la  expresión  genial,  candorosa  y  fácil 
que  distingue  á  muchos  de  sus  vocablos  y  á  no 
pocos  de  sus  modismos;  todo  contribuye  á  darle 
un  conjunto  inexplicable  de  belleza  que,  si  no  se 
ha  beneficiado  todo  lo  posible,  consiste  en  que  la 
sumisión  aragonesa  y  la  tiranía  castellana,  puede 
decirse  que  han  concurrido  á  eliminar  de  la  litera- 
tura los  elementos  más  útiles  del  idioma  aragonés, 
que  viene  á  ser  una  variante,  cuando  no  un  com- 
plemento, del  impropiamente  llamado  castellano. 


141 

De  las  ventajas  que  á  este  mismo  lleva,  algo  es 
lo  que  ya  tenemos  indicado,  pero  todavía  pode- 
mcfe  añadir  tal  cual  observación,  que  se  compa- 
dece muy  bien  con  nuestro  objeto. 

D.  Fermín  Caballero,  en  un  breve  artículo  de 
periódico  en  que  trata  del  lenguaje  aragonés,  ma- 
nifestó que  hasta  en  la  eufonía  y  en  la  acción  ó 
ademán  se  revelaba  el  carácter  resuelto  y  franco 
de  los  aragoneses;  elogió  las  locuciones  desliza- 
das, rápidas  y  casi  sincopadas,  citando  (llevado 
de  sus  aficiones  geográficas)  algunos  pueblos  de 
nombre  esdrújulo  y  las  palabras  hánova,  márfega, 
apoca,  rónego,  tápara,  múrgula,  tubera,  márraga  y 
házaro  (pero  estas  dos  son  españolas);  y  señaló 
carnerario  como  natural  y  claro;  botinflado,  predi- 
cadera y  sacafuegos  (éste  español)  como  expre- 
sivos; racimar,  pozalear  y  arquimesa  como  buenos; 
frontinazo  como  irreemplazable;  y  ternasco  como 
diferente  de  recental,  pues  éste  sólo  marca  la  edad 
y  aquél  determina  su  naturaleza  comestible.  Mu- 
cho hay  que  admirar,  en  efecto,  en  el  lenguaje 
aragonés. 

Hay  palabras  como  ababol,  que,  no  desmere- 
ciendo en  suavidad  de  sus  respectivas  castellanas, 
obedecen  más  á  su  etimología:  hay  otras,  como 
abortin,  que  conforman  mejor  con  el  genio  de  la 
lengua,  si  bien  ya  sabemos  que  por  uno  de  los 
muchos  secretos  de  la  española,  los  diminutivos 
tienen  á  veces  desinencia  aumentativa  (á  la  hebrea 
y  griega)  como  sucede  en  anadón  y  liebratón,  ver- 
dadera antítesis  de  otros,  como  tordella,  que  es 


U2 

aumentativo;  hay  otras,  como  remoldar,  que  son 
más  concretas,  pues  en  ese  mismo  ejemplo  vemos 
que  Castilla  hace  sinónimos  á  remoldar  y  podar, 
mientras  en  Aragón  lo  uno  se  refiere  á  los  árboles 
y  lo  otro  á  las  vides;  hay  otras  como  cortada  y 
htievatera,  muy  superiores  á  sus  análogas  corte  y 
huevera,  que  en  castellano  son  ambiguas  y  confu- 
sas por  sus  diversas  significaciones:  otras  que 
tienen  más  conformidad  con  la  lengua  madre, 
como  uva,  que  responde  en  Cicerón  y  en  Fedro, 
como  entre  los  aragoneses,  á  la  idea  castellana  de 
racimo;  que  en  Columela  todavía  expresa  el  que 
forman  de  sus  propios  cuerpos  las  abejas;  y  que 
en  Virgilio  tiene  la  más  general  significación  de 
cepa  ó  vid,  fert  uva  racemos:  hay  otras  sutilísimas, 
como  respetudo  y  gobernudo,  que  denotan,  no  ya  la 
idea  respectiva  propia  de  esa  terminación,  sino 
una  especie  de  falsa  importancia,  pues  respetudo 
quiere  decir  el  que  inspira  cierto  infundado  res- 
peto, no  por  lo  que  es  en  sí,  sino  por  su  edad,  su 
figura  y  su  entonación  oraculosa,  y  gobernudo,  no 
el  que  es  realmente  metódico  y  ordenado,  sino  el 
que  bulle  mucho  y  parece  estar  en  todo,  aunque 
positivamente  no  tenga  tanto  gobierno,  como  agi- 
lidad y  movimiento:  hay  otras  dotadas  de  gran 
propiedad  y  de  muy  buenas  condiciones  eufóni- 
cas, como  agüera,  alud,  asnada,  brisa,  caloyo,  era- 
je,  jugadero,  mejana,  lloradera,  redolino,  ternasco  ^^^ 

(1)  Esta  voz  fué  la  que  dio  origen  al  Ensayo  de  Peralta,  único  aunque 
incompleto  Diccionario  aragonés  que  conocemos.  Habíase  provisto  el 
autor,  contra  la  irreflexiva  intolerancia  de  la  corte,  con  un  catálogo 
de  150  voces  vitandas,  que  le  facilitó  un  celoso  amigo;  pero  escapósele,  á 


143 

y  vulturino:  hay  otras  de  excelente  composición, 
como  aguacibera,  aguallevado^  ajoarriero,  ajolio, 
alicortado,  hotinflado,  cahecequia,  malbusca,  mata- 
cabra  y  matacán,  que  no  puede  rehusar  ningún 
gramático:  hay  otras  perfectamente  significativas 
y  en  igual  grado  concisas  y  aun  irreemplazables, 
como  los  verbos  al f arrazar,  amprar,  antecoger^ 
atreudar,  bolsear,  ceprenar,  chemecar,  entrecavar, 
favear,  malvar;  y  otras,  que  son  de  composición 
castellana,  con  cierta  libertad  francesa.  A  todas  las 
cuales,  que  de  suyo  no  tienen  equivalencia  en 
castellano,  hay  que  añadir,  porque  tampoco  no  la 
tienen  exacta,  las  palabras  alfarda,  almenara^ 
amelgar,  amosta,  antipoca,  antor,  apercazar,  apu- 
radamente, atrazo,  axobar,  bimardo,  borroso,  boto, 
brazal,  cabecero,  capacear,   capleta,  cenero,  cerpa, 

pesar  de  esta  prevención,  la  palabra  ternasco,  y  la  graciosa  burla  con 
que  fué  saludada,  le  determinó  á  escribir  aquella  obrita,  que  en  ade- 
lante utilizó  Domínguez  para  su  Diccionario,  así  como  Mellado  para  su 
Enciclopedia.  Lo  que  decimos,  de  ser  el  de  Peralta  el  único  Diccionario, 
merece  un  poco  de  rectificación  ó  ampliación.  D.  Francisco  Escuder, 
D.  José  Siesso  de  Bolea  y  D.  Blas  Antonio  Nasarre,  introdujeron  en  el 
Diccionario  de  la  Academia,  con  su  carácter  de  individuos  de  aquel 
cuerpo,  los  aragonesismos  que  en  él  se  leen;  pero,  dicho  sea  en  paz  de 
la  Academia,  poco  ha  mejorado  ésta  esa  parte  de  su  obra,  en  los  ciento 
cincuenta  años  que  ha  tenido  para  estudiarla,  y  no  obstante  el  auxilio 
que  nosotros  le  hemos  ofrecido  con  la  primera  edición  de  nuestro  Dic- 
cionario, publicada  en  1850,  la  cual  pudo  aprovechar  para  la  última  del 
suyo,  que  es  de  1869:  el  beneficiado  D.  Tomás  Pascual  Azpeitia,  también 
académico,  extractó  autoridades  de  voces  aragonesas  tomadas  de  los 
Fueros:  D.  José  del  Rey,  natural  de  Jaca,  escribió  en  1738  Ortografía  cas- 
tellana y  aragonesa:  D.  Francisco  de  Paula  Roa  escribió,  según  Latassa, 
un  Diccionario  aragonés  en  dos  tomos,  formado  con  las  palabras  extra- 
ñas de  los  Fueros,  obra  que  no  sería  tan  abultada  como  la  describe  La- 
tassa, el  cual,  para  calificar  los  libros,  solía  verlos  con  cristales  de  au- 
mento: D.  José  Siesso  y  Bolea,  autor  de  varias  obras,  que  en  general  se 
conservan  manuscritas,  entre  ellas  un  Diccionario  español  etimológico, 
escribió  uno  de  voces  provinciales  de  Aragón,  también  con  destino  á  la 
Academia  (Biblioteca  nacional  a.  176).  Pero  entre  tantos  autores,  nunca 
ha  llegado  esa  Corporación  al  número  de  seiscientas  voces,  y  á  veces  ha 
suprimido  algunas  caprichosamente,  bautizándolas  sin  voluntad  de 
ellas,  como  españolas.  Peralta,  en  fin,  dio  en  Palma,  el  año  1853,  una 
reimpresión  de  su  Ensayo,  pero  sin  mejorar  la  primera,  sobre  la  cual 
no  hay  más  diferencia,  que  una  sola  voz  aumentada  y  otra  suprimida. 


144 

convenido j  correntia^  crujida,  cudujón,  chorraday 
emberar,  empeltre,  encabezado,  fádiga,  hablada,  lor- 
za, mantornar,  mañanada,  márraga,  masobero, 
modoso,  oleaza,  panicero,  picotear,  racimo,  rafe, 
ruello,  saso,  tardada,  taste,  teruelo,  terrón,  tinglado, 
vellutero,  venora,  zaborra  y  zancochar;  todas  ó  casi 
todas  las  cuales,  y  otras  que  aquí  no  citamos  ni 
definimos  para  prueba,  como  quiera  que  lo  están 
en  nuestro  Diccionario,  debieran  adoptarse  como 
propias  en  el  idioma  español,  é  igualmente  las 
que  se  citan  en  la  Enciclopedia  española  í^)  ,  ar- 
tículo de  España  lingüistica,  en  cuya  obra,  que  no 
debe  parecer  sospechosa  de  provincialismo,  se 
defiende  resueltamente  al  idioma  aragonés  y  se 
inculpa  gravemente  á  los  castellanos,  por  el  ex- 
clusivismo con  que  proceden  en  materias  de  len- 
guaje, prefiriendo  en  muchos  casos  ostentar  su 
pobreza,  más  bien  que  adoptar  de  los  dialectos 
españoles,  aquello  en  que  éstos  les  superan. 

Hemos  terminado  la  tarea  que  nos  habíamos 
impuesto,  á  la  cual  vamos  á  dar  cima,  con  una 
sola  observación.  Puesto  que  se  ha  perdido  litera- 
riamente, aun  en  las  márgenes  del  Ebro,  el  habla 
aragonesa;  puesto  que  lejos  de  perfeccionarse  ni 
aun  conservarse  estos  dialectos,  amenazan  con- 
fundirse poco  á  poco  en  el  idioma  general;  bueno 
fuera  que  la  lengua  conquistadora  utilizara  en  be- 


(1)  Acapizarse,  ador,  aguacibera,  agüera,  alcobilla,  amprar,  andalocio, 
baga,  boira,  buirador,  cañero,  correntiar,  coso,  casero,  cuaderna,  escalibar, 
guajo,  mayenco,  miajero,  pajuz,  presa,  presero,  rebecar,  trenzadera,  za- 
borra y  aun  acantalear,  adula  y  riada,  que  son  en  realidad  castellanas, 
aunque  notadas,  como  aragonesas,  por  Peralta. 


145 

neficio  común,  esos  restos  lingüísticos,  que  de 
otro  modo  han  de  perderse,  y  entonces,  ya  que  el 
vocabulario  aragonés,  ni  se  conservara  sino  en 
libros  como  éste  ú  otros  de  mejor  desempeño,  ni 
sirviera  sino  como  una  curiosidad  filológica,  con- 
tribuiría por  lo  menos,  á  enriquecer  el  acervo  co- 
mún de  la  sin  par  lengua  española;  y  á  cambio  de 
tantas  glorias  abdicadas  en  favor  de  la  unidad 
ibérica,  conservaría  Aragón  la  de  haber  mejorado 
con  su  hermoso  dialecto,  el  habla  rica  de  Cer- 
vantes. 


I 


Jí. 


et¿^n¿^n€^  ^^cJotao-. 


t>^í 


10 


VOCABULARIO 


Ababol,  p.,  amapola:  se  suele  llamar  así,  metafórica- 
mente, al  simple,  6  de  pocos  alcances,  ó  infundadas 
pretensiones. 

abad,  p.,  cura  párroco:  los  Sres.  Savally  Penen,  editores 
modernos  de  los  Fueros  de  Aragón,  en  su  Glosario, 
interpretan,  ampliativamente,  clérigo, 

abadía,  p.,  casa  del  cura  en  algunos  pueblos:  en  las  últi- 
mas ediciones  de  la  Academia  está  como  voz  castellana. 

abadiado,  a.,  territorio  de  la  abadía. 

abaratar,  n.,  se  usa  en  la  frase  d  abarata  canciones,  para 
denotar,  á  vil  precio,  á  bajo  precio. 

abastar,  n.,  abarcar. 

abasto  (dar),  n.,  bastar;  ser  bastante  ó  suficiente  á  alguna 
cosa,  por  ejemplo:  tres  amanuenses  no  daban  abasto  d 
copiar  lo  que  él  escribió;  no  daba  abasto  d  cortarle  pan. 

abatojar,  n.,  agramar  ó  machacar  alubias  ú  otras  legum- 
bres para  que  suelten  el  grano  de  la  vaina:  Ij  apalear  las 
nueces  para  que  caigan  del  árbol. 

abatollar,  n.,  la  misma  significación. 

abdicar,  a.,  revocar;  voz  forense. 

abejera,  a.,  colmenar;  voz  anticuada  que  la  Academia 
consigna  como  castellana  en  su  última  edición:  úsase 
también  en  Navarra. 

abejero,  a.,  abejaruco. 

ablentar,  p.,  aventar:  en  Navarra  ablendar. 

abogación,  abogacía:  se  usa  en  los  fueros. 

aboj,  zoquete,  generalmente  de  madera  de  olmo,  que  entra 
en  el  taladro  de  la  muela  y  en  el  cual  encaja  éi  propalo. 

abolorio,  c,  abolengo  ó  retracto  gentilicio. 

abollón,  a.,  botón  de  vides  y  plantas. 

abollonar,  a.,  brotar  de  las  vides  el  botón. 


150  A 

abonico,  n.,  bajito;  con  tiento. 

aborrecer,  n.,  molestar;  cansar;  importunar;  y  así  se 
dice:  le  aborreció  con  tantas  preguntas:  \\  úsase  tam- 
bién como  reflexivo,  por  ejemplo: ^íz  me  ahorre:{co  con 
tanto  limpiar  la  casa, 

abortín,  n.,  abortón;  feto  de  las  reses. 

abrahonar,  c,  ceñir  por  los  brahones. 

abrevador,  c,  abrevadero.  ^ 

abrig^o,  n.,  abrigado;  y  así  suele  decirse  estar  abrigo, 
por  ir  abrigado. 

abrió,  n.,  bestia:  la  Academia  escribe  averio,  y  en  auto- 
res aragoneses  se  lee  avería,  como  también  en  los  íueros 
de  Aragón. 

abrojos,  p.,  planta;  centaurea  calcitrapa. 

abrujarse,  n.,  componerse;  llevarse  uno:  se  usa  en  la 
expresión  abrújese  usted  como  pueda. 

acacharse,  d.,  agacharse. 

acaloro,  n.,  acaloramiento,  sofocación. 

acampo,  c,  dehesa. 

acantalear,  c,  caer  granizo  grueso:  I|  n.,  llover  mucho; 
diluviar. 

acapizarse,  d.,  asirse  por  las  greñas. 

acarrazarse,  n.,  echarse  sobre  uno,  asiéndole  fuerte- 
mente: tiene  conexión  con  el  verbo  anterior  y  con  el 
castellano  agarrafar^  auncjue  es  de  más  enérgica  signi- 
ficación; se  usa  en  el  participio  pasivo  y  se  aplica  á  las 
personas  y  animales,  y  sobre  todo  al  gato. 

aceitero,  n.,  se  aplica,  como  adjetivo,  á  los  molinos  en 
que  se  estruja  la  oliva,  mientras  en  Castilla  es  sustan- 
tivo, que  significa  el  que  vende  aceite  y  el  cuerno  en 
que  lo  guardan  los  pastores. 

acerarse,  n.,  dícese  de  los  dientes,  cuando  padecen  la 
sensación,  llamada  dentera. 

acere,  n.,  planta;  ácer  campestre:  la  Academia  incluyó 
esta  palabra,  como  castellana,  en  su  edición  de  1822, 
en  significación  de  árbol. 

acerola,  p.,  serba. 

acerolo,  p.,  serbal. 

acerolla,  n.,  acerola. 

acetre,  aguamanil:  ||  en  castellano  caldereta;  ||  en  catalán 
cetrill^  alcuza. 


A  151 

acitara,  n.,  parece  significar  cama^  en  la  traducción  que 
hace  Briz  del  testamento  de  Ramiro  I,  como  puede 
verse  en  nuestra  Introducción;  pero  más  bien  es  cober- 
tor: en  portugués  significó  tapete,  alcatifa,  paño  de  ra^ 
y  aun  manto  de  tela  preciosa,  según  un  Elucidario  de 
portuguesismos  antiguos, 

acodarse,  n.,  clocarse. 

aconsolado,  el  egoísta  que  por  nada  se  aflige  ni  molesta. 

aconsolar,  consolar:  José  Navarro,  poeta  estimado  del  si- 
glo XVII,  escribió  una  poesía  titulada  Aconsuela  á  Julia, 

acontentar  á  uno,  dejarle  satisfecho. 

acoplar,  a.,  uncir  bestias  á  carro  ó  arado. 

acortadizos,  d.,  cortaduras  ó  desperdicios  de  papel, 
guantes,  etc. 

acorzar,  c,  acortar. 

acotolar,  d.,  aniquilar;  acabar  con  alguna  cosa,  especial- 
mente con  los  animales  ó  frutos  de  la  tierra. 

actitar,  n.,  llevar;  seguir;  tramitar  ó  actuar  en  los  pro- 
cesos, como  notario  ó  escribano. 

actos,  n.,  véase  autos. 

actualmente,  de  hecho,  según  Savall  y  Penen. 

acubilar,  n.,  cubilar.^ 

acudidero,  n. ,  cosa,  ó  atención,  que  exige  satisfacción  im- 
periosa ó  gasto  inevitable;  y  así  se  dice:  aunque  tengo  re- 
gulares rentas^  sin  embargo^  ¡son  tantos  los  acudideros! 

acurcuUarse,  n.,  ponerse  encogido  como  un  ovillo. 

achacillarse,  véase  engorronarse,  que  es  más  común. 

adaptadores,  Junta,  compuesta  del  Regente,  el  oficio  de 
la  general  Gobernación,  los  Ministros  de  la  Audiencia, 
otros  que  asistían  en  el  Real  nombre  y  ocho  Diputados 
por  cada  brazo,  que  tenían  la  vez  y  voz  de  la  corte  ge- 
neral. También  se  usa  el  verbo  adoptar ^  ó  acordar,  ó 
resolver,  en  aquello  en  que  esta  Junta  entendía. 

adempribriar,  n.,  acotar  ó  fijar  los  términos  de  pastos 
comunes.  Úsalo,  entre  otros,  Cuenca,  en  sus  Ricos 
hombres, 

ademprio,  d.,  egido  ó  término  común  de  pastos. 

ademprivio,  ademprio. 

adhibir,  agregar. 

adimplemento,  n.,  cumplimiento  de  la  condición  conte- 
nida en  alguna  escritura,  sentencia,  etc. 


152 


adinerar,  n.,  reducir  á  dinero  los  efectos  ó  créditos, 
hacer  efectivos  los  valores. 

adjudicatura,  litigio. 

adoba,  n.,  adobe.  ^    » 

adobar,  n.,  preparar;  ofrecer  algún  objeto,  en  ciertos  ce- 
remoniales, como  se  ve  en  Blancas,  hablando  de  la  co- 
ronación de  Pedro  IV,  al  menos  el  arzobispo  le  ado- 
base ó  adverase  la  corona.  En  castellano,  aderezar  ó 
guisar,  y  aun  reparar  ó  componer. 

ador,  d.,  turno  en  el  riego. 

adote,  n,  dote. 

adrezos  ó  aderezos,  aperos. 

adula,  c,  hato  de  ganado  mayor:  I|  c,  terreno  que  no 
tiene  riego  destinado:  1|  n.,  cada  una  de  las  siete  suertes 
de  tierra  que  riega  la  acequia  de  la  Almotilla,  término 
de  Zaragoza,  en  cada  día  de  la  semana;  y  así  se  dice 
^se  vende  un  campo  en  la  adula  del  miércoles it:  tiene 
significación  análoga,  en  algunos  pueblos  de  Navarra, 
como  puede  verse  en  el  curioso  Diccionario  de  antigüe- 
dades de  Navarra. 

adventaja,  a.,  mejora,  que  el  cónyuge  sobreviviente  saca 
de  los  bienes  del  consorcio,  antes  de  su  división. 

adveración,  reducción  á  instrumento  público,  con  varias 
solemnidades,  del  testamento  que  se  hizo,  verbalmente, 
ó  sin  las  que  eran  necesarias:  la  Academia  da  como  anti- 
cuada, una  significación  análoga,  pero  menos  concreta. 

adverar,  verificar  la  adveración  de  un  testamento. 

adusto,  n.,  tieso;  inflexible;  (antiguamente,  se  decía  tiesse 
y  hoy  dice  la  plebe,  tiercoj. 

afanar,  gastar;  robar;  así  en  catalán. 

afano,  a.,  afán  ó  fatiga. 

afascalar,  a.,  formar  hacinas  ó  fascales,  de  á  treinta  haces. 

añ§ir,  a.,  fijar;  ant. 

afírmamento,  a.,  ajuste  que  se  hacía  á  los  criados;  ant. 

añrmar,  a.,  habitar  ó  residir;  ant. 

afirmarse,  d.,  ajustarse  ó  contratarse  los  criados. 

afrecho,  p.,  salvado:  se  usa  en  Andalucía  y  Extremadura, 
según  la  Academia. 

aganarse,  ponerse  en  ganas  de  hacer  alguna  cosa. 

agostía,  el  tiempo  y  el  empleo  del  mozo  agostero. 

agramar,  c,  machacar  lino,  cáñamo  ú  otra  planta. 


A  i  53 

agramiza,  n.,  agramadera. 

agua,  n.,  estar  agua  al  cuello;  hallarse  en  grande  aprieto: 
equivale  á  la  frase  de  la  Academia,  estar  agua  á  la  gar- 
ganta: II  n.,  echar  el  agua  de  San  Gregorio j  reprender 
con  toda  lisura  y  aun  impertinencia:  |I  n.,  sacar  polvo 
del  agua,  fr.  equivalente  á  sacar  agua  de  las  piedras. 

aguacibera,  a.,  tierra  sembrada  en  seco  y  regada  después. 

aguachinar,  a.,  enguazar  ó  llenar  de  agua  las  tierras:  ||  n., 
se  dice  del  estómago,  cuando  esta'  descompuesto  por  so- 
bra de  líquidos  no  digeridos;  de  las  patatas,  cuando  no 
tienen  carácter  farináceo  sino  cristalino;  y  en  general  de 
varios  comestibles,  cuando  tienen  propiedades  análogas. 

aguada,  n.,  rocío  de  la  mañana. 

aguaitar,  c,  acechar:  la  Academia  coloca  esta  voz  entre 
las  que,  ya  anticuadas,  son  hoy  de  uso  de  la  gente  vul- 
gar. En  documentos  antiguos  de  Navarra,  se  ve  usado  el 
verbo  goaitar  y  aun  el  sustantivo  goai,  vigilante.  Puede 
verse  la  voz  guaytaSy  en  Ja  obra  que  escribió  sobre  el 
Fuero  de  Aviles  el  Sr.  Guerra  y  Orbe.  Leemos  que  en 
el  siglo  XII,  un  guaité  ó  centinela  anunciaba  el  alba 
y  el  sol  en  la  Provenza,  para  llamar  al  campo  á  los  la- 
bradores. 

agua-llevado,  n.,  limpia  en  los  canales  ó  acequias,  que 
se  practica,  removiendo  la  tierra  que  ha  cargado  al  fondo 
y  soltando  el  agua,  para  que  la  arrastre  en  su  corriente. 

aguatiello,  d.,  abertura  practicada  en  la  pared,  para  des- 
pedir el  agua  de  los  patios  ó  calles. 

agüera,  a.,  zanja  para  encaminar  el  agua  llevadiza  á  las 
heredades:  ||  a.,  acequia  para  dirigir  el  agua  pluvial  á  los 
campos. 

aguilarse,  aplomarse;  emperezarse  en  algún  sitio,  en  que 
uno  se  encuentra  á  gusto:  se  usa  en  el  Alto  Aragón. 

aguilón,  n.,  se  dice  del  madero  que  pasa  de  40  palmos. 

aguja,  d.,  alfiler:  también  se  llama  al  alfiler,  aguja  de  ca- 
beza: II  a.,  la  púa  tierna  del  árbol  que  sirve  para  injertar. 

aguzar,  a.,  azuzar. 

ahojar,  a.,  comer  los  ganados  la  hoja  de  los  árboles. 

ahorcado,  n.,  tener  hueso  de  ahorcado ,  significa  ser  muy 
afortunado  en  toda  empresa.  En  el  juego  del  dominó,  la 
ficha  doble  que  no  puede  colocarse,  por  haber  jugado 
todas  las  de  su  palo  ó  número. 


154  A 

ahorrado,  n.,  aligerado  de  ropa. 

ahorrarse,  n.,  aligerarse  de  ropa:  se  acompaña  con  este 
sustantivo. 

ahorro,  dícese  del  que  camina  solo:  ||  voz  de  algunas  loca- 
lidades. 

ahujerar,  n.,  ahujerear:  |I  n.,  ahujerar  los  oídos^  cansar 
á  uno  con  la  demasiada  conversación  ó  bulla. 

ahujero,  n.,  agujero:  1|  también  bujero. 

aire,  se  usa  en  la  frase,  ir  al  aire  de  la  tierra,  que  signi- 
fica, ir  por  donde  piensa  uno  ó  tiene  el  instinto  de  que 
ha  de  llegar  al  pueblo  que  busca. 

ajada,  n.,  azada. 

ajoarriero,  n.,  guiso  particular  del  bacalao,  que  consiste, 
en  deshacerlo  á  menudas  rajas  y  servirlo  con  ajo  y  espe- 
cias y  sin  espinas. 

ajo  de  culebra,  n.,  planta;  allium  roseum, 

ajolio,  a.,  salsa  de  ajos  y  aceite,  á  que  se  pueden  agregar 
yemas  de  huevo. 

ajordar,  a.,  esforzar  la  voz;  gritar  hasta  enronquecer. 

snustarse,  a.,  arrimarse  á  alguna  parte. 

alacena,  nicho  en  el  cementerio,  según  Martón. 

alacet,  d.,  fundamento  de  un  edificio. 

aladmo,  cierta  excomunión  que  fulminaban  los  judíos. 

aladrada,  a.,  surco  abierto  en  la  tierra  con  el  arado. 

aladrar,  arar  la  tierra,  como  en  las  montañas  de  Burgos, 
que  es,  á  donde  lo  refiere  la  Academia. 

aladro,  c,  arado. 

alaica,  a.,  hormiga  aluda. 

alalimón,  juego  de  muchachos,  que  consiste,  en  una  dan- 
za circular,  acompañada  de  un  cantar,  que  comienza 
con  aquella  palabra,  la  cual  es  corrupción  de  Hola  lirón, 
A  la  comedia  de  Miguel  Santos  titulada,  La  Guardia 
cuiJadosa,  preceden  una  Loa  y  un  baile  de  la  Maya,  y 
en  éste  se  halla,  algo  variado,  ese  juego  que  empieza: 

Hold  lirón,  lirón. 

De  dónde  venís  de  andaré? 


y  después  dice,  exactamente,  como  hoy: 

— No  tenemos  dinero. 
— Nosotros  los  daremos. 


A  155 

— De  qué  son  los  dineros? 
— De  cascaras  de  huevos,  etc, 

alambrado,  alambrera. 

alambrar,  la  frase,  j^íz  viene  alambrando  por  los  Monta- 
vos,  que  significa,  ya  pasa  la  nube  y  asoma  el  sol  por 
los  cerros,  nos  ha  sido  comunicada,  con  algunas  otras, 
por  el  distinguido  escritor  D.  Vicente  Lafuente. 

alambre,  c,  hilo  de  hierro:  se  usa  en  la  Gran  conquista 
de  Ultramar,  de  Don  Alonso  el  Sabio,  publicada  en  Sa- 
lamanca en  i5o3,  y  en  Madrid  en  i858  por  Gayangos. 

alambres,  utensilios  de  metal  que  constituyen  la  espetera, 

alamín,  n.,  guarda  de  aguas:  se  usa  en  los  pueblos  limí- 
trofes con  Navarra,  en  donde  es  más  común  esa  voz, 
que  la  Academia  incluye  con  otro  significado:  ||  n.,  es- 
pecie de  alguacil  entre  los  sarracenos,  el  cual  podía  ter- 
minar las  causas  mínimas,  que  no  excedían  de  dos 
sueldos. 

alarg;adera,  n.,  sarmiento  amugronado  ó  que  deja  de  po- 
darse, para  amugronarlo. 

alarje,  cierto  tributo,  mencionado  en  la  escritura  de  com- 
pra del  Almudí  de  Zaragoza  por  el  Marqués  de  Perales, 
se^ún  nos  lo  asegura  un  conocido  abogado. 

alatón,  a.,  almez  y  su  fruto. 

alatonero,  a.,  almez. 

albada,  a.,  alborada  ó  música  de  las  aldeas:  jj  a.,  jabonera; 
planta:  1|  n.,  canto  de  la  alborada;  género  de  composi- 
ción poética. 

albahaca  de  monte,  n.,  planta. 

albala,  término  de  una  ciudad,  según  Yanguas:  ü  caserío 
en  ese  término. 

albaneque,  albaneja;  ant. 

albar  (tierra),  n.,  tierra  blanca  ó  de  sembradura. 

albarán,  a.,  papel  de  alquiler:  ||  a.,  cédula:  ||  a.,  papel  de 
obligación  privada:  |i  d.,  papeleta  que  acredita  el  cumpli- 
miento de  parroquia:  ||  n.,  factura  del  peso  del  carbón. 

albardar,  en  la  frase  no  dejarse  albar  dar  significa  no 
dejarse  imponer. 

albarrano,  n.,  gitano:  en  Castilla  albarrán,  el  que  no 
tiene  domicilio  fijo:  ||  n.,  id  est  quod  extraneus,  dice 
Miguel  del  Molino  en  su  Repertorio, 


I 


156 


albellón,  a.,  arbellón  ó  arbollón:  1|  c,  albañal:  ||  d.,  con- 
ducto subterráneo  de  piedra  para  dar  salida  á  las  aguas 
de  los  campos,  sin  perjuicio  de  la  labor. 

alberca,  depósito  de  aguas  para  podrir  los  cáñamos:  tam- 
bién se  usa  el  verbo  altercar, 

albergue,  a.,  albaricoque. 

albergero,  a.,  albaricoquero. 

albohol  de  Castilla,  n.,  planta  salsugirosa  y  pulverulenta. 

albol§a,  a.,  alholva;  planta. 

alborocera,  a.,  madroño;  arbusto. 

alcacer,  n.,  alfalfa  ó  alfalfe,  según  Cuenca:  en  Castilla 
cebada  verde  en  hierba. 

alcahuete,  n.,  chismoso. 

alcahuetear,  n.,  chismear;  denunciar. 

alcaidado,  n.,  alcaidía  ó  alcaidiado:  hemos  visto  esa  pa- 
labra como  cargo  clerical. 

alcaide  de  la  honor,  el  jefe  de  la  casa  de  Mancebía. 

alcalá,  tapiz,  según  unos;  cortinaje,  según  otros;  pabellón 
de  cama  y  aun  mosquitera,  según  Ducange,  pues  define 
velamentum  ad prohibendos  culices:  según  ese  autor,  la 
verdadera  lectura  de  esa  voz  es  aleara  ó  alearía,  en 
cuyo  caso  la  voz  aleavia  pudiera  ser  una  fácil  errata  de 
copia  ó  impresión,  y  quedaba  definida  sin  las  dudas 
con  que  á  continuación  la  explicamos. 

aleavia,  Blancas  dice:  á  las  espaldas  de  dicho  asenta- 
miento estaba  un  rico  paño  (suponemos  que  alude  al 
dosel),  una  banda  de  oro  é  otra  de  tapete  carmesí  (las 
barras  de  Aragón)  sobre  una  aleavia  morisca  de  oro  é 
sirgo  (que  sería  una  alfombra  ó  alcalá). 

alcazaria,  plaza- mercado  de  los  judíos,  cedificiumforum; 
y  según  Miguel  del  Molino,  platea  parva. 

alcobilla,  a.,  chimenea  para  calentarse:  ||  n.,  sala  en  que 
está  colocada. 

alcorzar,  d.,  acortar. 

alcorce,  n.,  atajo. 

aldaca,  pecho  de  la  espalda  del  carnero  que  los  moros 
pagaban  al  Sr.  de  Fontellas. 

aldraguero,  n.,  chismoso;  enredador;  desocupado;  busca- 
rruidos: úsase  principalmente  en  los  pueblos  limítrofes 
con  Navarra.  Quizá  de  ultra  gerere,  meterse  en  negó- 
cios  ajenos. 


A  157 

alegrarse,  a.,  gozar:  en  este  sentido  y  como  forense  anti- 
guo, lo  consigna  la  Academia,  entre  las  voces  provincia- 
les de  Aragón. 

alera,  a.,  llanura  en  que  se  hallan  las  eras:  |J  d.,  alera  fo- 
RAL,  pastos  comunes  á  dos  ó  más  pueblos,  con  exclusión 
de  viñas,  huertas  y  sembrados:  llamanse  también  pastos 
foraleSy  y  son  para  pastar  los  ganados  de  sol  á  sol. 

alfa,  bóveda  á  ladrillo  plano:  generalmente  se  sobreponen 
dos  ó  más. 

alfalce,  i 

alfalfez,  [  a.,  alfalfa. 

alfaz,      \ 

alfarda,  a.,  contribución  por  el  derecho  de  aguas  de  algún 
término:  la  gente  rústica  dice  á  weces/arda:  ||  n.,  tributo 
que  pagaban  algunos  moros  y  judíos  á  los  príncipes  cris- 
tianos, según  Ducange. 

alfardero,  a.,  el  que  cobra  el  derecho  de  alfarda. 

alfardilla,  a.,  pago  por  la  limpia  de  acequias  menores. 

alfardón,  a.,  anillo  de  hierro  que  va  suelto  en  e!  eje  del 
carro,  entre  la  clavija  y  la  caja:  |j  d.,  arandela. 

alfarma,  a.,  alhargama;  planta. 

alfarrazar,  a.,  a  justar  por  un  tanto  alzado  el  pago  de 
diezmo  de  todo  fruto  en  verde. 

alfendoz,  n.,  regaliz. 

alferraz,  n.,  una  de  las  variedades  del  halcón. 

alfetna,  n.,  sedición;  guerra  intestina,  según  Ducange, 
apoyado  en  un  documento  de  Sancho  Ramírez  de  Pam- 
plona, 1073,  en  donde  se  \qq  aljechna. 

alíbndegero,  n.,  encargado  de  la  alfóndiga. 

alfóndiga,  c,  albóndiga. 

alforado,  caballo  encubertado  de  cuero  ó  hierro;  ó  noble, 
según  Bofarull. 

algarazo,  n.,  lluvia  corta  (rujiazo). 

algorín,  a.,  atajadizo  para  colocar  la  aceituna,  con  sepa- 
ración de  clase  ó  dueño,  hasta  prensarla:  ||  d.,  sitio  para 
tener  á  mano  la  harina,  cebada,  etc. 

alguarín,  a.,  cuarto  bajo:  ll  a.,  pilón  donde  cae  la  harina 
que  sale  de  la  muela. 

alguaza,  a.,  bisagra  ó  gozne:  li  (del  árabe  ar'ra^aJ 

alguinio,  a.,  cesto  ó  cesta.  No  se  halla  en  las  últimas  edi- 
ciones de  la  Academia. 


158  A 

alhema,  el  agua  que  daba  Tarazona  á  Tudela,  ciertos  días. 

alhobea,  no  vemos  en  Ducange,  ni  en  Dozy,  ni  en  otro 
Glosario,  esa  palabra,  pero  la  hallamos  en  un  privilegio 
aragonés  de  1093^  unida  siempre  á  las  mezquitas,  en  esta 

forma:  cum  mezquita  et  alhobeis  ejus et  Mezquitas 

de  Saraniana  cum  alhobeis  earum,  y  presumimos  que 
significa  distrito  ó  radio:  también  Ducange  sospecha  que 
sea  sinónimo  de  Alfo:^;  según  ese  autor  Alhob^es,  sig- 
nifica arces  et  castella. 

alhodera,  n.,  en  documento  citado  por  Briz  Martínez  se 
lee:  non  ponam  Ubi  a:{aquia  aut  alhodera  qua  tibi  te» 
rram  tuam  tollam. 

aliazira,  no  hemos  hallado  esta  voz,  ni  en  el  inmenso  GlO' 
sario  de  Ducange  y  Carpentier,  ni  en  el  de  Dozy  y  En- 
gelmann,  ni  en  muchos  otros,  pero  nos  inclinamos  á 
creer  que  significa  almenara,  ó  desagüe,  ó  escorredero,  á 
juzgar  por  estos  pasajes  de  un  privilegio  de  Sancho  Ra- 
mírez á  la  Iglesia  de  Monte-Aragón,  en  1086:  cum  illo 
molino  de  Sangarren  cum  totas  suas  alia:{iras  antiguas, 
de  subtus  illo  de  Sangarren; — cum  illo  solare  de  illo 
molino  quifuit  subtus  illo  pueyo  cum  totas  suas  alia:(i' 
ras  antiquas  de  illa  vía  que  vadit  ad  osea  usqueflumen 
et  usque  ad  illas  alia^iras  de  illo  molino  de  Abina- 
beendin. 

alicáncano,  n.,  piojo  aludo;  voz  familiar:  en  Castilla,  cán- 
cano, piojo:  II  n.,  alguna  cosa  incómoda  de  que  uno  se 
liberta. 

alicas,  porciones  de  terreno  en  el  monte. 

alicortado,  n.,  el  que,  por  algún  contratiempo,  ya  no  se 
halla,  ni  en  la  disposición,  ni  con  el  ánimo  que  antes 
tenía. 

alifara,  a.,  convite  ó  merienda:  según  Dozy,  fué,  sobre 
precio  que  daba  el  comprador;  después  la  comida  que  le 
sustituyó;  y  luego  toda  comida  de  amigos. 

alirón,  p.,  alón  desplumado:  sólo  se  halla  en  las  últimas 
ediciones  de  la  Academia. 

aliviador,  trozo  de  madera  ó  hierro  con  que  se  da  el  tem- 
ple á  la  muela  harinera  ó  se  ponen,  á  conveniente  distan- 
cia, la  superior  y  la  inferior. 

aljecería,  c,  yesería. 

a^ecero,  a.,  yesero. 


A  159 

aljez,  a.,  yeso:  en  Castilla  yeso  en  piedra. 

aljezar,  c,  yesar. 

aljezón,  c,  yesón. 

almadía,  a.,  armadía  6  balsa  de  maderos:  ||  d.,  conjunto 
de  ellos  para  transportarlos  por  el  río:  ||  nombre  de 
canoa  india. 

almarreg^a,  n.,  la  manta  6  piel  de  ínfima  clase,  con  que 
se  cubre  á  las  bestias  de  carga. 

)  a.,  almáciga  ó  almástiga;  especie  de  resina: 

almástec,     í      ant.,  almastre.  La  Academia  también 

almazaque,  i      incluye  másticis  y  los  Fueros  aragone- 
)      ses  mastech. 

almenara,  a.,  zanja  que  conduce  al  río,  el  agua  sobrante 
de  las  acequias;  canal  para  llevar  el  agua  á  un  castillo: 
en  Maccari,  autor  árabe  que  publicó  Gayangos,  signi- 
fica canal  ó  acueducto. 

almendrera  (florecer  i.a),  a.,  encanecer  prematura- 
mente, pues  ese  árbol  echa  pronto  la  flor,  que  es  blanca. 

almoceda,  el  agua  que,  durante  tres  días  al  mes,  disfru- 
taban el  río  Queiles  y  sus  regantes. 

almogávares,  c,  tropa  irregular,  muy  famosa  en  Aragón. 

almucia,  así  se  designa,  en  las  Sinodales  de  García  Fer- 
nández de  Heredia,  i393,  á  la  muceta  que  llevaban  so- 
bre los  hombros  los  eclesiásticos  de  la  Corona  de  Aragón. 

almud,  p.,  medida  que  consiste  en  la  dozava  parte  de  la 
fanega  aragonesa. 

almudaina.  Pretorio,  según  Ducange. 

almudí,  p.,  albóndiga:  ||  a.,  medida  de  seis  cahíces. 

almudín,  a.,  almudí;  en  Aragón  y  Murcia. 

almuertas  (y  mejor  almuestas),  a.,  impuesto  sobre  los 
granos  vendidos  en  la  Albóndiga. 

almudaina,  n.,  zalmedina,  ó  zavalmedina,  ó  pretor  ur- 
bano, ó  el  mismo  pretorio,  según  Ducange. 

almudatafe,  n.,  fiel  de  pesos  y  medidas:  también  almo- 

da:{afe,  y  almudaface,  en  latín  bárbaro  mostasafus  y  su 
oficio  mostasafía. 

almunia,  n.,  torre  con  su  heredamiento. 

almutacas,  n.,  cargo  ú  oficio  público,  que,  tal  vez  por 
hallarse  escrito  con  cedilla  y  s  larga,  venga  á  ser  el  de 
almuta^af:  hállase  como  una  de  las  firmas,  en  la  escri- 
tura pública  testificada,  á  principios  del  siglo  xvii,  por 


160  A 

el  escribano  Yagüe  y  relativa  al  suceso  trágico  de  los 
Amantes  de  Teruel. 

almutafat.  |  ^'\  «j"\?^^^^"  ^  fiel  de  pesos  y  medidas  y 

Almutazaf  1  (añadimos)  perseguidor  de  las  cosas  hur- 
'  \      tadas. 

almuza,  n.,  capillo;  esclavina,  ó  muceta  que  también  se 
designaba  con  el  diminutivo  almúcella:  en  catalán  aU 
mussa  y  armussa^  tienen  la  misma  significación. 

alongar,  conceder  moratoria. 

alotón,  a.,  almeza;  fruto  del  almez. 

alparcera,  se  dice  de  la  mujer  entrometida,  encubridora, 
ociosa  y  buscarruidos;  pero  no  tiene  tanta  significación 
como  el  castellano  antiguo  aparcera,  que  significa 
manceba,  como  si  se  indicara  que  iba  á  la  parte  con 
todos. 

alquez,  c,  medida  de  doce  cántaros  de  vino. 

alquival,  paramento  de  cielo  ó  pabellón  de  cama. 

alud,  a.,  caída  de  la  nieve  de  los  montes  á  los  valles,  en 
gran  cantidad  y  con  estrépito. 

aluda,  piel  para  guantes. 

alufrar,  a.,  columbrar;  ver  con  prontitud;  proveer. 

alum,  a.,  alumbre. 

alvalribiera,  hierba  del  vidrio:  quizá  alvitrinira:  voz 
usada  por  Ebn  Buclarix,  hacia  iiio,  en  Zaragoza:  el 
Códice  de  Ñapóles  se  inclina  á  la  primera  de  aquellas 
voces,  los  de  Madrid  y  Leyden  se  inclinan  á  la  segunda. 

alvidriado,  se  aplica  á  la  vasija  vidriada  ó  barnizada  en 
sus  paredes  interiores,  para  hacerla  menos  porosa. 

alvidriar,  vidriar:  la  Academia  incluye  esta  voz,  como 
usada  en  algunas  provincias. 

alzado,  n.,  robo;  hurto  y  en  general,  toda  sustracción  ma- 
liciosa. 

amagar,  esconder. 

amagatorio,  escondite. 

amalvezarse,  d.,  aficionarse;  cebarse. 

amalladar,  n.,  malladar. 

amanta,  c,  mucho:  la  Academia  escribe  á  manta  y  lo  ha- 
ce sinónimo  de  la  expresión  como  tierra:  en  el  Libro  de 
los  cantares  de  Trueba  se  lee:  j^o  tengo  novios  á  manta. 
También  se  usa  en  los  Proverbios  ejemplares  de  Ruiz 
Aguilera. 


A  161 

amelg^ado,  a.,  la  obra  de  amojonar  la  tierra. 

aSIÍfaSto,  .  i  "•.  -"-  y  «f-t"  ''^  «-^'g-;^ 

amelgar,  a.,  amojonar,  en  señal  de  derecho  ó  posesión:  en 
Castilla  abrir  surcos  para  sembrar. 

amerar,  a.,  merar;  mezclar  agua  con  vino  ú  otro  líquido: 
dícese  amerar  la  olla  cuando  se  echa  nuevamente  agua. 

amorronar,  a.,  amugronar  ó  tender  los  sarmientos  bajo 
de  tierra  para  que  arraiguen. 

amosta,  d.,  adverbio  que  denota  lo  que  puede  cogerse  ó 
apararse  con  las  dos  manos  juntas.  ^ 

ampara,  a.,  embargo  de  bienes  muebles.  Úsase  también 
en  Navarra. 

amparar,  embargar  bienes  muebles. 

amparo,  n.,  brizna;  pizca:  dícese  wo  hay  ni  un  amparo 
de  cosecha;  no  ha  quedado  ni  amparo  de  aceite. 

amprado,  n.,  lo  que  se  tiene  ó  lleva  de  prestado. 

amprar,  a.,  tomar  prestado:  la  Academia  y  el  Dicciona- 
rio aragonés  de  Peralta  añaden,  que  significa  también, 
pedir  prestado.  Timoneda,  en  su  Sobremesa^  dice:  para 
ampararle  un  ducado,  que  tenía  grandísima  necesidad 
de  él  (1).  (Nótese  su  parentesco  con  el  empruter  francés). 

ampras,  quizá  empréstitos  ó  adelantos.  Muerto  Fernando 
el  Católico  hubo  disturbios  entre  los  Cerdanes,  señores 
de  Sobrad iel  y  Pinseque,  y  ansi  la  una  parte  como  la 
otra  facen  ampras  y  ajustes  de  gentes  así  de  á  caballo 
como  de  á  pié  para  facerse  guerra  desaforada,  según 
informó  Pedro  de  Cunchillos,  nombrado  para  meter  paz 
entre  ellos. 

ampricia,  n.,  sumaria,  voz  anticuada  que,  tomada  de 
los  fueros  de  Aragón,  incluyó  la  Academia,  en  la  edi- 
ción príncipe  de  su  Diccionario. 

amputar,  n.,  suprimir;  quitar:  la  Academia,  en  su  Diccio- 
nario primitivo  de  1726,  incluye  esta  voz,  como  arago- 
nesa, en  sentido  figurado  y  cita  aquellas  palabras  de 
nuestros  fueros  amputando  los  tiempos  super/luos. 

ana,  n.,  se  dice  en  algunas  localidades  And  que  llegue,  te 


(1)  Después  hemos  leído  un  Certamen  celebrado  en  Benabarre,  1632,  y 
en  él  unas  octavaí  de  doña  Magdalena  Calasanz  de  Bardají  con  este  ver- 
so: Ampró  á  la  Caballina  (fuente  Hipocrene)  los  cristales. 

11 


162  A 

escribiré,  que  es  como  decir,  así  que  llegue,  ó  al  punto 
que  llegue,  te  escribiré, 

anchada,  a.,  anchura:  en  Castilla  la  de  las  telas  entre  los 
comerciantes  ó  mercaderes. 

ancheza,  a. ,  anchura;  voz  anticuada. 

andada,  n.,  el  terreno  en  que  suele  pastar  un  ganado,  ó 
en  que  pastó  algún  día  determinado. 

andaderas,  d.,  seca,  sequilla  ó  hinchazón  en  las  glándulas. 

andador,  c,  andén;  calle  ó  paseo  en  los  jardines. 

andalocio,  d.,  lluvia  de  corta  duración. 

andarrío,  n.,  ave. 

aneto,  aneldo  ó  eneldo;  hierba  medicinal.  (E.   Buclarix). 

anganillas,  n.,  angarillas  ó  aguaderas:  I|  n.,  angarillas  ó 
jamugas;  en  cuyo  sentido  emplean  aquella  voz  los  fue- 
ros de  Aragón. 

anhelantes,  n.,  nombre  de  una  Academia  zaragozana 
del  Siglo  de  Oro,  de  que  nos  queda  como  muestra  el 
Mausoleo  que  dedicó  en  i636  á  Baltasar  Andrés  de 
Ustarroz,  discípulo  predilecto  de  Simón  Abril. 

anieblado,  n.,  entontecido;  alelado;  asustado;  suspenso. 

anieblarse,  n.,  hallarse  en  cierto  estado  de  distracción, 
lelez  ó  aturdimiento. 

annotar,  secuestrar,  según  el  Glosario  de  Savally  Penen. 

ansotano,  el  natural  de  Ansó  en  los  Pirineos. 

anteecog;er,  a.,  coger  las  frutas  antes  de  su  madurez. 

antibo,  n.,  remolino  de  agua,  á  causa  de  detenerse  en  un 
canal  para  encaminarse  á  otro.  Véase  entibo,  que  es 
más  frecuente. 

antiparte,  aparte  de  esto.  Hemos  oído  algunas  veces  esta 
bella  locución:  Antiparte  y  atajando  á  V.  sus  buenas 
ra:(ones. . . 

antipoca,  a.,  escritura  de  reconocimiento  de  un  censo  y 
aun  de  cualquiera  crédito. 

antipocar,  a.,  reconocer  un  censo,  en  instrumento  pú- 
blico: II  a.,  volver  á  hacer  una  cosa  obligatoria  que  es- 
tuvo en  suspenso. 

antor,  a.,  vendedor  al  cual  se  compró  de  buena  fe  una 
cosa  hurtada:  |j  noticia;  por  ejemplo:  No  he  tenido  antor 
de  la  riña  de  esta  noche,  (En  Alpartir). 

antorchera,  d.,  velón  de  cobre:  en  Castilla  candelero  ó 
araña  en  que  ponían  las  antorchas. 


A  163 

antoría,  a.,  hecho  de  descubrir  al  autor  6  primer  vende- 
dor  de  una  cosa  hurtada. 

antosta,  a.,  tabique:  otros  dicen  entosta:\\n.^  estiércol 
endurecido  del  ganado. 

anzolero,  a.,  el  que  fabrica  ó  vende  anzuelos. 

añero,  n.,  el  artesano  que  se  ajusta  por  un  año:  es  voz 
generalmente  usada  entre  los  sastres,  quienes  denotan 
con  ella,  á  uno  que  ni  es  mancebo,  ni  aprendiz. 

apabilado,  n.,  decaído;  desmerecido;  alicaído. 

apabilarse,  n.,  experimentar  cierta  congoja,  al  sufrir  la 
impresión  de  miasmas  pútridos  ó  deletéreos. 

apandar,  n.,  procurar  y  conseguir  la  posición  de  algo; 
tiene  significación,  algún  tanto  parecida,  con  el  accapa- 
rer  francés,  que  algunos  han  españolizado,  indebida- 
mente. 

apañacuencos,  n.,  el  que  se  dedica  á  componer  vasijas 
de  barro,  para  lo  cual  pasea  las  calles,  anunciándose  á 
grandes  gritos,  de  donde  nace  que  al  cantante  de  mu- 
cha voz,  pero  de  mal  gusto,  suela  designársele  con  ese 
nombre. 

apañar,  a.,  remendar  ó  componer  lo  que  está  roto:  se  usa 
también  en  Murcia,  como  la  voz  siguiente. 

apaño,  a.,  remiendo;  reparo  ó  composición. 

aparador,  a.,  vasar;  algunos  dicen  parador. 

aparatarse,  n.,  se  dice  del  horizonte  ó  de  la  atmósfera, 
cuando  anuncian  inminentemente  la  lluvia,  piedra, 
nieve  ó  granizo;  en  el  mismo  sentido  se  dice,  que  el 
cielo  está  aparatado;  vocablo  que  no  incluimos,  ya  por 
ser  un  derivado,  de  los  cuales  solemos  prescindir  por 
demasiado  notorios,  ya  por  incluirlo  la  Academia, 
aunque  con  la  definición  general  de  preparado,  dis- 
pu"esto. 

aparatero,  n.,  el  que  pondera,  con  exceso,  la  importan- 
cia de  una  cosa:  en  ocasiones  es  sinónimo  át  aparatoso] 
voz  castellana  anticuada. 

aparatos,  n.,  grandes  extremos  en  cosa  que  no  merece 
tanta  importancia:  úsase  generalmente  en  plural. 

aparejo  redondo,  el  traje  propio  de  nuestras  labradoras. 

aparicio,  epifanía,  según  el  Glosario  át  Savall  y  Penen. 

aparte,  a.,  el  espacio  ó  hueco  que  se  deja  entre  dos  pa- 
labras. 


164  A 

apatusca,  n.,  juego  que  consiste  en  tomar  número  de  or- 
den, arrojando  cada  cual  una  moneda  hacia  un  guijarro, 
ó  canto,  y,  apiladas  aquéllas,  golpearlas  cada  uno  á  su 
turno,  con  una  piedra  (cualquiera  que  sea  la  posición  en 
que  hayan  quedado  á  cada  tiro  ó  suerte),  y  hacer  suyas 
las  que  al  golpe  presenten  el  anverso:  algunos  dan  ese 
nombre  á  otros  juegos  igualmente  sencillos.  I|  En  la  Fae- 
tonciada,  breve  poema  de  principios  del  siglo  xvii,  se  lee: 

Piensas  que  es  gobernar  el  carro  hermoso 
jugar  á  la  jpatusca  ó  á  la  chueca? 

apatusco,  n.,  voz  familiar  de  desprecio,  principalmente, 
contra  los  muchachos. 

apellidante,  n.,  el  que  presenta  pedimento  para  incoar  el 
juicio  de  aprehensión  ó  inventario. 

apellido,  a.,  causa  ó  proceso  en  que,  por  la  conveniencia 
de  su  publicidad,  pueden  intervenir  como  testigos  ó  de- 
clarantes, cuantos  quieran:  |I  n.,  pedimento  en  que  se  so- 
licitan los  juicios  llamados  de  aprehensión  é  inventario. 

apenamiento,  intimación  de  pena:  también  apenado. 

apenar,  a.,  intimar  una  pena,  ya  señalada  de  antemano: 
II  úsase,  principalmente,  contra  los  que  entran  ó  hacen 
entrar  animales  de  pasto,  en  propiedad  ajena.  Se  ha 
omitido  con  desacierto,  en  la  última  edición  de  la  Aca- 
demia. 

apeñorado,  n.,  preso;  ocupado;  detenido:  se  aplica  tam- 
bién á  los  ganados. 

apercazar,  d.,  coger  con  alguna  dificultad. 

apero,  n.,  se  dice  ¡buen  apero! ^  por  el  que  no  sirve  para 
el  objeto  á  que  se  le  llama  ó  destina. 

apestañado,  n.,  se  aplica  en  el  lenguaje  de  carpintería,  á 
lo  que  monta  ó  acaballa  para  asegurar  más  el  encaje  ó 
la  defensa,  como  sucede  en  las  puertas  ó  en  las  maderas 
de  los  balcones. 

apestañar,  n.,  vocablo  derivado  ó  sacado  del  anterior. 

apetencia,  c,  apetito;  voz  que  el  Diccionario  de  Peralta 
incluye  como  aragonesa  anticuada. 

apezonar,  n.,  chocar  dos  carruajes  por  el  pezón. 

aplastarse,  n.,  fijarse  ó  detenerse  demasiado  en  algún 
punto:  es,  como  se  ve,  acepción  metafórica,  pero  muy 
general. 


A  165 

aplegpar,  a.,  arrimar  ó  llegar  una  cosa  á  otra;  congregar: 
en  Castilla  es  voz  anticuada,  que  significa,  allegar  ó  re- 
coger. 

apoca,  a.,  recibo  6  carta  de  pago:  Ij  d.,  testimonio  que  dan 
los  sacerdotes  por  las  misas  de  encargo  que  han  cele- 
brado. 

apocilgarse,  aficionarse  demasiado  á  alguna  cosa  y  ape- 
nas salir  de  ella. 

apoticario,  a.,  boticario:  en  Castilla  se  decía  anits  apote- 
cario. 

aprehensión,  a.,  juicio  de  los  cuatro  privilegiados,  que 
consistía,  en  poner  bajo  la  jurisdicción  real  la  cosa 
aprehendida,  mientras  se  justificaba  la  verdadera  per- 
tenencia. 

apuñadar,  a.,  apuñear;  dar  de  puñadas. 

apuñegar,  apuñear:  lo  hemos  oído  en  este  refrán,  tanto 
te  quiero  que  te  apuñego:  otros  abuñegary  molestar  con 
obsequios  desmedidos. 

apuradamente,  n.,  cabalmente;  puntualmente;  casual- 
mente. 

apurar,  n.,  poner  á  alguno  en  apuro,  cualquiera  dificultad 
ó  hacienda. 

aquebrazarse,  d.,  formarse  herpes  6  quiebras,  en  pies  6 
manos. 

aquel,  no  tener  ese  aquel  que  es  necesario;  por  carecer 
del  juicio  ó  talento  conveniente. 

aradro,  a.,  arado  ó  aladro. 

arag;onense,  lo  relativo  á  Aragón:  usa  esta  voz  Briz  Mar- 
tínez. 

aragonito,  cristalización  de  carbonato  de  sal,  abundante 
en  Aragón;  (voz  científica). 

arañada,  n.,  araño;  arañazo. 

arañón,  a.,  endrino,  árbol  y  endrina,  fruto;  ciruelo  sil- 
vestre. 

arbanches,  garbanzos:  se  halla  en  Ebn  Buclarix. 

arbeja,  n.,  planta;  lathyrus  aphaca. 

arbellón,  a.,  arbollón  ó  desaguadero  de  los  estanques,  pa- 
tios, etc. 

arbillos,  intestinos  de  carnero,  de  unos  cinco  palmos,  que 
sirven  para  embutidos. 

arcada,  n. ,  arco  ú  ojo  de  puente:  el  mismo  nombre  tenía 


166  A 

en  Navarra,  como  se  puede  ver,  en  el  Diccionario  de 
sus  antigüedades;  art.  Capar  roso, 

arcanduz,  arcaduz. 

arcanduzado,  sistema  de  arcaduces  ó  simplemente,  arca- 
duz: esa  terminación  de  participio,  no  se  incluye  en  el 
Diccionario  de  la  Academia. 

arcaz,  a.,  andas  ó  caja,  en  que  se  lleva  á  enterrar  á  los  di- 
funtos: II  estante  ó  anaquel,  si  no  es  que  sea  arcón,  como 
en  español,  según  estos  dos  textos  de  D.  Clarisel  de  las 
Flores,  novela  caballeresca  de  Jerónimo  Urrea,  que  se 
conserva  inédita  en  Zaragoza:  ||  Fi\o  meter  en  su  apo- 
sento muchos  ARCACES  llenos  de  libros; — Un  grande  ar- 
CAZ  que  lleno  de  libros  era.  . 

arcén,  a.,  brocal  de  pozo. 

arcia,  derecho  de  tomar  por  nodriza  á  la  sierva. 

arciprestado,  n.,  arciprestazgo  ó  arciprestadgo. 

ares  y  mares  (tener),  n.,  poseer  cuantiosos  bienes;  pero 
generalmente,  se  usa  irónica  ©dubitativamente:  también 
se  dice,  contar  ares  y  mares. 

argadillo,  a.,  cestón  de  mimbres:  dícese  también,  arga- 
dijo. 

argent,  a.,  plata;  (vozant.) 

argentario,  n.,  ayudante  de  cocina. 

arguellado,  c,  desmedrado  físicamente. 

arguellarse,  a.,  quedar  desmejorado  y  enfermizo:  |[  d.,  no 
blanquear  la  ropa  lo  que  debiera:  (|  n.,  desmerecer  la 
ropa  por  extrema  suciedad  ó  descuido:  ||  n.,  estar  car- 
gada de  censos  alguna  hacienda:  esta  acepción  se  halla, 
en  la  primera  edición  del  Diccionario  de  la  Academia. 

arguello,  c,  desmedro:  ||  d.,  suciedad  |I  n.,  muchedum- 
bre y  carga  de  censos  sobre  una  hacienda. 

arguelluz,  n.,  despectivo  de  arguellado. 

ar|;uiño,  n.,  espuerta  de  mimbres,  mayor  que  el  corvillo, 

aribar,  n.,  aspar. 

aribo  y  aribol,  d.,  aspa. 

arienzo,  a.,  adarme  ó  décima  sexta  parte  de  una  onza. 

armadía,  c^  almadía. 

arna,  a.,  vaso  de  colmena:  también  se  usan  amal  y  ar^ 
ñero,  en  sentido  de  colmenar. 

arnés  (justas  del),  torneos  que  celebraba  la  Cofradía  de 
San  Jorge  de  Zaragoza. 


A  167 

aro  (echar  por  el),  n.,  comer;  engullir;  embaular. 

arquero,  el  guardador  del  archivo,  y  aun  de  las  cosas  de 
mayor  confianza:  esto  dice  Martón,  aludiendo  á  don 
Juan  Collados,  monje  de  Santa  Engracia. 

arquimesa,  a.,  papelera  ó  escritorio:  I|  armario  pequeño, 
que  se  coloca  sobre  una  mesa  y  tiene  varias  divisiones; 
todo  bajo  llave,  adornándole,  comúnmente,  mucha 
labor  de  embutidos,  etc. 

arquivero,  archivero:  así  se  titula  el  que  lo  fué  de  los  Du- 
ques de  Villahermosa  en  iSyy,  Juan  de  Mongay:  pone- 
mos esa  palabra,  por  lo  que  aclara  la  etimología  de  ese 
cargo. 

arraclán,  n.,  alacrán:  en  Castilla,  árbol. 

arramblar,  c,  llenar  de  arena  los  arroyos  ó  torrentes,  la 
tierra  que  han  cubierto  en  una  avenida:  H  c,  llevarse 
uno  con  codicia,  muchas  cosas  ó  todas  las  de  una  es- 
pecie. 

arrancadero,  a.,  la  parte  más  gruesa  del  cañón  de  la  es- 
copeta. 

arrancasieg^a,  a.,  riña  ó  quimera  de  palabras  injuriosas. 

arrancura,  n.,  queja;  pleito;  litigio:  es  voz  anticuada  y 
tomada  de  documentos  latinos. 

arre,  n.,  caballería  de  monta  ó  de  tiro. 

arrear,  n.,  andar;  marchar;  partir;  |1  p.  ej.,  arrea  á  la 
escuela:  (es  de  uso  vulgar). 

arrematar,  n.,  rematar;  dar  término  ó  fin  á  alguna  cosa: 
II  en  la  Crónica  rimada  del  Cid,  v.  SyS,  se  lee,  Cuantas 
cosas  comensares  arrematarlas  con  tu  mano. 

arreo,  se  dice  echar  un  arreo ^  por  un  turno  ó  vuelta  de 
beber. 

arrequives,  p.,  adornos  ó  atavíos. 

arrimadillo,  n.,  friso  pintado  en  la  pared,  que,  común- 
mente, es  veteado  y  alzado,  como  una  vara,  desde  el 
piso:  en  algunas  partes  es  la  esterilla  ó  friso  arrimado  ó 
clavado  á  la  pared. 

arrobadera,  )  „    ^^u^  j^^^ 

arrobador,    i  "•''°^"^"'"- 

arrobar,  n.,  se  usa  en  la  frase,  arrobar  la  tierra,  que  sig- 
nifica, trasladarla  de  un  punto  á  otro,  dentro  de  la  obra 
en  que  se  trabaja:  ||  igualar  la  tierra,  después  de  pasada 
por  reja,  como  preparación  para  la  siembra. 


168  A 

arrobero,  n.,  cargadof  ó  mozo  de  cordel,  principalmente 

para  conducir  aceite. 
arróbela,  n.,  medida  de  aceite  de  24  libras,  á  diferencia 

de  la  arroba  que  es  de  36. 
arrudillO;  arrullo:  en  un  libro  manuscrito,  que  posee  la 

Universidad  de  Zaragoza,  se  lee: 

Todo  el  aire  van  poblando 
con  sus  tiernos  arrudillos. 

artar,  a.,  precisar;  obligar. 

artativo,  n.,  obligatorio:  se  lee  en  los  a.  a.  aragoneses 
aretativo. 

articúlala,  n.,  el  conjunto  de  artículos  6  proposiciones 
que  se  asientan  en  la  demanda,  como  objeto  de  prueba, 
en  la  tramitación  del  proceso. 

artiga,  c,  tierra  recién  roturada. 

artiquero,  el  que  cultiva  las  árticas,  como  dicen  algunos, 
ó  las  artigas,  como  se  dice  en  castellano. 

arto,  c,  espino. 

artolas,  aparejo  en  forma  de  silletas,  para  cabalgar. 

artos,  p.,  cambronera. 

arzinto  vivo,  azogue. 

arzolla,  a.,  planta;  pero  distinta  de  otra  conocida,  con  ese 
nombre  en  Castilla. 

asado,  se  usa  en  la  frase,  que  se  pasa  el  asado,  para  de- 
notar que  se  pierde  la  oportunidad:  comúnmente,  se 
emplea  en  sentido  irónico. 

asestadero,  a.,  sesteadero  ó  lugar  donde  sestea  el  ga- 
nado. 

asestar,  n.,  sestear  el  ganado. 

asignados,  los  componentes  la  Junta  de  gobierno  en  la 
Universidad  de  Zaragoza:  Pedro  Melero  dedicó  su  Cont" 
pendió  de  los  números  y  jpro]porciones,  impreso  por 
Cosí,  en  i535,  al  rector  y  asignados  de  la  Universidad. 

asignatura,  Junta  de  Gobierno  en  la  Universidad:  en 
Huesca  la  formaban,  en  1473,  el  obispo,  un  canónigo, 
el  prior  de  los  jurados  y  un  ciudadano;  y  después,  dos 
catedráticos. 

asín,   a.,  así. 

asina,  n.,  así:  (en  Castilla  ant.) 

asisia,  a.,  cláusula  de  proceso,  y  principalmente,  laque 


A  169 

contiene  deposición  de  testigos:  |j  a.,  pedimento  sobre 
algún  incidente. 
asnada,  n.,  borricada;  burrada:  en  unas  décimas  contra 
el  P.   Isla,  con  motivo  de  la  Cuaresma  que  predicó,  en 
el  Hospital  de  Zaragoza,  año  1757,  se  lee: 

La  sitiada  está  afrentada, 
pesarosa  y  aburrida , 
llorosay  arrepentida 
de  haber  hecho  tal  asnada, 

asnillo^  ¡a.,  instrumento  de  cocina  para  afirmar  el  asador. 

asolarse,  d.,  aclararse  los  licores,  bajando  al  fondo  las 
partículas  más  gruesas. 

asoven,  con  frecuencia:  deriva  áQSOUvent,  francés:  en  al- 
gunas localidades,  recibe  la  significación  diferente  de 
poco  d  poco;  despacio. 

aspeado,  maltratado  por  la  fatiga  del  camino:  la  Acade- 
mia admite  despearse  y  algunos  derivados. 

asquillos,  n.,  este  diminutivo  que  no  incluye  la  Acade- 
mia, se  halla  usado  en  la  frase,  hacer  asquillos,  que  sig- 
nifica, desdeñar;  no  dar  importancia  á  alguna  cosa. 

asumir,  a.,  traer  á  sí;  avocar:  en  Castilla,  tomar  en  sí  6 
para  sí;  (voz  ant.):  ||  n.,  insacular. 

asumpto,  n.,  insaculado. 

atabladera,  p.,  tabla  que,  tirada  por  caballerías  y  puesta 
de  plano,  sirve  para  allanar  la  tierra,  ya  sembrada. 

atajo,  n.,  rezago  del  ganado  más  endeble,  á  quien  se  con- 
duce á  pasto  más  cercano  y  abundante. 

atar,  c,  liar  ó  asegurar  el  contenido  de  un  fardo  ó  paque- 
te: la  Academia  dice  unir,  juntar  ó  enlazar,  una  cosa 
con  otra. 

atarantarse,  aturdirse;  quedar  atontado  ó  fuera  de  sí. 

atarugado,  n.,  encogido,  falto  de  soltura,  en  sus  modales. 

atarugarse,  n.,  cortarse;  perder  la  serenidad  y  el  des- 
embarazo. 

atoque,  n.,  adorno;  aliño;  y  así  en  un  memorial  dirigido 
al  rey,  por  la  ciudad  de  Zaragoza,  se  lee:  en  quien  se 
halló  la  verdad  sencilla,  sinjranjas  ni  atoques. 

atrazar,  a.,  trazar;  disponer  el  éxito  de  alguna  cosa. 

atraznalar,  a.,  atresnalar,  que  en  algunas  partes  es,  ordc- 


170  A 

nar  las  haces  en  tresnales  ó  pirámides,  hasta  poder  lle- 
varlas á  la  era. 

atrazo,  d.,  persona  desaseada  ó  despreciable. 

atreudar,  n.,  dar  en  enfiteusis. 

atularios,  n.,  conjunto  de  cosas  muebles:  |i  ajuar  de  una 
persona:  ||  colección  de  últiles  de  algún  oficio  ó  profe- 
sión; y  así  se  dice:  venció  la  tanda  y  tuvo  que  cargar 
con  todos  los  atvlarios;— -Jugóse  el  pintor  j'  dejó  en  des- 
orden todos  sus  ATULARios.  I|  Frecuentemente,  se  pro- 
nuncia, artularios. 

aturar,  d,,  hacer  parar  ó  detener  las  bestias:  I|  n.,  hacer 
asiento  en  algún  punto:  ||  n.,  fijarse;  y  por  eso  se  dice, 
el  que  á  cuarenta  años  no  atura,  á  cincuenta  no  adivina 
y  á  sesenta  desatina:  \\  n.,  durar;  en  cuyo  sentido,  que 
es  el  aceptado  por  Rosal,  leemos  en  un  documento  na- 
varro, et  este  paramiento  que  ature  á  tanto  tiempo 
cuanto  fuere  la  voluntad  del  sennor  rey.  \\  En  Castilla, 
sufrir  el  trabajo;  tapar. 

auchar,  azuzar:  parece  síncope  de  achuchar,  como  apli- 
cado, principalmente,  á  los  perros:  ||  en  español  achu- 
char es  aplastar,  y  ahuchar,  ahorrar, 

augetas,  d.,  albricias  ó  gratificación  que  se  dá  á  los  cria- 
dos óálos  que  traen  algún  presente:  ||  d.,  pastel:  |I  d.,  es- 
carola cocida:  ||  c,  con  el  nombre  de  augetas  es  voz  cas- 
tellana y  significa,  la  propina  que  da  al  postillón,  el  que 
corre  la  posta. 

aún,  escasamente;  difícilmente;  á  duras  penas:  se  dice, 
podrá  tener  ella  unos  quince  años  y  aún. 

aurón,  gallo  salvaje,  según  una  relación  m.  de  manjares, 
que  copió  Latassa. 

autos,  n.,  actos:  se  dice  entierro  de  uno,  dos  ó  tres  autos 
(ó  actos),  según  se  celebra  la  sola  misa  de  entierro  ó  una 
ó  dos  más  de  honras. 

aventado,  n.,  así  los  auiamos  jurado  el  dia  de  nuestro 
bien  AUENTADO  coronamiento j  dice  Pedro  IV,  en  el  códi- 
ce de  las  Uniones. 

aventaja,  a.,  porción  que  puede  sacar  el  cónyuge  super- 
viviente, antes  de  partir  los  bienes  muebles. 

aventeza,  no  te  pongas  en  aventeza  pudiéndola  acusar, 
dijo  el  de  Luna  á  su   hijo  el  Conde  de  Ribagorza,  que 


A  171 

intentó  duelo  con  el  Conde  de  Olivares,  según  Dormer, 
página  3oo  de  sus  Anales. 

averar,  multar;  incursar  en  multa:  así  lo  declara  como 
provincial  de  Aragón,  el  Diccionario  de  Fernández 
Cuesta,  pero  no  el  de  la  Academia. 

averías,  sm  duda,  haberes  ü  objetos  mensurables  de  con- 
tratación. En  las  Cortes  de  Zaragoza,  1456,  se  establece: 
el  que  metra  ó  meter  f ara  drapes  de  lana,  ó  otras  mer- 
caderías ó  averías;  que  á  condos  (codos)  se  acostumbran 
vender,  en  el  dito  regno  de  Aragón,  etc. 

averío,  a.,  bestia;  (voz  usada  hoy  en  Aragón,  según  la 
Academia). 

avezar,  c,  aficionarse;  cebarse. 

avinar,  practicar  un  hoyo,  alrededor  de  la  cepa. 

avispado,  c,  agudo;  vivo;  entendido;  activo. 

avuebos,  la  Universidad  (pueblo)  de  Zaragoza,  pide  al 
Rey  mil  sueldos  por  avuebos  de  repartimiento  de  los 
moros,  hemos  leído  en  una  colección  de  Privilegios  de 
Aragón. 

avugo,  n.,  voz  con  que  (por  el  contrario)  se  designa,  en  el 
lenguaje  familiar,  á  una  persona  torpe  y  obtusa,  como 
con  las  palabras,  ababol,  membrillo,  y  otras. 

avutarda,  n.,  para  denotar  que  uno  está  distraído  ó  en 
babia,  se  dice  que  está  pensando  en  las  avutardas. 

axobar,  n.,  la  heredad  que,  además  de  su  dote,  recibía  la 
esposa  por  parte  de  su  padre  ó  marido,  y  era  perpetua- 
mente, para  ella  y  los  suyos:  llamábase,  antiguamente, 
excrex. 

azacanado,  el  que  va  hecho  un  azacán. 

azadeca,  pecha  de  los  moros  sobre  huevos  y  cabras. 

azaleja,  toalla. 

azanoriate,  a.,  zanahoria  confitada:  (j  a.,  cumplimientos 
y  expresiones  afectadas. 

azarolla,  a.,  serba  ó  acerola;  (ant.) 

azaroUo,  a.,  serbal,  árbol;  voz  incluida  en  las  últimas 
ediciones. 

azembla,  n.,  acémila,  según  el  códice  de  los  Privilegios 
de  la  Unión:  en  dialecto  valenciano,  tropas  ó  bandas, 

azofra,  n.,  correa  ancha,  que  sostiene  sobre  el  sillín  de  la 
caballería  de  varas,  las  del  carro:  I|  n.,  zofra  en  los  dos 
sentidos  de  esta  palabra:  ||  n.,  parece  ser,  turno  de  aguas. 


172  B 

según  hemos  deducido  de  algunos  documentos,  uno  que 
recordamos  de  1238:  |i  alcuza  grande,  para  aceite:  |i  la- 
bor de  tierra. 

azofrar,  n.,  concurrir  con  su  trabajo  á  las  obras  públicas, 
que  se  llevan  á  vecinal. 

azolle,  n.,  pocilga,  en  las  dos  acepciones  de  la  Academia: 
es  sustantivo  masculino,  y  sólo  usado,  en  algunas  loca- 
lidades. 

azoque,  léese  a:^ogue^  (del  árabe  a:{^d),  en  sentido  de  plaza 
ó  mercado,  según  Guerra  y  Orbe  en  su  Fuero  de  Aviles^ 
págs.  71  y  82.  En  Zaragoza  se  denomina  del  A:{oquey 
una  de  sus  calles  moriscas. 

azotaperros,  n.,  perrero,  ó  persona  destinada  en  las  igle- 
sias, á  ahuyentar  los  perros. 

azuche,  madero  con  punta  forrada,  para  clavarse  en  tierra. 

azud,  c,  presa  para  sacar  agua  de  un  río. 

azuda,  c,  noria. 

azulejo,  n.,  lápida  ó  losa,  en  que  se  |>inta  ó  imprime  el 
nombre  de  las  calles  ó  plazas  y  el  número  de  las  casas: 
en  Castilla,  ladrillo  vidriado,  para  (risos  y  otros  objetos. 

azut,  a.,  azud. 

azutero,  a.,  el  que  cuida  de  la  azuda. 


Babazorro,  d.,  joven  que  se  atreve  á  mayores  empresas 
de  las  que  su  edad  permite:  [i  c,  rústico;  tosco. 

babosa,  a.,  cebolla  añeja  que,  plantada,  produce  otra:  i| 
a.,  cebolleta. 

bacía,  n.,  gamella;  artesa;  6,  en  general,  capacidad  de 
madera,  en  forma  rectangular  y  oblonga,  cuyo  destino 
es  el  de  amasar,  ó  lavar  la  ropa,  ó  disponer  el  sustento 
de  algunos  animales:  if  n.,  letrina,  retrete  ó  secreta,  se- 
gún Ducange,  apoyado  en  Libértales  barciriy  ms.  i283: 
li  n.,  volcar  la  bacías  decir  alguna  sandez;  deslucirse 
con  alguna  ocurrencia  impertinente;  hacer  de  las  suyas. 


B  irs 

bacinilla,  bacía  para  el  agua  que  se  da  á  la  barba. 

bachoca,  n.,  se  dice  de  cierta  clase  de  judía  que  no  se 
conserva  seca,  y  se  come,  comúnmente,  desgranada,  á 
medio  secar:  ||  en  Murcia  bajoca, 

badal,  a.,  carne  de  la  espalda  y  las  costillas,  hacia  el  pes- 
cuezo, en  las  reses  de  abasto. 

badallar,  bostezar. 

badarrón,  n.,  véase  galacho. 

badina,  a.,  balsa  ó  charca  de  agua  detenida  en  los  caminos. 

badina!,  lo  mismo  que  badina. 

ba§a,  a.,  cuerda  con  que  se  asegura  la  carga  sobre  las  ca- 
ballerías: IJ  en  Navarra,  treboilla, 

baguera,       i 

baguerreta,  >  d.,  baga. 

bagueta,        \ 

bahurrero,  a.,  cazador  de  aves  con  lazos  ó  rades  (voz 
antic.) 

baile,  a.,  juez  ordinario  en  ciertos  pueblos  de  señorío: 
usual  en  la  antigua  Coronilla, 

bailía,  a.,  territorio  en  donde  ejercía  jurisdicción  el  baile. 

bailío,  n.,  bailía  ó  bailiazgo. 

bajero,  a.,  prenda  ó  pieza  que  suele  colocarse  bajo  de 
otra,  como  saya  bajera,  sábana  bajera. 

baladre,  p.,  adelfa;  planta  silvestre  que  produce  un  fruto 
pequeño,  esférico,  negro  y  amargo.  Esta  voz  sirve  para 
término  de  comparación  á  todo  lo  amargo. 

balagOSte,  balaustre  ó  barandilla:  aunque  parece,  á  pri- 
mera vista,  un  barbarismo,  á  los  cuales  no  siempre  da- 
mos cabida,  incluimos  esta  voz  por  verla  usada  en  Frai- 
lía, historiador  inédito  de  la  Universidad  de  Zaragoza. 

balda  y  baldón,  aldabón. 

baldaqui,  tela  preciosa  ó  brocado  de  Bagdad. 

baldar,  a.,  descabalar  ó  dejar  incompleta  una  colección. 

baldorro,  aldabón;  en  algunas  localidades. 

baldragas,  n.,  persona  desinteresada;  de  buen  carácter  y 
de  poca  energía. 

baldres,  valdes;  piel  suave:  L.  Fernández  usa,  valdrás. 

balsa  de  sangre,  a.,  aquella  en  que,  á  fuerza  de  trabajo 
y  costa,  se  recoge  el  a^ua  para  ganados  ó  personas:  si  se 
hace  en  acampo  propio,  es  privativa  del  dueño;  si  en 
montes  comunes,  no  lo  es,  mientras  no  se  cerque. 


174  B 

balsete,  n.,  balsilla. 

ballesta:  se  usa  en  la  frase  sin  decir  cesta  ó  ballesta;  mo- 
dismo que  se  lee  en  la  Sirena  métrica^  colección  manus- 
crita de  poesías  y  que  conviene,  aunque  no  totalmente, 
con  el  castellano,  decir  unas  veces  cesta  y  otras  ballesta. 

ballicO;  n.,  planta;  avena  fatua;  ballueca,  Olivan  emplea 
esa  voz  en  su  Manual  de  Agricultura, 

bailón,  d.,  arroyo  pequeño. 

balluarte,  n.,  especie  de  andas  ó  parihuelas,  en  que  se 
conduce  de  un  punto  á  otro  el  material,  y,  sobre  todo, 
el  desperdicio  de  las  obras:  ||  también  bayarte,  como 
en  Navarra. 

ballueca,  c,  especie  de  cizaña:  Asso  la  describe  como 
aragonesa,  y  es  muy  nociva  al  ganado  vacuno. 

bancada,  n.,  sección  votante  de  escolares,  cuando  éstos 
conferían  á  votos  ciertas  cátedras. 

banco  reguío,  Audiencia  real,  según  el  Glosario  de  Savall 
y  Penen. 

banda,  n.,  faja  ó  ceñidor  que  se  viste  alrededor  del  cuerpo. 

bandeador,  columpio. 

bandear,  n.,  tocar  ó  doblar  las  campanas. 

bandearse,  n.,  pasarlo  con  decencia:  |j  n.,  estar  (como 
generalmente  se  dice)  entre  dos  aguas:  \\  n.,  columpiar- 
se: en  Castilla  significa,  mover  á  una  y  otra  banda;  antic. 

bando,  n.,  comba;  pandeo:  se  aplica,  ya  á  los  cuerpos  co- 
locados horizontalmente,  cuya  extensión  y  peso  les  da 
algún  pandeo,  ya  sobre  todo,  á  los  que  están  puestos 
verticalmente,  y  que,  no  teniendo  solidez  proporcionada 
á  su  altura,  se  cimbrean  algún  tanto:  j|  n.,  á  todo  bando, 
expresión  que  se  usa,  comúnmente,  en  sentido  moral, 
para  denotar  que  se  hace  alguna  cosa  descaradamente, 
y  arrostrando  todas  sus  últimas  consecuencias.  Se  usa  en 
la  frase,  echar  á  bando  las  campanas. 

banova,  a.,  colcha  ó  cubierta  de  cama:  en  algunas  partes 
banúa. 

banquera,  a.,  colmenar  pequeño,  sin  cerca;  sitio  donde  se 
ponen  en  línea  las  colmenas,  sobre  bancos. 

barsga,  tableta  de  chocolate,  que  contiene  tres  onzas  en 
cuatro  porciones:  ||  voz  de  algunas  localidades. 

barán,  se  dice  pasar  de  barán,  por  nivelar  la  muela  hari- 
nera. 


175 


barbado,  c,  sarmiento  con  raíces,  dispuesto  á  la  planta- 
ción. 

barbaridad,  n.,  gran  cantidad. 

barcbilla,  d.,  la  duodécima  parte  de  un  caíz  de  granos. 

bardino  n.,  se  aplica  al  perro  ú  otro  animal  que  tiene  el 
pelo  de  un  color  dudoso,  entre  plomizo  y  gris:  también 
se  dice  bárdeno, 

bardo,  d.,  barro. 

bardoma,  a.,  suciedad;  porquería;  lodo  corrompido. 

bardonero,  n.,  véase  bordonero  y  bordonador,  que  son 
más  usados. 

barlenda,  polipodio;  planta:  úsalo  Ebn  Buclarix. 

barlete  pieza  ae  hierro,  en  figura  de  7  ó  de  martillo,  que, 
atravesando  el  banco  de  carpintero,  sirve  para  sujetar 
á  él  las  piezas  que  se  labran. 

barote,  n.,  balaustre:  también  puede  escribirse  varóte. 

barral,  a.,  redoma  grande  de  vidrio,  capaz  de  una  arroba 
de  vino,  próximamente. 

barranquear,  no  andar  muy  derecho  en  un  asunto. 

barranquera,  n.,  se  aplica  á  cualquier  género  de  peonza 
que,  por  tener  mal  limado  el  clavo  ó  la  punta,  da  vuel- 
tas con  poca  suavidad. 

barras,  n.,  las  cuatro  bandas,  listas  ó  palos  rojos  en  cam- 
po de  oro,  con  que  blasona  el  reino  de  Aragón. 

barrastra,  portadera,  principalmente,  para  piedras  gran- 
des, que  se  hace  con  horquillas  de  árboles  y  travesanos, 
de  punta  á  punta. 

barrear,  a.,  borrar  ó  cancelar  lo  escrito,  pasando  por  en- 
cima una  línea  de  tinta  ó  lápiz. 

barredera,  n.,  se  usa  en  la  expresión  echar  la  barredera 
para  denotar  que  se  ha  decidido,  bruscamente,  la  cues- 
tión; que  se  ha  dado  una  salida;  que  ya  no  admite  más 
opiniones. 

barrera,  n.,  corral  de  ganado  al  descubierto. 

barreño,  c,  jofaina  ó  aljofaina. 

barriguera,  n.,  especie  de  correa  ó  cincha. 

barriscar,  vender  á  ojo:  se  halla  en  documentos  oficiales. 

barros,  n.,  lodos:  ambas  son  castellanas,  pero,  tratándose 
de  la  suciedad  de  las  calles,  en  Aragón  se  prefiere  la  pri- 
mera, y  en  Castilla  (como  dice  la  Academia)  la  segunda. 

barza,  zarza:  ¿refunde  á  barda  y  :[ar{a? 


176  B 

basta,  c,  hilván. 

bastárdelo,  a.,  cuaderno  borrador,  en  que  el  escribano  ó 
notario  conservan  los  autos  y  escrituras. 

baste,  p.,  especie  de  albarda  6  aparejo. 

batafalúa,  anís. 

bateaguas,  c,  paraguas:  en  la  séptima  edición  del  Dic- 
cionario de  la  Academia  todavía  no  se  había  incluido 
esta  palabra.  * 

batifuUa,  a.,  batihoja  ó  batidor  de  oro;  antic. 

batimiento,  a.,  acción  y  efecto  de  batir,  sobre  todo  la 
moneda;  antic. 

batir,  p.,  verter;  arrojar;  desechar:  |!  d.,  derribar  ó  dejar 
caer  al  suelo  alguna  cosa:  la  Academia,  aunque  parece 
coincidir  con  esta  significación  que,  como  se  ve,  toma- 
mos del  Diccionario  de  Peralta,  pero  no  se  refiere  sino 
á  lo  que  se  derriba  á  viva  fuerza;  y  como  prueba  de 
que  no  se  considera  castellana  aquella  palabra,  los  co- 
lectores oficiales  de  los  trozos  selectos  para  uso  de  los 
Institutos  del  Reino  la  acusan  de  poco  castiza  en  el  verso 
de  Ercilla, 

Que  estuvo  en  punto  de  batirle  al  suelo; 
y  proponen  como  mas  propia  postrarle  6  derribarle,  á 
pesar  de  hallarse  en  libro  no  aragonés,  por  ejemplo,  en 
el  Amadis  de  Gaula^  é  Agrajes,  lo  batió  del  caballo:  \\ 
n.,  labrar  moneda,  en  cuyo  sentido  usan  también  esa 
voz  los  Fueros  de  Navarra. 

batollar,  varear  ó  sacudir  los  árboles:  la  Academia  con- 
signa hatajar,  como  provincial. 

batueco,  d.,  huevo  huero:  se  usa  también  en  Navarra,  y 
existe  fuera  de  Pamfílona  una  fuente  medicinal  llamada 
el  Batueco,  con  alusión  al  olor  ingrato  de  sus  aguas. 

baturro,  n.,  se  dice  de  los  jornaleros  del  campo  y  gente 
menos  acomodada;  pero  es  voz  familiar. 

bázaro,  c,  escoria  de  algunas  sustancias,  como  cera,  pez, 
etcétera. 

beber  !a  toca,  n.,  impacientarse;  irritarse;  incomodarse 
fuertemente,  principalmente  con  los  niños. 

bebida,  a.,  el  tiempo  en  que  descansan  los  trabajadores, 
principalmente  en  el  campo,  y  en  que  toman  algún  bo- 
cado o  trago:  |1  licor:  es  bastante  usual  el  decir:  ¿Quiere 
usted  vino  rancio  ó  bebida? 


B  177 

becaracha,  n.,  ave. 

becardón,  a.,  agachadiza;  ave. 

belén,  n.,  nacimiento  ó  representación  del  de  Jesucristo, 
por  medio  de  figuras  de  bulto  que  se  destacan  en  el  pai- 
saje correspondiente:  ||  n.,  desorden;  confusión:  |j  n., 
persona  insípida:  ||  estar  en  Belén ^  estar  en  babia. 

bello,  bella,  n.,  alguno,  alguna;  voz  local:  ||  en  Ordina- 
ción  de  Pedro  IV  sobre  Coronaciones  se  lee:  é  allí  esté 
un  BEL  RATO  mostrándose  á  sus  gentes. 

bellorta,  abrazadera  de  hierro  para  sujetar  el  limón  á  la 
cama  del  arado. 

bérbero,  a.,  agracejo;  arbusto  y  su  fruto:  en  Castilla  es 
la  confección  que  se  hace  con  la  agracejina. 

bereng'uero,  n.,  Ducange  lo  incluye  en  su  Glossarium, 
pero  ignorando  si  significa  berlina  ó  círculo  de  hierro 
para  la  cabeza  de  los  ajusticiados. 

berganto,  d.,  cardenal;  señal  ó  hinchazón  que  deja  algún 
golpe,  sobre  todo  de  látigo.  Fuera  mejor  escribir  ver- 
ganto. 

berlanco,  d.,  berganto. 

berniz,  barniz:  la  Academia  dice  que  hoy  se  usa  en 
Aragón. 

berrugo,  adusto,  egoísta  y  escamón. 

besante,  n.,  moneda  equivalente  á  tres  reales  y  dos  ma- 
ravedises comunes:  en  castellano  moneda  turca  de  ora 
de  veinticuatro  quilates:  la  hubo  de  plata  de  tres  suel- 
dos y  cuatro  dineros  catalanes. 

bescambre,  n.,  creemos  que  bresca:  se  halla  ese  voz  en 
las  Or dinaciones  de  Abejeros ,  á  las  páginas  27  y  otras* 

besque,  a.,  liga;  materia  viscosa. 

bestiar,  n.,   bestia;  y  también  ganado  mular  ó  caballar. 

beuna,  a.,  vino  de  color  de  oro  de  la  uva  de  este  nombre,^ 
que  es  bermeja,  pequeña  y  de  hollejo  tierno. 

blasmo,  n.,  blasmo;  desdoro;  vituperio;  mala  fama. 

bienes  (aprehender  los),  a.,  embargarlos. 

bienza,  a.,  binza  ó  tela  del  huevo:  ||  telilla  ó  panículo  del 
cuerpo  del  animal. 

big^ardón,  n.,  el  que  es,  desmesuradamente  alto,  en  pro- 
porción á  su  edad:  en  Castilla,  el  vago  ú  ocioso;  en  cuya 
sentido  también  se  usa  en  Aragón. 

bimardo,  d.,  novillo;  buey  de  dos  ó  tres  años. 

12 


178  B 

birla,  a.,  bolo,  en  el  juego  de  ellos. 

birlos,  juego  de  los  bolos. 

birlón,  a.,  el  bolo  grande  que  se  coloca  en  el  centro  de  los 
demás.  En  Aragón  he  oído  juego  de  los  birlos;  y  la 
Academia  pone  birlo  (ant.),  bolo  para  jugar. 

bisalto,  a.,  guisante:  es  también  provincial  de  Navarra. 
Lo  interpreta,  en  su  Glosario,  A  Memorial  histórico  de 
la  Academia  de  la  Historia,  tomo  V,  i853. 

bisca,  d.,  remusguillo;  viento  no  muy  fuerte,  pero  frío  y 
penetrante. 

bistraer,  d.,  sonsacar:  ||  tomar  á  préstamo  ó  anticipo. 

bistreta,  d.,  cantidad  que,  en  lo  antiguo,  se  adelantaba  á 
un  procurador:  |1  los  estiércoles,  paja  y  abonos  de  una 
finca  de  importancia,  que,  comprendidos  en  el  arriendo 
de  ella,  debe  devolver  el  arrendatario  á  la  conclusión  del 
contrato:  ||  se  usa  en  Tarazona  y  acaso  deriva  del  ViS' 
tractum,  diferido;  aplazado:  |1  en  general,  todo  adelanta- 
miento de  dinero,  ó  anticipación  de  paga,  como  dice  la 
Academia,  en  su  Diccionario  de  autoridades  (pues  en 
los  modernos  no  incluye  esta  voz),  el  cual  añade,  que  es 
voz  baja  usada  en  Aragón  y  tomada  de  Vistret.  En  1 504, 
la  Diputación  pidió  permiso  al  Justiciado,  para  tomar 
de  la  tabla  de  depósitos  del  Reino,  tres  mil  libras  por 
vía  de  Vistreta,  con  destino  á  la  reimpresión  de  los  Ana- 
les de  Zurita  y  que  para  la  restitución,  tomaría  los  pla- 
zos y  seguridades  que  convinieran  con  terceras  personas. 

biterja;  n.,  aguamanil,  según  se  lee  en  las  leyes  palatinas 
de  Jaime  II. 

blanco,  cada  una  de  las  bandas  de  la  barriga  del  cerdo 
(^ue  no  tienen  magro,  y  se  usan  generalmente  en  la  olla 
o  el  cocido  español. 

blanquero,  d.,  blanqueador. 

bleto,  n.,  bledo;  planta. 

boalaje,  a.,  tributo  que  se  pagaba  de  los  bueyes. 

boalar,  a.,  dehesa  boyal:  1|  n.,  herbaje:  ||  n.,  porción  de 
terreno  destinado  al  pasto  de  los  ganados,  del  abasto  pú- 
blico ó  al  de  las  caballerías  de  labor  de  los  vecinos. 

boca  (venir  á),  n.,  reventarse  ó  abrirse  un  tumor;  venir  á 
supuración. 

bocal,  a.,  presa  ó  fábrica  de  muro,  para  atajar  el  agua  de 
un  río. 


B  179 

bocha,  n.,  planta;  globularia  alypum:  es  lo  mismo  que 
cebollada:  ||  rama  de  árbol  ó  arbusto  que  se  pone  á  los 
gusanos  de  seda,  para  que  suban  á  elaborar  el  capel. 

boché,  pollino:  en  Navarra  y  Pertasa. 

bodoUo,  a.,  podón  ó  instrumento  corvo  de  acero,  para  po- 
dar cosas  fuertes. 

bofo,  d.,  fofo. 

bogeta,  a.,  sardineta:  voz  ant. 

bohemiano,  n.,  gitano:  en  Castilla,  es  sinónimo  de  bohe- 
mo ó  natural  de  Bohemia,  y  para  significar,  entre  otras 
la  idea  de  gitano,  se  usa  de  la  palabra  bohemio, 

boira,  d.,  niebla  muy  espesa. 

bojardones,  d.,  especie  de  setas. 

bolado,  p.,  pan  de  azúcar  rolado:  llámase  también  espon- 
jado, azucarillo  y  panal. 

bolchaca,  a.,  bolsillo  ó  faltriquera:  dícese  también,  bol- 
chaco. 

bolea,  d.,  pelota  jugada  al  aire:  ||  d.,  mentira. 

boleta,  n.,  cierta  especie  de  buitre. 

boletero,  n.,  encargado  de  distribuir  las  boletas  de  alo- 
jamiento. 

bolinche,  n.,  judía  redonda  y  no  grande,  de  muy  buen 
sabor:  H  n.,  juego  que  se  compone  de  un  palo  torneado, 
que  por  un  extremo  tiene  una  cazoleta  y  por  otro  una 
punta,  y  de  una  bola  agujereada  y  suspendida  del  cen- 
tro del  palo  por  una  cuerda: — consiste  en  elevar  la  bola, 
pero  de  suerte  que  caiga  en  la  cazoleta  ó  se  introduzca 
en  la  punta,  á  voluntad  del  jugador.  Hemos  visto  desig- 
nado alguna  vez  ese  juego  en  Castilla  con  el  nombre 
análogo  de  boliche;  pero  la  Academia  da  otras  significa- 
ciones á  esa  voz. 

bolisa,  p.,  pavesa;  motilla  en  la  ropa  ó  flotante  en  el  aire. 

boliseria,  n.,  enredo;  trapacería. 

bolisero,  n.,  enredador;  trapacero;  y  también  taimado  y 
aficionado  á  naderías. 

bolo,  a.,  almohadilla  oblonga  en  que  se  hacen  los  encajes. 

bolomaga,  planta:  arrancar  la  bolomaga^  expulsar  á  uno 
trabajosamente. 

bolsear,  a.,  formar  pliegues  y  arrugas  en  cualquiera  tela. 

hollinar,  bolliciar,  que  como  castellano  antiguo  define  la 
Academia. 


180  B 

boUinada,  a^ua  que  sale  con  fuerza,  después  de  represada. 

bollo,  c,  chichón. 

bollón,  a.,  botón  de  la  vid  y  otras  plantas. 

bombona,  cántara  de  tierra,  de  cabida  de  algunas  arrobas, 
á  propósito  para  guardar  aceite. 

bonavero,  n.,  anotación  ó  relación  de  los  bienes  sobre  que 
versa  una  demanda:  suele  acompañarse,  sobre  todo  en  eí 
proceso  de  aprehensión,  á  la  demanda  misma  ó  apellido. 

bonetero,  n.,  planta;  evonymus  europcevs. 

boñiga,  c,  excremento  del  ganado  vacuno. 

boque,  d.,  macho  cabrío. 

bor,  la  frase  es,  de  bor  en  bor,  y  se  usa,  para  indicar  que 
una  vasija  está  llena  de  agua;  así  como  se  dice  de  bote  en 
bote,  cuando  un  aposento,  plaza,  etc.,  están  totalmente 
llenos  de  gente. 

borda,  p.,  choza;  pajar;  corraliza:  provincial  de  Navarra 
en  el  primer  sentido,  según  la  Academia:  en  Cataluña 
manso  y  también  pernada. 

bordón,  n.,  bohordo. 

bordonador  ó  bordonero,  el  que  tiraba  bordones  al  ta- 
blado, lo  cual  se  consideraba  menos  difícil,  que  el  arro- 
jar lanzas.  (Véase  tablajero.) 

borg^il,  n.,  la  paja  apiñada,  en  forma  de  cono  truncado 
y  cubierta  con  un  tejadillo,  para  libertarla  de  la  lluvia. 

bornizo,  vastago  reciente  en  los  árboles. 

borraz,  tela  de  cáñamo  ó  paño  de  coger  olivas. 

borrico,  la  estrella  pequeña  en  el  torno  de  fabricar  seda, 
la  cual  tenía  la  tercera  parte  de  los  puntos  de  las  dos  es- 
trellas grandes  del  gobierno,  según  Asso,  en  su  Econo- 
mía política  de  Aragón  (228). 

borroso,  a.,  el  oficial  de  poca  habilidad. 

borrufalla,  a.,  hojarasca;  fruslería;  cosa  de  poca  sus^ 
tancia. 

bosanaya,  n.,  moneda  que  duró  tres  años  hasta  elde  12ÍI, 
según  un  Cronicón  barcelonés,  citado  por  Ducange,  el 
cual  incluye  también  las  voces  balssonaya  y  bosonayá 
y  cita  estas  palabras  de  Pedro  III  en  i343:  concedimus 
deferre  monetam  sive  bossonoyam  billonum  vel  balsso- 
NOYAM  quamlibet. 

botarga,  a.,  dominguillo,  en  la  fiesta  de  toros. 

boteja,  n.,  botija. 


B  i81 

botifuera)  n.,  gratificación,  descuento  ó  regalo  que  se 
hace  al  comprador:  ||  n.,  cierto  derecho  que  cobra  por 
cántaro  el  medidor  del  vino:  ||  n.,  propina  á  los  criados. 

botiga,  p.,  tienda  de  mercader:  la  Academia  trae  como 
castellanas  las  palabras  botiguero  y  botiguilla:  en  ita- 
liano se  usa  botega:  \\  d.,  taller  de  artista;  acepción  poco 
recibida. 

botinfiado,  d.,  hinchado:  |i  n.,  hombre  desproporciona- 
damente grueso  y  por  algún  concepto  repugnante. 

boto,  a.,  pellejo  para  contener  vino,  aceite  ú  otro  licor:  || 
n,,  judía  bota;  variedad  que  se  distingue  por  ser  más 
tierna  y  estar  fuera  de  la  vaina. 

bovaje^  hemos  leído  cjue  era  un  tributo  que  se  pagaba  al 
principio  de  cada  remado  por  el  reconocimiento  de  se- 
ñorío sobre  los  ganados. 

boxadero  ó  buxadero,  serbal,  árbol;  serbal  de  cazado- 
res: conócese  con  ese  nombre  en  los  Pirineos. 

bozo,  n.,  bozal  ó  aparato  de  varia  invención,  que  se  pone 
á  los  perros  en  el  hocico  para  impedir  que  muerdan. 

bra§a,  a.,  metedor  ó  lienzo  que  se  pone  á  los  niños  bajo 
el  pañal. 

bragueta:  se  usa  en  la  frase  más  s^rio  que  bragueta  de 
ciego. 

brama,  cencerrada  á  los  viudos-novios. 

brasmar,  n.,  en  el  Diccionario  inédito  de  Rosal  se  lee, 
*br asmar,  dice  el  aragonés,  del  griego  brasmos  ó  bras- 
ma,  la  tempestad  del  mar  ó  la  demasiada  risa  ó  ruido»: 
Aldrele  lo  deriva  también  del  griego  y  lo  hace  equiva- 
lente á  concussio. 

brazal,  a.,  cauce  ó  sangría  que  se  saca  de  un  río  ó  acequia 
para  riego  de  huertas  y  sembrados. 

brazo,  n.,  se  dice  irónicamente  bra:^o  de  San  Valero  (pa- 
trón de  Zaragoza)  por  aquel  que  tiene  poco  poder,  poca 
influencia,  poca  significación. 

bresca,  a.,  panal  de  miel:  en  las  últimas  ediciones  de  su 
Diccionario  lo  incluye  la  Academia  como  castellano: 
era  vocablo  usado  por  los  poetas  provenzales. 

brescadiilo,  Argensola,  describiendo  un  traje  del  si- 
glo ^vii,  dice:  bordado  todo  el  campo  de  canutillo  y 
BREscADiLLo  v  hojuclas  de  plata. 

brino,  lino  en  hebra. 


i. 


182  S 

brisa,  p.,  orujo  de  las  uvas. 

brocal,  d.,  bocal;  azud,  con  aplicación  á  los  canales. 

brócul  ó  bróquil,  d.,  bróculi;  col. 

bronco,  nudo  en  la  madera:  voz  del  Pirineo. 

brochina,  n.,  vientecillo  sutil  y  frío  que  viene  del  Guara  ó 
de  Moncayo.como  el  que  Madrid  recibe  de  Guadarrama. 

brosquil,  a.,  redil. 

brosta,  mucho  recado,  especialmente  de  comer. 

brozas,  n.,  con  este  plural  se  designa  á  cualquiera  persona 
torpe,  desmañada  ©desaseada. 

brozoso,  n.,  calificativo  de  igual  significación  que  el  sus- 
tantivo anterior. 

brutaña,  n.,  hombre  abrutado;  grosero;  mal  educado. 

bucarán,  a.,  bocací. 

bucardo,  macho  de  la  cabra  montes. 

buco,  a.,  boque  ó  macho  cabrío:  1|  persona  abrutada. 

buchona,  paloma  ladrona. 

buega,  a.,  mojón;  linde  que  divide  las  heredades. 

bufa,  vejiga  de  cerdo  fvoz  local). 

bufeta,  coleto  de  piel  de  búfalo,  conforme  al  couffetin 
francés:  esta  interpretación  es  satisfactoria  ante  el  pa- 
saje siguiente  de  B.  Argensola:  desclavada  una  lan^a 
del  guardabra^o  i:{quierdo,  y  aunque  iba  allí  la  bufeta, 
se  suspendió  el  combate. 

bufi,  a.,  especie  de  tela,  como  camelote  de  aguas. 

bufón,  a.,  buhonero;  ant. 

bufonería,  a.,  buhonería. 

buidador  ó  buirador,  d.,  latonero;  operario  en  objetos 
de  latón,  azófar,  etc. 

bulbo-castaña,  n.,  planta  que  Cienfuegos  designa  con 
ese  nombre,  y  es  la  llamada  bunium  bulbocastanum. 

bulquetada,  n.,  la  carga  de  un  bulquete. 

bulquetazo,  n.,  golpe;  caída:  se  usa  también  en  sentido 
moral,  como  sinónimo  de  desgracia  ó  cambio  de  fortuna. 

bulquete,  n.,  carro  ligero  que  gira  por  medio  de  una  cla- 
vija, y  suelta  de^golpe  la  carga  por  la  zaga:  suele  condu- 
cir escombros.  Usase  también  en  Navarra. 

bulto,  n.,  almohada,  sin  la  funda  exterior,  de  lienzo  blan- 
co: la  Academia  llama  bulto  i  la  funda  de  la  almohada, 
y  almohada,  al  colchoncillo  y  á  la  funda  blanca  en  que 
se  mete. 


I 


C  183 

buUar,  bollar  ó  sellar  con  plomo  los  tejidos  en  las  adua- 
nas: la  Academia  da  esta  voz  como  navarra,  pero  es 
también  aragonesa,  y  en  Cortes  de  Zaragoza  de  1456  se 
dispone  que  los  que  introduzcan  en  el  reino  ciertas  mer- 
caderías, sean  tenidos,  bui.lar  con  bullas  de  plomo  en  los 
primeros  lugares  ó  puertos. 

buró,  a.;  greda;  arcilla. 

burra,  callosidad,  generalmente  en  las  manos,  efecto  de 
algún  trabajo  de  rozamiento;  también  burro. 

burro,  n.,  espuenda  ó  margen.  (Véase  correr  burro.) 

busca,  d.,  mota. 

buyador,  a.,  latonero. 


Cabal,  d.,  peculio;  pegujar  de  los  hijos  segundos. 

cabalero,  el  hijo  que  no  es  heredero. 

cabalgada,  n.,  contribución  antigua  en  Aragón. 

caballería,  a.,  las  rentas  que  señalaban  los  ricos  hombres 
á  los  caballeros  que  acaudillaban:  había  caballerías  de 
honor  y  de  mesnada  y  otras. 

caballeros-pardos  n.,  los  que,  sin  ser  de  antemano  hijo- 
dalgos  ó  nobles,  se  armaban  como  francos  por  carta  ó 
por  privilegio  real,  recibiendo  en  el  hombro  la  pescoza- 
da: en  Castillalos  que,  sin  ser  nobles,  no  pechan  y  gozan 
preeminencias  de  hijodalgos  por  privilegio  del  rey. 

caballón,  d.,  lomo  de  tierra  que  divide  las  eras  de  I05 
huertos. 

cabañera,  n.,  cañada  ó  espacio  señalado  para  la  marcha 
de  los  ganados  trashumantes,  que  suele  ser  de  60  á  90 
varas. 

cabecequia,  a.,  persona  á  cuyo  cuidado  están  los  riegos  y 
acequias:  1|  n.,  guarda  de  viñas;  cusios  vinearum. 

cabecero,  n.,  el  que  tomando  el  arriendo  de  toda  una 
casa  por  un  tanto  alzado,  recauda  los  alquileres  de  las 
habitaciones  y  se  entiende  con  los  inquilinos. 


184  C 

cabezada  (dar  la),  n.,  desfilar,  saludando  por  delante  de 
las  personas  que  hacen  el  duelo  en  algún  entierro:  1| 
n.,  hacer  alguna  visita  muy  corta. 

cabezana,  d.,  cabestro. 

cabezudo,  n.,  hombre  de  buena  cabeza,  esto  es,  de  buena 
organización  intelectual. 

cabidar,  d.,  ahorrar;  economizar. 

cableta,  n.,  véase  capleta  y  los  siguientes  vocablos,  que 
todos  se  hallan,  indistintamente,  escritos  con  p  y  b. 

cabo,  a.,  párrafo,  división  ó  capítulo. 

cabo  de  guayta,  el  encargado  de  ejecutar  las  prisiones  ó 
detenciones  en  nombre  de  los  jurados  de  Zaragoza:  era, 
por  lo  visto,  el  jefe  de  la  guardia  municipal  ó  de  los 
miembros  de  ese  justicia. 

cabrear,  n.,  echar  las  cabras  los  jugadores  para  ver  á 
quién  cabrá  pagarlo  todo,  como  dice  Rosal. 

cabreo,  a.,  libro  becerro  ó  de  privilegios:  ||  catálogo  razo- 
nado de  los  papeles  de  un  archivo:  ||  arancel. 

cabrevación,  a.,  acto  y  efecto  de  cabrevar. 

cabrevar,  a.,  apear  en  los  terrenos  realengos  las  fincas 
sujetas  al  pago  de  los  derechos  del  patrimonio  real. 

cabreve,  a.,  apeo  en  las  bailías  de  dichas  fincas. 

cabruna,  piel  de  cabra:  en  rigor  no  debíamos  incluir  esta 
voz,  pues  la  Academia  consigna  como  españolas  corde- 
runa, piel  de  cordero;  conejuna,  piel  de  conejo,  etc.; 
pero  no  incluyendo  aquélla,  la  admitimos  aquí  para  in- 
dicar que  es  de  uso  general  en  los  antiguos  aranceles 
aragoneses,  como  son  también  cervuna,  cabrituna,  bo- 
quina, ca^rellina,  etc. 

eacha,  d.,  envite  falso  en  ciertos  juegos  de  naipes. 

cachilada,  c,  lechigada:  la  Academia  escribe  cachi- 
llada. 

cachirulo,  n.,  fleco  ó  adorno,  generalmente  ordinario:  H 
pañuelo  de  color  para  la  cabeza,  según  V.  Laíuente:  j¡ 
adorno  felpado. 

cacho,  c,  gacho. 

cadejo,  c,  madeja. 

cadiello,  c,  cadillo. 

cadiera,  d.,  escaño;  banco  de  respaldo:  la  Academia  es- 
cribe cadira,  ant.,  silla. 

<»dillo,  a.,  cachorro:  |j  c,  flor  del  olivo  cuando  sale  el 


C  185 

fruto:  en  la  séptima  edición  del  Diccionario  de  la  Aca- 
deima  no  se  halla  todavía  esta  voz. 

cado,  a.,  madriguera;  huronera. 

caducar,  discurrir;  cavilar. 

caduco,  caviloso. 

cadufo,  n.,  arcaduz,  voz  dórica  y  lemosina:  en  catalán 
catúfol  y  cadúfol. 

calazas,  n.,  cobarde;  pusilánime,  ó,  como  dice  la  Aca- 
demia, cagado. 

caguera,  n.,  cagalera. 

caja,  notaría,  según  los  Sres.  Savall  y  Penen,  en  su  Glo- 
sario. 

cajeta,  a.,  cepo  para  recoger  limosna. 

cajico,  árbol  que  produce  los  ó  las  glanes. 

cal,  calen,  c,  importa;  interesa:  úsase  siempre  en  tercera 
persona,  y  se  emplea  universalmente  entre  las  clases 
menos  acomodadas  de  Aragón.  Entre  los  provenzales 
no  sólo  era  usual  esa  palabra,  sino  la  de  calensa,  ne- 
cesidad ó  cuidado,  y  la  de  calier,  cuidadoso,  nece- 
sitado. 

calaje,  a.,  cajón  ó  naveta. 

calamonar,  d.,  corromperse  ó  fermentar  la  hierba  ú  otro 
vegetal. 

calandria  real,  n.,  variedad  de  la  calandria:  sólo  en  Za- 
ragoza se  designa  con  aquel  nombre,  según  Asso. 

calcero,  n.,  calzado. 

caldereta,  n.,  se  dice  de  la  mujer  entremetida  y  que,  co- 
múnmente, disipa  el  día  en  la  ociosidad  y  los  pasatiem- 
pos: igual  á  CANDILKTERO. 

caldo  de  cabeza,  ilusión;  vana  confianza;  por  ejemplo: 
dígale  usted  que  es  caldo  de  cabeza  eso  de  ganar  dos 
mil  duros  en  el  negocio. 

caldoso,  el  que  se  ostenta  mucho  ó  aparenta  ser  muy  ne- 
cesario en  alguna  parte. 

calendata,  a.,  fecha;  voz  forense  ant.,  usada  hoy  en 
Aragón. 

calibo,  a.,  rescoldo. 

calmar,  n.,  escarmentar  á  alguno;  dejarle  mal  parado. 

calmudo,  n.,  calmoso. 

calomanco,  a.,  calamaco  6  tela  de  lana  angosta,  con  un 
torcidillo,  como  jerga:  anlic. 


fe. 


186  C 

calonia,  n.,  multa:  la  Academia  admite  en  este  sentido, 
las  palabras  caloniar  y  caloña. 

calorina,  n.,  calor  fuerte  y  más  bien  seco:  en  Castilla 
calina^  pero  en  significación,  del  vaporcillo  caliente,  que 
enturbia  la  atmósfera:  en  idioma  provenzal,  calina^ 
calor. 

caloyO;  d.,  recental;  cabritillo  destinado  al  regalo  del  pa- 
ladar. 

callizo,  a.,  callejuela;  callejón. 

carnada,  n.,  se  usa  en  la  frase  hacer  6  tener  carnada,  para 
denotar  que  se  madruga  menos  que  ordinariamente. 

carnaje,  pago  por  la  cama  ó  por  pernoctar:  se  usa  en  los 
documentos  oficiales. 

camsóuste,  n,,  escalera  para  coger  oliva;  que  es  un  palo 
rajado  hasta  cierta  altura  y  atravesado  de  otros,  de 
suerte  que  ofrece  base  de  apoyo  y  punta,  para  apoyar 
en  las  ramas. 

camal,  d.,  rama. 

camalig^a,  liga  ó  listón  para  la  pierna:  parece  tomado  del 
patois, 

camarlengo,  a.,  oficial  de  la  Casa  Real  de  Aragón,  cuyas 
atribuciones  y  dependencia  eran  análogas  á  las  del  Ca- 
marero en  Castilla. 

camatón,  n.,  (véase  camero),  cada  manojillo  de  esparto 
de  que  consta  el  vencejo. 

camaz,  tamarindo;  antic. 

cambalache,  n.,  (véase  combalache,  que  aunque  menos 
castellano,  es  más  usual). 

cambra,  Montepío  de  setecientos  cahíces  de  trigo,  que 
puso  en  Leciñena  D.  Juan  de  Arruego,  según  F.  José 
de  Santo  Domingo. 

camena,  n.,  cama  rústica  ó  campestre  dispuesta  con  paja 
ó  ramaje. 

camero,  n.,  especie  de  colchón  de  que  se  sirven  los  pas- 
tores, y  consiste  en  dos  pellejos  unidos. 

camilera,  camauga. 

camino  (de),  n.,  al  momento;  en  el  instante:  la  Academia 
admite  esta  írase,  pero  en  sentido  de  al  paso ^  al  mismo 
tiempo. 

camorra,  longaniza  aderezada  al  horno  dentro  de  un  pa- 
necillo. 


C  187 

campar,  d.,  solazarse:  ||  c,  descollar;  sobresalir:  [|  d.,  lu- 
cir el  garbo;  pasear  con  vanidad  ú  ostentación;  vivir,  y 
vivir  holgadamente. 

campico,  n.,  diminutivo  de  campo,  que  incluimos  aquí 
no  sólo  por  ser  muy  usual,  sino  aun  más  porque  la 
Academia  no  le  da  cabida,  á  pesar  de  admitir  siempre 
como  castellana  y  algunas  veces  como  exclusiva,  aquella 
terminación:  verdad  es  que  admite  campecico. 

campo,  n.,  se  dice  por  excelencia  del  de  Cariñena,  fa- 
moso por  su  viñedo. 

cana,  p.,  medida  de  dos  varas.  Zurita  dice,  y  rompieron 
más  de  cincuenta  canas  de  muro. 

canalera,  a.,  canal  en  el  tejado  y  el  agua  que  cae  por  ella 
cuando  llueve. 

canaleta,  pieza  de  madera  unida  á  la  tolva,  por  donde 
pasa  el  grano  á  la  muela. 

canción  (poner  en),  inducir  á  alguna  cosa;  hacer  con- 
sentir en  algo. 

canchilagua,  n.,  planta. 

cándara,  a.,  zaranda. 

candarse,  candarse  el  rioy  helarse. 

candilera,  n.,  planta. 

candiletear,  ir  de  una  parte  á  otra  visitándolo  todo,  por 
pura  curiosidad  y  no  por  precisión. 

candiletero,  el  ocioso  y  curiosón  que  quiere  estar  en 
todo. 

candonga,  n.,  gollería;  salida  intempestiva:  en  Castilla 
zalamería. 

cañero,  d.,  salvado  grueso. 

cansar,  n.,  usan  de  este  verbo  transitivo  los  pescadores, 
para  expresar  la  acción  de  dar  carrete  ó  proteger  los  mo- 
vimientos de  un  pescado  prendido,  á  quien  es  preciso 
fatigar,  para  que,  perdida  la  fuerza,  se  le  pueda  sacar  á 
tierra. 

canso,  a.,  cansado;  voz  ant.  que  se  lee  en  la  Crónica  del 
Príncipe  de  Viana  y  que,  según  la  Academia,  usan  hoy 
los  rústicos  de  Aragón  y  Castilla  la  Vieja:  ||  d.,  canso, 
canse  ó  calso  de  aguja,  ojo  de  aguja. 

cantal,  a.,  canto  grande. 

cantalazo^  d.,  canto  grande:  ||  n.,  golpe  dado  con  un 
cantal. 


188  O 

cántaro,  a.,  medida  de  vino  de  unas  28  libras. 

cantero,  a.,  parte  ó  pedazo  de  heredad. 

cantilag;ua,  n.,  planta;  linum  catharticum, 

canto,  n.,  bizcocho  ó  pan  bendito:  1|  p.,  cantero  de  pan: 
la  Academia  lo  incluye,  como  provincial,  de  Extrema- 
dura y  Andalucía,  y  el  aragonés  D.  Miguel  A.  Prínci- 
pe lo  usa  en  sus  Fábulas  (117). 

cantón,  callejón,  en  Gaspe  y  otros  puntos. 

cantonada,  esquina;  arcaísmo  usado  hoy  en  Aragón,  se- 
gún la  Academia. 

canutillo,  n.,  juego  que  consiste  en  colocar  sobre  un 
tubo  de  caña  algunas  monedas,  y  tirar  con  otras,  pro- 
curando volcar  con  ellas  el  tubo  y  colocarlas  cerca  de 
las  contrarias. 

cañada,  a.,  medida  de  vino  en  Aragón  y  parte  de  As- 
turias. 

cañicerrada,  n.,  res  que  padece  enfermedad  inflamatoria 
en  la  cabeza. 

caño,  a.,  vivar:  H  c,  cueva  para  enfriar  y  serenar  el  agua 
y  para  refrescar  Irutas,  carne,  vino  ó  cualquiera  vianda. 
En  el  interesante  libro  Calila  é  Dymna  se  lee:  et  la  mu- 
ger  había  Jecho  un  caño  desde  su  casa  fasta  la  calle: 
en  el  original  árabe  se  lee  agarbe  6  mina  subterránea, 
según  Gayangos.  Por  más  que  la  Academia  y  el  texto 
citado,  declaren  castellana  esta  palabra,  la  verdad  es, 
que  los  castellanos  no  la  entienden  y  la  ríen,  como  ara- 
gonesa. 

cañón,  n.,  el  esquilón  que  se  pone  á  los  machos  cabríos, 
cuando  trashuman,  á  la  cabeza  de  los  rebaños  de  ove- 
jas y  carneros:  llévanlo  á  veces,  estantes,  en  la  estación 
del  verano. 

cañuto,  a.,  alfiletero. 

capa,  (véase  piedra). 

capacear,  a.,  dar  de  capazos  ó  con  la  capa;  antic. 

capacidad,  n.,  poder;  y  así  se  dice,  no  hay  capacidad  de 
hacerle  venir;  no  hay  capacidad  de  reducirle, 

caparra,  a.,  alcaparra:  ||  p.,  garrapata. 

caparros,  a.,  caparrosa. 

capaza,  a.,  capacho;  espuerta  para  los  molinos  de  aceite. 

capazo,  c,  esportilla. 

capel,  d.,  capullo  del  gusano  de  seda. 


C  189 

capelardente,  c,  tumba;  capilla  ardiente;  catafalco. 

capítulo,  a.,  cabildo. 

capleta,  n.,  fianza  de  bienes  inventariados:  tomar  á  ca^ 
pleta,  tomar  con  fianza:  entregar  en  cableta^  entregar 
bajo  fianza.  Argensola  dice:  mandar  sacar  del  castillo 

á  CAPLENTA. 

caplevador,  n.,  el  fianza  de  bienes  inventariados. 

caplevadora,  n.,  adjetivo  que  se  aplica  á  la  fianza  que 
se  prestaba  en  los  juicios  y  sobre  los  bienes  inventaria- 
dos: llamábase  también,  cahlev adora  y  cableta.  En 
Castilla,  cablievdj  es  anticuado,  con  la  significación  de 
fianza  de  saneamiento;  y  en  Berceo  se  lee:  tomaronlis 
CABLiEVAS  et  bonos  fiadores. 

capolado,  a.,  picadillo:  es  á  la  vez  sustantivo  y  adjetivo. 

capolar,,  a.,  picar  la  carne. 

capsueldo,  d.,  ventaja  del  uno  por  diez,  que  se  da  al  que 
paga  ciertas  deudas,  antes  de  vencido  el  plazo;  dícese, 
pues,  ganar  capsueldo  ó  capsveldo,  al  pagar  anticipada- 
mente. 

capucete,  n.,  el  acto  de  meter  la  cabeza  en  el  agua  por 
un  momento,  y  aun  también  todo  el  cuerpo. 

caracola,  a.,  variedad  de  caracol,  más  pequeño  que  el  co- 
mún y  con  la  concha  blanca. 

caracoleta,  caracolilla:  se  aplica  también  ese  nombre,  á 
la  niña  despejada,  diminuta  y  traviesa. 

carada,  dar  á  alguno  una  carada,  significa,  recibirlo  mal 
ó  presentarle  mal  semblante. 

caramullo,  d.,  colmo. 

carasol,  n.,  paraje  abrigado  y  protegido  por  el  sol. 

cárcavo,  n.,  la  capacidad  interior  de  los  puentes,  en  los 
molinos. 

carchesia,  n.,  planta:  genista  sagitattalis. 

cardelina,  d.,  jilguero. 

cardón,  c,  árbol:  I|  d.,  laurel  silvestre. 

cardonera,  cardón:  se  usa  en  las  montañas  de  Jaca,  como 
sinónimo  de  acebo. 

car§a,  n.,  peso  de  tres  quintales:  |1  n.,  medida  de  i6  cán- 
taros. 

cargadal,  n.,  cargazón  de  tierra  y  otras  sustancias,  al  fon- 
do de  los  ríos  y  acequias. 

cargadas,  n.,  se  usa  en  la  expresión  llevarse  las  cargadas  y 


190  C 

que  significa  llevarse  las  culpas;  cargar  con  la  responsa- 
bilidad de  alguna  cosa. 

carg^ador,  n.,  palo  para  sujetar  en  él,  con  iacilidad  inge- 
niosa, las  cuerdas  que  amarran  una  carga. 

carica,  a.,  judía  careta. 

carinar,  d.,  echar  de  menos  á  una  persona  6  sitio;  sentir 
su  ausencia:  en  Castilla,  encariñar  y  encariñarse, 

carinarse,  d.,  sentir  tristeza  por  la  ausencia  de  personas 
queridas  ó  por  la  extrañeza  de  lugares  no  conocidos. 

caritatería,  cargo  ó  prebenda  en  la  Seo,  que  remonta, 
por  lo  menos,  al  siglo  xv:  también  Charitateria. 

caritatero,  a.,  el  que  obtenía  cierta  antigua  dignidad,  en 
la  iglesia  metropolitana  de  la  Seo  de  Zaragoza.  La  edi- 
ción del  Diccionario  de  la  Academia  de  1869,  la  da  como 
española. 

carian,  a.,  cusios  castri,  seu  illius  Gubernator  in/euda- 
ius,  los  cuales,  íuera  del  condado  de  Ribagorza,  se  co- 
nocían, en  otros  puntos,  con  el  nombre  de  castellanos. 
La  Academia  dice,  que  es  el  que,  en  algunas  partes  de 
la  Corona  de  Aragón,  tiene  cierta  jurisdicción  y  dere- 
chos, en  algún  territorio. 

carlanía,  a.,  dignidad;  territorio  y  jurisdicción  del  Carian. 

carmenar,  n.,  escarmentar  á  uno;  haberle  dado  un  golpe 
fuerte,  un  pellizco,  etc.:  en  Castilla  repelar:  la  Acade- 
mia admite  la  voz  escarmenar, 

carne,  n.,  en  el  juego  del  marro,  la  presa  que  se  hace  en 
los  contrarios. 

carnerario,  a.,  osario. 

carnerera,  n.,  esquila  que  llevan  los  carneros. 

carnero,  a.,  piel  de  carnero  curtida:  ||  n.,  vaso  carnero, 
sepultura. 

carnuz,  carne  muerta  y  ya  corrompida,  y  principalmente, 
el  cadáver  de  algún  animal  empezado  á  mondar:  se  usa 
decir,  huele  á  carnu:[. 

carpeta,  a.,  cubierta  de  carta  ó  pliego. 

carrada,  n.,  carraca:  ||  n.,  achaquiento. 

carrada,  d.,  carraza  ó  ristra. 

carramanchones  (Á),  estar  sobre  una  cosa  á  horcajuelas 
ó  perniabierto;  por  ejemplo:  ponerse  á  carramanchones 
sobre  la  lumbre: — también  hemos  oído  la  voz  escarra- 
manchado,  que  sin  embargo  no  incluimos. 


o  191 

carraña,  d.,  ira;  enojo:  jl  d.,  persona  propensa  á  estas  pa- 
siones. 

carrañar,  d.,  regañar. 

carrañón,  d.,  y  carrañoso;  n.,  regañón. 

carraón,  fruto  cereal  de  escasa  importancia,  que  se  cría 
en  tierras  pobres. 

carrasquilla,  n.,  planta  medicinal  que  se  cría  con  abun- 
dancia en  los  montes,  y  comúnmente  se  emplea  con 
mucho  éxito  para  refrescar  y  disminuir  la  sangre. 

carraza,  d.,  ristra. 

carrazo,  d.,  racimillo;  principalmente  de  uvas. 

carrazón,  n.,  aparato  para  colocar  y  ayudar  á  la  romana 
en  las  grandes  pesadas:  ||  la  misma  romana. 

carrete  (dar)  ,  n.,  dar  pie  para  que  se  hable  mucho  de  una 
cosa,  con  objeto  de  enterarse  de  ella  ó  de  comprometer 
con  sus  explicaciones  al  que  habla. 

carretillas,  n.,  las  cuatro  variedades  de  la  estirpe,  medi- 
cago  polymorpha, 

carta  de  gracia,  a.,  pacto  de  retrovendendo,  en  fuerza 
del  cual,  el  vendedor  puede  volver  á  adquirir  la  cosa 
vendida,  siempre  que  entregue  el  precio.  [1  Carta  de 
RAFEz,  la  Declaración  del  Privilegio  general  dice:  itenif 
como  las  cartas  de  rafez  se  clamen  falsas  por  ra\on 
de  su  poca  pena  y  que  es  puesta  en  el  fuero  contra 
aquellos  que  redar guecen  aquellas  de  falso ^  etc. 

cartuario,  n.,  cartulario  ó  libro  becerro,  úsala  entre  otros, 
Latassa,  y  la  cita  Ducange,  apoyado  en  Moret. 

casa  de  labor,  Granja-modelo;  según  se  desprende  de  ha- 
ber publicado  Jerónimo  Ardid  en  el  siglo  xvi  i,  Funda- 
ción  de  la  casa  de  labor  que  ahora  se  llama  de  Admi- 
nistración y  en  Zaragoza. 

casa  y  tinelo,  a.,  antepuesto  el  verbo  tener,  significa  dar 
de  comer  á  todo  el  que  quiera  ir:  tener  mesa  franca. 

casada,  a.,  casa  solar,  de  donde  toma  origen  algún  li- 
naje; ant. 

casal,  p.,  solar;  edificio  de  casa  arruinada. 

casamuda,  n.,  el  acto  de  cambiar  de  domicilio  ó  habita- 
ción: II  dícese  generalmente,  estar  de  casamuda;  ocupar 
mucho  la  casamuda.  Los  fueros  usan  esta  palabra,  aun 
considerándola,  como  traslación  de  un  pueblo  á  otro. 

casca,  p.,  cascara. 


192  C 

cascamajar,  a.,  quebrantar  una  cosa,  machacándola:  ¡1  n., 
metafóricamente,  explicar  con  minuciosidad  una  cosa; 
insistir  en  ella  más  de  lo  necesario. 

cascar,  n.,  dedicarse  con  preferencia  á  una  cosa,  como  se 
ve  en  las  frases  cascarle  al  pan;  cascarle  al  Derecho 
romano^  etc. 

cascucia,  n.,  tunda;  de  cascar^  voz  castellana. 

casera,  a.,  ama  ó  mujer  de  gobierno  que  sirve  al  hombre 
solo,  principalmente  si  es  sacerdote. 

casero,  n.,  el  que  ocupa  alguna  caseta,  en  portazgo  y  pon- 
tazgo. 

castellán,  a.,  castellano  ó  gobernador  de  un  castillo:  se 
usa  sólo  en  la  orden  de  San  Juan,  en  Aragón,  hablando 
del  Castellán  de  Amposta. 

casual,  a.,  aplícase  á  las  firmas  ó  decretos  judiciales  ex- 
pedidos al  fin  de  impedir  algún  atentado. 

cataplasmero,  n.,  el  encargado  en  el  Hospital  de  la  con- 
fección y  aplicación  de  las  cataplasmas:  ||  n.,  zalamero; 
hazañero. 

catastro,  oficina  y  registro  de  la  propiedad:  H  en  español, 
contribución  general. 

catorcén,  n.,  se  dice,  del  madero  que  tiene  veintiocho 
palmos  de  longitud:  esa  palabra  suele  usarse  compara- 
tivamente, diciendo  de  los  niños  vohnslos  pesa  más  que 
un  catorcén. 

causar,  a.,  hacer  causa  ó  proceso. 

cavandero,  hombre  del  campo:  1|  leemos  esta  palabra  en 
un  papel  inédito  copiado  por  Latassa,  y  que  D.  Valen- 
tín Garderera  atribuye  al  deán  Larrea. 

caza,  n.,  lebrillo. 

cazada,  n.,  golpe  decisivo  ó  mortal;  y  así  se  dice,  de  una 
ca:{ada  va  abajo  esa  puerta;  ¡qué  lástima  de  ca:{ada  d 
ese  perverso! 

cazamoscas,  n.,  papamoscas:  pertenece,  entre  los  ani- 
males invertebrados,  á  la  clase  de  las  aves,  orden  délos 
pájaros,  familia  de  los  dentirrostros,  genero  de  los  pa- 
pamoscas, en  cuyas  numerosas  variedades  se  cuenta. 

cazcarrias,  véase  zarrias. 

cazeno,  metal  parecido  á  plata,  según  documento  de  1061 . 

cazuela,  d.,  cacharro. 

cazuelo,  d.,  cacharro. 


o  193 

ceaja,  cabra  que  aun  no  ha  cumplido  un  año. 

cebada-marcial,  n.,  la  que  se  siembra  en  Marzo,  y  se 
cría,  por  lo  mismo,  en  menos  tiempo. 

cebollada,  n.,  planta  descrita  por  Asso. 

cebollino,  a.,  precedido  de  la  palabra  arráncate^  significa 
el  juego  de  arráncate,  nabo. 

cedacillo  n.,  planta,  bri\a  media, 

cegallo,  n.,  véase  segallo. 

cegama,  n.  cegato.^ 

celacequias,  n.,  véase  zabacequias  y  cabecequia. 

cena  del  rey,  a.,  tributo  para  la  mesa  del  rey,  equiva- 
lente en  Aragón  y  Navarra  al  de  yantar,  conocido  en 
Castilla:  en  Navarra  se  llamaba  cena  de  salvedat  y  se 
daba  también  á  los  ricos-hombres,  cuando  llegaban  á 
sus  gobiernos.  También  se  llama  cenas  reales. 

cencivera,  cierta  clase  de  uva  menuda  y  temprana.  Suele 
decirse,  cuando  la  mora  envera,  cerca  está  la  cencivera. 

cenero,  d.,  terreno  no  pacido. 

centenar  y  centenero,  d.,  cuenda  de  madejas. 

censal,  a.,  censual:  {|  a.,  censo. 

censalista,  a.,  censualista. 

ceñar,  d.,  guiñar;  hacer  señas:  se  halla  en  documentos 
aragoneses,  que  inserta  el  Memorial  de  la  Academia  de 
la  Historia. 

cepilladizo,  cepilladuras:  lo  hemos  visto  en  algunos  anun- 
cios; fSaldubense  21  de  Noviembre  de  1860). 

ceprén,  d.,  palanca. 

ceprenar,  d.,  mover  ó  sostener  algo,  con  cualquiera  pa- 
lanca ó  cuña. 

cequiario,  n.,  el  oficial  encargado  del  cuidado  de  las 
cequias. 

cerámico,  n.,  escrupuloso;  irresoluto;  persona  para  poco. 

cercarse,  acercarse:  pudiera  suprimirse  aquí  esta  voz, 
por  ser,  al  parecer,  un  barbarismo  y  excluirse  en  gene- 
ral éstos,  pero  hay  alguna  razón  para  incluirla:  aquí  se 
verifica  una  aféresis,  como  en  acontentar,  aconsoladOy 
etcétera,  se  comete  una  prótesis. 

cercillo,  c,  zardillo. 

ceremeña,  n.,  avugo,  en  algunas  localidades. 

ceremeño,  n.,  avuguero. 

cereño,  fuerte;  (voz  que  se  nos  ha  comunicado). 

13 


194  C 

cerchear,  n.,  ceder  las  vigas  que  sustentan  algún  peso. 

cerpa,  d.,  con  aplicación  á  la  lana,  se  dice  de  la  que  puede 
cogerse  con  los  dedos. 

cerrado,  n.,  se  aplica  á  la  res  que,  pasando  de  los  cinco 
años,  ya  ha  dentado  y  no  da  á  conocer  la  edad,  por  el 
número  de  sus  dientes. 

cerrar,  n.,  echar  una  res  todos  los  dientes:  la  Academia 
limita  esta  significación  á  las  caballerías. 

cerro,  n.,  remate;  tejadillo  ó  vertedero  que  corona  las 
tapias  ó  paredes,  expuestas  á  la  intemperie. 

cía,  d.,  silo. 

cibiaca,  d.,  andas;  parihuelas. 

ciclón,  n.,  ciclan:  |I  n.;  la  res  que  tiene  un  testículo  interno 
y  otro  externo,  ó  ambos  internos:  |¡  la  Academia  llama 
rencoso^  al  cordero  de  la  primera  clase. 

cicures,  n.,  mansos  domesticados:  ||  úsase  por  los  mon- 
tañeses en  sentido  recto  y  figurado,  como  entre  los 
latinos. 

ciento  en  un  pie,  n.,  clavel  menor  que  el  ordinario,  el 
^cual  brota  en  grupos  y  tiene  el  tallo  más  oscuro. 

cierro,  n.,  copo;  en  la  primera  acepción  de  esta  palabra: 
II  n.,  uno  de  los  lances  en  el  juego  del  dominó  (véase 
encerrona). 

cija,  a.,  prisión  ó  calabozo  angosto. 

cimbel,  en  la  frase  dar  cimbel  significa  dar  guerra;  bus- 
car ruidos;  provocar  á  enojo. 

cing;la,  cincha  (voz  ant.) 

cintero,  a.,  braguero. 

ciquillín,  gavilán  ó  alcotán:  lo  hemos  oído  en  Leciñena. 

circunducto,  n.,  se  dice  de  lo  que  queda  desvanecido  ó 
sin  efecto  por  transcurso  de  término,  como  el  decreto 
de  Aprehensión  si  no  se  ejecutaba  en  los  treinta  prime- 
ros días. 

ciriuelo,  d.,  libro  de  cerilla. 

cisco  (mover),  n.,  armar  pendencia  ó  discordia;  andar  al 
estricote. 

cisterno,  n.,  se  dice  del  artículo  de  propiedad  para  los 
que  ya  litigaron  íen  el  proceso  de  Aprehensión)  en  al- 
guno de  los  artículos  anteriores;  á  diferencia  del  ex- 
terno, que  es  para  aquellos  que  ó  no  litigaron  ó  deducen 
después  nuevo  derecho. 


i95 


clamor,  d.,  barranco  6  valle  que,  con  las  lluvias  copiosas, 
forma  un  grande  arroyo. 

claraboya,  n.,  alabastro. 

clarearse,  n.,  tener  mucho  apetito. 

clarizca,  n.,  se  dice  de  la  pedrezuela  lisa  y  brillante. 

clauquillador,  a.,  el  que  antiguamente  sellaba  los  cajones 
en  la  Aduana. 

clauquillar,  a.,  sellar  los  cajones  ó  bultos  en  la  Aduana: 
los  catalanes  decían  cauquillador ,  cauquillar  y  cauqui- 
lia:  también  cloquíllar. 

claustrillo,  n.,  salón  destinado  en  la  Universidad  para 
toda  clase  de  ejercicios  en  los  grados,  menos  para  la  in- 
vestidura, que  se  da  en  el  Teatro  mayor.  D.  Manuel 
Vicente  Aramburu  le  llama  también  Sala  Capitular  de 
la  Universidad. 

clavellina,  a.,  hierba  ó  planta  de  donde  nacen  los  claveles. 

clavijera,  a.,  abertura  practicada  en  las  tapias  de  los 
huertos  para  que  entre  el  agua. 

cleriguete,  n.,  cierta  ánade,  abundante  en  la  estanca  de 
Alcañiz. 

clocarse,  n.,  ponerse  en  cuclillas. 

cloquetas  (en),  n.,  en  cluquillas. 

cobar,  d.,  cobijar. 

coca,  n.,  cualquiera  golosina  que  se  ofrece  á  los  niños. 

cocer  (maldito  de),  n.,  se  dice  del  muchacho  perverso, 
mal  inclinado  ó  demasiado  impaciente. 

cocinilla,  p.,  alcobilla  6  chimenea. 

coció,  d.,  cuenco. 

cocón,  n.,  coco,  en  sentido  de  t fantasma  que  se  figura 
para  meter  miedo  á  los  niños.» 

cocona,  d.,  se  denomina  de  ese  modo  á  la  nuez  vana:  || 
n. ,  salir  la  nue{  cocona;  frase  con  que  se  denota  que 
algún  negocio  no  ha  correspondido  al.  deseo,  á  la  pro- 
babilidad ó  á  la  esperanza. 

cocote,  a.,  cogote:  esa  palabra  está  ya  como  castellana 
en  las  últimas  ediciones:  Cervantes  usa  del  verbo  aco- 
cotar. 

cocha,  n.,  el  perol  en  que  se  elaboran  algunos  efectos  de 
confitería. 

cochamandrero,  n.,  entremetido;  oficioso;  amigo  de  ma- 
nejarlo todo. 


196  C 

coda,  a.,  cola:  es  de  uso  general,  en  el  lenguaje  de  la  música, 

codero,  se  aplica  al  labrador  ó  al  campo,  que  son  postre- 
ros en  el  riego. 

COdijo,  se  usa  en  la  frase  no  tener  hijo  ni  codijo,  para  in- 
dicar que  no  se  tiene  descendencia,  ni  familia  á  que  uno 
esté  obligado. 

COg;er,  c,  caber:  II  n.,  coger  el  tiento  6  tomar  el  tiento^ 
frase  que  equivale  á  la  de  tomar  el  corriente,  que  se  ex- 
plica en  su  lugar. 

cop^ullada,  d.,  cogujada. 

coizo,  cogote. 

cola  de  rata,  (véase  viñazuela). 

coladiUa)  n. ,  pepitoria.^ 

colambre,  n.,  rasuras  ó  heces  del  vino:  |i  n.,  estar  de  co- 
lambre ó  colambrijo,  estar  de  colada. 

colaque,  quizá,  cerco  6  aro:  es'voz  que  se  usa  en  los  aran- 
celes antiguos. 

colodro,  (ant.,  según  la  Academia  de  i832)  a.,  medida 
para  los  líquidos:  ||  n.,  taza  ancha  de  poca  altura  y  sin 
asas:  en  español,  colodra. 

collete,  d.,  alzacuello. 

CoUida,  n.,  en  aquella  misma  cortfué  feita  declaración 
en  la  collida  del  común  jus  esta  forma,  dice  el  Códice 
de  los  Privilegios  de  la  Unión. 

collilargo,  n.,  variedad  de  las  ánades:  anas  acuta. 

comanda,  n.,  obligación  ó  escritura  de  préstamo  que,  so- 
bre ser  muy  privilegiada,  no  tiene  término  contra  el 
acreedor. 

combalache,  n.,  confabulación  ó  acuerdo,  generalmente 
en  mal  sentido:  |1  tiene,  como  se  ve,  alguna  conexión 
con  el  cambalache  castellano. 

comisario  foral,  n.,  el  encargado  de  administrar  los  bie- 
nes, en  el  juicio  de  Aprehensión. 

compañía  de  alpargata,  a.,  compañía  de  gente  ruin,  que 
desampara  á  los  demás,  cuando  más  necesaria  es  su  asis- 
tencia. Por  ampliación,  se  dice,  familiarmente,  de  cual- 
quiera. 

compás,  n.,  distancia;  ("Ordinaciones  de  Zarago^aJ. 

comprero,  n.,  comprador. 

compromís,  n.,  compromiso,  en  su  acepción  vulgar  y  en 
la  forense;  el  plural  es,  compromises. 


C  «7 

comunidades,  cuerpos  gubernativos  (en  Teruel,  Daroca, 
Albarracín  y  Calatayud)  compuestos  de  siete  ú  ocho 
solariegos  trienales,  presididos  por  el  corregidor,  para  el 
gobierno  económico  y  político,  con  jurisdicción  ordina- 
ria. (Ponz,  Viaje  á  España,  tomo  XIII). 

COncarar,  n.,  confrontar;  carear. 

concello,  n.,  concejo. 

concieto,  d.,  apetito,  semejante  al  de  las  mujeres  preñadas. 

cónclave  ó  conclavi,  cámara  ó  aposento. 

concomerse,  n.,  (véase  reconcomerse). 

condenado^  n.,  perverso;  violento;  con  relación  al  genio, 
carácter,  maña,  voz,  etc. 

condenar,  n.,  irritar;  disgustar;  enfadar;  y  así  dice  un 
poeta  anónimo,  que  hemos  visto  m.  s.: 

Diré  yo  que  te  condena 
que  se  grite  contra  el  vicio. 

Herrera  (edición  de  1870),  dice: 

Y  lo  que  más  me  condena 
es  el  bien  de  la  memoria. 

conduz,  se  lee  esta  voz  en  los  Cabreos  y  parece  significar 
cierto  género  de  tela  ó  tejido. 

confítado,  n.,  conserva  de  fruta  en  almíbar;  confitura:  || 
creído  ó  confiado  en  algún  suceso  favorable:  es  muy  co- 
mún decir,  por  ej.,  estaba  muy  confitado  en  heredar  á 
un  tío  y  pero  se  llevó  chasco. 

confitar,  n.,  cocer  las  frutas  en  almíbar. 

conformidad,  modo  ó  manera:  hágame  V.  un  sombrero 
de  esta  conformidad;  de  esa  conformidad  y  habiendo  he- 
redado tanto f  ya  pueden  gastar  lujo. 

congreñe,  aparato  de  madera  (también  se  hace  ya  de  hie- 
rro) de  dos  cuairones  ó  listones  paralelos,  entre  los  cua- 
les se  ponen  piezas  que  se  han  encolado  para  que,  suje- 
tas allí  por  tornillos,  lleguen  á  trabarse  con  fuerza. 

conservación,  n.,  distrito  y  fuerzas  de  que  disponía  cada 
uno  de  los  Conservadores  de  la  Unión. 

conservadores,  n.,  los  jefes  de  la  Unión,  ó  digamos,  su 
Junta  presidencial  ó  directiva. 

consiente,  n.,  consencientc;  el  que  consiente  ó  se  hace 
cómplice  en  alguna  cosa. 


W8  C 

consonante  (al),  se  usa  en  frases  como  ésta:  alli  todos 
los  gastos  pan  al  consonante;  tenía  buen  caballo,  buena 
escopeta  y  todo  asi  al  consonante. 

COnstrecha,  apremio:  también  constreyta.  La  Academia 
admite  constreñir;  apremiar  ó  compeler. 

consueta,  a.,  añalejo,  que  contiene  el  orden  de  rezar  el 
oficio  divino:  |I  p.,  apuntador  en  las  compañías  teatrales. 

contornar,  revolver  la  parva  para  que  se  vaya  trillando 
toda  por  igual. 

contornillo,  se  usa  en  la  frase,  poner  d  uno  en  un  contor- 
nillOf  equivalente  á  la  de  ponerle  en  un  aprieto,  apuro  ó 
compromiso. 

contra,  n.,  cuanto;  y  así  se  dice  contra  más  pobre  más 
generoso;  contra  más  frío  hace  y  más  se  agrava. 

contracarta,  n.,  escritura  que  limita  los  efectos  de  la  co- 
manda. 

contrafírma,  a.,  inhibición  contraria  a  la  de  la  firma. 

contrafírmante,  a.,  la  parte  que  tiene  esa  inhibición. 

contrafirmar,  a.,  ganar  inhibición  contraria  á  la  de  fir- 
ma: suele  decirse  contrafirmar  de  derecho. 

contramarcar,  (véase  marcas). 

contraparientes,  parientes  remotos,  ó  parientes  de  pa- 
rientes. 

contrayerba,  n.,  pedimento  contrario  al  apellido  en  el 
proceso  de  Aprehensión. 

COntumido,  dolorido;  sin  bastante  acción  en  los  miembros 
á  causa  de  algún  golpe  ó  fatiga. 

convenido,  n,,  emplazado  ó  citado  de  una  manera  obli- 
gatoria: en  Castilla  se  usó  la  frase  parecida  convenir  á 
alguno  en  juicio;  ponerle  demanda  judicial. 

COnvenienciudo,  el  poltrón,  amigo  de  demasiadas  como- 
didades: se  dice  generalmente,  convenenciudo . 

convenir,  acusar  ó  demandar. 

convolar  (Á  segundo  matrimonio),  d.,  contraer  segundo 
matrimonio. 

coqueta,  a.,  palmeta  ó  golpe  que  dan  los  maestros  con  el 
plano  déla  férula  ó  palmeta  en  la  palma  de  la  mano:  = 
a.,  panecillo  de  cierta  hechura:  I|  n.,  asegurar  la  co- 
queta, adquirir  un  buen  pasar  seguro  (antes,  meterse 
fraile). 

coral,  n.,  se  dice  fino  como  un  coral ^  del  que  es  muy  tes- 


C  599 

tarudo  ó  muy  suyo:  la  Academia  lo  refiere  á  la  persona 
astuta  y  sagaz:  el  poeta  aragonés  Pedro  Torrella  dice: 

Car  en  mon  sor 

Vosjport  amor  tan  Jiña  é  tan  corall. 

(Cancionero  inédito,  pág.  201.) 

Puede  significar  aquí  tan  del  corazón;  pero  Lope  dice 
en  los  7 ellos  de  Meneses: 

¡Oh!  buen  nieto;  ¡vive  Dios! 
Que  es  fino  como  el  coral. 

coralina,  n.,  pimiento  rojo  y  picante;  guindilla. 

corea,  n.,  carcoma. 

corearse,  d.,  se  dice  de  la  madera  cuando  la  roe  el  gusano. 

cordel,  n.,  se  dice  cordel  valenciano  y  cordel  de  punta  de 
a^ote,  con  alusión  á  dos  géneros  de  cuerda,  que  por  su 
buena  elaboración  tienen,  proporcionalmente,  más  re- 
sistencia que  diámetro:  ||  n.,  cañada  ó  cabañera. 

COrderetas  (en),  á  horcajadas,  una  persona  sobre  otra. 

cordoncillo,  el  picado  fino  que  se  hace  en  la  muela  para 
que  dé  muy  pulverizada  la  harina. 

coritatis  (en),  n.,  en  carnes;  en  cueros. 

corneta,  n.,  guindilla;  pimiento  de  Indias. 

COrralizar,  n.,  encerrar  ganado  en  los  corrales. 

corredor,  a.,  pregonero. 

corregüela,  n.,  enredadera;  planta. 

correnciar,  n.,  filtrarse  el  agua  de  un  campo  en  otro. 

correndero,  n.,  se  dice  del  que  muestra  diligencia  cuando 
no  es  preciso. 

correntia,  a.,  inundación  artificial  cuando,  después  de 
segar  y  antes  de  la  primera  labor,  se  llena  el  campo  de 
agua  para  que,  pudriéndose  con  el  rastrojo  y  raíces, 
sirva  de  abono. — En  italiano  corriente  del  agna. 

correntiar,  a.,  hacer  correntías.  Hay  ríos  que,  como  el 
Nilo,  se  desbordan,  produciendo  correntías  naturales. 

correr-burro,  n.,  extraviarse;  perderse  una  cosa,  gene- 
ralmente por  malicia  de  alguien.  —  Hemos  visto  esa 
frase  en  un  artículo  deZa  América^  firmado  por  J.  Ra- 
mírez. 

corrible,  n.,  corriente:  se  aplica  á  la  moneda,  según  lo 
hemos  visto  en  documentos  manuscritos. 


200  C 

corriente,  n.,  arroyo  ó  centro  de  la  calle:  es  sustantivo 
masculino:  ||  n.,  se  dice  tomar  el  corriente  ó  tener  to- 
mado el  corriente  para  denotar  que  se  toma  el  tiento  á 
alguna  cosa,  ó  que  ya  se  comprende  la  marcha  de  los 
negocios  en  algún  oficio. 

corrinche,  d.,  corrincho;  círculo  de  gente. 

corro,  c,  corrincho:  Un.,  trecho  ó  trozo  de  tierra  con 
destino  al  cultivo. 

corromper,  n.,  aburrir;  importunar;  disgustar;  por  ejem- 
pío:  tne  corrompe  para  que  le  venda  la  casa;  me  co- 
rrompe haciéndome  vestir:  II  n., CORROMPERSE,  asustarse; 
es  VOZ  local. 

COrrotilla,  hierba. 

cortada,  n.,  rebanada;  corte  de  pan,  melón,  sandía,  etc. 

corte,  n.,  se  llamaba  Corte  del  Justicia  á  su  Tribunal, 
compuesto  de  sus  Lugartenientes  y  Asesores. 

corva,  n.,  una  de  las  partes  de  que  se  compone  el  arado. 

corvatiella,  n.,  una  de  las  variedades  del  cuervo. 

corvillo,  n.,  espuerta  de  mimbres. 

coscarana,  a.,  torta  muy  delgada  y  seca,  que  se  quiebra 
y  cruje  al  mascarse. 

coscón,  n.,  hombre  entrado  en  días;  viejo  marrullero. 

COSCuUo,  hueso  de  la  fruta:  se  usa  en  las  montañas  del 
Pirineo. 

cosero,  d.,  arroyo  para  regar  los  campos. 

cosirar,  buscar. 

coso,  d.,  calle  que,  por  su  anchura  y  extensión,  suele  ser 
la  principal  en  algunas  ciudades. 

cospillo,  a.,  orujo  de  la  aceituna,  después  de  molida  y 
prensada:  se  usa  en  la  frase  más  bruto  que  el  cospillo, 

cosquijo,  n.,  cosquillo,  en  algunas  localidades. 

costumbre,  n.,  en  Aragón  se  usa  frecuentísimamente 
como  masculino:  en  italiano  se  usa  costume  como  mas- 
culino, y  costuma  y  costuman^a  como  femenino. 

cotonas  (en),  (véase  en  corderetas). 

coti,  n.,  mallo;  juego. 

cotildeque  (de),  d.,  clase  ínfima,  en  un  mismo  título,  de 
nombre,  autoridad,  dignidad,  etc. 

coto,  n.,  número  de  partidas  estipulado  en  algunos  jue- 
gos, como  límite  ó  como  tipo,  para  las  pérdidas  y  ga- 
nancias: se  dice  coto  de  tres  y  dos;  de  cinco  y  tres,  etc. 


201 


cotorrero,  cotorrera,  n.,  se  dice  del  que  ó  de  la  que 
asiste  á  toda  diversión  y  quiere  verlo  y  saberlo  todo. 

cotorrón;  cotorrona,  n.,  la  misma  significación  y  la  de 
hablador  desordenado. 

coudear,  medir:  viene  de  coudo,  codo. 

cozuelo,  n.,  género  de  tributo  ó  pecha,  que  hemos  visto 
mencionado  en  una  carta  de  franqueza,  otorgada  á  i6 
de  Marzo  de  i258. 

crabonera,  n.,  esquila  que  llevan  los  machos  cabríos  que 
van  á  la  cabeza  de  los  rebaños  de  primales  y  borregos. 

crebol,  a.,  acebo;  a'rbol. 

cremallos,  d.,  cadena  de  la  cual  pende  la  caldera  puesta 
al  fuego. 

cresarse,  d.,  corearse;  querarse  ó  pulverizarse  la  madera. 

cresta,  parte  superior  del  propalo  en  donde  entra  la  na- 
vija. 

criazón^  n.,  cría,  según  vemos  en  un  documento  de  i238, 
en  donde  dice  criazones  de  bestiar,  \o  es  de  potro,  de 
polino,  etc.  La  Academia  dice  que  significa  familia. 

crío,  n.,  niño:  también  se  dice  cria,  sin  diferencia  de  sexo. 

crucera,  parece  ser  cruz  de  la  espada:  en  un  cartel  por  el 
A.  B.  C.,  de  Torrellas,  se  pone  entre  las  condiciones 
del  duelo,  espada  de  cuatro  palmos  y  crucera  llana. 

crudo,  p.,  en  algunas  partes,  la  fruta  sin  sazón. 

crujida,  n.,  se  da  este  nombre  á  las  enfermedades  graves, 
que  han  tenido  un  término  feliz. 

crujillón,  cierta  variedad  de  la  uva. 

cuaderna,  a.,  la  cuarta  parte  de  alguna  cosa,  especial- 
rnente  de  pan  y  dinero:  ||  d.,  moneda  de  ocho  marave- 
dises: II  d.,  el  prest  de  los  presos. 

cuaire,  n.,  cuasi,  en  algunas  localidades. 

cuairón,  cada  una  de  las  piezas  que  resultan  de  aserrar 
un  madero  por  la  cruz,  qne  se  traza  ó  se  supone  tra- 
zada, en  la  sección  latitudinal:  concuerda  con  el  cuar- 
tóriy  que  incluye  la  Academia,  y  con  el  cabiró  catalán. 

cuajaleche,  n.,  planta  muy  común;  galium  verum, 

cuajada,  n.,  composición  con  leche  y  con  el  cuajo  añejo 
del  cordero  mamón. 

oualio,  cuajo:  lo  usa  Ebn  Buclarix. 

cuartación,  tributación  del  4  por  100,  que  se  daba  en  el 
Arcedianato  de  Calatayud  al  obispo  por  todo  diezmo, 


202  C 

y  que  arrancaba  desde  el  Fuero  otorgado  por  AUonso 
el  Batallador  en  ii3i:   todo  según  el  erudito  D.  Vi- 

.     cente  La  fuente. 

cuartear,  d.,  cuartar;  sacar  la  cuarta  parte  de  la  décima. 

cuarteador,  d.,  el  encargado  de  esa  operación. 

cuartizo,  n.,  la  esquila  que  tiene  formas  rectangulares. 

cuartos,  n.,  se  usa  en  la  expresión  caerse  á  cuartos,  que 
equivale  á  la  castellana  de  la  Academia,  irse  6  caerse 
cada  cuarto  por  su  lado. 

cuaternado,  n.,  lo  que  consta  en  cuadernos  ó  registros. 

cuatrimudado,  n.,  se  dice  de  la  res  que  entra  en  los  tres 
años  y  que  ha  mudado  cuatro  dientes:  también  toma 
el  nombre  de  andosco;  palabra  que  no  incluimos  por 
ser  corrupción  de  la  castellana  adosco. 

cuba;  n.,  palabra  que  en  son  de  adverbio,  se  emplea  como 
sinónimo  de  basta,  no  hay  más,  principalmente,  alu- 
diendo á  lo  que  se  come. 

cuberil,  n.,  se  dice  del  clavo  cuya  marca  es  entre  el  tirado 
y  el  át  pontón;  tiene  un  decímetro  de  longitud  y  es  sen- 
cillo ó  doble,  según  su  diámetro. 

cubiculario,  n.,  catedrático,  en  lo  antiguo. 

cubierta,  n.,  al  parecer,  escritura  ó  documento  cerrado, 
pues  en  las  Observancias  se  lee:  quodfuerat  pactum  in 
ñde  vel  pro  cvBiERT A. 

cuoiertos,  n.,  soportales. 

cubilar,  n.,  cubil. 

cubrecama,  colcha  de  tela  ó  punto,  que  se  pone  sobre 
los  abrigos  de  la  cama. 

cucar,  n.,  guiñar  ó  cerrar  un  ojo. 

CUCO,  c,  cuclillo:  II  n.,  familiarmente  se  usa  esta  voz  para 
designar  á  un  hombre  taimado,  experto,  calculista  y 
solapado. 

cuchara  de  pastor,  n.,  planta;  centaurea  conifera. 

cucharero,  n.,  zurrón  ó  bolsa  de  piel,  en  que  los  pasto- 
res llevan,  no  sólo  las  cucharas  de  palo  que  ellos  mis- 
mos tallan,  sino  también  otros  útiles  para  comer:  H  n., 
pequeño  aparador  portátil,  en  que  se  colocan  los  cu- 
biertos de  palo,  las  especias  y  almirez. 

cuchareta,  renacuajo;  animálculo  infusorio;  muchacho 
entremetido. 

cucharetear,  meterse  en  todo. 


o  203 

cuchitril,  n.,  cuartucho;  en  Castilla,  pocilga  de  cerdos, 
de  donde  se  ha  tomado,  metafóricamente,  aquella  sig- 
nificación. 

cudición,  acuñación  de  la  moneda.  {'Fueros  de  Ara* 
gón,  335). 

cudea,  Jaca  pidió  no  dar  peaje  ni  cudea,  según  leemos  en 
una  colección  de  Privilegios  de  Aragón. 

cudujo,  n.,  voz  cariñosa,  con  que  se  designa  ó  lisonjea  á 
los  niños  de  corla  edad,  cuando  ostentan  su  hermosura 
y  sobre  todo  su  precocidad  ó  sus  hechizos. 

cudujón,  n.,  el  ojo  ó  bolsa  de  la  manta,  (que  en  docu- 
mentos oficiales  hemos  visto  llamarse  corujónj;  el  de 
cada  lado  de  la  alforja;  y  aun  el  esportón:  en  castellano, 
cogujón. 

cuenco,  a.,  cuezo  para  colar:  ||  a.,  canasta  de  colar. 

cuenta,  n.,  d ícese  en  cuenta  de,  por  en  ve:{  de  6  en  lugar 
de,  como  Zurita,  mucho  me  duele  que  y  teniéndoos  en 
CUENTA  de  padre^  me  digáis  semejantes  palabras.  Se 
usa  en  frases  como  ésta:  Le  vi  tan  necesitado ^  que  en 
CUENTA  (ó  á  cuenta)  dc  pedirle  lo  que  me]debía,  le  di  de 
mi  bolsillo. 

cuento,  n.,  el  conjunto  de  treinta  haces  de  leña  floja, 
principalmente,  romero. 

cuero,  se  usa  en  la  frase,  á  toma  cuero,  dar  peonada  por 
otro,  estando  á  la  recíproca. 

CuescO)  d.^  cospillo:  en  Castilla,  la  piedra  redonda  en 
que  la  viga  aprieta  los  capachos. 

cuezo,  d.,  coció  ó  cuenco. 

cugucia,  cierto  derecho  contra  los  bienes  de  la  adúltera: 
en  Cataluña  llámase  cugur,  en  cut  y  cocut,  al  marido 
engañado;  íjue  es  el  cocu  francés  de  Moliere. 

cuitar,  d.,  reja  para  arar,  cuando  la  tierra  está  seca. 

cuitre,  n.,  buey:  se  usa  en  las  Ordenanzas  agrarias  de 
Zarago:{a  y  en  documentos  navarros. 

cular  (morcilla),  n.,  morcón:  ||  n.,  morcilla  cular  á  mu^ 
chos  la  ofrecen  y  á  pocos  la  dan;  proverbio. 

culeca,  n.,  clueca:  ||  n.,  torta,  en  cuya  tapa  se  suelen  po- 
ner huevos  duros:  en  Valencia  y  Murcia  mona,  según 
la  Academia. 

culera,  n.,  la  parte  del  pantalón  correspondiente  á  las 
aposentaderas. 


204  C 

culeraza,  hombre  descuidado,  flojo,  desaseado,  falto  de 
energía. 

culo  psjarero  (Á),  se  dice,  para  indicarle  desnudo. 

culturar,  a.,  cultivar;  labrar  la  tierra. 

cullete,  volteo  ó  volteta. 

cumplido,  n.,  la  sala  principal  y  gabinetes  adyacentes 
en  que  se  recibe  á  las  visitas,  que  no  son  de  confianza: 
II  n.,  cumplimiento;  y  así  se  dice,  visitas  de  cumplido; 
relaciones  de  cumplido;  persona  de  cumplido, 

cunar,  d.,  mecer. 

cuquera,  n.,  gusanera. 

curcullo,  n.,  se  dice  del  que  está  doblado,  encogido,  ó 
hecho  un  ovillo:  ||  coscullo. 

curcullón,  n.,  cada  punta,  generalmente  atada,  del  fondo 
del  saco  ó  talega 

curcusido,  zurcido  ó  remiendo,  ejecutado  torpemente:  la 
Academia  admite  en  este  sentido,  el  verbo  cusir, 

curro,  manco  de  sólo  la  mano. 

currusco,  cuscurro. 

cursiera,  parece,  mantilla  del  caballo,  ó  quizás  los  jaeces 
ó  arreos  de  gala,  como  riendas,  pretal,  etc..  Bartolomé 
Argensola,  en  su  descripción  del  torneo  de  i63o,  usa 
esta  voz,  así,  en  los  siguientes  pasajes:  caballo  rucio 
con  silla  y  CURSIERA  del  mismo  raso;  caballo  cuya  silla 
CURSIERA  r  codón  eran  de  terciopelo  verde;  era  un  caba- 
llo morcillo  con  silla  y  guarniciones  cvrsier  as  pardas, 
bordadas  de  plata;  caballo  castaño  adere:{ado  con  silla 
y  guarnición  cursiera.  Hemos  aglomerado  estas  citas, 
porque  las  dos  primeras,  no  casan  completamente  con 
las  otras. 

curto,  a.,  rabón  ó  corto.  Con  la  frase  alábate^  curto,  que 
la  cola  te  crece,  se  denota  que  no  hay  motivo  para  en- 
greirse  o  alabarse. 

cuscurro,  n.,  mendrugo  ó  zoquete  de  pan:  dícese  también 
cu:{curro  y  currusco. 

cutiano,  n.,  diario;  constante;  frecuente. 

cutio,  n.,  constante;  sin  interrupción. 


CM  205 


CH 


Chacharas-mancharas,  n.,  cháncharras -máncharras. 

chafar,  d.,  machucar:  |J  c,  dejar  á  uno  burlado,  con  una 
salida  que  no  esperaba. 

chafarrear,  d.,  hablar:  platicar. 

chalanguero,  n.,  campechano,  franco  y  descuidado  en  su 
conducta;  alegre  y  poco  propio  en  su  vestir. 

chamarcal,  n.,  laguna  accidental  ó  temporal. 

chanada,  n.,  percance;  desgracia;  avería:  suele  usarse  en 
forma  admirativa. 

chanchullo,  d.,  bahorrina;  conjunto  de  cosas  desprecia- 
bles: II  n.,  confusión;  desorden;  revoltillo  (ó  revoltijo j 
que  no  incluye  la  Academia):  tiene  bastante  conexión 
con  la  voz  chandrío:  \\n.^  cualquiera  composición  ú 
operación  mecánica,  mal  ejecutada. 

chandra,  n.,  ramera:  es  singular,  que  en  Navarra  signifí- 
case, por  el  contrario,  mujer  de  buena  opinión,  ó,  como 
Yanguas  dice,  dueña. 

chandrío,  n.,  desbarajuste;  cualquiera  desgracia,  ó  des- 
perfecto causados,  principalmente,  en  los  muebles  ó 
ropas:  en  Navarra  tiene  el  muy  diferente  significado, 
de  hombre  apto  y  laborioso. 

chandro,  d.,  flojo:  desaseado,  y  nosotros  añadimos  que 
haragán,  ocioso  y  vago. 

chaparrazo,  d.,  chapurrón  ó  chubasco. 

chaparrudo,  n.,  se  aplica  al  que  es  grueso,  fornido  y  bajo 
de  estatura;  y  no  deja  de  tener  conexión,  con  las  pala- 
bras castellanas  chaparra  y  chaparro,  que  significan, 
la  primera,  coche  ancho  que  tenía  muy  bajo  el  cielo  ó 
tejadillo;  y  la  segunda,  mata  de  encina  de  mucho  folla- 
je y  poca  altura. 

chapear,  d.,  chapotear. 

chapelete,  a.,  especie  de  sombrero  ó  bonete. 

chapeo,  signo  de  primogenitura;  en  los  príncipes  de  Ge- 


106  CH 

roña,  título  que  se  daba  al  heredero  de  la  corona  de 
Aragón. 

chapido,  calado;  empapado  en  agua  ú  otro  líquido. 

chapilete,  paño  6  fieltro  que  se  adapta  al  propalo ^  para 
conservar  el  sebo  y  suavidad  que  allí  se  necesita. 

chapozalero,  n.,  ejecutor  testamentario,  según  lo  hemos 
deducido  de  documentos  manuscritos. 

chapurear,  ensuciar  con  agua  ú  otro  líquido:  ||  chapo- 
tear. 

chapureo,  una  obra  mal  pergeñada:  lo  hemos  oído  prin- 
cipalmente á  los  pintores. 

chapurcón,  lavarse  á  chapurcón^  echarse  el  agua  á  gol- 
pe, sobre  cabeza  y  espaldas. 

charada,  d.,  llamarada  de  fuego,  de  poca  duración. 

charanga,  pisto;  fritada:  úsala  el  Sr.  Foz,  en  una  obra 
inédita. 

charapote,  n.,  bebida  repugnante  ó  mezcla  de  ingredien- 
tes, que  producen  conjunto  desagradable. 

charla,  n.,  ave;  turdus  pilaris. 

charraire,  n.,  hablador;  jactancioso. 

charrar,  d.,  charlar;  hablar  con  indiscreción. 

chavisque,  n.,  lodazal;  y  por  ampliación  se  aplica,  á 
cualquiera  condimento  mal  pergeñado  y  á  lo  que  está 
rebosando  en  agua  ú  otro  líquido. 

chemecar,  d.,  quejarse  sollozando. 

chemeco,  d.,  quejido;  sollozo. 

chepa,  n.,  jorobado. 

cheso,  el  natural  de  Hecho,  en  el  Pirineo. 

Cheto,  n.,  jeto. 

chía,  banda  de  terciopelo  carmesí,  que  llevaban  los  Jura- 
rados  de  Zaragoza  pendiente  del  hombro  izquierdo, 
según  Murillo. 

chicharro  y  chichorra,  n.,  chicharrón. 

chiflar,  n.,  comer;  tragar;  embaular:  úsase  como  recí- 
proco, en  las  frases,  cómo  se  lo  ha  chiflado  todo^  etc. 

chiflete,  n.,  chismoso;  el  que  con  intención,  generalmen- 
te maligna,  denuncia  algún  hecho,  al  que  puede  casti- 
garlo: II  n.,  chisme:  y  así  se  áice^ya  ha  ido  con  el  chi- 
flete á  mi  padre. 

chifletear,  n.,  chismear. 

chifletero,  n.,  chocha  perdiz:  ¡j  n.,  chismoso:  en  los  ma- 


CH 


207 


nuscritos  de  D.  Tomás  Lezaún,  y  en  un   epigrama 
contra  los  frailes,  que  creemos  suyo,  se  lee: 

Todos  son  aduladores 
y  de  todo  chifleteros. 

chiba,  jiba. 

chil,  pimiento. 

chibeta,  jiboso. 

chilo,  n.,  chillido;  en  Aragón  es  común,  aun  entre  per- 
sonas cultas,  el  uso  de  chilar  y  sus  derivados. 

chilladera,  n;,  en  la  laguna  de  Gallocanta,  es  designada 
con  aquel  nombre,  la  ánade  Penélope. 

chiquirrindín,  n.,  chiquirritín. 

chiri^ol,  d.,  pisto. 

chirnete,  d.,  chichón. 

chitan,  n.,  planta. 

chocah'as,  jocalías;  usa  esta  voz  el  Conde  de  Villahermo- 
sa,  en  carta  á  su  Archivero;  iSyy. 

chocar,  n.,  agradar;  gustar;  excitar  la  hilaridad:  \\  n.,  sor- 
prender; causar extrañeza. 

choldra,  zambra:  voz  comunicada. 

chollazo,  n.,  pescozón. 

chorar,  n.,  hurtar:  parece  voz  rufianesca  ó  de  germanía. 

chordón,  c,  frambuesa;  zumo  de  fresas:  también  se  dice: 
churdón. 

chorrada,  n.,  caída  ó  exceso  gracioso,  en  la  medida  de 
los  líquidos. 

chorretear,  n.,  pendonear. 

chorro  tero,  n.,  pendonero. 

chorrotón,  n.,  pendonero:  H  n.,  mancha  considerable 
producida  por  algún  líquido  vertido:  ||  n.,  el  mismo 
acto  de  desprenderse,  fortuitamente,  algún  líquido. 

chota,  d.,  vaca:  |I  p.,  ternera. 

chotear,  n.,  retozar,  dar  muestras  de  inquietud,  travesu- 
ra y  alegría. 

choto,  n.,  berrinche. 

chovo,  zurdo:  úsase  en  Borja. 

chúñete,  chiflete;  chiflo  ó  silbato. 

chulapo,  pilluelo. 

chulo,  criado  de  labor,  sin  encargo  determinado. 

chulla,  a.,  lonja  de  tocino. 


208  D 

chumoso,  pegajoso;  ó  todo  lo  que  despide  ó  suda  algún 
barniz,  pringue  ó  líquido  espeso. 

chupacensos,  n.,  persona  industriosa,  entremetida  y  di- 
ligente, que  lucra,  sin  aprensión,  en  toda  dase  de  ne- 
gocios. 

chupalámparas,  persona  sucia  6  desaseada. 

churra,  ganga;  ave. 

churro,  equivalente  á  aragonés  entre  los  valencianos. 

churrumpada,  chorrada:  voz  que  se  nos  ha  comunicado, 
pero  que  nosotros,  no  hemos,  por  nuestra  parte,  oído. 


Dalla,  d.,  dalle:  Un.,  lengua  de  dalla  ó  lengua  como  una 
dalla,  equivalente  á  lengua  viperina. 

damasquino,  n.,  cierto  género  de  albérchigo. 

dance,  paloteado  y  danza  de  espadas  que,  afectando  tra- 
je pastoril  ó  de  moros  y  cristianos,  ejecutan  los  mozos 
en  Zaragoza  y  otros  pueblos  de  Aragón,  con  acompa- 
ñamiento de  recitados  en  verso,  para  festejar  al  Santo 
patrón  del  barrio  ó  localidad;  la  composición  poética 
que  se  declama  en  estos  bailes.  El  que  quiera  conocer 
su  corte,  puede  ver  un  dance  nuestro,  escrito  para  Le- 
ciñena  é  impreso  en  el  tomo  de  nuestras  Poesías. 

dar  de  cara,  n.,  en  el  juego  del  dominó  se  dice,  dar  de 
cara  un  punto  6  ficha^  cuando  se  pone  aquél,  como  ex- 
tremo de  línea:  generalmente  es,  repitiendo  ficha  pro- 
pia ó  compañera,  aunque  á  veces  es  jugada  forzosa  ó 
contraproducente,  á  provecho  de  los  contrarios. 

dayenos,  Jueces  comunes  á  judíos,  moros  y  cristianos, 
según  Foz. 

daza,  d.,  semilla  parecida  al  trigo  que  está  en  cierne:  tam- 
bién se  usa  en  el  mismo  sentido  la  palabra  ada:{a. 

de,  n.,  partícula  expletiva,  á  la  manera  francesa:  se  usa 
en  la  locución  como  de  antes  y  otras.  Lope  de  Vega  em- 
pleó mucho  esta  partícula,  á  la  manera  aragonesa;  y  te~ 


D  209 

nemos  á  la  vista  algunos  textos  de  Querer  la  propia  des- 
dicha y  de  Los  Tellos  de  Metieses.  También  la  usó  el 
famoso  Luis  Quiñones  de  Benavente,  en  su  entremés, 
Elabadejillo. 

debitorio,  documento  en  que  se  responde  de  alguna 
deuda. 

decena,  a.,  compañía  de  diez  personas. 

defenecer,  a.,  dar  el  finiquito  á  una  cuenta. 

defenecimiento,  a.,  ajuste  ó  finiquito  de  cuentas. 

degüello,  c,  degolladero. 

deja,  n.,  manda  testamentaria;  legado. 

dentera,  d.,  apetito  de  comer  alguna  cosa,  cuando  es  ex- 
citado por  su  presencia. 

derretido,  n.,  manteca  de  puerco,  que  se  conserva  mu- 
cho tiempo,  después  de  freída  y  depurada  de  los  chi- 
charrones y  partes  gruesas. 

desafiar,  a.,  despedir  el  rey  á  un  rico-hombre,  ó  desna- 
turalizarse éste,  previas  ciertas  formalidades. 

desafídar,  n.,  lo  mismo. 

desafíliación,  n.,  la  acción  de  desafiliar. 

desafüiar,  n.,  desafijar. 

desafío,  a.,  la  carta  ó  recado,  en  que  el  rey  manifestaba 
la  razón  para  despedir  á  un  rico-hombre  ó  caballero^ 
privándole  de  sus  honores  y  feudos. 

desansado,  sin  asa. 

desarguellarse,  n.,  cobrar  lozanía  y  robustez:  ||  n.,  des- 
empeñarse una  cosa. 

desasentarse,  ausentarse  del  pueblo,  corporación,  etc. 

desbezar,  n.,  destetar;  quitar  el  pecho  á  las  criaturas:  en 
Castilla,  desbecerrar  y  destetar  á  los  becerros;  desve:(ar, 
desacostumbrar. 

descáy,  d.,  retal;  trozo  de  tela:  |l  d.,  el  tanto  que  se  pagaba 
en  dinero  cuando  en  los  diezmos  no  llegaba  al  numera 
la  especie. 

descajerar,  angostar  el  cajero  de  una  acequia. 

descarcañar,  n.,  descarcañalar. 

descodar,  a.,  desapuntar  ó  cortar;  deshilvanar  las  piezas 
de  paño. 

descornar,  n.  (véase  escornar,  que  es  más  usual). 

desencantaración,  a.,  acción  y  efecto  de  desencantarar» 

desembuñegarse,  desenredarse  de  trampas  ó  deudas. 

14 


210  D 

desemparar,  n.,  quebrantar  la  empara. 

desenronar,  a.,  quitar  la  enrona  de  alguna  parte. 

desespero,  n.,  desesperación. 

desfachatadamente,  n.,  desvergonzadamente:  en  italiano 
sfacciatamente. 

desfachatado,  n.,  insolente;  descarado:  en  italiano  í/hc- 
ciato. 

desfachatez,  n.,  insolencia;  desvergüenza:  en  italiano 
s/accíamento,  sfacciatagine  y  sfacciate\'{a. 

desfargallado,  n.,  desaseado  ó  descompuesto  en  el  traje; 
desmazalado  en  la  persona;  extenso  y  mal  distribuido 
en  las  habitaciones. 

desfilurchar,  n.,  deshila char. 

desgallinarse,  soltarse  á  hablar  ú  obrar;  perder  el  enco- 
gimiento que  antes  se  tenía. 

desgana,  a.,  desmayo;  congoja. 

desgarrabandera,  persona  resuelta  y  poco  cuidadosa  de 
su  persona. 

desg^arro,  n.,  prenda  ó  pieza  de  hilo  para  aprovecharla 
en  paños,  vendas,  etc. 

desgáy,  d.,  retal:  ||  d.,  parte  de  diezmo  pagada  en  metá- 
lico: úsase  también  escay. 

desgranadera,  n.  (véase  judía  bachoca). 

desguáy,  a.,  retal. 

deshecho,  n.,  desgobierno;  desorden;  calamidad;  y  así  se 
dice  esa  casa  es  un  deshecho, 

deshiladiz,  a.,  filadiz  ó  seda  que  se  saca  del  capullo  roto. 

desinsacular,  a.,  sacar  del  cántaro  ó  bolsa  alguno  de  los 
nombres  allí  insaculados,  con  lo  cual  se  le  excluía  de  la 
elección. 

desjuñir,  d.,  desuncir. 

desmadejado,  d.,  ñojo;  desmazalado:  son  castellanas  des- 
madejamiento y  desmadejar. 

desmayo,  n.,  sauce. 

desmote,  n.,  la  acción  y  efecto  de  desmotar  la  lana. 

desocupo,  desocupación,  ¡qué  desocupo  de  hombre,  estar 
todo  el  día  cortejando  á  las  criadas! 

desoUador,  a.,  sitio  para  desollar  reses. 

despacienicar,  acabar  con  la  paciencia  de  uno:  es  muy 
diferente  de  impacientar,  y  aunque  no  hay  motivo  para 
que  esa  palabra  sea  puramente  aragonesa,  es  lo  cierto 


D  211 

que  se  usa  aquí  mucho  y  que  no  está  admitida  como 
española  por  la  Academia. 

despartidero,  n.,  punto  de  convergencia  ó  divergencia 
de  dos  carreteras;  encuentro  de  dos  vías  cualesquiera. 

despeajado,  desorientado  del  camino;  descaminado. 

despedida,  d.,  salida;  desaguadero. 

despeUetar,  n.,  despellejar;  desollar. 

despepitarse,  n.,  desarrollarse;  soltarse  en  la  conversa- 
ción ó  en  los  negocios. 

despedida,  a.,  salida;  desaguadero. 

destsyada,  n.,  pérdida  ó  extravío  de  alguna  ó  algunas 
reses. 

destsgar,  n.,  deshacer  el  hatajo  del  ganado. 

desterrarse,  ausentarse  mucha  gente  en  busca  de  alguna 
diversión  ó  espectáculo;  y  así  se  dice,  Zarago:{a  toda  se 
ha  desterrado  para  ir  á  ver  las  maniobras. 

destrados,  a.,  tejido  de  lana  ordinaria,  que  sirve  para  ta- 
petes y  alfombras. 

destroza,  n.,  destrozo:  usa  esta  voz  vulgar  D.  Agustín 
Alcayde  en  su  Historia  de  los  Sitios  de  ZaragO!{a;  ya 
en  su  tiempo  tuvo  un  impugnador  de  sus  noticias  y  de 
su  lenguaje. 

destrozatormos,  destripaterrones:  úsase  aquella  voz  en 
un  pasquín  que  se  fijó  en  Zaragoza  el  2  de  Abril  de  1776, 
y  que  ha  sido  publicado  en  la  Revista  de  Archivos,  del 
3o  de  Junio  de  1874. 

desvedar,  cortar  los  mugrones  de  las  viñas,  por  la  parte 
que  se  comunican  con  la  cepa  madre. 

detallo,  n.,  número  mínimo;  y  así  se  dice,  y  está  manda- 
do que  no  tenga  acampo  privativo,  el  que  no  posea  de- 
tallo de  doscientas  ovejas. 

devalles,  hasta  donde  llega  el  agua,  en  su  mayor  altura. 

deverías,  n.,  tributos  personales,  que  los  ricos -hombres 
cobraban  de  cada  casa  de  los  llamados  antiguamente  va- 
sallos de  parada  (Cuenca). 

devorar,  n.,  destrozar;  romper. 

devoro,  n.,  destrozo:  á  veces  se  personifica  á  los  niños 
que  inutilizan  muy  pronto  la  ropa,  diciendo:  ¡qué  de- 
voro  de  muchacho! 

deciseteno,  n.,  decimoséptimo. 

dica,  d.,  hasta. 


212  D 

dichoS;  las  coplas  de  los  dances, 

dientes,  n.,  dar  y  sobre  todo  ofrecer  con  dientes  una 
cosay  hacerlo  de  mala  gana. 

diez  y  sietes,  eran  así  llamados  según  Argensola,  los  ju- 
dicanles  que  fallaban  en  las  causas  instruidas  por  los  in- 
quisidores, contra  los  ministros  de  justicia. 

diezmador,  a.,  perceptor  de  diezmos, 

dietas,  en  alguna  parte  hemos  leído  esta  palabra  como  si- 
nónimo de  sesiones. 

dineral,  a.,  medida  pequeña  de  vino  6  aceite  correspon- 
diente al  precio  de  un  dinero. 

dinerillo,  a.,  moneda  de  cobre  de  más  de  un  ochavo  y 
menos  de  un  cuarto. 

dinero,  a.,  ochavo  ||  n.,  moneda  imaginaria  de  dos  mara- 
vedises y  dos  tercios,  ó  sea  la  décimasexta  parte  de  un 
sueldo. 

dir,  decir:  de  uso  del  vulgo  en  algunas  localidades 

disante  menor,  n.,  nombre  que  da  Gienfuegos  á  la  planta 
que  Asso  designa  con  el  de  arbeja. 

doblero,  a.,  panecillo  en  forma  circular  y  algo  aplastado. 

docén,  n.,  se  dice  del  madero  que  tiene  veinticuatro  pal- 
mos de  largo:  llámase  también  doceno. 

dominicatura,  a.,  ciertos  derechos  del  Señor  temporal. 

doñeas,  n.,  en  documentos  antiguos  como  ya  se  ha  visto 
en  \osf.f.  de  la  Unión,  va  precedido  de  la  condicional 
sif  y  entonces  significa  con  tal  que.  Rosal  le  da  los  sig- 
nificados de  ¿V  pues?;  ¿pues  bien?;  ¿al  fin,  qué?;  y  lo 
hace  correspondiente  al  denique  latino,  (á  nuestro  pare- 
cer con  error),  al  dunque  italiano,  y  al  aonchs  catalán  y 
valenciano.  La  Academia  lo  pone  como  ant.  con  la  sig- 
nificación de  pues. 

doncel,  p.,  ajenjo:  usado  también  en  Murcia. 

dorondón,  d.,  boira  ó  niebla  espesa  y  fría  en  el  invierno. 

drapería,  paños;  telas. 

droguería,  n.,  tienda  de  comestibles  y  otros  objetos;  aba- 
cería. 

dropo,  d.,  inaplicado;  haragán. 

duelo,  n.,  lástima:  úsase  en  la  expresión  hacer  duelo  una 
persona,  por  inspirar  lástima. 

dula,  d.,  adula:  |I  n.,  despeñar  la  dula^  echarlo  todo  á  ro- 
dar; dar  una  salida  brusca  é  inesperada  algún  negocio. 


E:  213 

dulcillóU;  cierto  vino  de  Cariñena. 

duncas,  n.,  voz  ant.  que  parece  significar  con  tal  de;  á  no 
ser  que;  en  el  Diccionario  de  Antigüedades  de  Navarra 
se  aplica  del  mismo  modo  la  palabra  doncas,  dado  caso 
que;  d  no  ser  que;  y  tiene  alguna  analogía  con  la  locu- 
ción también  antigua, /wer¿z5  ende, 

durasnal,  n.,  durazno  ó  duraznero;  árbol. 

durazi^lla,  d.,  durazno;  fruto. 


Ebro,  d.,  se  usa  la  expresión  no  estar  para  echar  gatos 
al  Bbro,  como  equivalente  á  estar  miserable;  pasarlo 
con  estrechez;  no  estar  para  derrochar:  ||  n.,  comer  más 
que  EbrOy  devorar:  \\n.^  ha  de  bajar  mucha  agua  por 
el  EbrOy  ha  de  pasar  mucho  tiempo. 

echadazo,  tendido  por  poltronería:  ||  voz  expresiva  que 
incluímos  en  representación  de  otras,  como  larga^Oy 
seníada:{0. 

edad,  a.,  se  dice  estar  en  edad,  por  el  tiempo  en  que  aun 
no  han  cerrado  las  bestias. 

efemerón,  fiebre;  erupción  ú  otra  perturbación  en  la  sa- 
lud, que  generalmente  dura  un  solo  día  ó  poco  más, 
y  suele  acometer  con  especialidad  á  los  niños. 

ejecutor,  d.,  albacea. 

ejército,  n.,  tributo  que  se  conoció  con  este  nombre  en 
Aragón,  según  Blancas. 

elástico,  n.,  almilla. 

embadinar^  d.,  encharcar. 

embafar,  d.,  empalagar. 

embarralar,  n.,  meter  el  vino  ú  otro  líquido  en  barral  y 
por  extensión  en  cualquiera  otra  redoma. 

embastar,  c,  hilvanar. 

embelecar,  llenar  de  estorbos.  ||  desembelecar,  qui- 
tarlos. 

emberar,  p.,  empezar  la  sazón  de  las  frutas;  tomar  color, 
sobre  todo  las  uvas. 


2u  e 

embero,  p.,  el  color  que  indica  sazón  en  las  frutas;  y  la 
misma  uva  ó  grano. 

embochar,  voz  de  Sericultura. 

embrosquillar,  a.,  meter  el  ganado  en  el  redil. 

embuñego,  enredo;  deuda. 

emolog^ar,  n.,  confirmar;  ratificar  ó  aprobar;  según  se 
lee  en  las  Ordinaciones  de  Abejeros^  i5o2. 

empachar,  n.,  impedir:  su  participio  pasivo  se  u^  en  las 
Ordinaciones  de  Zaragoza:  embargar. 

empacho,  n.,  impedimento:  se  usa  en  sentido  de  excep- 
ción ó  amparo  forense. 

empajada,  mezcla  de  paja  con  agua  y  á  veces  un  poco  de 
sal,  para  dar  á  las  caballerías  cuando  están  enfermas. 

empandullo,  d.,  pastel  ensuciado;  mala  salida  de  un  ne- 
gocio: II  d.,  embolismo;  embrollo. 

empañetado,  labrado  á  paneles  ó  entre  paños. 

empanelar,  labrar  una  pieza  de  carpintería  á  paneles:  la 
Academia,  que  admite  entrepaño  y  entrepañado,  omite 
entrepañar. 

empantullO)  (véase  empandullo). 

empapuzar,  empapujar. 

empara,  a.,  emparamento  ó  inventario. 

emparamento,  a.,^  acción  y  efecto  de  emparar,  esto  es, 
de  inventariar  ó  secuestrar;  hay  proceso  de  empara- 
miento:  \\  n.,  guidático  ó  protección,  según  declaración 
en  Cortes  de  Cataluña,  i35i. 

emparancia,  n.,  emparamento,  emparatoria;  manda- 
miento de  secuestro. 

emparante,  el  que  pide  ó  hace  el  secuestro. 

emparar,  a.,  embargar  ó  secuestrar;  y  mejor,  inven- 
tariar. 

empedrear,  d.,  empedrar. 

empeltre,  a.,  olivo  injertado. 

empenta,  p.,  empujón;  empellón. 

empentar,  a.,  empujar. 

empentón,  empujón. 

empeñorar,  dar  en  prenda. 

empilmar,  poner  ó  aplicar  una  bizma:  I|  sacar  á  uno  el 
dinero,  con  astucia  ó  mala  fe;  ó  comprometerle  en  un 
negocio,  de  pérdida  segura. 

en,  n.,  precediendo  al  infinitivo,  como  en  castellano  al 


B  2t5 

gerundio,  significa,  luego  que;  después  que;  p.  ej.:  en 
refrescar  departiremos;  en  pasar  las  fiestas,  lo  vere- 
mos. \\  n.,  partícula  relativa,  usada,  como  en  la  lengua 
francesa,  en  las  expresiones  m*  en  voy,  por  me  voy 
de  aquí;  m'  en  canso,  por  me  canso  de  esto.  Tiene  va- 
lor de  después  en  varias  locuciones,  p.  ej.:  en  que  lie-' 
guemos  allá^  te  diremos  lo  que  haya:  deshaciendo  el 
solecismo,  se  diría  bien,  en  llegando. — Significa  tam- 
bién Don^  tratamiento  usual  en  Cataluña  y  en  los  do- 
cumentos lemosines,  y  no  infrecuente  en  los  arago- 
neses. 

enantamiento,  actuación;  procedimiento. 

enantar,  n.,  Ducange  interpreta  pignorare^  procederé. 
El  Códice  de  las  Uniones  de  Aragón  trae  los  siguientes 
pasajes:  E  las  spoliaciones  que  notorias  no  fuesen  que 
embiariades  nuestro  procurador  por  ES AíiTAR  en  aque- 
llas ante  la  Justicia  de  Aragón-^ y  sí  enantaría  ó  que- 
rría ENANTAR  pcrsonas  ó  bienes  de  algunos^  etc.;  que  si 
no  viene  el  día  de  Ramos  por  enantar  en  las  cosas  so- 
breditaSj  etc.  También  hemos  leído  fué  mandada  cort 
de  la  dita  Unidad  por  en  anta  ii  en  los  ditos  feitos.  \\  Al- 
gunas veces  parece,  como,  emplazar;  citar;  ó  hacer  com- 
parecer. (Véase  el  Privilegio  general). 

enanto,  proceso. 

enarcado,  mudo  de  estupor. 

enatizo,  d.,  desmedrado;  imperfecto  de  nacimiento:  ||  d., 
de  ánimo  apocado  y  ruin. 

enavesar,  d..  trasponer. 

encabezado,  n.,  el  vino  que  se  mezcla  con  aguardiente 
ú  otro  licor:  |1  n.,  cabecero. 

encabezar  y  encabezarse,  n.,  verbos  de  donde  nace  el 
participio  anterior;  y  que  también  son  usuales  en  Aragón. 

encalzador,  n.,  perseguidor. 

encalzar,  n.,  perseguir;  ponerse  en  persecución:  encal- 
cen  e  geten  de  la  tierra  al  sobr edito  rey^  se  lee,  en  el 
Códice  de  los  Privilegios  de  la  Unión. 

encanarse,  n.,  detenerse  demasiado  en  la  conversación; 
eternizarse  hablando:  ||  n.,  pasmarse  á  la  fuerza  del 
lloro  ó  de  la  risa:  la  Academia  sólo  admite  el  primer 
afecto,  que  á  la  verdad,  es  el  más  común  y  adecuado. 

encantar,  d.,  vender  en  almoneda. 


216  E 

encante  y  encantillo,  d.,  lugar  en  que  se  venden  las  co- 
sas ya  usadas,  las  viejas  y  las  de  desecho. 

encañizar,  n.,  cubrir  las  bovedillas  ó  cualquiera  otra 
obra  con  cañizos. 

encarpetar,  n.,  colocar  papeles  dentro  de  sobre  ó  carpeta. 

encarrañarse,  d.,  irritarse;  incomodarse. 

encartar,  n.,  intentar  acción  criminal,  contra  el  obligado 
en  instrumento,  en  que  se  juraba,  pagar  y  no  pleitear. 
(Véase  á  Larripa  en  sus  Procesos  /orales), 

encensero,  incensario:  se  lee,  en  documentos  medio  le- 
mosines,  medio  aragoneses. 

encercar,  n.,  inquirir;  investigar:  es  antic.  y  deducido 
de  documentos  latinos,  y  por  consiguiente  dudoso. 

encerrona,  n.,  en  el  juego  del  dominó  es,  dejar  por  am- 
bas puntas,  un  mismo  número  ó  palo,  cuando  todos 
están  jugados,  en  cuyo  caso  ya  no  pueden  jugar  las 
fichas  que  se  tienen  en  la  mano: — en  general,  se  da  á 
este  lance  el  nombre  de  cierro^  y  cuando  los  tantos  que 
se  cuentan  son  muchos,  entonces  se  llama  encerrona. 

'  En  Zaragoza  es  más  usual  que  en  otras  partes  y  por 
consiguiente,  se  halla  muy  adelantado  el  juego  á  que 
aludimos,  de  cuyo  tecnicismo  incluiremos  cuatro  ó  cin- 
co vocablos. 

encetar,  d.,  decentar:  ||  d.,  empezar:  la  Academia  escribe 
encentar,  para  la  primera  significación,  y  aunque  omite 
la  segunda,  pone  la  de  encentador,  el  que  encienta  ó 
empieza  alguna  cosa. 

encomienda,  depósito. 

encordadura,  n.,  conjunto  de  cuerdas  de  una  guitarra  ú 
otro  instrumento  de  cuerda. 

encorrer,  d.,  correr  tras  alguno  para  cogerle:  es  verbo 
activo. 

encortimiento,  n.,  vale  tanto  como  entredicho,  á  juzgar 
por  el  Códice  de  las  Uniones  en  qu€  se  lee,  que  poda- 
mos soltar  al  dito  seynor  rey  el  encortimiento  de  los 
ditos  castieyllos  é  que  non  los  alienemos. 

endurar,  a.,  pasar  hambre;  sufrir. 

enfarinada,  harina  disuelta  ó  mezclada  con  agua,  que, 
dada  á  las  vacas,  les  proporciona  leche  pronta. 

enfilar,  n.,  dirigir  un  asunto:  ||  n.,  ingerirse 

enfurruscarse,  n.,  enfurruñarse. 


E  217 

engafetar,  n.,  enlazar  los  gafetes  macho  y  hembra; 
abrochar. 

ensalzar,  d.,  encorrer. 

engañoso,  embustero:  generalmente  se  usa  esa  palabra 
con  benignidad,  y  alude  á  cosas  de  poco  momento. 

engarabitarse,  n.,  encorvarse  y  entumecerse  los  dedos  á 
impulso  del  frío  ó  alguna  causa  patológica:  en  Castilla, 
esa  palabra  significa,  ponerse  en  alto,  y  la  definición 
que  hemos  dado  conviene  á  la  voz  engarabatarse. 

engardajina,  d.,  lagartija. 

encarroñarse:  humillarse  á  tierra  las  mieses,  por  viento 
ó  lluvia. 

engluciar,  d.,  mirar  con  intensión;  hacer  gestos  para 
conseguir  alguna  golosina. 

engolfa,  buhardilla  ó ^to. 

enguerar,  estrenar. 

enguindO;  así  se  designa  cierta  variedad  de  peras  y  pe- 
rales, que  otros  llaman  de  Don  Guindo.  Sabido  es  que 
en  lemosín,  el  tratamiento  de  Don  se  expresa  por  en. 

engullidor,  d.»  sumidero. 

enjambrado,  picadura  que  se  practica,  á  menudo,  en  la 
muela  harinera,  para  hacerla  más  moliente. 

enjaretar,  n.,  intercalar;  incluir;  y  aun  confeccionar  ó 
componer. 

enjaue,  n.,  prórroga  en  el  pago  del  arriendo  de  las  gene- 
ralidades ú  otro  tributo  público,  y  como,  á  veces,  se 
concedía  sin  causa  justa  y  producía  un  lucro  contra  los 
caudales  públicos  ó  de  corporación,  de  ahí  las  frases 
hacer  enjaues;  andar  en  enjaues;  enriquecerse  con  en- 
jaues,  etc.,  equivalentes  á  las  más  vulgares  de  andar 
en  enjuagues^  etc.;  en  cuyo  sentido  admite  la  Academia 
esa  significación. 

enjubar,  hacer  cierto  género  de  ensambladura,  en  los  pisos 
de  una  casa,  cuando  las  tramadas  tienen  que  interrum- 
pirse y  ofrecer  algún  hueco  para  escalera,  chimenea, 
etcétera. 

enjunciar,  n.,  cubrir  de  juncia  las  calles  y  plazas  para 
algún  regocijo. 

enmantado,  n.,  hombre  cubierto  ó  embozado  en  la  man- 
ta, la  cual  forma  parte  del  traje  aragonés  en  la  clase  jor- 
nalera y  parece  ser  un  recuerdo  del  albornoz  árabe. 


218  e: 

enquesta,  privilegio  de  castigar  el  rey  á  sus  oficiales  y 
criados,  según  recordamos  haber  leído  en  algún  autor. 

enraberar,  aplicar  el  tente- mozo  á  un  carro  ó  galero:  || 
cargar  á  la  zaga. 

enrebuñado,  oxidado. 

enrelig^arse,  n.,  enredarse;  entrelazarse;  enmarañarse  una 
cosa  con  otra. 

enrona,  a.,  escombros;  desperdicios  de  una  obra 

enroñar,  a.,  envolver  con  escombros:  Un.,  metafórica- 
mente, se  dice  de  alguno,  que  es  tan  ricOf  que  nos  puede 
enroñar  á  on^as  de  oro, 

enruena,  d.,  enrona. 

enruna,  p.,  enrona. 

enrunar,  p.,  enroñar. 

ensimesmado  y  ensimismado,  n.,  el  que  está  distraído, 
metido  en  sí  mismo,  y  absolutamente  extraño,  á  lo  que 
pasa  en  torno  suyo. 

ensisadura,  légamo  que  deja  en  los  campos  una  inun- 
dación. 

ensobinado,  n.,  se  dice  de  la  res  enfermiza. 

ensobinarse,  d.,  caer  una  caballería  en  postura  supina, 
con  riesgo  de  perecer. 

ensundia,  n.,  enjundia  ó  gordura:  úsase  también,  meta- 
fóricamente, para  denotar  cachaza;  y  es  todavía  más  fa- 
miliar la  palabra  insundia. 

entalegado,  el  que  metido  en  un  saco,  compite  con  otros 
en  correr  ó  andar  á  saltos;  diversión  que,  generalmente, 
se  prepara  en  las  fiestas  locales  y  que  tiene  algún  pre- 
mio señalado. 

entaquá,  hasta  aquí. 

entibar,  detener  el  curso  de  las  aguas  para  elevarlas:  á 
veces  la  detención  es  natural  y  producida  por  la  creci- 
da de  otro  río,  en  el  cual  aquél  desagua. 

entibo,  remanso  ó  remolino  de  agua,  que  se  forma  en  el 
lecho  de  algún  río,  acequia  ó  brazal:  ||  detención  ó  re- 
troceso de  una  corriente  por  la  oposición  que  le  ofrece 
para  el  desagüe,  otra  mayor:  ||  detención  y  elevación 
del  agua,  por  desviación  que  se  le  hace  sufrir;  por  ejem- 
plo, para  sacar  de  una  acequia  el  caudal  necesario  á  una 
fábrica:  ||  soltar  el  entibo^  alzar  la  paranza,  para  que  el 
agua  cobre  su  curso  y  nivel  habitual. 


E:  219 

entornar,  d.,  hacer  dobladillo. 

entorno,  n.^  dobladillo. 

entrallado,  el  armado  de  trallos,  generalmente  de  olive- 
ra, para  cerrar  ó  disminuir  alguna  abertura;  por  ejem- 
plo, en  los  pozos  negros. 

entrático,  d.,  entrada  de  religioso  en  alguna  comunidad: 
la  Academia  lo  incluye,  como  provincial  de  Navarra. 

entrecavar,  d.,  limpiar  de  hierbas  la  hortaliza. 

entreg^a.  n.,  restitución  in  integrum. 

entriparrado,  n.)  entripado;  en  ambos  sentidos,  recto  y 
figurado. 

entriparrar,  n.,  ocupar  demasiado  el  estómago,  algún 
manjar  indigesto  ó  comido  en  abundancia. 

envasador,  c,  embudo:  la  Academia  añade,  que  grande 
y  propio  para  pellejos  y  toneles,  esto  es,  para  grandes 
capacidades. 

enzurizar,  n.,  enzarzar  ó  poner  guerra  entre  varias  per- 
sonas, sembrando  discordias:  la  Academia  admite  la  voz 
primitiva  iuri\a. 

equipe,  equipaje;  ó  más  bien,  el  conjunto  de  ropas  y  te- 
las del  que -se  casa  ó  establece. 

eraje,  a.,  miel  virgen. 

ereta^  n.,  era  ó  plantel  de  tierra,  para  cultivo  de  verduras. 

error  de  proceso,  a.,  con  que  se  nota  que  alguno  es  tan 
hábil  que,  aun  convencido,  se  liberta  de  la  pena  que  le 
imponen. 

esbafar,  d.,  evaporar. 

esbandir,  extender  la  ropa  y  agitarla  en  el  agua,  después 
de  haberla  pasado  de  jabón. 

esbanzar,  romper  el  tiempo  en  lluvia  ó  aire. 

esbarrancada  (fila),  escapado  de  su  cauce,  por  rompi- 
miento de  éste. 

esbarrar,  d.,  asombrar;  espantar  la  caza,  caballerías,  etc. 

esbarrigado,  desbarrigado,  pero  no  en  el  sentido  de  es- 
caso de  barriga,  como  dice  la  Academia,  sino  en  el  de 
herido  en  el  vientre:  usa  esa  palabra  el  rey  Don  Martín 
en  las  Cortes  de  i388. 

esbrinar,  n.,  desbriznar  ó  entresacar  de  la  flor  los  estam- 
bres del  azafrán. 

escabas,  desperdicio  del  lino  como  la  agramiza  lo  es  del 
cáñamo 


220  e: 

escacear,  n.,  desmenuzar  la  piedra,  el  yeso,  la  cal,  etc., 
para  molerlos  después  más  fácilmente. 

escacilar,  d.,  cacarear. 

escachar,  d.,  despachurrar-,  ó  mejor,  aplastar;  machucar: 
II  d.,  chasquear;  dejar  burlado. 

escachuflar,  n.,  igual  significación  que  la  anterior,  pero 
de  uso  del  vulgo. 

escajerar,  rellenar  el  hoyo  que  se  abrió  para  alguna  plan- 
tación: voz  local. 

escalar,  paso  de  montaña,  generalmente  angosto,  retorci- 
do y  áspero  sobre  roca,  el  cual  ofrece  un  escalonado, 
unas  veces  puramente  natural  y  otras  empedrado,  á  tre- 
chos, de  industria, 

escalera,  c,  peldaño;  escalón. 

escalera  hurtada,  de  caracol  ó  de  ojo,  como  dice  la  Aca- 
demia. 

escalfecido,  florecido,  esto  es,  empezado  á  perder:  se 
aplica  á  la  fruta,  al  queso  ó  á  cualquier  comestible  que 
se  enmohece,  según  la  Academia. 

escálfela,  c,  braserillo. 

escaiiar,  n.,  culturar  ó  poner  en  cultivo  tierra  que  había 
sido  abandonada,  y  en  este  sentido  lo  usan  las  Obser- 
vancias y  el  erudito  Cuenca.  Peralta  no  incluye  esta 
voz,  pero  sí  la  de  escachar  (roturar),  que  nosotros  no 
hemos  incluido,  por  suponerla  error  de  imprenta,  que 
se  corrige  con  la  voz  escaliar:  úsase  también  en  anti- 
guos documentos  de  Navarra. 

escalivar,  d.,  sacar  el  rescoldo  ó  remover  el  fuego:  en 
idioma  provenzal,  calivar,  quemar;  escalfar,  calentar; 
RECALiVAR,  volvcr  á  Calentar:  en  catalán,  escalivar,  es- 
carbar Y  cocer  al  rescoldo. 

escalla,  cierto  fruto  cereal  criado  en  tierra  de  poca  fuerza, 
y  propio  para  alimento  de  animales. 

escamochear,  a.,  pavordear  ó  javardear  ó  hacer  las  abe- 
jas segunda  cría,  después  de  la  principal;  separándose  de 
la  madre,  en  corto  número,  con  su  maestra. 

escamocho,  se  aplica  al  que  es  mal  figurado  ó  desarro- 
llado y,  por  otra  parte,  carece  de  animación  y  gracia. 

escampar,  d.,  tender  el  estiércol  por  la  tierra:  (|  d.,  derra- 
mar granos  ó  semillas. 

escandallar,  n.,  computar  el  valor  de  una  partida  de  ga- 


E:  221 

nado,  haciendo  de  él  varios  grupos  con  las  reses  más 
iguales;  tirando  desde  otro  corral  6  aposento  una  piedra 
á  cada  grupo;  pesando  las  reses  á  quienes  ha  tocado  cada 
piedra,  y  calculando  por  el  peso  de  cada  una  el  de  su 
grupo:  á  veces  se  hace  esta  operación  con  el  grupo  mejor 
y  con  el  peor,  y  á  las  demás  reses  se  les  hace  desfilar 
una  á  una,  marcando  como  tipo  las  que  hacen  un  nú- 
mero dado;  el  diez,  por  ejemplo.  En  castellano  tiene 
una  significación  análoga,  pues  equivale  á  sondear  y  por 
ampliación  jTO^ízr,  examinar  :tn  iXdWdino^  se  anda  gliare, 
está  mejor  definido,  pues  responde  en  sentido  figurado 
á  inquirir  y  averiguar  y  etc.,  como  en  Casti  (Nov.  IX). 

Da  scandagliar  gli  altrui  talenti  afondo. 

escandallo,  n.,  operación  de  escandallar:  ||  n.,  la  res  que 
se  saca  como  tipo:  ||  n.,  A  escandallo,  modo  adverbial 
para  expresar  que  se  vende  un  ganado  escandallándolo. 

escañarse,  d.,  desgañiiarse;  ahogarse  de  una  tos  muy 
fuerte. 

escaño,  d.,  féretro. 

escaparrar,  se  usa  en  la  frase,  echar  á  uno  á  escapar rar, 
para  denotar  que  se  le  despide  de  mala  cara  ó  que  se  le 
contesta  agriamente. 

escarabajo  pelotero,  n.,  insecto  de  los  coleópteros. 

escarlatina,  n.,  enfermedad  que  suele  padecerse  en  la 
niñez. 

escarmentar,  echar  á  las  lumbres  agua  fría,  cuando  su- 
ben por  el  hervor. 

escarramanchones  (Á),  a.,  á  horcajadas. 

escay,  retal;  desgay. 

esclafar,  n.,  machucar;  chafar;  quebrantar:  también  se 
dice,  esclafar  los  huevos,  por  cascarlos,  partirlos  ó 
abrirlos. 

escobar,  c,  barrer. 

escobijar,  n.,  descubrir;  alzar  el  velo  á  alguna  cosa. 

escocido,  escarmentado. 

escolano,  n.,  ayudante  del  sacristán  mayor,  en  el  Hospi- 
tal de  Zaragoza:  ||  n.,  especie  de  coadjutor:  lo  había  tam- 
bién, llamado  de  la  limosna,  según  se  ve,  en  las  Ordi- 
naciones  de  Pedro  IV:  ||  sacristán  ó  acólito:  listo;  avis- 
pado. 


222  C 

escolar,  agotar  ó  desecar  una  agua  detenida. 

escombra,  n.,  escombro:  la  Academia  admite  esta  voz 
como  el  hecho  de  escombrar. 

escombraduras,  éstas  y  las  almuestas  6  almuertos  eran 
derechos  en  especie  que  el  rey  cobraba  del  Almudí  de 
Zaragoza:  habla  de  ello  Jiménez  de  Aragüés  en  el  tra- 
tado sobre  el  Baile  de  Aragón. 

escomenzar,  dar  principio  á  una  cosa:  se  halla  en  Lucas 
Fernández  y  no  lo  incluye  la  Academia. 

escondecucas,  a.,  escondite;  juego  de  muchachos. 

escopetada,  d.,  escopetazo. 

escorcar,  n.  (véase  esmollar). 

escorcha,  d.,  túrdiga;  correa  de  cuero  ancha  y  sin  curtir. 

escorchar,  c,  levantar  la  corteza  ó  piel  á  alguna  cosa; 
desollar. 

escorchoh'n,  polluelo  implume. 

escorchón,  n.,  desolladura. 

escornarse,  n.,  se  usa  en  la  hase  escuérnate  como  pue- 
das, en  significación  de  componte  como  puedas:  también 
se  dice  me  he  descornado  estudiando^  y  otras  locuciones 
como  ésta.  En  una  colección  de  refranes  leemos:  dejar- 
lo descornar;  ^r¿Z5e  de  que  se  usa  cuando  no  se  quiere 
meter  pa^. 

escorredero,  n.,  canal  por  donde  se  facilita  la  salida  del 
agua  sobrante  de  un  riego  ó  del  término  de  una  acequia: 
II  n.,  el  fondo  de  la  vagina:  voz  de  la  gente  inculta. 

escorredizo,  n.,  escorredero. 

escorredor,  n.,  escorredero:  usa  aquella  voz  el  Conde 
de  Sástago  en  su  lujosa  obra  sobre  el  Canal  Imperial  de 
Aragón, 

escotolarse,  d.,  frotarse  el  cuerpo  con  la  camisa,  mo- 
viéndose. 

escoznete,  a.,  instrumento  con  que  se  sacan  los  es- 
cueznos. 

escribano  de  ración,  n.,  oficio  de  la  Casa  real  de  Ara- 
gón en  el  siglo  xiv. 

escrismar,  n.,  descrismar. 

escuajerin§ado,  derrengado;  deshecho  de  fatiga. 

escuatres,  tributo:  en  un  documento  se  lee  debia  por  los 
escuatres  de  la  Iglesia. 

escudillar,  d.,  echar  caldo  en  las  sopas,  el  chocolate  en 


E:  223 

los  pocilios  ó  jicaras,  etc.:  |I  vaciar  el  puchero  en  la 
fuente  en  que  ha  de  servirse;  y  así  se  dice:  escudillar 
las  judías,  la  olla,  las  puches^  etc.  La  Academia  dice 
que  es  vaciar  el  caldo,  pero  eso  no  explica  la  frase  de 
Hurtado  de  Mendoza  en  su  Lazarillo,  me  parecía  más 
conveniente  hora  de  mandar  poner  la  mesa  y  escudillar 
la  olla,  que  de  lo  que  me  pedía:  \\  descubrir  un  secreto, 
V.  g.,  j^o  le  revelé  mi  plan,  y  él  lo  escudilló  al  punto 
en  el  teatro:  ||  escudillar  la  sopa,  calarla  6  echar  sobre 
ella  el  caldo;  acepción  que  hemos  visto  en  algún  Diccio- 
nario. 

escueznar,  a.,  sacar  los  escueznos. 

escueznO;  a.,  pulpa  6  carne  de  la  nuez  tierna:  úsase  en 
plural. 

6scula-ag;ujas,  epíteto  que  algunos  aplican  á  los  sastres, 
y  que  usó,  en  un  iníorme  ante  la  Audiencia  de  Aragón, 
un  Abogado  de  bastante  nota,  que  pasaba  por  discípulo 
del  famoso  Almalilla. 

escupinata,  n.,  escupetina;  escupitina;  escupidura.  Gue- 
vara dice,  escupecina. 

esdevenidor,  venidero;  el  notario  Beneded,  en  i283,  con- 
cluía su  acto  público  sobre  la  Virgen  de  Leciñena  con 
estas  palabras:  las  sobrescitas  cosas escripias  é  tes- 
tificadas en  mi  protocollo,  mesas  en  memoria  del  esde- 
venidor. 

esdevenimientos,  rendimientos  ó  productos  calcu- 
lados 

esfíladiz,  n.,  filadiz;  desfiladiz;  usan  aquella  voz  los  f.  f. 

esforracinar,  quitar  los  renuevos  viciosos  que  salen  de  un 
árbol  ó  los  sarmientos  de  las  parras,  para  que  las  guías 
principales  tomen  la  fuerza  necesaria:  la  Academia  in- 
cluye, en  el  mismo  sentido,  como  Navarra,  la  voz  esfo- 
rrocinar. 

esíullinador,  n.,  deshollinador. 

esfuUinar,  n.,  deshollinar. 

esg-arrar,  n.,  desgarrar. 

^sgarrifar,  d.,  el  efecto  que  nos  causa  la  lima,  cuando  da 
en  falso:  ¡{  d.,  espeluznarse  de  horror. 

esg^arrón,  n,,  desgarrón;  rasgón. 

6Sg;arrupiado,  desarrapado. 

eslaminarse,  n.,  empezar  á  gustar  de  una  cosa:  |I  ir  to- 


224  e: 

mando  el  gusto  á  algo:  [|  estrenarse  en  ciertas  diversio- 
nes y  placeres. 

eslava,  n.,  pendiente  lisa  por  donde  resbala  el  agua. 

esman§amazos,  n.,  se  dice  de  cualquiera  persona  de  poco 
valer,  principalmente  del  estado  llano:  ||  equivale  muy 
aproximadamente,  al  castellano  echa  cantos. 

esmediar,  n.,  disminuirla  cantidad  de  algún  líquido;  y 
se  aplica,  comúnmente,  á  los  que  están  al  fuego  para 
cocer:  úsase  también  como  reflexivo,  y  hay  quienes  lo 
pronuncian  y  escriben,  desmediar. 

esmenición  (morir  de),  por  consunción:  voz  local. 

esmerado,  n.,  líquido  que  ha  disminuido  en  peso  y  vo- 
lumen por  ebullición. 

esmerar,  n.,  conseguir  la  disminución  de  un  líquido  por 
medio  de  la  ebullición:  se  usa  también  como  reflexivo. 

esmo,  n.,  tino;  tiento;  y  así  se  dice  perder  el  esmo:  úsase 
mucho  en  el  Alto  Aragón.  En  catalán  se  usa  esma, 

esmoUar,  n.,  quitar  la  cascara  verde  á  las  nueces,  ave- 
llanas y  otras  frutas:  ||  n.,  desmoronarse  las  obras  de 
tierra  ó  de  construcción  deleznable. 

esmorriUado,  n.,  desportillado. 

esmoscarse,  n.,  desaparecer  sin  ser  visto;  ausentarse  ma- 
liciosamente. 

esmuirse,  d.,  deslizarse:  escurrirse;  zafarse. 

espadilla,  n.,  juego  de  naipes;  acaso  el  tresillo:  entre  los 
papeles  manuscritos  de  Lezaún,  hay  una  carta  escrita 
en  verso  desde  la  Zaida,  en  que  se  lee: 

Mi  mayor  divertimiento 
es  el  juego  de  espadilla., 
en  el  cual  gano  tres  reales, 
en  cuatrocientas  partidas. 

espalmar,  n.,  quitar  el  polvo  á  la  ropa,  frotándola  con 
las  manos;  asilas  leyes  palatinas  de  Jaime  II  de  Ma- 
llorca, en  las  cuales  también  se  halla  spalmator ,  según 
Ducange. 

espanado,  n.,  miserable;  piojoso;  perdido;  hombre  que 
no  tiene  sobre  qué  caerse  muerto:  es  voz  local. 

espartar,  n.,  cubrir  ó  aforrar  con  esparto  las  vasijas  de 
vidrio:  se  usa  también  en  el  adjetivo  ó  participio  pasivo. 

esparvel,  n.,  gavilán:  también  esparver. 


B:  225 

espatarrarse,  n.,  despatarrarse:  del  mismo  modo  pierden 
en  Aragón  la  d  los  demás  derivados;  i|  n.: 

Si  hay  un  Barranchán 
que  al  mundo  espatarra  , 

dice,  en  sentido  metafórico,  uno  de  los  varios  copleros 
que  se  desataron,  cruelmente,  contra  la  Sociedad  Eco- 
nómica Aragonesa,  en  lySS. 

especias,  perfumes. 

espedera;  n.,  espetera. 

espedo,  a.,  asador. 

espenjador,  n.,  pértiga  ó  vara,  que  tiene  dientes  de  hie- 
rro á  la  punta,  y  sirve  para  colgar  y  descolgar  cualquier 
objeto. 

esperreque,  d.,  niño  ú  hombre  mal  sano  6  regañón  ||  d., 
cosa  despreciable. 

espeso,  el  que  abunda  mucho  en  alguna  parte,  ó  se  ciñe 
demasiado,  á  una  compañía  ó  á  un  negocio:  tiene  pa- 
recido con  caldoso. 

espichar,  d.,  morir. 

espiella,  espelta;  escanda  ó  especie  de  trigo:  lo  hemos 
leído,  en  documentos  oficiales. 

espinái,  d.,  espinaca. 

espinalbo,  n.,  cierto  árbol  infructífero. 

esponjado,  p.,  azucarado;  panal;  azucarillo. 

esportillarse,  n.,  desportillarse. 

esportón,  d.,  serón. 

espuenda,  p.,  margen  de  río  ó  campo:  úsase  también  en 
Navarra:  en  otras  partes  espona. 

espunados,  emplea  esta  voz  el  Rey  D.  Martín,  en  el  Dis- 
curso de  apertura  de  las  Cortes  de  i338,  como  se  ve  por 
este  pasaje:  ¿cuántos  afollados  de  su  cuerpo?  Assa:{ 
¿E  cuántos  esvarrigados  é  espunados? 

espuntar,  n.,  ponerse  en  movimiento,  los  machos  cabríos 
ó  guiones  de  un  rebaño. 

espumar,  chisporrotear,  ó  hacer  chisporrotear. 

esqueje,  n.,  se  dice  metafórica  ó  irónicamente,  del  niño 
mal  educado. 

esquila,  c,  cencerro. 

esquilada,  a.,  cencerrada. 

esquilador,  se  usa  en  la  ítqíSq y  ponerse  como  el  chico  del 

15 


226  e: 

esquilador,  para  denotar  que  se  ha  comido,  bebido  6 
tenido  otro  goce,  hasta  el  exceso. 

esquilo,  d.,  cencerro:  1|  n.,  esquileo. 

esquimen  (sacar  el),  sacar  todo  el  partido  posible  de  un 
negocio. 

esquimenzar,  derribar  á  golpe,  el  trigo  respigado. 

esquiparte,  pala  para  la  limpia  de  las  acequias. 

esquirol,  a.,  ardilla. 

estabulado,  n.,  se  dice,  del  ganado  metido  en  el  establo. 

estabular,  n.,  meter  el  ganado  en  el  establo. 

estadal,  p.,  librilo  de  cerilla. 

estadalera,  palmatoria:  esto  creemos,  en  vista  de  los  sig- 
nificados de  ESTADAL  y  del  inventario  de  las  joyas  de  la 
Universidad  en  1781;  en  que  se  menciona  una  de  aque- 
llas, de  peso  de  nueve  onzas  y  cuatro  arienzos. 

estajadizo,  n.,  división  que  se  hace,  en  los  grandes  corra- 
les, para  colocarlas  reses,con  la  separación  conveniente. 

estalonar,  n.,  quitar  el  talón  á  la  media  ú  otro  calzado: 
se  dice  del  zapato  que  va  destalonado^  cuando  se  le 
dobla  el  talón,  para  llevarlo  debajo  del  pie. 

estalviar,  n.,  perdonar;  voz  aragonesa  anticuada,  según 
el  índice  de  Blancas:  excusar;  ahorrar;  economizar:  esto 
se  desprende  de  una  Ordinación  de  Pedro  IV  que  dice, 
los  príncipes  terrenales  son  pilares  de  la  Iglesia,  é  son 
deputados  á  defención  de  aquella,  no  estalviando  acam," 
pamiento  [derramamiento)  de  sangre  de  sí  ó  de  sus  so- 
meros. 

estamento,  a.,  cada  estado  ó  brazo,  de  los  cuatro  que 
concurrían  á  las  Cortes  de  Aragón. 

estampidor,  madero  que  se  arrima  á  una  pared  ruinosa, 
formando  ángulo  agudo  con  ella  y  afianzando  en  tierra. 

estanca,  n.,  gran  porción  de  agua  estancada:  es  muy 
famosa  en  Aragón  la  de  Alcañiz,  célebre  por  sus  buenas 
anguilas. 

estancos,  n.,  terrenos  acotados  y  vedados,  ya  de  particu- 
lares, ya  de  propios:  dehesas  en  que  los  ganados  pueden 
entrar  ciertos  meses  del  año. 

estarel,  medida  de  áridos:  el  monge  Martón  habla  de 
veinte  mil  estareles  de  trigo  importados  de  la  isla  de 
Cerdeña. 

estatuecer,  n.,  estatuir:  se  ve  que  se  usaba  ese  verbo,  por 


E  227 

las  muchas  veces  en  que  se  encuentra  la  tercera  persona 
del  indicativo  estatuece. 

estatuarios,  n.,  procesos. 

estema,  n.,  pena  de  mutilación;  perdimiento  de  miembro. 

estemar,  n.,  imponer  la  anterior  pena  que  tal  vez  se  ex- 
tendería á  la  de  marcar  con  hierro  ardiente  W.  Berceo 
en  su  poema  de  Santo  Domingo  dice:  Hasta  que  de  la 
lengua  os  haya  estemado,  que  Janer  interpreta  privado, 

estepilla,  n.,  planta:  llámase  también  estrepilla. 

esterno,  n.  (véase  cisterno). 

esterza,  n.,  cada  uno  de  los  trozos  ó  suertes  en  que  se  di- 
viden para  su  arriendo  ó  aprovechamiento  algunos 
montes. 

estomizarse,  descalabrarse. 

estopencia,  se  dice  en  algunas  localidades,  yo  no  pago 
ESTOPENCiA  de  nada. 

estornija,  a.,  tala;  juego  de  muchachos. 

estozar,  despeñar. 

estral,  n.,  destral:  el  diccionarista  Rosal  trae  la  palabra 
destraleja  ó  achuela,  que  ya  el  vulgo  (dice)  llama  estra- 
leja. 

estrapaluciO;  n.,  baraúnda;  ruido;  desorden. 

estrébedes,  d.,  tre'bedes. 

estremezo,  a.,  estremecimiento. 

estrenas,  c,  augetas,  en  sentido  de  gratificación. 

estreñir,  d.,  entornar  ó  medio  cerrar  una  puerta:  nunca 
hemos  oído  esta  acepción. 

estreudes,  d.,  trébedes. 


(1)  Estas  dos  palabras  se  hallan  repetidas  veces,  con  toda  la  posible 
claridad  caligráfica,  en  el  libro  de  los  Privilegios  de  la  Unión,  que  en  la 
Introducción  hemos  extractado.  La  lectura  indudable  de  ellas  y  aun  la 
desinencia  ó  construcción  de  la  voz  estema,  nos  han  convencido  de  que 
ni  son  las  mismas  palabras,  ni  deben  representar  la  misma  idea  que  las 
de  extenuación  y  extenuar,  que  se  definen  más  adelante  y  que,  por  otra 
parte,  se  hallan  en  varias  alegaciones  del  Reino  y  otros  tratados  jurídicos. 
En  cuanto  al  significado,  nos  ha  parecido  que,  nombrándose  siempre 
esa  pena,  después  de  la  de  muerte,  y  conformando  tanto  ambos  vocablos 
con  los  latinos  de  stigma  y  stigmare,  que  denotan  la  marca  con  hierro,  no 
era  fuera  de  camino  atribuir  á  estema  y  estemar  la  equivalencia  que  le 
hemos  señalado.— Escrita  esta  nota,  hemos  visto  con  placer  que  Du- 
cange,  en  su  Glossarium,  incluye  estema  y  extema,  añadiendo  membri,  ut 
videtur,  abscíssio,  mutilatio,  interpretación  del  todo  conforme  con  la 
nuestra  y  acerca  de  la  cual  viene  hasta  cierto  punto  en  comprobación,  el 
artículo  membrum  del  Repertorio  de  Miguel  del  Molino,  impreso  en  Za- 
goza,  1585. 


228  e: 

estreyto,  n.,  obligado,  según  Blancas. 

estribera,  n.,  se  dice  media  de  estribera,  por  las  que  van 
sujetas  al  pie  con  una  trabilla  ó  como  estribo,  á  mane- 
ra de  los  botines:  equivale  á  la  palabra  peal:  ||  medias 
ó  calcas  de  estribera  son  las  que  sólo  cubren  la  pierna 
y  rodean  el  pie  á  manera  de  los  botines,  con  una  trabi- 
lla del  mismo  punto. 

estricallar,  d.,  hacer  pedazos. 

estripacuentos,  n.,  el  que  suele  interrumpir  importuna- 
mente al  que  lleva  la  palabra:  también  destripacuentos. 

estropicio,  n.,  desperfecto,  desorden:  también  estrupicio. 

esturdedizo,  aturdido  ó  desmayado  á  consecuencia  de 
caída  ó  golpe  recibido:  incluímos  con  poco  gusto  esta 
palabra. 

esvararse,  n.,  resbalarse:  la  Academia  admite  desvarar^ 
usado  en  ese  sentido:  Peralta  dice  esbarar. 

esvarizar,  n.,  resbalar:  se  usa,  principalmente,  como  re- 
cíproco. 

esvarizón,  n.,  resbalón. 

esvirar,  d.,  bruñir. 

exarico,  n.,  colono:  se  emplea  esta  voz  en  los  cuerpos  de 
derecho  aragonés,  y  se  halla  también  en  Blancas:  ||  te- 
rreno conquistado  al  enemigo,  según  donación  á  Ve- 
ruela  en  el  siglo  xii. 

excebir,  exceptuar;  poner  bajo  excepción. 

exe|^uir,  ejecutar:  voz  forense. 

excibir,  n.,  eximir. 

excrex,  a.,  aumento  ó  firma  de  dote,  que  consiste  en  la 
cesión  que  hace  el  marido  de  una  parte  de  sus  propios 
bienes  para  asegurar  el  dote  de  su  mujer.  Asso  escribe 
excriex:  el  plural  es  excre'{, 

excusado,  n.,  retrete;  secreta. 

excusón,  n.,  tiene  el  mismo  significado  quQjbrrón,  y  es 
también  voz  local  que  se  usa,  principalmente,  por  la 
gente  rústica  en  algunos  pueblos  del  alto  Aragón,  en 
donde  el  lenguaje  aragonés  difiere  del  castellano  mucho 
más  que  el  que  comúnmente  se  habla  en  Aragón,  y  se 
define  en  este  Diccionario, 

exhibita,  a.,  exhibición. 

exi§iderO;  a.,  exigible. 

exor§uia,  derecho  del  señor  contra  la  herencia  del  siervo 


R  229 

que  moría  sin  hijos  en  edad  hábil:  vigente  en  Cataluña 
hasta  el  siglo  xv. 

exporga,  n.,  expurgo. 

exporgar,  n.,  expurgar:  I|  n.,  soltar  los  árboles  y  las  vi- 
des parte  de  su  fruto  naciente. 

extenuación,  n.,  pena  de  muerte  por  hambre,  sed  y  frío 
que  los  señores  feudales,  de  potestad  absoluta,  podían 
imponer  á  sus  vasallos  de  signo  servicio. 

extenuar,  n.,  imponer  la  pena  de  muerte  por  hambre, 
sed  y  frío. 

extracta,  a.,  traslado  fiel  de  cualquiera  escritura  ó  ins- 
trumento público. 

extraer,  a.,  sacar  traslado  de  alguna  escritura. 

extremar,  limpiar  la  casa;  principalmente,  asear  los  pisos. 


Fabeación,  a.,  acción  y  efecto  de  fabear. 

iabeador,  a.,  cada  Consejero  sacado  de  la  bolsa  de  Jura- 
dos de  Zaragoza  para  votar  á  los  qne  habían  de  entrar 
en  suerte  para  los  oficios  públicos. 

fabear,  a.,  votar  con  habas  6  bolas  blancas  y  negras. 

fabolines,  d.,  especie  dé  habas  pequeñas. 

fabriquera,  había  Casa  fabriquera  en  102  pueblos  rea- 
lengos de  Aragón,  y  sus  diezmos  eran  para  la  fábrica  de 
la  Seo  de  Zaragoza,  catedral  todavía  no  concluida;  pero 
S.  M.  tenía  de  ello  el  Real  Noveno. — Hemos  tomado 
esta  noticia  de  un  Plan  de  los  pueblos  y  die^matorios 
del  Ar:{obisjpado  de  Zarago:{a,  formado  por  D.  Ignacio 
Borao,  padre  del  autor  de  este  Diccionario. 

fabueño,  d.,  viento  favonio. 

fadiga,  a.,  derecho  que  se  paga  al  señor  del  dominio  di- 
recto, siempre  que  se  enajena  la  cosa  dada  en  enfiteusis. 

fagüeño,  fabueño. 

fajar,  poner  á  los  niños  la  envoltura. 

fajeros,  envoltura  para  abrigar  á  los  niños  de  pecho:  en 
español  tienen  estas  palabras  significación  más  concreta. 


230  P" 

fsgo,  a.,  haz:  es  también  usual  en  el  reino  de  Navarra. 

falaguera,  d.,  deseo  impertinente  y  extravagante. 

falca;  a.,  cuña. 

falce,  n.,  cierto  árbol  infructífero. 

falcino,  n.,  vencejo;  ave. 

faldeta,  estar  con  la  faldeta  remangada,  indica,  hallarse 
ó  continuar  en  algún  peligro  6  responsabilidad. 

falenciales,  n.,  excepcionales,  voz  forense. 

falordia,  a.,  cuento  ó  fábula. 

falsa,  a.,  desván;  zaquizamí. 

famoso,  infamatorio;  injurioso;  según  e!  Glosario  de  Sa- 
vall  y  Penen. 

fandango,  n.,  pendencia;  riña;  desorden;  confusión;  y  así 
se  dice  ¡se  ha  armado  buen  fandango! 

fanfarria,  fanfarrón. 

faracha,  espadilla  para  macerar  el  lino  ó  cáñamo:  la  Aca- 
demia usa  farachar;  pero  no  faracha. 

farachar,  a.,  espadar  el  cáñamo  ó  lino. 

farbsdás,  rizos  que  guarnecen  un  traje,  según  una  Rela- 
ción de  fiestas  de  171 1;  conforma  bien  con  úf áralas 
castellano. 

fardacho,  p.,  lagarto:  también  en  otras  partes,  engar- 
daixo. 

farfallas,  n.,  planta  scor:{onera  laciniata:  tiene  aquel 
nombre  en  sólo  algunas  localidades. 

farfalloso,  a.,  tartamudo;  balbuciente;  tartajoso. 

farinetas,  a.,  puches;  gachas;  polenta. 

farnaca,  d.,  lebrato:  |1  n.,  como  epíteto,  sirve  para  desig- 
nar á  la  mujer  gruesa  y  poco  airosa. 

farolero,  n.,  se  usa  en  las  frases  meterse  d  farolero,  que 
significa,  lo  mismo  que  la  de  meterse  alguno  donde  no 
le  llaman,  ó  en  lo  que  no  le  toca,  que  explica  la  Aca- 
demia. 

farullista,  n.,  leemos  esta  voz,  en  unos  versos  contra  el 
Chichisveo^  y  está  tomada  en  tan  mala  parte,  que  viene, 
para  confirmarlas  y  exagerarlas,  después  de  otras  expre- 
siones poco  decentes,  en  que  se  designa  al  marido  sufri- 
do ó  consentido. 

farrafuUar,  farfullar;  en  su  acepción  metafórica. 

fascal,  a.,  hacina  de  treinta  haces  de  mieses:  [|  n.,  persona 
mal  vestida,  y  sobre  todo,  de  mal  talle. 


F-  231 

fasos,  en  sus  Ilustraciones  i  Lucas  Fernández,  dice  el  se- 
ñor Cañete  (pág.  71),  que  algunas  Catedrales  de  Aragón 
llamaban  en  el  siglo  xiv  deis  fars  ó  Fasos,  á  los  mai- 
tines de  Jueves  Santo;  voz  que  vendría  de  farsa^  por 
las  preces  rimadas  que  cerraban  estos  oficios. 

fatera,  bobada;  tontería. 

fatig;a;  n.,  voz  forense,  que  aunque  no  parece  sino  una  de 
las  aplicaciones  de  aquella  palabra  castellana,  se  ve  usa- 
da en  nuestros  ff.  en  la  frase  fatiga  de  derecho^  para 
manifestar,  dilación  maliciosa,  en  la  administración  de 
justicia. 

fatigar,  n.,  la  misma  idea. 

favueño,  fabueño  y  fagüeño. 

fecejada,  heces  del  vino,  en  pueblos  limítrofes  á  Navarra. 

fejudez,  d.,  pesadez. 

fejudO;  d.,  bardo,  pesado,  con  aplicación  á  las  ropas:  ||  n., 
ocupación  demasiado  incómoda,  complicada  ó  ma- 
terial. 

femado,  n.,  lo  abonado  con  estiércol. 

femar,  n.,  abonar  un  campo  con  estiércol. 

fematero,  n.,  el  que  recoge  y  acarrea  el  estiércol. 

femera,  a.,  estercolero:  y^weracfów  se  lee,  en  algún  docu- 
mento latino. 

femeral,  sitio  destinado  á  depositar  ó  abandonar  los  es- 
tiércoles. 

fencejo,  n.,  soguilla  de  esparto. 

fendilla,  d.,  grieta. 

fenal,  d.,  prado. 

fer,  hacer;  en  el  uso  del  vulgo. 

fergenal,  d.,  campos  que  se  comprenden  á  la  redonda  de 
un  pueblo:  dícese  también  yér^ma/  y  fregenal. 

ferrete,  n.,  se  usa  en  la  frase  dar  ferrete ^  para  denotar  la 
insistencia  de  una  cosa,  y  así  se  dice,  dar  ferrete  á  los 
libros,  por  estudiarlos  mucho. 

ferruza,  la  hoja  ó  hierro  de  la  espada.  En  el  famoso  cartel 
de  desafío  dirigido  por  D.  Pedro  Torrellas  á  Jerónimo 
Anca,  desde  Zaragoza,  á  4  de  Mayo  de  i522,  que  fué 
el -postrer  duelo  de  España  y  dio  asunto  á  la  comedia  de 
este  título,  escrita  por  Lope  de  Vega,  se  lee:  con  eS" 
pada  de  cuatro  palmos  de  ferruza,  á  medida  de  vara 
4e  Aragón. 


28IÍ  F" 

fetilleroS;  en  Fueros  mss.  de  Aragón  hemos  leído  esta 
palabra,  creemos  recordar  que  en  sentido  de  adivinos. 

feúsco,  n.,  despectivo  de  feo. 

fialdades,  rehenes:  los  castillos  de  las  fialdades  de  la 
Unión,  leemos  en  los  Privilegios  de  ésta. 

fianza  de  riedra,  n.,  vale  tanto  como  fianza  de  desisti- 
miento ó  desistencia  y  se  escribe  también  redra.  En  la 
compilación  de  nuestros  ff.,  fol.  95,  se  lee,  debet  daré 
fidantiam  de  redra,  quod  numquam  demandet  illum 
pleitum  de  illa  causa  de  illum  hominem. 

ficacio,  cuidado,  atención,  y  así,  pon  ficacio  en  lo  que 
haces:  quizá  viene  de  eficacia. 

fideicomiso,  n.,  se  da  nombre  de  fideicomiso  íoral  al 
consorcio  foral,  por  la  semejanza  de  sus  efectos. 

fiemo,  n.,  estiércol:  da  la  equivalencia  de  esta  palabra  el 
Glosario  del  Memorial  histórico  de  la  Academia  de  la 
Historia:  la  de  la  Lengua  incluye  i  fimo  entre  las  pa- 
labras castellanas:  Jaume  Roig  en  su  Llibre  de  Consells 
usa  también  aquella  voz. 

fierrabrás,  n.,  travieso;  desasosegado;  inquieto;  revoltoso. 

fila,  d.,  madero;  viga:  ||  n.,  rostro;  semblante;  en  lenguaje 
familiar:  II  n.,  escorredizo:  ||  n.,  fila  de  agua;  hila  de 
agua. 

filarcho,  n.,  filurcho. 

filimpias,  en  las  Ordenanzas  del  gremio  de  Torcedores  de 
seda,  1 61 1,  se  mencionan  al  capítulo  42,  las  tocas  de 
algodón  y  de  lino  delgado^  llamadas  filimpúas. 

filindrajo,  n.,  andrajo;  retal;  retazo. 

filurcho,  n.,  hilarcha. 

finesno,  polluelo. 

findoz,  d.,  regaliz. 

firma,  a.,  uno  de  los  cuatro  procesos  forales  ó  juicios  pri- 
vilegiados, por  el  cual  se  mantenía  á  alguno  en  la  pose- 
sión de  los  bienes  ó  derechos,  que  se  creía  pertenecerle: 
es  común,  casual,  simple,  motivada,  posesoria,  titular, 
etcétera:  ||  a.,  despacho  que  expedía  el  Tribunal  al  que 
se  valía  del  juicio  llamado  firma:  |l  di, afirma  tutelar,  la 
que  se  despacha  en  virtud  de  título  como  ley  ó  escritura 
pública:  ||n.,^rm¿z  de  dote ^  los  bienes  que  el  marido 
señala  á  la  mujer  sobre  su  dote. 

firmales,  dueñas  ó  doncellas  muy  bien  guarnecidas  de 


F-  233 

vestido  de  oro  é  sirgo  é  lana  brostados  de  oro  é  cintas 
é  FIRMALES  ó  cadenas  de  oro  é  de  plata,  dice  un  docu- 
mento antiguo. 

firmante,  n.,  el  que  se  acogía  al  privilegio  de  firma. 

firmar,  n.,  solicitar  por  sí  ó  por  otro,  el  privilegio  de 
firma. 

firmaticia,  n.,  provisión  ó  providencia  en  que  se  asegura- 
ba á  alguno  la  posesión  de  bienes  ó  derechos. 

fitero,  d.,  resistero  de  sol. 

fito,  fito,  n.,  constante,  no  interrumpido:  equivale  al 
cutio  cutio:  II  n.,  fito,  de  hito  en  hito. 

fizado,  n.,  se  dice  del  animal  que  ha  sido  mordido  ve- 
nenosamente, y  principalmente,  de  la  oveja  que  ha  te- 
tado al  morgaño. 

fizar,  d.,  clavar  el  aguijón  la  abeja  ú  otro  animal  ponzo- 
ñoso. 

fizón,  d.,  aguijón. 

flico,  en  la  frase  hacer  ó  dar  flico  significa,  hacer  mala 
salida. 

Aojar,  n.,  aflojar. 

flojo,  n.,  falto  de  energía  ó  de  salud;  el  que  convalece. 

florada,  a.,  entre  colmeneros,  el  tiempo  que  dura  una  flor. 

florecido,  véase  escasfecido. 

florín  de  oro,  n.,  moneda  de  20  sueldos  en  1439,  y  de 
16  en  el  reinado  de  Carlos  I,  según  Merino:  hoy  equi- 
valente, según  Yanguas,  á  34  rs.  En  la  Universidad  de 
Salamanca,  se  calculaba  la  paga  de  los  catedráticos  por 
florines  de  Aragón,  según  nos  lo  ha  comunicado,  el  no- 
table escritor  D.  Vicente  Lafuente. 

focín,  focio,  n.,  persona  poco  culta  y  de  maneras 
bruscas. 

focha,  n.,  gallina  de  agua. 

fogaje,  n.,  fuego;  hogar;  familia:  en  castilla,  contribu- 
ción repartida  por  fuegos  ú  hogares. 

focalizar,  n.,  marcar  con  fuego  el  ganado. 

fogarear,  n.,  quemar:  se  dice  de  la  leña. 

fondellón,  c,  vino  exquisito  que  tiene  madre  en  la  vasija, 
la  Academia  escribe  bien  Jbndil Ion. 

forado,  agujero;  castellano  antiguo. 

forajidos,  expatriados:  el  Duque  de  Villahermosa  dice  en 
1 577,  que  los  cristianos  de  Ribagor^a  estaban  forajidos 


234  F 

en  sus  casas,  y  esto  sale  muy  bien  del  latín  /ora  exi- 
dos (1). 

forano,  n.,  forastero:  esta  significación  tiene  también,  en 
el  lenguaje  de  la  Germanía. 

forcacha,  n.,  horcón. 

forideclinatoria,  n.,  excepción  declinatoria  de  fuero. 

foridicamente,  á  fuero;  según  fuero. 

forig^ar,  agujerear:  úsase  en  el  bajo  Aragón. 

fori§;ón,  jabuco. 

forlier,  en  un  códice  de  oficios  palatinos  de  Jaime  II  se 
ofrecen  pintados  varios  de  ellos,  entre  otros  e\Jbrlerius, 
forlerio  ó  aposentador,  correspondiente  al  traversier 
francés,  y  origen  de  nuestro /Mrne/,  sobre  lo  cual  pue- 
de verse  á  Govarrubias  y  á  Latassa,  en  el  tomo  II  de  su 
Biblioteca  antigua. 

formiguero,  montoncillo  de  tierra,  que  se  quema  con  leña 
y  después  se  tiende  á  más  terreno,  como  abono:  tam- 
bién se  llama  hormiguero  y  fornillo. 

forro,  n.,  ahorrado  de  ropa  y  también  se  dice,  aforrado; 
pero  son  voces  locales. 

forrón,  n.,  mezquino;  avaro;  miserable;  ahorrador  con 
exceso. 

fosal,  a.,  sepulcro  ó  fosa:  en  Castilla,  cementerio. 

fosqueta,  d.,  calabozo:  II  n.,  casucha. 

fractor,  n.,  se  llsima. /ractor  de  firma,  el  que  desobedece 
algunas  de  las  inhibiciones  ó  providencias,  en  el  proceso 
privilegiado  de  aquel  nombre. 

fragua,  c,  fresa;  frambueso. 

frajenco,  cerdo  de  media  credida,  ni  bien  de  los  llamados 
de  leche,  ni  bien  de  los  de  cuchillo. 

frao,  a.,  fraude:  úsase  mucho  este  vocablo,  en  las  Colec- 
ciones de  los  fueros, 

frederical:  n.,  lo  perteneciente  á  los  Fadriques;  y  así  se 
dijo  manto  frederical ^  porque  lo  habían  usado,  en  aque- 
lla forma,  algunos  Fadriques  de  Sicilia. 

freg;adera,  n.,  fregadero. 

frente,  con  la  frase  aquiétate  la  frente,  se  indica  que  no 
se  pretende  ya  cosa  alguna. 

(1)    Ercilla  dice  en  el  canto  XXIII  de  su  Araucana'. 
Andas  de  tus  banderas  forajido. 


F"  235 

fres,  a.,  galón  de  plata  ú  oro:  también  se  decía  freso  en 
el  siglo  XVI ;  voz  que  la  Academia  trae  como  castellana 
anticuada,  Blancas,  en  su  Breve  índice  de  vocablos  ara- 
goneseSy  interpreta  fresada  de  oro  por  llena  de  oro, 
cuando  debe  de  ser  galoneada  de  oro. 

fresana,  n.,  ave;  faisán-perdiz. 

fresca  del  arzobispo,  n.,  el  tiempo  de  mayor  calor,  du- 
rante el  día. 

firescuado,  n.,  la  res  de  cuatro  años,  fuera  de  cuya  edad, 
ya  no  se  conoce  el  ganado  por  el  diente. 

fritada,  c,  pisto;  conjunto  de  cosas  fritas. 

friolenco,  d.,  friolento:  la  Academia  usa  además,  las  pa- 
labras frigoriento,  friolengo,  frioliento  y  friolero. 

frontalero,  n.,  en  el  Códice  de  las  Uniones  de  Aragón, 
al  folio  98,  se  pide  enmienda  de  los  daños  que  en  la  úl- 
tima guerra  hicieron  á  los  nobles  los  frontaleros  del 
rey,  de  lo  cual  se  desprende  que  serían  algún  cuerpo 
de  soldados  de  preferencia. 

frontinazo,  d.,  golpe  dado  en  la  frente  contra  alguna  pa- 
red, mueble,  etc. 

fuchina,  escapatoria. 

fuena,  Jaca  pidió  al  rey  no  dar  peaje  ni  fuena,  según  se 
lee  en  unos  Privilegios  de  Aragón. 

fuerista,  n.,  forista;  el  comentador,  compilador  ó  autor 
exegético,  acerca  de  los  fueros  de  Aragón. 

fuerte,  n.,  abundante;  y  así  se  á'iCQ^  fuerte  cosecha:  ||  n., 
alto,  p.  ej.,  fuerte  mo;{0 .•  ||  n.,  grande,  como  fuerte 
aguacero  ha  caído:  \\  n.,  largo,  y  por  eso  se  dice,  estuvo 
fuerte  rato:  ||  n.,  parar  fuerte:  véase  parar. — Obsérvese 
que  siempre  tiene  significación  abundancial  y  que  siem- 
pre se  antepone  al  sustantivo. 

fuina,  p.,  garduña. 

fulco,  d.,  jeme:  se  usa  también  en  Navarra. 

fulero,  n.,  se  aplica  á  lo  que  no  es  de  recibo,  principal- 
mente á  la  moneda  defectuosa  ó  de  baja  ley:  ||  n.,  asi- 
mismo á  la  persona  de  malas  mañas  ó  equívoca  con- 
ducta; y  es  más  común  para  deprimir  á  la  mujer:  ||  n., 
también  á  las  prendas  de  vestir  que  no  son  de  buen 
gusto. 

fulla,  mentira;  impostura:  de  aquí  deriva  bien  enfullar, 
castellano. 


286  O 

furo,  c,  fiero;  huraño;  esquivo:  |j  d.,  animal  coceador  ó 
no  domado:  ||  a.,  hacer  fura  una  cosa,  hurtarla. 

furris,  n.,  tramposo;  embrollón:  es  voz  familiar. 

furrufalla,  n.,  borrufalja. 

fusileros,  n.,  en  Aragón,  un  cuerpo  especial  de  tropas, 
destinadas  á  la  persecución  de  malhechores. 

fusta,  n.,  ramaje  para  pasto  délos  rebaños  en  las  dehesas. 

fustdolz,  regaliz. 

fuste,  di. afuste  cuarentén  es,  viga  de  cuarenta  palmos. 

fustet,  campeche,  según  el  Glosario  de  Savall  y  Penen. 

futesa,  n.,  bagatela;  cosa  de  poca  entidad;  parece  nacer 
de  fútil,  y  aunque  no  incluida  en  el  Diccionario  de  la 
Academia,  se  halla  en  otros,  como  el  de  Campuzano. 
En  la  edición  de  1869,  ha  incluido  la  Academia  como 
española,  esta  voz. 


Gabarda,  a.,  mosqueta  silvestre;  planta. 

gabote,  d.,  volante  ó  rehilete;  juego. 

gafarrón,  n.,  ave:  |)  se  dice  del  que  habla  mucho,  princi- 
palmente con  alusión  á  los  niños. 

gafete,  c,  corchete;  voz  usada  en  Aragón,  en  donde  tam- 
bién significa  perro  para  cazar  conejos,  según  Dozy. 

gajo,  d.,  porción  de  manzana,  naranja,  etc. 

galacho,  d.,  hoyo  ó  cortadura  que  dejan  las  avenidas  ó 
aguas  derrumbadas. 

galafatón  (coger  en),  n.,  coger  á  uno  in  fraganti. 

galapatillo,  insecto  que  ataca  á  las  mieses. 

galas,  agallas;  antic. 

galce,  n.,  marco  ó  aro  y  también  rebajo. 

galdrufa,  a.,  peonza:  de  este  juego  nacen  otras  palabras, 
aragonesas  en  general,  que  por  su  poca  entidad  no  in- 
cluimos, como:  quique  y  quica:(o,  cuando  la  peonza  cae 
perpendicularmente  sobre  el  dinero:  garranchada,  cuan- 
do lo  desparrama  con  el  clavo;  tripe,  cuando  con  la 
barriga,  etc. 


o  237 

galera,  c,  casa  de  corrección  para  mujeres. 

galgueado,  n.,  el  animal  que  ha  sufrido  persecución  de 
galgos,  consiguiendo  superarla. 

gallina  ciega;  n.,  ave;  caprimulgos  europceus, 

gallinero,  c,  cazuela;  localidad  de  teatro. 

gallipuente,  a.,  puente  que,  llevando  una  acequia,  sirve 
á  la  vez  de  paso. 

gallofa,  p.,  añalejo. 

gallón,  a.,  césped  arrancado  de  los  prados,  para  hacer 
paredes,  márgenes,  bancos  ú  otras  construcciones:  no 
se  halla  en  las  últimas  ediciones  de  la  Academia,  aun- 
que sí,  como  castellano,  su  derivado  gallonada^  tapia 
fabricada  con  céspedes. 

gallos  (Á),  n.,  se  usa  en  la  frase,  hervirá  gallos^  para 
expresar  un  hervor  muy  fuerte. 

gambada,  zancada  ó  paso  largo  ó  todo  el  movimiento  que 
permite  la  pierna  para  avanzar  ó  para  hacer  montar 
con  ella,  algún  obstáculo:  ||  vuelta;  excursión. 

gana,  d.,  darle  ó  no  darle  á  uno  la  gana^  querer  ó  no 
querer;  ||  a.,  estar  de  mala  gana]  hallarse  indispuesto:  || 
a.,  mala  gana^  congoja.  En  este  último  sentido,  lo  usa 
Avellanada  en  su  Quijote. 

gandumbas,  hombre  de  genio  blando;  carácter  poco 
activo. 

ganoso,  se  emplea  en  el  proverbio,  más  vale  hora  ganosa 
que  díapere:{oso. 

gaña,  d.,  extremos  de  herradura,  reja  ó  azada:  cierta 
parte  dentada  ó  en  forma  de  sierra,  que  tienen  en  lo 
inferior  de  la  cabeza,  algunos  pescados. 

garapatillo,  n.,  insecto  hemíptero:\\n.^  enfermedad  de 
los  trigos,  ocasionada  por  aquel  insecto. 

garapitero,  medidor  oficial  del  vino  y  el  aceite. 

garapito,  oficina  de  medición  de  vino  y  aceite:  es  cos- 
tumbre en  algunos  pueblos,  arrendar  e/ garapito  ó  ex- 
clusiva^ de  la  medición  oficial,  y  esto  viene  á  ser  para 
ellos  un  arbitrio  municipal. 

garba,  a.,  gavilla  de  mieses. 

garbar,  garbear,  a.,  formar  las  garbas  ó  recogerlas. 

garbo  (de),  con  abundancia  ó  prodigalidad;  y  así  se 
dice,  gastó  de  garbo,  en  aquellas  fiestas. 

garchofa,    alcachofa:  así  se  lee,  en  un  no  despreciable 


238  O 

poema  de  J.  B.  Felices,  dedicado  al  torneo  celebrada 
en  Zaragoza  el  año  i63o. 

garg^ol,  p.  batueco  6  huevo  huero. 

garita,  n.,  cubierto  de  madera,  en  donde  se  vende  pesca- 
do: también  las  hay  de  quincalla,  juguetes,  etc. 

garlanda,  probablemente,  guirnalda  ó  diadema:  en  Or- 
denación para  coronación  de  las  reinas  se  lee,  salvo  que 
no  lleve  garnalda  ni  corona  en  la  cabe:{a. 

garnacha,  a.,  uva  y  vino  de  cierta  especie. 

garra,  en  la  frase  estirar  la  garra  significa,  morir. 

garrada,  lo  mismo  que  gambada. 

garrampa,  d.,  calambre. 

garrapata,  n.,  se  dice  de  la  sección  más  joven  ó  más 
desaplicada  en  las  escuelas  de  niños,  y  por  extensión, 
de  la  parte  menos  distinguida  en  cualquiera  reunión.  El 
librero  Cabrerizo,  en  sus  Memorias,  dice,  j^^r  nos  espe- 
raba medio  pueblo  y  algunos  soldados  de  garrapata. 

garras,  n.,  piernas  delgadas:  usa  esa  voz  el  Fuero  gene- 
ral de  Navarra  (el  mss.,  no  el  impreso)  para  denotar 
en  general,  las  piernas. 

garraspa,  d.,  escobajo. 

garrear,  n.,  patalear,  agitar  y  mover  descompuestamente 
las  piernas;  ó  por  estar  impedido,  ó  por  dolor  ó  coraje. 

garrico,  campo  yermo:  se  lee,  en  antiguos  documentos 
aragoneses. 

garrofa,  p.,  algarroba. 

garrón,  a.,  calcañar;  y  así,  al  que  lleva  las  medias  caídas, 
se  le  dice  que  las  lleva  al  garrón:  codillo  de  la  res. 

garroso,  d.,  patituerto. 

garujo,  d.,  garifo. 

garullada,  n.,  gurullada;  garulla  ©conjunto  desordenado 
de  gentes;  en  la  Fábula  de  Fineoy  las  Harpías ^  que  se 
halla  recogida  por  Lezaún,  en  uno  de  sus  tomos  ma- 
nuscritos, se  lee, 

y  toda  la  garullada 
de  los  dioses  del  Olimpo . 

gasón,  a.,  césped. 
gata^  ahu jetas. 

gatamusa,  n.,  mojigata;  hipócrita;  mujer  redomada:  tie- 
ne alguna  analogía  con  la  voz  gatatumba^  que  en  caste- 


o  239 

llano  significa,  simulación  de  obsequio,   reverencia  ó 
dolor. 

gataria,  n.,  galera;  planta:  nepeta  cataría, 

gatatumba,  n.,  hacer  la  gatatumba,  hacerse  el  muerto: 
la  Academia  admite  esa  voz  con  significación  algo  di- 
ferente. 

gatuñada,  n.,  arañada. 

gauda,  gualda,  según  Glosario. 

gavia,  n.,  expresión  metafórica,  para  motejar  á  uno  de 
loco,  travieso,  ó  calavera:  cordón  de  bomberos:  se  lo 
hemos  oído  á  un  jefe  de  bomberos  de  incendios. 

gaviño,  d.,  pretil. 

gay  ó  gayo,  d.,  arrendajo,  ave. 

gaya,  n.,  pieza  triangular  de  tela,  que  se  pone  en  las  ca- 
misas y  en  otras  prendas  del  traje,  para  dar  ensanche, 
hacia  la  parte  que  el  cuerpo  lo  requiere. 

gayata,  a.,  cayada  ó  cayado. 

gaznatazo,  bofetón:  análogamente,  admite  la  Academia 
gaznatada. 

general,  d.,  rentas  generales:  |l  aula,  en  la  Universidad 
de  Zaragoza:  suele  usarse  en  plural  y  lo  hemos  leído,  la 
última  vez,  en  un  informe  del  Arquitecto  D.  Tiburcio 
Delcaso,  sobre  el  estado  en  que  el  edificio  se  hallaba 
en  i8i3,  después  de  haberlo  volado  los  franceses:  || 
a.,  aduana. 

generalero,  a.,  aduanero. 

generalidad,  a.,  comunidad:  ||  a.,  contribución  que  se 
adeuda  en  las  aduanas.  Según  Dormer  se  llama  así,  el 
adeudo  arancelario,  porque  generalmente  lo  pagan  todos 
y  de  todo  lo  que  entra  y  sale  de  los  reinos. 

generalidades,  a.,  contribuciones  públicas. 

genial,  genio  y  geniazo:  la  Academia  define  sólo,  como 
adjetivo. 

gente  de  la  estopa,  alpargateros,  sogueros  y  talegueros. 
Según  D.  Vicente  de  Lafuente. 

geribeques,  n.,  gestos;  guiños;  visajes;  contorsiones.  . 

gerova  (irá  la),  n.,  ejercer  el  oficio  ó  industria   de  ge- 

ROVERO. 

gerovero,  n.,  la  persona,  que  en  los  pueblos  de  corto  ve- 
cindario, se  destina  á  acarrear  de  las  ciudades  ó  pobla- 
ciones más  próximas,  las  provisiones  y  demás  objetos 


240  O 

necesarios  y  convenientes:  se  usa  en  las  localidades  ra- 
yanas con  Navarra. 

geta,  a.,  grifo;  espita:  ||  c,  labios  gruesos,  boca  y  aun  me- 
jillas: II  d.,  hinchara  uno  la  jeta,  darle  de  mojicones. 

getar,  n.,  arrojar;  lanzar:  dfcese  también  gttar  y  es  anti- 
cuado: defínelo  Rosal  en  su  Diccionario  y  lo  deriva  de 
agitare:  véase  Guerra  y  Orbe  en  su  Fuero  de  AviléSy 
página  71. 

getazo,  d.,  bofetón. 

giguentena,  d.,  multa  ó  pena,  por  abuso  en  los  riegos. 

gimenzar,  d.,  sacudir  á  golpes,  la  simiente  del  lino  ó  cá- 
ñamo. 

ginjol,  d.,  azofaifa. 

girolitos,  n.,  se  usa  en  la  frase,  no  me  venga  V,  con  gi- 
rolitoSf  y  equivale  á  no  me  venga  V.  con  vanas  discul- 
pas; no  me  embrome  V, 

glanero,  el  campo  de  árboles  que  producen  los  glanes. 

glanes,  bellotas  de  una  clase  inferior,  que  se  destinan  so- 
lamente, á  los  animales.  Incluimos  esta  voz,  en  plural, 
como  siempre  se  usa;  tanto  por  ser  de  empleo  actual  y 
frecuente,  como  por  diferir  en  la  escritura  y  significa- 
ción, de  la  voz  glande,  que,  anticuada,  admite  la  Aca- 
demia; como  porque  tiene  sus  derivados. 

gobernudo,  n.,  se  dice,  de  la  persona  de  mucho  gobierno 
ó  de  la  que  se  afana  en  hacérselo  todo. 

gócete,  pieza  accesoria  de  la  lanza,  á  veces  con  picos,  que 
se  adaptaba  á  la  manija:  es  voz  que  no  incluye  la  Aca- 
demia en  este  sentido,  sino  en  el  de  pieza  del  yelmo  y 
sobre  la  cual  remitimos  á  la  palabra  roquete:  también 
significa  sobaguera  ó  guarda-axila. 

gonela,  en  la  Corona  de  Aragón,  dice  Quadrado,  se  daba 
este  nombre  italiano  á  la  aljuba,  ó  pelote,  ó  quezote,  que 
era  una  especie  de  tonelete, 

gordaría,  n.,  grosor. 

gorga,  p.,  Az.,  la  olla  ó  remohno  que  hace  el  agua:  (en 
edición  i832  y  siguientes). 

gorgojo,  n.,  nombre  que  se  aplica  á  los  niños,  para  deno- 
tar, ó  su  pequenez  ó  su  viveza. 

gorito,  d.,  ruin. 

gorrinera,  a.,  choza  en  que  se  encierran  los  cerdos. 

gorrinüla,  n.,  cucaracha;  insecto. 


o  241 

gorrino,  p.,  puerco  ó  cochino:  en  Castilla,  puerco  de 
aun  no  cuatro  meses. 

gorrón,  n.,  ave  muy  conocida,  durante  el  verano,  en  la 
laguna  de  Gallocanta. 

gorronera,  cárcel  en  que  entra  el  gorrón  ó  eje  de  las 
puertas  de  calle,  construidas  con  este  giro  y  no  con  bi- 
sagras. 

gosar,  n.,  atreverse;  osar;  decidirse  á  una  cosa:  el  poeta 
Leonardo  de  Sors  dice. 

No  gos  mostrar  sua  volentat 


Car  be  no  gos  mostrar  ne  dir 
Com  no  Goso  dir  lo  mal  que  sent. 


En  documento  de  i283  leemos,  no  gosaba /ablar. 

gotito,  n.,  traguito:  también  se  dice,  y  con  más  frecuen- 
cia, gótico:  la  Academia  no  incluye  esta  palabra,  ni  la 
de  gota;  pero  otros  diccionarios  ponen  gota,  gotita  y 
gotilla. 

grado,  n.,  se  llamaban  grados  de  bóveda  los  que  deven- 
gaban la  mitad  de  las  propinas,  según  se  ve  en  los  Ges- 
tis  del  siglo  pasado:  la  mitad  que  no  se  entregaba  á  los 
doctores,  se  destinaba  á  atenciones  generales  de  la  Es- 
cuela. 

grafía,  fleje  ó  tenaza  de  hierro,  para  asegurarlas  paredes. 

gramalla,  vestidura  talar:  aunque  la  Academia  lo  define 
así,  pero  antes  de  que  esta  Corporación  existiera,  debía 
no  ser  comprendida  esa  palabra  fuera  de  Aragón,  á  juz- 
gar por  estas  curiosas  de  Diego  Murillo  en  el  capítulo 
3.^  de  sus  Excelencias:  y  las  ropas  ro^^ogantes  que 
visten  los  Jurados  en  los  actos  públicos,  se  llaman  gra- 
MALLAS,  que  no  es  ra{on  dejar  de  poner  aquí  nuestros 
propios  términos  para  que  consten  los  nombres. 

gramaya,  n.,  gramalla:  se  lee  en  Andrés  de  Uztarroz  y 
en  las  Ordinaciones  de  Zarago:{a, 

gr anota,  rana. 

grasonera,  más  comúnmente  rasonera. 

gratar,  d.,  rascar  suavemente:  Rosal  lo  deriva  de  grato, 
cosa  dulce  y  gustosa,  pero  no,  pues  es  un  italianismo. 

greque,  n.,  calificativo  de  cierta  especie  de  uvas  de  color 

16 


242  O 

dorado:  se  aplica  á  determinado  vino,  que  se  llama 
también  greco.  Luis  Benavente,  en  su  entremés,  La 
Puente  Segoviana^  dice: 

—  Vino  GRECO  soy  precioso. 
— Ningún  hombre  con  él  trate, 
que  hace  que  le  hablen  en  griego 
y  le  duerman  en  romance. 

greuge,  a.,  queja,  que  daba  cualquiera  en  las  Cortes,  con- 
tra el  agravio  que  se  hubiera  hecho,  á  los  fueros  en  ge- 
neral ó  en  particular  á  su  persona:  en  documentos  de 
la  historia  de  Navarra  hemos  leído  grieves. 

grilla,  n.,  mentira. 

grillado,  de  grillarse. 

grillarse,  n.,  empezar  á  perderse  algunos  frutos  vegetales: 
se  dice  vulgarmente,  se  las  grilló,  para  indicar  que  uno 
se  ausentó  inesperadamente  y  con  aire  de  huida:  salir 
hijuelos  en  el  fruto  ya  cogido. 

grillón,  el  hijuelo  que  brota  de  una  simiente,  del  cual  re- 
sulta después  la  planta. 

gripia,  n.,  reptil:  H  d.,  mujer  díscola  y  pendenciera. 

gris,  p.,  tiempo  frío;  vientecillo  fresco. 

grita,  a.,  llamamiento  á  los  interesados,  en  el  juicio  de 
Aprehensión;  se  decía  también  cartel  de  gritas. 

gritar,  d.,  reprender,  reconvenir. 

griva,  tordo:  como  una  griva,  borracho. 

gruenza,  d.,  tolva. 

gruñón,  n.  gruñidor. 

guajar,  d.,  echar  muchas  espigas, 

guajo,  d.,  pie  de  trigo  ó  cebada,  con  más  de  una  espiga. 

guantazo,  d.,  guantada;  bofetón. 

guara,  n.,  viento  norte,  así  llamado,  por  la  sierra  de  Gua- 
ra de  donde  procede. 

guaran,  c,  garañón. 

guarda,  guardia,  d.,  adula. 

guayta,  sin  duda,  el  cuerpo  de  vigilancia,  á  !as  órdenes 
del  municipio  de  Zaragoza;  pues  Murillo,  si  no  estamos 
trascordados,  menciona  al  cabo  de  guayta,  encargado 
de  hacer  las  prisiones, 
d.,  ovejas. 


ta  243 

guerra,  n.,  en  el  juego  de  dominó,  el  jugar  tres  ó  más, 
cada  uno  para  sí. 

guiar^  conceder  guiaje;  se  usa  en  los  Fueros* 

guija,  p.,  amosta;  legumbre. 

guijones,  d.;  especie  de  guisantes,  ^ 

guilindujes,  n.,  adornos  superfinos  ó  impropios,  en  el  traje 
de  la  mujer:  Rosal  define  dingandujes  por  dijes,  de  don- 
de probablemente,  se  ha  derivado  la  voz  guilindujes, 

guinea,  tumulto;  pendencia,*  alboroto;  generalmente  se 
dice,  armar  guinea. 

guingorria  (Á  la),  d.,  con  descuido;  de  cualquiera  ma- 
nera: dícese  sobre  todo,  de  las  prendas  de  vestir. 

guiñóte,  d.,  brisca  real  ó  tute;  juego  de  naipes. 

guipar,  n.,  atisbar:  en  lo  antiguo  avispar:  también  signi- 
fica, divisar;  brujulear;  descubrir;  apercibirse  de  algo; 
por  ejemplo,  le  he  guipado  una  seña,  le  he  guipado  el 
as  de  oros.  En  el  Mundo  al  revés,  novela  de  R.  Aguile- 
ra, se  lee,  ha  GUIPADO,  como  dice  ella  en  su  jerga  de 
Cuartel,  á  los  dos  amigos. 

guirlache,  n.,  turrón  compuesto  de  a?úcar  y  almendra, 
sin  machacar. 

guisopo,  n.,  hisopo:  Lucas  Fernández  lo  usa  y  la  Acade- 
mia admite,  el  diminutivo  guisopillo. 

guita  (hacer  la),  halagar  á  uno. 

guitarro^  n.,  se  dice  de  uno  que  es  de  la  marca  de  los 
guitarros^  cuando  tiene  menos  estatura  que  la  que  co- 
rresponde á  su  edad. 

güito,  a.,  mulo;  macho;  asno;  y  en  general,  toda  caballe- 
ría de  carga  que  es  coceadora  ó  espantadiza:  la  Acade- 
mia, conviniendo  en  la  idea,  sólo  califica  como  falso,  al 
animal  güito.  Macho  güito,  mal  vidriero;  expresión 
proverbial,  con  que  se  indica,  que  para  empresas  deli- 
cadas, no  conviene  persona  irreflexiva  ó  violenta:  tam- 
bién se  dice,  y  tiene  más  claridad,  macho  güito,  malo 
para  el  vidriero^  esto  es,  para  el  que  acarrea  esta  mer- 
cancía. 

guitón,  n. ,  término  cariñoso,  equivalente  al  de  picarillo  p 
pícamelo. 

gurgú,  n.,  abubilla:  también  gurgute,  borbute  y  puput. 

gusanado,  n.,  lo  que  está  dañado  ó  agujereado  por  los 
gusanos. 


I 


244 


gusanarse,  n.,  perderse  ú  horadarse  las  frutas  ó  árboles^ 

á  causa  de  los  gusanos. 
gusanera,  d.,  herida  hecha  en  la  cabeza. 


H 


Habarroz,  n.,  guiso  compuesto  de  arroz  y  habas,  en  igual 

proporción. 
haberas,  desperdicios  de  las  habas,  después  de  trilladas. 
habilidoso,  n.,  el  que  tiene  habilidades,  ó  más  bien  maña, 

para  operaciones  mecánicas:   la  Academia  lo  incluye 

como  provincial  de  Andalucía. 
habilitadores,  n.,  compromisarios,  que  en  número  de 

diez  y  ocho,  nueve  por  el  rey  y  nueve  por  los  brazos  de 

las  Cortes,  examinaban  los  poderes  de  los  Diputados  ó 

las  calidades  de  los  que  iban  sin  letras. 
hablada,  n.,  locución  ó  frase  impropia,  incorrecta  ó  bár- 
bara. 
hacer;  n.,  hacer  leña,  cortarla:  |I  n.,  hacerse  de  pencas, 

resistirse  á  una  cosa:  hacer  vino,  venderlo:  |I  n._,  hacer 

cebada  ó  trigo,  cribarlos  en  la  era. 
hala,  n.,  exclamación  ó  interjección,  equivalente  á  la  de 

¡vamos!;  ¡arriba! 
baldar,  n.,  pieza,  en  la  falda  del  vestido. 
haldeta,  n.,  pieza  que  generalmente,  rompe  en  la  cintura 

y  no  baja  mucho  de  ella:  en  CdiSXiWdi  faldilla  y  faldeta. 
hanega,  c,  fanega. 
hartazón,  n.,  hartazgo. 

hecha,  a.,  tributo  ó  censo  por  el  riego  de  tierras. 
hedinos,  Jueces  ó  zalmedinas  de  los  judíos,  según  Foz. 
helera,  n.,  friolero. 
hembrilla,  n.,  se  dice  del  pelo  delgado  y  flojo,  que  la 

Academia  designa  con  el  positivo  hembra:  ¡J  n.,  trigo 

fino  y  menudo,  que  la  Academia  califica  de  provincial, 

de  la  Rioja. 
herbada,  n.,  jabonera;  planta. 


H  245 

herbajante;  n.,  el  ganado  que  herbajea:  I|  n.,  el  ganadero 
que  tiene  herbajando  á  su  ganado. 

herbaje,  a.,  tributo  que  se  pagaba  de  los  ganados,  á  cada 
monarca,  al  principio  de  su  reinado. 

heredero,  n.,  el  que  posee  alguna  heredad  ó  finca  rús- 
tica. 

herejía,  n.,  cualquiera  falta,  abuso,  exceso  de  precio,  6 
todo  lo  que  se  separa  algo  de  lo  razonable;  y  por  eso  es 
palabra  muy  usual  y  poco  ofensiva:  también  se  usa  en 
el  mismo  sentido,  la  palabra  hereje. 

herencio,  n.,  herencia. 

hermandad,  n.,  se  llama  en  Aragón  hermandad  llana,  á 
la  absoluta,  en  todos  los  bienes  de  los  cónyuges. 

hermanos  del  hospital,  así  se  llamaba  en  Zaragoza,  á  los 
que  muchos  llamaban  Orates  y  todos  locos^  según  don 
Manuel  Vicente  Aramburu  en  su  Relación  de  Fiestas 
de  1765. 

herrero,  n.,  ave,  del  orden  de  los  pájaros. 

hiladillo,  c,  cinta  de  algodón:  la  Academia  dice  que  de 
hilo  ó  seda. 

hilarza,  d.,  hilaza:  úsase  en  Navarra,  así  como  filarla  é 
ilar\a, 

hilera,  a.,  hueca  del  hueso. 

hilete,  c,  hilo  delgado 

hilo,  n.,  filo:  al  hilo  de  la  espada,  dice  Zurita:  la  Aca- 
demia lo  pone  como  anticuado:  ||  a.,  hilo  de  palomar, 
bramante:  j|  n.,  hilada;  y  así  se  dice:  tapia  de  uno,  de 
dos  hilos,  por  los  cuerpos  ó  firmes  que  tiene. 

historiado,  n.,  todo  le  que  tiene  mucho  ornato,  ya  sea 
mueble,  prenda  de  vestido,  etc.:  la  Academia  apHca  esta 
voz  á  sólo  la  pintura. 

hombre  del  oficio,  oficial;  ministro:  es  ant. 

hombres,  n.,  el  estado  llano  se  dividía  en  ciudadanos 
honrados,  hombres  del  signo  del  rey  ó  de  lugares  rea- 
lengos y  hombres  de  signo  servicio  6  de  pueblos  par- 
ticulares. 

hombrizo,  n.,  hombrón. 

honor,  n.,  ciudad,  villa  ó  lugar  que  el  rey  daba,  y  sobre 
la  cual  ejercía  el  señor  jurisdicción:  se  decía  dar  en 
honor:  ||  n.,  el  señorío  y  el  reino  del  monarca,  según  la 
traducción  que  hace  Briz  Martínez  de  un  documento 


24e  M 

latino  de  1061:  |Jn.,  caballerías  de  honor,  la  nobleza 
que  conferían  los  ricos-hombres:  1|  n.,  bienes  inmuebles. 

honra  (hacer),  n.,  convenir;  contribuir  al  bienestar  dé 
uno;  redondearle  en  sus  intereses;  p.  ej.,  ¡buena  honra 
le  hi:{0  el  dote  de  su  mujer!;  le  hará  mucha  honra  esa 
herencia. 

honrado,  n.,  literalmente  se  usa  en  sigtiificacion  de  bue-* 
no;  pero  empleándose  constantemente  en  sentido  con- 
trario 6  irónico,  equivale  siempre  á  malo;  p.  ej.,  ¡qué 
trigo  tan  honrado!;  ¡en  qué  moneda  tan  honrada  me 
paga!;  ¡qué  función  tan  honrada  tenemos  esta  noche!  (^^ 
En  Ordinación  de  Pedro  IV  se  lee:  sian  entendidos  ta- 
petes et  trapos  mas  bellos  et  mas  honrados  que  aquellos 
de  la  sala  ó  palacio, 

honteja,  pena:  en  el  término  de  Calatayud,  según  el  Co- 
mendador Núñez,  al  explicar  el  refrán  cuando  hay  nie- 
blas en  HONTEJAS,  apareja  tus  tejas. 

horada,  n.,  se  usa  en  la  expresión  á  la  hora  horada  para 
denotar  que  se  llega  á  la  hora  precisa  y  sin  tiempo  para 
la  preparación  que  algunos  asuntos  requieren. 

horas  mayores  (véase  medíodiada}. 

horca  pajera,  a.,  aviento. 

hormiguero,  n.,  pájaro  zancudo  de  plumaje  negro,  que 
se  alimenta  de  hormigas. 

hormiguillo,  n.,  se  usa  en  la  frase  tener  hormiguillo  para 
indicar  de  alguno  que  está  en  continuo  movimiento,  ó, 
como  dice  la  Academia,  que  es  un  azogue. 

horno,  n.,  la  casa  6  establecimiento  en  que  se  amasa  y 
vende  el  pan. 

hortaleS;  n.,  huertos:  ||  n.,  hortalizas  que  en  ellos  se 
crían;  y  por  eso  se  dice:  haber  llegado  el  tiempo  de  los 
hortales. 

hoya,  d.,  terreno  llano,  dilatado,  rodeado  de  monteé. 

huebra,  a.,  barbecho:  tiene  varias  acepciones  en  lenguaje 
figurado. 

huega,  d.,  buega;  mojón. 

huelga,  robaron  á  un  vecino  de  Farlete  en  el  camino 

(1)  Á  esté  tenor  pafece  que  escribió  Qíievedo  en  su  carta  XV  del  Ca- 
ballero de  la  Tenaza:  ¡honrado  terminillo  ha  tenido!,  y  de  la  misma  signi- 
ficación parece  ser  en  Aragón  la  frase  proverbial  tan  honrado  es  Martín 
como  su  rocih. 


I  247 

de  Zaragoza,  y  HVELGk  de  dicho  pueblo  y  del  de  Per  di' 

güera,  hemos  leído  en  un  periódico. 
huerta,  p.,  tierra  de  regadío:  en  este  sentido  se  usa  en  el 

Poema  del  Cidy  v.  1181,  aludiendo  á  Valencia. 
huevatero,  ra,  n.,  el  que  vende  huevos. 
huevo  en  ag;ua,  a.,  huevo  pasado  por  agua. 
huevos  bobos,   tortilla  con  pan  rallado,  aderezada  en 

caldo:  ||  huevos  en  calzoncillos  y  huevos  duros  con  caldo, 

ajo,  perejil,  etc. 
hurta-dineros,  a.,  hucha;  alcancía. 


Ibón,  a.,  laguna  formada  de  manantiales  ó  arroyos,  cau- 
sados por  las  nieves  derretidas:  tiene  alguna  analogía  con 
la  palabra  libón,  y  no  se  ha  admitido  por  la  Academia, 
sino  en  sus  últimas  ediciones. 

imbursación,  a.,  acción  y  efecto  de  imhursar  ó  insacular. 

imhursar,  a.,  insacular. 

implaz,  n.,  úsase  en  la  trase  de  mi  buen  impla:^^  equiva- 
lente á  de  mi  buen  grado. 

impi§;noración,  hipoteca. 

impropiación,  falta  de  propiedad. 

indig^narse,  d.,  enconarse  las  llagas  ó  heridas. 

infante,  p.,  corista  de  corta  edad  en  las  catedrales  y  otras 
iglesias:  seise. 

infierno,  p.,  pilón  adonde  van  las  aguas  que  se  han  em- 
pleado en  escaldar  la  pasta  de  la  aceituna:  es  provincial 
de  Navarra  y  Aragón,  y  sólo  se  halla  como  tal  en  la 
última  edición  de  la  Academia. 

inflarse,  morirse. 

ingenio,  d.,  fábrica  donde  se  elabora  la  cera:  la  Acade* 
mia  dice,  que  cualquiera  máquina  en  la  mecánica  ó  la 
guerra. 

inquisidor,  a.,  cada  uno  de  los  jueces  bienales  nombra- 
dos por  el  rey,  el  lugarteniente  ó  los  diputados,  para  in- 


248  J" 

quirir  los  contrafueros  del  Vicecanciller,  Regente  de  la 
Ghancillería,  Asesor  del  Gobernador  y  Oidores:  I|  n., 
cada  uno  de  los  cuatro  que  instruían  proceso  contra  el 
justicia  ó  sus  lugartenientes,  reservándolo  al  fallo  de  las 
Cortes,  á  quien  lo  presentaban  como  greuge. 

insolutumdación,  dación  en  pago. 

intermedios,  n.,  campos  ó  trechos  que  están  entre  otros. 

intestia,  cierto  derecho  parecido  al  de  exorguia. 

intima;  d.,  acto  de  apenar. 

intramarino,  n.,  del  tronco  paterno:  se  dice  bienes  libres, 
intramarinos  ó  del  tronco  paterno. 

inventario,  d.,  uno  de  los  cuatro  procesos  forales,  que 
consistía  en  hacer  la  descripción  ó  embargo  de  los  bie- 
nes muebles  y  papeles  para  que,  al  amparo  de  toda  vio- 
lencia, dedujesen  las  partes  su  derecho. 

irasco,  d.,  macho  cabrío:  la  misma  significación  tiene  en 
Navarra. 

ivierno,  n.,  invierno:  conforma  mejor  con  la  etimología 
latina,  así  como  las  voces  castellanas  anticuadas,  iver- 
nal  é  ivernar, 

ixartigar,  roturar  de  primeras  arrancando  la  maleza. 

ixe,  ese:  en  Fonz. 

ixo,  eso:  en  Fonz  también. 

ixte,  el  comendador  Núñez,  en  su  hermosa  Colección  de 
Refranes,  trae  este:  no  hay  cabras  y  hay  ixte.  |I  El 
Aragonés  ixte  dicen  lo  que  acá  oxt  cuando  ojean  el 
ganado:  es  casi  lo  del  refrán,  hijo  no  tenemos  y  nombre 
le  ponemos. 


Jábega,  red  gruesa  de  esparto,  que  allá  la  llaman  jábega, 
dice  Pellicer,  al  contar  (con  referencia  á  Alvaro  Martí- 
nez de  Toledo,  capellán  de  Juan  II)  que  D.  Bernardo 
de  Cabrera  fué  descolgado  de  la  cárcel  por  una  amiga 
en  aquel  aparato,  pero  quedó  suspendido  á  la  mitad,  y 


J  249 

allí  lo  pasó  afrentado  todo  el  día:  la  Academia  da  una 
significación  muy  análoga. 

jábre§a,  red  de  malla  gruesa,  que  generalmente  se  usa 
para  portear  la  paja. 

jabuco,  n.,  especie  de  cabra  montes,  de  pelo  algo  más 
fino. 

jaculatoria,  n.,  se  usa  en  el  lenguaje  familiar,  como  equi- 
valente á  las  frases  castellanas,  ¡vaya  una  embajada!; 
¡miren  qué  embajada! 

jada,  a.,  azada. 

jadiar,  a.,  cavar  con  la  azada. 

jadico,  azadica  ó  azada  pequeña:  diminutivo  de  jada, 
pero  cambiado  el  sexo. 

jambar,  n.,  aplanchar  y  dar  la  última  mano  al  pantalón, 
en  la  parte  que  cubre  las  piernas. 

jamborlier,  a.,  camarero. 

jambrar,  a.,  enjambrar. 

jaque,  a.,  cualquiera  de  los  lados  de  las  alforjas:  también 
xeque:  es  árabe  puro:  ||  n.,  moneda  de  los  reyes  de  Ara- 
gón, y  así  dice  D.  Pedro,  mis  jaques  se  mezclaron  con 
sus  torneses  fLexique  de  Raynouard). 

jaquesa  (libra),  n.,  véase  libra  jaquesa. 

jarapote,  a.,  jaropeo. 

jarapotear,  a.,  jaropear  ó  dar  jaropes:  la  Academia  in- 
cluye esta  voz  y  la  anterior  como  provinciales,  igual- 
mente que  de  Aragón,  de  Andalucía. 

jarbar,  distribuir  el  agua  por  horas. 

jarbe,  el  tiempo  de  riego  que  toca  á  un  campo. 

jarcia,  n.,  jauría  de  perros:  ||  n.,  hombre  de  jarcias^  per- 
sona de  conocimientos,  de  estudios,  de  noticias;  en  cuyo 
sentido  se  dice,  tener  muchas  jarcias:  \\  red  de  cuerda  de 
malla,  más  espesa  que  la  de  jÁbrega. 

jarmentar,  sarmentar:  también  ixarmentar. 

jarrear,  n.,  jaharrar. 

jarro,  a.,  el  que,  y  sobre  todo,  la  que  grita  mucho,  ha- 
blando sin  propósito:  II  d.,  medida  de  vino:  ||  c,  ca- 
charro. 

jasco,  d.,  desabrido;  áspero  al  paladar;  falto  de  jugo. 

jaula,  aparato  ó  andamio  portátil,  de  mucha  solidez  y  ele- 
vación, para  trabajar  en  alto:  difiere  algo  de  las  acepcio- 
nes de  la  Academia. 


250  J 

jauto,  a.,  insípido;  sin  sal:  en  Murcia  Jando,  según  la 
Academia. 

jebe,  a.,  alumbre. 

jeta,  a.,  véase  geta. 

jetar,  a.,  desatar  algo  en  cosa  líquida;  por  ejemplo,  un 
ajo  en  el  guisado. 

jetazo,  a.,  mojicón. 

jeto,  a.,  colmena  vacía,  untada  de  aguamiel,  para  que 
acudan  á  ella  los  enjambres. 

jijallo,  a.,  arbusto;  bueno  para  el  ganado:  se  escribe  tam- 
bién xijallo  y  se  pronuncia  sisallo. 

jimenzar,  a.,  quitar  á  golpes  la  simiente  del  lino  ó  cáña- 
mo, para  llevarlo  á  poner  en  agua. 

|isca,  c,  caña  que  se  cría  en  lugares  húmedos. 

jitar,  a.,  arrojar;  echar  fuera. 

jocaliar,  comprar  las  ropas  á  la  novia. 

¡ocalias,  n.,  alhajas  destinadas  al  culto  divino:  tiene  co- 
nexión, con  una  de  las  acepciones  que  la  Academia  da,  é 
la  palabra  ma:{onena.  Ducange  amplía  la  significación 
é  interpreta  monilia^  gemmce;  annuli,  aliaque  id  genus 
pretiosum.  También  Miguel  del  Molino,  da  esa  signi- 
ficación. 

joparse,  largarse  de  un  punto:  Jopo,  largo  de  aquí:  Jopo 
que  hay  leva;  frase. 

jordi§^a,  n.,  ortiga. 

jorear,  n.,  orear. 

jota,  c,  sonata,  canto  y  baile  de  Aragón. 

jovada,  a.,  terreno  que  ara  en  un  día,  un  par  de 
muías. 

jovenzano,  n.,  jovencito. 

juagar,  n.,  enjuagar. 

Juan  Devana,  n.,  Juan  Lanas;  marica;  hombre  afemi- 
nado en  sus  inclinaciones. 

jubada,  a.,  véase  jovada. 

jubero,  n.,  colono  que  no  estaba  obligado  á  los  servicios 
de  huerta  y  cabalgada,  con  que  se  resistía  á  las  invasio- 
nes repentinas  (Cuenca).  En  Navarra  le  dan  sus  //, 
análoga  significación.  Mozo  de  carro,  según  documento 
aragonés  de  1192. 

jubo,  d.,  yugo. 

judía,  n.,  ave  fría. 


-I  251 

Judía  de  sin  hilO;  variedad  muy  conocida  de  aquella  le- 
gumbre. 

judiar,  n.,  tierra  sembrada  de  judías. 

judiera,  n.,  la  planta  que  produce  el  fruto  llamado 
judía. 

judicante,  a.,  cada  uno  de  los  diez  y  siete  jueces,  que  fa- 
llaban sobre  los  ministros  de  justicia  6  los  lugartenien- 
tes del  de  Aragón,  que  habían  sido  denunciados,  en  sus 
oficios:  estos  magistrados,  también  se  llamaban  die:{y 
sietes. 

judienco,  n.,  despectivo  de  judío,  que  comúnmente  se 
usa,  en  sentido  metafórico. 

juez,  jue:{  catedrerOj  funcionario  que  residía  en  Madrid  y 
entendía  en  lo  relativo  á  provisión  de  cátedras  y  sus  in- 
cidencias: de  él  tratan  los  Gestis,  en  el  año  1741,  si 
bien  esa  voz  era  común  á  las  demás  Universidades, 
como  procedente  del  Consejo  de  Castilla:  ||  n.,  jue^  de 
la  casa  del  rey  y  Canciller,  según  el  Códice  de  las  UniO" 
nes  de  Aragón:  ||  a.,  jue:{  de  enquesta,  Ministro  togado 
que  hacía,  inquisición  y  procedía  de  oficio,  contra  los 
de  justicia  y  contra  notarios  y  escribanos:  ||  n.,  jue:{ 
medioy  Justicia  de  Aragón:  jMe;{  de  la  Zeca^  quizás  Di- 
rector de  la  Casa  de  Moneda:  en  \osff.  se  trata  de  la 
Casa  de  la  Seca. 

jug^adero,  n.,  coyuntura  en  los  miembros. 

jugo,  yugo. 

juguesca,  n.,  partida  de  juego;  generalmente  improvisa- 
da y  tumultuosa. 

juicio,  n.,  se  dice,  beberse  el  juicio  y  sorberse  el  juicio^ 
como  en  Castilla,  tener  el  juicio  en  tos  talones,  con  alu- 
sión, no  á  la  verdadera  locura,  sino  á  la  poca  reflexión 
ó  madurez,  en  algún  asunto. 

julepe,  n.,  se  usa  en  la  expresión  de  llevar  un  julepe^ 
para  significar  llevar  una  tunda  ó  haber  sufrido  mucha 
contradicción  i  ó  haberse  dado  un  mal  rato;  sea  cami- 
nando, sea  desempeñando  algún  negocio. 

junta,  n.,  yunta:  ||  n.,  junta  de  cinco,  así  se  denomina, 
la  de  acreedores  censalistas  de  Zaragoza, 

juñidera,  d.,  coyunda. 

juñir,  d.,  uncir. 

jurado  en  cap,  a.,  primer  jurado,  de  entre  los  insacula- 


252  J 

dos  en  otras  bolsas  de  jurados,  con  cuarenta  años  cum- 
plidos. 

juratoria,  a.,  lámina  de  plata,  con  el  Evangelio  escrito, 
sobre  la  cual  juraban  los  magistrados:  también  la  había 
en  la  Universidad. 

juratorio,  a.,  instrumento  en  que  se  hacía  constar,  el  ju- 
ramento de  los  magistrados. 

jusano,   n.,  inferior,  según  el  índice  de  Blancas',  léase 

YUSANO. 

jusepico,  n.,  fraile  de  la  orden  de  San  José  1|  n.,  hipó- 
crita; esto  es,  modesto  y  de  gran  compostura  en  la 
apariencia  y  por  lo  demás,  capaz  de  toda  travesura. 

jusmeterse,  n.,  someterse:  jw^meío,  sometido. 

justicia,  n.,  el  presidente  de  la  Gasa  de  Ganaderos  de  Za- 
ragoza. 

Justicia  de  Aragón,  a.,  magistrado  supremo  que,  con 
cinco  lugartenientes  togados,  hacía  justicia,  entre  el 
rey  y  sus  vasallos,  y  entre  los  eclesiásticos  y  los  secula- 
res, expidiendo  en  nombre  del  rey,  provisiones  é  inhi- 
biciones y  teniendo  á  su  cuidado,  la  custodia  de  los 
fueros.  Aunque  este  nombre  se  usa,  como  masculino, 
el  Códice  de  los  Privilegios  de  la  Unión,  le  antepone 
siempre  el  artículo  la. 

justicia  de  las  montañas,  n.,  justicias  ó  jueces  creados 
en  Jaca  y  otros  puntos,  con  jurisdicción  completa  para 
cierta  clase  de  delitos,  sobre  todo  para  ladrones  y  ase- 
sinos: creáronse  en  las  Gortes  de  Monzón,  en  i586. 

justiciado,  n.,  justiciazgo,  dignidad  y  tribunal  del  Jus- 
ticia de  Aragón:  Un.,  oficio  del  Justicia  ó  Presidente  de 
la  Casa  de  Ganaderos. 

justillo,  d.,  corsé,  ajustador  en  las  mujeres:  en  algunas 
partes  jostillo^  chaleco. 

jutar,  n.,  enjugar. 

juvillo,  n.,  novillo:  |I  corrida  de  toro  de  ronda  ó  de  esos 
que,  con  las  astas  encendidas,  se  sueltan  por  la  noche 
en  los  pueblos. 


253 


Labor,  p.,  simiente  de  los  gusanos  de  seda:  ||  n.,  labor  de 
agua^  lluvia  que  cala  á  la  profundidad  de  la  labor  de 
surco  ó  azada. 

labores,  a.,  precedida  del  verbo /í^zcer,  significa  esa  pa- 
labra tomar  las  medidades  convenientes,  para  la  conse- 
cución de  alguna  cosa. 

lacha,  n.,  se  usa  en  la  expresión  tener  poca  lacha  para 
manifestar,  poca  aprensión,  poco  fundamento. 

laco,  nogue  ó  fosa  de  piedra  en  que  se  cristaliza  el  capa- 
rros (Asso,  ¿"cow.^o/.,  255). 

lama,  tela  tejida  de  oro  ó  plata,  dice  la  Academia:  pero 
Argensola  en  su  Descripción  del  Torneo  de  i63o,  con- 
creta la  significación  de  otra  manera  y  dice,  cincuenta 
lacayos  vestidos  de  tela  de  plata  a:(ul,  que  dicen  lama. 

lambreño,  lambrija. 

lambroto,  n.,  glotón;  el  que  come  desmedidamente  y 
con  afán. 

lamín,  a.,  golosina:  se  usa  figuradamente  en  sentido  de 
cebo  ó  atractivo,  cuando  se  dice,  al  lamín  de  la  dote 
cayó  en  la  trampa. 

laminar,  a.,  laminear,  n.,  lamer,  golosinear  ó  golosmear, 
como  dice  la  última  edición  de  la  Academia. 

laminera,  a.,  abeja  suelta  que  se  adelanta  á  las  demás,  al 
olor  del  pasto  y  comida  que  le  gusta. 

laminero,  a.,  goloso:  úsase  también  en  Murcia.  Léese  en 
los  Engaños  de  Lope  de  Rueda,  y  la  Academia  ha  aca- 
bado por  adoptarla  como  española  en  su  última  edición 
de  1869.  Se  usa  también  para  calificar  lo  que  excita  co- 
dicia ó  engolosina  el  gusto  ó  convida  á  retenerlo,  v.  g., 
yo  no  presto  novelas^  porque  son  libros  muy  lami- 
neros. 

lampa,  n.,  se  usa  en  la  frase  echarla  de  lampa  ó  de  Vam' 
pa  ó  quizá  de  la  hampa,  con  la  que  tiene  indudable 


S54  L. 

analogía,  para  indicar  darse  importancia,  ponderar  uno 
su  posición  ó  su  fortuna;  vanidad  ó  confianza  en  sus 
medios,  en  sus  riquezas  ó  en  sus  empresas. 

lámpara,  se  usa  en  la  frase  vale  más  que  la  lámpara  de 
Capuchinos  y  era  de  corcho. 

lampaza,  n.,  lampazo:  planta;  crecer  como  la  lampaba, 
por  desmesurada  ó  prematuramente. 

lantierno,  aladierna;  arbusto:  también  lanterno  y  de  otros 
modos. 

lapo,  d.,  bofetón,  mas  bien  que  con  fuerza,  por  venganza 
ó  desprecio:  del  latín  alapa, 

largueza,  listón  ó  cuairón  para  travesanos  ó  entramados. 

laston,  hierba  seca. 

latifundo,  n.,  parece  designarse  con  esta  palabra  en  al- 
gunos documentos,  el  Patio  de  la  Universidad:  la  signi^ 
íicación,  es,  como  se  sabe,  heredad;  posesión  extensa  en 
el  campo. 

latonero,  a.,  almez;  árbol. 

lavacio,  n.,  lebrillo  para  lavar  las  ropas  dentro  de  casa,  á 
la  ligera. 

laya,  p.,  instrumento  con  dos  puntas  de  hierro  para  la- 
brar y  remover  la  tierra. 

léchala,  animal  que  todavía  mama:  generalmente  se  usa 
con  aplicación  al  ganado  caballar. 

lechazo,  gusano  de  seda  que  no  trabaja,  si  bien  crece  y 
toma  color  amarillento  y  no  aspecto  cristalino. 

lechecino,  n.,  cerrajas;  planta. 

lecherón,  a.,  vasija  en  que  los  pastores  recogen  la  leche:  |1 
a.,  mantilla  de  bayeta  ú  otra  tela  de  lana  en  que  se  en- 
vuelve á  los  niños,  luego  de  nacidos. 

legajo,  comentando  Pulgar  las  Coplas  de  Mingo  Repul- 
go, escritas  por  Rodrigo  Cota,  define  la  voz  mestas, 
ayuntamientos  que  facen  los  pastores  donde  han  sus 
consejos;  y  en  un  ejemplar  de  letra  tortis,  que  tenemos 
á  la  vista,  se  lee  por  nota  marginal,  m.  s.,  en  Aragón 
decimos  legajo. 

leja,  n.,  la  tierra  que  descubre  un  río,  acreciendo  á  la 
heredad  lindante,  y  así  dicen  las  Ordinaciones  de  Zara- 
go:(a,  pues  que  pueden  regar  las  tales  lejas  del  río: 
también  le  llaman  deja. 

lelez,  n.,  simplicidad;  tontera. 


i.  255 

lengna  de  serpiente,  n.,  planta. 

leng^udo,  n.,  lenguaraz;  largo  de  lengua;  picudo. 

leñar,  a.,  hacer  o  cortar  leña. 

leñazo,  n.,  garrotazo. 

lequela  y  letola,  borra  de  algodón,  según  dice  dubitativa- 
mente un  Glosario  moderno. 

letras,  a.,  certificación  ó  testimonio:  ||  n.,  letras  repetito- 
rias,  las  que  los  jueces  eclesiásticos  dirigían  al  Justicia 
para  que  les  devolviese  la  persona  á  quien  había  sacado 
de  su  poder,  en  fuerza  del  proceso  de  manifestación. 

letrear,  Aula  de  letrear  se  llamó  en  la  Universidad  á  la 
Escuela  ó  departamento  de  lectura. 

levada,  la  fracción  de  riego  ó  caño  que  se  pide  para  regar 
una  pieza  de  tierra:  viene  á  ser  de  unas  cuatro  tejas. 

levantal;  n.,  devantal  ó  delantal:  usa  aquella  palabra  Go- 
varrubias  en  la  voz  mandil. 

levantamiento,  a.,  ajuste  y  finiquito  de  cuentas. 

ley,  c,  cariño;  fidelidad;  amor;  y  así  se  dice:  tener  poca 
ó  mucha  ley:  \\  d,,  no  tener  ley  al  pan  que  se  come,  ser 
.un  descastado:  ||  n.,  echar  la  ley,  tomar  algún  bocado 
A  mitad  de  mañana. 

lezda,  n.,  tributo  aue  se  pagaba  en  lo  antiguo  y  que  al- 
gunos escritores  hacen  sinónimo  de  peaje:  en  Navarra 
era  muy  conocido,  si  bien  á  veces  tuvo  otro  significado, 
que  nosotros  entendemos  ser  la  oficina  misma  de  la  re- 
caudación. 

lezna,  n.,  lesna. 

liantón,  n.,  soguilla,  ó,  como  se  dice  en  Aragón,  sogueta 
de  esparto  para  sujetar  andamios,  etc. 

libón,  d.,  fuentes  donde  borbolla  el  agua:  ||  d.,  depósito 
de  agua  para  una  fuente. 

libra,  c,  peso  en  los  molinos  de  aceite:  ||  c, /í¿>ray¿z- 
quesa,  moneda  imaginaria  de  lo  sueldos  ó  i8  rs., 
28  mrs. 

libreta,  n.,  libra  de  carne  ó  de  pescado. 

licénciamiento,  clausura  de  las  Cortes. 

licenciar,  declarar  terminado  el  mandato  de  las  Cortes  y 
cerradas  sus  sesiones. 

ligantón,  soguilla:  es  todavía  más  usado  que  liantón. 

liestra,  d.,  planta  silvestre. 

Ufara,  a.,  alifara. 


256  L. 

ligallero,  n.,  individuo  en  la  Junta  de  gobierno  de  la 
Casa-Mesta. 

li§allo,  a.,  Mesta  ó  Junta  de  ganaderos  ó  reunión  anual 
de  dueños  y  pastores,  en  que  antiguamente  se  dirimían 
las  controversias,  sobre  paso  de  ganados,  etc.:  ||  n.,  ca- 
pítulo  de  ligallo^  la  reunión  general  para  elección  de 
oficios,  el  tercer  día  de  Resurrección. 

li§arza,  n.,  legajo  ó  ligamen:  usa  de  aquella  palabra  Briz 
Martínez. 

ligona,  a.,  azada. 

liñas,  d.,  aguinaldos. 

limaco,  n.,  caracol  sin  concha. 

limitáneo,  n.;  título  de  algunos  señores,  á  diferencia  de 
provincial,  que  distinguía  á  otros. 

liriadura;  n.,  véase  moradura  y  royura. 

lisiado,  d.;  aficionado,  voz  ant.,  que  creemos  haber  usado 
Zurita  alguna  vez. 

litón,  d.,  almez;  fruto. 

litonero,  d.,  almez;  árbol. 

liza,  d.,  bramante;  1|  de  licium,  cuerda,  cordón,  urdim- 
bre; en  Petronio  se  lee,  de  sinu  licium  protulit  varii  co- 
lor is  filis  intortum  cervicemque  vinxit  meam. 

lo,  en  el  modismo,  á  lo  que,  significa  cuando;  y  aunque 
esto  pertenece  al  lenguaje  del  vulgo,  se  usa  entre  per- 
sonas instruidas  y  le  vemos  en  el  apreciable  poema  de 
D.  Evaristo  López  La  Alfonsiada,  en  estos  pasajes  de 
los  cantos  I  y  VII: 

Y  Á  LO  QUE  el  rubio  sol  claro  y  hermoso 
Más  bello  en  el  vacío  resplandece 

Y  Á  LO  QUE  el  sol  doraba  en  lo  más  alto 
Las  cumbres  de  Israel,  marcha  al  asalto» 

loación,  aprobación  que  damos  á  un  acto  que  requería  y 

no  tuvo  nuestro  previo  consentimiento. 
loar^  prestar  loación. 
lobero,  n.,  el  que  mata  y  presenta  un  lobo,  en  la  Gasa  de 

Ganaderos. 
loguero,  el  que  ofrece  ó  acepta  su  trabajo  por  un  precio, 

en  el  cultivo  de  los  campos:  la  Academia  define  como 

castellanas  antiguos,  las  palabras  [logar,  loguer  y  lo- 


I-  257 

güero,  pero  estas  dos  últimas,  sólo,  en  sentido  de 
salario. 

lomillo,  c,  solomillo. 

lonja,  d.,  edificio  público  para  depositar  artículos  de  co- 
mercio. 

lonjeta,  antecoro,  según  Martón. 

lorca,  n.,  nido  en  donde  crían  los  conejos. 

loriga,  aro  de  hierro  para  sostener  los  pucheros,  en  el 
hogar. 

lorza,  d.,  pliege  que  se  hace  en  los  vestidos,  para  alargar- 
los si  conviene. 

loseta,  c,  trampa  de  ladrillo,  piedra  ó  losa  pequeña,  para 
coger  ratones  y  pájaros:  ||  n.,  morir  á  loseta^  perecer  por 
el  hundimiento  de  algún  piso  ó  por  la  caída  de  algún 
ladrillo  ó  teja,  etc. 

lucerna,  lucernario,  n.,  tragaluz. 

lucero,  d.,  libro  becerro. 

luciar,  d.,  apuntar  la  reja  ó  arado. 

lucidario,  n.,  tratado  en  que  se  dilucida,  explica  ó  enarra 
algún  punto,  generalmente  histórico. 

luello,  a.,  grama  que  nace  entre  los  trigos. 

lugarteniente,  n.,  uno  de  los  cinco  asesores  letrados, 
que  auxiliaban  al  Justicia  Mayor  de  Aragón:  1|  n,,  el 
asesor  del  Justicia,  en  la  Casa-Mesta  de  Zaragoza. 

luición,  a.,  redención  de  censos. 

luir,  a.,  redimir  ó  quitar  censos. 

luísmo,  a.,  laudemio. 

luminero,  d..  Mayordomo  de  Cofradía:  ||n.,  Presidente 
de  las  Juntas  de  parroquia. 

lumen  domus,  d.,  lucero. 

luna,  a.,  patio  al  descubierto. 

lupinos,  n.,  nombre  que  se  daba  algunas  veces,  á  los  ma- 
ravedís ó  morabetinos. 

luquete,  c,  pajuela  para  encender. 

lurte,  a.,  alud  ó  masa  de  nieve,  desprendida  á  los  valles, 
desde  la  cumbre  de  las  montañas:  esta  voz  no  se  halla, 
sino  en  las  últimas  ediciones. 


17 


258 


Uaberca^  balsa. 

llaga  (indignarse  lá),  a.,  enconarse;  irritarse. 

llana,  los  cordoncillos,  generalmente  diez,  de  regata  á  re- 
gata, en  la  muela. 

Uanería,  n.,  departamento  del  Hospital  de  Zaragoza,  para 
la  conservación  de  trapos,  vendajes,  etc. 

llanero,  n.,  el  encargado  de  custodiar  y  facilitar  los  ven- 
dajes, trapos,  etc.  (^Or dinaciones,  lySS). 

liante,  Uantero,  n.,  el  que  tripula  barcos  de  acarreo. 

llatación,  planta. 

llavera,  n.,  el  ojo  por  donde  entra  la  llave,  para  abrir  la 
cerradura. 

lleg;a,  a.,  acción  y  efecto  de  recoger,  allegar  ó  juntar:  |I 
d.,  hacer  la  llega,  recoger  limosna,  los  frailes,  ermita- 
ños ó  santeros. 

lleg^ar,  c,  recoger. 

llego,  n.,  pliegue. 

Ilirón,  litón. 

Uironero,  litonero. 

lloradera,  n.,  especie  de  pasión  de  ánimo,  que  se  resuel- 
ve en  copioso  llanto,  imposible  de  contener:  el  acto  de 
llorar  desesperada  é  irresistiblemente:  se  dice,  al  saber 
la  muerte  de  su  padre,  le  entró  una  lloradera,  que  lle- 
gó á  darnos  cuidado. 


M 


Macarra,  accesión  de  frío  ó  calor:  así  nos  lo  ha  comuni- 
cado un  médico,  refiriéndose  á  localidad  determinada. 
macatrullo,  torpe;  optuso. 


IVI  259 

macelO;  d.,  rastro.  Ducange,  aunque  sin  apoyarse  en  ci- 
tas aragonesas,  incluye  esa  voz  y  las  de  macelator,  ma- 
cellanus^  macellare,  macellariusy  etc.:  en  italiano  se 
usan  macellajo  y  macellaro^  como  carnicero;  macello, 
como  matan:{a  y  carnicería;  macellare,  como  degollar, 

macerar,  n.,  sobar  ó  apretar  la  masa  de  que  se  hace  el 
pan. 

macero,  c,  pertiguero;  oficio  de  las  iglesias. 

macho  llano,  n.,  cabrío  castrado. 

madera,  n.,  se  usa  en  la  frase  tener  mala  madera,  para 
indicar  el  estado  accidental  de  debilidad  orgánica  ó  ner- 
viosa, ó  de  displicencia  y  flojedad  en  el  ánimo. 

maderista,  a.,  maderero. 

madraza,  d.,  madrona. 

madrilla,  a.,  boga;  pez  de  río. 

madrillera,  a.,  instrumento  para  pescar  madrillas. 

maduro,  pazguato. 

maestre  racional,  a.,  ministro  real,  que  tenía  la  razón  de 
la  Hacienda,  en  cada  reino. 

maestro  racional,  a.,  maestre  racional  ó  Contador  Ma- 
yor. 

maig'ar,  d.,  entrecavar. 

mainatillo,  n.,  apodo  con  que  la  gente  vulgar  denuesta 
á  los  jóvenes  de  regular  fortuna,  clase  ó  apariencia:  es 
derivación  de  magnate. 

majo,  n.,  lujoso;  elegante;  bien  puesto  de  traje:  en  Cas- 
tilla se  refiere  principalmente,  al  desgarro  ó  libertad  de 
maneras. 

mal,  n.,  cuidado;  zozobra:  suele  decirse  en  algunas  lo- 
calidades, no  te  dé  mal  por  no  te  dé  cuidado:  \\  n.,  se  usa 
en  la  frase,  por  mal  que  se  cuide,  por  mal  que  se  divier* 
ta  y  otras,  como  reduplicativa  causal  ó  en  equivalencia 
de  la  palabra  causa. 

malag^aña,  a.,  industria  para  sentar  los  enjambres  que 
salen  de  las  colmenas. 

mala-voz,  opinión  judicial  contra  la  propiedad,  ó  pose- 
sión, ó  libertad  de  los  bienes,  sobre  lo  cual  puede  verse, 
entre  otros  pasajes,  el  libro  VII  de  los^^.:  título  de  j?r¿p- 
scriptionibus. 

malbusca,  d.,  mujer  inquieta,  sagaz  y  astuta. 

maleta  (pasar),  pasar  mal  rato. 


260  M 

malfaráS)  n.,  se  dice,  del  muchacho  travieso  ó  mal  inten- 
cionado. 

mal-mandado,  inobediente. 

malmeter,  c,  malbaratar;  gastar;  echar  á  perder. 

malo,  mal,  en  sentido  de  adverbio;  p.  ej.,  me  sabe  malo 
repetir  dos  veces  las  cosas. 

malperder,  malgastarse  ó  disiparse  alguna  cosa. 

malqueda,  aquel  que  no  cumple  lo  que  ofreció,  ó  lo  que 
había  derecho  á  esperar  de  él. 

mal-trabaja,  n.,  haragán;  perezoso  para  el  trabajo. 

malvar,  n.,  adulterar,  amerar  ó  empeorar  las  condiciones 
de  algún  objeto,  especialmente  comestible:  [|  n.,  ma- 
learse ó  empezar  á  contraer  malos  hábitos  alguna  perso- 
na: en  sentido  muy  semejante,  pero  no  igual,  vemos 
que  toma  aquel  vocablo  la  Academia. 

malvasía,  la  Academia  la  da  como  española  y  autores 
castellanos  la  usan,  como  puede  recordarse  en  una  bella 
obra  de  Castillejo,  pero  Avellanda  dice,  tengo  en  el 
cuerpo  tres  de  malvasía  que  llaman  en  esta  tierra  (en 
Zaragoza)  j^  áfe  con  ra^ón,  porque  está  mal  la  ta^a, 
cuando  está  vacía  de  ella. 

mallacán,  n.,  capa  de  terreno  de  las  más  superficiales, 
que  se  compone  de  grava  y  sales  calizas. 

mamia,  n.,  véase  teticiega. 

maná,  n.,  grajea. 

manantía,  n.,  manantial. 

manantiar,  n.,  brotar  agua;  ya  de  manantial,  ya  de  algu- 
na filtración. 

mancid,  n.,  prestación  sobre  el  pescado,  según  Ducange. 

mancuso,  n.,  moneda  de  oro,  que  valía  sex  septem  suel- 
dos de  Zaragoza,  esto  es,  42;  aunque  Briz  Martínez  dice 
que  17  ó  49. 

mancha,  d.,  fuelle. 

manchador,  d.,  el  qut  mueve  los  fuelles. 

manchar,  d.,  manejar  ó  dar  aire  á  los  fuelles. 

manchoso,  n.,  se  dice  de  lo  que  por  su  color  bajo  ó  deli- 
cado ó  por  cualquiera  otra  causa,  recibe  con  facili- 
dad ó,  por  mejor  decir,  no  suelta  la  suciedad,  ni  las 
manchas. 

mandada,  n.,  mandadera  ó  recaudera,  como  en  lo  anti- 
guo y  en  el  Siglo  de  oro  se  decía. 


IVI  261 

mandado,  n.,  en  la  frase,  bien  mandado^  que  también 
hemos  oído  en  Castilla,  significa,  obediente. 

mandria,  n.,  haragán;  hombre  egoísta;  en  Castilla  cobar^ 
de  y  en  el  lenguaje  de  la  Germanía,  tonto. 

mandurria,  n.,  bandurria.  ^  ^ 

manefícios,  n.,  útiles;  aparejos,  etc.:  dícese,  maneficios  de 
cocina;  bestias  de  labor  con  sus  maneficios;  molino  con 
sus  maneficios. 

manganeta,  red  ^ara  coger  pájaros;  quizá  del  griego 
magganoHf  engaño. 

mandarra,  n.,  persona  negligente,  perezosa  y  poco  activa. 

manifacero,  p.,  entremetido:  la  Academia,  en  i832,  con- 
signaba esta  voz,  como  provincial  de  Murcia;  en  la  últi- 
ma edición  de  1869,  la  da  como  española,  con  la  signi- 
ficación de  persona  revoltosa  y  que  se  mete  en  todo:  en 
Aragón  fué  siempre  usual. 

manifecero,  manifacero:  se  usa  con  más  frecuencia  que 
esta  palabra. 

manifestación,  a.,  uno  de  los  cuatro  procesos  forales, 
que  consiste,  en  avocar  al  tribunal  del  Justicia,  y  mo- 
dernamente á  la  Audiencia,  la  persona  y  proceso  de 
quien  se  halla  preso  por  el  juez  incompetente  ó  eclesiás- 
tico, hasta  que  examinado  el  punto,  se  ponía  en  liber- 
tad al  preso  ó  se  le  entregaba  á  quien  tuviese  derecho 
de  juzgarle. 

manifestar,  a.,  poner  en  libertad,  por  despacho  del  Justi- 
cia, á  los  que  la  pidieron  para  ser  juzgados. 

manifício,  manufactura;  antic. 

manta,  n.,  la  prenda  que  completa  el  traje  del  pueblo, 
cubriendo  todo  el  cuerpo,  á  manera  de  capa;  viene  á  ser, 
una  tira  ancha  de  grueso  tejido,  la  cual  tiene  doblada 
por  igual  y  cosida  la  tira  de  uno  de  los  extremos,  for- 
mando una  bolsa. 

mantell,  n.,  ropa  rozagante,  según  el  índice  de  Blancas. 

manteta,  manto:  el  notario  Beneded,  i283,  escribía,  tiene 
(la  imagen  de  la  Virgen  de  Magallón)  una  manteta,  de 
carmesí  terciopelo. 

mantornar,  d.,  binar  ó  dar  segunda  labor  á  la  tierra, 
después  del  barbecho. 

mantudo  (pollo),  n.,  persona  muy  sensible  al  frío,  ó  que 
busca  con  frecuencia  el  abrigo. 


262  M 

manzana,  fruta:  esperiegay  helada,  comadre,  rayada^ 
morro  de  vaca,  cuero  de  dama,  pero,  y  otras  variedades, 
unas  comunes  en  España,  y  otras  de  nombre  puramente 
aragonés,  que  no  enumeramos. 

manzanita  de  dama,  a.,  acerola. 

manzanilla  de  pastor,  n.,  planta. 

maña,  manojo  pequeño,  dice  la  Academia,  pero  lo  inclui- 
mos aquí,  por  haber  visto  en  una  Relación  oficial  de 
1818,  que  en  Aragón  estaba  marcado  taxativamente, 
pues  había  casilla  de  fajos  y  su  submúltiplo  mañas,  y 
se  consignaban,  por  ejemplo,  10  fajos ^  7  mañas. 

mañanada,  n.,  principio  de  la  mañana. 

maño,  n.,  hermano;  expresión  cariñosa  y  familiar,  apli- 
cada algunas  veces  á  los  amigos  íntimos. 

maravedí,  a.,  el  tributo  que  de  siete  en  siete  años  paga- 
ban al  rey  los  aragoneses,  cuya  hacienda  valiese  diez 
maravedís  de  oro  ó  siete  sueldos,  que  era  su  valor,  en 
tiempo  de  Jaime  el  Conquistador. 

marcar,  véase  marcas. 

marcas,  ocupaciones  de  bienes  y  mercaderías,  para  satis- 
facer de  verdaderos  ó  supuestos  agravios  ó  daños,  á  lo 
cual  los  catalanes  llamaban  represalias:  éstos  las  pro- 
veyeron contra  los  aragoneses  á  todo  el  Principado,  pa- 
deciendo los  mercaderes  los  efectos  de  una  embara:(ost- 
sima  ejecución,  en  grave  daño  de  ambas  Generalidades^ 
pues  era  preciso  contramarcar  y  correr  recíprocas  las 
ocupaciones.  Pedro  IV  y  Fernando  el  Católico  las  te- 
nían prohibidas  y  la  Diputación  comisionó  contra  ellas, 
en  1 522,  á  Pedro  Molón,  cerca  del  Virrey,  Diputados  y 
Concelleres  de  Barcelona,  todo  lo  cual  explica  Sayas 
detenidamente,  en  sus  Anales. 

marcelina,  n.,  macerina  ó  servicio  de  chocolate,  comun- 
mente de  plata,  que  consiste  en  una  bandejita,  á  la  cual 
va  adherido  un  pocilio,  destinado  á  contener  la  jicara 
que  es  de  la  misma  especie,  pero  pieza  aparte. 

marcida,  n.,  se  dice  de  la  oliva  fermentada:  es  voz  local. 

marcil;  se  dice  del  cerdo  de  poco  peso,  como  nacido  en 
Marzo. 

marco,  n.,  el  armado  de  madera,  en  que  se  acondiciona 
y  prensa  el  turrón  de  almendra:  1|  n.,  la  cantidad  de 
turrón,  que  se  elabora  en  cada  marco. 


o  263 

mardano,  d.,  morueco  que  se  deja  para  padre. 

márfega,  a.,  jergón  de  tela  tosca:  el  Glosario  de  Dozy  y 
Engelmann  interpreta  almohada. 

margin,  n.,  margen. 

marguin,  n.,  margen  de  ríos  ó  heredades:  es  femenino  y 
se  ve  usado  en  las  Ordinaciones  de  Zaragoza. 

mari,  n.,  palabra  que  se  antepone  á  otras  muchas  para 
denotar  frecuencia  en  alguna  cosa:  dícese  de  uno  mari- 
prisas,  mari- enredos f  mariapuros,  como  si  se  dijera  el 
hombre  de  las  prisas^  el  hombre  de  los  enredos,  el  hom- 

.   bre  de  los  apuros. 

marino,  n.,  pescador;  ant. 

mariquilla,  n.,  márfega;  voz  local. 

marítima,  n.,  lo  que  non  podemos  sino  en  Cathalunya 
cerca  la  marítima,  dijo  Pedro  IV,  licenciando  á  las 
Cortes,  en  24  de  Octubre  de  1347. 

marmotear,  n.,  murmurar  para  sí,  á  media  voz;  refun- 
fuñar. 

márraga,  c,  tela  basta  de  estopa  y  pelo  de  cabra.  Blan- 
cas dice  que  ala  muerte  de  Don  Juan,  hijo  de  Fernando 
el  Católico,  vistieron  los  caballeros  por  luto  márraga 
negra,  que  antes  en  Castilla  era  de  jerga  blanca,  llama- 
da marga.  Según  Argensola,  llamóse  márraga  ó  má- 
rrega  al  luto. 

marrano,  n.,  cerdo:  ||  n.,  hombre  zafio,  abrutado:  la  Aca- 
demia, en  1869,  define  como  españoías^as  dos  acepcio- 
nes de  cerdo  y  persona  sucia. 

márrega,  a.,  marga;  jergón. 

marrillo,  p.,  palo  corto  y  algo  grueso. 

marrón,  cierta  variedad  de  la  castaña,  principalmente  en 
Navarra:  se  aplica  también  al  color:  es  derivado,  sin  al- 
teración, del  idioma  francés. 

martín-paseo,  d.,  fritada. 

martujos  (pasar),  pasar  disgustos. 

marva,  cierta  clase  de  vino. 

marzear,  n.,  se  usa  en  la  frase  proverbial  si  Mar:{o  no 
mantea,  Abril  acantalea;  y  se  entiende  por  marcear 
reinar  vientos  fuertes  y  fríos. 

mas,  d.,  casa  de  campo  en  secano:  i|  n.,  tan;  como  se  ve, 
en  las  muchas  y  muy  vulgares  locuciones  parecidas  á 
ésta:  ¡qué  pan  más  blanco!:  \\  n.,  ni  más  ni  mangas,  ex- 


264  M 

presión  de  asentimiento,  pero  tomada  generalmente  en 
sentido  contrario. 

masa,  a.,  casa  de  labranza  con  sus  tierras  y  aperos:  ||  n., 
plata  en  masa,  plata  en  bruto  ó  sin  labrar,  no  licuada  6 
derretida,  que  es  la  acepción  castellana. 

masada,  p.,  masía:  también  se  usa  la  palabra  masadero, 
por  el  colono  ó  vecino  de  la  masada:  ||  n.,  lo  que  se 
amasa  de  una  vez. 

masar,  c,  amasar. 

máscara,  d.,  tizne. 

mascarar,  d.,  tiznar.^ 

mascarón,  n.,  tizne  ó  mancha,  generalmente  en  la  cara: 
II  n.,  dibujo  informe  ó  mal  ejecutado:  ||  n.,  persona  ri- 
diculamente ataviada:  |J  n.,  mascarón  de  proa,  persona 
de  facciones  exageradas. 

masero,  n.,  lienzo  en  que  se  acomodan  los  panes  para 
llevarlos  á  cocer. 

maseta,  n.,  engrudo  ó  pasteta  para  pegar  cuerpos  de  fácil 
adherencia. 

masía,  a.,  cortijo;  masada  ó  casa  de  labor:  por  su  etimo- 
logía griega  significa  tierra  vallada  ó  cerrada, 

masico,  diminutivo  de  mas  y  éste  de  masía:  marcan  tres 
grados  en  la  propiedad. 

masobero,  d.,  el  que  vive  en  cortijo. 

mastín  isleño,  perro  de  una  especial  ferocidad:  en  iSig 
mandó  el  rey  (¡ue  pena  de  5o  escudos,  nadie  llevase  en 
Barcelona  estos  perros  de  ayuda,  sino  sus  alguaciles, 
porque  ejecutaban  estragos  increíbles:  vinieron  con  los 
muchos  isleños  (baleares),  que  por  entonces  se  trasla- 
daron á  Barcelona. 

mastique,  n.,  plaste. 

masto,  a.,  el  árbol  donde  se  ingiere  otro:  animal  macho; 
acepción  que  hemos  oído  en  la  provincia  de  Huesca. 

mastranzo  nevado,  n.,  menta  silvestre;  planta. 

mastuerzo,  n.,  majadero;  persona  inútil  ó  muy  negada. 

mata  de  pelo,  d.,  crencha. 

matacabra,  d.,  granizo  menudo  y  frío  que  cae  en  el  in- 
vierno. 

matacán,  n.,  cierta  clase  de  liebres  muy  corredoras,  las 
que  se  distinguen  por  su  menor  volumen  y  por  una 
como  estrella,  que  llevan  en  la  frente. 


IVI  265 

matacía,  a.,  muerte  ó  matanza  de  animales  para  el  con- 
sumo. 

matafalúa,  anís:  también  matafaluga  y  bata/alúa:  se 
halla  en  diversos  cabreos. 

inata-g^alleg;os,  n.,  arsolla;  planta. 

mata-pollo,  n.,  planta. 

matapuerco,  n.,  mondongo  del  cerdo,  esto  es,  los  embu- 
chados que  de  él  se  hacen,  como  longani:(a,  morcilla^ 
etcétera:  ||  n.,  la  operación  ó  faena  del  mondongo. 

materias,  n.,  papel  pautado  6  cartapacio:  la  Academia 
incluye  esa  voz  como  anticuada,  en  significación  de 
muestra  que  se  da  á  los  niños  para  que  imiten  la  forma 
dé  la  letra. 

mayencO;  d.,  deshielo  de  nieve  en  primavera. 

mayordombre,  a.,  prohombre;  veedpr  ó  maestro  que 
preside  un  gremio. 

mayordombría,  a.,  oficio  de  prohombre. 

mayordomo,  n.,  en  Zaragoza,  cada  uno  de  los  tres  jueces 
que  ejercían  jurisdicción  mercantil  en  el  palacio  de  la 
Diputación  después  del  mediodía  (M.  Molino). 

maza,  c,  pértiga. 

mazacote,  n.,  se  dice  de  cualquiera  objeto  de  arte  no  bien 
concluido  y  en  que  se  ha  procurado  más  la  solidez,  que 
la  elegancia  y  ligereza. 

mazada,  n.,  pensamiento  ó  solución  sin  réplica,  que  co- 
múnmente no  brilla  por  su  ingeniosidad,  sino  por  su 
exactitud;  y  que  suele  proceder  de  persona  taciturna  ó 
no  muy  locuaz,  y  así  se  dice,  fulano  tiene  unas  ma- 
:{adas! 

mazarrón,  n.,  el  que  defraudaba  al  fisco,  dejando  de  pa- 
gar el  peaje  ú  otro  derecho  de  pasaje:  así  se  infiere  de 
los  actos  de  Cortes  en  que  se  definía  y  penaba  ese  de- 
lito, é  tomábanles  por  mazarrones  si  no  pagaban:  non 
sia  ávido  por  mazarrón  mas  se  sea  tenido  pagar  el  dicho 
peaje:  ||  n.,  la  misma  pena  en  que  incurrían  los  defrau- 
dadores, que  era  la  pérdida  de  lo  que  transportaban  y 
aun  todas  las  cosas  en  que  se  cometía  el  fraude,  como 
caballerías  y  barcas^  etc.:  las  ditas  penas  et  mazarrones 
sian  divididos  et  divididas  segund  se  siguen;  esto  es,  por 
cuartas  partes  entre  el  señor  del  territorio,  el  aprehen- 
sor,  el  fisco  y  los  funcionarios  públicos. 


266  *  M 

mazo,  n.,  badajo. 

mazonero,  n.,  albañil. 

mazorril,  n.,  mazorral. 

meadina,  n.,  meada. 

mea-perros,  n.,  planta. 

media,  n.,  medida  de  granos  equivalente  á  la  fanega  ara- 
gonesa: en  Castilla  equivale  á  media  fanega. 

medial,  se  usa  en  la  frase  á  medial^  para  decir  que  se  lleva 
una  finca  ó  un  negocio  entre  dos,  por  iguales  partes, 

medialero,  el  que  lleva  á  medias  con  otro  una  finca: 
también  se  usan  las  voces  terciero  y  á  tercio. 

medianil,  n.,  tabique  que  divide  dos  casas  ó  habitaciones 
ó  departamentos:  también  se  dice  de  las  tapias  diviso- 
rias de  huertos  y  heredades. 

mediar,  n.,  dividir  por  mitad:  léese  en  las  leyes  jpalati' 
ñas  de  Jaime  II  de  Mallorca. 

mediero,  a.,  el  que  va  á  medias,  en  la  administración  de 
tierras  ó  cría  de  ganados. 

mediodiada,  las  horas  próximas  al  mediodía:  es  voz  que 
hemos  oído  á  algunos  labradores  y  que  hallamos  muy 
aceptable  y  muy  en  consonancia  con  las  de  mañanada, 
tardada,  etc. 

meditar,  n.,  recrear  el  ánimo,  principalmente  en  la  caza, 
según  Ducange,  el  cual  incluye  también  la  voz  medi- 
tación . 

medrana,  miedo;  pavor:  se  dice,  le  entró  una  medrana^ 
cuando  vio  los  alguaciles! 

mejana,  d.,  isla  de  río. 

mejer,  dar  vuelta  á  los  lagares  ó  removerla  brisa,  á  J)oco 
de  fermentar. 

melesinos,  cierta  clase  de  maravedís,  que  menciona 
Asso. 

mel§uizo,  mellizo;  barbarismo  de  algunas  localidades. 

melón  de  agua,  p.,  sandía. 

melsa,  a.,  bazo:  ||  n.,  flema;  calma;  poltronería. 

memoria,  p.,  se  dice,  caer  ó  dormir  de  memoriay  para 
denotar,  que  en  posición  supina  ó  boca  arriba. 

mena,  mina  de  fierro:  la  Academia  admite  esta  voz,  en 
sentido  de  mineral  en  bruto  ó  en  sucio,  pero  la  signifi- 
cación no  es  idéntica  y  por  eso  Ponz,  en  su  Viaje  ar- 
tístico, dice  bien,  d  la  i:(quierda  salinas  de  ojos  negros 


IVI  267 

y  á  la  derecha  minas  de  fierro:  aquí  las  llaman  menas, 

menora,  mujer  menor  de  edad. 

mensa,  n.,  algunos  escritores  usan  esta  palabra,  como 
sinónima  de  prepositura,  pero  dando  a  ésta  diferente 
valor  que  la  Academia. 

mensurático,  n.,  género  de  tributo,  que  también  se  lla- 
maba mensuraje, 

menuceles,  a.,  los  frutos  de  poca  monta  que  se  percibían 
del  diezmo,  para  distinguirlos  de  los  granos,  aceite  y 
vino:  llamábaseles  también  minucias. 

menucier,  n.,  repartidor  de  las  viandas,  para  la  mesa  del 
rey. 

menudillo,  a.,  moyuelo;  salvado  menudo. 

menudo,  moneda  submúltiplo  del  sueldo  aragonés,  que 
suponemos  de  medio  dinero  ó  equivalente  al  maravedí. 
Se  menciona  en  la  cuenta  del  confitero  de  la  Universi- 
dad, de  1756. 

meón,  véase  lechazo. 

mera,  n.,  marca  para  el  ganado. 

merced,  aunque  la  Academia  la  define,  en  el  mismo  sen- 
tido, que  aquí  nosotros  le  damos,  esto  es,  en  el  de  trata- 
miento de  cortesía,  en  favor  de  aquellos  que  no  tienen 
derecho  á  tratamiento  superior,  sin  embargo,  la  frecuen- 
cia con  que  hoy  en  Aragón  se  usa,  en  frase  como  esta, 
su  mercedme  ha  dado  esto  para  V.,  principalmente,  si 
se  habla  de  los  padres  ó  personas  de  superior  clase,  y  el 
habernos  excitado  á  incluir  esta  palabra  el  erudito  don 
Vicente  Lafuente,  añadiendo,  que  en  su  opinión,  el 
principio  de  autoridad  y  la  cohesión  de  la  familia, 
fueron  siempre  mayores  en  Aragón  que  en  Castilla,  nos 
ha  decidido  á  adoptar  como  aragonesa  esa  palabra, 
á  pesar  de  nuestro  imparcial  rigor  en  este  punto. 

merendola,  n.,  merendona. 

merinos,  maravedís  de  cierto  valor,  que  también  se  con- 
taban por  medios. 

mermar,  c,  disminuirse  alguna  sustancia  al  calor. 

merzina,  n.,  homicidio,  según  documento  de  Jaime  I,  ci- 
tado por  Ducange. 

mesa,  n.,  se  dice  mesa  de  sastre^  por  aquella  en  que  falta 
accidentalmente  el  pan,  como  en  Castilla  se  dice,  mesa 
gallega. 


268  IVI 

mesache,  cha,  n.,  muchacho,  muchacha,  mozo,  moza. 

meseguería,  n.,  derecho  que  se  pagaba  por  el  paso  de 
ganados  trashumantes  junto  á  los  sembrados,  según  se 
inclinan  á  creerlo  los  ilustrados  académicos  de  las  Insti- 
tuciones de  Derecho  aragonés  Sres.  Franco  y  Guillen  || 
n.,  oficio  del  meseguero. 

meseguero,  a.,  el  que  guarda  las  viñas. 

mesmamente;  adverbio  derivado  de  mesmo  6  mismOy  con 
igual  significación;  v.  gr.,^o  mesmamente  se  lo  dije,  por 
yo  mismo:  significa  también  precisamente  6  puntual^ 
mente;  v.  gr.,  mesmamente  aquel  día  no  estaba  yo  en 
casa. 

mesnaderos,  n.,  nobles  de  segunda  clase,  educados  en  el 
palacio  real,  según  Zurita,  en  índices  rerum  ab  Arago- 
nice  Regibus  gestarum  (Zaragoza,  iSyS),  lib.  I,  pág.  52. 

mestura,  a.,  trigo  mezclado  con  centeno. 

miaja,  la  Academia  admite  esta  palabra,  como  moneda  de 
valor  de  medio  dinero  y  la  meaja  como  antigua  de  Gas« 
tilla,  de  Ve  maravedí:  pero,  así  y  todo,  la  incluímos 
como  aragonesa,  pues  en  este  sentido  la  han  tratado 
varios  autores.  Guido  Morel,  en  su  Minerva  Arago- 
nice^  1 536,  la  da  el  valor  de  Ve  real  ó  4  dineros  jaqueses, 
y  la  traduce  Malcus  peí  obolus:  hay  también  un  discur- 
so (i 663),  sobre  el  óbolo  aragonés,  de  valor  de  4  di- 
neros y  3  partes  de  plata  por  una  de  cobre. 

miajas,  n.,  la  cantidad  con  que  contribuye  cada  hermano 
para  los  gastos  de  la  cofradía. 

miajero,  puchero  pequeño. 

miajitina,  diminutivo  de  miaja,  que  por  lo  irregular  in- 
cluimos. 

micer,  n.,  título  de  alguna  distinción  que  se  dio  un  tiempo 
á  los  letrados. 

micero,  n.,  entremetido;  persona  que  se  pone  en  lo  que 
no  le  importa:  algunos  derivan  de  la  anterior  esta  pa- 
labra. 

mida,  p.,  medida. 

mielsa,  d.,  melsa. 

miercolinas,  debían  de  ser  ejercicios  literarios  de  los  estu- 
diantes de  Medicina,  los  miércoles  de  cada  semana,  así 
como  se  llamaban  Sabatinas  los  ejercicios  ó  conclusio- 
nes de  las  otras  Facultades. 


IVI  269 

mil  en  §;rana,  n.,  planta. 

milocha^  p.,  cometa  ||  n.,  apodo  contra  la  persona  dema- 
siado alta  y  delgada:  la  Academia,  en  1869,  dice  birlo- 
cha,  cometa,  como  castellano:  en  Cádiz,  barrilete, 

milorcha,  más  usual  que  milocha,  para  significar  la  co- 
meta. 

mimo,  n.,  músico,  según  la  interpretación  de  Ducange,  á 
las  leyes  palatinas  de  D.  Jaime  de  Mallorca. 

minchar,  n.,  comer. 

ming^lana,  n.,  granada:  es  voz  local  y  corresponde  á  mm- 
grana;  castellano  antiguo. 

ming^lanera,^  n.,  granado. 

miñón,  n.,  individuo  de  una  compañía,  que  también  se 
titulaba  de  fusileros  de  Aragón^  y  tenía  por  objeto  la 
persecución  de  malhechores  y  todo  lo  que  hoy  forma  el 
instituto  de  la  Guardia  civil:  fué  creada  en  1768  y  di- 
suelta en  1843,  siendo  diferente  esta  fuerza  de  la  que  con 
igual  nombre  y  parecido  objeto  se  menciona  en  el  Dic- 
cionario de  la  lengua,  así  como  no  le  conviene  la  etimo- 
logía que  da  Monláu  á  la  palabra  miñón^  derivándola  de 
minuo,  minus,  idea  de  pequenez. 

mioja,  n.,  migaja;  miga. 

mirallo,  n.,  balcón;  reja  ó  celosía. 

miramar,  n.,  mirador;  solana;  azotea;  sobre  todo  en  las 
casas  de  campo. 

misa,  n.,  se  usa  en  la  frase  proverbial,  como  misa  de  ré- 
quiem con  órgano  (lo  cual  nunca  sucede  en  Aragón), 
para  denotar  la  impropiedad,  improcedencia  ó  falta  de 
gusto  en  una  cosa. 

mitadenco,  d.,  trigo  mezclado  con  centeno:  se  ve  usado 
también,  en  documentos  de  Navarra:  |I  n.,  se  dice  del 
censo  que  se  paga  mitad  en  una  clase  de  frutas,  mitad 
en  otra. 

mocar,  n.,  sonar:  la  Academia  admite  los  conderivados 
moquero  y  mocador. 

mócete,  ta,  n.,  muchacho  de  cuatro  á  ocho  ó  diez  años: 
dícese  también  moced  para  el  masculino  y  es  usual  en 
Navarra. 

mochuelo,  en  papeles  relativos  á  la  Universidad  de  Zara- 
goza y  al  año  1689,  se  habla  del  cobro  de  lo  que  ahora 
llaman  mochuelo. 


270  NI 

modoso,  n.,  se  aplica  á  la  persona  de  moderación  y  tem- 
planza, en  sus  acciones  y  palabras. 

mojijo,  n.,  salsa. 

molada,  d.,  cantidad  de  aceituna^  que  se  deshace  de  una 
vez. 

moledera,  n.,  se  dice  de  la  persona  pesada,  importuna  ó 
gárrula. 

molinada,  n.,  la  cantidad  de  trigo  que  se  muele  de  una 
vez  para  el  consumo,  en  tiempo  dado,  y  así  se  dice  en 
las  Ordinaciones  del  Hospital  de  Zaragoza ,  las  molina- 
das de  trigo  de  cada  semana:  \\  n.,  el  abasto  de  trigo  que 
se  hace  para  el  consumo  anual  de  una  familia,  ó  el  con- 
trato equivalente  que  se  hace  con  el  tahonero,  para  que 
surta  de  pan  durante  el  año. 

molsa,  lo  mismo  que  ensisadura. 

molsudo,  se  dice  del  fruto  jugoso,  carnudo  ó  lleno. 

moltura,  a.,  maquila  ó  grano,  dado  en  precio  al  moline- 
ro, ó  medida  de  maquilar. 

molla,  d.,  musgo,  moho. 

mollar,  n.,  en  sentido  de  hito  ó  mojón,  lo  hemos  visto  en 
una  escritura  de  narración  de  límites,  entre  Vera  y  Ta- 
razona,  1245,  con  estas  palabras,  e  mando  alli  fincar 

MOLLAR. 

mollón,  carnero. 

molturar,  moler,  especialmente,  la  sal;  también  hemos 
leído  molíuración,  por  moltura,  en  anuncios  oficiales. 

mollete,  parte  más  carnosa  del  brazo  ó  la  pierna,  que 
la  Academia  consigna  como  provincial:  moflete  en 
francés. 

mollisca,  caspa. 

mona,  el  gusano  de  seda  que  no  continúa  el  capel,  porque 
le  corta  el  hilo  alguna  tempestad;  ó  el  que  desparrama 
el  hilo  y  hay  que  encerrarle  en  una  papeleta,  en  donde 
hace  el  capel. 

momo,  d;,  fisgón. 

momos,  n.,  gestos  ó  visajes,  con  que  se  hace  burla  de  al- 
guno. 

momero,  d.,  fisgón. 

mona,  n.,  juego  de  naipes  que  consiste,  en  repartir  toda  la 
baraja,  entre  un  número  ilimitado  de  jugadores;  descar- 
tarse éstos  de  sus  parejas;  tomar  cada  uno,  sucesivamen- 


IVI  271 

te,  del  de  su  izquierda,  un  naipe  cubierto,  para  ver  si 
reúne  pares  al  descarte;  y  cuando  queda  una  sola  carta 
(pareja  de  otra,  que  sin  ser  vista  de  nadie,  se  ha  quitado 
de  la  baraja,  al  empezar  el  juego),  el  que  la  tiene  resul- 
ta mona  y  paga  lo  convenido:  ||  n.,  maza,  en  sentido  de 
colgajo  que  se  prende  á  los  vestidos  en  Carnestolendas: 
es  curioso  de  notar  que  ma:(a  y  mona  se  dice,  según  la 
Academia,  por  dos  personas  que  suelen  andar  juntas:  [| 
n.,  mona  de  pascua  y  suele  decirse,  corrido;  y  otras  ve- 
ces, alegre  como  la  mona  de  pascua,  á  semejanza,  en  el 
primer  caso,  de  la  frase,  hecho  una  mona,  que  admite 
la  Academia. 

moncaíno,  n.,  lo  derivado  de  la  cordillera  del  Moncayo, 
como  el  viento,  etc. 

monda,  n.,  mondadura;  desperdicio  ó  piel  de  cualquiera 
fruta,  legumbres,  etc. 

moneda  jaquesa,  a.,  la  que  se  labró  en  Jaca  y  juraron 
los  reyes  mantener,  la  cual  tenía  el  busto  del  rey  y  una 
cruz  patriarcal:  en  general  se  dice,  de  toda  la  moneda 
aragonesa  que  es  imaginaria. 

monedaje,  a.,  servicio  de  12  dineros  por  libra  jaquesa, 
cerca  de  un  4  por  100,  impuesto  sobre  los  bienes  mue- 
bles y  raíces  por  Pedro  II. 

monjortera,  n.,  cada  uno  de  los  palos  ó  cestillas  que, 
descansando  en  los  rillos,  sirven  para  contener  vertical 
y  paralelamente,  las  dos  paredes  de  los  tapiales. 

monis,  a.,  masa  de  huevo  y  azúcar. 

monitorio,  n.,  provisión  que  expiden  los  tribunales  para 
hacer  cumplir  sus  decretos,  contra  la  resistencia  de  los 
jueces  ó  particulares  eclesiásticos:  en  Castilla,  monitoria 
es,  despacho  que  se  obtiene  del  juzgado  eclesiástico, 
para  hacer  comparecer  á  alguno. 

montamiento,  n.,  valor;  precio;  estimación:  y  así  se  dice, 
no  he  percibido  montamiento  de  un  alfiler:  esa  significa- 
ción da  la  Academia,  á  la  palabra  monta. 

montón  (Á),  n.,  mucho,  en  gran  cantidad;  por  ejemplo, 
llueve  á  montón;  lo  quiere  á  montón:  la  Academia  in- 
cluye á  montones^  por  abundante,  excesivamente, 

moñaco,  de  muñeco. 

mora  de  zarza,  n.,  el  fruto  apiñado  que  da  la  zarza 
silvestre.   Castelar,   en  Recuerdos  de  Italia,  dice,  las 


272  IVI 

ZARZAS  con  cuyas  moras  se  teñían  las  cejas  y  las  me- 
pilas. 

morabatín,  n.,  moneda,  usada,  antiguamente,  en  Aragón. 
Para  prueba  de  Ja  variadísima  lección  que  tienen  algu- 
nas voces  en  los  documentos  antiguos,  y  de  la  dificultad 
de  fijar  á  veces  la  verdadera,  citaremos  las  que  trae 
Ducange  de  esa  palabra  en  su  Glossarium.  Son:  mará- 
batinus,  marabetinus,  marabitinuSy  marabocinuSy  ma- 
rabotinus,  marabutinus,  marabuntinus,  marapetinus, 
maravedinus^  marbatinus^  marbotinus,  marmotinus, 
maurabotinuSf  mirabutinus,  morabatinuSj  morabedíSy 
morabetinus,  morbotinus  y  morobatinus. 

moradura,  n.,  lividez  que  queda  en  la  epidermis,  á  con- 
secuencia de  alguna  contusión  ó  golpe:  equimoce. 

moravetino,  n.,  la  misma  moneda  ames  definida,  y  por 
otro  nombre  llamada,  maravedí  alfonsino. 

morcacho,  d.,  mestura:  en  Castilla  morcajo. 

morcal,  n.,  intestino  de  carnero,  vaca  ó  cerdo,  en  el  cual 
se  ponen  lOs  embuchados  de  morcilla,  longaniza,  etc. 

morcas,  d.,  heces  del  aceite. 

morg;año,  n.,  ratón  campesino,  muy  hocicudo,  que  suele 
mamar  de  las  ovejas,  causándoles  la  muerte:  su  carácter 
venenoso  ha  dado  origen  al  proverbio,  si  te  pica  e/ mor- 
gaño prevén  el  escaño. 

morg^Ón,  d.,  mugrón  de  vid. 

mor^onar,  d.,  tender  los  sarmientos  para  que  arraiguen. 

morgoñar,  refunfuñar. 

morgoñón,  mal  humorado;  quejumbroso;  descontenta- 
dizo. 

moriega,  hoy  se  dice  en  Aragón,  tierra  moriega^  la  que 
pertenecía  á  los  moros,  dice  la  Academia. 

moro,  n.,  el  médico  Francisco  del  Rosal  dice,  que  el  ara- 
gonés  llama  moros,  por  denuesto,  á  los  que  descienden 
de  moros,  así  como  en  Castilla  se  llaman  judíos  á  los 
que  descienden  de  ellos,  y  en  Andalucía  moriscos  á  los 
unos  y  conversos  á  los  otros. 

morquera,  d.,  tomillo. 

morreras,  n.,  manchas  ó  erupción  alrededor  de  los  labios. 

morro,  n.,  enfado;  berrinche. 

morreodo,  se  dice  del  trigo,  cuando  está  con  tizón  á  la 
punta  ó  en  el  embrión. 


IVI  273 

morrocotudo,  n.,  grande;  formidable;  temible:  se  usa,  y 
sólo  vulgarmente,  con  algunos  sustantivos,  como  en 
las  frases,  hajr  cuatro  leguas  morrocotudas;  es  un  capi- 
tal morrocotudo;  es  un  juego  morrocotudo^  etc. 

morrón,  calificativo  de  cierta  variedad  en  los  pimientos. 

morrudo,  n.,  aficionado  á  los  manjares  exquisitos;  prác- 
tico en  gustarlos;  el  que  se  apercibe  pronto  de  un  buen 
ó  mal  condimento:  es  voz  familiar:  ||  n.,  se  aplica  al 
que  está  enfadado,  ó,  como  se  dice  metaíóricamente, 
con  hocico. 

mortajar,  n.,  amortajar. 

mortela,  en  que  en  la  Milicia  Nacional  ó  ciudadana  sus- 
tituía habitualmente  á  otros  por  dinero  en  las  guardias 
y  retenes. 

mortijuelo,  d.,  párvulo  muerto. 

morú§ula,  d.,  criadilla  de  tierra. 

mosén,  a.,  título  ó  tratamiento  equivalente  á  Don,  que 
antes  se  daba  á  los  nobles  y  hoy  á  los  clérigos:  abrevia- 
ción eufónica  árabe  de  mi  señor,  6  quizá  compuesto  del 
francés  mos  y  el  lemosín  en:  según  Gayangos,  este  tí- 
tulo se  dio  en  Castilla  á  nobles  extranjeros. 

mosig'Ón,  n.,  se  dice,  familiarmente,  del  niño  arisco  y 
torpe,  que  no  obedece  por  falta  de  actividad  y  com- 
prensión. 

mostacilla,  n.,  abalorio  menudo  para  bordar. 

motacén,  a.,  almotacén  ó  fiel  de  pesos  y  medidas. 

motilar,  c,  cortar  el  pelo. 

mozlemes,  n.,  moros,  según  un  documento  latino  en  que 
Briz  traduce  mo^lesmes, 

muda,  mudanza  de  casa;  no  vemos  en  la  Academia  bas- 
tante expresiva  aquella  palabra  para  indicar  ese  acto,  y 
por  eso  y  por  su  gran  uso  en  Aragón  la  incluimos  aquí. 

mudejares,  n.,  moros  que  permanecieron  en  Zaragoza 
después  de  la  Reconquista,  según  Blancas,  pág.  i3o  de 
sus  Comentarios. 

muela  picada,  n.,  se  usa  en  la  frase  tener  la  muela  picada 
para  indicar  que  se  tiene  buen  apetito. 

muelles,  n.,  \>ov  flojo  de  muelles  se  entiende,  no  sólo  el 
que  tiene  suelto  el  vientre,  sino  el  que  es  fácil  de  lengua. 

muerdo,  mueso  ó  bocado:  así  lo  hemos  leído  en  algún 
documento. 

18 


274  M 

muermo,  n.,  hombre  pesado  é  importuno. 

muerras,  Naval  alegó  que  el  rey  les  perjudicó  en  demari' 
darles  sus  muerras  y  los  j?o:(os  de  las  salinas,  según 
Privilegios  de  Aragón. 

mueso,  a.,  bocado;  voz  anticuada  que  usaron  mucho  en 
otro  tiempo  los  escritores  castellanos,  como  puede  verse 
en  nuestra  Introducción.  Entre  ellos,  el  autor  del  libro 
de  Patronio  6  Conde  Lucanor,  en  el  capítulo  IX,  en 
que  se  dice:  j^  endere:^aron  entrambos  al  león,  e  pará- 
ronle tal  á  MUESos  j^  á  coces,  que  por  fuerza  se  huvo  á 
encerrar  en  la  casa  donde  salió:  también  muerdo. 

mug^a,  p.,  mojón,  término  ó  límite,  y  no  montón;  cúmulo 
ó  acervo  que  interpreta  Ducange,  citando  el  libro  VI  de 
las  Observancias  de  Aragón, 

muir,  a.,  ordeñar. 

muñido,  n.,  emplazado;  citado;  obligado  á  comparecer  en 
juicio:  si  MUÑIDOS  á  concello  no  viniesen,  paguen,  etc., 
que  dice  Cuenca. 

mureño,  montón  de  piedras  que  resulta  de  la  limpia  de 
un  campo. 

múr§ula,  d.,  cierta  criadilla  de  tierra  de  forma  cónica. 

museo,  n.,  jefe  de  la  cocina  y  la  despensa  del  rey,  según 
se  ve  en  las  leyes  palatinas  de  Jaime  II  de  Mallorca. 

música,  n,,  el  conjunto  de  esquilas  que  se  pone  á  los  re- 
baños. 

mutafa,  d.,  almotacén. 


N 


Nacerse,  abrirse  ó  desunirse  la  tela  por  estar  muy  al 
borde  la  costura. 

nano,  n.,  se  dice  fortuna  del  nano,  con  alusión  á  la  que 
ilusiona  demasiado,  aunque  poco  importante  en  sí  mis- 
ma: II  n.,  el  año  de  la  nanita,  frase  con  que  se  denota  la 
antigüedad  de  una  cosa,  como  en  Castilla  se  dice:  el 
año  de  cuarenta,  y  en  Aragón  el  año  uno  ó  el  año  ocho. 


N  275 

Berceo  escribe:  decit  que  lis  faredes  viudas  á  las  nanas, 
con  lo  cual  parece  indicar  las  jóvenes  casadas.  Juan  Lo- 
renzo de  Segura  dice:  Retroxol  que  era  fijo  de  mala 
NANA,  esto  es,  madre  ó  mujer;  y  en  otra  parte: 

mas  por  toda  la  pérdida  el  rey  greciano^ 
tanto  dava  por  ella  quanto  por  un  nano. 

nantarse,  d.,  apresurarse. 

narigotazos,  juego  de  cartas  entre  muchachos,  en  que  la 
pena  es  recibir  tantos  golpes  en  la  nariz  con  sus  naipes^ 
cuantos  son  los  tantos  que  se  pierden. 

natilla,  d.,  natillas;  composición  cocida  de  harina,  leche, 
huevos  y  azúcar,  hasta  tomar  alguna  consistencia. 

natizo,  n.,  caloyo:  ||  n.,  enatizo. 

naturaleza,  n.,  fidelidad  que  el  subdito  debe  á  su  rey. 

navada,  n.,  nave  de  iglesia  ú  otro  edificio:  úsalo  Blasco 
de  Lanuza. 

navajo,  n.,  balsa  para  el  ganado. 

navata,  almadía;  en  tierra  de  Biescas. 

navatero,  almadiero. 

navesar,  d.,  esnavesar. 

navija,  n.,  plancha  ó  barra  de  acero,  colocada  al  extremo 
del  árbol  y  como  base  del  rodillo  harinero,  para  que 
éste  no  se  desgaste  en  la  rotación;  pieza  de  hierro  que 
entra  en  el  propalo;  y  sobre  la  cual  descansa  la  muela 
volandera  o  superior. 

navijar,  n.,  la  hembra  de  la  navija,  abierta  en  la  piedra 
en  donde  encaja. 

naya,  d.,  galería,  en  palacio,  iglesia,  etc. 

nazareno,  n.,  se  dice  familiarmente  del  que  está  lleno  de 
sangre,  polvo  ó  descompostura  en  su  traje. 

nebleros,  molde  para  hacer  las  hostias. 

negral,  n.,  olivo  que  produce  cierta  clase  particular  de 
aceitunas,  completamente  negras,  queda  fruto  todos  los 
años,  aunque  es  más  sensible  á  los  rigores  del  frío. 

niéspola,  a.,  fruto  del  níspero. 

nietro,  a.,  medida  de  dieciséis  cántaros  de  vino. 

niquitoso,  d.,  dengoso;  hombre  que  se  emplea  en  menu- 
dencias y  reparos  despreciables. 

noble,  a.,  título  de  honor  que  da  el  rey  y  que  en  iSgo 
sustituyó  al  de  rico-hombre. 


276  O  •   • 

no-cosa,  d.,  nada;  poca  cosa. 

nogajo,  n.,  nuez  que  todavía  no  se  ha  formado. 

notario  de  caja,  a.,  notario  del  número  de  Zaragoza. 

novalio,  n.,  royal. 

novillos  (hacer),  n.,  hacer  pimienta,  en  sentido  de  no 
concurrir  á  la  escuela. 

nublo  (tocar  á),  reprender  6  recomendar  una  cosa,  sin 
éxito:  viene  á  ser  como  predicar  en  desierto;  y  así  se 
dice:  mandar  á  los  niños  que  no  hablen,  es  como  tocar  á 
nublo. 

nuera,  n.,  se  usa  en  el  adagio  bien  guisa  ó  fríe  mi  nuera 
con  el  pico  de  la  aceitera,  para  denotar  que  no  hay  mé- 
rito en  las  empresas  cuando  hay  facilidad  en  los  medios: 
se  usa  en  la  frase  entrar  por  el  ojo  de  la  nuera  ^  como  si 
se  dijera  j?or  el  ojo  derecho. 

nuevas,  n.,  hallamos  que  usa  esta  voz  una  antigua  escri- 
tura, relativa  á  los  Amantes  de  Teruel,  en  la  frase  ájin 
de  nuevas,  que  significa  al  cabo  de  rato;  á  la  postre;  al 
fin;  después  de  todo,  etc. 

nuncio,  n.,  pregonero;  Alguacil  de  la  Curia  eclesiástica. 


fÁ 


Nafra  ó  ñafla,  cardenal  ó  señal  que  deja  alguna  herida  ó 
golpe:  en  catalán  antiguo,  nafres,  significaba  heridas, 
según  Antonio  BofaruU:  en  algunas  partes,  nafra,  úl- 
cera de  bestia. 

ñaña,  enana:  se  aplica  á  cierta  variedad  de  la  rosa. 


Obag'a,  punto  en  donde  da  poco  el  sol. 
oblata,  n.,  hogaza. 
Óbolo,  véase  miaja. 


o  277 

obrería,  p.,  oficina  para  los  negocios  concernientes  á  la 
fábrica  de  cualquiera  iglesia  ó  comunidad. 

obrero,  n.,  uno  de  los  primeros  cargos  en  las  Juntas  de 
parroquia. 

ocheno,  n.,  la  octava  parte:  úsase,  comúnmente,  como 
sustantivo. 

ocho,  n.,  pan  de  á  libra. 

olada,  oleada,  heces  de  aceite:  la  Academia  lo  incluye 
como  provincial,  en  sentido  de  buena  cosecha. 

oleaza,  a.,  agua  sucia,  sobrante,  después  de  sacado  el 
aceite  de  la  pila. 

oliva,  p.,  aceituna.^ 

olivera,  c,  olivo;  árbol. 

Ólivillo,  n.,  planta  phillyrea  angustifollia,  descrita  por 
Asso. 

oncejo,  p.,  vencejo;  ave. 

onso,  oso;  en  el  Pirineo. 

opuestos,  n.,  las  partes  litigantes. 

oraciones,  a.,  precediendo  romper  las,  como  dice  la 
Academia,  ó  corromper  las,  como  decimos  nosotros, 
significa  interrumpir  el  discurso  con  alguna  imperti- 
nencia. 

orache,  viento  fresco,  cuando  es  excesivo;  y  especial- 
mente cuando  es  estemporáneo. 

ordinación,  a.,  ordenanza. 

ordio,  ordeo,  a.,  cebada. 

oreja  (pan  de),  n.,  especie  de  pan  de  flor,  cuya  forma  se 
parece  á  la  del  bonete. 

orenza,  tolva. 

Orga,  especie  de  pequeño  yunque  para  soportar  la  dalla, 
cuando  se  la  afila  á  golpe  de  martillo. 

orillo,  n.,  orilla;  canto  ó  extremo  de  cualquiera  tela:  en 
Castilla  sólo  se  refiere  aquella  palabra  al  canto  del  paño 
que  es  de  lana  más  basta  y  se  conoce  también  con  el 
nombre  de  vendo. 

ortariza,  campiña  ó  huerta  correspondiente  á  una  pobla- 
ción: en  la  donación  que  de  la  Iglesia  de  las  Santas 
Masas,  hizo  el  rey  al  Obispo  de  Jaca  en  el  siglo  xi,  dice 
hoc  donatibum  fuit  factum  in  illo  ortariza  (sic)  de  Za- 
rago:{a;  renombre  (dice  Martón)  que  suena  cercanías , 
de  esta  ciudad. 


278  R 

orzayo,  n.,  el  que  acompaña  ó  lleva  en  sus  brazos  á  niños 
de  corta  edad,  como  pudiera  hacerlo  la  nodriza  ó  la  ni- 
ñera; úsase  más  en  Navarra. 

orzoyo,  el  pelo  ó  hebra  de  la  seda  para  labrar  el  tercio- 
pelo: en  las  Ordenanzas  de  los  Torcederos  de  la  seda, 
lÓTijSe  estableció  que  el  examinando  de  maestro  íor- 
ciese  una  devanadera  de  orzoyo  para  terciopelos,  otra 
de  sedilla  para  tramas  de  mantos  y  otra  de  pelos  para 
tafetanes. 

OStático,  n.,  rehén,  según  Ducange. 

otilar,  n.,  aullar  el  lobo:  úsase  esa  voz  en  algunos  pue- 
blos del  Somontano. 

Otri,  otrie,  c,  otro:  en  el  Conde  Lucanor  se  lee  olvidan, 
mucho  aina  lo  que  otri  ha  fecho  por  ellos:  ||  d.,  hacien- 
da de  otri,  ropa  ajena. 

ovejera,  n.,  esquila  que  se  pone  en  los  rebaños  á  las  ove- 
jas. 

ovitar,  n.,  cortar;  según  se  desprende  de  las  Ordinacio- 
nes  de  Abejeros^  i494i  ^"  donde  se  lee,  que  nadie  puede 
oviTAR  ni  ranear,  nifaer  leña. 


Pabostre,  n.,  preboste. 

pabostría,  n.,  prebostazgo. 

pacentar,  pacentar,  a.,  apacentar. 

pacería,  salario  de  los  sobrejunteros . 

paciscente,  n.,  pactante. 

pachuchada,  patochada;  dicho  ó  hecho  que  no  vale  la 
pena  y  que  denota  sandez  ó  tontería. 

padolamento,  n.,  género  de  peso,  según  Ducange,  apo- 
yado, en  un  documento  de  1272. 

padrastros,  n.,  mastranzos. 

pairo,  muñeco  6  pelele  que  se  pone  al  toro  ó  novillo,  para 
que  cierre  contra  él:  lo  hemos  oído  con  referencia  á 
Pina. 


R  279 

paja,  con  la  frase,  trabajar  por  la  paja  se  denota,  haber 
hecho  alguna  cosa,  con  poca  6  ninguna  utilidad:  hay 
quienes  hacen  con  sus  caballerías  la  faena  de  la  trilla  de 
mies  ajena,  reservándose  para  sí,  toda  la  paja. 

paja-humo,  se  usa  en  la  frase,  dar  á  uno  paja-humo  y  para 
indicar  que  se  le  despide  ó  se  le  pone  fuera  de  juego. 

pajarilla,  a.,  palomilla;  insecto  que  destruye  la  cebada. 

pajarolear,  n.,  hacer  vida  alegre,  ociosa  y  disipada:  na- 
cen de  ahí  algunos  derivados,  como  pajaroleo  y  paja- 
rotero:  en  CdiSÚWdi  pajarear  y  pajarero. 

pajuelas,  hemos  oído  calificar  así,  á  las  viruelas  locas  ó 
erupciones  parecidas. 

pajuz,  pajuzo,  a.,  paja  medio  podrida,  desechada  de  las 
eras  y  los  pesebres. 

pala,  n.,  tira  de  tela  en  las  camisas  y  otras  prendas  de 
vestir. 

palabrilla,  n,,  el  bozo  que  se  hace  con  un  cabo  del  ramal, 
para  sujetar  á  las  bestias  ó  impedirles  que  coman  ó 
muerdan. 

paleta;  n.,  el  mancebo  de  albañil  que  maneja  la  llana  y  la 
paleta:  |1  a.,  media-paleta,  el  oficial  de  albañil  que  sale 
de  aprendiz  y  aun  no  gana  gajes  de  mancebo:  es  tam- 
bién muy  usual  la  aplicación  de  esa  frase,  á  todo  oficia 
ó  profesión. 

palo,  línea  ó  hilada  de  sembrado,  en  donde  éste  se  halla 
distribuido  en  caballones. 

pallada,  n. ,  parvada. 

pallaso,  n.,  maceta  ó  tiesto:  úsase  en  el  Alto  Aragón,  así 
como  paellaso. 

pan,  n.,  Rosal  dice  que  tomó  los  nombres  de  sus  precios, 
como  en  la  Corona  de  Aragón  las  vuitenas,  quaernas  y 
otras  suertes  de  panes;  se  usa  en  la  locución,  pan  de  mi 
alforja^  para  manifestar  que  se  ama  la  independencia, 
lo  cual  recuerda  el  verso  del  Dante, 

Oh  come  sa  di  sale  il  pane  altrui! 

pandereta,  n.,  panderete. 

panel,  entrepaño;  voz  de  carpintería:  en  hsincé^ panneau, 
panes,  d.,  trigo  en  hierba. 

pañete,  n.,  diminutivo  de  pan.  Se  conserva  esa  voz,  en 
la  denominación  vulgar  de  una  de  las  iglesias  memora- 


280  R 

bles  de  Zaragoza,  la  cual  fué  primitivamente,  Palacio 
real  de  los  árabes,  con  el  nombre  de  a:{uda;  sirvió  de 
hospedaje  á  Alfonso  I,  cuando  reconquistó  la  ciudad, 
en  i8  de  Diciembre  de  i  ii8;  llamóse  después  San 
Juan  de  Jerusalén;  y  hoy,  y  ya  en  tiempo  de  Blancas 
(pag.  1 19  de  sus  ComentariosJ ,  se  da  á  conocer  común- 
mente, con  el  título  de  San  Juan  de  los  Pañetes. 

panfranguería,  privilegio  concedido  al  monasterio  de 
Santa  Engracia,  en  1643,  que  le  autorizaba  á  tener  una 
panadería  arrendable  á  los  horneros,  la  cual  se  abrió  en 
efecto,  en  la  calle  de  la  Verónica  y  produjo  quinientas 
libras  anuales. 

panicero,  n.,  el  que  tenía  á  su  cuidado  el  servicio  del  pan 
en  la  Gasa  r Qah  panicería,  panadería.  . 

panichaza,  en  Borja  y  otros  puntos,  lo  mismo  que  sopeta. 

paniquesa,  d.,  comadreja:  |I  n.,  niño  ó  niña  de  mucha 
viveza  y  movilidad. 

panizar,  el  campo  ó  tabla  sembrado  de  maíz. 

panizo,  p.,  maíz. — Solían  llamarle  trigo  de  Indias,  según 
Martón,  en  su  Historia  de  Santa  Engracia. 

panoUa,  d.,  mazorca;  panoja. 

panso,  n.,  paso;  seco;  consumido:  se  aplica  á  las  frutas, 
así  como  la  voz  pansado.  En  el  Gapbreu  del  peaje  que 
se  pagaba,  en  el  puente  de  Luna,  i/\.36,  se  dice,  carga 
de  PANSAS  un  sueldo:  en  el  Glosario  del  Memorial  histó- 
rico tomo  V.,  se  lee  pansa,  cosa  extendida  ó  expuesta 
al  sol  {depanderej;  tipas  pansas,  pasas. 

pantasma,  n.,  fantasma:  es  voz  vulgar  que  se  usa  tam- 
bién metafóricamente.  Lope  de  Rueda  dice,  hecho  fan- 
tasma ó  bausán:  Quevedo  escribió  el  entremés  del  Ma- 
rido pantasma. 

¡paño!,  exclamación  de  sorpresa:  unas  veces  se  usa  solo 
como  interjección  y  otras  en  régimen,  como  sustantivo, 
V.  g.,  ¡el  paño  del  hombre  y  qué  miserable  que  es! 

papahígo,  aparato  á  manera  degembudo,  para  coger  higos 
del  árbol. 

papelero, 'n.,  hazañero;  finge-negocios. 

paquetero,  n.,  el  contrabandista  que  introduce  en  Espa- 
ña paquetes  de  contrabando,  venciendo  los  Pirineos. 

paradero,  ra,  n.,  compuerta  ó  tajadera,  formada  de  ta- 
blas portátiles. 


P  281 

paranza,  la  presa  que  se  hace  en  el  agua  corriente,  por 
medio  de  compuertas,  6  de  otra  manera,  para  que,  dis- 
minuido el  curso,  se  aumente  el  nivel:  véase  entibo. 

parar,  n.,  se  llaman  gastos  de  parar  la  mesa,  los  que  ha 
ocasionado  el  proceso  de  aprehensión,  desde  el  apellido 
hasta  la  reportación,  y  son  de  cuenta  del  que  se  opone 
al  aprehendiente,  cuando  obtiene  sobre  este  la  ventaja 
del  juicio:  ||  n.,  disponer;  preparar;  y  así  se  dice,  parar 
la  mesa,  en  sentido  de  cubrirla  con  los  manteles,  ó  como 
dice  la  Academia,  de  ponerla:  jj  n.,  mullir,  cuando  se 
habla  de  los  colchones,  cojines,  etc.:  ||  n., parar  fuerte, 
mantenerse  en  buena  salud:  en  Navarra  se  usó  pararse 
mal,  sentirse  mal. 

paraula,  n.,  palabra:  es  voz  anticuada,  de  las  incluidas 
por  Blancas,  en  su  índice. 

parco,  p.,  parce  ó  premio  que  dan  algunos  maestros, 
principalmente,  en  la  Escuela  Pía,  y  que  sirve  para  ob- 
tener perdón  de  ciertos  castigos. 

pardina,  a.,  despoblado,  esto  es,  yermo  ó  sitio,  que  en 
otro  tiempo,  tuvo  población.  Se  halla  incluido,  por 
primera  vez,  en  la  penúltima  edición  de  la  Academia:  jl 
n.,  prado:  ||  patio.  El  canónigo  Espés,  en  su  Historia 
(inédita)  de  la  Seo,  dice  que  D.  Hodierna  pendió  á  la 
Seo  en  ii52  una  pardina  6  patio  para  Hospital,  y  en 
otra  parte  que  el  Hospital  es  hoy  pardina  (sin  duda 
por  despoblado). 

pareilia,  n.,  matrimonio:  voz  usada  en  el  fuero  de  So- 
brarte, para  designar  los  hijos  legítimos,  que  allí  se  lla- 
man, hijos  de  PAREILLA. 

parejo,  d.,  poco  limpio  en  aderezar  la  comida:  |I  n.,  do- 
tado de  cierta  desaprensión  y  que  todo  lo  lleva  por  igual. 

paricionero,  n.,  pastor  que  se  ajusta  con  el  ganadero 
para  servirle  durante  la  parición. 

parihuelas,  n.,  parihuela. 

parizonar,  n.,  parir  el  ganado. 

parra  (subirse  á  la),  n.,  ofenderse;  picarse  de  alguna  alu- 
sión. 

parranda  (de),  n.,  de  jolgorio;  de  gran  diversión,  ocio- 
sidad ó  pasatiempo. 

parrón,  n.,  vasija  grande,  para  ordeñar  la  leche  en  las 
cabrerías. 


282  R 

parte,  n.,  con  la  expresión,  ¿de  qué  -parte?  se  indica  que 
de  ninguna  manera^  y  así  se  dice,  ¿de  qué  parte  he  de 
temerle?;  ¿de  qué  parte  ha  de  triunfar? 

parvada,  n.,  gran  cantidad. 

pasadas  (Á  todas),  n.,  enajenación  absoluta,  sin  condicio- 
nes de  retracto  ü  otras:  es  frase  que  se  usa  en  oposición 
con  la  de  á  carta  de  gracia. 

pasamán,  d.,  pasamano. 

pasamanos,  n.,  pasamano. 

pasamiento,  n.,  pase  de  cuentas:  ||  n.,  pasar,  en  el  senti- 
do de  la  última  acepción,  que  da  á  esta  palabra  la  Aca- 
demia. 

pasio,  p.,  pasión  por  la  parte  del  Evangelio. 

pasionero,  a.,  el  sacerdote  destinado  en  el  Hospital  de 
Zaragoza,  á   la  asistencia  espiritual  de  los  enfermos. 

pastarello,  mejilla:  en  Acto  público  de  i283,  sobre  apa- 
rición de  la  Virgen  de  Magallón  leemos,  que  no  se  le 
despegaría  la  mano  del  pastarello. 

pastas,  en  la  Relación  de  las  fiestas  que  se  celebraron  en 
Zaragoza,  con  motivo  de  la  concesión  del  rezo  propio  de 
la  Virgen  del  Pilar,  dice  Escuder,  agnus  benditos  que 
menos  reverentemente  se  llaman  pastas. 

pastenco,  n.,  la  res  que  se  echa  al  pasto:  suele  hacerse 
la  división  de  las  que  aun  maman,  en  caloyos,  témaseos 
y  pastencos,  y  á  éstos  se  les  llama  también,  corderos  le- 
chales. 

patríense,  compatricio.  Martón  dice,  mt  patríense  Don 
Vicencio  Blasco  de  Lanuda;  y,  aunque  esto  no  tanto  pa 
rece  un  aragonesismo,  cuanto  una  manera  particular  del 
autor,  creemos  que  debe  consignarse. 

pastrón,  n.,  bofetón  ó  puñada;  voz  familiar. 

patera,  n.,  enfermedad  del  ganado  en  las  pezuñas. 

patio,  n.,  portal  cubierto. 

paúl,  d.,  pradería  común. 

pavana,  n.,  salida  de  pavana^  es  expresión  que  significa 
réplica  intempestiva,  insuficiente  o  grotesca:  también, 
porte  inesperado;  desenlace  poco  delicado  en  algún 
asunto. 

pasivo,  d.,  pavía  ||  d.,  tonto;  lerdo. 

peal,  n.,  se  usa  en  la  frase,  poner  á  uno  como  un  peal, 


R  28S 

equivalente  aponer  á  uno  como  un  trapo^  pero  es  exten- 
siva también  á  los  malos  tratamientos  de  obra. 

pebre,  p.,  pimienta;  j?e¿re/e,  guindilla  fuerte. 

pecina,  d.,  riña;  contienda;  alboroto. 

pecotoso,  pecoso:  pecoíoso,  señal  de  hermoso;  pro- 
verbio. 

peculio,  d.,  peculio;  voz  anticuada. 

pechas,  la  parte  convexa  ó  más  alta  de  la  muela  hari- 
nera, ó  sea  la  más  próxima  al  centro. 

pecho  arriba,  n.,  á  repecho. 

peder,  n.,  peer. 

pedrada,  d.,  pedrea;  apedreada. 

pedregada,  n.,  pedrea. 

pedreña,  d.,  pedernal. 

peduco,  n.,  calzado  tosco,  que  se  usa  en  las  montañas. 

peg^unta,  pez:  se  lee  muchas  veces,  en  los  Cabreos. 

peirón,  n.,  columna  ú  obelisco,  que  contiene  alguna  ima- 
gen y  que  se  halla,  únicamente,  á  la  entrada  de  las  al- 
deas: llámase  también  pairón. 

peladizo,  n.,  piel  que  cubre  la  carne  de  las  frutas:  la 
gente  vulgar  dice,  pelar:{0. 

pela-cañas,  viento  fuerte  y  frío. 

pelele,  c,  pobrete;  falto  de  inteligencia  y  de  fortuna: 
simple,  inútil,  dice  la  Academia. 

pelindusca,  n.,  ramera;  mujer  de  mala  vida. 

pelmuda,  cambio  de  pelo  ó  pluma,  en  los  cuadrúpedos  ó 
aves. 

pelmudar,  verificar  la  pelmuda. 

pelón,  escolar  novato,  que  cursaba  el  primer  año  en  la 
Universidad. 

peluchón,  n.,  pelo  crespo  ó  descompuesto:  se  dice  tam- 
bién del  que  lo  lleva. 

pella,  c,  el  cogollo  de  la  col. 

pellejana,  n.,  persona  de  malas  prendas  ó  de  mala  vida: 
las  rameras  fueron  llamadas  pellejas  (según  Rosal) 
porque  vestían  pieles  de  cabra  roja  ó  zorra  entre  los 
pastores  de  Roma,  y  de  ahí,  verosímilmente,  se  ha  de- 
rivado esa  palabra,  muy  usada  en  Aragón. 

pellejero,  n.,  entre  ganaderos,  el  que  se  dedica  á  com- 
prar pieles  de  desecho  ó  de  reses  mortecinas. 

pelleta,  p.,  pelleja;  piel. 


284  R 

pellón,  a.,  parte  considerable  de  una  cantidad:  así  se  dice, 
jra  ha  pagado  un  buen  pellón;  le  ha  entrado  un  buen 
pellón  con  la  dote  de  su  esposa, 

péname,  a.,  pésame. 

penar,  d.,  pesarle  á  uno;  arrepentirse. 

pendijo,  n.,  cualquier  adorno  pendiente,  cuando  se  usa 
solo  por  vanidad;  como  las  borlas  de  un  bastón,  las 
cruces  de  honor  y  los  dijes  de  las  señoras  en  el  cuello, 
las  orejas  ó  brazos. 

pendonear;  n.,  disipar  el  tiempo;  callejear;  concurrir  á 
todo  lo  que  sea  distracción. 

pendonero,  n.,  haragán;  vago;  amigo  de  diversiones  y 
pasatiempos. 

peneque,  c,  borracho. 

peñones,  n.,  edictos  ó  decretos  del  Rey,  según  Du- 
cange. 

peñas  veras  y  grises,  en  una  curiosa  descripción  de 
Alvar  García  de  Santa  María  se  lee,  que  las  damas  lle- 
vaban muy  fermosas  tocaduras  é  peñas  de  martas  é 
VEROS  É  grises,  muy  afeitadas  que  bien  parecía  que  se 
non  afeitaran  á  lumbre  de  paja.  No  conviniendo  al 
caso  la  etimología  de  penna,  en  sentido  de  pluma,  y 
siendo  insuficiente  la  significación  académica  de  pena, 
como  adorno  mujeril,  compuesto  de  una  cinta  al  cuello, 
de  la  cual  pendía  alguna  joya,  aquel  traje  ó  adorno  se 
explica  ditícilmente  y  ya  Blagcas  no  se  lo  explicó.  Zuri- 
ta dice,  que  á  la  coronación  de  Alfonso  IV,  los  caba- 
lleros iban  con  paños  de  oro  y  peñas  veras,  que  era  toda 
la  gentile:{a  de  aquel  tiempo,  y  después,  que  con  peñas 
veras,  ó  armiños.  El  Canciller  Ayala  dice,  que  la  reina 
Leonor  llevaba  paños  blancos  con  peñas  grises,  y  la 
reina  María  paños  de  jametes  blancos  con  peñas  veras  é 
grises.  De  todo  esto  deducimos,  que  peñas  veras  ¿gri- 
ses significaba,  pieles  de  armiño  y  marta,  como  ,cabos 
de^aquellos  ricos  trajes  recamados. 

péñora,  n.,  prisión:  11  n.,  multa  ó  pena. 

peñorado,  Espés  copia  un  Privilegio  de  27  de  Mayo  de 
1299,  P^''  ^^  ^^'^^  ^°^  peregrinos  á  la  Virgen  del  Pilar, 
710  eran  peñorados  ni  marcados  en  su  persona  ni 
bienes. 

peñerar,  n.,  prender;  y  así  dice  Cuenca,  á  los  señores  de 


F»  285 

vasallos  no  se  les  péñora  ó  prende:  \\  n.,  multar;  ape- 
nar; dar  ó  tomar  en  prenda. 

peoma,  a.,  peonada;  jornal:  lo  que  un  peón  trabaja  en 
un  día. 

pera,  fruta:  la  hay  de  bergamota,  mala-cara  ó  de  invier^ 
no,  pera-pan,  magdalena  de  buen  cristiano  y  otras 
muchas  variedades,  que  no  consignamos. 

percazar,  d.,  apercazar  ó  coger  con  dificultad. 

perdig^ana,  a.,  perdigón. 

perdiguero,^ d.,  perdigón.^ 

perdura,  pérdida:  también  se  halla  en  las  Colecciones 
legislativas,  perdúa. 

perejil,  se  usa  en  la  frase,  perejil  de  todas  las  salsas, 
para  indicar,  que  uno  se  multiplica  en  todas  partes. 

perera,  d.,  peral. 

perhorrescencias,  género  de  recurso,  que  tenían  para 
ante  el  Rey,  los  vasallos  de  los  barones,  contra  éstos  y 
contra  los  jueces  ordinarios  del  territorio,  que  les  pare- 
cían sospechosos:  en  las  Cortes  de  Galatayud,  celebra- 
das en  i5i5  por  la  reina  Germana,  los  ricos  hombres  y 
señores  de  vasallos,  instaron  contra  ellos,  según  Argen- 
sola,  en  sus  Anales.  Mayans  explica  también  esta  voz, 
en  su  Vida  de  Antonio  Agustín. 

perindola,  n.,  perinola. 

perjudicioso,  n.,  perjudicial. 

pernada,  n.,   predio  rústico,  según   Ducange. 

pernera,  n.,  la  parte  del  pantalón,  que  cubre  cada  pierna. 

pero,  n.,  esta  conjunción  adversativa,  tiene  alguna  vez 
oficios  de  partícula  afirmativa,  equivaliendo  á  sí;  como 
es  fácil,  pero  muy  fácil. 

perola,  n.,  cazo. 

perolón,  n.,  perol  grande;  vasija  de  cobre  ú  otro  metal, 
destinada  á  varios  usos. 

perpag:ar,  n,,  pagar  completamente;  voz  anticuada. 

perrera,  n.,  berrinche. 

perro,  para  indicar  que  uncr  no  hace  falta  en  alguna 
parte  ó  negocio,  se  dice,  que  como  los  perros  en  misa, 

pescatero,  n.,  pescadero;  el  que  vende  pescado. 

peseta  de  pilares,  columnaria  ó  de  cinco  reales. 

petafío,  n.,  persona  ó  cosa  que  sirve  de  estorbo:  en  Na- 
varra se  á\CQ  petacho. 


286  R 

petate  (liar  el),  disponerse  á  marchar;  abandonar  el 
pueblo  en  que  se  vive. 

petenar,  d.,  retozar. 

petrería,  n.,  barreño;  aguamanil:  léese  en  Leges  palatí- 
nce  Jac.  11^  Maj. 

petrusos,  terreno  peñascoso  que  algunas  veces  da  nom- 
bre á  la  demarcación,  p.  ej.,  los  Petrusos ^  entre  Villa- 
mayor  y  Perdiguera. 

pez  coca,  n.,  jugo  resinoso,  un  poco  más  grueso  que  la 
pez  ordinaria:  sirve  comúnmente,  para  la  formación  de 
los  barnices. 

pezolada,  d.,  tronera;  persona  de  poco  asiento  y  mal  de- 
porte. 

pía,  el  travesano,  zoquete,  piedra  ó  cualquier  objeto  con 
que  se  calzan  las  ruedas  de  un  carro  parado  para  que 
no  lo  arrastren  de  pronto  los  animales  que  de  él  tiren: 
II  loseta  para  asegurar  el  banco  en  que  descansan  el  ro- 
dete y  maquinaria  de  la  muela  harinera. 

piar,  se  aplica  al  carro  cuando  se  le  pone  alguna  pía. 

picachova,  n.,  instrumento  ó  herramienta  para  demoler, 
de  que  generalmente  usan  los  albañiles,  y  se  distingue, 
en  que  el  hierro  tiene  pico  al  un  extremo  y  boca  al  otro. 

picajoso,  n.,  el  que  se  pica  ó  resiente  sin  gran  motivo  y 
con  bastante  frecuencia. 

pica  pelón,  n.,  se  usa  en  la  frase,  estar  de  pica  pelón ^  en 
equivalencia  de  estar  contrapuntado. 

picaporte,  n.,  llavín  con  que  se  abre  la  puerta  exterior 
de  las  habitaciones. 

picar,  p.,  machacar;  desmenuzar. 

picoleta,  n.,  pico  de  que  usan  los  albañiles  para  demoler: 
II  n.,  taza  con  que  se  sirve  el  caldo  ú  otros  líquidos  á  los 
enfermos,  qiie  no  pueden  incorporarse  en  la  cama. 

picor,  p.,  picazón;  escozor. 

picota,  d.,  piquera:  ||  n.,  wo  saber  ni  picota,  no  saber  piz- 
ca; no  conocer  una  jota;  no  tener  noticia  alguna  de  lo 
que  se  trata.  * 

picotear,  n.,  picar  ó  ir  comiendo  de  poco  en  poco. 

piculín,  n.,  volatín;  titerero,  como  otros  dicen;  buratín, 
como  hay  quien  escribe  á  la  italiana. 

pichón,  c,  palomino  ó  polluelo  de  paloma. 

pie,  d.,  medida  para  la  aceituna:  ||  n.,  hacer  pies,  empe 


R  287 

zar  á  sostenerse  el  niño,  sobre  ellos:  en  Castilla  se  dice 
hacer  piernas^  en  otro  sentido. 

piedra,  n.,  díjose,  á  piedra  pei'dida,  en  equivalencia  de 
la  expresión  actual,  á  fuego  graneado,  como  puede  ver- 
se en  Zurita:  hoy  se  dice,  en  significación,  de  apresura- 
damente.— En  un  ms.  atribuido  á  Larrea  se  lee,  ex- 
presiones descompuestas^  como  las  del  común  populacho 
y  gente  de  capay  piedra. 

pierde,  n.,  pérdida,  y  así  se  dice,  es  calle  que  no  tiene 
pierde. 

pigre,  a.,  tardo;  negligente  ó  desidioso;  conforma,  más 
que  el  castellano  pigrOy  con  la  etimología  latina. — Des- 
aplicado ó  poco  aprovechado  en  la  escuela. 

pigota,  enfermedad  de  la  viruela. 

pigtiela,  n.,  echadiza;  indirecta. 

pigüesa,  d.,  viruelas. 

pilla,  a.,  pillaje. 

pilma,  d.,  bizma:  ||  d.,  trampa;  deuda. 

pilón,  n.,  guarda-cantón;  poste:  I|  n.,  columna  en  que  se 
exponían  al  público  los  miembros  de  los  malhechores, 
cuando  estaba  en  uso,  esa  repugnante  práctica:  llamá- 
base, ^í7d«  de  los  cuartos. 

pilotero,  n.,  uno  de  los  operarios,  en  las  fábricas  antiguas 
de  papel. 

pimentón,  p.,  pimiento. 

pimienta  (hacer),  n.,  tomarse  vacación. 

pinada,  pinar. 

pinchar,  c,  punzar. 

pinche,  c,  ayudante;  marmitón  de  cocina. 

pinchón,  d.,  punzón. 

pindonguera,  pindonga  ó  mujer  callejera:  también  se 
usa  en  masculino  y  en  la  forma  verbal. 

pinetas,  volteretas. 

pinganetas,  n.,  se  usa  en  la  frase,  estar  en  pinganetaSy 
que  significa,  estar  en  cuclillas;  estar  mal  sentado  ó  aco- 
modado; estar  en  peligro  de  caer:  en  Castilla,  estar  en 
pinganitos  es,  hallarse  en  puestos  elevados  ó  en  buena 
fortuna. 

pingar,  en  la  frase  pingar  las  canales  significa,  caer  el 
agua  pluvial  en  los  tejados. 

pingo,  n.,  sustantivo  con  que  suele  designarse,  al  que  es 


288  P 

demasiado  suelto,  haragán  y  desaseado:  generalmente 
se  aplica  á  la  mujer. 

pinocha,  d.,  panoja.  En  castellano,  la  hoja  del  pino. 

pinochera,  n.,  la  hoja  que  cubre  la  panoja  ó  panocha. 

pinta,  n.,  clarión. 

pintar,  n.,  tallar;  esculpir:  así  llaman  los  pastores,  á  los 
adornos  que  hacen  en  la  madera,  con  cualquiera  instru- 
mento cortante:  ||  n.,  pintarla^  figurar;  gobernar;  darse 
importancia. 

pintear,  empezar  á  llover  ó  gotear. 

pinturrutear,  n.,  pintorrear;  pintarrajar. 

piñerol,  n.,  en  Alcañiz,  el  pájaro  loxia  curvirostra. 

piñonada,  piñonate. 

piñorar,  c,  sacar  prendas,  por  algún  adelanto  que  se  ha 
hecho:  dícese  Xámhién  peñorar,  y  ambas  son  voces  an- 
ticuadas, 

pipirijaina,  n.,  se  dice  compañía  de  pipirijaina,  á  la  tropa 
de  malos  comediantes;  y  reunión  de  pipirijaina,  á 
la  de  poco  pelo  ó  menor  importancia  de  la  que  con- 
conviene. 

piquero,  d.,  albañil;  alarife. 

piquete,  n.,  esquila  de  poco  volumen,  que  se  pone  en  los 
rebaños,  á  los  borregos  ó  corderos  de  desvezo. 

pirulo  n.,  perinola  pequeña  y  redonda,  sin  las  iniciales, 
ni  por  consiguiente  las  suertes,  que  tiene  la  perinola 
común. 

pisadera,  n.,  se  dice  de  la  reja,  colocada  en  la  acera  de 
una  calle,  para  dar  ventilación  y  luz  á  algún  sótano: 
puede  aplicarse  en  general,  como  adjetivo,  á  todo  lo  que 
haya  de  ser  pisado. 

pisazo,  n.,  pisada;  pisotón;  esta  última  palabra,  todavía 
no  se  halla  admitida  por  la  Academia. 

pispajo,  epíteto  despectivo  que  viene  á  significar,  inútil; 
molesto;  desmedrado. 

pitañar,  n.,  casa  de  mala  especie:  vivienda  extraviada, 
sospechosa  y  de  pobre  apariencia. 

pitón,  a.,  piedrezuela  con  que  juegan  los  muchachos  á  los 
cantillos. 

pitos,  juegos  de  muchachos  con  cinco  bolitas  de  cristal, 
piedra  ú  otra  materia:  diferente  del  juego  de  la  taba, 
que  admite  la  Academia. 


R  289 

pitoste,  petoste,  hombre  importuno  desmañado  y  para 
poco,  que  suele  estorbar  con  su  presencia. 

piular;  piarlos  pollos  recién  nacidos  6  muy  jóvenes. 

pizarra,  n.,  encerado  para  verificar  operaciones  matemá- 
ticas ó  de  otra  ciencia,  á  la  vista  de. muchos. 

pizco,  c,  pellizco. 

placer  (Á),  a.,  despacio;  poco  á  poco. 

plantar  cara,  hacer  cara  ó  presentarse  en  ademán  de  re- 
sistencia. 

plantero,  n.,  simiente:  ||  tablar,  destinado  en  la  huerta,  á 
recibir  semillas,  hasta  que  de  ellas  nazcan  las  plantas  y 
tomen  las  creces  suficientes,  para  ser  remudadas  á  otra 
tabla,  en  donde  adquieran  con  desahogo,  todo  su  desa- 
rrollo. 

planzón,  d.,  estaca  de  olivo  ú  otro  árbol. 

platada,  n.;  el  comestible  contenido  en  un  plato  colmado. 

plañir,  sentir  ó  deplorar;  pero  con  valor  de  escasear,  excu- 
sar, ahorrar,  economizar:  p.  ej.,  no  ha  plañido  ningún 
gasto  en  la  enfermedad  de  su  padre;  no  se  plañe  él  por 
cien  duros  más  ó  menos.  También  se  usa  en  la  frase, 
el  que  á  un  enemigo  plañe^  en  sus  manos  muere.  En  la 
proposición  del  Rey  D.  Martín  á  las  Cortes  de  Zarago- 
za de  1 388,  se  lee,  según  el  historiador  Murillo,  si  ave:( 
plañidos  vuestros  cuerpos  por  vuestros  señores;  cierto 
podemos  decir  que  non, 

plebania,  cierta  jurisdicción  eclesiástica,  como  laplebania 
de  Montalván . 

plébano,  cura  párroco:  la  Academia  lo  incluye,  como  pro- 
vincial. 

plegadera,  n.,  tablón  que,  colocado  verticalmente  ó  de 
canto  y  arrastrado  por  una  ó  dos  caballerías,  va  amon- 
tonando la  mies  en  la  era,  dirigido  por  el  labrador  que 
lo  sujeta  con  una  esteva. 

pleg^ado  (en),  por  junto;  según  el  Glosario  de  Savall  y 
Penen. 

pleg^ador,  a.,  el  que  recoge  limosna  para  alguna  cofradía 
ó  comunidad. 

pleg^ar,  d.,  hacer  la  llega:  j!  n.,  concluir  una  cosa:  quedar 
uno  sin  esperanza;  y  en  este  sentido  se  dice,  ya  hemos 
plegado:  \\  recoger  la  parva,  después  de  trillada,  para  es- 
perar á  aventarla:  ||  congregar;  recaudar. 

19 


290  R 

pliega,  n.,  llega. 

pliegue,  n.,  se  dice  ¡buen  pliegue  va  á  llevar  ó  á  tener! y 
en  sentido  de  ¡buena  vida,  buen  fin  va  tener! 

pocear,  d.,  sacar  agua  de  un  pozo  con  pozales  ó  cubos. 

pocha,  n.,  ave:  1|  n.,  la  bolsa  que  forma  la  camisa  ú  otra 
prenda  á  la  parte  del  pecho. 

pochada,  n.,  lo  que  se  contiene  dentro  de  esa  cavidad. 

pochO;  c,  pálido;  descolorido:  I|  n.^  judias  pochas,  judías 
desgranaderas. 

poder,  n.,  úsase  en  la  frase  es  cosa  que  me  puede,  como 
diciendo  que  me  incomoda,  que  me  saca  de  mi. 

polpa,  d.,  pulpa. 

pollo,  a.,  caballón  ó  margen  á  trechos,  para  que  se  de- 
tenga el  agua:  Un.,  gargajo. 

poUizo,  va'stago  de  un  árbol. 

pontajero,  n.,  el  empleado  á  cuyo  cargo  estaba  el  cobro 
del  derecho  de  pontazgo. 

pontarrón,  n.,  aumentativo  despectivo  At puente:  |l  puente 
poco  notable  ó  ya  muy  mal  parado:  lo  usa  Martón. 

porción,  n.,  tablilla  de  chocolate  de  una  onza  ó  de  tres 
cuartos. 

porche,  c,  poste;  soportal. 

porgadero,  a.,  harnero;  cedazo;  zaranda  ó  criba. 

porgrsr,  d.,  aechar. 

pcrguesas,  d.,  aechaduras  6  desperdicios,  después  de 
aechado  ó  cribado  el  trigo. 

porretón,  n.,  ave  que  no  ha  salido  del  nido  y  permanece 
todavía  implume. 

portadera,  n.,  vasija  de  madera  para  transportar  las  uvas 
de  la  caja  al  lagar. 

portaleja,  tabla  de  á  pulgada:  equivale  i  porta  leña,  que 
la  Academia  define,  la  tabla  que  sirve  para  hacer  puer- 
tas. 

portata,  n.,  acción  de  llevar,  conducir,  custodiar,  ins- 
truir, tramitar,  etc.,  y  así  se  dice  por  la  portata  de 
procesos,  en  un  Tratado  de  los  Oficios  y  Salarios  de  la 
Corona. 

portegado,  n.,  pórtico  de  iglesia;  voz  local  que  por  nues- 
tra parte  no  hemos  oído,  pero  nos  ha  sido  comunicada 
por  persona  competente. 

posador,  n.,  posadero;  mesonero. 


R  291 

poso,  c,  parte  gruesa  de  los  líquidos  que  queda  en  el 
fondo  de  la  vasija. 

postillería,  n.,  postigo:  así  se  desprende  de  una  delara- 
ción  dada  en  i522  por  la  corte  del  Justicia,  condenando 
en  6o  dineros  á  los  que  quiebren  puerta  ó  postillería. 

pote  (color  de),  color  quebrado  ó  bajo  en  el  rostro. 

potrear,  n.,  molestar;  aburrir;  cansar;  apurar  á  uno. 

poya,  carnicera  ó  peso  de  pan  de  tres  libras:  en  español, 
un  derecho  que  se  paga  en  el  horno  común. 

pozal,  c,  cubo  de  pozo:  ||  cargar  ó  llenar  de  agua  alguna 
vasija. 

pozalear,  d.,  revolver  el  agua  de  un  pozo,  subiendo  y 
bajando  sin  objeto  los  pozales. 

precios,  d.,  estimación  del  daño  causado  en  los  campos. 

predicadera,  a.,  pulpito. 

pregueras,  tributo  cereal  al  Comendador  de  San  Juan. 

preconización,  pregón;  antic. 

prendada,  n.,  apenamiento  ó  intimación  de  alguna  pena. 

prendar,  n.,  apenar  ó  intimar  alguna  pena. 

presa,  a.,  puchero  de  enfermo. 

presco,  melocotón.  Entre  los  refranes  de  Hernán  Nimez 
se  halla  éste,  quatro  son  le  bone  bocone:  prigigo,  Jigo, 
/ongo,  melone,  ó  sea  cuatro  son  buenos  bocados:  prisco, 
higo,  hongo,  melón. 

presera,  trampa  para  cazar:  se  halla  usada  en  los  Fueros. 

presero,  n.,  puchero  de  dos  tazas  de  caldo. 

presg^uardarse,  apercibirse. 

presquilla,  duraznilla. 

prestar,  c,  dar  de  sí;  extenderse  las  telas:  la  Academia, 
durante  algunas  ediciones,  y  desde  luego  en  la  de  i832, 
consideró  esta  voz  como  aragonesa. 

prieto,  p.,  mezquino;  mísero;  tacaño. 

privilegios,  n.,  leyes  ó  fueros  políticos;  código  constitu- 
cional de  los  aragoneses. 

probar,  c,  catar. 

probatina,  n.,  prueba;  ensayo;  tentativa. 

proceso  de  cambra,  n.,  el  que  se  hacía  en  lugar  escondi- 
do: se  llamaba  también  de  cámara  y  estaba  prohibido 
en  Aragón. 

procura,  p.,  procuradoría. 

procurador,  a.,  se  á'icQ  procurador  astricto,  del  obligado 


292  R 

á  seguir  ciertas  causas,  especialmente  criminales;  en  las 
cuales  nunca  se  procedía  de  oficio  en  Aragón. 

proñerta,  n.,  servicio  extraordinario  concedido  por  el  rei- 
no al  monarca,  con  el  carácter  de  empréstito,  según  pue- 
de verse  en  Asso,  Economía  Política  (pág.  490):  H  pro- 
mesa; oferta;  ant. 

promovedores,  n.,  oficiales  destinados  á  agitar  los  nego- 
cios civiles  y  aun  criminales  y  á  suplir  al  Canciller  ó 
Vicecanciller  en  algunas  funciones,  siendo  considerados 
como  Consejeros  del  Rey:  eran  en  número  de  cuatro; 
dos  caballeros  y  dos  doctores,  todo  según  las  Ordinacio- 
nes  de  Pedro  IV. 

pronuncia,  a.,  pronunciación  ó  publicación;  ó  acción  y 
efecto  de  publicar  alguna  cosa. 

propalo,  n.,  barra  cilindrica  de  hierro,  que  encaja  por  un 
extremo  en  el  árbol  y  que  termina  por  el  otro  en  esqui- 
na, para  recibir  el  rodillo  del  molino  harinero:  ||  pieza 
que  encaja  en  el  aboj  y  la  navua,  obrando  de  esta  suerte 
sobre  la  muela. 

propiamente,  verdaderamente;  se  usa  de  preferencia  para 
manifestar,  con  ese  solo  adverbio,  la  conformidad  con  lo 
que  otro  expone  ú  opina. 

propio  (de),  n.,  de  intento;  directamente;  sin  otro  objeto: 
p.  ej.,  voy  de  propio  d  su  casa  para  contárselo. 

proposición,  n.,  demanda  de  posesión  en  el  juicio  de 
firma:  ||  n.,  discurso  del  Trono  al  abrir  las  Cortes;  Pro- 
prositio  Curiarum. 

prou,  bastante:  catalán  puro. 

provisa,  n.,  decreto  de  secuestro,  que  es  la  primera  dili- 
gencia en  el  juicio  de  aprehensión. 

pruebo,  prueba:  se  usa  en  las  montañas  de  Jaca  en  frases 
como  esta:  las  cepas  han  hecho  buen  pruebo  en  ese  te- 
rreno. 

pudir,  d.,  heder. 

pudor,  d.,  hedor;  hedentina. 

puerta,  n.,  en  el  jue^o'o  de  dominó,  la  ficha  que  por  un  ex- 
tremo presenta  un  número,  del  cual  van  todos  jugados 
menos  uno;  y  del  que  conserva  éste  en  su  poder  se  dice, 
tener  una  puerta,  pues  por  allí  nadie  sino  él,  puede  ju- 
gar: ||  n.,  salir  por  la  puerta  de  los  carros,  salir  vergon- 
zosamente de  una  casa,  de  un  establecimiento  ó  de  un 


R  293 

negocio;  en  Castilla  se  dice,  salir  por  la  puerta  de  los 
perros,  por  salir  huyendo. 

pues,  tiene  un  aire  aragonés  equivalente  á  entonces;  en 
este  caso;  esto  supuesto;  y  análogo  al  done  francés:  por 
ejemplo,  ¿qué  había  de  hacer ^  pues? 

pueyo,  cabezo. 

puga,  p.,  púa. 

pugnes,  n.,  moneda  que  valía  la  cuarta  parte  de  un  dinero 
en  tiempo  de  Carlos  V,  según  Juan  Gutiérrez,  citado 
por  el  paleógrafo  Merino. 

pulgarillaS)  n.,  castañuelas. 

pulienda,  n.,  cospillo.  • 

pulseras,  n.,  la  carga  que  se  sobrepone  á  los  costados  de 
cualquiera  carro  ó  galera,  atándosela  con  cuerdas  fuera 
de  la  escalera  del  carruaje:  también  toma  aquel  nombre, 
la  misma  red  de  cuerdas  en  que  se  contiene  la  carga. 

punchar,  c,  punzar. 

punchazo,  d.,  punzada. 

punchón,  d.,  punzón. 

puntero,  n.,  tripulante  en  los  barcos  del  Canal  Imperial, 
cuya  maniobra  consiste  en  evitar  que  la  embarcación 
choque  contra  las  márgenes,  lo  cual  previene  apoyando 
en  ella  unos  largos  remos. 

puntilloso,  n.,  el  que  tiene  mucho  puntillo  ó  una  suscep- 
tibilidad exquisita.  Aunque  parece  de  etimología  fran- 
cesa, no  debe  ser  sino  un  derivado  áQ  puntillo:  la  Aca- 
demia diámiXQ  puntoso  y  puntuoso. 

puntuante,  el  destinado  en  la  Universidad  á  dar  puntos 

f)ara  los  ejercicios  ó  á  presidir  los  piques:  en  los  Gestis 
eemos  también  apuntuante. 
punza,  púa;  espina. 
puñazo,  n.,  puñada;  puñetazo  (i). 


(1)  Tenemos  á  aquélla  por  tan  castellana,  como  á  estas  dos  palabras; 
pero  no  hallándola  en  el  Diccionario  de  la  lengua,  á  pesar  de  ser  el  deri- 
vado más  próximo  de  la  primitiva  puño,  y  siendo,  por  otra  parte,  muy 
frecuente  en  Aragón,  nos  hemos  permitido  incluirla  como  á  algunas, 
aunque  muy  pocas,  que  se  hallan  en  este  caso.  En  lo  demás,  nosotros  no 
hemos  dado  cabida  á  voces  que  la  Academia  califica  de  castellanas,  por 
más  aire  aragonés  que  les  hayamos  encontrado,  sino  que  hemos  trasla- 
dado las  que  de  entre  ellas  incluyó  Peralta  en  su  Ensayo,  y  aun  esas, 
marcadas,  para  conocimiento  del  lector,  con  la  letra  c. 


294  Q 

purna^  d.,  chispa:  Un.,  tener  malas  purrias,  tener  malas 
chanzas,  ó  mal  genio,  ó  mal  carácter,  ó  poco  aguante. 

puya,  d.,  poya:  H  subir  una  pendiente:  úsase  en  las  mon- 
tañas pirenaicas. 

puyada,  n.,  regreso,  principalmente  de  los  ganados  tras- 
humantes. 


Oiuebrazas,  d.,  herpes. 

quejón,  n.,  quejumbroso. 

quemazo,  n.,  quemadura. 

quera,  d.,  carcoma:  |1  n.,  hombre  pesado  . 

querar,  d.,  carcomer. 

querubina,  n.,  cereza  más  fina  que  la  común  y  de  un  co- 
lor más  bajo,  que  algunos  llaman  albar,  y  otros,  por  el 
país  en  que  es  abundante,  cere:{a  de  Mon:{ón, 

quesada,  n.,  pasta  de  requesón  batido  y  mezclado  con 
huevos,  azúcar  y  zumo  o  esencia  de  limón,  cocido  todo 
en  el  horno  á  fuego  lento. 

quesillo,  aceituna  desmedrada  y  menuda. 

questias,  n.,  uno  de  los  tributos  que  se  exigían  antigua- 
mente en  Aragón. 

quiento,  ta,  n.,  ¡cómo!  Se  usa  interrogativa  y  admirati- 
vamente, significando  el  desprecio  ó  vituperio,  y  así  se 
dice:  ¡quiento  ha  quedado  este  gabinete!;  ¡quiento  se  ha 
puesto  el  tiempo!;  frases  c^ue  equivalen  á  cómo  ha  que- 
dado (qué  mal)  este  gabinete,  etc.:  es  muy  usado  en 
ciertas  clases,  pero  generalmente  no  muy  conocido:  H  n., 
se  usa  en  la  frase  tal  y  quiento,  equivalente  á  tal  y  cual. 
En  sus  dos  acepciones  se  usa  con  mucha  frecuencia, 
bajo  la  forma  interrogativa. 

quiñón,  d.,  almenara:  ||  d.,  turno  para  el  riego. 

quistias,  cierto  tributo:  hallamos  que  lo  cobraba  el  Du- 
que de  Medinaceli  en  algunos  pueblos  de  Aragón. 


295 


Rabada,  d.,  rabadilla:  ü  n.,  dar  una  rabada,  separarse  de 
uno  bruscamente  y  en  ademán  hostil;  dar  á  la  conver- 
sación ó  á  la  disputa  un  giro  inesperado  é  insolente.  En 
sentido  análogo,  aunque  más  concreto,  la  Academia 
usa  rabotada, 

rabal,  n.,  arrabal. 

rabático,  n.,  género  de  pecha  ó  tributo  que,  con  este 
nombre,  vemos  en  vanas  escrituras  de  exenciones  ó 
franquicias. 

rabatín,  cristiano,  en  Valencia  la  árabe. 

rabiojo,  n.,  se  dice,  mirar  de  rabiojo,  á  la  manera  que 
en  Castilla  mirar  de  reojo,  6  mirar  de  rabo  6  de  rabillo 
de  ojo. 

racimar,  p.,  rebuscar;  recoger  los  racimos  que  quedan 
después  de  vendimiada  una  viña. 

racimo,  d.,  hijuela  ó  parte  de  una  uva. 

racional,  a.,  oficial  de  la  Casa  real  de  Aragón,  equivalen- 
te á  Contador  mayor:  ||  n.,  el  empleado  que  examinaba, 
en  la  Cofradía  de  Abegeros,  las  cuentas  del  Receptor. 

racionero  de  mensa,  n.,  el  sacerdote  que,  desde  la  fun- 
dación de  una  pieza  eclesiástica,  tiene  derecho  á  cierta 
parte,  en  los  productos  de  los  bienes  y  obligación  de 
celebración,  coro,  misa  conventual,  etc.,  como  los  de- 
más capitulares. 

radia,  n.,  parece  ser,  suelta  ó  libre,  en  aquel  pasaje  de 
un  documento  de  Veruela,  qui  la  agua  lexare  radia 
que  no  la  torne  á  la  fila  ond  la  prende  y  peyte,  etc, 

rader,  n.,  raer. 

radido,  n.,  miserable;  avaro;  poco  desprendido:  en  Gas- 
tilla,  raido,  tiene  muy  otra  significación. 

raedor,  c,  rasero. 

rafal  rafalla,  n.,  granja;  casa  ó  predio  en  el  campo. 

rafe,  p.,  alero  de  tejado:  1|  n.,  extremidad  de  una  cosa,  y 
así  se  dice,  al  rafe  de  la  mesa^  de  la  cama,  del  papel. 


296  R 

rai,  n.,  voz  usada  en  algunos  puntos  de  Aragón  y  Ca- 
taluña, que  unas  veces  significa,  á  bien,  gracias  que  no 
importa,  y  otras  tienen  más  enérgica  equivalencia, 
como  en  Pedro  rai  que  tiene  fincas^  quien  queda  mal  es 
su  hermano;  yo  rai  poco  importa^  lo  que  importa  es  mi 
madre;  la  escalera  rai,  lo  que  quiero  tener  hecho  es  los 
pisos. 

raída,  n.,  raja  de  melón  de  tierra. 

rallado,  n.,  se  dice,  rallado  de  viruelas^  por  el  que  ha 
quedado  señalado  de  ellas  en  el  rostro. 

rallar  las  tripas,  n.,  rallar,  en  la  segunda  acepción  del 
Diccionario  de  la  lengua. 

rallo,  n.,  alcarraza. 

rama,  se  usa  en  frases  como  esta:  los  domingos  se  iban' 
todos  en  rama  floja  d  la  ciudad. 

ramiello,  n.,  zarzal;  matorral;  etc. 

ramillo,  a.,  dinerillo. 

rampa,  a.,  calambre. 

rampaÚos,  d.,  pimpollos. 

ramulla,  n.,  ramaje  inútil:  en  castellano,  ramiza  y  ra- 
mojo. 

ran,  d.,  raíz:  dícese,  cortar  al  ran  de  tierray  por  cortar 
á  raíz. 

rancura,  n.,  queja;  querella:  voz  antic. 

rancho,  n.,  esquiladero. 

ranosa,  n.,  la  res  baldada  ó  impedida  de  los  remos. 

rape  (Á),  n.,  superficialmente;  á  flor  de  tierra. 

raro,  n.,  enfermo;  achaquiento;  indispuesto;  delicado. 

ras,  d.,  paño  de  tapicería:  también  se  decía  paños  de  ras, 
y  en  plural  races:  en  Zaragoza  los  hubo  excelentes  en 
el  Ayuntamiento,  y  los  hay  en  la  Seo  y  en  San  Pablo; 
aquí  sobre  dibujos  de  Rafael  de  Urbino:  viene  de  Ras  ó 
Arras,  ciudad  de  la  Picardía,  en  donde  se  fabricaban 
los  mejores  W. 

rasa,  d.,  porción  elevada  de  tierra  de  regadío,  ó,  mejor, 
límite  de  dos  campos  desnivelados:  Un.,  regacha  prac- 


(1)    Pedro  Fafur,  en  sus  Andanzas  ó  viajes,  dice  de  ella:  es  muy  gentil 
cibdat,  e  muy  rica  mayormente  destos  paños  de  paredes  e  toda  tapeceria,  e 

Ímesto  que  ya  en  otras  partes  los  labran,  pero  con  todo  eso,  bien  se  paresce 
a  ventaja  de  lo  que  se  face  en  Ras. 


R  297 

ticada  á  todo  lo  largo  de  las  plantaciones  de  árboles, 
principalmente  en  los  paseos.^ 

rascañico,  cantero  ó  trozo;  aplicado  al  pan. 

rasca-miajas,  n.,  persona  descontentadiza  y  de  difícil 
trato,  que  se  inquieta  por  todo  y  que  da  importancia  á 
bagatelas:  también  se  dice  casca-miajas. 

rasera,  n.,  rasero. — Mor  de  Fuentes,  que,  aunque  arago- 
nés, era  escritor  afectadamente  puro  y  hasta  arcaico,  si 
bien  en  las  traducciones  que  corren  como  suyas  se  des- 
mienten muchas  veces  esas  cualidades;  en  la  Serafina 
decía:  medirlos  por  la  rasera  generaL 

rasmear,  n.,  se  dice  del  objeto  que  araña,  rasca  ü  ofende 
al  tacto  con  su  aspereza:  también  se  dice  rasmeadura  y 
rasmea:{o;  pero  son  palabras  que  sólo  se  usan  en  la  con- 
versación familiar. 

rasmia,  afición;  diligencia;  fuerza  6  voluntad  para  el  tra- 
bajo: II  discreción;  buen  ingenio  para  negocios  ordina- 
rios de  la  vida:  ||  roña  ó  malestar  que  resulta  de  alguna 
enfermedad. — Es,  como  se  ve,  una  palabra  bastante  in- 
decisa. 

raso,  d.,  lleno;  colmado  (i):  |1  d.,  desvergonzado,  desen- 
vuelto en  el  hablar,  principalmente  con  aplicación  á  la 
mujer:  1|  n.,  escaso,  ó,  mejor,  enteramente  al  justo;  por 
ejemplo:  la  tela  ha  venido  rasa,  para  indicar  que  nada 
ha  sobrado:  se  aplica  al  que,  y  sobre  todo,  á  lo  que  se 
muestra  sacudido,  desenvuelto  y  demasiado  franco  en 
hablar. 

rasonera,  vasija,  á  manera  de  fuente  oblonga  ó  en  forma 
de  barco,  y  generalmente  de  metal,  á  propósito  para 
servir  á  la  mesa  ciertos  asados  ó  pescados . 

raspa,  c,  escobajo  de  la  uva:  en  algunas  partes  gajo  de 
uvas. 

rastra,  c,  ristra  6  sarta. 

rastras  (Á),  n.,  á  la  rastra. 

rastro,  n.,  matadero. 

rayada,  n.,  ráfaga  de  sol  6  de  luz:  Ij  n.,  cantidad  poco 


(1)  Es  usual  en  los  ff.  de  Navarra,  uno  de  los  cuales,  contra  los  ladro- 
nes de  res  que  lleva  campanilla,  dice:  que  fagan  implir  la  campaneta  de 
mierda  de  home,  qcb  sea  rasa,  e  faga  implir  en  la  boca  al  ladrón. 


298  R 

abundante  de  líquido,  que  se  vierte  por  el  pico  de  la  vi- 
najera,  ampolla,  aceitera  ú  otra  vasija  semejante. 

rayera,  abeja  reina  ó  maestra  en  pollo. 

real,  n.,  moneda  imaginaria  dé  32  maravedises:  dícese 
real  ó  real  de  plata. — Rosal  hace  diferencia  de  los  reales 
de  su  tiempo,  diciendo  que  el  de  Portugal  valía  40  ma- 
ravedís menores,  el  de  la  Corona  de  Aragón  36  y  el  de 
Castilla  34  y  antes  33. 

realtar,  n.,  altar:  se  usa  repetidamente  en  las  Ordinacio» 
nes  de  Pedro  IV:  en  latín  retroaltare, 

rebadán,  n.,  rabadán. 

rebalva,  n.,  ave  del  orden  de  los  pájaros. 

rebaño,  multitud;  montón:  se  dice  rebaño  de  mujeres,  de 
pleitos,  de  melones,  etc. 

rebecar,  d.,  pandear;  inclinarse  un  árbol  ó  rama  al  peso 
de  la  fruta. 

reblar,  d.,  titubear;  retroceder;  cejar:  ||  d.,  hincar  en  la 
madera  la  punta  de  un  clavo,  cuando  sale  otro. 

rebol,  n.,  lana  ó  vellón  corto. 

rebolería,  n.,  casa  en  que  se  preparaban  las  pieles:  |1 
n.,  fábrica  de  velas  de  sebo.  La  Universidad  tuvo  situa- 
das sus  rentas  algún  tiempo,  sobre  el  producto  de  car- 
nicerías y  rebolerias  (^Gestis,  23). 

rebotiga,  p.,  trastienda. 

rebuUar,  n.,  reburujar. 

rebullo,  n.,  reburujón;  rebujo. 

rebuñoso,  d.,  tomado  de  orín. 

rebuscar,  c,  racimar. 

rebutar,  Urrea,  en  su  celebrado  Diálogo  de  la  verdadera 
honra  militar,  dice,  que  rebutar  es  no  admitir  duelo 
por  desprecio  contra  infames  ó  desiguales,  y  rehusar 
no  admitirlo  por  la  ley  ó  por  voluntad  contra  exceptua- 
dos; V.  g.,  letrados,  religiosos  6  mujeres. 

rebutido,  lleno;  ocupado  por  completo:  por  ejemplo, 
este  aposento  está  rebutido  de  muebles.  Usa  esta  voz 
J .  M .  Cuadrado  en  sus  Recuerdos  y  Belle:{as  de  España. 

rebutir,  aglomerar  objetos  ó  cosas  aun  inmateriales,  en 
alguna  parte:  p.  ej.,  su  discurso  estaba  rebutido  de  me- 
táforas. 

recachiruela,  lumbago  ó  dolor  de  ríñones:  así  se  lo  he- 
mos oído  á  un  médico. 


R  4  29t 

recado  (buen),  d.,  mucho:  la  Academia  parece  admitir 
esta  significación,  no  tanto  en  las  definiciones  que  da  de 
aquella  voz,  como  en  el  refrán,  buen  recado  tiene  mi  pa- 
dre el  día  que  no  hurta, 

recantillo,  d.,  barda  de  tapia. 

recardero,  d.,  revendedor. 

recentar,  n.,  contar,  según  se  lee  en  una  Escritura  de 
principios  del  siglo  xvii. 

recibidor,  d.,  sala  de  recibimiento:  ||  d.,  oficio  honorífico 
de  alguna  encomienda:  j|  n.,  antesala. 

recibir,  testificar:  se  dice,  recibir  un  testamento,  un  con- 
trato, etc. y  por  reducirlo  á  instrumento  público. 

reciento,  recinto,  n.,  levadura. 

recluido,  n.,  incomunicado  en  la  prisión. 

recluimiento,  reclusión. 

recocho,  agua  madre,  en  el  caldo  del  alumbre  (Asso,  255). 

recocina,  a.,  cuarto  contiguo  á  la  cocina  y  para  desahogo 
de  ella:  no  se  halla  en  las  primeras  ediciones  del  Diccio- 
nario de  la  Academia. 

reconcomerse,  n.,  dominar  el  sentimiento  ó  despecho,  de 
suerte  que  no  aparezca  en  el  semblante  ni  en  las  palabras. 

recorte,  n.,  en  el  juego  de  dominó,  colocación  inesperada 
de  ficha  que  presenta  un  punto,  en  que  no  se  creía  fuer- 
te al  jugador,  el  cual  lo  da  algunas  veces,  no  porque  le 
queden  puntos  como  aquel,  sino  porque  le  ha  de  facili- 
tar las  fichas  que  le  convienen:  cuando  el  recorte  se  hace 
tapando  el  que  parecía  ser  su  juego  é  inaugurando  otro 
por  ambas  puntas,  entonces  se  dice  vulgarmente,  entre 
jugadores,  volverse  inglés* 

recursado,  aquel  contra  quien  se  recurre. 

rechichivado,  d.,  guisado  que  se  pasa  de  fuego. 

redaño  (echar  el),  trabajar  á  toda  fatiga. 

redija,  rendija. 

redolino,  a.,  bola  hueca  que  contiene  la  cédula  que  ha 
de  sortearse:  turno  para  deshacer  la  aceituna. 

redoncho,  n.,  círculo;  voz  familiar. 

refilón  (de),  n.,  de  pronto;  de  pasada:  por  ejemplo,  nos 
hemos  visto  de  rejfilón:  la  Academia  admite  esta  frase, 
pero  solo  en  las  ultimas  ediciones,  como  sinónimo  de  al 
soslayo. 
refinaaera,  refíneta,  n.,  véase  pirulo. 


300  R 

refirmar,  apoyar  una  cosa  sobre  otra;  significación  que 
nos  parece  diferente  de  la  de  asegurar  o  afianzar  y  que 
trae  ia  Academia:  Argensola  dice  en  su  tragedia  Isabela: 

Y  para  refirmar  los  pies  soeces. 
El  oro  servirá  de  nuestras  cruces 
Haciendo  de  él  labradas  estriberas. 

refitolero,  n.,  indiscreto;  imprudente;  curioso. 

refrotar,  n.,  frotar. 

refrotón,  restregón;  encuentro;  estregón  ó  refregón. 

regacha,  n.,  cauce  angosto  para  el  riego. 

remachado,  regacho,  d.,  canal  abierto  por  el  agua  de- 
rrumbada de  los  montes:  ||  en  sentido  de  regata  ó  surco 
de  agua  para  el  riego,  se  usa  en  la  Gran  Conquista  de 
Ultramar  de  Don  Alonso  el  Sabio,  publicada  en  i858 
por  Gayangos. 

regata,  picado  más  grueso  que  el  cordoncillo  en  la  muela, 
para  que  circule  el  aire  y  se  despida  bien  la  harina. 

regañado,  se  aplica  al  ojo  habitualmente  sanguinolento 
por  los  bordes. 

regidoratO;  n.,  el  cargo  de  regidor  ó  individuo  del  Regi- 
miento ó  Ayuntamiento. 

regirar,  n.,  estremecerse;  sentir  un  movimiento  convul- 
sivo. 

regirón,  n.,  estremecimiento  general  en  el  cuerpo. 

regla,  n.,  listón  de  los  que  usan  los  albañiles  y  otros  ope- 
rarios para  las  alineaciones. 

regostado,  satisfecho;  harto;  material  y  moralmente  ha- 
blando. 

regular,  la  frase  j:?or  un  regular,  que  consideramos  ara- 
gonesa, equivale  á  la  castellana  por  lo  regular. 

rehaz,  n.,  derrama  ó  reparto  proporcional  entre  los  re- 
gantes de  un  término,  para  los  gastos  extraordinarios  de 
roturas  de  acequias  ú  otros. 

reinar,  n.,  bailar  la  peonza,  el  trompo,  la  perinola,  etc. 

rejineta,  caracolilla:  lo  hemos  oído  en  Malón. 

rejolado,  n.,  pórtico  de  la  Iglesia:  se  usa  en  algunas  loca- 
lidades. 

rejuela,  n.,  pasta  freída  en  la  sartén,  y  que  tiene,  aunque 
remotamente,  aquella  forma. 

relicto,  sobreviviente. 


R  301 

relojeador,  n.,  la  persona  muy  curiosa  y  escudriñadora. 

relojear,  n.,  la  acción  ó  la  propensión  á  enterarse  de  lodo, 
á  observar  cuanto  hay  en  una  casa  ó  concurrencia,  etc. 

remojón,  sopa  mojada  en  chocolate. 

remolda,  la  faena  de  remoldar. 

remoldar,  n.,  cortar  las  ramas  viciosas  de  los  árboles. 

remudar,  n.,  sacar  ciertas  plantas  del  sementero  v  colo- 
carlas en  la  disposición  y  á  la  distancia  convenientes, 
para  que  rindan  el  fruto. 

remug;ar,  a.,  rumiar. 

remulg^ador,  podador  ó  remoldador. 

rendrija,  n.,  rendija;  hendrija:  sobre  ser  familiar  aquella 
voz,  la  hemos  visto  usada  en  poesías  inéditas. 

reneg^ón,  n.,  renegador. 

repapo,  n.,  Avellaneda,  en  su  Quijote,  dice  al  capí- 
tulo IV,  con  que  durmió  aquella  noche  (Sancho)  muy 
de  REPAPO. 

reparar,  d.,  operación  que  se  hace  con  el  pan. 

repaso,  n.,  la  segunda  prensada  de  la  aceituna,  que  gene- 
ralmente es  para  el  dueño  del  molino,  en  pago  de  la 
primera. 

repicoteado,  adornado  ó  excesivo  de  picos  ú  ondas. 

replegar,  recaudar;  ant.,  forense:  ||  alzarse  con  todo:  por 
ejemplo,  antes  de  abandonar  la  casa,  replegó  con  todo 
lo  que  allí  había  en  frutos  y  muebles. 

reposte,  a.,  despensa. 

repostear,  d.,  registrar  con  curiosidad  reprensible. 

repostero,  n.,  disputador;  temoso;  aficionado  á  llevar  á 
todos  la  contraria. 

reposten,  n.,  respondón.  Avellana  dice,  y  es  la  mayor 
parlera  y  reposto  na  que  hay  en  todas  las  parlerías  y 
tierras  de  papagayos  (cap.  XXVI).  Hemos  oído  mu- 
chas veces  esa  palabra,  usada  hoy  sin  distinción  de 
clases. 

reprenda,  aprehensión;  retención. 

repropiar,  d.,  resistir  el  freno:  ||  d.,  repetir  impertinente- 
mente una  misma  respuesta. 

repterio,  n.,  reto;  acusación;  y  así  el  Privilegio  general 
dice,  (si  alguno)  será  reptado  de  traición...  sino  querrá 
el  acusador  estar  en  su  repterio,  no  sia  tenido  el  acu- 
sado responder  á  otra  demanda  si  le  seráfeyta. 


302  R 

repuí,  desecho;  desperdicio:  se  aplica  á  cosas  y  personas: 
en  algunas  partes  rebut. 

requeda,  las  últimas  campanadas  que  se  dan  para  marcar 
si  las  anteriores  eran  primero,  segundo  ó  tercer  toque. 

requedar,  marcar  cada  toque  al  final  de  él. 

requilorios,  n.,  adornos  ó  accesorios  en  los  objetos  ma- 
teriales y  preámbulos,  circunloquios,  rodeos  ó  atavíos 
en  la  conversación. 

res,  nada:  también  se  dice  no  res,  reduplicativamente. 
Aunque  forastera,  incluimos  esta  voz  por  el  uso  cons- 
tante que  tiene  en  Aragón. 

resacadores,  n.,  los  peritos  que  en  las  cacerías  se  desti- 
nan á  ojear  y  hacer  mover  de  sus  cados  ó  escondites  á 
los  animales  de  caza. 

resacar,  n.,  la  acción  de  dispersar  y  poner  en  carrera  á 
las  piezas  de  caza. 

resbalón  (de),  n.,  véase  refilón,  con  cuya  frase  tiene 
grande  analogía. 

respetudo,  n.,  d ícese  de  la  persona  cuyo  exterior  inspira 
respeto. 

respigar,  n.,  coger  los  desperdicios  6  restos  de  la  cosecha: 
en  Castilla  se  limita  á  las  mieses,  obedeciendo  á  su 
etimología:  en  Aragón  se  dice  también  de  las  olivas. 

respingarse,  n.,  alzarse  ó  ponerse  de  puntillas;  esto  es, 
sobre  las  puntas  de  los  pies. 

respingo,  n.,  en  la  frase  dar  ó  pegar  un  respingo^  signi- 
fica crecer  muy  aprisa  en  estatura  ó  en  fortuna.  Se  dice 
echar  un  respingo,  por  reprender  á  uno  fuertemente. 

respulero,  respondón:  también  respollón. 

restadura,  n.,  punto  que  dan  los  sastres  para  asegurar 
las  carteras,  bolsillos  y  otras  piezas. 

restil,  d.,  resistero  de  sol. 

restreg^ón,  n.,  estregón. 

restrojera,  n.,  rastrojera. 

retajo,  n.,  retal;  retazo:  alguna  vez  se  usa  en  sentido 
figurado,  para  apodar  á  los  niños  de  corta  edad. 

retastinarse,  d.,  pasarse  de  fuego  el  guisado  ó  asado. 

retavillo,  n.,  instrumento  de  labranza,  que  consiste  en 
un  palo  terminado  por  un  aro  ó  grande  arco  de  círculo, 
y  sirve  á  los  mismos  fines  que  \dL  plegadera, 

retijar,  n.,  rechinar;  se  dice  de  los  dientes  cuando  se 


R  303 

aceran  ó  resienten  por  alguna  impresión  exterior  del 
tacto  ó  el  oído. 

retornarse,  restablecerse. 

revés,  c,  bofetón;  sornavirón. 

revisalsear,  d.,  registrar;  entrometerse. 

revisalsero,  d.,  curiosón;  bachillero:  la  Academia  se  re- 
fiere á  sólo  el  género  femenino  y  escribe  rabisalsera, 

revoltilla,  n.,  suerte  en  el  juego  de  pelota,  que  es  cuando 
en  el  saque  ó  resto  se  hace  que  la  pelota  toque  en  la 
pared  opuesta  á  la  del  juego. 

revoltillo,  véase  charanga. 

revoltina,  d.^  motín;  conmoción  popular:  tiene  conexión 
con  el  revoltillo  castellano  y  con  la  trifulca  arago- 
nesa. 

rey  de  zarza,  n.,  ave  del  orden  de  los  pájaros. 

rezag;o,  d.,  ganado  endeble  que  se  separa  de  los  rebaños 
y  se  conduce  en  un  grupo,  aunque  perteneciendo  á 
varias  clases. 

riada,  c,  avenida  de  río. — Jovellanos  prefiere  arriada:  la 
Enciclopedia  española  cita  como  aragonés  aquel  vo- 
cablo. 

riba,  a.,  ribazo;  pendiente  entre  dos  campos  superior  é 
inferior. 

ribetón,  n.,  faja  ó  ribete  más  ancho  del  ordinario,  el  cual 
usaban  las  mujeres  en  vestidos;  sobre  lo  cual  puso  limi- 
taciones la  ley  suntuaria  de  i553. 

ricio,  campo  sembrado,  con  sólo  las  espigas  que  en  él  que- 
daron, ya  porque  cayeron  desgranadas,  ya  porque  no  se 
cosecharon. 

ricos-hombres,  n.,  los  personajes  de  la  primera  nobleza 
de  Aragón:  unos  se  llamaron  de  naturale'{a  y  otros  de 
mesnada:  de  los  primeros  dice  Blancas  que  procedían  á 
duodecim  illis  Senioribus  qui  in  primo  interregno  Réi" 
p'ublicce  nostroe  moderatores  Juerunt.  Ducange  dice  rici 
homineSj  proceres  apud  aragonenses  quos  alli  vulgo 
barones  vocantur. 

ridículo,  n.,  bolsa  de  señora  que  solía  usarse,  como  parte 
del  traje,  para  llevar,  como  en  la  escarcela  antigua,  los 
útiles  más  precisos. 

riedra,  n.,  véase  fianza. 

rillO;  n.,  cada  uno  de  los  tres  cilindros  de  hierro,  que  se 


304  R 

colocan  debajo  de  los  tapiales,  para  sostenerlos  y  enla- 
zarlos. 

rinconera,  se  dice  de  la  nuez,  cuya  carne  es  demasiado  seca. 

rinchar,  contener  el  aliento. 

riostra,  d.,  aldaba. 

ristolero,  alegre;  risueño. 

roba,  n,,  arroba:  se  lee  en  las  Ordinaciones  de  Zarago^^üf 
con  aplicación  á  la  Agrimensura. 

robadera,  n.,  caja  de  madera,  ó  forrada  de  hierro,  para 
trasladar  la  tierra  que  se  arroba. 

robar,  n.,  arrobar. 

robel,  d.,  lebrillo  grande,  en  que  se  friega  ó  lava  cual- 
quier objeto,  dentro  de  casa:  lo  mismo  que  lavado.  Su- 
primido por  Peralta,  en  su  segunda  edición. 

robellón,  robellones,  especie  de  hongos:  en  el  sentido  de 
seta  úsase  en  el  Alto  Aragón. 

rocador,  n.,  rocadero  ó  cucurucho,  para  sujetar  el  copo 
á  la  rueca. 

rocero,  se  dice,  de  la  persona  demasiado  familiar,  en  el 
trato  con  sus  inferiores:  ||  el  que  es  aficionado  á  mujeres 
ó  á  tratos  ó  placeres,  que  están  por  debajo  de  su  con- 
dición. 

rociada,  arremetida. — El  analista  Sayas  á\cQ\  y  aunque 
hi:{0  briosamente  su  deber,  fué  el  entuvion  fantuvionj 
de  la  ROCIADA  tan  recio,  que  le  hicieron  retirar  con  pér- 
dida del  marjeny  del  jfuertecillo. 

roelero,  rodelero:  en  Zaragoza  los  hubo  ciudadanos,  que 
se  distinguieron  combatiendo  el  motín  del  hambre,  en 
fin  del  siglo  xviii  y  que  todavía  lucieron,  aunque  en 
corto  número,  en  los  Sitios  contra  los  franceses. 

reglaría,  n.,  ruego;  súplica;  voz  anticuada,  usada  con  fre- 
cnencia,  en  el  Códice  de  los  Privilegios  de  la  Unión. — 
La  Diputación  de  Aragón,  en  documento  dirigido  al 
Justicia  sobre  los  Anales  de  Zurita^  é  inserto  en  los 
Progresos  de  la  Historia  de  Dormer,  emplea  esa  pala- 
bra para  indicar,  que  había  recibido  diferentes  sú-plicas, 
en  favor  de  la  reimpresión  de  aquella  obra. 

rolde,  d.,  círculo:  en  Castilla,  círculo  ó  grupo  de  gente:  H 
hacer  el  rolde,  coger  con  redes,  los  barbos  que  van  á 
la  orilla  á  desovar,   según  el  historiador  D.  Nicolás 
Sancho. 


R  305 

romana  (correrse  la),  exagerar  alguna  cosa. 

roncha,  a.,  lonja  de  tocino,  de  carne  y  de  algunos  pesca- 
dos; tajada  en  redondo. 

rondalla,  a.,  ronda  de  mozos. 

róñelo,  d.,  descarnado. 

roñar,  d.,  regañar. — En  unas  octavas  que  se  escribieron 
contra  las  conclusiones  de  Economía  política,  año  1785, 
se  lee, 

aunque  roñen  los  socios  consumados 
de  la  leonina  Sociedad  del  día. 


roñón,  d.,  regañón. 

roñoso,  n.,  regañón;  llorón. 

ropador,  n.,  ladrón  en  despoblado  ó  en  cuadrilla:  voz 
anticuada. 

ropería,  n.,  robo  en  despoblado,  según  se  desprende  del 
Códice  de  la  Unión. 

roquete,  pieza  de  la  lanza,  fijada  á  lo  que  creemos,  en  el 
borne  ó  extremo  superior,  para  dar  con  ella  en  el  con- 
trario, pero  sin  herirle,  lo  cual  sucedía  en  los  torneos 
y  otros  ejercicios  caballerescos,  en  que  las  lanzas  eran 
jostradas,  galantes  ó  botas.  No  hallamos  esta  voz  en  el 
Diccionario  de  la  Academia,  pero  sí  en  Argensola, 
quien  dice  de  un  torneador  de  su  tiempo,  que  llevaba 
lanía  plateada,  no  solamente  el  asta,  sino  el  roquete  y 
gócete.  El  valenciano  Arólas,  en  las  Tranzaderas  dice, 
de  Gonzalo  de  Cuadros,  contra  Don  Alvaro  de  Luna, 

El  ROQUETE  de  la  lan^a 
abrió  la  vista ^  encontróle 
en  la  frente  y  con  pujanza 
todo  el  casco  quebrantóle  (i). 

rorig^ón,  mendrugo  de  pan;  raigón  de  muela. 


íl)  Después  de  escrito  y  preparado  para  la  Prensa  este  artículo,  hemos 
visto  comprobadas  nuestras  conjeturas  con  una  explicación,  que  pode- 
mos llamar  oficial.  En  el  catálogo  de  la  Real  Armería,  escrito  con  rigu- 
roso tecnicismo,  figura  á  la  cabeza,  y  después  se  repite  con  variantes 
muchas  veces,  una  lanza  de  torneo  con  roquete  ó  hierro  de  lanza  de  tres 
puntas,  siglo  xv.  Esto  desaragonesiza  esa  palabra  (y  permítase  ésta,  á 
quien  tal  baraja  de  ellas  lleva  entre  manos),  pero  no  nos  decide  á  supri- 
mirla, si  bien  ella  y  la  de  gócete  confesamos  que  no  pueden  sostenerse 
como  aragonesas,  por  sólo  usarlas  nuestros  autores  y  no  usarlas  la  Aca- 

20 


306  R 

rosada,  c,  escarcha. 

rosa  de  perro,  ababol,  en  puntos  fronterizos  á  Navarra, 

roscada,  n.,  colada,  según  las  Ordinaciones  del  Hospital 
General  de  Ntra.  Sra.  de  Gracia. 

roscadero,  d.,  cuévano  para  conducir  las  frutas  y  ver- 
duras. 

rosigar,  n.,  roer  poco  á  poco  alguna  cosa:  H  n.,  murmu- 
rar por  lo  bajo,  mascullando  para  sí  alguna  frase:  1|  n., 
rosigar  altares,  pasar  mucho  tiempo  de  uno  en  otro 
altar. 

roya,  d.,  rubia;  planta:  ||  c,  enfermedad  del  trigo. 

royal,  n,,  lo  que  tira  á  rubio:  1|  n.,  especie  de  olivo,  de 
inferior  calidad  al  negral,  y  que  no  da  como  éste,  cose- 
cha anual,  ni  la  aceituna  completamente  negra. 

royo,  n.,  rubio;  rojo;  bermejo. 

royuela,  n.,  rubia. 

royura,  n.,  véase  moradura. 

roza  (de),  n.,  modo  adverbial  para  designar  á  la  persona 
rocera  ó  que  no  tiene  buena  elección  en  sus  compañías, 
ni  en  sus  gustos:  aplícase  con  especialidad,  á  la  mujer 
que  prodiga  sin  distinción  sus  favores,  y  así  se  expresa, 
en  unas  décimas  á  Jusepa  la  Cun^a,  daifa  de  toda  roza 
que  ya  dos  veces  estuvo  en  la  casa  de  la  Galera. 

roza,  el  picado,   hendidura  ó  istría  que  se  hace  en  una 

f)ared,  para  afirmar  sobre  ello,  un  tabique:  algo  indica 
a  Academia,  en  la  palabra  ro:[ar. 

ruche,  n.,  pollino. 

ruejo,  a.,  rodillo  de  molino:  ||  n.,  comulgar  á  uno  con 
ruejos  de  molino,  querer  convencerle  de  una  cosa  in- 
creíble. 

ruello,  a.,  rodillo  de  piedra  para  allanar  las  eras,  antes 
de  trillar. 

rufo,  d.,  rozagante;  vistoso;  bien  adornado. 

rujada,  a.,  rociada:  se  halla  en  la  última  edición,  pero 
no  en  la  penúltima. 

rujar,  a.,  rociar:  no  se  halla  en  las  últimas  ediciones. 


demia,  pues  ésta  ha  padecido  omisiones  análogas  en  Armería,  como 
bordonasa,  guarda-axila,  brigantina  6  laudel,  silla  bridona,  misericordia, 
repujados,  guardarrenes,  etc. — Diremos  para  concluir,  que  roquete  viene, 
según  algunos,  de  roque  ó  torre  de  ajedrez,  y  que  los  franceses  le  llaman 
courtois  rochéis. 


S  307 

ri^isida,  a.,  golpe  de  lluvia:  se  halla  en  la  penúltima  edi- 
ción, pero  no  en  la  última,  aunque  es  más  usual  que 
rujada:  \\  n.,  reprensión  agria. 

rujial,  rufián:  se  nos  ha  comunicado,  como  usada  en  Al- 
partir. 

rujiar,  a.,  regar  con  agua. 

rujiazo,  n.,  rujiada,  en  ambos  sentidos. 

rupia,  n.,  en  el  Códice  de  los  Privilegios  de  la  Unión  se 
lee,  en  Zarago:{a  hanfeyto  rupias  e  sufrien:{as  en  los 
lugares  é  muytos  maleficios  é  estregnimientos. 

rusio,  d.,  candente. 

rusientar,  poner  candente  una  cosa,  principalmente,  un 
utensilio  de  hierro. 

rusiente,  c,  candente. 

ruso,  n.,  rusiente:  ||  n.,  :{apatos  rusos,  los  que  se  fabri- 
caban más  cerrados  y  consistentes  que  de  ordinario:  ve- 
mos usada  esa  voz  por  escritores  castellanos,  pero  no 
por  la  Academia. 

rustir,  roer:  se  aplica  especialmente  á  los  ratones. 

rustrir,  lo  mismo  que  rustir:  en  Asturias,  tostar  el  pan 
y  mascarlo,  cuando  está  tostado  ó  duro. 


Sabanilla,  c,  pañuelo. 

sabido,  n.,  sustantivo  con  que  se  denota,  el  sueldo  fijo 
de  que  uno  dispone:  equivale,  en  cierto  modo,  á  situa- 
do, pero  es  más  concreto:  se  usa  en  las  expresiones,  tie- 
ne un  buen  sabido;  tiene  un  sabido  de  5  rs.,  como  indi- 
cando, que  sin  contar  otras  utilidades  eventuales. 

saboca,  a.,  saboga;  sábalo,  pez. 

saca,  a.,  derecho  de  saca,  retracto  ó  tanteo  en  favor  de 
los  parientes. 

sacadera,  n.,  cuévano  pec^ueño  que  se  emplea,  en  las 
operaciones  de  la  vendimia. 

sacafuegos,  c,  eslabón. 


308  S 

salceña,  variedad  de  la  uva. 

salchucho,  n.,  zancocho. 

salmorrada,  n.,  salmuera,  que  en  Aragón  se  pronuncia 
salmuerra. 

salobre,  n.,  planta:  se  da  también  ese  nombre,  á  toda 
planta  salsuginosa. 

salvado,  se  emplea  en  la  frase,  guardar  en  el  arca  del  sal- 
vado^ para  denotar  que  aunque  se  afecte  riqueza,  no  se  po- 
see, y  aunque  se  tenga  proposito  de  ahorrar,  no  se  logrará. 

salz,  n.,  cierta  especie  de  hierba. 

samarugo,  n.,  pez  abdominal:  |I  n.,  persona  arisca,  imbé- 
cil ó  egoísta:  ||  barbo  pequeño,  que  suele  vivir  en  las 
balsas  y  generalmente,  sirve  de  alimento  á  los  barbos 
mayores:  i|  torpe,  obtuso  y  al  mismo  tiempo,  con  basta 
apariencia  exterior. 

sampedrada,  n.,  velada,  ó  mejor,  aurora  de  San  Pedro. 

sang^artesa,  n.,  lagartija. 

san§rimís,  n.,  muchacho  desmedrado,  ó  de  pocas  carnes, 
ó  de  corta  estatura. 

sanjuanada,  n.,  velada  de  San  Juan. 

sansa,  d.,  orujo  de  la  oliva. 

santoral,  n.,  catálogo  de  santos,  especialmente,  en  el  Ca- 
lendario: la  Academia  le  da  la  interpretación  de  libro 
de  coro  ó  de  sermones  y  vidas  de  santos:  su  verdadera 
significación  en  esta  última. 

saque,  n.,  se  dice  de  uno  que  tiene  buen  saque ^  para  de- 
notar que  es  comedor  ó  bebedor. 

saquera,  c,  aguja  de  coser  sacos,  como  se  dice  también, 
aguja  espartera,  y  aguja  de  ensalmar. 

sarda,  n.,  ramaje  bajo  en  el  monte,  como  el  de  los  tomi- 
llos, asnallos,  etc. 

sargantana,  d.,  lagartija:  en  Borja,  sargantesa. — En  un 
Cancionero  de  Londres  se  leen  estos  versos,  sacados  de 
un  Alfabeto  de  disparates: 

Sus  aves  á  las  manyanas 
serán  un  par  de  sisones 
y  de  cuatro  sargantanas 
le  daremos  los  rinyones. 

sarna,  n.,  buena  fortuna  en  el  juego,  ó  suerte  muy  cons- 
tante en  cualquiera  especulación:  voz  familiar. 


S  309 

sarnoso^  n.,  el  ganancioso  habitualmente,  sobre  todo  en 
el  juego. 

sarraixón,  plantas. 

sarrampión,  d.,  sarampión. 

sarria,  n.,  esportón. 

sarrio,  c,  cabra  montes:  |J  n.,  gamuza:  quizá  del  francés 
Isard. 

saso,  d.,  tierra  ligera. 

sayonía,  n.,  alguacilazgo:  el  Diccionario  de  la  Academia 
no  usa  esta  voz,  pero  incluye  como  anticuada  la  primi- 
tiva de  sayón, 

secano,  n.,  se  dice  abogado  de  secano  por  el  que  no  tiene 
pleitos  ó  suficiencia. 

secarral,  n.,  secaral;  sequeral;  sequedal. 

seco,  n.,  en  la  frase  dejar  á  uno  seco  significa  dejarle 
muerto  en  el  acto,  aunque  esto,  en  verdad,  no  asegura- 
remos que  sea  exclusivamente  aragonés. 

secén,  n.,  madero  que  pasa  de  3o  palmos. 

seg;allo,  n.,  cabrito  desvezado  hasta  llegar  á  primal;  como 
en  el  ganado  lanar,  lo  es  el  borrego  ó  cordero  desvezado. 

seisén,  seisena,  moneda  de  plata  de  valor  de  medio  real, 
que  eran  seis  dineros  de  Aragón.  Dice  la  Academia  en 
la  voz  seisén:  hacia  1777  hubo  en  Zarago:{a  grande 
perturbación  económica,  á  causa  do,  las  seisenas  j^  ra- 
millos  que  se  mandaron  recoger, 

semejante,  n.,  extremado  en  magnitud,  en  número,  en 
lujo,  etc.;  por  ejemplo:  ¡ha  hecho  semejante  fortuna!; 
¡ha  venido  con  semejante  ostentactón! ;  ¡ha  traído  seme- 
jante vestido! 

semental,  animal  que  se  destina  á  cubrir  á  la  hembra 
de  su  especie,  y  se  aplica,  principalmente,  á  la  raza  ca- 
ballar: la  Academia  no  incluye  esta  voz,  sino  la  de  ga- 
rañón, y  aun  así  nosotros  no  incluimos  de  buen  grado 
esta  palabra. 

semo,  hueco;  fofo;  sin  jugo;  raquítico:  se  dice,  trigo  semo, 
piernas  semas;  ojos  sernos;  etc. 

senabe,  mostaza,  según  Glosario. 

séniores,  n.,  los  que  tenían  jurisdicción,  y  este  nombre 
recibieron  los  ricos-hombres. 

seno,  n.,  pecho. 

sense,  n.,  tonto:  es  de  uso  local. 


310  S 

sentido  (costar  un),  n.,  costar  mucho. 

señalero,  n.,  alférez;  portaestandarte;  abanderado:  en 
documentos  antiguos  seny alero. 

señar,  a.,  hacer  señas. 

señeras,  señas:  el  notario  Beneded,  en  i283,  escribía: 
¡qué  SEÑERAS  tenía  esa  imagen! 

seo,  a.,  iglesia  catedral:  dícese  la  Seo,  aunque  muchísi- 
mos autores  escriben  impropiamente  Aseo;  otros  iSeUy  y 
antiguamente  See,  acercándose  más  á  la  etimología  la- 
tina sedes. 

serna,  cantera  de  piedra,  según  una  donación  hecha  al 
Monasterio  de  Veruela  en  los  primeros  tiempos  de  su 
fundación. 

serradizo,  n.,  serrín. 

serranía,  n.,  se  usa  en  la  frase  forense,  sententia  ad  mo- 
Jutn  serranicPj  la  cual  se  pronunciaba  brevísimamente 
y  sin  gastos,  previa  sumisión  de  las  partes. 

serreta,  n.,  cadenilla  que  se  pone  en  la  boca  á  los  caba- 
llos ú  otros  animales  de  monta,  para  refrenarlos. 

serrones,  n.,  planta  chenopodium. 

siete  en  rama,  n.,  planta;  tormentilla  erecta. 

signo,  servicio  (vasallos  de);  véase  vasallos. 

silletas,  a.,  jamugas. 

simoso,  n.,  terreno  flojo  y  que  fácilmente  se  desprende, 
por  las  filtraciones  ú  otras  causas,  dejando  abiertas  si- 
mas ó  concavidades. 

síndico  á  tributar,  n.,  el  que  tiene  á  su  cargo  en  la  mu- 
nicipalidad, el  cuidado  de  la  alineación  y  denuncia  de 
los  edificios. 

singular,  a.,  particular;  individuo;  vecino. 

sinjusticia,  n.,  injusticia:  hemos  oído  muchas  veces  esa 
voz  (y  á  la  gente  rústica  el  barbarismo  desinjusticiaj  y 
aunque  no  quiso  usarla,  probablemente,  como  tal  sus- 
tantivo. Hurtado  de  Mendoza,  no  deja  de  prestarse 
á  esa  lectura  aquel  trozo  del  La^^arillo,  que  en  una  d« 
sus  ediciones  hemos  leído,  mas  con  tanta  gracia  y  do- 
naire contaba  el  ciego  mis  haiañas^  que  aunque  yo  es- 
taba tan  maltratado  y  llorando^  me  parecía  que  hacía 
SINJUSTICIA  en  no  se  las  reir;  y  si  bien  ahí  puede  enten- 
derse, me  parecía  que  obraba  sin  justicia,  pero  no  así 
en  la  edición  de  Aribau  (^Biblioteca  de  A  A.  españoles^, 


S  311 

en  donde  dice,  me  parecía  que  le  hada  injusticia  en  no 
se  las  reír,  y  luego  por  nota,  como  variante,  sin  justi- 
cia, cuya  variante,  con  el  le,  aproxima  mucho  esta  fra- 
se, á  la  significación  que  habemos  da*fio. 

sinodal,  n.,  se  dice,  del  no  muy  competente  testigo  que 
es  llamado  á  declarar,  sobre  sucesos  antiguos,  en  que 
no  se  presenta  como  ocular  ó  de  ciencia  cierta. 

siquiera,  poco  difiere  de  la  significación  á  lo  menos^  que 
consigna  la  Academia;  pero  en  el  corte,  hay  cierto  ara- 
gonesismo,  cuando  se  dice,  el  hijo  llegó  bueno;  me  ale- 
gro  siquiera» 

sinfinidad,  multitud,  infinidad  de  cosas. 

sirg^a,  c,  maroma. 

sirria,  n.,  excremento  del  ganado,  etc. 

sirrio,  d.,  sirria;  sirle. 

sisa,  n.,  sisón;  ave. 

sisallo,  n.,  planta;  salsola  vermiculata. 

sisardo,  n.,  cuadrúpedo;  capra  rupicapra. 

sitiada,  d.,  junta  de  gobierno,  en  los  establecimientos  de 
beneficencia. 

sitiado,  a.,  sitio;  situado. 

sitio,  a.,  aniversario. 

soba,  d.,  cueva  profunda,  en  dirección  horizontal. 

sobater,  d.,  agitar  líquidos. 

sobirano,  n.,  supremo:  es  de  los  vocablos  que  reúne  en 
su  Índice  Blancas. 

sobrado,  capataz  de  contrabandistas  paqueteros. 

sobre -acemilero,  n.,  el  oficial  real  que  cuidaba  de  las 
acémilas,  así  como  de  los  carros,  barcas  y  suministro  de 
cebada,  cuando  la  corte  se  ponía  en  viaje. 

sobre  barato,  muy  barato. 

sobre-bueno,  n.,  excelente;  exquisito. 

sobre-cielo,  n.,  toldo;  lecho  formado  de  telas  vistosas,  á 
manera  de  pabellón,  como  se  lee  y  explica  en  las  Coro- 
naciones de  Blancas:  dosel,  como  dice  éste  en  su  índice 
de  vocablos  aragoneses:  también  es  voz  italiana,  pero  se 
escribe  sopracielo. 

sobre  cocinero,  n.,  cada  uno  de  los  dos  escuderos  desti- 
nados al  servicio  de  la  mesa  del  rey,  los  cuales  habían 
de  ser  caballeros. 

sobrecogidas,  circunscripciones  territoriales,  quizá  bajo 


312  S 

el  punto  de  vista  tributario.  Las  Cortes  de  Tarazona  de 
1495  legislaron  sobre  esto,  de  lo  cual  escribió  Zurita. 
Expresa  también  el  censo  de  población  por  fuegos,  y  así, 
en  aquel  año  la  Sobrecogida  ó  sobrecullida  de  Zaragoza 
tenía  3. 068  fuegos. 

SObreciülidor,  n.,  recaudador  de  más  categoría  que  los 
cullidores  ó  cobradores. 

sobrejuntería  n.,  era  á  manera  de  distrito  ó  departamen- 
to, á  lo  menos  en  tiempo  de  las  Uniones  de  Aragón,  las 
cuales  nombraban  dos  conservadores,  por  cada  sobre- 
juntería ó  sobre] untaría. 

SObrejunteros,  n.,  dependientes  ó  porteros. — Cuando  la 
Unión  nombró  al  rey  los  oficiales  de  su  casa,  le  dio  so- 
brejunteros  de  Alcañíz,  Tarazona,  Jaca,  Sobrarbe  y 
Ribagorza,  Transduerta  y  reino  de  Valencia. — Se  dio 
este  nombre  al  Jefe  de  Junta  ó  Hermandad  de  distristo, 
contra  bandidos  ó  extranjeros  sospechosos. 

sofocación,  sofoco,  n.,  el  acto  de  sofocarse  ó  de  disgus- 
tarse ó  apasionarse  vivamente. 

sogueador,  n.,  agrimensor. 

soguear,  a.,  medir  con  soga. 

soguería,  a.,  conjunto  de  sogas. 

soguero,  para  indicar  que  uno  desaprende  ó  se  empeora, 
se  dice  que  anda  hacia  atrás  como  el  soguero, 

sol  de  caracoles,  n.,  el  de  poca  fuerza  y  color  siniestro, 
que  generalmente  sale  durante  la  lluvia  ó  poco  después 
de  ella,  sin  que  haya  escampado. 

SOlanar,  a.,  solana. 

solape,  n.,  entre  carpinteros,  la  parte  de  una  pieza  que 
monta  ó  apestaña  sobre  otra. 

solar,  la  porción  que  queda  de  la  parva  trillada  en  la  era, 
por  no  ser  fácil  recogerla. 

soldadera,  n.,  ramera;  en  latín  sol  dataria. -—Incluida  esta 
palabra,  por  haberla  leído  en  documentos  aragoneses  y 
no  en  el  Diccionario  de  la  Academia,  debemos  sin  em- 
bargo advertir,  que  después  la  hemos  visto  usada  en  el 
Concilio  toledano  de  1324. 

solio  (celebración  de),  n.,  reunión  ó  sesión  solemne  de 
los  cuatro  brazos  de  las  Cortes  aragonesas,  en  que  se 
sancionaba  lo  acordado  en  común  ó  por  medio  de  los 
comisionados  reunidos  de  cada  brazo. 


S  313 

somardón,  marrullero;  reservado;  egoísta;  poco  comuni- 
cativo. 

somarrarse,  d.,  adherirse  un  guisado,  á  las  paredes  déla 
vasija. 

somera,  jumenta,  según  un  moderno  Glosario:  otros  lo 
aplican  al  burro  y  burra:  es  catalán  puro. 

somarro,  n.,  carne  asada. 

somontano,  n.,  el  terreno  colocado  á  la  falda  de  alguna 
cordillera,  como  el  de  Moncayo. 

sondormir,  n.,  dormir  con  sueño  ligero. 

sonsonear,  susurrar  (en  Fonz). 

sopa,  n.,  se  usa  en  la  frase  d  sopas  hechas,  para  indicar 
que  se  ha  llegado  cuando  todo  estaba  dispuesto  ó  con- 
cluido. 

sopapo,  d.,  revés. 

sopas,  d  sopas  hechas,  llegar  cuando  una  cosa  está  ya 
terminada. 

sopero,  n.,  especie  de  babero  6  pañizuelo  que  se  pone  á 
los  niños  al  pecho,  en  equivalencia  de  la  servilleta. 

SOpeta,  episperma  alar  de  la  semilla  de  ciertos  árboles  ó 
sea  hojuela  que  cae  con  la  flor  en  la  primavera:  ||  coger 
con  sopetas^  tomar  á  uno,  como  suele  decirle,  con  el 
hurto  en  la  mano. 

soportales,  portales;  galería  que  forman  las  fachadas  de 
una  línea  de  calle  ó  plaza. 

soslevantado,  equivale  á  solevantado  6  soliviantado,  que 
ahora  se  usa  mucho  y  que  sin  embargo  no  incluye  la 
Academia:  en  Ordinaciones  de  Pedro  IV,  el  versículo 
del  salmo  i3o,  Domine  non  est  exaltatum  cor  meum  ñe- 
que dati  sunt  oculi  mei,  se  traduce,  Señor,  non  se  es  sos- 
levantado  el  mi  coraron,  nin  los  mis  güellos  ne  se  son 
engullidos, 

SOSmesos,  n.,  vasallos;  léese  en  muchos  documentos  y 
es  de  los  vocablos  aragoneses  reunidos  por  Blancas. 

sostobar,  sotobar,  d.,  mullir. 

sota,  a.,  mujer  deslenguada  y  sin  vergüenza. 

SOta-cemilero,  n.,  empleado  real,  dependiente  del  sobre- 
acemilero. 

SOtera,  una  de  las  varias  clases  de  azada,  que  se  emplea 
ordinariamente,  en  entrecavar:  hay  también  sotero,  so- 
terico,  etc. 


314  T 

sudadero,  n.,  bache  6  cubierto  en  que  se  encierra  el  ga- 
nado, para  pasar  desde  él  las  reses  al  esquiladero:  la 
Academia  lo  incluye  como  provincial  de  Extremadura, 
pero  indicando  ser  el  mismo  esquiladero. 

sudar,  n.,  en  las  expresiones,  sudar  pe\  coca^  sudar  el 
quilo,  significa,  sudar  copiosamente. — Se  usa  mucho  la 
frase:  más  vale  sudar  que  estornudar, 

sueldo,  a.,  moneda  imaginaria  de  ocho  cuartos. 

sufrienza,  n.,  véase  rupias. 

sufrido,  refrito  ó  muy  frito. 

sumsido,  n.,  lo  mermado  y  aun  seco,  por  la  acción  del 
calor  ó  la  del  tiempo. 

sumsirse,  n.,  encogerse;  reducirse  en  volumen;  general- 
mente, se  dice  de  los  comestibles. 

Superlevador,  n.,  caplevador:  lo  interpreta  el  Glosario 
del  Memorial  histórico  español  que  publica  la  Acade- 
mia de  la  Historia,  en  su  tomo  II. 

suplicaciones,  c,  barquillos:  se  usa  con  preferencia  en 
Aragón  y  se  ve  empleada  en  las  Ordinaciones  de  Pe- 
dro IV. 

surtida,  salida,  en  sentido  de  acometida  de  los  sitiados: 
Sayas  dijce,  Leiva  hace  una  surtida  valerosa  de  Pavía. 

surtir,  salir  en  el  sentido  de  esta  frase,  le  surtió  bien  su 
estratagema:  \\  emprender  un  viaje;  y  algunas  veces  re- 
tornar. 

Susana,  n.,  se  usa  en  la  írasQ^  subírsele  á  uno  la  susana 
á  la  cabera,  para  denotar  que  ha  montado  en  cólera  ó 
que  toma  una  resolución  extrema:  en  Castilla,  susano  es, 
lo  que  esta  á  la  parte  superior:  en  Navarra  lo  próximo 
ó  cercano. 

sustitución  compendiosa,  n.,  la  que  participa  de  la  vul- 
gar y  fideicomisaria,  que  son  las  tres  que  en  Aragón  se 
conocen. 


Tabaco,  para  condenar  el  que  un  niño  se  suba  á  mayores 
se  dice,  hasta  las  pulgas  toman  tabaco. 


X  315 

tabanque,  n.,  poyo  ó  macizo  levantado  á  la  altura  de  una 
vara,  en  las  puertas  de  algunas  tiendas,  sobre  todo  en 
las  abacerías. 

tabarda,  n.,  tunda. 

tabelario,  n.,  atabalero;  timpanista;  voz  anticuada:  léese 
también  tabelerio,  tabularlo  y  taburario. 

tabla,  n.,  fondos  públicos,  sobre  todo  municipales:  ||  car- 
nicería: la  Academia  dice,  mesa  de  la  carnicería:  ||  ta- 
bla de  acordar^  cartel,  llamando  á  enganches. 

tablaje,  peaje. 

tablajero,  a.,  cortador  público  de  la  carne:  Ha.,  practi- 
cante del  Hospital:  ||  n.,  caballero  de  los  que  tiraban  al 
tablado;  juego  que  consistía,  en  arrojar  la  lanza  contra 
unas  tablas,  atravesadas  en  palos  derechos  ó  cuairones, 
ganando  premio,  el  que  hincaba  la  lanza  en  el  tablado  ó 
el  que  lo  pasaba  de  claro  en  claro,  como  puede  verse  en 
las  Coronaciones  de  Blancas,  el  cual  cita  las  reglas  da- 
das para  este  juego,  por  t\  fuero  de  Huesca  de  1247. 

tablero,  c,  mostrador. 

tabullo,  n.,  se  dice,  del  que  es  rechoncho,  fornido  y  tor- 
pe en  sus  movimientos:  otros  dicen  tabollo. 

taca,  p.,  mancha. 

tafarra,  d.,  atarre. 

tafetán,  se  dice,  como  un  tafetán^  por  dejar  suave  una 
cosa,  ó  dejar  muy  amansado  ó  convencido  á  alguno. 

tafuría,  n.,  género  de  tributo:  escribíase  también  tafu- 
rería. 

tag:arino,  morisco  de  Aragón,  según  Cervantes. 

tajadera,  a.,  compuerta  para  detener  ó  desviar  el  agua. 

tsyo,  n.,  tarea  ó  trabajo  abundante:  ||  n.,  sitio  donde  se 
ha  de  trabajar,  y  así  se  dice,  acudir  al  tajo:  \\  n.,  taja- 
da: de  ahí,  tome  F.,  ese  es  buen  tafo. 

ta§;án,  n.,  el  resto  de  tronco  ó  vastago  que  queda  en  la 
vid,  cuando  se  le  ha  arrancado  una  parte:  es  voz  local. 

tala,  d.,  tara. 

tala-ceboUas,  n.,  insecto  de  los  hemípteros. 

talar,  n.,  ensuciar  la  ropa  y  aun  cualquiera  otra  cosa. 

taleg^azo,  d.,  costalada. 

taleguera,  n., ^cereza,  de  carne  más  dura  que  la  ordinaria. 

talla,  a.,  tara  ó  tarja. 

tallador,  n.,  en  una  carta  puebla^  concedida  por  los  mon- 


316  X 

jes  de  Veruela,  interviene  el  que  desempeñaba  ese  cargo 
ú  oficio  en  el  Monasterio,  año  i238. 

tamborinazo,  n.,  tamborilazo;  tamborilada;  caída;  golpe. 

tan  y  mientrec,  entretanto  ó  mientras  tanto;  voz  local. 

tana,  en  la  frase,  hacer  á  uno  la  tana,  por  contrariarle, 
dejarle  burlado  ó  perjudicado. 

tañar  y  tañar,  curtir. 

tanda,  n.,  el  arriendo  de  finca  urbana ,  correspondiente  á 
seis  meses,  desde  San  Juan  á  Natividad  ó  viceversa. 

tañerías,  tañerías,  n.,  tenerías. — Latassa  usa,  tañerías. 

tangió,  p.,  tanganillo;  tángano. 

taño,  d.,  nudo  en  la  madera. 

tañado,  n.,  boto  sin  pez,  de  que  usan  los  pastores. 

tañedero,  n.,  zanja  que  se  hace  de  árbol  á  árbol,  cuando 
se  quiere  regar  éstos  y  no,  todo  el  campo  en  que  están 
plantados. 

tañerse,  n.,  afeitarse;  en  algunas  localidades. 

tapa-conde,  sencillo  juego  de  niños,  que  consiste,  en  for- 
mar una  especie  de  tortilla  de  lodo  y  arrojarla  con  fuer- 
za sobre  el  suelo,  para  que  produzca  una  detonación. 

tapara,  a.,  alcaparra;  alcaparrón. 

tape,  tapón;  tapa. 

tapia,  n.,  se  usa  en  la  frase,  sordo  como  una  tapia^  para 
ponderar  la  extremada  sordera  de  alguien. 

tapices  de  tierra,  n.,  alfombras,  según  Blancas  en  su  /«- 
dice  de  vocablos  aragoneses. 

taquinerO;  a.,  jugador  de  taba. 

tardada,  n.,  el  fin  de  la  tarde;  el  anochecer. 

tardano,  c,  tardío. — Varía  un  poco  déla  significación  de 
tardío  y  siempre  convienen  las  dos  palabras;  una  para 
expresar  lo  absoluto  y  otra  lo  relativo. 

tarde,  a.,  las  primeras  horas  de  la  noche. 

tarea,  n.,  la  de  chocolate  es,  generalmente,  la  cantidad  de 
cuarenta  y  ocho  libras,  si  bien  puede  ser  mayor  ó  me- 
nor. En  Castilla,  tarea ^  es  la  obra  que  ha  deshacerse  en 
tiempo  dado. 

tarja,  pieza  de  cobre  de  dos  cuartos  ó  cuaderna:  la  Aca- 
demia la  admite  como  provincial. 

tarquín,  c,  cieno  en  el  fondo  de  las  aguas  estancadas. 

tarrancazo,  tarranco,  tarrancho,  d.,  garrancho. 

tarrando,  astilla  pequeña  de  madera. 


T  317 

tartir,  n.,  chistar;  respirar:  se  usa  casi  siempre,  con  ne- 
gación; p.  ej.,  cayó  al  suelo  sin  tartir;  le  reprendió  de 
manera^  que  le  dejó  sin  tartir. 

tarumba,  n.,  se  usa  en  las  expresiones,  volverse  uno  ta- 
rumba j  etc.^  para  manifestar  que  se  le  ha  confundido, 
anonadado,  mareado  ó  aturdido. 

tastar,  d.,  probar;  gustar;  catar. 

tástara,  a.,  hoja  gruesa  del  salvado. 

tastarín,  cata  del  vino:  se  usa  en  la  frase,  dar  tastarín  á 
la  cuba. 

taste,  n.,  acción  de  probar  una  cosa,  para  conocer  si  gus- 
ta ó  está  en  sazón. 

tastinado,  n.,  requemado;  socarrado:  la  Academia  admi- 
te la  palabra  tasto^  en  sentido  de  mal  sabor  de  las  vian- 
das pasadas  ó  revenidas. 

tasturro,  n.,  tostón,  en  la  acepción  quintade  la  Academia. 

tato,  a.,  el  hermano  menor. — Se  da  este  nombre  á  cual- 
quier niño,  y  también  á  las  criadas  ó  nodrizas  ó  niñe- 
ras, con  relación  á  él. 

teba,  hacia;  voz  usada  en  Fonz,  según  D.  Joaquín  Moner. 

teda  y  treda,  tea. 

teja  de  agua,  n.,  la  cuarta  parte  de  una  fila,  como  en 
Navarra. 

tejedera,  n.,  insecto  del  orden  de  los  hemípteros, 

tejedor,  tejedera. 

tejillos,  techo. 

tejugo,  n.,  tejón. 

telada,  n.,  se  dice  de  varias  personas,  que  son  de  una  te- 
lada, para  denotar  que  pertenecen  á  una  misma  banda, 
círculo  ó  pandilla,  ó  que  conforman  en  gustos  y  opi- 
niones. 

telero,  a.,  cada  palo  en  las  barandas  de  los  carros  ó  ga- 
leras. 

tema,  n.,  cuartilla  de  papel:  es  en  este  sentido,  femenino. 

templecillos,  las  cuñas  ó  zoquetes  en  que  se  templa  el 
aliviador^  en  los  antiguos  molinos  harineros. 

tempranillo,  n.,  fruto  temprano:  |I  tempranilla,  uva  tem- 
prana. 

tenaja,  n.,  tinaja:  vemos  usada  aquella  voz,  en  Castillejo, 
edición  de  D.  Ramón  Fernández  (que  se  supone  ser 
Estala). 


318  T 

tendero,  n.,  el  que  tiene  tienda  de  aceite  y  vinagre  y  de 
algunos  efectos  comestibles  y  coníbustibles. 

tenencia,  n.,  seguridad  ante  el  juez  ó  señor  por  enemigos 
ó  partes  contendientes:  voz  anticuada. 

tensino,  habitante  6  natural  del  valle  de  Tena,  en  los  Pi- 
rineos. 

tentón  (Á),  n.,  á  tientas. 

tercenal,  a.,  fascal  de  treinta  haces. 

tercerol,  n.,  el  que  se  distingue,  en  la  procesión  de  Vier- 
nes Santo,  por  su  túnica  negra  y  su  antifaz,  que  tam- 
bién usan  los  Hermanos  de  la  Sangre  de  Cristo,  y  sobre 
todo  los  de  la  Orden  tercera,  de  donde  procede  aquella 
palabra. 

terciar,  c,  dar  la  tercera  reja  á  la  tierra, 

terminado,  mirador,  en  el  último  alto  de  un  edificio:  úsa- 
se en  Teruel. 

terna,  n.,  el  ancho  de  la  tela;  y  así  se  dice,  una  sábana 
de  dos  ternas;  un  vestido  de  seis  ternas. 

ternasco,  d.,  recental. 

ternices,  d.,  gusanillo  que  produce  la  carne,  cuando  em- 
pieza á  podrirse. 

terno,  n.,  terna 

terreta,  n.,  el  país  ó  la  patria,  á  que  uno  se  refiere,  cuan- 
do está  ausente. 

terretiemblo,  n.,  terremoto. — En  Murcia  terretremo, 
cuya  palabra  también  se  ve  usada  en  las  Ordinaciones 
de  Pedro  IV. — D.  Agustín  Alcayde,  historiador  de  los 
Sitios  de  Zaragoza,  refiriendo  la  explosión  del  almacén 
de  pólvora  del  Seminario  dice:  al  estrépito  y  terre- 
tiemblo, todos  los  habitantes  salieron  desjpavoridos  á  la 
calle. 

terrizo,  n.,  lebrillo:  la  Academia  admite  ese  como  adje- 
tivo equivalente  á  terreo. 

teruelo,  a.,  bolita  en  cuyo  hueco,  va  el  nombre  ó  número 
de  los  que  entran  en  suerte. 

terzón,  na,  a.,  novillo  de  tres  años. 

terzones  ó  tarzones,  los  seis  partidos  en  que  estuvo  di- 
vidida la  Val  de  Aran,  territorio  de  siete  leguas  en  cua- 
dro, entre  Gascuña  y  Benasque:  así  lo  dice  Zayas  en 
sus  Anales,  ySS. 

tesa  (regar  á),  regar,  sin  represar  el  agua. 


T  319 

testarrazo,  n.,  trompazo;  golpe;  en  Castilla,  testarada^ 
golpe  con  la  cabeza. 

testarro,  n.,  mueble  ú  objeto  que,  por  estar  viejo  6  in- 
completo, no  tiene  utilidad  alguna:  ||  n.,  persona  enfer- 
miza 6  inútil  que  no  está  para  ninguna  empresa. 

testifícata,  a.,  testimonio  legalizado  por  escribano,  en 
que  se  da  fe  de  alguna  cosa. 

testinia,  casco  de  madera  de  los  guerreros  francos. 

tetar,  n.,  mamar:  en  Castilla  significa  al  contrario,  dar 
el  pecho,  lo  mismo  que  atetar. — Raynouard  cita  estos 
versos,  tomados  de  un  poema  á  la  Magdalena: 

Vi  V  enfant  estar 
á  la  costa  de  sa  maire 
é  las  tetinas  tetar. 

teti-cie§a,  n.,  se  dice  de  la  oveja  ú  otra  res,  inútil  de  una 
teta. 

tiberio,  n.,  bulla;  escándalo;  confusión;  desorden. 

tiemblo,  n.,  rama  de  cierto  árbol,  á  propósito  para  los 
aros  de  los  cuévanos. 

tierra-blanca,  n.,  la  de  sembradura,  de  cereales  y  toda  la 
que  no  es  de  arbolado. 

tierra-moriega,  a.,  la  que  perteneció  á  los  moros. 

tiforte,  el  propenso  á  molestar  á  los  demás  con  imperti- 
nencia. 

timba,  n.,  juguesca;  comilona  ó  cualquiera  diversión  tu- 
multuosa: hemos  leído  esa  voz,  en  algún  autor  caste- 
^  llano  contemporáneo. 

timbre,  yelmo  con  cimera,  según  Blancas,  en  Coronado- 
_  nes,  pág.  90. 

tintar,  n.,  tomar  tinta;  mojar  la  pluma  en  tinta. 

ting;lado,  d.,  tablado  que  se  arma  alto  y  á  la  ligera. 

tina,  n.,  buena  suerte,  principalmente  en  el  juego:  voz 
^  familiar,  como  su  derivado  tinoso. 

tío,  se  usa  en  la  frase,  no  hay  tío  páseme  el  río,  para  in- 
dicar, que  no  valen  excusas  ó  que  no  hay  que  esperar 
perdón. 

tiorba,  n.,  vasija  para  recibir  las  aguas  mayores  y  menores 
_  de  los  enfermos,  que  no  pueden  incorporarse  en  la  cama. 

tipitear,  n.,  andarse  en  dimes  y  diretes,  barajarse  de  pa- 
labras: poco  usado. 


320  T 

tireta,  a.,  tira  de  piel  sobada,  que  sirve  para  ajustar  al- 
gunas prendas  del  traje. 

titada,  d.,  monería;  acción  afeminada;  remedo  imperti- 
nente. 

tito,  n.,  sillico. 

toba,  n,,  cueva  rasgada  entre  peñascos:  viene  á  significar, 
lo  que  la  voz  soba  del  Diccionario  de  Peralta. 

tobo,  d.,  hueco;  mullido. 

tocaparte,  n.,  la  porción  que  corresponde  á  cada  uno 
de  varios  perceptores  ó  habientes-derecho:  1|  n.,  d  la 
tocaparte,  modo  adverbial  que  significa  áprorrota  ó  á 
partes  iguales,  según  los  casos. 

tocar,  n.,  empezar  á  rastrear  el  galgo:  en  la  frase  tocar» 
selaSf  significa  marcharse  disimuladamente,  por  sor- 
presa; tomar  las  de  Villadiego. 

tocata^  n.,  sonata:  Un.,  tunda. 

tocino,  n.,  cerdo;  puerco. 

tochar,  a.,  cerrar  la  puerta  con  un  palo  redondo. 

tocho,  a.,  cachiporra. 

tocón,  arbusto  en  San  Juan  de  la  Peña,  aunque  no  puedo 
asegurar  si  es,  como  en  castellano,  la  parte  del  árbol 
que  queda  en  pie  después  de  cortado. 

tollaga.  n.,  planta;  erizo:  llámase  también  toyaga. 

tongada,  c,  capa  de  tierra:  ||  d.,  paja  alternada  en  fruto: 
\\n.,  en  una  tongada^  de  una  vez. 

toni,  n.,  estúpido;  tonto;  insustancial. 

tontín- tonteando,  n.,  haciendo  la  desecha;  afectando 
bonhomia;  obrando  á  lo  simple. — Hay  maneras  pare- 
cidas en  otros  verbos,  como  cojín- cojeando  (después  lo 
he  visto  en  una  zarzuela,  creo  que  de  Serra),  malin- 
maleando,  á  cuyo  aire  hemos  leído  en  francés  clopin 
clopant,  cahin  caha,  etc. 

tontina,  tontera;  tontuna;  tontería. 

tontón,  n.,  aumentativo  de  tonto,  que  no  incluye  la  Aca- 
demia, y  que  leemos  en  las  décimas  contra  el  P.  Isla 
(véase  asnadaj,  en  donde  se  dice: 

que  no  es  lo  mismo,  tontón, 
que  no  es  lo  mismo,  panarra, 
satirizar  á  Navarra 
que  predicar  á  Aragón, 


X  321 

tontusco,  n.,  despectivo  de  tonto. 

toña,  d.,  pan  grande. 

toñina,  n.,  paliza;  zurra;  tunda. — La  di  una  tollina  feroj, 
dice  Serra  en  Lu\  y  Sombra,  voz  que  no  trae  el  Diccio- 
nario de  la  Academia  de  i832  y^  sí  el  de  1869. 

topiquero,  en  los  Hospitales  civil  y  militar  de  Zaragoza 
se  llama  así  á  los  practicantes  que  aplican  remedios  ex- 
teriores. 

toquitear^  n.,  diminutivo  ó  atenuante  de  tocar  y  aunque  á 
veces  tiene  carácter  de  frecuentativo:  también  toquinear, 

tormo,  d.,  terrón  de  tierra  ó  azúcar. 

tornsdlo,  porción  de  tierra  destinada  á  una  especie  de 
plantas  y  que  se  riega  aparte. 

tornizo,  n.,  castrón,  mardano  ó  padre  mal  castrado. 

torno,  n.,  el  que  sirve  en  los  carruajes  para  dificultar  su 
movimiento  en  las  bajadas. 

toro,  toro  de  fuego,  que  aquí  llaman  de  ronda,  dice  el 
Dr.  Antonio  la  Iglesia  en  una  Relación  de  fiestas  que 
hizo  Epila  á  su  señor,  el  Conde  de  Aranda. 

torre,  p.,  quinta;  granja;  carmen;  casa  de  recreo  en  el 
campo. — En  Carta-puebla  de  Ejea,  1 180,  ya  se  decía  et 
illa  TORRE  de  Escoron,  non  habel  nisi  sexjubottas, 

torrero,  colono  ó  encargado  de  una  huerta  ó  granja. 

torta  cañada,  n.,  panecillo. 

tortera,  n.,  vasija  de  barro  en  que  se  sirve  la  sopa,  los  asa- 
dos y  aun  las  verduras  y  otras  viandas:  en  Castilla  tiene 
significación  mucho  más  concreta. 

torzalillo,  n.,  torzal  delgado;  torzadillo. 

toza,  a.,  chueca  ó  trozo  que  queda  á  la  raiz  del  tronco. 

tozal,  a.,  monte;  collado;  lugar  algo  eminente. 

tozar,  a.,  topar  ó  dar  el  carnero  con  la  cabeza:  ||  a,,  por- 
fiar neciamente. 

tozolada,  c,  tozolón;  golpe  en  la  cabeza. 

tozudo,  c,  testarudo;  terco;  obstinado;  tenaz. 

tozoludo,  testarudo. 

tozudear,  porfiar  demasiado  y  obstinarse  testarudamente 
en  una  cosa. 

tragacantos,  n.,  alquitira;  tragacanta. 

trallo,  d.,  cuartón;  rama  gruesa  de  árbol. 

trancada,  a.,  trancazo. 

tranco,  n.,  se  usa  en  la  frase  á  trancos  ó  barrancos,  que 

n 


322  X 

significa  lentamente,  con  trabajo,  con  dificultad;  echan- 
do mano  de  todo  arbitrio. 

tranza,  a.,  trance  ó  remate  en  lo  vendido  á  pública  licita- 
ción. 

tranzar,  a.,  rematar. 

trapal,  d.,  paño  tendido  al  pie  del  olivo,  para  recoger  en 
él  la  aceituna  que  se  arranca. 

trapaleta,  n.,  diminutivo  de  trápala:  ||  n.,  persona  que 
charla  demasiado. 

trapera,  n.,  herida,  de  más  anchura  que  peligro. 

trasca,  d.,  pellejo  grande  de  buey. 

trascolar,  d.,  trasegar. 

trascón,  d.,  pescuño  ó  cuña  para  apretar  la  reja,  la  este- 
va y  el  dental. 

trasmudar,  a.,  trasegar. 

traspontines,  a.,  colchones:  usa,  entre  otros,  esta  palabra 
Fabio  Gilmente,  en  sus  Escarmientos  de  Jacinto. 

tratadores,  n.,  los  diputados  nombrados  por  cada  brazo 
para  conferenciar  entre  sí  y  con  el  rey,  sobre  los  puntos 
allí  tratados  y  que  habían  de  recibir  su  aprobación  y 
sanción  definitiva. 

trasmudador,  n.,  el  que  se  dedica  al  oficio  de  trasegar. 

trasmudar,  a.,  trasegar. 

trasnochar,  n.,  hurtar. 

traviesa,  n.,  paradero  de  tablas,  estacas,  cañas,  etc.,  para 
contener  ó  desviar  el  agua. 

trazas,  n.,  sustantivo  aplicado,  siempre  en  plural,  al  ha- 
zañero que  es  todo  apariencias:  úsase  también  en  sus 
diminutivos,  trabillas  y  tracetas. 

trazo,  n.,  despojo  de  res  perdida. 

trecén,  se  dice  del  madero  que  tiene  26  palmos  ó  poco 
más  de  longitud. 

tremedal,  d.,  páramo;  montes  despoblados. 

tremoncillo,  d.,  tomillo. 

trena,  d.,  trenza:  ||  a.,  bollo  ó  pan  de  esa  figura:  1|  n.,  me^ 
ter  en  trena,  sujetar  á  uno,  reducirle  á  razón. — Ayala, 
en  el  Rimado  de  Palacio,  parece  indicar  adorno  de 
vestido,  como  faja,  galón  ó  lazo,  en  los  versos, 

Pero  si  diese  un  panno  de  Melinas  con  sus  trenas 
Valerle  ha  piedat. 


T  323 

trencha,  d.,  pretina. 

trenque,  n.,  postigo:  así  hemos  visto  explicada  la  etimo- 
logía de  la  calle  que  conserva  aquel  nombre  en  Zarago- 
za.— En  Murcia,  defensa  ó  reparo  de  los  ríos. 

trenzadera,  a.,  cinta  de  hilo. — Para  decir,  ¡qué  borra- 
chera trae!,  se  dice,  ¡qué  tren:{adera!  ó  ¡qué  alpargata! 

treudero,  n.,  lo  que  está  sujeto  al  pago  de  algún  treudo 
ó  canon. 

treudo,  n.,  pensión  anual,  de  suyo  irredimible,  en  reco- 
nocimiento directo  de  una  cosa  dada  en  tributación  ó 
eníiteusis  fCestis,  lo). — La  Academia,  que  en  1822  le 
daba  equivocadamente  la  significación  de  catastro,  en 
las  últimas  ediciones  define  mejor,  aunque  no  del  todo 
bien,  tributo  ó  canon  enfitéutico. 

treznar,  a.,  atresnalar. 

tría,  n.,  huella  ó  carril  que  abren  en  los  caminos  las  rue- 
das de  los  carruajes. 

triado,  n.,  el  camino  que  tiene  trías:  ||  n.,  camino  muy 
frecuentado:  |I  n.,  asunto  ó  materia  que  se  han  des- 
envuelto muchas  veces;  y  en  este  sentido  es  sinónimo  de 
trillado. 

triar,  n.,  formar  carril  ó  tría:  |I  n.,  triarse,  torcerse  ó 
agriarse  algún  plato  de  leche. 

tribunal,  n.,  el  de  los  die^  y  siete ^  formado  del  seno 
de  los  cuatro  brazos,  juzgaba  á  los  lugartenientes  y  cu- 
riales. 

tributación,  a.,  enajenación  de  bienes  raíces  que  trans- 
fiere el  dominio  útil,  pagándose  por  el  directo,  cierto 
treudo:  \\  d.,  reconocimiento  de  los  límites  concedidos  á 
la  Mesta. 

tributar,  a.,  poner  mojones  en  los  límites  señalados  á  la 
Mesta. 

tributo,  a.,  catastro. 

tricallón,  palo  unido  á  las  cuerdas  y  al  objeto  que  ha  de 
arrastrarse. 

trifulca,  n.,  gran  bulla;  diversión;  contienda;  inquietud  ó 
movimiento. 

trincar,  a.,  saltar;  correr;  dar  muestras  de  contento. 

tríng^ola,  campanilla  de  cabestro:  Ij  d.,  campanilla  de  las 
habitaciones,  en  Barbastro. 

trinquis,  trago:  en^alemán,  trinken,  beber. 


324  T 

tripas,  se  usa  en  la  frase,  hombre  de  tripas  para  designar 
al  que  es  valiente  en  todo,  y  en  la  de  hombre  de  malas 
tripas^  para  indicar  al  que  es  cruel  ó  vengativo. 

triplica,  a.,  réplica  á  la  segunda  contradicción  de  la  parte 
contraria. 

triplicar,  a.,  responder  en  juicio  á  la  duplica  ó  segunda 
contradicción. 

triunfa,  patata:  aunque  nosotros  no  hemos  oído  esta  voz, 
la  incluimos,  por  ser  el  único  aumento  que,  sobre  la 
primera  edición  del  Diccionario  Aragonés  de  Peralta, 
hemos  observado  en  la  segunda,  la  cual  se  imprimió  en 
Palma  en  i853,  si  bien  á  nuestras  manos  no  llegó,  hasta 
después  de  publicado  por  primera  vez,  este  nuestro. — 
Otros  trunfa. 

trompichón,  d.,  perinola. 

tronador,  n.,  juguete  de  los  muchachos,  que  consiste,  en 
un  pliego  de  papel,  cuyos  pliegues  se  sueltan  de  pronto 
y  producen  una  detonación. 

trónlirón,  calavera:  tronlironada,  calaverada. 

tronzado,  n.,  cansado;  tullido,  á  consecuencia  de  una 
marcha  penosa. 

tronzarse,  n.,  resentirse;  fatigarse  por  el  demasiado  ejer- 
cicio. 

trubiano,  en  lenguaje  jitanesco  significa,  aragonés,  según 
vemos  en  la  Corona  poética  de  A^ara,  pág.  700. 

truca,  trueque. 

trucar,  d.,  golpear  á  la  puerta:  ||  cambiar:  barbarismo 
derivado  de  trocar, 

truco  (decir),  n.,  úsase  en  la  frase,  como  si  dijeras  truco 
y  en  sus  equivalentes,  para  indicar,  que  una  persona  no 
consigue  nada  de  otra:  [|  n.,  esquilón  que  se  pone  al  ma- 
cho cabrío  de  mejor  apariencia,  para  que  sirva,  con  los 
que  llevan  los  cañones,  como  guía  del  rebaño. 

trujal,  a.,  lagar. 

trujaleta,  a.,  vasija  para  recibir  el  vino  del  lagar  á  las 
cubas. 

truqueta,  n.,  esquila  ó  truco  de  menor  volumen,  que  sue- 
le ponerse  á  algunas  ovejas. 

tuberas,  túferas,  d.,  especie  de  criadillas  de  tierra. 

tullina,  n.,  tunda;  tollina. 

tumbarro,    n.,  en  unas  apasionada^  octavas  contra  las 


U  325 

Conclusiones  de  Economía  política,  sostenidas  en  lySS, 
bajo  los  auspicios  de  la  Sociedad  aragonesa,  se  lee, 

Genovesí  el  tumbar roj^  otros  tales 

en  significación  de  mandria  ú  otra  parecida. 
turra,  n.,  ave  que  frecuenta  la  laguna  de  Gallocanta  y  que 

Asso  llama  desconocida. 
turruntela,  capricho  repentino;  propósito  extravagante. 


u 


Ultramarino,  n.,  del  tronco  materno:  lo  hemos  visto  usa- 
do con  alusión  á  los  bienes,  en  lenguaje  forense. 

unidad,  n.,  unión  (fuero  de  la). 

unido,  n.,  el  que  firmaba  ó  se  alistaba  para  sostener  los 
fueros,  invocando  el  Privilegio  de  la  unión. 

unión,  n.,  privilegio  que  consistía,  en  firmar  los  nobles, 
y  á  veces  la  familia  real  y  aun  el  rey,  para  permanecer 
en  estado  de  insurrección,  hasta  que,  reunidas  las  Cor- 
tes, se  diese  satisfacción  al  reino  de  las  ofensas  hechas  á 
los  fueros:  fué  confirmado  por  Pedro  III  y  Alfonso  III 
y  abolido  por  Pedro  IV. 

universidades,  además  de  las  usuales  acepciones,  se  halla 
alguna  vez  en  sentido  de  Ciudades;  y  la  verdad  es,  que 
el  brazo  de  las  Universidades  se  componía  de  represen- 
tantes de  los  pueblos  de  voto  en  Cortes,  que  eran  en  ge- 
neral Ciudades. 

untada,  n.,  rebanada  de  pan  mojada  en  aceite,  manteca 
ú  otra  sustancia  análoga. 

untamiento,  n.,  unción;  vocablo  declarado  aragonés  por 
Blancas, 

untura,  manteca:  se  lee  en  el  zaragozano  Ebn  Buclarix. 

usajes,  n.,  derecho  consuetudinario,  pero  elevado  á  ley, 
constitución,  ordenanza,  fuero  ó  privilegio. 

usín,  husín,  nieve  menuda,  traída  por  el  viento  norte:  su 
uso  en  el  Alto  Aragón. 


826  V 

uva,  a.,  racimo  de  uvas:  ||  n.,  como  una  uva^  expresión  con 
que  se  denota  la  muchedumbre  de  personas  ó  de  cosas 
semejantes,  agrupadas  en  poco  espacio,  como  los  granos 
en  la  uva.  ||  Uva  de  quiebra  tinaja,  variedad  de  las  uvas 
rojas,  así  como  la  argelina  y  otras.  Uva  canina,  uva  de 
zorra  ó  raposa. 


Vacario,  vacuno. 

vag^ar,  n.,  se  usa  en  la  expresión,  vagar  te  puede,  para 
significar  la  facilidad  ó  disposición  para  alguna  cosa:  [f 
n.,  también  se  usa  en  frases  como  estas:  j-a  te  vagará 
jugar  por  la  tarde;  harto  te  vagará  estudiar,  cuando 
entres  en  el  colegio. 

vago,  a.,  erial;  solar;  vacío. 

vaina  de  ciervo,  cuerno  de  venado:  úsase  por  Ebn  Bu- 
clarix,  según  informes. 

vayillo,  n.,  cacharro:  la  Academia  define,  como  provin- 
cial, bajillo,   cuba  ó  tonel. 

valenciano,  ligero,  versátil  ó  falso.-  [|  alegre  ó  chillón  de 
colorido. 

valentor,  n.,  valor,  estimación  ó  precio;  y  así  se  dice,  va- 
lentor  de  un  real;  valentor  de  un  alfiler. 

valenza,  n.,  parece  significar,  valentía,  denuesto,  riepto 
ó  desafío,  á  juzgar  por  las  palabras  de  Cuenca  que,  re- 
firiendo antiguos  privilegios,  dice,  el  pechero  que  hiciere 
VALENZA  á  caballero^  no  siendo  pariente  en  cuarto  gra- 
do, pierda  caballo  y  armas»  Tiene  alguna  conexión  con 
la  voz  soberbia^  usada  en  t\  fuero  de  Sorauren  (Nava- 
rra), en  donde  dice,  que  ningún  Señor  les  hiciere  sober- 
bia, esto  es,  agravio  ó  violencia. 

valerse,  n.,  tener  valor  alguna  cosa,  y  así  se  dice,  este  año 
se  vale  mucho  el  trigo. 

valones,  c,  calzones. 

vara,  n.,  látigo;  zurriago:  se  toma  la  parte  por  el  todo. 

varear,  n.,  ahuecar;  esponjar;  mullir  la  lana  de  los  colcho- 


V  327 

nes:  ||  también  se  dice  palear,  y  aunque  ambas  voces 
están  explicadas  por  la  Academia,  lo  están  de  un  moda 
general. 

vareador,  n.,  el  que  tiene  por  oficio  varear  la  lana. 

varello,  n.,  val  pequeña. 

irasallerío,  n.,  derecho  sobre  los  vasallos  y  condición  de 

los  vasallos,  ó  sea  vasallaje. — Soldamos  de  fe de 

VASALLERio  é  de  todo  otro  cualquiere  deudo  de  que  vas- 
soy  lio  ó  nutural  deue,  etc.  (Códice  de  la  UniónJ. 

vasallos  de  parada,  n.,  los  que  daban  tributos  persona- 
les á  los  ricos-hombres:  trata  de  ellos  Cuenca,  en  su 
obra  de  este  título.  Los  había  también,  de  contrato^  co» 
lla^os^  etc. 

vasallo  de  signo  servicio,  los  collati  tendelli  (collazos) 
ó  adscriptos  á  la  gleba,  ó  colonos  adscripticibs,  ó  colo- 
nos enfeudados,  que,  insurreccionados,  y  abolido  ese 
estado  antes  de  1436,  quedaron  vasallos  de  parada  ó  de 
contrato:  eran  hasta  divisibles  en  las  herencias  y  sujetos 
al  derecho  de  vida  y  muerte,  si  bien  se  redimían  cuando, 
heredando  ó  viviendo  fuera  de  los  fondos  alodiales  W. 

vasillos,  n.,  ombligo  de  Venus;  planta. 

vaso  de  agua,  n.,  llámase  censo  del  vaso  de  agua,  el 
que  consiste  en  el  5  "/^  del  capital  (antes  el  10)  por  cada 
enajenación;  no  pudiendo  hacerse  ésta,  sin  consenti- 
miento del  censualista. 

vedado,  laringe  ó  cavidad  entre  la  glotis  y  la  epiglotis. 

vedalero,  n.,  cada  uno  de  los  dos  ministros,  elegidos  por 
el  Capítulo  general  de  Ganaderos  de  Zaragoza,  para 
desempeñar  las  ejecuciones,  embargos,  visitas  y  otras 
diligencias  judiciales.  En  Navarra  tenían  el  mismo  nom- 
bre los  guardas  de  los  campos;  y  hoy  se  conserva  en 
Agredas  el  de  vidaleros. 

veguer,  a.,  juez  ó  alcalde  de  un  partido  ó  territorio. 

veía,  p.,  toldo  de  tela  burda  y  consistente:  ||  n.,  especie 
de  quitasol  de  grandes  dimensiones,  que  se  fija  en  tie- 
rra y  sirve  para  preservarse  de  la  intemperie,  los  ven- 
dedores ó  feriantes. 


(1)    De  todo  esto  diserta  largamente,  con  su  habitual  erudición  y  co- 
rrecto lenguaje,  el  Sr.  Lasala,  en  su  Examen  histórico  foral. 


328  V 

veUutero,  p.,  oficial  que  trabaja  en  seda. 

vencejo,  cuerda,  generalmente  de  esparto,  procedente  de 
vinculum. — Admitida  esta  palabra  por  la  Academia, 
como  española,  debiera  omitirse  aquí,  según  nuestro 
sistema;  pero  la  incluimos,  fundados  en  que  D.  Floren- 
cio Janer,  al  explicar  y  glosar  aquel  verso  de  Berceo, 
aleáronlo  de  tierra  con  un  duro  vencejo ,  hace  notar  que 
esta  palabra,  se  conserva  hoy  en  Aragón,  lo  cual  indica, 
que  es  fuera  de  aquí,  una  voz  desaparecida. 

vendeduría  vendería. 

vendema,  d.,  vendimia. 

vendería,  a.,  puesto  público  ó  tienda  en  donde  se  vende 
alguna  cosa. 

venera,  a.,  hilada  de  piedra  ó  ladrillo  en  las  acequias,  que 
colocada  de  trecho  en  trecho,  sirve  de  señal  á  los  que 
hacen  las  limpias. 

ventano,  n.,  ventanico  ó  ventanillo,  según  la  Academia, 
que  sólo  admite  estos  diminutivos,  pero  no  su  respec- 
tiva voz  radical. 

vera,  p.,  orilla. 

verdad,  se  dice  en  sentido  de  eternidad  ó  de  la  otra  vida, 
pues  hemos  oído  frases  como  ésta;  le  hallé  inmóvil,  sin 
color,  sin  pulsos  y  creí  que  ya  estaba  en  la  verdad. 

verdasco,  verdusco,  verduzco,  d.,  látigo  de  cuero  ó 
rama  de  árbol. 

verde,  en  plural  significa  los  altalces,  maíces,  etc.;  y  así 
se  dice,  aludiendo  á  ellos:  este  año  han  pintado  mal  los 
verdes. 

verde  y  seco,  indica  la  totalidad  de  una  fortuna  ó  una  co- 
lección; p.  ej.,  derrochó  todo  lo  que  tenta^  verdey  seco. 
Beltrán  de  Born  acusa  á  Alfonso  II  de  Aragón,  de  arran- 
car la  Provenza  á  su  hermano  Sancho  y  dice, 

Pucis  ab  cor  du\ 

Quan  n*  acpres  lo  vert  é  V  madur\ 

que  Mr.  Millot  traduce  así, 

Apres  en  avoir  tisé  le  vert  et  le  sec, 

lo  cual  parece  indicar,  que  este  modismo  era  también 
francés. 
vereda,  n.,  cada  uno  de  los  nueve  distritos,  en  que  se  di 


V  829 

vidía  el  reino  de  Aragón,  para  el  efecto  de  hacer  la 
cuestación  ordinaria,  en  favor  del  Hospital  de  Zarago- 
za.— Se  hacía  y  todavía  se  hace,  en  favor  de  las  obras 
del  templo  del  Pilar  de  Zaragoza,  suspendidas  desde  el 
siglo  pasado  y  en  nuestros  días  reemprendidas  con  vigor. 

veredero,  el  encargado  de  esa  cuestación. 

verg^anto,  véase  berganto:  se  escribe  mejor  con  v,  co- 
rrespondiendo á  su  etimología. 

verguer,  verguero,  a.,  alguacil  de  vara;  macero. 

verguizo,  véase  ramulla. 

veta,  d.,  trenzadera  ó  cinta  de  algodón:  ||  d.,  hebra  de  hilo. 

viaje,  n.,  vez;  y  así  se  dice,  este  viaje  no  puede  serviros: 
es  voz  del  vulgo  y  tiene,  como  se  ve,  bastante  mas  lati- 
tud, que  los  significados  de  la  Academia. 

vías  pastoriles,  n.,  las  señaladas,  en  general,  para  tras- 
humar el  ganado. 

vicera,  n.,  adula:  úsase  también  en  Navarra:  en  Castilla 
bicerra^  es  cabra  montes  y  vecera^  hato  de  puercos  ú 
otros  ganados  que  van  á  la  vez;  así  como  veceriay  ma- 
nada de  ganado,  por  lo  común  porcuno,  perteneciente 
á  un  vecindario. —  Vecero  está  usado  por  muchos,  en- 
tre otros  por  Berceo,  en  sentido  de  cosa  que  se  hace 
por  turno  ó  persona  que  la  hace. 

vicios  (dar),  a.,  mimar. 

vicioso,  a.,  mimado;  educado  con  demasiada  libertad. 

vidarria,  n.,  hombrecillos;  planta. 

vieda,  prohibición  de  saca  de  ganados,  granos  y  otras 
mercancías,  fuera  del  reino:  los  diputados,  en  las  Cor- 
tes de  Monzón  de  i528,  pidieron  hacerlas  ellos,  pero  se 
contestó  que  eso  era  regalía  (Dormer). 

villabarquín,  berbiquí:  es  de  uso  general  y  exclusivo  en 
Aragón,  adonde  lo  trajeron  los  franceses,  en  la  inva- 
sión de  1808  y  por  ello  conserva  un  nombre,  tan  pare- 
cido al  de  vilebrequiriy  con  que  aquéllos  le  conocen. 

villanos  de  parada,  n.,  llamados  de  convención  6  conve- 
nio, por  el  que  hacían  de  servir  á  los  infanzones,  sin 
poseer  nada  propio.  Pestilente  y  miserable  condición, 
como  dice  el  obispo  Vidal  de  Canellas:  eran  adscriptos 
á  la  gleba  ó  al  terruño,  y  equivalían,  según  Ducange, 
á  los  collati  iendelli  ó  collaterii. 

villero,  n.,  pueblo  de  corto  vecindario;  tal  vez  sinónimo 


330  V 

de  pillorrio,  pero  sin  carácter  despectivo,  y  probable- 
mente, mayor  que  la  aldea  y  aun  el  lugar,  al  cual  pre- 
cede en  el  Códice  de  los  /f.  de  la  Unión,  en  donde  se 
habla  mucho  de  las  ciudades;  villas,  villeros,  é  luga- 
res de  la  jura  de  la  dita  unidat. 

vinatera,  ñ.,  insecto  del  orden  coleóptero. 

viñaruela,  gramínea  agreste,  llena  de  sutiles  púas. 

viñuégalo,  n.,  guarda  de  las  huertas. 

viola,  a.,  violeta;  alhelí. 

violado,  a.,  pensión  que  lleva  al  convento  el  que  profesa: 
II  n.,  pensión  que  se  asegura  á  uno  por  toda  su  vida, 
mediante  la  cesión  que  éste  hace  de  su  hacienda  ó  parte 
de  ella.  Las  cuales  tienen  á  violario  ricoS'homesy  meS' 
naderos,  dice  un  documento  antiguo;  sin  duda,  indi- 
cando, que  cuidaban  de  su  conservación  ó  sustento. 

vislay  (al),  n.,  de  soslayo. 

vistraer,  d.,  desembolsar:  |I  d.,  sonsacar:  ||  n.,  pagar  ó  sa- 
tisfacer una  cantidad:  en  este  sentido,  que  es  casi  igual 
al  de  desembolsar,  usan  de  aquella  palabra,  las  Ordi- 
naciones  de  la  Casa  de  Ganaderos  de  ¿aragoza,  promul- 
gadas en  i8o5;  á  las  cuales  hemos  acudido  para  com- 
probar algunas  palabras  de  ganadería,  si  bien  allí  no  se 
hallan,  todas  las  de  nuestro  Diccionario. 

viudedad,  a.,  usufructo  que  sobre  los  bienes  del  cónyuge 
finado  goza  el  superviviente,  mientras  continúa  en  la 
viudez. 

vizalero,  d.,  dulero. 

voceador,  n.,  pregonero.  En  algunas  partes  se  le  llama 
también  vocero,  palabra  con  que  por  otra  parte  se  de- 
signó al  abogado  en  Castilla  y  en  Navarra. 

volada,  d.,  ráfaga  de  viento. 

volandera,  n.,  se  dice  de  la  firma  común,  por  su  mucha 
generalidad,  pues  comprende  todos  los  jueces  y  todos 
los  casos:  ||  la  firma  volandera  del  Justicia  tenía  ejecu- 
ción privilegiada. 

votador,  caja  ó  urna  para  recibir  los  votos.  En  los  Gestis 
de  la  Universidad  hay  un  inventario  de  ornamentos  y 
joyas  en  1698,  en  el  cual  consta  un  botador  de  plata. 

vueltas,  d.,  techo;  bóveda. 

vulcar,  d.,  volcar. 

vulturino,  d.,  nasa  de  pieles  para  pescar. 


S31 


X 


Xapurcar,  a.,  revolver  el  agua  ú  otro  líquido:  dícese  más 

bien  chapurcar. 
xarro,  a.,  véase  jarro. 

xía,  a.,  chía;  insignia  de  la  magistratura:  ant. 
xinglar,  a.,  gritar  con  regocijo. 


Yaya,  n.,  abuela:  también  es  muy  frecuente,  sobre  todo 
entre  los  niños,  designarla  con  el  nombre  de  lola,  que 
no  incluimos. 

yerba,  n.,  alfalfa:  se  toma  el  género  por  la  especie. 

yerba  del  pico,  n.,  j^lanta. 

yerba  corxonera,  hipérico. 

yerba  de  pordioseros,  n.,  planta. 

yeso,  a.,  usase  la  expresión  lapar  de  y  eso  y  y  significa,  cu- 
brir de  yeso  una  pared,  bruñéndola  con  la  paleta. 

yunta,  p.,  yugada. 


Zabacequias,  d.,  el  que  cuida  de  los  turnos  en  el  riego  y 
de  multar  á  los  que  contravienen  á  los  estatutos  ú  or- 
denanzas. 


332  Z 

zabalmedina,  n.,  zalmedina:  lo  hemos  visto  escrito  de 
esa  manera,  en  algunos  documentos  manuscritos,  y  Du- 
cange  habla  de  él,  usando  además  los  nombres  de  {ahal- 
mediría  y  salmedina  y  cephalmedina:  en  un  Privilegio  de 
Pedro  II,  en  favor  de  los  Jurados  de  Zaragoza,  se  lee, 
ca:{almedina. 

zaborra,  d.,  piedra  pequeña:  tiene  alguna  conexión  con  el 
saburra  latino  y  sorra  español,  que  significan  la  arena 
gruesa  con  que  se  lastraban  las  embarcaciones:  ||  piedra 
sin  labrar. 

zaborrero,  d.,  albañil  que  trabaja  con  zaborras:  I|  d.,  poco 
diestro  en  algún  oficio. 

zaborro,  n.,  aljezón. 

zaburrero,  d.,  zaborrero. 

zafareche,  a.,  estanque. 

zafariche,  a.,  cantarera  ó  sitio  donde  se  ponen  los  cán- 
taros. 

zaforas,  zaforoso,  n.,  persona  desmañada,  sucia  ó 
torpe. 

zafrán,  n.,  azafrán;  así  se  lee  en  nuestros  Fueros^  pero 
en  castellano  sólo  se  usa,  como  licencia  poética. 

za§0,  después:  también  :{aga.  En  acto  público  del  no- 
tario Beneded,  i283,  se  lee,  entraron  en  la  Iglesia  zago 
de  él;  é  los  sus  enemigos  zaga  del, 

zag^ones,  calzones  de  piel,  que  sólo  cubren  la  parte  ante- 
rior: úsanlos  los  pastores.  ^ 

zagueramente^  n.,  últimamente:  también  se  dice  la  ^a- 
güera  ve:^^  cuya  significación  es  aproximada  á  la  de  la 
Academia. 

zalacho,  andrajo:  se  aplica  despectivamente,  á  las  per- 
sonas y  se  dice  también,  poner  á  uno  como  un  ^^a- 
lacho. 

zalear,  d.,  manosear  ó  deslustrar  alguna  cosa, 

zalmedina,  a.,  en  lo  antiguo,  alcalde  ó  magistrado  con 
jurisdicción  civil  y  criminal:  era  Juez  ordinario  de  Za- 
ragoza y  para  el  desempeño  de  su  oficio,  que  era  anual, 
tenía  un  asesor.  Algunos  equiparan  este  cargo,  al  de 
Censor  en  Roma:  ||  d.,  era  en  lo  antiguo  el  alcaide  de 
las  cárceles;  y  hoy,  aquel  preso  que  por  sus  circunstan- 
cias, es  nombrado  para  cuidar  del  orden  interior,  en 


Z  333 

cada  estancia:  —  viene   de    Cadi  juez  y  Medina  pobla- 
ción (1).  (Véase  Nougués,  AljaferíaJ. 

zalmedinado,  n.,  dignidad  y  oficio  del  zalmedina,  en  su 
primera  acepción. 

zamarrazo,  n.,  golpe  con  palo,  correa  etc.:  ||  n.,  desgracia 
que  uno  sufre  en  su  salud,  su  carrera  ó  su  fortuna;  y 
así  se  dice  de  uno  que  ha  quedado  cesante,  hoy  le  ha 
llegado  el  :{amarra:{0  ó  ramalazo:  también  vemos  usa- 
da esa  palabra,  en  unas  quintillas,  escritas  con  motivo 
de  las  oposiciones  verificadas  en  Zaragoza,  para  llenar 
la  vacante  del  catedrático  P.  Raulín. 

zamueco,  n.,  mostrenco;  majadero;  drope. 

zancochar,  d.,  guisar  con  poca  limpieza;  en  Castilla  sal- 
cochar: II  d.,  revolver,  desgobernar. 

zancocho,  d.,  empandullo. 

zang^uilón,  n.,  muchacho  desproporcionadamente  alto:  |1 
n.,  joven  inútil  y  ocioso. 

zanquil,  manquil,  n.,  zurriburri. 

zapatero,  n.,  en  algunos  juegos,  el  que  no  hace  tanto  6 
baza. 

zapo,  n.,  sapo:  ||  n.,  persona  desmedrada,  torpe  ó  desma- 
ñada.— Rosal  dice,  que  los  antiguos  llamaban  ^apo,  al 
sapo  y  :{apico,  al  hombre  chico. 

zaporrotazo,  zapotazo,  d.,  trompazo;  talegazo. 

zapos-quedos,  juego  de  muchachos. 

zaque,  n.,  cuero  en  que  se  saca  agua  de  los  pozos,  según 
el  autor  del  Diálogo  de  las  lenguas,  quien  cita  esa  pala- 
bra como  aragonesa,  diferenciando  su  significación  de 
la  de  Castilla,  en  donde  vale  tanto,  como  cuero  de  vino. 

zaranda,  d.,  fritada. 

zaragoci,  cierta  especie  de  ciruelas,  que  la  Academia  tra- 
duce,  Ccesaraugustanus:  en  rigor,  esta  palabra,  pura- 
mente española,  no  debiera  incluirse  aquí,  como  no  he- 
mos incluido  en  su  lugar,  la  uva  aragonesa. 

zarcillo,  a.,  arco  de  cuba. 


(1)  Briz  Martínez  dice,  que  de  zahal  señor  y  metina  ciudad,  y  añade 
que  era  el  vice-señor,  que  sustituyó  al  Señor  ó  Juez  ordinario,  y  que  ese 
cargo  fué  instituido  en  Huesca  por  Pedro  I,  á  raiz  de  la  reconquista  de 
esa  ciudad,  agraciando  con  él  y  con  grandes  heredamientos,  á  Lope  For- 
tuniones  (Historia  de  San  Juan  de  la  Peña,  libro  IV,  cap.  XIV). 


334  Z 

zarfe,  n.,  criado  que  se  toma  en  común,  por  personas^ 
que  viajan  ó  pasan  algún  tiempo,  íuera  de  su  casa. 

zarpa,  n.,  se  usa  en  la  frase,  andar  á  :(arpa  la  greña,  en 
significación  de  andar  á  la  greña. 

zarpear,  n.,  equivale  aproximadamente,  á  manotear  y 
manosear:  |I  n.,  echar  la  zarpa. 

zarrabullo,  n.,  revoltijo;  conjunto  desordenado  de  cosas 
y  aun  de  ideas  ó  palabras;  úsase  también  en  el  misma 
sentido,  el  verbo  :(arrabullar. 

zarrapastro,  n.,  zarrapastroso;  zarrapastron. 

zarrias,  manchas  espesas  de  lodo  ú  otra  suciedad,  en  los 
bordes  del  traje. 

zavalachen,  Juez  mayor  de  judíos  y  moros:  úsala  dort 
B.  Foz. 

zerigallo,  d.,  pingajo:  ||  d.,  joven  indiscreto,  que  presu- 
me y  se  entremete  más  de  lo  que  debe. 

ziza,  avispa:  úsase  en  Borja  y  otros  puntos, 

zoca,  d.,  choca. 

zofra,  n.,  tributo  que  se  imponía  antiguamente,  en  ú 
reino  de  Aragón:  ||  n.,  hacer  "{ofra,  trabajar  para  el 
común  ó  á  vecinal,  en  obras  de  construcción. 

zolle,  azolle:  se  usa  también,  como  término  de  compara- 
ción, para  pintar  una  habitación  estrecha  y  lóbrega. 

zoque,  d.,  tarugo  ó  tronco  de  árbol,  sobre  el  cual  se  cor- 
tan las  carnes:  I|  tajo;  tajador:  ||  n.,  cepo  para  la  limos- 
na, en  tierra  de  Biescas. 

zorina,  gallina  con  manchas  blancas,  en  fondo  canela. 

zorra,  d.,  \orra  de  carne,  piltrafa. 

zorriar,  n.,  el  supuesto  Avellaneda,  autor  aragonés,  según 
la  opinión  común,  usa  de  este  verbo,  en  varios  lugares 
de  su  Don  Quijote,  pero  siempre  en  boca  de  Sancho. 
Una  vez  dice,  porque  áfe  que  me  zorrian  j^¿i  las  tripas 
de  pura  hambre  {P.  V.,  cap.  IV);  y  otra,  había  puesto 
la  escudilla  sobre  las  brasas,  de  manera  que  me  iba 
zurriando  por  el  estómago  abajo  (cap.  X).  Ambas 
frases  se  compadecen  bastante,  con  las  definiciones  de 
:{urriar  y  \urrir,  sonar  ó  resonar  bronca  y  desapacible- 
mente alguna  cosa 

zote,  c.,  ignorante,  lerdo. 

zucrería,  d.,  confitería;  se  halla  excluida  de  la  última 
edición  de  la  Academia,  sin  la  justa  causa,  con  que  se 


335 


ha  omitido  :(udena^  que  estaba  en  la  penúltima,  indu- 
dablemente, por  error  tipográfico. 

zucrero,  n.,  confitero. 

zuda,  n.,  castillo,  según  Ducange. 

zunce,  n.,  plegado  en  la  tela. 

zuncir,  n.,  fruncir;  plegar  6  recoger  el  borde  de  cualquie- 
ra tela. 

zuriza,  n.,  persona  chismosa  y  mal  intencionada,  que  in- 
dispone á  unos  con  otros:  tiene  también,  pero  un  poco 
ampliada,  la  significación  de  la  Academia:  ||  se  dice  ser 
un  \uri:(a^  al  que  es  travieso  ó  aturrullado  y  mañero. 

zuro,  d.,  corcho:  el  corazón  de  la  panoja. 

zurraco,  d.,  bolsón  de  dinero,  y  en  general  dinero  muy 
escondido. 

zurrumbre,  hedor  que  se  exhala  de  algunos  animales  ó 
de  sus  desperdicios. 


[NJ  OTAS 


Pág.  2,  nota;  Mahomad  Rabadán.  Que  la  raza  expulsada  en  1609  y  1611, 
cultivaba  con  fruto  la  lengua  y  la  literatura  de  Castilla,  pruébanlo  mu- 
chos trabajos  esjcritos  en  castellano,  con  caracteres  árabes;  el  Poema  de 
José  y  el  del  morisco  á  quien  dio  cuna  Rueda  de  Jalón.  Sólo  Allah  sabe, 
según  afirma  en  el  prólogo  el  autor,  el  cuidado  que  éste  puso,  buscando 
escripturas  y  papeles  en  diversos  partidos  y  riberas  del  reino,  que  ya  por 
miedo  de  la  Inquisición  estaban  perdidas  y  ofuscadas,  para  la  labor  de  su 
compilación,  hecha  en  verso  llano  y  apacible,  porque  con  mas  suavidad  y 
gusto  se  caulleven  en  la  memoria  cosas  tan  dignas  de  ser  tratadas  y  memo- 
radas  Discurso  de  la  luz  y  descendencia  y  linaje  claro  de  nuestro 

CAUDILLO  Y  bienaventurado  ANAVÍ  (1)  MuHAMAD,  COMPUESTO  Y  ACOPILADO 
POR  EL  SIERVO  Y  MAS  NECESITADO  DE  SU  PERDONANZA,  MuHAMAD  RaBADAN, 
ARAGONÉS,  NATURAL  DE  RUEDA  DEL  RIO  DE  XaLON,  REPARTIDO  EN  OCHO  HIS- 
TORIAS, Y  MAS  LA  DISTINCIÓN  DE  LA  LINEA  DE  IZHÁQ,  PATRÓN  DEL  PUEBLO  DE 
ISRAEL.  Va  ASIMESMO  añadida  la  HISTORIA  DEL  JUICIO,  Y  LOS  AYUNOS  Y  AZA- 
LAES  (2)  DE  LAS  DOCE  LUNAS  DEL  AÑO  Y  LOS  NOMBRES  DE  ALLÁH  EN  ARÁBIGO, 
Y    SUS  DECLARACIONES  ALCHEMIADAS  (3).  FuÉ  COMPUESTO  EL  AÑO  DE  1603  DEL 

NACIMIENTO  DE  ISA  (4).  Tal  cs  el  poema,  de  una  extensión  de  doce  mil 
versos,  en  romance.  El  tallado  de  éstos  es,  árabe  y  musulmán,  á  pesar  del 
tono  que  le  dan  las  alusiones  á  la  mitología  de  la  patria  de  Homero  y 
Hesíodo  que  contienen;  y  sus  quilates  poéticos  no  son  escasos,  pues  hay 
en  sus  páginas  trozos  tan  bellos,  cual  la  descripción  de  la  mañana  de  la 
boda  de  Hexim. 

Dos  ejemplares  existen  del  poema  de  Muhamad  Rabadán:  el  uno  lo 
posee  la  Biblioteca  Imperial  de  París,  y  el  otro ,  el  Museo  Británico.  A 
D.  Eugenio  de  Ochoa  le  debemos  una  descripción  de  la  obra  del  vate  de 


(1)  Profeta. 

(2)  Plural  de  azala,  que  significa  oración. 

(3)  Escritas  en  aljamia  ó  lengua  de  cristianos. 

(4)  Iga  es,  Jesús. 


22 


338 

Rueda,  cuya  descripción  se  lee  en  el  Catálogo  razonado  de  manuscritos 
españoles,  que  dio  A  la  estampa  en  1844  el  eminentísimo  literato;  á  Mor- 
gan, el  haberlo  vertido  á  la  lengua  de  Milton,  en  prosa  y  con  libertad, 
aunque  incompletamente;  y  el  haberlo  publicado  á  Gayangos,  al  que 
tenemos  que  agradecer  noticias  individuales  acerca  del  manuscrito  del 
morisco  aragonés  y  de  muchos  aljamiados,  y  quien,  continuador  de  la 
gloria  de  Casiri  y  Conde,  vale  no  menos  que  Dozy  y  ha  prestado  con  su 
traducción  de  Makkari  á  Schack,  una  de  las  plumas  de  nácar  con  que 
éste  escribió  su  peregrino  libro. 

He  aquí  el  contenido  del  poema,  según  el  sabio  exprofesor  de  la  Uni- 
versidad de  Madrid. 

Canto  primero,  en  que  se  dedica  este  libro  á  sólo  AUah,  criador  de 
toda  cosa. 

Canto  segundo,  en  el  cual  se  cuenta  la  criazón  y  formación  del  mundo, 
hasta  la  caída  de  nuestros  primeros  padres. 

Segunda  historia:  habla  del  engendramiento  de  Siz,  segunda  parte  de 
la  Luz,  y  los  que  de  él  descendieron  hasta  Noli. 

Canto  tercero:  trata  del  diluvio  de  Noh,  y  pasa  á  la  varonía  de  ia  Luz 
hasta  Bráhim,  donde  se  cumplió  la  segunda  edad  del  mundo. 

Historia  de  Bráhim:  comienza  desde  su  nacimiento,  y  lo  que  le  vino 
con  el  Rey  Namerud. 

Segundo  canto  de  la  historia  de  Bráhim. 

Tercera  historia  de  ídein. 

Canto  cuarto  de  la  historia  de  ídem. 

Canto  quinto  de  ídem:  cuéntase  en  este  canto  la  línea  de  Izhaq,  patrón 
de  los  judíos  y  cristianos,  y  el  asiento  del  pueblo  de  Israel. 

Historia  cuarta  del  discurso  de  la  luz  de  Muhamad. 

Historia  de  Hexim,  hijo  de  Abdulmunef  y  bisabuelo  de  nuestro  anaví 
Muhamad. 

Segundo  canto  de  la  historia  de  Hexim:  trata  la  conclusión  de  su  ca- 
samiento la  noche  que  envió  Hexim  á  su  hermano  Almutálib  á  visitar  á 
Zalma. 

Canto  cuarto  de  la  historia  de  Hexim:  trata  su  muerte  y  el  nacimiento 
de  Jaibacanas. 

Historia  de  Abdulmutalib,  cuyo  nombre  se  llama  Jaibacanas,  hijo  de 
Hexim. 

Segundo  canto  de  la  historia  de  Abdulmutalib. 

Canto  tercero  de  ídem. 

Canto  cuarto  de  ídem. 

Historia  de  Abdulinutalib,  y  del  discurso  de  la  luz  de  Muhamad. 

Segundo  canto  de  la  historia  de  Abdulmutalib . 

Historia  de  nuestro  anaví  Muhamad:  trata  su  nacimiento. 

Canto  segundo  de  la  declaración  del  honrado  Alcorán,  y  las  propieda- 
des de  nuestro  anaví  Muhamad. 

Canto  tercero:  trata  el  subimiento  de  los  cielos  y  ensalzamiento  de  los 
cinco  azalase. 


339 

Canto  de  la  declaración  de  la  azora  (1)  de  Alhamdulillehi. 

Canto  de  la  muerte  de  nuestro  anaví  Muhamad. 

Historia  del  espanto  del  día  del  juicio. 

Canto  segundo  de  la  historia  del  día  del  juicio. 

Canto  de  las  lunas  del  año:  cuéntanse  los  ayunos  y  días  blancos  y  aza- 
laes  que  se  han  de  hacer,  y  las  racas  (2)  en  cada  día. 

Los  nombres  de  Allah  en  arábigo  y  sus  declaraciones  alchemiadas,  con 
su  rogaría  al  cabo. 

El  poema  á  que  alude  el  Sr.  Borao,  es  interesante  y  debiera  figurar  en 
alguno  de  los  tomos  sucesivos  de  esta  Biblioteca. 

Pág.  3,  nota;  Diálogo  de  las  Lenguas,  obra  del  siglo  de  oro  que  se  atri- 
buye al  protestante  Juan  de  Yaldés. 

«El  uso  de  esta  lengua  (habla  Valdés  de  la  latina)  así  corrompida,  duró 
por  toda  España,  según  yo  pienso,  hasta  que  el  rey  Rodrigo,  en  el  año 
de  setecientos  diez  y  nueve,  poco  más  ó  menos,  desastradamente  la  per- 
dió cuando  la  conquistaron  ciertos  reyes  moros  que  pasaron  de  África; 
con  la  venida  de  los  cuales  se  comenzó  á  hablar  en  España  la  lengua 
arábiga  excepto  en  Asturias,  en  Vizcaya  y  en  Lepuzcua,  y  algunos  luga- 
res fuertes  de  Aragón  y  Cataluña,  las  cuales  provincias  los  moros  no  pu- 
dieron sojuzgar,  y  así  allí  se  salvaron  muchas  gentes  de  los  cristianos, 
formando  por  amparo  y  defensión  la  aspereza  de  la  tierra,  adonde  con- 
servaron su  religión,  su  libertad  y  su  lengua». 

<Marcio ¿cómo  en  Aragón  y  Navarra  habiendo  sido  casi  siempre  rei- 
nos de  por  sí,  se  habla  la  lengua  castellana?  Valdés.— l.a  causa  desto  pienso 
que  sea,  que,  así  como  los  cristianos  que  se  recogieron  en  Asturias  de- 
bajo del  rey  D.  Pelayo,  ganando  y  conquistando  á  Castilla,  conservaron 
su  lengua,  así  también  los  que  se  recogieron  en  algunos  lugares  fuertes 
de  los  montes  Pirineos,  y  debajo  del  rey  D.  Garci-.fimenez  conquistando 
á  Aragón  y  Navarra,  conservaron  su  lengua,  aunque  creo  también  lo 
haya  causado-la  mucha  comunicación  que  estas  provincias  han  siempre 
tenido  en  Castilla » 

«Si  me  habéis  de  preguntar  de  las  diversidades  que  hay  en  el  hablar 
castellano  entre  unas  tierras  y  otras,  será  nunca  acabar;  porque  como  la 
lengua  castellana  se  hable,  no  solamente  por  toda  Castilla,  pero  en  el 
reino  de  Aragón  y  en  el  de  Murcia,  con  toda  la  Andalucía,  y  en  Galicia, 
Asturias  y  Navarra,  y  esto  aun  hasta  gente  vulgar,  porque  entre  la  gente 
noble  tanto  bien  se  habla  en  todo  el  resto  de  España,  cada  provincia  tiene 
sus  vocablos  propios  y  sus  maneras  de  decir 


(1)  Capítulo  del  Corán  que  empieza  con  las  palabras  Alhamdulillehi 
(las  loores  á  Dios). 

(2)  Genuflexiones. 


340 

«Hallareis  también  una  h  entre  dos  ee,  como  en  leher,  veher;  pero  desto 
no  curéis,  porque  es  vicio  de  los  aragoneses,  lo  cual  no  permite  de  nin- 
guna manera  la  lengua  castellana». 

"Zaque  lo  mesmo  es  que  odre  ó  cuero  de  vino;  y  á  uno  que  está  borra- 
cho, decimos  que  está  hecho  un  zaque.  También  he  oido  en  la  Mancha  de 
Aragón  llamar  zaques,  á  unos  cueros  hechos  en  cierta  manera,  con  que 
sacan  agua  de  los  pozos.  Vocablo  es  que  usa  poco;  yo  no  lo  uso  jamás». 

A  lo  trascrito  alude  sin  duda  el  Sr.  Borao,  en  su  Introducción  filológico' 
histórica  y  en  el  Vocabulario. 

El  Diálogo  de  la  Lkngua,  fué  publicado  por  vez  primera,  por  D.  Gre- 
gorio Mayans  y  Sisear  en  sus  Orígenes  de  la  Lengua,  (pág.  1.a  á  la  178,  t.  II). 
En  Madrid  publicólo  D.  Juan  de  Zúñiga  y  en  1860  lo  reimprimió  con  una 
carta  de  Alfonso  Valdés  por  Apéndice,  Lni  pág.  de  Ilustraciones  y  1048  no- 
tas, D.  Luis  Usoz  y  Río  (Madrid,  Imprenta  de  Martín  Alegría);  cuya  edi- 
ción, de  escaso  número  de  ejemplares,  circuló  poco. 

A  la  muerte  de  Usoz,  acaecida  el  17  de  Septiembre  de  1865,  en  cumpli- 
miento de  su  última  voluntad,  pasaron  éstos  á  la  propiedad  de  la  Socie- 
dad Bíblica  de  Londres  y  de  la  Biblioteca  Nacional  de  Madrid  (1)  del 
mismo  modo  que  la  librería  del  docto  español,  y  el  resto  de  la  tirada  de 
su  obra  los  Reformistas. 

En  1865,  Boehmer,  Profesor  de  la  Universidad  de  Strasburgo,  con  el  ob- 
jeto de  que  sirviesen  de  lectura  á  los  estudiantes  que  aprendieran  el  cas- 
tellano, publicó  en  Halle  (Sajonia)  las  dieciséis  primeras  páginas  del 
Diálogo  de  la  Lengua,  hasta  las  palabras  inclusive  si  os  queréis  gobernar 
por  mí,  haremos  d'  esta  manera....;  adornando  dichas  páginas  con  algu- 
nas notas  gramaticales.  Últimamente,  en  1873,  la  sociedad  La  Amistad  Li- 
brera, hizo  una  segunda  edición  de  los  Orígenes  de  Mayans,  para  la  que 
escribió  un  prólogo  de  pacotilla  el  ilustre  Hartzenbusch  y  D.  Eduardo 
Mier,  setenta  y  cuatro  notas. 

El  manuscrito  que  sirvió  á  Mayans  y  Usoz  es,  el  que  posee  la  Biblioteca 
Nacional,  y  tiene,  la  signatura  X-236  (2).  Consta  de  94  hojas;  una  de  ellas 
en  blanco;  buena  letra  (al  parecer  de  fines  del  siglo  xvi)  y  excelente  es- 
tado de  conservación.  Fáltanle  la  79  y  la  83:  esta  última  desde  que  lo  uti- 
lizó Maj'^ans.  Indudablemente  es  copia  del  verdadero  original,  que  per- 
maneció oculto,  por  ser  obra  de  un  hereje.  Según  dice  el  erudito  é  infa- 
tigable alicantino  (3),  es  lá  misma  que  perteneció  al  cronista  aragonés 


(1)  En  el  artículo  Juan  de  Valdés,  inserto  en  la  Nouvelle  biographie  ge- 
nérale (t.  45,  París,  1866),  escrito  por  Nicolás  Migel,  profesor  de  la  facultad 
protestante  de  Montauban,  léese  que  hay  una  edición  del  Diálogo  de  la 
Lengua,  1858,  en  8.o  «Yo  no  he  podido  hallarla,— dice  D.  Fermín  Caba- 
llero, de  quien  tomo  esta  noticia,— ni  la  encuentro  en  otra  parte. 

(2)  Mayans  mandó  sacar  una  copia  del  manuscrito,  para  su  uso,  y  ésta 
existe  hoy  entre  sus  papeles,  en  el  Museo  Británico. 

(3)  Págs.  179  y  180,  t.  II,  Madrid,  1737. 


341 

Jerónimo  de  Zurita,  comprada  para  la  Biblioteca  Real,  siendo  aquél  Bi- 
bliotecario. Cayó  en  poder  del  Conde  de  San  Clemente,  según  se  lee  en  el 
cap.  IV  de  los  Progresos  de  la  historia  del  reino  de  Aragón  del  Dr.  Juan 
Francisco  Andrés  de  Ustarroz;  fué  añadida  y  publicada  por  Diego  Joseph 
Dormer,  arcediano  de  Sobrarbe  (1)  y  pasó  después  á  una  de  las  bibliote- 
cas de  Zaragoza,  donde  la  adquirió  en  1736  Nasarre,  quien  la  ofreció  á  su 
amigo  Mayans  para  que  la  publicase  y  así  lo  hizo  éste,  al  siguiente  año. 

El  precioso  manuscrito,  rico  diamante  del  Museo  de  Londres  que  sir- 
vió á  Mayans  es,  un  tomo  en  4.o  que  contiene  entre  varias  cosas,  el  Diá- 
logo de  Valdés  y  un  extracto  del  tratado  de  La  Gaya  Ciencia  que  escribió 
el  Marqués  de  Villena  y  envió  al  de  Santillana,  para  introducir  en  Cas  - 
tilla  Consistorios,  de  la  índole  de  aquel  de  Barcelona,  que  mencionan, 
como  suceso  importantísimo,  Mariana  y  otros  graves  historiadores. 

El  Sr.  Gayangos  que  lo  ha  visto,  lo  encuentra  en  un  todo  conforme  con 
el  impreso;  «con  la  misma  falta  de  hoja  ú  hojas  y  sin  más  diferencia,  que 
la  de  haberse  suprimido  en  alguno  que  otro  lugar,  una  ó  más  palabras, 
siempre  que  se  trataba  del  Papa  ó  sus  Cardenales»,  afirmándonos  que  el 
ejemplar  de  Londres,  más  antiguo  que  los  dos  conservados  en  nuestra 
Biblioteca  Nacional,  debió  ser  expurgado  por  algún  Inquisidor  ú  otra 
persona  autorizada  por  el  Santo  Oficio. 

De  las  ediciones  citadas,  la  más  correcta  y  más  sabiamente  dirigida, 
es,  la  de  Usoz.  En  ellla  intitúlase  la  obra.  Diálogo  de  la  Lengua  y  no  Diálogo 
de  las  Lenguas,  como  escriben  Mayans,  Pidal,  Mier,  Hartzenbusch  y 
Borao,  pues  no  refiriéndose  el  libro  á  más  idioma  que  al  castellano,  es 
más  atinado  el  servirse  del  singular  que  del  plural,  para  denominarlo. 

Usoz  no  se  atuvo,  pues,  á  la  ortografía  del  manuscrito  guardado  en  la 
Biblioteca  Nacional.  La  edición  dirigida  por  Maj'ans,  es  muj-^  descuidada 
é  inexacta,  en  muchos  pasajes.  En  la  actualidad  ocúpase  en  preparar 
una,  que  será  esmeradísima,  el  ilustre  Eduardo  Boehmer,  entusiasta  del 
inmortal  amador  de  Julia  Gonzaga. 

Duda  Borao  acerca  de  la  paternidad  del  Diálogo  y  tengo  para  mí  que 
es  cosa  averiguada.— El  Diálogo  de  la  Lengua,  (que  Borao  dice  ser  de  un 
autor  anónimo,  participando  de  la  creencia  de  Iriarte  y  Hartzenbusch), 
obra  admirabilísima,  «por  la  natural  sencillez  de  su  estilo,  por  la  pureza 
de  su  dicción»  y  por  caracterizarla  estas  prendas,  perteneciendo  á  una 
época  de  escolástica  y  trabajosa  elocuencia;  el  Diálogo  de  la  Lengua,  que  es 
el  espejo  más  limpio  y  que  mejor  retrata  el  estado  de  nuestro  habla,  en 
los  días  del  Emperador;  el  Diálogo  de  la  Lengua,  modelo  de  diálogo,  en- 
tretenido y  agradable  en  todas  sus  páginas,  en  las  que  si  hay  errores, 
abundan  los  pasajes  ingeniosos  y  la  erudición  y  resplandecen  la  razón 


(1)  Los  vestigios  de  la  librería  manuscrita,  de  Jerónimo  Zurita,  nú- 
mero 21 ,  Diálogo  de  las  lenguas.  Es  obra  muy  curiosa  y  digna  de  ser  dada 
á  la  estampa,  por  contener  muchas  reglas  para  hablar  la  lengua  espa- 
ñola, á  la  perfección.  Escribióse  en  tiempo  del  Emperador  Carlos  v ,  y 
guarda  este  ms.  el  Conde  de  S.  Clemente. 


342 

mis  sana  y  el  criterio  niíís  elevado;  el  Diálogo  de  la  Lengua,  pertenece  al 
primero  que  sostuvo  en  España  la  causa  de  la  Reforma  é  intentó  traer 
las  doctrinas  de  ésta,  al  país  de  los  Alfonsos  y  Fernandos.  El  erudito  Ra- 
fael Floranes,  en  la  pasada  centuria,  atribuyó  aquel  monumento  litera- 
rio á  Juan  de  Vergara.  D.  Pedro  J.  Pidal  descubrió  su  autor;  y  hoy  es 
tan  sabido  que  lo  fué  el  ilustre  secretario  del  virrey  de  Ñapóles  D.  García 
de  Toledo,  como  que  Rodrigo  Caro  produjo,  la  Canción  á  las  Ruinas  de 
Itálica. 

Amador  de  los  Ríos,  Usoz,  D.  Fermín  Caballero  y  Boehmer,  con  razo- 
nes históricas,  con  argumentos  filológicos  y  con  atinadísimas  considera- 
ciones han  demostrado,  que  el  Diálogo  de  la  Lengua  pertenece  á  Juan  de 
Valdés  (1).  Paréceme  tan  clara,  dice  el  solitario  de  Barajas,  la  paternidad 
de  la  obra  y  estoy  convencido  de  cuanto  se  refiere  á  las  controversias  de 
Chiaja,  que  me  imagino  seguir  los  pasos  de  Juan  de  Valdés  y  sus  amif^os. 
oir  sus  animados  coloquios,  presenciar  sus  giras  por  los  jardines, 
fundirme  con  ellos  y  admirar  y  abrazar  á  mi  ilustre  comprovinciano. 
«Y  no  es  ésta,  continúa,  una  ilusión  vana,  destituida  de  razón,  y  sin  otro 
apoj'o  que  el  espíritu  de  paisanaje:  se  funda  mi  entusiasmo  en  hechos 
reales,  en  aseveraciones  terminantes  de  contemporáneos  del  suceso,  en 
trabazón  tal  de  coincidencias,  que  no  cabe  fingir;  y  en  una  tradición  li- 
teraria, que  no  se  ha  interrumpido  con  objeción  alguna  sensata».  «Tengo 
la  satisfacción  de  decir  muy  alto  que  Juan  de  Valdés  escribió  el  Diálogo 
de  la  Lengua,  seguro  de  que  no  habrá  quien  con  razones  lo  desmienta». 
El  Sr.  Menéndez  Pelayo,  á  quien,  como  al  Sr.  Caballero,  no  se  podrá 
achacar  de  poco  reflexivo  y  propenso  á  hacer  gratuitas  afirmaciones,  es- 
cribe á  continuación  de  recordar  los  que  aseguran  ser  J.  de  Valdés  autor 
de  la  obra  tantas  veces  citada:  «El  que  esté  enterado  de  la  vida  que  hizo 
Valdés  en  Ñapóles,  de  sus  solaces  literarios  y  academias  dominicales,  y 
haya  leído  el  Diálogo  de  Mercurio,  tendrá  la  evidencia  moral,  ya  que  no 
la  material,  de  este  hecho;  basta  ver  el  cuadro  para  estampar  al  pie 
el  fécit  (2). 

Del  lado  de  estas  opiniones  parecía  inclinarse  Ticknor  y  desde  luego 
se  inclinó  Gayangos,  al  traducir  á  éste,  fundándose  en  indicios  vehemen- 
tes y  en  testimonios  autorizados.  El  interlocutor  principal  en  el  Diálogo, 
se  llama  Valdés:  ha  estado  en  Roma:  ha  vivido  en  Ñapóles  y  en  otras  po- 
blaciones de  Italia:  es  persona  notable  y  de  mucha  autoridad:  habla  de 


(1)  Mayans,  al  publicar  el  Diálogo  de  la  Lengua,  aunque  lo  dio  por 
anónimo,  debió  sospechar  acerca  de  su  autor.  D.  Casiano  Pellicer,  en  su 
tratado  histórico  sobre  el  origen  y  progresos  de  la  Comedia  y  del  His- 
trionismo  en  España,  (t.  I,  ps.  14  y  15),  dijo,  que  entendía  ser  el  autor  de 
la  obra,  Alonso  de  Valdés,  natural  de  Cuenca  y  discípulo  de  Pedro 
Mártir  de  Angleria.  D.  Bartolomé  J.  Gallardo  aceptó  esta  opinión,  pero 
luego  convencióse  de  que  era  Juan  el  que  había  escrito  el  Diálogo.  Quizá 
influyese,  la  rotundidad  con  que  el  respetable  Clemencin  lo  afirma,  en 
uno  de  sus  comentos  al  Quijote  (t.  IV,  p.  285),  1835. 

(2)  Lib.  IV.— Cap.  IV.— Tomo  II.— Historia  de  los  heterodoxos  españoles. 


343 

Garcilaso  de  la  Vega,  como  si  existiese  á  la  sazón:  y  el  insigne  conquense 
conocía  la  Ciudad  Santa;  había  vivido  á  orillas  del  azulado  y  transpa- 
rente golfo  partenopeo;  era  hombre  sapientísimo  y  escritor  de  tal  gerar- 
quía,  que  es  su  obra  una  de  las  perlas  de  la  prosa  didáctica.  Además  no 
medió  un  lustro,  entre  su  muerte  y  la  de  Virgilio  y  Petrarca  de  Toledo. 
Todo  esto  de  un  lado,  las  alusiones  que  abundan  en  el  Diálogo,  las  per- 
secuciones de  que  fué  objeto  y  lo  aseverado  por  Llórente  y  Clemencin, 
inclinaron  al  Sr.  Gaj^angos  á  creer  de  Juan  Valdés  el  Diálogo  de  la  Len- 
gua, que  es  la  opinión  de  la  Academia  Española,  la  cual  lo  ha  incluido 
en  el  catálogo  de  autoridades  del  idioma.  Y  nada  más  acertado;  pues  ni 
el  Maestro  Fernán  Pérez  de  Oliva;  ni  el  correcto  y  de  elocución  fatigosa 
Cervantes  de  Salazar;  ni  Pedro  Mexía,  tan  plúmbeo  como  Erasmo;  ni  el 
fes''  ~  médico  del  Duque  de  Gandía,  Francisco  de  Villalobos;  ni  el  hu- 
mai.  i  Pedro  de  Rhúa;  ni  cuantos  manejaron  en  el  siglo  xvi  la  difícil 
forma  literaria  del  diálogo;  ninguno  tuvo  las  dotes  de  Juan  de  Valdés,  ni 
produjo  una  obi-a  del  mérito  de  la  suya,  en  la  que,  no  obstante  la  poca 
amenidad  de  un  asunto  de  gramática,  el  interés  no  decae  y  la  animación 
y  el  movimiento  están  sostenidos.  Y  al  dar  por  terminada  esta  nota,  he 
de  consignar  que  merece  el  cariño  de  España,  el  sabio  Dr.  Boehmer,  tan 
conocedor  de  la  vida  y  escritos  del  heterodoxo  de  Cuenca.  Al  Profesor  de 
lenguas  romances  de  Strasburgo,  debemos  curiosas  noticias  biográficas 
de  Valdés  y  de  varios  tratados  de  éste,  encontrados  en  la  Imperial  de 
Viena,  por  el  incansable  investigador,  que  con  sus  vigilias,  sostiene  el 
amor  de  sus  compatriotas  á  la  lengua  de  los  Luises  y  Mariana,  á  la  som- 
bra de  la  calada  aguja,  que  fué  un  día  confidente  de  Goethe. 

Pág.  17;  'maldiciendo  la  tierra  de  Aragón.— En  24  de  Octubre  de  1347, 
celebró  D.  Pedro  IV  solio  de  despedida  en  Zaragoza,  en  el  Monasterio  de 
Predicadores,  en  el  que  confirió  la  investidura  de  gobernador  del  reino 
á  su  hermano  D.  Jaime;  anuló  el  juramento  prestado  á  su  hija;  remitió 
al  Justicia  muchas  causas  pendientes;  satisfizo  todas  las  peticiones;  dio 
la  razón  que  le  movía  á  cerrar  las  Cortes;  aseguró  que  volvería  lo  más 
pronto  posible  á  celebrar  nuevas;  declarando  á  instancias  del  jurado  Ez- 
pital  que,  por  la  prorrogación,  no  pudiese  nunca  seguir  daño  á  los  fue- 
ros, leyes  y  libertades  aragonesas. 

Libre  ya  el  rey  de  los  de  la  Unión,  devueltos  á  él  los  caballeros  de  los 
rehenes  y  decidido  á  vencer  á  aquélla  por  la  fuerza,  resolvió  D,  Pedro 
abandonar  la  ciudad,  sin  que  se  atreviesen  á  acompañarle  los  consejeros 
nombrados  por  las  Cortes,  por  temor  de  que  los  entregase  al  verdugo,  no 
bien  llegaran  á  Cataluña.  Salió  el  Ceremonioso  precipitadamente  de  Za- 
ragoza: al  llegar  á  la  barca  del  Gallego,  miró  esquivo  á  los  que  le  acom- 
pañaban y  por  separarse  de  ellos  lo  más  pronto  posible,  ni  esperar  quiso 
á  que  le  pasaran  una  cabalgadura;  durmió  en  Pina,  donde  recibió  el  ju- 
ramento de  algunos  partidarios  que  le  allegase  D.  Pedro  de  Luna;  y  des- 
pués de  concertar  algunas  medidas  contra  la  Unión,  prosiguió  su  viaje 
hacia  la  tierra  catalana.  Al  siguiente  día,  al  ver  destacarse,  allá  lejos. 


344 

entre  la  bruma  del  horizonte,  á  Fraga,  prorrumpió  en  la  exclamación,  á 
que  alude  el  Sr.  Borao:— Bendita  seas,  dijo,  tierra  poblada  de  leales,  bendita 
seas  de  Dios  nuestro  Señor,  que  nos  ha  permitido  salir  libres  de  esa  tierra 

traidora  y  rebelde,  de  Aragón.  Mas  como  hay  Dios,  queme  lo  han  de  pagarr 
bien  caramente. 

Pág.  20;  Alfonso  //.—Alfonso  II,  como  D.  Pedro  el  Católico,  D.  Jaime  el 
Conquistador,  D.  Pedro  III  y  como  antes  el  Conde  Ramón  Berenguer  y 
D.a  Dulce,  es,  uno  de  los  Mecenas  de  la  gran  familia  de  vates,  que  su- 
cedió á  Guillermo  de  Poitiers.  No  fué  éste  el  Adán,  por  decirlo  así,  de  los 
trovadores,  según  se  lee  en  libros  muy  apreciables.  La  poesía  provenzal, 
cuyas  mantillas  fueron  de  púrpura,  á  fuer  de  nacida  en  estancia  pala- 
ciega, tuvo  intérpretes  más  antiguos  que  el  Duque  de  Aquitania,  con- 
temporáneo del  Cid. 

Las  gracias  encantadoras  del  estilo  de  Guillermo,  que  fué  un  poeta,  si 
no  profundo ,  fácil,  gallardo,  armonioso,  suponen  que  recibió  de  sus  an- 
tepasados un  arte.  Además,  él  nos  habla  de  la  tensión,  como  siendo  un 
género  ya  conocido.  Por  esto  la  generalidad  de  los  críticos  sostienen,  que 
el  licencioso  Conde  de  Poitiers,  que  inspiró  al  Boccacio  su  desenfadado 
Mazzeto  di  Lamporecchio,  y  que  escribía,  á  la  vez  que  canciones,  la  mú- 
sica de  ellas,  de  lo  que  tenemos  un  recuerdo  en  la  tragedia  de  Santa  Inés, 
si  es  el  primer  trovador  de  quien  quedan  obras  escritas,  fué  precedido 
de  numerosa  legión  de  líricos,  cuyas  poesías  se  han  perdido.  Tampoco 
es  el  primer  trovador  español  Alfonso  II:  lo  fué  Berenguer  de  Palasol, 
célebre  por  su  hermosa  figura,  delicados  modales,  galantería  exquisita, 
por  su  destreza  en  el  manejo  de  las  armas  y  por  la  dulzura  y  sencillez 
de  su  sentimental  laúd.  Bernardo  de  Palasol,  nació  en  el  Rosellón,  en  los 
días  del  penúltimo  Conde,  Gaufredo  III,  ó  bien  sea  en  la  época  del  cuarto 
Ramón  Berenguer,  padre  del  D.  Alfonso  que  trovó.  Este  monarca,  nota- 
ble por  sus  hazañas,  por  la  felicidad  que  irradió  sobre  sus  subditos,  por 
su  diligencia,  por  su  sagacidad,  por  su  sabiduría,  y  no  tanto  por  la  vir- 
tud que  le  supone  el  epíteto  por  que  se  le  distingue,  es  el  Augusto  de  la 
poesía  provenzal,  pues  tuvo  ésta,  en  el  reinado  de  él,  un  siglo  de  oro;  y 
es  asimismo  el  David  profano  de  ella,  porque  tensionó  y  cantó  amores. 
Casi  todas  sus  tensiones  se  han  perdido.  Sólo  se  conserva  una  con  Giraldo 
de  Borneil,  á  quien  D.  Alfonso  amaba  con  mucha  ternura;  otra  que  Milá 
supone  pertenece  al  protector  de  Vidal  y  del  Monge  de  Montaudon;  y 
una  canción  amorosa. 

Pedro  //.—  Sólo  comparable  á  los  Médicis,  por  el  carácter  de  sus  pro- 
tecciones, por  la  influencia  que  en  su  ánimo  ejercía  todo  cultivador  de 
las  letras  y  por  su  exquisita  organización  poética.  Tan  plenamente  influ- 
yeron en  él  los  trovadores,  que  fué  á  Muret,  porque  así  plugo  á  los  sir- 
ventesios  de  éstos. 

Sus  poesías  se  han  perdido.  Sospéchase  sea  suya,  la  parte  del  diálogo 
que  á  él  pertenece  en  una  tensión  mutilada,  entre  Giraldo  y  el  héroe  de 
las  Navas. 


345 

La  protección  de  D.  Pedro  II  á  las  letras,  es  de  las  más  fecundas  cono- 
<;idas.  No  debiéramos  otra  cosa  á  su  patrocinio,  que  el  poema  caballe- 
resco de  Jaufre.  y  bastaría  para  decirlo  así. 

B.  Jaime  /.—Protector  de  los  sabios  de  su  (lempo,  fundador  de  Univer- 
sidades, lo  glorias  En  Jaume,  tuvo  tiempo  para  guerrear,  para  acaudalar 
las  letras  catalanas  con  el  oro  y  la  púrpura  de  las  orientales.  Tan  cari- 
ñoso Mecenas  de  los  trovadores  fué,  que  los  acogió  en  sus  estados,  al  ver- 
los sin  patria.  Quadrio,  Zurita  y  algún  otro,  afirman  sin  probarlo,  que  el 
ilustre  Rey,  fué  trovador. 

No  se  conserva  poesía  alguna  de  él,  ni  se  sabe  que  la  escribiese.  Lo  que 
sí  fué,  literato  doctísimo,  gran  legislador,  gran  historiador,  gran  cro- 
nista. Su  Chronica  ó  comentari,  comprensiva  de  tots  los  fets  et  les  graties 
que  Nostre  Sennor  li  feu,  es,  uno  de  los  tesoros  más  ricos  de  la  centuria 
del  Campanile  de  Florencia  y  de  la  Divina  Comedia,  del  Código  Alfon- 
sino,  del  Cementerio  de  Pisa  y  de  las  catedrales.  «Escrita  con  suma  natu- 
ralidad y  frescura,  dice  Amador  de  los  Ríos  de  esta  obra,  ofrece  al  par, 
el  interés  de  un  diario  y  la  regularidad  de  una  historia,  esquivando  á 
menudo  los  excesivos  pormenores:  la  narración,  familiar  casi  siempre, 
raya  á  veces  en  lo  épico,  é  iniciado  el  Conquistador  en  el  conocimiento  de 
las  Sagradas  Letras,  salpícala  con  frecuencia,  de  oportunas  máximas  y 
piadosos  versículos,  que  acreditan  su  saber  y  su  talento». 

La  Crónica  de  D.  Jaime  es  el  solio  en  que  la  lengua  catalana,  recibe  la 
jerarquía  de  literaria.  Sencilla  y  pintoresca  en  su  lenguaje,  no  desdeña 
en  algunas  de  sus  páginas  la  gala  y  el  primor  de  la  retórica,  acreditando 
cuan  bien  conocía  el  monarca  el  idioma  de  Castilla,  que  hablaban  mu- 
chos de  sus  vasallos.  Él  cultivó,  sin  embargo,  la  lengua  de  la  muche- 
dumbre, «más  semejante  á  la  hablada  en  su  niñez  y  como  aquélla,  no 
ejercitada  todavía  en  la  prosa  literaria».  Se  ha  dudado  sobre  la  autenti- 
cidad de  la  Crónica  de  D.  Jaime,  lo  cual  parece  imposible,  pues  como 
dice  el  ilustre  Rosseeuw  Sainte  Hilaire,  basta  leerla  para  convencerse  de 
lo  contrario.  Ninguno  de  los  críticos  que  han  hablado  de  los  i^rovenza- 
les,  atribuye  á  D.  Jaime,  historia  escrita  en  la  lengua  en  que  cantaron 
los  trovadores,  sentados  en  el  tronco  de  los  laureles  de  Provenza  ó  en  las 
justas  en  que  era  dama,  la  espiritual  Isaura.  No  se  conoce  prosa  más  an- 
tigua que  la  de  este  libro,  en  Catuluña,  donde  merced  á  determinadas 
condiciones  políticas,  llegó  á  constituir  una  literatura,  lo  cual  quizá  no 
logró  en  su  patria,  la  poesía  segada  en  flor,  en  los  maldecidos  campos  de 
Muret. 

D.  Jaime  fué  además  que  autor  de  la  Chronica,  del  libro  de  la  Sauiesa. 
Al  compilarlo,  «tuvo  presentes  los  tratados  del  Bonium  y  los  Ensenna- 
mientos  et  castigos  de  Alexandre,  traídos  al  habla  vulgar,  bajo  los  eleva- 
dos auspicios  de  D.  Alfonso  X  el  Sabio».  Y  he  aquí  á  dos  reyes,  siendo  el 
uno,  el  primer  historiador  vulgar  de  Castilla,  y  el  otro  el  primer  cronista 
<le  los  catalanes,  en  antigüedad  y  mérito. 

Pág.  21;  Pedro  III.— La  única  poesía  de  Pedro  III  que  se  conserva,  es 

23 


346 

el  servcntesio  escrito,  cuando  la  Francia,  con  auxilio  de  la  Iglesia,  pre- 
paró la  invasión  que  tan  desdichada  fué  para  Felipe  el  Atrevido.  Dícese 
que  al  retirarse  los  franceses  en  derrota,  el  Leónidas  de  las  Panizas  com- 
puso un  canto  de  triunfo.  La  crítica  no  ha  pronunciado  todavía  su  vere- 
dicto, acerca  del  contenido  de  verdad,  de  la  afirmación  anterior. 

Y  puesto  que  he  hablado  de  uno  de  los  reyes  más  grandes  de  toda  la 
historia,  no  puedo  resistir  á  la  tentación  de  trasladar  aquí,  el  retrato 
esculpido  por  un  poeta  sublime,  en  el  bronce  de  sus  inmortales  ter- 
cettos: 

Quel  che  par  si  membruto 

D'  ogni  valor  portó  cuita  la  corda. 

El  Infante  D.  Pedro.— En  1327,  celebróse  con  verdadero  fausto,  la  coro- 
nación de  Alfonso  IV,  en  la  que  éste  recibió  de  sí  mismo  y  concedió  á 
muchos  infanzones,  la  orden  de  caballería.  Terminadas  las  ceremonias 
religiosas  cantáronse  unas  composiciones  del  Infante  D.  Pedro,  por  los 
afamados  juglares  (que  nombra  el  Sr.  Borao);  por  En  Romaset  y  En 
Nouellet  y  también  por  En  Comí,  que  era  el  mejor  cantor  de  Cataluña.  El 
primero  rfíf  un  sirventesio,  explicativo  en  su  sentencia,  del  sentido  moral 
de  la  corona,  la  poma  y  la  verga,  atributos  de  la  potestad  real,  lucidos  por 
el  monarca  en  aquel  acto;  el  segundo  dix  en  parlant  setcens  versos  riniats 
que  'I  dit  senyor  Infant  En  Pere  aiiia  nouellament  feyts  e  la  tensó  e  'I  regí- 
meni  sove  tot  lo  regiment  que  'I  dit  senyor  rey  deu  fer  e  la  ordinació  de  la  sua 
corte  et  de  tots  los  seus  officials,  a.xi  en  la  dita  corcom  en  totes  les  sues  pro- 
vincies;  y  el  tercero  cantó  una  cango  novella.  Según  el  Herodoto  de  Pera- 
lada,  el  orden  en  que  hiciéronse  oir  los  cantores,  una  vez  alzadas  las 
mesas,  fué,  En  Comí  precediendo  á  Nouallet  y  después  de  Romaset. 

Las  aludidas  composiciones,  escribiólas  el  virtuoso  Conde  de  Riba- 
gorza,  con  el  ñn  de  dar  útiles  enseñanzas  á  su  hermano  y  no  por  vana- 
gloria suya,  que  harto  sabida  es  la  modestia  del  que,  sepultado  en  el 
luto  del  recuerdo  de  su  esposa,  en  1358,  tomó  el  cordón  sagrado  de  San 
Francisco.  La  forma  elegida  por  el  Infante  D.  Pedro  fué,  la  que  caracte- 
riza su  edad  y  las  obras  todas  que  en  ella  produjo  el  ingenio,  la  forma 
didáctica  que  era  una  necesidad  de  nuestra  cultura,  entonces,  que  la 
poesía  catalana,  acaudalada  con  los  tesoros  del  Libre  de  la  Saviesa,  tenía 
por  ejes,  el  sentimiento  del  honor  y  el  patriotismo. 

Moratín  niega  que  En  Romaset,  En  Comí  y  En  Nouallet  desempeñasen, 
en  la  coronación  de  Alfonso  IV,  los  oficios  indicados,  al  asegurarnos,  que 
las  obras  del  infante  representáronse,  cantaron  y  bailaron  por  D.  Pedro  y 
por  los  ricos  hombres,  acompañados  de  algunos  Juglares.  Esta  aseveración, 
no  razonada  por  el  ilustre  poeta,  nació  desmentida,  pues  Ramón  de 
Muntaner,  testigo  de  vista  de  la  coronación,  que  describe  en  su  preciosa 
crónica,  define  con  claridad,  el  carácter  de  las  composiciones  cantadas 
y  recitadas.  No  pudieron  ser  representadas,  porque  no  tenían  formas 
dramáticas. 


347 

Este  pleito  lo  ha  ganado  á  Moratín,  el  más  grande  de  los  historiadores 
catalanes. 

Pedro  iV.— Titúlase  Llibre  de  les  ordinacions  de  la  real  Casa  d'  Aragó 
fetas  per  lo  rey,  Enpere  ters  rey  d'  Aragó  la  obra  á  la  cual  debe  el  sobre- 
nombre de  Ceremonioso,  y  que,  según  se  consigna  en  algunos  M.  SS., 
trata  del  regiment  de  tots  los  oficis  de  la  siia  cort.  Dícenos  el  sabio  Amador 
de  los  Ríos,  que  de  este  libro  extractóse  el  tratado  de  las  Coronaciones, 
que  en  el  Códice  de  El  Escorial  sirve  de  apéndice,  al  de  los  días  de  Fer- 
nando III,  el  Conquistador  de  Sevilla. 

En  la  Biblioteca  Escurialense  consérvase,  como  oro  en  paño,  una  ver- 
sión castellana  del  siglo  xvi,  dedicada  al  Príncipe  D.  Carlos,  por  su  criado 
Miguel  Clemente.  El  del  Puñal,  fué  no  sólo  dado  á  los  estudios,  sino  que 
pulsó,  con  delicadísima  mano,  el  laúd  y  aspiró  al  lauro  del  historiador. 
Sus  Memorias  son  una  autobiografía,  caracterizada  por  la  severa  senci- 
llez que  distingue  el  Comentario  del  Conquistador  de  Mallorca;  y  en  ellas 
está  admirablemente  retratado  el  carácter  de  aquel  monarca,  que  pa- 
rece un  anuncio  de  Fernando  V.  Lo  que  no  encontraréis  en  las  páginas 
del  Ceremonioso  es,  la  ruda  ingenuidad,  la  franqueza  bellísima,  que 
cautivan  en  Mossén  Diego  Valera,  en  Gonzalo  F.  de  Oviedo  y  en  el  Hero- 
doto  de  Peralada,  poeta  á  la  vez  de  musa  digna,  generosa  y  varonil, 
aguerrido  soldado,  Canciller  y  maestro  racional  en  Galipoli,  señor  y  al- 
caide en  Gerba,  que,  solitario  en  la  alquería  de  Giluela,  ciñendo  ya  mi- 
litares laureles,  tejió  para  sus  sienes  la  corona  de  oliva  de  las  artes  de  la 
paz:— Ramón  de  Muntaner.  La  sinceridad  de  los  libros  de  éste,  no  se 
halla  en  la  Crónica  de  D.  Pedro;  ni  tampoco  es  la  soberanía  de  la  ver- 
dad, tan  plena  en  ésta  como  en  aquéllos. 

Sí;  el  celo  de  la  verdad,  no  animaba  de  igual  modo  al  pérfido  y  gran 
rey,  que  al  autor  de  la  famosa  presichanza  á  D.  .Taime  II  y  D.  Alfonso, 
en  1324.  Mil  ejemplos  podrían  citarse  pai-a  probarlo  y  entre  ellos  éste: — 
la  nota  de  impío  lanzada  sobre  Alfonso  X  por  Colmenares,  en  su  Historia 
de  Segovia,  y  por  Zurita,  y  aceptada  por  el  P.  Mariana  y  el  P.  Feijoo, 
obra  fué  de  D.  Pedro  IV,  según  ha  demostrado  el  Marqués  de  Mondéjar, 
y  obra  que  ha  amargado  no  poco  los  manes  del  más  sabio  de  los  reyes 
de  Castilla,  ya  vindicado  de  injustas  é  ignorantes  acusaciones;  en  cuya 
tarea  han  tenido  no  pequeña  parte,  Nicolás  Antonio,  Velázquez,  Sar- 
miento, Rodríguez  de  Castro  y  Amador  de  los  Ríos. 

Pero  Miguel  Carbonell,  poeta  y  traductor  ó  imitador  de  la  Danza  ge- 
neral de  la  Muerte,  olvidado  por  el  insigne  Torres  Amat  en  su  Dicciona- 
rio, en  su  obra  Chroniques  de  Kspanya,  incluyó  la  de  D.  Pedro  el  Cere- 
monioso desnatui-alizándola.  El  distinguido  literato  D.  Antonio  BofaruU 
lo  ha  demostrado  así,  en  la  introducción  que  precede  á  su  Crónica  del 
rey  de  Aragón  D.  Pedro  IV  el  Ceremonioso  ó  del  Punyalet,  escrita  en  lemo- 
sín,  mejor  dicho  en  catalán,  por  el  mismo  monarca (Barcelona,  1850). 

D.  Pedro  cultivó  también  el  mirto  de  los  trovadores.  Sus  versos,  guar- 
dados se  hallan,  en  ese  sancta-sanctorum,  que  éb  llama  Archivo  de  la 
Corona  de  Aragón;  y  son  peregrina  muestra  del  sentido  didáctico  de  la 


348 

poesía  erudita  de  entonces,  y  testimonio  de  que  el  Rey,  pertenecía  ñ  la 
Escuela  de  Tolosa.  Amat,  Bouterwek  y  Latassa,  nos  dan  cuenta  de  ellos 
y  asimismo  de  la  carta  dirigida  por  D.  Pedro  á  su  hijo  D.  Martín,  remi- 
tiéndole tres  cables.  D.  Pi'óspero  Bofarull  dio  á  conocer  las  poesías  del 
Ceremonioso,  en  pliegos  litografieos,  en  1828,  y  más  tarde  publicáronse, 
en  la  Colección  de  docninenios  inéditos  del  Archivo,  por  uno  de  los  biblió- 
filos mñs  doctos  de  España,  ;'i  quien  tanta  gratitud  debe  el  renombre  del 
vate  catalán  y  castellano  y  prosista  latino,  Carbonell. 

De  la  decisión  de  D.  Pedro  el  del  Puñal,  en  pro  del  impulso  de  que 
fueron  partidarios  el  Vengador  de  Coradino,  el  Conquistador,  y  el  héroe 
de  las  Navas,  mártir  en  Muret,  tenemos  la  prueba  más  gallarda,  en  el 
Diccionario  de  Rimas,  que  de  su  orden  escribió  Jaime  March,  cuyo  ma- 
nuscrito original,  propiedad  un  día  del  hijo  de  aquel  loco  sublime,  que 
engarzó  un  mundo  en  la  corona,  en  que  ya  lucía  el  sol,  entre  sus  dia- 
mantes, hállase  entre  lo  que  resta  de  la  Biblioteca  de  Fernando  Colón, 
en  la  hermosa  catedral  sevillana.  Léese  en  el  Códice:  — «esíe  libro  costó 
ansi  encuadernado  doce  dineros  en  Barcelona  por  Junio  de  Í336,  y  el  du- 
cado vale  quinientos  ochenta  y  ocho  dineros. 

JuanL— D.  Jíúme  e\  Conquistador  innugnrii  aquel  período  de  más  de 
dos  siglos,  en  que  él  escribe  sus  Memorias,  con  sencillez  embelesadora 
y  con  el  sentido  moral  más  elevado,  el  libro  de  la  Sauiesa,  que  es  la  pá- 
gina más  hermosa,  que  nunca  ha  inspirado  el  corazón;  en  que  Munta- 
ner  pulsa  la  lira  para  conseyllar  son  senyor  en  tot  co  que  pusca  de  bé  y  cor- 
ta su  pluma,  con  el  cuchillo  ahnogávar,  para  recrearnos  con  originali- 
dades, como  la  coronación  de  Alfonso  IV  y  con  su  épica  crónica,  que  es 
un  dechado  de  naturalidad  y  gracia;  en  que  el  erudito  y  circunspecto 
Desclot  produce  las  graves,  sobrias  é  hidalgas  páginas  de  las  Conquestes 
de  Catalunya  y  sus  monumentos  históricos  Marsilio  y  Puigpardines  y  el 
Ceremonioso;  en  que  viven  Arnaldo  de  Vilanova  y  Raimundo  Lulio;  en 
que  Francisco  Ximénez,  el  obispo  de  Elna,  inmortalízase  por  su  Chris- 
tid,  Martorell  por  Tirante  el  Blanco,  Vidal  de  Besalú  por  la  Dreita  manera 
de  trovar,  Mafre  Ermengaut  por  el  Breviari  de  Amor,  Vidal  de  Caslelnou- 
dary  por  su  Guillermo  de  Barre,  que  conocemos  por  las  vigilias  de  Pablo 
Mayer;  en  que  el  Rabbi-Jahudáh-ben-Astruh  extiende  la  influencia  di- 
dáctico-simbólica  en  Cataluña,  con  sus  Farautes  des  Savis;  y  en  que  los 
poetas  se  llaman  Jaime  Febrer,  Domingo  Mascó,  x^nversó  y  Jaime  March 
que  instituj'eron  (á  los  dos  últimos  me  refiero)  en  Barcelona,  la  Acade- 
mia de  los  Juegos  florales,  bajo  los  auspicios  de  D.  Juan  I,  tan  amador 
de  la  ciencia  gaya  ó  gaudiosa.  De  este  noble  Coimstorio  de  la  Gaya  ciencia 
fué  mantenedor,  en  su  primera  restauración,  el  Marqués  de  Villena,  uno 
de  los  hombres  más  grandes  de  la  historia  de  España;  como  que  con 
justicia  ciñe  la  coi-ona  de  Minerva  y  la  tejida  por  Apolo,  con  el  laurel 
de  Dafnis.  Se  ha  dicho,  refiriéndose  al  Arte  de  trovar  de  este  insigne  ama- 
dor de  la  poesía  de  Provenza,  que  D.  Juan  I  solicitó  permiso  del  monarca 
francés,  por  medio  de  lína  embajada  solemne,  para  que  dos  naantene- 
dores  de  la  Academia  de  Tolosa,  viniesen  á  Barcelona,  á  establecer  un 


349 

Consistorio,  á  imagen  y  semejanza  del  de  la  ciudad,  en  cuj'o  limpio  cie- 
lo, se  cortaron  las  mantillas  de  seda  de  alguna  de  las  literatui-as  moder- 
nas, y  en  la  que  los  vates  disputaban  con  alegría  de  corazón,  la  violeta  de 
oro.  Ningún  documento  cita  D.  Enrique,  en  apoj'o  de  su  afirmación  so- 
berana, y  en  los  conocidos,  incluso  en  el  diploma  dado  por  el  Amador 
de  la  gentileza  á  los  poetas  Anverso  y  Jaime  March  nombrándolos  maes- 
tros y  defensores  de  la  Gaya  doctrina,  no  se  menta  la  embajada.  Mas  sea 
verdad  ó  no,  lo  que  sí  lo  es,  que  en  el  ocaso  del  siglo  xiv,  protegido  por 
D.  Juan  I,  establecióse  en  liarcelona  un  Consistorio,  fiel  remedo  de  aque- 
lla Gaya  conipanya  de  Trobadors  de  Tolosa,  de  la  que  fué  iniciador  y  fun- 
dador principal  quizás,  aquel  Ramón  de  Vidal  de  líesalú  que,  como 
nuestro  buen  Arcipreste  de  Hita,  salpicó  sus  versos  de  picantes  apólogos. 
Alfonso  II,  el  Casto!.  Pedro  el  Católico!,  Jaime  el  Conquistador!,  Pedro 
el  Grande!,  Pedro  el  Ceremonioso!,  D.  Juan  I!;  lie  aquí  seis  monarcas 
aragoneses,  á  los  que  deben  gratitud  el  laúd  de  marfil  que  sonase  en  las 
márgenes  del  río  que  da  cuna,  palacio  y  sepulcro  íle  diamante  á  la  más 
sentimental  de  las  flores  y  el  parlar  gent  de  Tolosa,  sirviéndome  de  la 
frase  de  Cardinal.  Sus  nombres  merecen  ser  recordados  con  cariño,  en 
Arles,  donde  quizás  tuvo  el  dante  una  de  sus  visiones  más  sublimes  y  se 
encontró  la  Venus  que  ha  dado  á  conocer  los  celos  á  las  de  Milo  y  Me- 
diéis; en  Nimes  que  tiene,  entre  otros  atractivos,  el  de  su  bellísimo  colo- 
seo;  en  la  falda  del  Yantur;  en  las  colinas  poetizadas  por  tradiciones, 
cual  la  de  la  Culebra-Hada  y  la  Culebra  de  Oro;  en  la  peña  de  Baus;  en 
las  orillas  del  Carona  y  del  Ródano  que  alumbra  el  sol  de  rosa,  de  topa- 
cio y  de  púrpura,  según  las  horas  del  día,  que  esmalta  en  Tolosa,  las  to- 
rres de  S.  Saturnino  ó  las  de  la  iglesia  de  la  Daurade  que  sirve  de  tumba 
á  Godolín  y  á  Clemencia  y  que  alumbra  todo  ese  país,  de  que  es  adora- 
dor, un  joven  á  quien  el  porvenir  guarda  la  corona  de  gran  poeta,  que 
obtendrá,  perseverando  en  su  propósito  de  inerecerla.  Aludo  á  mi  cari- 
ñoso amigo  Emilio  Alfaro,  que  con  pincel  tan  brioso,  ha  pintado  la 
muerte  de  D.  Pedro  II,  en  aquel  Guadalete  de  la  Historia  de  Provenza, 
que  se  llama  combate  de  Muret. 

Pág.  38,  Fuero  de  Calatayud.— Acredítanos  la  existencia  de  una  pobla- 
ción hebrea,  en  la  margen  más  célebre  del  Jalón.  Compruébanlo  precio- 
sos documentos,  que  Amador  de  los  Ríos  exhibe,  en  su  monumental 
Historia  de  los  Judíos.  Cenac  de  Monean,  considera  á  Calatayud  (Cálat- 
al-Yehud)  como  de  origen  hebreo,  significando  su  nombre,  Castillo  délos 
Judíos.  Los  historiadores  y  geógrafos  árabes,  suponen  mahometano  á 
Calaát  Ayub  6  bien  sea  al  Castillo  de  Ayub. 

El  Fuero  que  motiva  esta  nota,  tiene  deuda  de  agradecimiento,  no  me- 
nor, que  con  el  malogrado  Sánchez  Ruano  y  el  de  Salamanca,  con  don 
V.  Lafuente,  uno  de  los  hombres  que  más  han  ilustrado  en  este  siglo, 
el  nombre  de  Aragón. 

Pág.  76,  Fr.  Luis  de  Aliaga.— El  más  activo  y  discreto  de  los  bibliófilos 


350 

modernos,  D.  Bartolomé  J.  Gallardo,  juntando  las  poesías  del  maldicien- 
te Villainediana,  que  se  referían  al  antiguo  Inquisidor,  después  de  ha- 
ber leído  y  releído  el  Quijote.,  sospechó  que  Aliaga  pudiese  ser  el  encu- 
bierto Avellaneda.  El  amor  propio  de  los  doctos,  venía  picado  desde  el 
siglo  anterior  y  ya  Pellicer,  había  desembrozado  el  camino,  persiguien- 
do la  clave  del  enigma.  La  curiosidad  quedó  satisfecha  muy  luego.  Don 
Adolfo  de  Castro,  ya  eií  1848.  pronunció  el  nombre  del  Confesor  de  Fe- 
lipe III,  como  sinónimo  de  Avellaneda  y  atribuyó  el  descubrimiento,  no 
sin  que  Gallardo  se  agraviase,  íx  Cavaleri.  Como  D.  Cayetano  Rossell, 
D.  Aureliano  Fernández  Guerra,  en  su  biografía  del  P.  Aliaga  dice  y  lo 
razona,  que  el  audaz  que  osó  continuar  el  más  original  de  los  libros,  fué 
el  famoso  aragonés,  que  Quevedo  juzgó  y  retrató  de  mano  maestra  y  del 
que  nos  dan  noticias.  Cabrera  de  Córdoba,  Blasco  de  Lanuza,  Ballester 
y  D.  Ignacio  Camón,  á  quien  debemos  unas  Memorias  literarias  de  Za- 
ragoza . 

Los  eruditos  más  respetables,  señalan  hoy  con  seguridad,  los  pasajes 
de  Aliaga  y  de  Cervantes,  que  explican  y  comprueban  la  observación  ó 
conjetura  indicada. 

Pág.  lOG,  nota;  Cansos  de  la  crozada  contra  'Is  erejes  d'  Albegés. — Mu- 
cho se  ha  discutido,  acerca  de  quién  sea  el  autor  de  este  poema,  que 
me  atreveré  á  llamar  carlovingio,  por  su  ritmo  y  por  su  forma  narrati- 
va y  descriptiva.  Raynouard,  dando  crédito  á  lo  que  la  canción  dice,  en 
su  comienzo,  lo  atribuye  á  Guilhen,  un  cler  que  fo  en  Navarra,  á  Tudela 
noirit,  pois  vint  á  Montalbá. 

Fauriel  asegura,  que  el  autor  nació  en  la  comarca  meridional,  exten- 
dida entre  el  Pirineo  y  el  Ródano;  Campillo  sostiene,  que  fué  español; 
Milá  sospecha,  que  fué  un  tal  Guillermo,  trovador  errante,  hijo  de  Es- 
paña, oriundo  de  Gascuña  y  establecido,  en  un  barrio  franco,  de  Tude- 
la quizás;  j'  Pablo  Meyer,  ha  pronunciado  la  última  palabi-a  en  esta  cues- 
tión, probando,  que  la  parte  primera  del  poeiiía  es  obra  de  Guillermo  de 
Tudela,  familiar  del  Conde  Balduino;  y  que  la  segunda  es  obra  de  un 
trovador  tolosano  incógnito, 

Pág.  155,  La  Gran  Conquista  de  Ultramar. — «El  reverso  de  D.  Alfonso 
el  Sabio  fué  D.  Sancho  el  Bravo,  su  hijo.  Sus  dos  nombres  los  califican. 
Faltóle  al  padre,  la  bravura  que  al  hijo  le  sobraba:  hubiera  hecho  mu- 
cha falta  al  hijo,  una  parte  siquiera  de  la  sabiduría  del  padre».  Quéjase 
con  justicia,  el  insigne  Amador  de  los  Ríos,  de  que  el  no  menos  insigne 
Lafuente,  llame  indocto,  al  fundador  de  la  gloriosa  Universidad  de  Al- 
calá, siendo  monumentales  las  producciones  escritas  por  la  pluma  de 
oro  de  Sancho  IV  ó  traídas  al  habla  de  Castilla,  por  su  mandato.  Una  de 
éstas  es,  la  Grand  Conquista  de  Ultramar,  que  casi  todos  los  historiadores 
suponen  publicada,  con  el  nombre  del  más  sabio  y  desventurado  de  los 
Reyes.  La  Acadeinia  de  la  Historia,  en  un  Informe  luminosísimo,  la  ad- 
judicó al  hijo  de  D.a  Violante,  de  acuerdo  con  lo  que  se  lee  en  los  códi- 
ces más  viejos  y  en  el  manuscrito,  que  con  solicitud  se  guarda,  en  la  Bi- 


351 

blioteca  Nacional  y  que  es  coetáneo,  ó  muj'  poco  posterior  á  D.  Sancho. 
Dada  esta  circunstancia;  dado  que  en  las  páginas  de  D.  Alfonso,  no  hay 
alusión  alguna  á  la  citada  obra  y  sí  en  el  Libro  de  los  Castigos;  es  innega- 
ble, que  fué  familiar,  antes  de  1292,  al  rebelde  sucesor  del  Conquistador 
de  Murcia,  la  Estoria  de  Ultramar,  conocida  después,  por  el  título  de 
Grand  Conquista;  en  cuyo  trazado  entraron  muchas  tradiciones  romances- 
cas de  diversa  índole,  la  Historia  de  Guillermo  de  Tiro,  el  Speculum  de 
Beauvais,  del  que  S.  Luis  regaló  un  precioso  ejemplar  á  D.  Alfonso,  la  Cró- 
nica turpina,  declarada  auténtica  por  Calixto  II,  según  Tiraboschi,  y  tra- 
ducida al  francés,  ya  en  tiempos  de  Felipe  Augusto,  por  Miguel  de  Harnes. 

Esto  no  obstante,  hay  en  la  obra  originalidad,  ya  que  no  alteza  histó- 
rica, como  Puimaigre  ha  demostrado.  Original  es  el  Caballero  del  Cisne 
y  en  el  Godofredo,  son  tan  visibles  las  líneas  y  el  contorno  del  que  pin- 
tara el  Tasso,  como  lo  sean,  en  el  Giotto,  los  delineamientos  del  genio 
rafaélico. 

La  Grand  Conquista  de  Ultramar  es  una  prueba  del  esplendor,  á  que 
merced  al  sabio  hijo  de  S.  Fernando  llegó  la  lengua,  envíos  días  de  Don 
Sancho.  Y  para  no  manchar  plagiándolas,  las  páginas  que  Amador  de 
los  Ríos  consagra  á  esta  obra,  en  la  suya  monumental,  las  recomiendo 
al  lector. 

Pág.  173,  La  Coronilla.— Esta  despreciativa  frase,  inventada  quizás  por 
algún  émulo  del  Tanto  monta,  deseoso  de  que  se  olvidara  que  Aragón 
trajo  en  sus  nupcias  con  Castilla,  pingüe  dote  de  reinos  y  mares,  no  goza 
ya  del  favor  público.  La  unión  de  los  dos  reinos,  es  universalmente  juz- 
gada, como  providencial. 

Pág.  254,  Coplas  de  Mingo  Revulgo. — En  favor  de  la  paternidad  de  Ro- 
drigo Cota,  no  son  muy  sólidas  las  razones  alegadas;  y  la  condición  de 
converso  de  éste,  su  fama  de  relapso  y  la  acritud  con  que  se  trata  en  las 
Coplas  á  los  judíos,  no  hacen  muy  verosímil  que  el  autor  de  ellas,  sea  el 
personaje  indicado.  Así  opinan  críticos  muy  sesudos.  No  ha  faltado  quien 
haya  atribuido  tan  amarga  composición,  al  Ennio  español,  Juan  de 
Mena.  El  Cronista  y  Secretario  de  cartas  latinas  de  D.  Juan  II,  murió 
años  antes  de  que  aquélla  fuese  escrita.  El  P.  Mariana,  refiriéndose  á 
Hernando  del  Pulgar  dice,  «trovó  unas  coplas  muy  artificiosas  que  lla- 
man de  Mingo  Revulgo,  en  que  calla  su  nombre  por  el  peligro  que  le  co- 
rriera, etc.»  Sarmiento,  aludiendo  al  Secretario  de  los  Reyes  Conquista- 
dores de  Granada,  Comentarista  de  las  Coplas,  indica,  que  «sólo  el  poeta 
se  pudo  comentar  á  sí  mismo,  con  tanta  claridad,  y  no  otro  alguno,  y 
sólo  el  comendador  pudo  haber  compuesto  aquellas  coplas». 

El  Sr.  Amador  de  los  Ríos  cree,  que  es  un  misterio,  en  la  historia  de 
la  Literatura,  el  nombre  del  autor,  que  con  tal  ingenio,  satirizó  la  corte 
corrompida  de  D.  Enrique  el  Impotente  y  censuró  á  la  España,  que  coa 
punible  mansedumbre,  sufría  los  escándalos  del  trono. 


352 


He  terminado  mi  tarea,  que  no  ha  sido  otra,  que  la  de 
ordenar  los  vocablos,  contenidos  en  la  primera  edición  de 
este  Diccionario,  teniendo  á  la  vista  un  ejemplar  impreso, 
abundante  en  adiciones  de  letra  del  autor;  y  los  contenidos 
en  un  cuaderno,  que  encontróse  entre  los  papeles  de  éste 
y  en  cuya  pi'imera  hoja  se  lee,  Apéndice  para  enriquecer  la 
segunda  edición  del  Diccionario  de  voces  aragonesas  publi- 
cado en  1859  por  D.  Jerónimo  Borao.  (Vocabulario;  más  de 
mil  voces  de  aumento).  En  la  Introducción  se  han  hecho  las 
adiciones  y  enmiendas  que  Borao  apetecía  y  que  dejó  con- 
signadas, en  el  aludido  ejemplar  impreso  y  en  un  manus- 
crito, que  la  familia  del  eminente  catedrático  proporcio- 
nase, á  la  Comisión  encargada  de  la  parte  directiva  de  esta 
Biblioteca. 

En  el  Prólogo  que  precede  á  este  libro,  no  pretendo  ofre- 
cer novedades.  Ni  cómo! 

La  filología  crítica  es  una  ciencia  nueva,  muy  difícil  en 
todas  partes  y  principalmente  en  nuestra  atmósfera  de  vida: 
el  horizonte  de  sus  indagaciones  ha  crecido:  sus  problemas 
enlázanse,  con  los  más  altos  de  la  filosofía  y  la  historia:  sus 
estudios,  de  tendencias  las  más  severas,  rechazan  las  indó- 
mitas fantasías.  La  filología  crítica  y  la  filología  compara- 
da, han  enlazado  de  tal  suerte  la  existencia  espiritual  de 
las  edades,  que  la  lengua  Eva,  ya  nos  satisfacemos  con  que 
lo  sea  la  helénica,  ni  la  latina,  ni  la  Zend,  ni  la  sánscrita, 
ni  la  védica;  y  sus  arrogancias  son  tales,  que  han  osado  as- 
pirar á  reconstruir  los  idiomas  primitivos  del  Asia. 

Laboriosas,  con  una  laboriosidad  incansable,  ellas  han 
dado  relieve  material  á  las  enseñanzas  de  la  Metafísica,  y 
de  la  Filosofía  de  la  historia;  han  recogido  la  semilla  prime- 
ra de  las  lenguas;  viajan  sin  cesar  por  el  mundo  aryo,  por 
el  semítico  ó  por  el  indo-germánico;  si  llegan  á  un  sitio  en 
el  que  la  erudición  no  se  atreve  á  pasar  adelante,  toman  la 
razón  por  guía  y  tienden  el  cable  de  la  hipótesis  científica; 

y renuncio  á  continuar,  porque  la  enumeración  de  sus 

merecimientos,  sería  interminable.  Elevadas  la  filología  y 
la  lingüística  á  la  categoría  de  ciencias,  nos  han  pagado 
tan  merecida  honra,  reconciliando  la  historia  moderna  Cun 
la  historia  de  la  madre  del  hombre,  de  la  que  éramos  hijos 
de  maldición  por  el  exclusivismo  greco-romano.  Con  la  sin- 
ceridad propia  de  mi  carácter  declaro,  que  mi  cabeza  no  es 


353 

tan  firme,  que  pueda  contemplar  esas  alturas,  sin  sentir 
vértigos.  Gracias  si  tengo  ingenio  para  comprender,  el 
grande  de  un  Leipsius,  de  un  Schvvartz,  de  un  Bunsen,  de 
un  Benfey,  de  un  Gesenius,  de  un  Furst;  gracias  si  para 
admirar  el  de  indianistas  como  Pictet,  Colebroock  ó  Raw- 
lison;  gracias  si  para  saber  que  Julien,  Max,  MuUer  y  Enli- 
cher  han  consagrado  al  estudio  de  la  Gramática  china,  ho- 
ras que  nunca  serán  bastante  bendecidas;  gracias  si  para 
pedir  la  palma  de  oro  que  merecen,  los  Lenormant,  Dunc- 
ker;  Fick,  Bournouf,  Ovelacque,  Glaire,  Regnier,  Littré, 
Diez,  Gayangos,  Moreno  Nieto,  los  filólogos  en  suma,  que 
han  convertido  en  ciclo-maestro,  el  aun  no  cerrado  de  la 
Edad  Moderna. 

Lo  escaso  y  vulgar  de  mis  estudios  sólo  me  ha  consenti- 
do repetir,  y  no  bien,  antiguos  juicios  para  refrescar  anti- 
guas impresiones. 

Y  al  soltar  la  pluma  y  dar  gracias  á  Dios,  que  me  ha  per- 
mitido terminar  mi  faena,  me  pongo  al  amparo  de  ese  ami- 
go oculto  que  se  llama  público,  benévolo  á  fuer  de  ilustra- 
do, con  los  grandes  deseos  y  la  buena  voluntad. 

Zaragoza  29  de  Diciembre  de  1884. 

F.  S.  Y  G. 


-^^^N^— 


Colección  de  voces  usadas  en  la  Litera 

AUTOR 

D.  Benito  Coll  y  Altabas  ^^^ 


A 

Abarballado.  Macollado.  Se  emplea  esta  voz  para  designar 
el  estado  de  los  cereales,  cuando  después  de  sembrados  y 
nacidos  arrojan  numerosos  hijuelos  ó  tallos. 

Abarballar.  Macollar. 

Abocar.  Es  un  sistema  de  renovar  y  perpetuar  las  viñas  di- 
ferente del  de  amugronar,  aunque  tienen  mucha  seme- 
janza. Abocar,  es  soterrar  toda  la  cepa  vieja,  dejando  al 
descubierto  las  puntas  de  dos  ó  más  sarmientos,  destina- 
dos á  formar  nuevas  cepas  y  cubrir  faltas. 

Abozo.  Planta  de  la  familia  de  las  liliáceas,  que  crece  en  te- 
rrenos pobres.  En  algunos  países  la  utilizan  para  alimen- 
to de  los  cerdos. 

Abracamontes.  Se  dice  asi  á  la  persona  que  nunca  se  sacia 
de  adquirir  tierra. 

Abragonar.  Abrahonar. 

Abriojos.  Planta:  Abrojos. 

Abrir  ventana.  Se  usa  esta  dicción  cuando  empieza  á  clarear 
ó  rasgarse  un  nublado  compacto. 

Abunegar.  Estrujar. 

Abuquecer.  El  acto  de  cubrir  el  macho  cabrio  á  la  hembra. 

Aoabacasas.  Dilapidador,  manirroto. 

Acelgueta  de  monte.  Planta:  Beta  mar itima. 

Acierro.  Pequeña  porción  de  tierra  que  queda  sin  remover 
por  el  arado,  entre  surco  y  surco,  á  consecuencia  de  la 


(1)    Premio  en  los  Juegos  Florales  de  Zaragoza  (Certamen  de  1901). 


n*  A 

impericia  del  gañán  ó  inseguridad  en  la  marcha  de  la 
yunta. 

Acó.  Hoyo  ó  recipiente  destinado  á  recibir  el  vino  cuando 
sale  del  lagar. 

Acomodo.  Significa  esta  voz,  generalmente,  matrimonio,  y 
en  muchas  ocasiones  se  aplica  á  las  personas  que  lo  van 
á  contraer.  Así  se  dice:  «Fulano  es  buen  acomodo;  pero 
Mengana  es  mal  acomodo»  ^. 

Acoplador.  Cadena,  cuerda  ó  correa  que  sirve  para  acoplar, 
ó  sea  para  unir  las  cabezas  de  dos  muías,  caballos  ó  bue- 
yes, para  que  vayan  iguales. 

Acorronado.  El  que  ha  llevado  á  efecto  la  acción  de  acorro- 
narse. 

Acorronarse.  Acercar  la  cabeza  al  regazo  de  otra  persona 
buscando  calor,  amparo  ó  cariño. 

Acurrupirse.  Encogerse. 

Adobamelígos.  Se  dice  á  la  persona  exageradamente  oficiosa 
y  entrometida  que,  sin  ser  solicitados  sus  servicios,  toma 
á  empeño  aliviar  las  penas  y  males  ajenos. 

Adotar.  Dotar  2. 

Aflamarse.  Secarse  la  mies  antes  de  la  granazón  á  conse- 
cuencia de  vientos  abrasadores  ó  calor  excesivo. 

Afrentacavadores.  Hierba  que  se  cría  en  abundancia  en  las 
tierras  de  labor  mal  cultivadas. 

Agrienco.  Sabor  ácido  que  tienen  algunas  cosas.  H  Se  aplica 
también  esta  voz   al  vino  que  empieza  á  agriarse. 

Aguabcsante.  Declive  ó  vertiente  de  una  colina  ó  de  un 
monte. 

Agualera.  Rocío. 

Aguas  cordiales.  Cocimiento  de  ñores  de  malva,  malvavisco, 
manzanilla  ú  otras  hierbas  medicinales. 

Aguas  mansas.  Se  dice  así  al  hombre  que,  al  parecer,  es  in- 
ofensivo é  incapaz  de  hacer  daño  á  nadie  y,  sin  embargo, 
sabe  hacer  todo  lo  contrario,  si  se  le  obliga  ó  instiga. 

Agullada.  Aguijón  empleado  para  hacer  andar  á  los  bueyes. 

Ajaceite.  Véase  Ajolio  en  el  Diccionario  de  Borao. 

Ajesús.  Abecedario.  Este  es  el  sentido  de  esta  voz,  como  pue- 
de verse  en  el  siguiente  cantar,  muy  común  en  los  pue- 
blos de  la  Litera: 

Estudiante  quise  ser, 
¡Se  me  puso  en  la  cabeza! 
Y  no  hi  podido  aprender 
De  la  ajesús  ni  una  letra. 

(En  Monzón  se  dice  La  Jesús). 
Ajo  de  bruja.  Especie  de  ajo  silvestre. 


A  III* 

Ajuela.  Azuela,  empleada  por  los  carpinteros  y  carreteros. 

Ajuelo.  Azuela  pequeña  que  llevan  los  gañanes  para  armar 
y  desarmar  los  arados  y  hacer  algún  ligero  remiendo. 

Ajuste.  Convenio  preliminar  á  los  capítulos  matrimoniales, 
en  el  cual  se  estipulan  los  bienes  que  los  contrayentes 
han  de  aportar  al  matrimonio,  y  las  bases  por  las  que 
ha  de  regirse  la  sociedad  conyugal  3. 

Alantar.  Adelantar. 

Aibergena.  Berengena. 

Albezones.  Véase  Abozo. 

Alcaz.  Véase  Arcaz  en  el  Diccionario  de  Borao. 

Aldoba.  Duela. 

Aldredes.  Adrede. 

Aldula.  Adula. 

Aliga.  Águila. 

Aligóte.  Buitre. 

Almaempena.  Se  le  dice  asi  á  la  persona  que  habitualmente 
es  distraída,  indiferente  á  todo,  é  incapaz  de  impresio- 
narse por  nada. 

Almendreral.  Almendral. 

Alumbraría.  Luces  de  cirios  y  blandones  empleadas  en  los 
entierros. 

Alzaría.  Talla,  alzada,  elevación. 

Allanapastíllos.  Se  dice  á  la  persona  que  tiene  afán  de  com- 
poner todos  los  negocios  ajenos. 

A  medías.  Por  mitad. 

Amejorar.  Mejorar. 

Amejoras.  Mejoras. 

Amo.  Gallo  que,  en  un  corral  ó  gallinero,  se  le  destina  á  la 
reproducción  ó  conservación  de  la  especie. 

Amolar.  Fastidiar,  importunar*. 

Amollar.  Cejar,  ceder,  amoldarse  á  hacer  una  cosa  después 
de  haber  opuesto  resistencia. 

Amoroso.  Dadivoso,  espléndido,  generoso. 

Andalogio.  Nublado  tenue. 

Anglucla.  Glotonería. 

Anglucíón.  Véase  Anglucia. 

Anglucloso.  Glotón. 

Ansera.  Asa,  argolla. 

Antera.  Margen  ó  línea  plantada  de  olivos. 

Antíparte.  Aparte. 

Anadíenza.  Añadidura. 

Apa.  Se  usa  esta  voz  para  excitar  ó  mandar  que  se  levante 
al  que  está  sentado  ó  echado.  En  este  sentido  equivale  á 
la  palabra  castellana  «arriba». 

Aparatador.  El  que  aparata. 


IV"  ÁK 

Aparatan.  Exagerar,  ponderar  excesivamente  una  cosa. 

Aparatero.  Véase  Aparatador. 

Apargatas  de  fuego.  Se  emplea  esta  frase  para  denotar  la 
urgencia  ó  prontitud  con  que  debe  hacerse  una  cosa,  por 
ejemplo:  «Tu  padre  se  está  muriendo;  ya  puedes  ir  con 
apargatas  de  fuego  á  llamar  al  cura  y  ai  notario». 

Apargateta.  Juego  que  los  niños  hacen  con  sus  respectivas 
alpargatas. 

Apeada.  Llegada  oportuna  de  una  ocasión  que  se  espera. 

Apeadura.  La  primera  tierra  que  se  echa  en  el  fondo  déla 
hoya  para  sujetar  el  pie  del  árbol  que  se  planta.    • 

Apear.  Colocar  en  el  fondo  de  la  hoya  el  pie  del  árbol  ó  ar- 
busto que  se  va  á  plantar. 

Apedregar.  Apedrear. 

Apechar.  Apechugar.  Tener  ánimo  para  emprender  una 
cosa  difícil. 

Apollerar.  Cobijar. 

Aportellar.  Atraer,  reducir  ó  traer  á  camino  á  una  persona 
ó  á  un  animal  que  tiene  por  costumbre  huir. 

Apreciador.  El  que  aprecia  ó  tasa  oficialmente  el  daño  cau- 
sado en  fincas  rústicas  por  personas  ó  caballerías.  En 
este  sentido  se  usa  esta  voz  en  las  «Actas  del  Ayunta- 
miento de  la  villa  de  Binéfar»,  como  se  ve  en  la  corres- 
pondiente al  día  24  de  Febrero  del  año  1754. 

Apretar  fuego.  Incendiar. 

Arañuela.  Enfermedad  del  olivo,  producida  por  las  larvas 
del  insecto  Pspylia  ó  pulga  del  olivo,  las  cuales  chupan 
con  predilección  el  jugo  del  árbol  en  las  partes  más  tier- 
nas de  las  ramas,  promoviendo  una  extravasación  de  la 
savia,  viscosa  al  tacto  y  que  parece  una  ligera  capa  de 
algodón. 

Arco  de  San  Juan.  Arco  Iris. 

Argados.  Aparato  hecho  de  mimbres  y  compuesto  de  cuatro 
cestos  apareados  y  unidos  entre  si.  Se  usa  para  transpor- 
tar diferentes  objetos,  y  muy  especialmente  para  aca- 
rrear agua  poniendo  un  cántaro  en  cada  cesto. 

Aristero.  Corte  ó  herida  en  la  lengua  y  labios  de  las  caba- 
llerías, producido  por  las  aristas  de  las  espigas  al  comer 
la  paja. 

Armilla.  Abrazadera  de  hierro  que  sirve  para  sujetar  el  em- 
palme de  dos  piezas  de  madera.  Con  esta  significación  se 
emplea  esta  voz  en  las  «Cuentas  de  Propios  y  Común  de 
la  villa  de  Binéfar»  del  año  1798. 

Armoil.  Planta:  Atriplex  hortensis. 

Arnal.  Colmenar. 

Arnero.  Véase  Arnal. 


Arrastruzones.  Se  aplica  á  las  personas  y  cosas  que  son  lle- 
vadas arrastro.  ||  Vida  de  privación  y  pobreza  que  lleva 
alguna  persona. 

Arroz.  (Día  de  comer).  Día  de  gran  fiesta. 

Arrugado.  Mezquino,  miserable. 

Asolar.  Desgajar,  rajar. 

Asenjadura.  Matadura. 

Asprb.  Áspero. 

Asprura.  Aspereza. 

Astroligo.  Astrónomo. 

Atablarse.  Contratarse  por  un  precio  alzado  para  comer  en 
una  fonda,  posada  ó  casa  de  huéspedes. 

Au.  En  marcha.  H  Los  carreteros  emplean  esta  palabra,  re- 
pitiéndola dos  ó  más  veces  seguidas,  levantando  mucho 
la  voz,  para  animar  y  unir  el  esfuerzo  de  las  caballerías 
que  llevan  el  carro,  cuando  éste  ha  caído  en  un  atollade- 
ro ó  tiene  que  vencer  cualquier  otro  obstáculo  que  di- 
ficulta la  marcha. 

Aucar.  Motejar,  zaherir  ó  ridiculizar  á  una  persona  que  va 
de  paso. 

Avellerol.  Pájaro:  Abejaruco,  Merops  apiaster. 

Azurido.  Se  dice  á  quien  muestra  una  inclinación  extraor- 
dinaria hacia  una  persona  ó  cosa. 

Azurirse.  Desvivirse  por  una  persona  ó  cosa. 


Babada.  Barro  que  se  forma  en  la  superficie  de  la  tierra 
cuando  viene  el  deshielo. 

Bachillear.  Fisgonear,  entrometerse. 

Bachoca.  A  pesar  de  hallarse  esta  voz  en  el  Diccionario 
de  Borao,  la  incluyo  en  este  vocabulario  porque,  en  la 
Litera  y  gran  parte  del  Alto  Aragón,  tiene  acepción  dife- 
rente. Aquí  entendemos  por  bachoca  la  cápsula  ó  vaina 
de  todas  las  legumbres  cultivadas  ó  silvestres.  Como  prue- 
ba de  ello  citaré  el  refrán  que  dice:  «Cuando  la  aliaga 
ñorece,  el  hambre  crece;  y  cuando  bachoca,  á  todos  toca». 

Bachocar.  Golpear  con  un  palo  las  legumbres  secas  para 
desprender  los  granos  de  sus  vainas.  (En  Monzón  se  dice 
Desbachocar). 

Badallar.  Bostezar. 


VI*  B 

Badallo.  Bostezo. 

Bagaril.  Véase  Baga  en  el  Diccionario  de  Borao. 

Baje.  Caballería. 

Bajería.  Servicio  ó  prestación  de  bagajes. 

Baladrero.  Baladren. 

Baladronero.  Véase  Baladrero. 

Balsa  de  olivas.  Circuito  ó  redondel  donde  se  muelen  las 
olivas.  '' 

Baliuestros.  Despojos  del  pienso  de  paja  que  se  da  á  las  ca- 
ballerías. 

Baña.  Cuerno  convertido  en  alcuza,  donde  los  pastores  de- 
positan el  aceite  de  enebro  para  curar  ciertas  enferme- 
dades propias  del  ganado  lanar. 

Bandado.  Llanta. 

Banzo.  Bazo.  ||  Bacera. 

Barbillera.  Correa  estrecha  que  forma  parte  del  cabestro  y 
que  sirve  para  sujetarle  á  la  cabeza,  pasando  por  debajo 
de  la  mandíbula  inferior  de  la  caballería. 

Barboll.  Se  aplica  esta  voz  á  la  persona  que  habla  mucho, 
pero  sin  orden  ni  concierto. 

Barcina.  Caja  ó  bacía  de  madera  que  se  usa  en  los  molii, 
aceiteros  para  medir  el  pie  de  olivas. 

Barfolla.  Envoltura  ó  vaina  seca  de  las  legumbres  despi 
de  desprendidos  los  granos.  |I  Hollejo  de  las  uvas. 

Barilla.  Mandíbula  inferior.  Muchas  veces  se  usa  esta  vo/ 
en  plural  teniendo  el  mismo  significado. 

Barra  (Tener  buena).  Frase  que  se  aplica  á  la  persona  V   i 
animal  que  come  mucho. 

Barracudo.  Patituerto. 

Barras.  Disparador  ó  gatillo  de  las  armas  de  fue;.  '•.  K-V:   ■ 
tiene  diferente  acepción  en  el  Diccionario  de  í-' 

Barrastas.  Cabeza  ligera,  calavera. 

Barza.  Zarza. 

Barrosca.  Raspa  ó  escobajo  de  la  uva. 

Batatero.  Edificio  ó  aposento  que  tiene  abiertas 
de  par  en  par. 

Batallo.  Badajo,  lengua  de  una  campana. 

Bategar.  Hacer  surcos  profundos  alrededor  de  los  olivos, 
para  detener  cerca  de  éstos  el  agua  pluvial. 

Bayarte.  Véase  Balluarte  en  el  Diccionario  de  Borao. 

Bellugar.  Mo^  drse,  agitarse.  ||  Aplicarse  al  trabajo  ú  oficio  á 
que  uno  se  dedica.  ||  Mostrar  gran  actividad  en  busca  de 
negocios. 

Berra.  Hembra,  del  cerdo,  destinada  á  la  reproducción. 

Berro.  Berraco. 

Bezón.  Hermano  gemelo. 


B  vil* 

Blsagre.  Enfermedad  gnmulosa,  propia  de  los  solípedos. 

Blanquilla.  Planta  silvestre  de  la  fannilia  de  las  compuestas. 
Se  emplea  para  hacer  las  escobas  burdas  con  que  se  ba- 
rren las  eras. 

Sobón.  Buho. 

Bocatoba.  Persona  que  no  sabe  guardar  los  secretos. 

Bocazas.  Fanfarrón. 

Bochornera.  Bochorno  que  sopla  con  insistencia  y  gran 
fuerza. 

Bogal.  El  que  gustoso  se  presta  á  hacer  cualquier  servicio 
ó  trabajo.  ||  Dadivoso. 

Boguear.  Deslindar,  poner  hitos  para  separar  dos  términos 
ó  dos  heredades  5. 

Boiras.  Empleando  esta  voz  en  plural  significa  nubes.  En 
singular  tiene  la  acepción  que  Borao  le  da  en  su  Diccio- 
nario. 

Boja.  Manga  de  hierro  metida  en  el  centro  de  la  rueda  de 
un  coche  ó  de  un  carro,  y  á  la  cual  se  ajusta  el  extremo 
del  eje. 

Bolbegón.  Montón  de  grano  que  hay  en  la  era  después  de 
aventada  la  parva;  pero  que  aun  no  está  bastante  limpio 
y  necesita  darlo  de  nuevo  al  aire  antes  de  llevarlo  al  gra- 
nero. 

BoltOÓn.  Montoncillo  ó  conjunto  de  cosas  de  una  misma  es- 
pecie, dispuestas  confusa  ó  desordenadamente. 

Bolts  (Perder  el).  Perder  la  cabeza,  perder  el  juicio,  vol- 
verse loco. 

Bolito  de  tierra.  Juego  de  niños. 

Bolomaga.  Planta  silvestre  de  la  familia  de  las  leguminosas: 
Ononis  procurrens. 

Bolsota  (Hacer).  Recoger  y  guardar  cuidadosamente  los 
ahorros  ó  economías. 

Bomegar.  El  acto  en  virtud  del  cual  la  tierra,  el  suelo  ú  otra 
cosa  cualquiera,  escupen  ó  sueltan  el  agua  por  estar  ex- 
cesivamente saturados. 

Borohanco.  Palo  torcido  y  lleno  de  nudos  y  ramillas  á  me- 
dio desgajar. 

Bordizo.  Retoño,  especialmente  el  del  olivo. 

Borín.  Persona  inculta  y  de  maneras  toscas. 

Borraza.  Manta  de  cáñamo  que  se  tiende  debajo  déla  copa 
del  olivo  para  recoger  el  fruto.  ^' 

Bostrellada.  Bofetada. 

Bolear.  Retozar. 

Botico.  Boto  ó  pellejo  para  poner  vino  ó  aceite.  En  este 
sentido  está  escrita  en  la  condición  8  del  «Arriendo  del 
Abasto  de  carnes  de  la  villa  de  Binéfar»,  donde  se  lee: 

24 


VIII*  o 

« Que  tendrá  obligación  el  Arrendador  de  dar  al  Adnni- 

nistrador  del  molino  de  aceite  de  esta  villa,  una  cabruna 
de  macho  para  un  botico  de  cabida  de  cuatro  arrobas » 

Botinchado.  Hinchado.  ||  Amostazado,  amoscado. 

Botón  de  gato.  Una  variedad  de  uva  cuyos  granos  se  aseme- 
jan á  los  testículos  del  galo. 

Bozar.  Cegar,  obturar  ú  obstruir  algún  conducto. 

Bozaoalies.  Se  dice  a  la  persona  delgada  y  desmedrada  pero 
muy  vanidosa  en  sus  ademanes,  y  especialmente  en  la 
manera  de  andar. 

Bozo.  Morral  de  hierro,  correa  ó  cuerda  que  se  pone  á  los 
animales. 

Bracera.  Hierba  silvestre  de  la  familia  de  las  compuestas. 

Braguero.  Tetas  ó  mamas  (de  las  hembras  de  los  animales) 
cuando  están  llenas  de  leche;  asi  se  dice:  «Esta  yegua  tie- 
ne pequeño  el  braguero.  La  cabra  tiene  un  braguero 
muy  grande.  A  la  vaca  se  le  acaba  de  secar  el  braguero; 
etc.,  etc.» 

Bramar.  Rebuznar. 

Branquil.  Umbral.  ||  Poyo. 

Brazo.  Categoría  ó  clase  con  arreglo  á  los  intereses  ó  bie- 
nes que  una  persona  posee.  Así  se  dice  en  la  Litera  con 
harta  frecuencia:  «Fulano  es  poco  más  ó  menos  de  mi 
brazo;  para  mi  brazo  hago  más  de  Lo  que  puedo;  me  han 
cargado  la  contribución  más  de  lo  que  corresponde  á  mi 
brazo;  etc.,  etc.    - 

Brenca.  Brizna. 

Bribar.  Podar  árboles.  ||  Escardar  sembrados. 

Brien.  Mancha  blanca  y  escamosa,  en  la  piel,  que  tiene  cier- 
ta semejanza  con  el  herpe. 

Brocero.  El  que  es  poco  delicado  para  comer. 

Brullar.  Resaltar,  brillar. 

Budilio.  Intestino. 

Bufar.  Soplar. 

Bufido.  Soplo. 

Buina  Excremento  de  buey. 

Bullón.  Embudo  de  madera  que  se  pone  en  los  silos. 

Burcear.  Cornear. 

Burina.  Bureo. 

Burnear.  Remover,  hacer  avanzar  ó  retroceder  sólo  por  un  ex- 
tremo ó  costado,  un  sillar,  bloque  ó  cualquier  mole  pesada. 

Burniego.  Persona  de  corto  entendimiento  y  tenaz  en  el  sos- 
tenimiento de  sus  aberraciones. 

Burriciego.  Corto  de  vista,  miope. 

Burrofalso.  Juego  de  niños. 

Burzada.  Cornada. 


IX* 


Cabañero.  Borrico  que  va  con  las  cabanas  para  transportar 
el  hato,  ajuar,  ó  menaje  de  los  pastores. 

Cabarrudo.  Hombre  de  corta  inteligencia,  pero  muy  obsti- 
nado ó  terco  para  defender  su  opinión. 

Cabruna.  Piel  de  cabra  ó  de  macho  cabrio.  Véase  la  cláusu- 
la 8.a  del  «Arriendo  del  Abasto  de  carnes  de  la  villa  de  Bi- 
néfar»,  copiada  en  la  parte  que  nos  interesa  en  la  voz 

BOTICO. 

Cacinglo.  Semicírculo  ó  asa  de  madera  que  va  unido  á  un 
extremo  de  la  cincha,  para  que  corra  con  más  facilidad 
la  cuerda  de  ésta. 

Cacherulo.  El  pañuelo  que  los  hombres  llevan  liado  á  la 
cabeza,  en  Aragón.  Kii  el  Diccionario  de  Borao  tiene  esta 
voz  acepción  difei'onle. 

Cachilón.  Ponedor  ó  lugar  donde  las  gallinas  ponen  sus 
huevos. 

Cacholeta.  Espacio  comprendido  entre  las  piernas,  un  poco 
abiertas,  cuando  una  persona  está  sentada. 

Cadoiia.  Hoyo  ó  pequeña  cavidad  abierta  en  roca  viva  para 
recoger  agua  pluvial  ó  manantial. 

Cagacierro.  Escoria  del  carbón  mineral  quemado  en  las  fra- 
guas. 

Cagaleta.  Excremento  algo  duro  y  de  forma  más  ó  menos 
redondeada,  evacuado  por  ciertos  animales  como  la  ca- 
bra, la  oveja,  el  conejo,  la  rata,  etc. 

Cagalión.  Cagajón. 

Caganíu.  El  último  pájai'o  nacido  en  una  pollada.  ||  El  últi- 
mo hijo  nacido  en  una  familia  numerosa.  I|  Hombre  des- 
medrado y  raquítico. 

Caguerrina.  Cagalera. 

Cagigal.  Robledal. 

Cagigar.  Véase  Cagigal. 

Cagigo.  Roble. 

Calajera.  Calaje,  naveta. 

Calcear.  Cocear. 

Calcilla.  Media  sin  pie,  que  se  sujeta  por  la  parte  inferior 
mediante  una  trabilla  que  forma  parte  de  la  misma  media. 

Caliandra.  Calandria. 


Caltrizas.  Aparato  de  mimbres  muy  parecido  á  los  arga- 
dos; pero  con  la  diferencia  de  que  sólo  tiene  dos  cestos, 
y  por  tanto  son  mucho  más  grandes.  Las  caltrizas  tie- 
nen igual  aplicación  que  los  argados  si  se  exreptúa 
transportar  agua  con  cántaros. 

Calz.  Coz. 

Calzada.  Muro  de  poca  elevación  construido  de  piedra  tos- 
camente labrada,  que  sirve  para  impedir  la  entrada  de 
los  ganados  en  los  campos. 

Calzar  pocos  puntos.  Frase  que  se  aplica  á  la  persona  de  cor- 
to entendimiento. 

Camatón.  Tiene  esta  voz  en  la  Litera  diferente  sentido  del 
que  Borao  le  da  en  su  Diccionario.  En  esta  comarca  sig- 
nifica la  mitad  ó  tercera  parte  de  un  haz  de  leña,  ó  bien 
pequeños  montoncillos  de  leña  de  los  cuales  tomando  dos 
ó  tres  se  forma  un  haz. 

Cambrón.  Clavo  que  tiene  la  cabeza  formando  un  ángulo 
recto.  Esta  voz  se  encuentra  en  las  «Cuentas  de  Propios 
y  Común  de  la  villa  de  Binéfar»  correspondientes  al 
año  1798. 

Campana  (Tener).  Esta  frase  se  usa  para  significar  la  espe- 
ranza que  se  tiene  de  recuperar  ó  salvar  una  cosa  que 
se  creía  perdida,  ó  de  recobrar  la  salud  la  persona  ó  el 
animal  que  estaba  en  peligro  de  muerte. 

Campasolo.  Persona  que  vive  caprichosamente  y  sin  suje- 
ción á  nadie. 

Campo  blanco.  Tierra  sin  árboles  destinada  al  cultivo  de  ce- 
reales. Es  igual  que  tierra  blanca  y  tierra  campa.  Con 
igual  sentido  se  usa  en  las  «Actas  del  Ayuntamiento  de 
la  villa  de  Binéfar»,  como  puede  verse  en  la  correspon- 
diente al  20  de  Noviembre  de  1784. 

Canalla.  Muchachos.  |I  Hijos  pequeños.  Asi  se  dice:  «La  ca- 
nalla juega  sin  que  nunca  se  canse».  «Fulano,  toma  estas 
peras  y  dalas  á  tu  canalla». 

Canaula.  Collar  de  madera  del  que  pende  la  esquila  ó  cen- 
cerro que^se  pone  á  una  res. 

Canciones  (Á  truca  de).  Se  usa  esta  frase  para  indicar  la 
baratura  ó  bajo  precio  por  el  que  una  persona  ha  logrado 
adquirir  alguna  cosa. 

Candeleta.  Voltereta. 

Candirse.  Consumirse,  aniquilarse  poco  á  poco  el  cuerpo  de 
una  persona  ó  de  un  animal,  á  consecuencia  de  una  en- 
fermedad larga. 

Cantagailet.  Hierba  silvestre  de  la  familia  de  las  labiáceas. 

Cantaral.  Cantarera,  vasar  hecho  exclusivamente  para  la 
colocación  de  cántaros. 


c  xr 

Cañuda.  Espita,  canuto  ó  llave  de  madera  que  se  pone  en  las 
cubas  y  toneles  para  dar  salida  al  vino. 

Caperuz.  Moño  de  plumas  que  llevan  algunas  aves. 

Caperuzada.  Ave  que  lleva  caperuz. 

Capucear.  Riña  de  dos  personas  ó  de  dos  animales  que  van 
por  el  suelo  dando  volteretas. 

Caracola.  Tuerca. 

Carada.  Reconvención  áspera.  ¡|  Echar  en  cara  una  cosa. 

Caraliot.  Simple,  tonto,  corto  de  alcances. 

Carambelo.  Caramelo. 

Carapuerto.  Terreno  sombrío  y  expuesto  al  Norte. 

Carcañetas.  Cuclillas. 

Carmelar.  Véase  Carmenar  en  el  Diccionario  de  Borao. 

Carnicera.  Peso  de  tres  libras  aragonesas.  Se  emplea  espe- 
cialmente para  pesar  carne  y  pescado. 

Carnigüelo.  Planta  silvestre  de  la  familia  délas  compuestas. 
Las  gentes  pobres  lo  utilizan  como  ensalada. 

Carnistolendas.  Carnaval. 

Carnistoltas.  Persona  estrambótica  en  su  manera  de  hablar, 
de  obrar  y  de  vestir. 

Carnuz.  Carroña.  ||  Persona  sucia  y  desaseada. 

Carquiñol.  Pasta  compuesta  de  harina,  huevos  y  almendra 
picada  y  que  después  se  le  da  una  forma  especial. 

Carramatero.  Carretero. 

Carranca.  Pájaro  del  tamaño  de  una  tórtola. 

Garrasquizo.  Arbusto  parecido  á  la  carrasca,  por  sus  hojas  y 
fruto.  (En  Monzón  se  dice  así  á  los  retoños  de  la  encina, 
y  también  á  ésta  cuando  es  pequeña). 

Carráu.  Carraca. 

Carrerón.  Senda. 

Cascarrabias.  Persona  de  carácter  irascible. 

Cataplasmero.  Persona  que  teniendo  poco  mal  se  queja  mu- 
cho. II  Se  aplica  también  esta  voz  á  la  persona  que,  sin 
tener  verdadera  necesidad,  se  hace  aplicar  parches,  cata- 
plasmas, vendajes,  etc.  Borao  da  á  esta  palabra  significa- 
ción diferente. 

Catatricos.  Trastos,  baratijas. 

Cebada.  Avena. 

Cebadlo.  Campos  sembrados  de  ordio  y  avena.  Asi  se  dice: 
«Este  año  los  campos  de  trigo  están  buenos;  pero,  los  de 
cebadiOj  flojos>. 

Cegalleta.  Guiño. 

Cegalloso.  Blando  de  ojos. 

Celindrajos.  Harapos  hechos  jirones.  ||  Adornos  superfluos 
en  los  vestidos  de  las  mujeres. 

Oello.  Llanta. 


xii*  o 

Cencero.  Véase  Genero  en  el  Diccionario  de  Boroo  ^. 

Cenoilet.  Phinla  silvestre  que  se  cría  en  terrenos  de  mu- 
cho fondo  y  húmedos.  Los  campesinos  lo  utilizan 
como   aperitivo,   adobándolo   antes   con    agua,    vinagre 

y  sal. 
Centella.  Enfermedad  que  padece  el   trigo,  consistente  en 

secarse  las  espigas  antes  de  la  granazón. 
Centín.  Moneda  de  oro:  Centén. 
Cepo.  Cepa,  vid. 

Cercera.  Cierzo  que  sopla  con  gran  violencia. 
Cercharse.  Doblarse,  viciarse,  combarse  las  maderas. 
Cereiío.  Fuerte,  duro,  resistente.  Esta  voz  se  aplica  á  las  per- 
sonas, lo  mismo  que  á  los  animales  y  cosas  que  reúnen 

las  indicadas  condiciones. 
Cerol.  Balano. 

Cerolico.  Especie  de  ciruela  pequeña  '^. 
Cerolla.  Acerola. 
Cerolla  (Preto  como  una).  Se  aplica  esta  frase  á  la  persona 

tacaña,  miserable. 
Cetrll.  Vasija  de  barro  cocido  para  contener  agua,  y  que  se 

diferencia  de  la  jarra  por  tener  sólo  una  asa,  colocada  en 

la  parte  superior. 
Cibadiilo.   Enfei-medad  que  ataca  á  los  corderos  de   leche 

cuando  están  excesivamente  gordos. 
Cicoleta.  Acequia  de  muy  reducidas  proporciones. 
Cierro.  Golpe  que  se  da  con  un  palo  lanzándolo  con  fuerza. 

En  el  Diccionario  de  Borao  no  tiene  esta  acepción. 
Cincocientos.  Quinientos 
Cinglo  de  peña.  Yacimiento  de  roca. 
Cirigallo.  Persona  que  pasa  el  tiempo  yendo  y  viniendo  de 

un  punto  á  otro  sin  hacer  cosa  de  provecho. 
Cisclón.  Ciclan. 
Citera.  Aceitera,  alcuza. 
Civicón.  Una  parte  del  eje   de  los  antiguos  carros  y  galeras. 

En  este  sentido  se  ve  usada  esta  voz  en  las  «Actas  del 

Ayuntamiento  de  la  villa  de  Binéfar».  Véase   la   corres- 
pondiente al  29  de  Septiembre  de  1782. 
Clapa.  Mancha.  ||  Peladura.  Trozo  de  terreno  donde  no  ha 

nacido  la  semilla,  ó  se  han  muerto  las  plantas   después 

de  nacidas. 
Clapera.  Bache. 
Clavesillo.  Estaquilla  clavada  en  la  parte  central  del  yugo, 

para  colocar  en  ella  la  correa  que  sujeta  el   timón  del 

arado. 
Clota.  Hoya  destinada  á  plantar  algún  árbol  ó  arbusto. 
Clotar.  Abrir  ó  clavar  hoyas. 


o  xiir 

Clugidor.  Pójaro  muy  parecido  al  gorrión  por  su  color  y  ta- 
maño. Gorrión  triguero,  Emberiza  miliaria. 

Cochorro.  Planta  silvestre  y  de  fruto  espinoso. 

Codeta  de  rata.  Planta  silvestre  de  la  familia  de  las  gramí- 
neas y  del  género  Alopecurus. 

Coleta.  Planta  sivestre:  Silene  iujlata,  colleja. 

Collecas.  Acción  de  llevar  una  persona  á  otra  en  las  espal- 
das á  horcajadas. 

Comprometido.  El  que  ha  dado  palabra  de  casamiento. 

Comuna.  Servicio  ó  prestación  vecinal. 

Conco.  Solterón. 

Confrontanzas.  Limites,  linderos. 

Confuíanse.  Confabularse. 

Congrena.  Gangrena. 

Congrenar.  Gangrenar. 

Conortarse.   Conformarse. 

Coralet.  Guindilla.  j|  Persona  de  carácter  irascible. 

Corcollo.  Gorgojo. 

Corcomorlo  Murmullo. 

Corgallo.  Colgajo. 

Corita.  Persona  aplicada  y  económica  en  grado  superlativo. 

Cornillera.  Argolla  ó  abrazadera,  dentro  de  la  cual  gira  la 
parte  superior  del  armazón  de  algunas  puertas. 

Cornudeta.  Planta  silvestre  de  la  familia  de  las  cruciferas, 
que  tiene  la  legumbre  en  forma  de  cuerno  y  terminada 
en  punta  muy  aguda.  Crece  en  los  campos  sembrados  de 
cereales. 

Coroneta.  Planta  de  la  familia  de  las  cruciferas.  Sus  flores 
son  blancas  y  están  reunidas  en  capitulo. 

Corral  vadibol.  Corral  descubierto  en  las  casas  de  labranza. 

Correoso.  El  hombre  ó  el  animal  que  tiene  aguante  ó  resis- 
tencia para  el  trabajo. 

Correrse  la  romana.  Esta  frase  se  aplica  cuando  una  persona 
miente  ó  exagera  mucho  lo  que  dice. 

Corrotilla.  Corregüela,  Convolvulus  arvensis. 

Coscollo.  Coscoja,  Quercus  coccifera. 

Costalazo.  Costalada. 

Costera.  Cuesta.  En  el  Diccionario  de  la  Real  Academia  tie- 
ne acepciones  diferentes. 

Craba.  Una  de  las  variedades  del  caracol,  que  se  la  encuen- 
tra en  los  terrenos  de  secano,  especialmente  en  los  que 
están  vestidos  de  sosas  y  sisallos. 

Crabetas.  Caballete  sobre  el  cual  se  colocan  los  toneles. 

Crebaza.  Repliegue  ó  doblez  que  se  hace  en  la  piel  de  las 
extremidades  cuando  está  endurecida;  frecuentemente 
degenera  en  un  corte  ó  llaga  que  produce  un  dolor  in- 


XlV  v^ 

tenso.  La  crebaZa  es  muy  común  en  ki  gente  de  campo, 

por  el  calzado  tosco  que  usa  y  por  las  rudas  faenas  á  que 

se  dedica. 
Crencha.  Es  la  línea  divisoria  entre  el  declive  y  la  meseta  de 

un  cerro,  altozano,  cordillera,  etc. 
Crepón.  Rabadilla  de  las  aves. 
Crospis.  Coscorrón. 
Crosta.  Costra.  ||  Corteza  de  pan. 
Crostón.  Trozo  ó  canto  de  pan. 
Cruce.  Encrucijada. 
Crudo.  Véase  Acierro. 
Cuairón.  Cuartón. 

Cuartos  (Acabarse  los).  Concluirse  la  paciencia. 
Cubo.  Lagar. 

Cuca  cebollera.  Grillo  real. 
Cuca  vinatera.  Carraleja. 
Cuco  de  luz.  Luciérnaga. 
Cucullada.  Cogujada. 
Cucuilet.  Unión  ó  grupo  apretado  de  las  yemas  de  todos  los 

dedos  de  una  mano. 
Cucullo.  Cogollo. 
Cucut.  Juego  de  niños,  que  consiste  en  ocultarse  todos  los 

que  en  él  toman  parte,  menos  uno,  que  es  el  que  tiene 

que  averiguar  dónde  están  escondidos  sus  compañeros. 
Cuchareta.  Renacuajo  sin  branquias  ni  pies. 
Cuchimandrero.  Persona  que  pierde  el  tiempo  hablando  de 

cosas  sin  importancia. 
Cuchivache.  Cuchitril. 
Culodemaíasiento.  Se  aplica  esta  voz  á  la  persona  que  no 

quiere  sujetarse  á  estar  en  un  sitio  ó  punto  determinado, 

ó  cambia  con  frecuencia  y  sin  causa  justificada  de  oficio 

ú  ocupación. 
Curalotodo.  Planta  medicinal. 
Curda.  Borrachera. 
Curripias.  Diarrea.  I|  Miedo. 
Curro.  Espigón  del  quicial  que  se  introduce  en  el  quicio. 

En  este  sentido  se  usa  esta  palabra  en  las  «Cuentas  de 

Propios  y  Común  de  la  villa  de  Binéfar»  del  año  1798. 


XV* 


CH 


Chabeta.  Clavija,  pasador,  claveta. 

Chabela  (Perder  la).  Perder  el  juicio,  volverse  loco. 

Chatacharcos.  Persona  sucia  que  anda  por  los  barros,  y  me- 
tiéndose en  los  charcos  los  hace  salir  de  madre. 

Chafanegocios.  Persona  entrometida  ú  oficiosa  que  intervie- 

Cne  en  todos  los  asuntos  ajenos  y  hace  abortar  los  nego- 
cios en  que  tercia. 

Chafandín.  Persona  de  poco  seso  ó  de  ligereza  reconocida. 

Chafarnar.  Aplastar. 

Chapa.  Moneda  de  cobre,  con  el  busto  de  Fernando  VII,  y 
cuyo  valor  era  de  dos  cuartos. 

Chapas.  Juego  de  azar  que  se  hace  con  dos  monedas  de  este 
nombre  lanzándolas  al  aire,  y  según  la  disposición  en 
que  quedan  después  de  caer  al  suelo  se  gana  ó  se  pierde. 

Chapurquear.  Manosear  el  agua  sucia. 

Chaquetazo.  Véase  Costalazo. 

Charrador.  Véase  en  el  Diccionario  de  Borao  Cliarraire  8. 

Charro.  Charla:  Turdus  viscivorus. 

Chaval.  Joven  de  pocos  años,  mozalbete.  En  este  sentido  se 
usa  esta  voz  en  el  siguiente  cantar,  que  se  oye  con  fre- 
cuencia en  los  pueblos  de  esta  tierra: 

La  calle  Mayor  de  Fraga 
Ya  no  la  rondan  chavales, 
Porque  la  rondan  los  mozos 
Con  trabucos  y  puñales. 

Chávala.  Copa  muy  pequeña,  ó  media  copa,  en  la  que  se 
sirve  anís  ú  otros  licores. 

Chavo.  Ochavo  ^. 

Cherta  (Es  de).  Se  usa  esta  frase  para  designar  que  la  per- 
sona á  quien  se  aplica  es  de  malos  antecedentes  ó  de  per- 
versas inclinaciones. 

Chesenco.  Aljezón. 

Chico  del  Esquilador  (Estar  harto  como  el).  Se  emplea 
esta  frase  para  denotar  que  una  persona  ha  comido  con 
exceso. 

Chiooína.  Achicoria. 

Chilar.  Chillar. 


XVI*  CH 

Chilindrón.  Guiso  especial  en  el  que  entra  por  base  el  toma- 
te fresco  ^0. 

Chimlnera.  Chimenea.  Esta  voz  se  lee  en  las  «Cuentas  de 
Propios  y  Común  de  la  villa  de  Binéfar»  del  año  1798. 

Chireta.  Una  especie  de  embutido  que  se  hace  con  un  pica- 
dillo de  carne,  miga  de  pan  y  algunas  especias.  Se  pone 
luego  esta  mezcla  en  una  bolsita  hecha  de  tripa  de  vaca 
y  después  se  fríe  en  aceite. 

Chirla.  Pájaro  del  tamaño  de  un  gorrión  y  de  color  pardo. 
Chilla:  Passer  petronia. 

Chirumen.  Numen,  ingenio. 

Chobalera.  Cada  uno  de  los  tarugos  ó  piezas  de  madera 
sobre  los  que  descansa  una  cuba  ó  tonel. 

Choca.  Parte  del  tronco  desgajado  de  un  árbol  que  se  desti- 
na al  fuego. 

Chocaciega.  La  parte  del  tronco  soterrada  y  que  también 
se  destina  á  la  combustión. 

Chola.  Golpe  dado  en  la  cabeza  con  la  palma  de  la  mano. 

Chollar.  Esquilar. 

Chordos.  Infartos  que  salen  en  los  lados  del  cuello  cerca  de 
las  orejas. 

Chorlovit.  Alcarabán:  Charadrius  cedicnemus. 

Choto.  Macho  cabrío  destinado  á  la  reproducción. 

Chuflaina.  Dulzaina  ^i. 

Chuflar.  Silbar  12. 

Chuflet.  Silbato,  pito. 

Chuflido.  Silbido. 

Chulo.  Muchacho  asalariado  que  se  tiene  en  las  casas  de  la- 
branza para  hacer  las  faenas  más  ínfimas.  Esta  voz  se  la 
encuentra  en  muchas  actas  del  Ayuntamiento  de  la  villa 
de  Binéfar,  pertenecientes  al  siglo  XVIII,  y  también  en  el 
volumen  titulado;  «Libro  para  Binéfar»,  año  1728,  folio  154. 

Chumear.  Destilar,  transpirar  los  toneles,  vasijas  y  otros 
objetos  que  contienen  líquidos. 

Chuminera.  Chimenea. 

Chupazo.  Chupetazo,  chupetón. 

Chupido.  Calado. 

Chupir.  Calar. 

Churra.  Ave  de  la  familia  de  las  gallináceas,  de  tamaño  ma- 
yor que  la  perdiz  y  de  plumaje  pardo  salpicado  de  man- 
chas negras. 

Churro.  Chorro,  golpe  de  agua.  ||  Pasta  de  harina  y  huevos 
frita  en  aceite. 

Currumpada.  Chorretada. 

Chuta.  Lechuza. 


XVII* 


Dante  (Al  más).  Mejor  postor  i^. 

Dañado  (Estar  por  dentro).  Se  oplica  esta  frase  para  de- 
notar que  una  persona  ó  un  animal  padece  una  enferme- 
dad larga  y  desconocida,  que  aniquila  poco  á  poco  la  na- 
turaleza de  quien  la  sufre. 

Dejarse  tocar.  Esta  frase  se  usa  para  denotar  que  una  cosa 
puede  adquirirse  por  un  precio  módico  ó  con  cierta  bara- 
tura. Asi  se  dice:  «^^Están  caras  las  muías  en  la  feria? — 
Aun  se  dejan  tocara. 

Demba.  Pequeño  trozo  de  terreno  contiguo  á  los  pueblos  y 
que  generalmente  se  dedica  al  cultivo  de  forrajes  í*. 

Dentegueras.  Véase  Dentera  en  el  Diccionario  de  Borao. 

Desbalejada.  Se  dice  á  la  mujer  desgarbada  y  que  tiene  mal 
tipo. 

Desbalejarse.  Disiparse  un  nublado. 

Desbezar.  Limpiar  cualquier  conducto  estrecho  que  esté 
obstruido. 

Descuarterizar.  Descuartizar. 

Desempedregar.  Desempedrar. 

Desenreligar.  Desenredar. 

Deslogadura.  Dislocación  de  un  hueso.  Esta  voz  se  la  encuen- 
tra en  el  contrato  celebrado  entre  el  Ayuntamiento  de  la 
villa  de  Binéfar  y  el  boticario  Pedro  Murillo,  en  el  año 
1735.  El  segundo  pacto,  copiado  á  la  letra,  dice:  «Por  cuan- 
to los  algebristas  gastan  trementina,  polvos  recetivos  y 
pez  de  Jaca,  se  obliga  el  dicho  Pedro  Murillo  á  dar  dichas 
especies  para  todas  las  roturas  y  deslogaduras  que  acon- 
tecieren». Este  documento  se  encuentra  en  el  folio  156  del 
«Libro  para  Binéfar». 

Desiogar.  Dislocar  los  huesos. 

Desustanciada.  Persona  que  ordinariamente  habla  ú  obra 
con  ligereza. 

Desyermar.  Abrir  ó  roturar  por  primera  vez  un  terreno  in- 
culto. 

Diablo.  Una  especie  de  trillo  consistente  en  tres  ó  cuatro 
rodillos  hechos  de  planchas  de  hierro  dentadas,  y  que  gi- 
ran estando  colocados  en  un  bastidor. 

Díjlendas.  Voz  pública;  según  de  público  se  dice. 

Dorondón.  Escarcha. 


XVIII* 


Embarráu.  Foja  de  nubes  recias  y  compactas  que  aparece  en 
el  cielo  cerrando  los  últimos  términos  del  horizonte. 

Emboücar.  Enredar.  ||  Embrollar.  1|  Embolismar. 

Embrencar.  Enredar,  enmarañar  y  aplastar  la  mies  en  el 
suelo  antes  de  estar  segada. 

Embuñegar.  Reburujar.  ||  Hacer  una  cosa  con  precipitación 
y  desorden. 

Embuñego.  Reburujón,  rebujo,  ||  Cualquier  cosa  hecha  con 
desaliño. 

Empanadón.  Especie  de  empanada,  en  cuyo  interior  sólo  se 
ponen  espinacas  ü  otras  verduras.  Esta  voz  se  lee  en  el 
«Arrendamiento  de  los  hornos  del  Común  de  vecinos  de 
la  villa  de  Binéfar»,  hecho  en  el  año  1800.  La  priniera  con- 
dición que  figura  en  este  contrato,  copiada  á  la  letra,  dice: 
«Primeramente  el  Arrendador  deberá  cobrar  de  treinta 
panes,  tortas  ó  e/npanaclones,  uno,  por  derecho  llamado 
de  Puya »  Esta  escritura  se  encuentra  en  el  legajo  «Ac- 
tas del  Ayuntamiento  de  Binéfarí>,  años  de  1752  al  1800. 

Empanchorrido.  El  hombre  ó  el  animal  que  tiene  el  vientre 
lleno  de  agua. 

Empanduilar.   Hacer  una  cosa  aprisa  y  mal. 

Empanduilo.  Cualquier  cosa  que  esté  hecha  aprisa  y  mal. 

Empardar.   Igualar. 

Empardas  (Estar  en).  Estar  iguales. 

Empañetar.  Emparedar.  |1  Oprimir  ó  apretar  á  alguna  perso- 
na contra  una  pared. 

Empedregar.   Empedrar. 

Empochada.  Cataplasma  de  salvado,  vinagre  y  sal,  que  se 
pone  en  las  pezuñas  de  los  animales. 

Emprecipiar.   Principiar,  comenzar^ 

Emprecipío.   Principio,  comienzo. 

Empreñar.   Mortificar,  fastidiar  á  alguno. 

Emprio.  Véase  en  el  Diccionario  de  Borao  Ademprio. 

Enarcarse.  Cortarse,  perder  la  serenidad  cuando  se  va  á 
hacer  alguna  cosa  difícil  ó  peligrosa. 

Encaicuñar.  Meter  en  algún  sitio  varias  cosas  aprisa  y  sin 
orden. 

Encamada.  Margen  plantada  de  olivos. 


E  XIX* 

Encamatonar.  Hacer  cnmatones. 

Encantuciar.  Encantusar,  encantar. 

Encapadura.  Costra  que  se  forma  en  la  superficie  de  los 
campos  sembrados,  á  consecuencia  de  una  pequeña  llu- 
via, impidiendo  el  nacimiento  de  la  semilla. 

Encendallo.  Rama,  hierba  seca  ó  cualquier  otro  objeto  pro- 
pio para  prender  fuego. 

Encielada  (Boira).  Se  usa  esta  frase  cuando  la  niebla  está 
muy  alta  y  oculta  el  cielo. 

Encolla.  Grupo  de  dos  ó  más  caballerías  atadas  la  una  en 
el  cuello  de  la  otra. 

Encollar.  Formar  ó  hacer  una  ó  más  encellas. 

Encortar.  Especie  de  embrujamiento,  en  virtud  del  cual  un 
hechicero  ó  brujo  impide,  por  medios  sobrenaturales, 
que  algunos  recién  casados  puedan  hacer  uso  del  ma- 
trimonio. Esl.a  superstición  está  tan  arraigada  en  la  ma- 
yor parte  de  la  provincia  de  Huesca,  que  apenas  se  cele- 
bra una  boda  entre  gentes  sencillas  é  ignorantes  sin  que 
se  obligue  á  las  novias  á  ponerse  una  moneda  de  plata 
debajo  de  la  planta  del  pie,  al  tiempo  de  ir  á  la  iglesia, 
para  librarse  del  encortamiento  por  medio  de  tan  singu- 
lar amuleto. 

Encubilarse.  Encamarse  la  caza. 

Enchervelido.  Aterido. 

Endlvinadera.  La  que  adivina. 

Endivinaila.  Acertijo. 

Endivinar.  Adivinar. 

Endrija.  Rendija.  Grieta. 

Enfiláu.  Especie  de  red  burda  que  se  emplea  para  conducir 
paja. 

Enflascar.  Ensuciarse  los  pies  ó  las  manos  en  alguna  subs- 
tancia blanda  y  asquerosa. 

Enforcanadura.  Punto  de  unión  de  las  piernas.  ||  Espacio 
comprendido  entre  las  piernas  abiertas. 

Enfurruñarse.  Véase  Enfurruscarse  en  el  Diccionario  de 
Borao. 

Engalla.  Cada  uno  de  los  extremos  salientes  ó  puntiagudos 
del  corte  de  una  azada. 

Enganapastor.  Ave:  Pastorcilla  de  las  nieves.  El  Diccionario 
de  la  Real  Academia  da  este  nombre  al  autillo. 

Engarcholar.  Encerrar.  |1  Encarcelar. 

Engatuzar.  Engatusar. 

Engolondrina.  Golondrina. 

Enguila.  Anguila. 

Enguilear.  Sortear  los  obstáculos,  orillar  los  entorpeci- 
mientos. 


XX*  E 

Enjordiga.  Planta:  Ortiga. 

Enjualdrido.  Persona  que  se  apasiona  por  el  juego. 

Enlaminarse.  Aficionarse  á  un  manjar. 

Enraberar.  Atrasar  un  carro  hasta  que  la  parte  de  atrás  ó 
rabera  loque  en  el  punto  que  se  desea. 

Enramada.  Conjunto  de  huesos  descarnados  y  secos  que,  los 
jóvenes  despechados,  ponen  en  las  puertas  de  las  casas 
donde  habitan  las  muchachas  que  no  corresponden  á  sus 
atenciones  amorosas. 

Enreblado.  Acobardado.  Tener  los  miembros  entumecidos 
por  el  frío. 

Enrebladura.  Acobardamiento.  ||  Entumecimiento  de  los 
miembros  por  el  frío. 

Enrejada.  Herida  en  la  pata  de  una  caballería,  producida 
por  la  reja  del  arado. 

Enrejadura.  Véase  Enrejada. 

Enrestlr.  Embestir. 

Enrobinarse.  Enmohecerse. 

Ensisar.  Acción  en  virtud  de  la  cual  las  aguas  torrenciales 
depositan  el  limo  y  sedimento  que  arrastraron  de  los  te- 
rrenos más  elevados. 

Ensopegar.  Hacer  una  cosa  con  oportunidad.  ||  Cuajar  ó  lle- 
gar á  tener  efecto  una  cosa  en  el  momento  crítico  que  se 
desea. 

Entema.  Ojeriza,  encono,  mala  voluntad. 

Entimar.  Denunciar  ante  el  juez  competente  los  daños  cau- 
sados por  personas  ó  animales  en   la   propiedad   rústica. 

Entrascarse.  Atascarse. 

Entretelas  (Sacar  las).  Matar.  ||  Asesinar.  ||  Sacar  las  en- 
trañas. 

Entretenedera.  |(  Entretenimiento. 

Envanarse.  Combarse  ó  viciarse  alguna  cosa  recta. 

Erizón.  Erizo. 

Ermilla.  Anillo  ó  asa  de  hierro. 

Esbarbolar.  Deshacer  con  el  bieldo  los  haces  de  mies  para 
tender  la  parva. 

Esbarbutido.  Muchacho  de  inteligencia  precoz  y  de  carácter 
abierto. 

Esbarrar.  Desbarrar,  desviar.  ||  Disparatar. 

Esbarrero.  Lo  que  va  suelto.  |1  Lo  sobrante  de  un  número  ó 
cuento. 

Esbatullado.  Atolondrado,  ligero,  poco  reflexivo. 

Esbellugar.  Moverse  con  lentitud  una  persona  ó  animal  que 
ya  se  daba  por  muerto. 

Esbelluzarse.  Esponjarse,  iniciarse  el  crecimiento  de  una 
cosa. 


E  XXI* 

EsbirlaJ.  Sesgo,  oblicuidad,  torcimiento. 

Esboldregarse.  Deshacerse  una  cosa  por  defecto  de  cons- 
trucción. 

Esborregarse.  Despeñarse  una  persona  ó  un  animal  produ- 
ciéndose la  muerte. 

Esboterar.  Desahogar  el  vientre  después  de  una  larga  re- 
tención de  alimentos. 

Esbravarse.  Perder  los  líquidos  espirituosos  gran  parte 
de  su  fuerza  y  las  sustancias  olorosas  su  perfume  ó 
aroma. 

Esbronce.  Esfuerzo,  sacudida,  estremecimiento. 

Esburciar.  Divorciar. 

Esburcio.  Divorcio. 

Escalado.  Surco  profundo  abierto  en  la  tierra  por  las  aguas 
torrenciales. 

Escalar.  Abrir  profundos  surcos  en  la  tierra  las  aguas  to- 
rrenciales. 

Escaldaoficios.  Persona  que  empieza  á  aprender  muchos 
oficios  y  acaba  por  no  saber  ninguno. 

Escalia.  Escanda,  escaíla. 

Escamallarse.  Cansarse  y  entumecerse  las  piernas  después 
de  una  marcha  larga. 

Escampilla.  Palillo  de  diez  ó  doce  centímetros  de  longitud, 
terminado  en  punta  por  ambos  extremos.  ||  Juego  propio 
de  niños. 

Escampilla  (Listo  como  una).  Frase  que  se  aplica  al  hom- 
bre activo,  diligente,  pronto,  ligero  en  el  obrar. 

Escamochear.  Escatimar  ||  Regatear. 

Escampadero.  Paraje  amplio  y  despejado. 

Escantillar.  Romper  el  borde,'  canto  ó  arista  de  alguna  cosa. 
El  Diccionario  de  la  Real  Academia  da  otra  acei)ción  á 
esta  voz. 

Escariado.  Chupado,  extenuado. 

Escañar.  Estrangular.  |I  Enflaquecer  sin  esperanza  de  reco- 
brar la  gordura.  Borao  le  da  otra  acepción. 

Escapulario  (Pisarse  el).  Fi'ase  que  se  aplica  á  la  persona 
presuntuosa. 

Escarabachína.  Cucaracha. 

Escarabacho.  Escarabajo;  Escarabceus  sacer. 

Escarabacho  pelotero.  Escarabajo  pelotero. 

Escarcha.  Quebraja,  rendija  grande  en  las  rocas. 

Escardalenca.  Muchacha  de  precoz  desarrollo  físico  acom- 
pañado de  movimientos  airosos  y  formas  esbeltas. 

Escarramanchín.  Véase  Escarramanchones  en  e\  Dicciona- 
rio de  Borao. 

Escarramar.  Abrir,  ensanchar  las  piernas. 


XXII*  E 

Escarrazonar.  Rebuscar  en  las  vides,  después  de  la  vendi- 
mia, los  racimos  perdidos. 

Escaza.  Cazo  grande  que  se  emplea  en  los  molinos  aceite- 
ros para  sacar  el  agua  de  la  caldera  cuando  se  ha  de  es- 
caldar la  pasta  contenida  en  las  capachas. 

Esclacido.  Chasquido. 

Esclatar.  Estallar. 

Esclatido.  Estallido. 

Esclatero.  Lo  que  está  en  paraje  despejado  y  se  ve  con  cla- 
ridad. 

Escoba  de  cabeceta.  F*lanta  de  la  familia  de  las  compuestas: 
Mirolonchus  closii.  El  nombre  de  esta  planta  lo  usa  ó 
admite  como  vulgar  D.  Francisco  Lóseos  en  su  obra  titu- 
lada: Serie  imperfecta  de  las  plantas  aragonesas  es- 
pontáneas. 

Escobizo.  Planta:  Osyris  alba.  Sirve  para  hacer  escobas. 
Lóseos  admite  esta  voz  entre  los  nombres  vulgares  de  las 
plantas  descritas  en  su  obra:  Serie  imperfecta  de  las  plan- 
tas aragonesas  espontáneas. 

Escobre.  Escoplo. 

Escolar.  Acabar,  apurar  alguna  cosa,  y  también,  limpiar  el 
sitio  ó  lugar  que  la  contiene. 

Escorchoiín.  Pájaro  recién  salido  del  huevo. 

Escorporar.  Limpiar  con  esmero. 

Escorporado.  Lo  que  está  muy  limpio. 

Escortar.  El  corte  que  se  hace  á  los  naipes  cuando  se  juega. 

Escrismado.  Persona  de  cortos  alcances,  de  poco  seso. 

Escrúpol.  Escrúpulo. 

Escupirina.  Saliva. 

Escupírinazo.  Salivazo. 

Escurzón.  Escorpión. 

Escurrucío.  Repulsa,  reprimenda. 

Escusero.  Esta  voz  se  usa  para  indicar  que  un  hombre  ó  un 
animal  se  marcha  sigilosamente  ó  huye  con  cautela. 

Esdologar.  Dislocar  los  huesos. 

Esfilorchar.  Deshilachar. 

Esflorear.  Elegir  ó  sacar  lo  mejor  de  alguna  cosa. 

Esfurrear.  Ahuyentar. 

Esgalichado.  Raquítico,  desmedrado. 

Esgallar.  Desgajar. 

Esgallinarse.  Empezar  á  desarrollarse  con  vigor  una  perso- 
na ó  un  animal  de  naturaleza  antes  pobre  y  enfermiza. 

Esgarrañar.  Arañar. 

Esgarranazo.  Arañazo. 

Esgarrapar.  Véase  Esgarrañar. 

Esgarrapazo.  Véase  Esgarranazo. 


I 


E  xxiii* 

Esgarrarropas.  Pequeño  reptil:  Salamanquesa. 

Esgarrincho.  Desgarramiento  de  la  piel. 

Esgatuciarse.  Pelearse. 

Esgay.  Desgay. 

Esguitarráu.  Se  dice  á  quien  no  goza  de  perfecta  salud. 

Eslisadera.  Lugar  á  propósito  para  resbalar. 

Eslisar.  Resbalar. 

Eslisón.   Resbalón. 

Eslisazo.  Véase  Eslisón. 

Esmatigar.  Arrancar  con  la  azada  las  malas  hierbas  de  los 
campos. 

Esmerar.  Fluir. 

Esmolar.  Amolar,  afilar. 

Esmuir.  Cogerlas  olivas  con  la  mano,  haciendo  con  ésta  un 
movimiento  parecido  al  que  se  emplea  para  ordeñar. 

Espadilla.  Cada  una  de  las  piezas  de  madera  que  se  ponen 
en  las  ranuras  ó  hendiduras  de  los  matracos  para  sujetar 
la  parte  posterior  de  la  viga  ó  prensa  de  aceite  cuando  se 
cuelga  la  libra. 

Espaldadura.  Dislocación  de  algún  miembro.  |I  Descomposi- 
ción del  mecanismo  ó  estructura  de  alguna  cosa. 

Espaldar.  Dislocar.  H  Descomponer,  trastornar,  romper  al- 
guna cosa. 

Espanzolla.  Copo  de  estopa. 

Espanzurrar.  Despanzurrar. 

Esparvero.  Gavilán. 

Espategar.  Patalear. 

Espeiurcio.  Mujer  despeinada,  desaseada,  desaliñada. 

Espelletar.  Despellejar. 

Espellejadura.  Erosión,  rozadura  en  la  piel. 

Espentar.  Empujar. 

Espentear.  Véase  Espentar. 

Espentón.  Empujón. 

Espigol.  Espliego.  Lóseos  admite  esta  voz  en  el  catálogo  de 
los  nombres  vulgares  de  las  plantas  descritas  en  la  Serie 
imperfecta  de  las  plantas  aragonesas  espontáneas. 

Espinaque.  Espinaca.  También  da  cabida  Lóseos  á  esta  voz 
en  su  mentada  obra. 

Espinganet.  Lugar  muy  estrecho  é  inclinado,  por  el  que  no 
se  puede  pasar  sin  gran  riesgo  de  caer. 

Espinochar.  Deshojar  las  panojas  del  maíz. 

Espiraliar.  Hacer,  con  una  barrena  delgada,  un  agujero  en 
una  cuba  ó  tonel  para  dar  salida  al  vino,  y  así  probar  si 
está  ó  no  sano  el  líquido. 

Espolsa.  Vapuleo. 

Espolsar.  Vapulear. 

25 


XXIV*  E 

Esporgar.  Expurgar. 

Espunchegar.  Pinchar  repetidas  veces,  mediando  entre  una 
y  otra  pequeños  intervalos. 

Espuma.  Chispa  de  fuego. 

Esquichar.  Rasgar. 

Esquilla.  Esquila. 

Esquillón.  Cencerro  grande. 

Estajante.  Inquilino. 

Estaiapizar.  Estrellar  á  alguna  persona,  animal  ó  cosa,  con- 
tra una  pared.  ||  Despeñar. 

Estalviar.  Ahorrar,  economizar. 

Estameña  (Calentar  la).  Pegar,  zurrar,  vapulear. 

Estampidor.  Piezas  de  madera  que,  en  los  molinos  aceiteros, 
sirven  para  sujetar  las  estanteras  y  los  matrasos.  Véo-use 
estas  dos  últimas  voces. 

Estantera.  Cada  una  de  las  piezas  pareadas  ó  pies  derechos 
colocados  á  los  lados  de  la  prensa,  y  que  sirven  para  que 
ésta  no  se  desvie. 

Estarnar.  Destrozar  á  golpes  una  cosa  en  varias  partes  ó 
fragmentos. 

Estarrancazo.  Herida  producida  por  un  estarranco. 

Estarranco.  La  parte  de  rama  desgajada  y  seca  que  continúa 
adherida  al  tronco  principal. 

Estarrocar.  Desterronar. 

Estijera.  Tijera. 

Estijereta.  Insecto:  Forfícula  auricularia.  Tijereta. 

Estijeretazo.  Tijeretada. 

Estilla.  Astilla. 

Estirazo.  Tronco  horquillado,  que  lleva  una  asa  de  hierro 
en  el  punto  donde  convergen  los  brazos  y  una  barra  de 
madei^a  que  une  los  mismos  en  su  parte  más  divergente, 
formando  así  un  triángulo  más  ó  menos  regular.  Sobre 
este  aparato  se  colocan  mampuestos,  sillares  ú  otras  co- 
sas pesadas,  que  son  transportados  arrastro  por  una 
yunta. 

Estizonar.  Golpear  con  la  badila  ó  con  la  tenaza  los  troncos 
encendidos,  para  desprender  de  ellos  las  brasas. 

Estopizón.  Estopón.  ||  Copo  formado  con  las  borras  ó  despo- 
jos del  cáñamo. 

Estorniliar.  Destornillar.  |1  Caída  con  quebrantamiento  de 
huesos. 

Estosegar.  Toser. 

Estozar.  Caída  de  cabeza,  seguida  casi  siempre  de  la  muerte. 

Estozolar.  Véase  Estozar. 

Estrafollador.  Manirroto,  dilapidador. 

Estrafollar.  Malversar,  derrochar. 


1=^  XXV 

Estransido.  Chupado,  extenuado. 

Estrebillo.  Juego  de  niños. 

Estrechapuertas.  Estrujadura  que  se  da  á  una  persona  ó  á 
un  animal  cerrando  una  puerta  al  tiempo  de  salir. 

Estreudas.  Véase  Estreudes  en  el  Diccionario  de  Borao. 

Estribar.  Esfuerzo  contrario  que  hacen  dos  caballerías  un- 
cidas, probando  ambas  cuál  puede  arrastrar  ó  llevarse  á 
la  otra.  |1  Escasa  harmonía  que  reina  entre  personas  que 
debieran  trabajar  y  aspirar  para  conseguir  un  fin  común. 

Estrinque.  Cadena  de  mucha  resistencia  que  llevan  los  ca- 
rreteros para  sacar  los  carros  cuando  se  atascan  en  ba- 
ches profundos.  Aunque  en  el  Diccionario  de  la  Real 
Academia  está  incluida  esta  voz  y  su  sinónima  Estren- 
que, es  con  significado  diferente  al  que  aquí  se  le  da,  si 
bien  es  cierto  que  entre  una  y  otra  acepción  hay  alguna 
semejanza. 

Estripar.  Destripar. 

Estripaterruecos.  Persona  inculta.  ||  Campesino. 

Estroncar.  Destroncar. 

Estronciiinar.  Machucar. 

Esturdir.  Perder  el  sentido  á  consecuencia  de  recibir  un 
fuerte  golpe. 

Esturdido.  El  que  ha  perdido  el  sentido  por  recibir  un  golpe. 

Esturnell.  Pájaro:  Estornino. 

Esturrufar.  El  acto  por  el  que  ciertos  animales  erizan  el  pelo 
y  algunas  aves  las  plumas.  ||  Enfurruñarse,  amoscarse. 

Esturrufado.  El  animal  que  se  esturrufa.  ||  El  hombre  que 
se  enfada,  encoleriza,  amostaza. 

Esvalzarse.  Derrumbarse,  desplomarse  una  pared. 

Esvanecerse.  Desmayarse. 

Esvinzarse.  Herniarse. 

Esyermar.  Descuajar  y  roturar  por  primera  vez  un  terreno 
virgen. 


Faba.  Tonto,  simple. 

Faja.  Almanta,  trozo  de  tierra  labrantía  muy  largo  y  estre- 
cho. En  este  sentido  es  usada  esta  voz  en  el  «Catastro  de 
la  villa  de  Binéfar»  perteneciente  al  siglo  xvii. 

Fajuelo.  Sarmiento. 

Falcada.  Manojo  de  mies  cortado  con  la  hoz  ^^ 


xxvr  1=^ 

Falcllla.  Ave:  Vencejo. 

Faldareta.  Faldcta. 

Fana.  Huera,  vacia. 

Farrada.  Cubo  de  madera  para  sacar  agua  de  un  pozo. 

Farranca.  Piedra  de  rio,  canto  rodado. 

Farrar.  Poner  la  reja  en  el  arado  sujetándola  con  la  esteva 
y  el  trascón. 

Fartanero.  El  que  nunca  se  sacia  comiendo,  glotón. 

Fastioso.  Fastidioso,  pesado,  cargante. 

Fateza.  Fatuidad. 

Fato.  Fatuo. 

Femero.  Estercolero.  Con  este  significado  se  lee  la  voz  feme- 
ro  en  el  libro  de  «Actas  del  Ayuntamiento  de  la  villa  de 
Binéfar».  Véase  la  correspondiente  al  día  13  de  Agosta 
del  año  1780. 

Ferfet.  Cigarra. 

Ferúm.  Mal  olor  que  despiden  algunos  animales, 

Ferrina!.  Pequeño  trozo  de  terreno  contiguo  á  los  pueblos  y 
que  generalmente  se  dedica  al  cultivo  de  forrajes.  La  pa- 
labra ferrinal  se  lee  con  frecuencia  en  el  «Catastro  de  la 
villa  de  Bincfar»  perteneciente  al  siglo  xvii. 

Ferrinal.  Véanse  las  voces  Demba  y  Ferrinal.  En  el  men- 
tado «Catastro  de  la  villa  de  Binéfar»,  perteneciente  al 
siglo  XVII,  también  se  lee  la  yozjerriñal. 

Ficocho.  Estaquilla  clavada  en  la  pared  que  sirve  para  atar 
el  ronzal  de  una  caballería. 

Figuereta  (Subirse  á  la).  Amostazarse,  amoscarse. 

Fila.  Desarrollo,  traza  de  alguna  persona,  animal  ó  planta. 
Así  se  dice  que  lleva  buena  Jila  un  muchacho  de  precoz 
desarrollo;  un  ternero  raqui  tico  lleva  mala  fila;  á  un 
árbol  joven  y  vigoroso  y  á  las  mieses  aventajadas  se  les 
dice  que  llevan  buena  Jila^  etc.,  etc. 

Filfa,  Mentira. 

Fita.  Pequeño  mojón  que  sirve  para  deslindar  heredades. 
La  palabra  ^/l¿a  se  lee  en  el  «Libro  del  Ayuntamiento  de 
Binéfar»  del  año  1760.  Véase  el  folio  57. 

Fizar.  Es  el  acto,  en  virtud  del  cual,  ciertos  animales  des- 
truyen el  germen  vegetativo  de  los  granos  ó  semillas.  Por 
ejemplo:  el  grano  de  trigo  que  está  comido  por  el  gorgojo 
se  dice  que  está  Ji:saclo;  lo  mismo  se  dice  de  cualesquiera 
otras  semillas  que  tienen  los  granos  horadados  por  los 
insectos  ó  gusanos.  Borao  da  otra  acepción  á  esta  voz. 

Fíoco.  Fleco. 

Fioronco.  Divieso. 

Fogaril.  Hogar.  El  Diccionario  de  la  Real  Academia  da  otro 
sentido  á  esta  palabra. 


v^  xxvir 

Fogana.  Ordinariamente  se  emplea  este  vocablo  para  desig- 
nar el  fogón  que  hay  en  los  molinos  aceiteros  para  ca- 
lentar el  agua  destinada  á  escaldar  la  pasta  de  las  olivas. 

Folleta.  Hoja  de  navaja  separada  del  mango. 

Forigón.  Horquilla  destinada  á  empujar  ó  meter  la  leña  en 
los  hornos  de  pan  cocer. 

Forniguilla.  Enfermedad  que  padecen  los  solípedos  en  la  pe- 
zuna. 

Forniguilla  (Tener).  Se  aplica  esta  frase  á  la  persona  de  gran 
actividad,  y  también  al  hombre  nervioso  que  está  siem- 
pre en  movimiento. 

Fosíllo.  Especie  de  cardo  silvestre,  provisto  de  fuertes  es- 
pinas. 

Frau.  Fraude. 

Frechenco.  Cerdo  de  seis  ú  ocho  meses  que  se  destina  para 
el  cebo. 

Frechínate.  Véase  en  Borao  Fritada. 

Fresar.  Moler  la  sal  entre  dos  piedras.  ||  Congeniar  dos  ó 
más  personas. 

Frontal.  Cada  una  de  las  piezas  redondas  que  cierran  los  ex- 
tremos de  los  barriles,  toneles,  cubas,  etc.  En  el  Diccio- 
nario de  la  Real  Academia  tiene  otras  acepciones. 

Fuineta.  Escapatoria  que  los  muchachos  hacen  para  no  asis- 
tir á  la  escuela,  y  también  la  que  hacen  del  hogar  domés- 
tico las  personas  que  encuentran  desavenencias  y  dis- 
gustos en  el  seno  de  la  familia. 

Fultraque.  Levita,  gabán  ó  chaqueta  muy  larga. 

Furro.  Arisco,  indómito,  huraño. 

Furtainés.  Hucha  de  barro  cocido,  donde  los  muchachos  de- 
positan sus  ahorros. 


Galapatillo.  Insecto  de  la  familia  de  los  hemipteros,  que  chu- 
pa el  jugo  del  trigo  cuando  aun  está  en  la  espiga  sin  sa- 
zonar. Si  las  primaveras  son  cálidas  y  lluviosas,  se  repro- 
duce el  galapatillo  con  facilidad  asombrosa  y  viene  á  ser 
una  verdadera  plaga  para  las  cosechas  de  cereales. 

Galendrar.  Columpiar. 

Galocha.  Bache. 

Gangán.  Estúpido. 


XXVIII*  o 

Garchofa.  Alcachofa. 

Garchola.  Encierro.  ||  Cárcel. 

Gargallo  (Beber  a).  Levantar  la  jarra  ó  bota  y  dejar  caer  el 
liquido  en  la  boca  sin  que  los  labios  toquen  los  referidos 
vasos. 

Garrabera.  Una  variedad  de  la  zarzamora. 

Garrabón.  Fruto  de  la  garrabera. 

Garrapescalre.  Ave:  Flamenco. 

Garraspera.  Ronquera;  aspereza  en  la  garganta. 

Garrero.  Cayado. 

Garrilargo.  Hombre  ó  animal  que  tiene  las  piernas  muy 
largas  y  sin  que  guarden  proporción  con  el  resto  del 
cuerpo. 

Garrispo.  Mulo  ó  caballo  que  tiene  por  costumbre  cocear. 
II  Vino  que  empieza  á  agriarse. 

Gasto.  Manutención.  Asi  se  dice:  «Juan  hace  buen  gasto  á 
sus  criados»,  en  vez  de  les  da  bien  de  comer  ó  los  man- 
tiene bien.  «Pedro  no  hace  el  gasto  á  sus  jornaleros»,  en 
lugar  de  decir  no  los  mantiene  ó  no  les  da  de  comer  en  su 
casa.  En  este  sentido  se  encuentra  usada  esta  voz  en  la 
«Capitulación  hecha  entre  el  Ayuntamiento  de  Binéfar  y 
el  maestro  albañil  Diego  Roteta»,  en  el  año  1752,  como  se 
ve  en  el  «Libro  para  Binéfar»,  folio  153  vuelto.  Archivo 
municipal  de  la  referida  villa. 

Gesa.  Terreno  de  yeso. 

Geta  (Mas  malo  que).  Frase  empleada  para  denotar  la  per- 
versidad de  una  persona. 

Ginebro.  Enebro.  D.  Francisco  Lóseos  admite  esta  voz  entre 
los  nombres  vulgares  délas  plantas  descritas  en  su  obra 
Serie  imperfecta  de  las  plantas  aragonesas  espontáneas. 

Ginestra.  Planta:  Genista.  Esta  voz,  como  la  que  antecede, 
también  es  admitida  entre  los  nombres  vulgares  de  las 
plantas  comprendidas  en  su  referida  obra. 

Ginestrai.  Terreno  donde  abunda  la  Ginestra. 

Glera.  Álveo,  cauce  ó  lecho  de  un  río.  El  Diccionario  de  la 
Real  Academia  da  otro  significado  á  esta  voz. 

Gleriza.  Piedra  de  río,  canto  rodado,  guija. 

Goguera.  Mona  de  Pascua,  pastel. 

Golfo.  Bisagra  de  mucha  resistencia  que  se  emplea  en  puer- 
tas grandes.  Esta  voz  se  lee  en  las  «Cuentas  de  Propios  y 
Común  de  la  villa  de  Binéfar»,  año  de  1798.  Archivo  mu- 
nicipal. 

Gorrión  de  canalera.  Hombre  ladino,  taimado. 

Gotetas  (Caer).  Lloviznar. 

Graba.  Arena  gruesa  que  contiene  muchas  piedrecillas  ó 
guijas. 


o  XXIX* 

trabado.  Hombre  que  tiene  la  cara  picada  de  viruela. 

Grabera.  Mina  ó  lugar  de  donde  se  extrae  la  graba. 

Gracia  (Tener).  Don  sobrenatural  que  se  atribuye  á  al- 
guna persona  para  curar  una  ó  varias  enfermedades. 
La  gente  ignorante  y  supersticiosa  cree  ciegamente  que 
quien  nace  en  el  día  que  la  Iglesia  celebra  ia  Conversión 
de  San  Pablo,  tiene  gracia  para  curar. 

Gralla.  Grajo. 

Gramar.  Agramar. 

Granulada.  Erupción  granulosa. 

Grapa.  Golpe  que  se  da  en  la  cabeza  con  la  mano  abierta. 
El  Diccionario  de  la  Real  Academia  le  da  otras  acep- 
ciones. 

Grec.  Una  de  las  muchas  variedades  de  uvas. 

Grenuz.  Mujer  despeinada  y  desaliñada. 

Grillera.  Lugar  donde  todos  hablan  y  alborotan  sin  que  na- 
die se  entienda.  El  Diccionario  de  la  Real  Academia  da 
otros  sentidos  á  esta  voz. 

Grillen.  Embrión  ó  germen  de  las  plantas. 

Grita.  Pregón.  En  este  sentido  se  ve  usada  esta  voz  en  los 
«Pactos  con  los  que  el  Ayuntamiento  de  Binéfar  arrienda 
el  abasto  de  carne».  El  pacto  6,  copiado  á  la  letra,  dice: 
«ítem:  Que  el  arrendador  deberá  afianzar  á  satisfacción 
«del  Ayuntamiento  y  deberá  otorgar  la  escritura  corres- 
«pondiente,  satisfaciendo  los  drechos  de  la  escritura  y 
«pagando  al  Ministro  Corredor  dos  pesetas.  Y  habiendo 
«precedido  Carteles,  vandos  y  diferentes  gritas^  se  tranzó 
«y  remató  ante  los  SS.  del  Ayuntamiento  á  tres  sueldos 

«y  seis  dineros  la  libra  Carnicera »  Sesión  del  25  de 

Julio  del  año  1796.  Borao  da  á  la  voz  grita  un  sentido  ex- 
clusivamente forense. 

Güego.  Huevo. 

Guía.  Miembro  viril,  pene.  ||  Miembro  de  la  generación, 
verga  en  los  animales. 

Guicha.  Legumbre:  Amosta. 

Guichalada.  Dentellada. 

Guixeta.  Planta  de  la  familia  de  las  leguminosas,  muy  pa- 
recida á  la  veza.  Lóseos  admite  esta  voz  entre  los  nom- 
bres vulgares  de  las  plantas  que  describe  en  su  Serie 
imperfecta. 

Gulosa.  Planta  silvestre  de  la  familia  de  las  borragineas: 
anchusa  itálica. 

Gusano  (Matar  el).  Desayunarse.  ||  Matar  el  hambre. 


¡Hablara!  Admiración  y  á  la  vez  protesta  y  queja  de  lo  que 
dice  otra  persona;  por  ejemplo,  Juan  dice  á  Pedro,  «En  el 
término  improrrogable  de  tres  horas,  hará  usted  efectiva 
el  descubierto  de  15.000  pesetas  que  ha  resultado  contra 
usted  en  nuestro  último  balance».  Y  Pedro  contesta: 
€¡Hab¿ara,  hombre!  ¿No  comprende  usted,  amigo  Juan,, 
que  no  es  posible  en  tan  corto  tiempo  hacer  lo  que  usted 
me  pide?» 

Hamugas.  Aparato  especial  de  madera  que  se  pone  sobre  la 
albarda  para  sujetar  los  haces  de  mies,  leña,  etc.  cuando 
se  transportan  á  carga. 

Hartaila.  Hartazgo. 

Hierretes.  Instrumento  de  música  que  consiste  en  un  trián- 
gulo formado  por  una  varilla  de  acero,  en  el  que  se  toca 
ó  golpea  acompasadamente  con  un  palillo  del  mismo 
metal. 


Imposibles  (Hacer  los).  Frase  que  se  usa  para  indicar  que 
una  persona  tiene  que  agotar  todos  los  medios  para  hacer 
ó  alcanzar  alguna  cosa. 

Inclusa.  Yunque.  En  este  sentido  se  ve  usada  esta  voz  en 
muchas  de  las  capitulaciones  ó  contratos  que  el  Ayun- 
tamiento de  Binéfar  celebraba  con  los  herreros  en  el 
siglo  XVIII,  como  puede  verse  en  las  Actas  de  1752  hasta 
el  1800.  Archivo  municipal  de  Binéfar. 

Inte.  Instante. 

Intríngulis.  Cosa  complicada,  enredo. 


XXXI* 


Jabrir.  Labor  de  azada  que  se  hace  en  las  viñas  para  limpiar 
de  tierra  el  tronco  y  raíces  superficiales  de  la  cepa.  Esta 
labor  precede  siempre  á  la  poda. 

Jarmiento.  Sarmiento. 

Jarreta.  Vasija  de  barro  cocido  para  contener  agua.  Tiene 
boca  con  rejilla  en  la  parte  superior;  dos  asas  y  una  cánu- 
la ó  pico,  para  dar  salida  al  liquido  cuando  se  bebe. 

Jóvenes  (Hacer).  Frase  muy  usada  en  todo  el  Alto  Aragón, 
para  denotar  que  los  padres  casan  á  su  heredero  y  tienen 
al  nuevo  matrimonio  en  su  compañía,  trabajando  todos 
en  beneficio  de  la  casa  común. 

Justicia  (Brazo  de).  Agente  ó  representante  de  la  Autoridad. 


Laminería.  Golosina. 

Lanternoso.  El  que  padece  alguna  enfermedad  en  los  ojos. 

Lardada.  Dolor  intenso  y  de  corta  duración  que  se  siente 

en  cualquiera  parte  del  cuerpo. 
Lembreno.  Enjuto  de  carnes,  delgado. 
Lengua  defuegOr  Lengua  viperina,  mordaz. 
Lenguaiarga.  Persona  que  no  sabe  guardar  los  secretos  que 

se  le  confían. 
Lenguatudo.  Véase  Lengualarga. 
Leñazo.  Varapalo. 
Letrera.  Hierba  lechera. 
Linajada.  Linaje. 
Litera.  Comarca  de  la  provincia  de  Huesca,  que  tiene  por 

límites:  al  N.,  el  antiguo  condado  de  Ribagorza;  al  O.  y  S., 

el  Cinca,  y  al  E.,  la  Clamor  Salada  ó  de  Almacellas. 
Locada.  Pollada. 
Loceta.  Cazo  pequeño. 
Lueca.  Clueca. 


xxxii*  IVI 

Luna  (Hacer  una).  Hurto  de  frutos  que  los  hijos  hacen  á 
sus  padres,  y  las  mujeres  á  sus  maridos,  para  con  el  pro- 
ducto de  la  venta  de  aquéllos  atender  á  los  gastos  impre- 
vistos. 

Luquet.  Tallo  del  cereal  recién  nacido.  Borao  da  otro  signi- 
ficado á  esta  voz. 


I_L 


Llampugoso.  Véase  Lanternoso. 

Llastón.  Planta:  Agropyrum pungens. 

Llorazas.  Llorón. 

Llorigada.  Conjunto  de  conejillos  recién  nacidos. 

Lioriguera.  Sitio  ó  lugar  donde  ha  nacido  la  llorigada. 

Llufa.  Ventosidad. 


M 


Macot  (Mas  malo  que).  Esta  frase  se  usa  para  denotar  ó 
ponderar  la  perversidad  de  una  persona. 

Magoiar.  Magullar. 

Magro.  Jamón  de  cerdo. 

Mal  (Dar).  Con  esta  dicción  se  da  á  entender  la  arraigada 
superstición  que  hay  entre  la  clase  ignorante  de  que  una 
persona,  por  artes  diabólicas,  puede  á  su  antojo  disponer 
de  ciertas  enfermedades  y  propinarlas  á  quien  le  plazca. 
Así  se  dice:  «A  Juan  le  dio  mal  un  hombre;  á  Pedro  le  dio 
mal  una  mujer». 

Malacara.  Persona  que  tiene  el  semblante  ceñudo. 

Malafacha.  Persona  de  aspecto  repulsivo  ó  antipático. 

Malalzado.  Desaguisado.  ||  Delito,  crimen. 

Mala  pata  (Tener).  Tener  mala  suerte. 

Malapécora.  Persona  que  observa  mala  conducta. 

Malapieza.  Véase  Malapécora. 

Malapiga.  Insecto:  Cientopies. 

Malaz.  Enfermedad  propia  de  las  caballerías:  Carbunco. 

Malcomedor.  El  que  come  poco  por  falta  de  apetito.  1|  Enfer- 
medad: Cáncer. 


IVI  xxxiii* 

Malfarchado.  El  que  tiene  mal  tipo,  el  que  es  desgarbado. 

Malgrano.  Pústula  maligna. 

Malimponer.  Sembrar  la  discordia  entre  personas  unidas  con 
lazos  de  amistad  ó  parentesco. 

Malpeinada.  Véase  Espelurcio. 

Maltrazado.  Véase  Malfarchado. 

Mambolla.  Ampolla. 

Mandalejo.  Mandado,  encargo. 

Mandalejero.  Persona  que  desempeña  encargos  y  mandados. 

Mañero.  Palo  que  se  emplea  para  golpear  á  los  olivos  á  fln 
de  desprender  el  fruto.  El  Diccionario  de  la  Real  Acade- 
mia le  da  otra  acepción. 

Mangada.  Desviación  pronta,  revuelta  rápida  que  se  da  en 
una  carrera  ó  corrida. 

Mangrana.  íJranada. 

Mangranera.  Granado.  D.  Francisco  Lóseos  admite  mangra- 
neva  entre  los  nombres  vulgares  de  las  plantas  que  des- 
cribe en  su  obra  Serie  imperfecta. 

Manoquiila.  Muñeca. 

Mantornar.  Dar  la  segunda  reja  á  los  campos  de  barbecho. 

Manzanera.  Manzano.  Lóseos  incluye  esta  voz  entre  los  nom- 
bres vulgares  de  las  plantas  descritas  en  la  Serie  imper- 
fecta. 

Maiíaneta.  Alborada  ó  primera  luz  del  día. 

Marbaila.  Hierba  silvestre  de  la  familia  de  las  compuestas. 

Margalio.  Vallico.  Lóseos  incluye  esta  voz  entre  los  nom- 
bres vulgares  de  las  plantas  descritas  en  su  Serie  imper- 
fecta. 

Marinada.  Viento  de  Levante  ó  venido  del  mar.  El  Dicciona- 
rio  de  la  Real  Academia  da  á  esta  voz  otro  sentido. 

Marrazo.  Cuchilla  de  grandes  dimensiones  que  sirve  para 
cortar  la  carne  á  golpe.  En  el  Diccionario  de  la  Real 
Academia  se  le  da  acepción  diferente. 

Marrueco.  Planta  silvestre  á  la  que  se  atribuyen  propieda- 
des medicinales. 

Marramiáu  (Ir  X).  Andar  al  mismo  tiempo  con  las  manos  y 
las  rodillas. 

Máselo.  Macho. 

Maseto.  Cordero  que  se  cría  solo  y  con  regalo. 

Matraco.  Campesino.  ||  Persona  de  escasa  cultura  y  de  ade- 
manes toscos. 

Matrazo.  Cada  una  de  las  piezas  de  madera  ó  pies  derechos 
que  sirven  para  sujetar  la  parte  posterior  de  la  prensa  ó 
viga  de  los  molinos  aceiteros  cuando  se  suspende  ó  cuel- 
ga la  libra.  Esta  voz  se  lee  en  el  «Libro  de  Administra- 
ción del  Molino  aceitero  de  la  villa  de  Binéfar». 


xxxiv*  IVI 

Matután.  Gaznápiro. 

Maular.  Ladrar.  |I  Mayar. 

Maulido.  Ladrido.  ||  Maullido. 

Mee.  Pájaro  de  tamaño  menor  que  el  del  gorrión. 

Meligo.  Ombligo. 

Meligo  (Arrugarse  el).  Esta  frase  es  sinónima  de  la  pala- 
bra cobardía,  así  como  la  de  «no  arrugarse  el  meligo'»  es 
sinónima  de  valor. 

Menescal.  Albéitar,  veterinario. 

Menudencias.  Menudo  de  las  aves.  En  el  Diccionario  de  la 
Real  Academia  tiene  otro  significado. 

Mermasangre.  Hierba  silvestre  que  tiene  la  propiedad  de 
atemperar  la  sangre. 

Mezclizo.  Mestizo. 

Michón.  Pájaro. 

Mielca.  Mielga.  Lóseos  da  cabida  á  esta  voz  en  su  renom- 
brada obra  Serie  imperfecta. 

Mielcón.  Una  variedad  de  la  mielga. 

Mientefuerte.  Embustero. 

Müorcha.  Cometa.  ||  Persona  excesivamente  alta. 

Ministro  Corredor.  Alguacil  del  Ayuntamiento.  Así  se  le  de- 
nomina á  este  funcionario  en  los  «Libros  del  Ayuntamien- 
to de  la  villa  de  Binéfar».  Véanse  las  actas  correspondien- 
tes á  los  años  de  1752  al  1800.  Archivo  municipal  de  Bi- 
néfar. 

MJojo-  Grano  ó  pepita  de  la  nuez,  almendra  y  del  hueso  de 
algunas  frutas. 

Misas  de  once  (Fundar  pocas).  Esta  frase  se  aplica  á  una 
persona  que  está  poco  habituada  á  la  economía  y  al  tra- 
bajo. 

Misto.  Fósforo,  cerilla.  El  Diccionario  de  la  Real  Academia 
le  da  un  sentido  más  amplio. 

Mochacón.  Hombrón. 

Mojadura.  Rocío.  En  el  Diccionario  de  la  Real  Academia  se 
le  da  otro  sentido. 

Mojete.  Salsa. 

Moiimento.  Monumento,  túmulo,  altar  ó  aparato  que  se  for- 
ma en  las  iglesias  el  día  de  Jueves  Santo. 

Molumento.  Véase  Molimento.  En  la  escritura  de  «Arren- 
damiento de  primicias  de  Ballovar»,  año  1768,  se  lee: 
«Por  el  trabajo  de  parar  y  disparar  el  molumento,  se  pa- 
gará una  libra,  12  sueldos». 

Molla  (Agua).  Agua  blanda  ó  no  potable. 

Momagastro.  Una  variedad  de  la  uva. 

Mombolón.  Insecto  de  la  familia  de  los  esfingidos:  Sphix 
Elpenor. 


IVI  XXXV* 

Mombolonear.  Hablar  á  media  voz  sin  que  se  llegue  á  en- 
tender lo  que  se  dice.  ||  Protestas  que  se  hacen  en  voz 
baja  contra  los  mandatos  ó  amonestaciones  de  un  su- 
perior. 

Monte  redondo.  Pardina  ó  grande  extensión  de  terreno  que 
generalmente  pertenece  á  un  solo  dueño. 

Morelia.  Hierba  silvestre  que  crece  en  los  terrenos  sali- 
trosos. 

Morenillo.  Aparato  de  madera  que  se  pone  dentro  de  la  cho-, 
colatera  para  batir  el  chocolate  mientras  se  cuece. 

Morerol.  Ratón  silvestre,  musaraña. 

Moridiza  (Carne).  Carne  de  las  reses  que  mueren  de  enfer- 
medad y  se  la  destina  al  consumo  público  como  si  pro- 
cediera de  reses  sanas. 

Mórfuga.  Atmósfera. 

Morqueta.  Alpechín. 

Morra.  Res  lanar  que  padece  la  enfermedad  llamada  torneo 
ó  modorra. 

Morralla.  Especie  de  lazada  que  se  hace,  con  el  ramal  del 
cabestro,  alrededor  del  morro  de  una  caballería  indómi- 
ta, para  sujetarla  mejor. 

Morralla  (Duro  de).  Esta  frase  se  aplica  al  hombre  de  ca- 
rácter violento  y  poco  flexible. 

Morralleras.  Suciedad  que  dejan  los  alimentos  y  las  bebidas 
alrededor  de  la  boca  cuando  se  toman  sin  la  limpieza  ó 
pulcritud  debidas. 

Morrear.  Sestear  el  ganado  lanar. 

Morrera.  La  punta  más  elevada  de  un  cerro  ó  cabezo. 

Morroño.  Pedazo  grande  y  más  ó  menos  redondeado  de  al- 
guna cosa.  El  Diccionario  de  la  Real  Academia  le  da  otro 
significado. 

Mortalera.  Mortandad. 

Mosca  de  ganchet.  Insecto  de  la  familia  de  los  múscidos  y 
cuyo  nombre  técnico  es  CEstrus' equi. 

Moscalión.  Tábano. 

Mosta.  Véase  Amosta  en  el  Diccionario  áe  Borao. 

Mostrela.  Comadreja. 

Muergo.  Enfermedad  del  trigo:  Caries  ó  tizón. 

Muestra.  Flor  del  olivo. 

Mugor.  Aire  enrarecido  que  se  encuentra  en  los  silos  y  la- 
gares, especialmente  en  estos  últimos  cuando  las  uvas 
pisadas  están  en  el  período  de  la  fermentación  tumul- 
tuosa. 


xxxvr 


N 


Nadón.  Ánade  ó  pato  silvestre. 

Narices  (Montarse  las).  Hemorragia  nasal. 

-Navada.  Almadia. 

Navatero.  Los  que  hacen  y  guian  las  almadias. 

Negrillón.  Planta  silvestre:  Agrostema  Githago. 

Niervos  (Acaballarse  los).  Relajación  de  nervios. 

Noguero.  Nogal. 

Nuestro  (El),  Nuestra  (La).  Cuando  la  mujer  usa  la  primera 
de  estas  frases  quiere  decir  «mi  marido»,  y  la  segunda 
dicción,  en  boca  del  marido,  equivale  á  «mi  mujerx>. 


Olivera  borde.  Olivo  silvestre,  acebuche. 

Olorar.  Oler. 

Olva.  Polvillo  6  parte  más  menuda  de  la  paja  de  los  ce- 
reales. 

Oncecientos.  Mil  cien. 

Ongina  Angina. 

Onso.  Oso. 

Oroiiegar.  Ahogarse. 

Osilio.  Eje  de  hierro  en  cuyos  extremos  giran  las  ruedas  de 
los  carruajes. 

¡Ospo!  Interjección:  ¡Jopo! 


Pa.  Contracción  de  la  voz  para. 

Paca.  Paquete,  bala  ó  fardo  prensado  de  paja. 

Pagentero.  Pasto.  Ij  Lugar  donde  se  encuentra  el  pasto. 

Palanca.  Pequeño  puente  movible  consistente  en  una  ó  más 


R  xxxvii* 

tablas  tendidas  sobre  estrechas  corrientes  de  agua.  En  el 
Diccionario  de  la  Real  Academia  tiene  otra  significación. 

Palanqueta.  Uno  de  tantos  modos  de  cazar  pájaros  con  liga. 

Palear.  Conllevar  el  carácter  ó  genio  de  una  persona.  ¡|  Aco- 
modarse, atemperarse  con  el  sesgo  que  toman  los  acon- 
tecimientos, asuntos  ó  negocios  en  los  que  una  persona 
tiene  que  intervenir. 

Palera.  Herida  hecha  á  una  caballería  golpeándola  con  un 
palo.  II  Cicatriz  que  resulta  de  la  mentada  herida. 

Palometa.  Palomilla  que  se  cria  en  los  graneros  donde  hay- 
cebada.  II  Mariposa. 

Paltruc.  Persona  de  formas  pesadas  y  modales  toscos. 

Pallarofa.  Envolturas  ó  vainas  secas  de  las  legumbres. 

Pan  de  falta.  Es  aquel  que  no  reúne  buenas  condiciones  por 
defecto  ó  vicio  de  la  masa. 

Panchac.  Panza,  vientre. 

Panicero.  Se  dice  asi  á  quien  es  muy  aficionado  á  comer  pan. 

Panleuestro.  Hierba  silvestre  de  la  familia  de  las  com- 
puestas. 

Panlnous.  Tonto,  simple. 

Pantingana.  Especie  de  langosta  verde  y  de  vientre  muy 
abultado. 

Paparullas.  Caricias,  arrumacos. 

Papeles.  Todos  los  documentos  en  los  que  se  tratan  asuntos 
de  interés  particular,  y  muy  especialmente  si  están  auto- 
rizados por  el  Notario.  Así  son  de  uso  muy  frecuente  las 
frases  siguientes:  «Fulano  se  casó  con  Mengana;  pero  no 
hicieron  papeles  (en  lugar  de  capítulos  matrimoniales)». 
«Donde  hay  papeles  callan  barbas».  Esta  frase  tal  vez 
deba  su  origen  al  principio  foral  aragonés  Standum  est 
charlee. 

Parcela.  Una  de  las  partes  ó  lotes  en  que  está  dividida  una 
pardina,  monte  vedado  ó  campo  de  muchísima  extensión. 
En  el  Diccionario  de  la  Real  Academia  tiene  esta  voz  otras 
varias  acepciones. 

Parereta.  Pequeña  parada  de  tierra  ú  otro  obstáculo  que  se 
pone  para  desviar  las  pequeñas  corrientes  de  agua. 

Paret-foral.  Pared  maestra  y  más  especialmente  la  exterior 
ó  que  cierra  uno  de  los  costados  de  un  edificio. 

Parias.  Membrana  que  envuelve  al  feto.  El  Diccionario  de  la 
Real  Academia  le  da  otro  sentido. 

Parigual.  Igual.  Esta  voz  se  emplea  sólo  cuando  se  trata  de 
la  igualdad  de  las  personas. 

Parlaticado.  Paralitico. 

Partida.  Cada  una  de  las  partes  en  que  se  divide  un  término 
municipal,  un  vedado,  una  pardina.  Esta  palabra  se  en- 


xxxviir  F^ 

cuentra  en  cosi  todas  las  escrituras  de  compraventa,  per- 
muta, cesión,  donación,  etc.,  de  bienes  raíces.  En  casi 
todos  los  catastros  de  este  país  se  lee  la  misma  palabra 
al  precisarla  situación  de  una  finca  determinada.  ||  Pasa- 
da, jugarreta. 

Parrel.  Una  de  las  varias  especies  de  uva. 

Parruza.  Parriza. 

Pasayá.  Voz  usada  por  los  carreteros  para  mandar  á  las  ca- 
ballerías que  vayan  hacia  la  derecha. 

Pasearse  el  alma  por  el  cuerpo.  Frase  que  se  aplica  á  la  per- 
sona indolente  ó  apática. 

Pata  (Estirar  la).  Morirse. 

Pata  (Tener  mala).  Ser  desgraciado,  tener  mala  estre- 
lla. 

Pataca.  Pasta  de  harina,  grasa  y  sangre  de  cerdo  que  luego 
se  cuece  con  agua.  I|  Mujer  de  formas  pesadas. 

Pauto.  Pacto.  Se  lee  esta  voz  en  el  «Libro  para  Binéfar»,  año 
1754,  folios  15  vuelto  y  16.  Archivo  municipal  de  la  citada 
villa. 

Pavías  (Echar).  Jactarse. 

Pecho  abajo.  Ir  hacia  abajo,  bajar  una  cuesta  ó  pendiente. 

Pecho  (Levantarse  el).  Estertor  agónico. 

Pederá.  Estaca  clavada  en  el  suelo  para  sujetar  por  una  pata 
á  la  oveja  que  se  resiste  á  amamantar  á  su  cordero. 

Pedo  de  monja.  Cierta  clase  de  bizcocho. 

Pegalosiila.  Hierba  silvestre:  Setaria  verticillata. 

Pena  (Llevar  la).  Presentar  la  denuncia  al  Juzgado  mu- 
nicipal de  la  falta  que  se  haya  cometido  en  propiedad 
rústica,  por  personas  ó  animales. 

Pentinella.  Hierba  silvestre:  Pimpinela. 

Perbullir.  Cocer  primero  con  agua  una  cosa  que  después 
se  ha  de  guisar. 

Percha.  Palo  muy  largo  y  delgado  que  se  emplea  para  hacer 
caer  las  olivas,  nueces,  almendras  y  otros  frutos,  gol- 
peando las  ramas  de  los  árboles.  El  Diccionario  de  la 
Real  Academia  le  da  otras  acepciones. 

Perdigacho.  Perdiz  macho. 

Perdua.  Pérdida.  ^ 

Permudar.  El  cambio  anual  que  los  animales  hacen  del  pelo, 
las  aves  de  la  pluma  y  las  serpientes  de  la  piel. 

Perolo.  Dado. 

Perpalo.  Barra  ó  palanca  de  hierro  que  se  emplea  para  re- 
mover objetos  de  mucho  peso  y  especialmente  grandes 
piedras. 

Perra  (Tener).  Pereza,  desmadejamiento,  sueño. 

Perra  capada  (Salir  la).  Salir  mal  las  cuentas.  ||  Torcerse 


R  XXXIX* 

la  marcha  de  un  negocio  que  al  principio  iba  bien.  ||  De- 
fraudarse las  esperanzas  que  uno  alimenta. 

Petacul.  Fruto  de  la  garrabera.  ||  Persona  de  poca  estatura. 

Petar.  Chasquear  el  látigo,  la  honda  ó  cualquier  otro  objeto 
que  produce  chasquidos. 

Retido.  Chasquido. 

Peto.  Véase  Petido. 

Plazo.  Pedazo.  Esta  voz  se  lee  en  la  hermosa  novela  de  don 
Luis  María  López  Allué,  titulada  Capuletos  y  Mónteseos, 
página  218. 

Picado.  Picoso. 

Picamorro  (Beber  A).  Beber  poniendo  los  labios  en  el  pico 
de  la  jarreta,  cetril,  porrón,  etc. 

Picapoll.  Una  de  las  varias  especies  de  uva. 

Picar.  Cavar.  Se  lee  esta  voz  en  la  página  122  de  la  novela  Ca^ 
puletos  y  Mónteseos  del  Sr.  López  Allué.  El  Diccionario  de  la 
Real  Academia  da  otras  acepciones  á  la  palabra  picar. 

Pichar.  Orinar. 

Pichar  la  boira.  Humedad  que  despide  la  niebla  cuando  está 
baja  y  es  muy  densa. 

Picharrada.  Mearrada. 

Pichella.  Vasija  de  medio  jarro  de  cabida.  Se  lee  esta  voz  en 
la  «Cuenta  de  Propios  y  arbitrios  de  la  villa  de  Binéfar» 
correspondiente  al  año  1797.  En  dicho  documento  se 
dice:  € se  emplean  100  hombres  cada  día  (en  la  lim- 
pieza de  la  balsa)  á  los  que  solamente  se  les  daba  un  trago 
á  las  diez  y  otro  á  las  cuatro  de  la  tarde,  dando  por  cada 
8  hombres  dos  medias  ó  Pichellas  de  vino  que  componen 
6  cántaros,  dos  medias » 

Pichoso.  Se  aplica  esta  voz  á  quien  se  orina  sin  darse  cuenta 
ó  apercibirse. 

Pigota.  Viruela. 

PIgotoso.  Picoso. 

PIjalto.  Voz  despreciativa  con  la  que  la  clase  ínfima  de  la 
sociedad  denomina  al  individuo  de  clases  más  elevadas. 

Pinta.  Ficha. 

Pintar.  Contar,  apuntar,  fichar. 

Piño!.  Cospillo. 

Pirnia.  Parche.  Se  lee  esta  voz  en  el  «Libro  para  Binéfar», 
folio  16.  Archivo  municipal  de  la  referida  villa. 

Pita.  Enfado. 

Pltoso.  El  que  se  enfada  con  frecuencia. 

Pltoste.  Véase  Pitoso. 

Pitral.  Correa  que,  pasando  por  delante  del  pecho  de  una 
caballería,  se  sujetan  sus  dos  extremos  en  la  silla  ó 
aparejo. 

26 


XL*  R 

Pitralera.  Pecho  de  una  caballería. 

Piular.  Piar. 

Plañer.  Compadecer,  tener  consideración. 

Pleta.  Cabana  de  pastores. 

Pocacrisma.  Persona  de  poco  seso. 

Pocachicha.  Persona  de  pocas  carnes. 

Pocarropa.  Descamisado. 

Pocasustancla.  Simple,  tonto. 

Pocofundamento.  Persona  de  escaso  criterio. 

Pochaca.  Bolsillo. 

Pochaquear.  Meter  la  mano  en  el  bolsillo  buscando  alguna 
cosa. 

Podrecido.  Pudrido,  putrefacto. 

Ponedor.  Ponedero,  nidal. 

Pontentodo.  Entremetido. 

Porca.  Cada  una  de  las  listas  ó  fajas,  de  nueve  á  doce  ó  ca- 
torce pasos  de  anchura,  en  que  se  acostumbra  dividir  un 
campo  para  sembrarlo  con  regularidad. 

Porgador.  Criba  para  ahechar  el  trigo. 

Porgadoraire.  Persona  que  tiene  por  oficio  porgar  ó  ahe- 
char. 

Porguesas.  Ahechaduras,  despojos  del  trigo. 

Porquear.  Es  el  acto  de  dividir  en  percas  un  campo.  ||  La 
mala  distribución  que  el  sembrador  ha  hecho  déla  semi- 
lia,  hasta  el  extremo  de  conocerse  las  porcas  aun  mucho 
tiempo  después  de  nacido  el  sombrado. 

Porquinate.  Se  dice  á  la  persona  sucia  y  desaseada. 

Portalada.  Portal  de  grandes  dimensiones  de  algún  edificio 
público  ó  casa  particular. 

Portellada.  Garganta  ó  paso  estrecho  que  hay  entre  dos 
colinas. 

Pote.  Trozo  de  piel  destinado  á  envolver  y  conservar  las 
varillas  impregnadas  de  liga  que  sirven  para  la  caza  de 
pájaros. 

Potinge.  Potingue. 

Potlngero.  El  aficionado  á  tomar  potingues.  ||  El  que  los 
confecciona,  y  también  el  que  manosea  aguas  y  otros  lí- 
quidos sucios. 

Pozo  sin  suelo.  Persona  que  come  sin  saciarse  nunca. 

Preciadores.  Véase  Apreciadores.  Se  lee  esta  voz  en  el 
acta  del  Ayuntamiento  de  Binéfar,  correspondiente  al 
4  de  Abril  de  1785. 

Presguardar.  Resguardar.  ||  Precaverse  del  daño  ó  riesgo 
que  nos  amenaza. 

Propiedad  (Tener).  Véase  Tener  gracia. 

Prou.  Bastante. 


R  XLl* 

Pulsos.  Sienes.  En  el  Diccionario  de  la  Real  Academia  tiene 

otras  acepciones. 
Punchada.  Punzada 
Punchazo.  Pinchazo. 
Punchón.  Punzón. 
Puntarrón.    Puentecillo    tendido   sobre    alguna    acequia    ó 

arroyo. 
Puput.  Abubilla. 


Quinquilaire.  Quinquillero,  buhonero.  López  Allué  pone  en 
boca  de  uno  de  los  personajes  de  su  novela  Capuletos  y 
Mónteseos  esta  voz,  como  se  ve  en  la  página  214. 


Rabanicia.  Planta  de  la  familia  de  las  cruciferas:  Raphanus 
raphanistrum.  Se  la  encuentra  generalmente  en  los  cam- 
pos sembrados  de  cereales. 

Rabosa.  Raposa.  ||  Se  dice  hacer  rabosa  cuando  un  carro  se 
atasca  en  un  bache  ó  atolladero  y  no  se  puede  sacar  sin 
un  grande  esfuerzo  de  las  caballerías. 

Raboso.  Raposo.  [|  Hombre  picaro,  astuto,  ladino. 

Racoso.  Hombre  aplicado,  trabajador,  buscador  de  la  vida, 

Radedor.  Rasero. 

Ráfil.  Alero  de  tejado. 

Rafollada.  Gran  número,  abundancia,  muchedumbre. 

Ramo.  Cada  uno  de  los  brazos  de  un  río,  que  se  separa  de 
la  corriente  principal. 

Ramos.  Arboles  dispuestos  de  una  manera  especial  para  ca- 
zar pájaros  con  liga. 

Rampona.  Cosa  menuda  y  despreciable. 

Ranzonear.  Perder  el  tiempo  hablando  ó  haciendo  cosas 
inútiles. 

Ranzonero.  El  que  pierde  el  tiempo  hablando  de  cosas  fúti- 
les ó  yendo  de  un  punto  á  otro  sin  hacer  cosa  de  pro- 
vecho. 


XLll*  R 

Rascle.  Especie  de  rnstrillo  para  recoger  las  espigas  des- 
pués de  segadas.  El  Diccionario  de  la  Real  Academia  le 
da  otra  acepción. 

Rata-paniquesa.  Especie  de  rata  silvestre;  Myoxus  nitella. 
Vive  ordinariamente  en  los  árboles. 

Rebaje.  Rebaja,  Se  lee  esta  voz  en  la  «Escritura  de  Arrenda- 
miento de  los  bornes  de  la  villa  de  Binéfar  para  el  año 
1800».  Archivo  municipal  de  dicho  pueblo. 

Rebaiiar.  Dar  vueltas  una  cosa  rápidamente  y  sobre  su  pro- 
pio eje,  como  lo  hace  la  peonza,  el  trompo,  etc.,  etc. 

Rebordizo.  Rechoncho. 

Rebullido.  Lo  que  ha  hervido  excesivamente.  El  Diccionario 
de  la  Real  Academia  le  da  otra  acepción. 

Rebullir.  Hervir  una  cosa  más  de  lo  necesario.  El  Dicciona- 
rio de  la  Real  Academia  da  á  esta  voz  un  significado  dife- 
rente. 

Rebullón.  Chichón.  ||  Hinchazón  producida  por  un  golpe  en 
cualquier  parte  del  cuerpo.  1|  Reburujón,  rebujo. 

Rebun.   Moho,  orín. 

Rebuscallo.  Desperdicio,  generalmente  de  leña. 

Recachudo.  Véase  Rebordizo. 

Recaiibarse.  Recalentarse  una  cosa,  fermentar. 

Recatillo.  Barda  de  tapia.  ||  Cualquier  moldura  que  sobre- 
salga de  una  pared. 

Recau.  Potaje  compuesto  de  judias,  patatas  y  verdura.  Es  el 
principal  alimento  de  la  gente  campesina  de  la  Litera. 

Recomerse.  Véase  en  el  Diccionario  de  Borao  Reconco- 
merse. 

Rechina.  Caracolillo  comestible  de  color  blanquecino,  y  que 
se  encuentra  en  terreno  de  secano. 

Rechitar.  Retoñar. 

Rechitón.  Retoño. 

Rechorchera.  Véase  en  el  Diccionario  de  Borao  la  palabra 
Alifara. 

Redol.  Círculo. 

Redolada.  Contorno,  comarca.  Esta  voz  se  lee  también  en  la 
obra  de  López  Allué  Capuletos  y  Mónteseos,  página  56.  El 
Diccionario  de  la  Real  Academia  le  da  otro  significado. 

Redolar.  Rodar.  ||  Caída  dando  tumbos. 

Redolín.  Turno.  En  este  sentido  se  ve  usada  esta  voz  en  el 
«Libro  de  Administración  del  molino  aceitero  de  la  villa 
de  Binéfar». 

Redolón.  Tumbo,  voltereta. 

Referir.  Comprobar,  ajustar  los  pesos  y  medidas  con  los  que 
se  tienen  por  legales. 

Refítolear.  Rebuscar,  registrar,  escudriñar. 


R  xLiir 

Regal.  La  parte  más  baja  de  los  terrenos,  susceptible  de  rie- 
go en  época  de  grandes  lluvias. 

Reganchar.  Doblar  alguna  cosa  en  forma  de  gancho.  ||  Re- 
torcer. 

Regañadientes.  Hacer  una  cosa  á  disgusto  y  refunfuñando. 

Regañeras.  Poner  ios  dientes  á  descubierto  contrayendo  los 
labios.  II  Véase  Dentera  en  el  Diccionario  de  Borao. 

Rejilla.  Braserillo  en  forma  de  caja,  cerrada  en  su  parte  su- 
perior con  una  rejilla,  sobre  la  cual  se  ponen  los  pies 
para  calentarlos. 

Relojes.  Planta  silvestre  de  la  familia  délas  geraniáceas: 
Erodium  ciconium.  Lóseos  incluye  el  nombre  vulgar  de 
esta  planta  entre  los  que  enumera  en  la  lista  de  su  Serie 
imperfecta  de  las  plantas  aragonesas  espontáneas. 

Rem.  Espacio  que  descubre  una  guadaña  en  cada  mano  ó 
pasada. 

Remojón.  Rebanada  de  pan  tostada  y  luego  sumergida  en 
aceite. 

Renueco.  Renacuajo,  j]  Persona  que  de  continuo  refunfuña. 

Repalmador.  Vasar. 

Repatán.  Rabadán.  También  se  lee  esta  voz  en  la  novela  de 
López  Allué  Capuletos  y  Mónteseos,  página  53. 

Restojar.  Sembrar  sobre  rastrojo. 

Restojo.   Rastrojo. 

Retiro  (Dar  un).  Tener  cierto  parecido  algunas  personas  ó 
cosas  entre  si.  Con  frecuencia  se  dice:  «Pedro  le  da  un  re- 
tiro á  su  padre  en  la  manera  de  andar».  «La  cara  de  Feli- 
pe le  da  un  retiro  á  la  de  su  abuelo».  «Tal  flor  le  da  un 
retiro  á  tal  otra»;  etc.,  etc. 

Retorcigón.   Retorcijón. 

Retuno.  Tuno  en  grado  superlativo. 

Reuto.  Rédito. 

Revenir.  Reblandecerse  una  cosa.  En  el  Diccionario  de  la 
Real  Academia  no  está  incluida  esta  acepción. 

Revolvino.  Torbellino. 

Ribla.  Juego  de  muchachos. 

Ribot.  Una  de  las  variedades  de  la  uva. 

Riscla.  Pajuela  de  cáñamo. 

Rodilera.  Surco  que  abren  en  los  caminos  las  ruedas  de  los 
carros. 

Rogall.  Ruido  que  hace  la  garganta  cuando  se  respira  con 
mucha  dificultad. 

Rompebancos  sin  estral.  Hombre  sin  oficio,  vago,  desocu- 
pado. 

Rompido.  Roto.  |I  Si  esta  voz  se  aplica  á  personas  ó  animales 
significa  herniado  ó  que  padece  de  hernias.  |j  Si  se  refiere 


XLIV*  R 

al  terreno,  equivale  á  quebrado.  ||  Si  al  color,  vale  tanto 
como  caído,  bajo. 

Rompidura.  Rotura.  |i  Hernia.  En  el  primer  sentido  se  lee  en 
la  novela  del  Sr.  López  Allué  Capuletos  y  Mónteseos,  pá- 
gina 312. 

Rónico  Viejo,  raido,  anticuado. 

Ropa  en  la  barca  (Tener  la).  Se  usa  esta  frase  para  indicar 
que  una  persona  está  arruinada  respecto  de  intereses,  ó 
próxima  á  la  quiebra. 

Rosera.  Rosal. 

Rosigaltares.  Persona  piadosa  que  pasa  la  mayor  parte  del 
tiempo  en  la  iglesia. 

Rosigón.  Mendrugo  raído  de  pan.  ||  Raíz  de  un  diente  ó  mue- 
la rotos. 

Rostía.  Véase  en  el  Diccionario  de  Borao  la  palabra  Riostra. 

Rotar.  Eructar.  En  el  Diccionario  de  la  Real  Academia  se  da 
á  esta  voz  otra  acepción. 

Rotido.  Eructo. 

Roza.  Hendidura  ó  ranura  que  se  hace  en  la  roca  para  cla- 
var las  cuñas  cuando  hay  que  cortar  grandes  bloques  ó 
trozos  de  piedra.  En  el  Diccionario  de  la  Real  Academia 
tiene  esta  voz  otro  significado. 

Rozar.  Hacer  rozas.  En  el  Diccionario  de  la  Academia  tam- 
bién tiene  otra  acepción  esta  palabra. 

Royal.  Una  de  las  muchas  variedades  de  la  uva.  En  el  Dic- 
cionario de  Borao,  aunque  está  comprendida  esta  voz,  no 
tiene  la  acepción  que  aquí  se  le  da. 

Ruca.  Planta  silvestre  de  la  familia  de  las  cruciferas.  Lós- 
eos incluye  esta  voz  entre  los  nombres  vulgares  de  las 
plantas  que  describe  en  su  obra  Serie  imperjecta. 

Ruedabalsas.  Insecto  de  la  familia  de  los  libelúlidos.  Caba- 
llito del  diablo. 

Ruello.  Rodillo  de  piedra. 

Rugió.  Rocío. 

Ruja.  Picos  pardos. 

Rujador.  Regadera. 

Rulleta.  Tórtola  silvestre. 

Rustido.  Asado. 

Rustir.  Asar. 


xlV 


Sacarjos  pies  de  las  alforjas.  Frase  empleada  para  indicar 
que  una  persona  ha  llevado  á  cabo  una  acción  que,  al 
parecer,  no  estaba  en  consonancia  con  el  carácter  y  apti- 
tudes del  que  la  llevó  á  cabo. 

Sacatrapos.  Se  aplica  esta  voz  á  la  persona  que  tiene  habi- 
lidad suficiente  para  sonsacar  las  intenciones  que  otra 
persona  oculta,  ó  los  secretos  que  con  cuidado  guarda.  || 
El  Diccionario  de  la  Real  Academia  da  otro  significado 
á  esta  palabra. 

Salado.  Hierba  silvestre  que  se  encuentra  en  terrenos  sali- 
trosos; Barrilla. 

Salagón.  Arcilla  en  forma  de  roca. 

Salceño.  Una  de  las  muchas  variedades  de  uva. 

Salinera.  Cajita  que  acostumbra  haber  en  las  cocinas  para 
ponerla  sal. 

Salmorrejo.  Salmorejo. 

Salobrar.  Terreno  donde  abunda  el  salobre. 

Salobrenoo.  Todo  lo  que  tiene  salobre.  ||  Sabor  salitroso. 

Salsa.  Planta  silvestre. 

Salto  (Tener  buen).  Frase  usada  para  denotar  que  una  per- 
sona tiene  buen  apetito  ó  costumbre  de  comer  mucho. 

Salzmiembre.  Planta  parecida  al  mimbre.  Lóseos  iucluye 
esta  voz  entre  los  nombres  vulgares  de  las  plantas  que 
describe  en  su  Serie  imperfecta. 

Sangonera.  Sanguijuela.  \\  Infarto  venoso  que  padecen  las 
caballerías  y  del  «íual  fluye  sangre. 

Sanmlgueiada.  Época  ó  tiempo  que  media  entre  la  termina- 
ción de  la  trilla  y  principio  de  la  sementera.  López  Allué 
pone  en  boca  de  uno  de  los  personajes  de  su  novela  Ca- 
puletos  y  Mónteseos  esta  voz,  como  se  ve  en  la  página  171. 

Santocristo.  Crucifijo. 

Sapia.  Savia.  ¡I  Sabor,  gusto. 

Sargantana.  Mujer  de  carácter  irascible  y  levantisco.  En  el 
Diccionario  de  Borao  no  se  da  á  esta  voz  el  significado 
que  tiene  en  esta  Colección. 

Sarraiohón.  Planta  silvestre  de  la  familia  de  las  gramíneas. 

Sarrajón.  Véase  Sarraichón. 

Saso.  Terreno  elevado,  meseta  de  un  cerro,  loma  de  una  co- 


XLVl*  S 

lina.  En  el  Diccionario  de  Borao  se  le  da  á  esta  voz  otro 
significado. 

Seguntes.  Según. 

Sendera.  Red  hecha  con  cuerda  delgada,  que  se  usa  para 
coger  en  ella  los  conejos  cuando  salen  de  los  cados  ó  ma- 
drigueras hostigados  por  el  hurón. 

Senigrec.  Alholva:  Trigonella  Fenum  grecuni. 

Serva.  Fruto  del  serval. 

Servero.  Hierba  seca  que  se  encuentra  en  los  yermos  y  már- 
genes, que  sirve  de  pasto  á  los  ganados. 

Ses.  Irritación  del  intestino  recto  con  salida  de  un  replie- 
gue del  mismo  fuera  del  ano. 

Sirvientes.  Todas  aquellas  personas  que,  mediante  una  re- 
muneración, prestan  sus  servicios  á  un  ayuntamiento, 
municipalidad  ó  vecindario,  como  son  secretario,  algua- 
cil, campanero,  guardas,  pregonero,  médico,  cirujano, 
etcétera,  etc.;  y  en  este  sentido  se  usa  esta  voz  con  harta 
frecuencia  en  las  «Actas  del  Ayuntamiento  de  la  villa  de 
Binéfar»  pertenecientes  al  siglo  xviii,  como  puede  verse 
en  las  correspondientes  á  los  años  1728,  1735,  1753,1754, 
1755,  1757,  etc.,  etc. 

Sisa.  Sedimento  que  dejan  las  aguas  torrenciales  en  las 
grandes  avenidas.  En  el  Diccionario  de  la  Real  Academia 
tiene  esta  voz  otras  acepciones. 

Sisallar.  Terreno  donde  abunda  el  sisallo. 

Sisea.  Planta  acuática.  Lóseos  incluye  esta  voz  entre  los 
nombres  vulgares  de  las  plantas  de  su  Serie  imperfecta. 

Siseila.   Paloma  torcaz. 

Sisot.  Ave:  Sisón,  avutarda  menor. 

Sobraría.  Caballería  que  pasa  de  dos  años  y  no  llega  á  los 
treinta  meses. 

Sobrecedor.  Rebosadero. 

Sobrecer.   Rebosar. 

Sobrecimiento.  Rebosamiento,  rebosadura. 

Sobreportal.  Trozo  de  madero  puesto  sobre  las  jambas  de 
una  puerta,  ó  de  una  ventana,  para  levantar  ó  cargar  so- 
bre él  la  pared  ó  muro  donde  se  ha  abierto  la  puerta  ó 
ventana  ^^ 

Sofocón.  Sofoco,  acaloramiento. 

Somordo.  Sordo.  Esta  voz  se  usa  únicamente  cuando  se 
habla  del  ruido  y  del  dolor  físico.  Así  se  dice  que  un  ruido 
ó  un  trueno  es  somordo  cuando  se  oye  confuso  y  lejano. 
Un  dolor  es  somordo  cuando  no  es  intenso  ó  agudo. 

Soroil.  Conjunto  de  campanillas  sujetas  á  los  cabestros  ó 
cabezadas  de  las  caballerías. 

Sosal.  Terreno  poblado  de  la  planta  llamada  sosa. 


X  XLVII* 

Sucarrar.  Socarrar. 

Sucarrín.  Olor  especial  que  despiden  algunas  substancias 
cuando  se  queman,  como  lo  ropa,  el  papel,  el  pelo,  etc. 

Sudera.  Tela  burda  doblada  en  dos  ó  tres  pliegues,  y  á  ve- 
ces almohadillada,  que  se  pone  sobre  el  lomo  de  una  ca- 
ballería antes  de  albardarla  ó  enjalmarla. 

Sulsido.  Consumido,  encogido,  mermado  por  la  acción  del 
calor  ó  del  tiempo.  ||  Impacientado. 

Sulsirse.  Consumirse,  contraerse,  secarse  por  la  acción  del 
calor  ó  del  tiempo.  ||  Impacientarse. 

Sumancio.  Mustio,  marchito. 

Sumarrar.  Requemar  ó  dar  más  fuego  del  necesario  á  los  ali- 
mentos que  se  cuecen  ó  guisan. 

Sumarrado.  Requemado. 

Surtido.  Se  aplica  esta  voz  al  hombre  de  carácter  expansi- 
vo, de  genio  abierto. 


Tabella.  Vaina  ó  envoltura  de  las  legumbres. 

Tacha.  Tapón  ó  clavo  de  madera  puesto  en  los  toneles  ó  en 
las  cubas  después  que  se  han  tachado. 

Tachar.  Abrir  un  agujero,  con  barrena  muy  delgada,  en  una 
de  las  tablas  de  los  toneles  ó  cubas,  para  dar  salida  al 
vino  ó  liquido  que  contienen,  y  así  poder  apreciar  si  éste 
se  mantiene  sano. 

Tajoparejo  (Á).  Hacer  ó  llevar  una  cosa  por  igual,  sin  dis- 
tinción. 

Tajugo.  Tejón. 

Tallada.  Camino  ó  senda  que  las  liebres  se  abren  con  los 
dientes  en  los  sembrados  para  ir  á  sus  cubiles. 

Tamarlza.  Arbusto:  Tamarix  GalUca,  taray. 

Tanganet.  Juego:  Tángano. 

Tapiera.  Cada  una  de  las  tablas  que  forman  el  cajón  que 
sirve  para  hacer  tapias. 

Tarantuela.  Tarántula. 

Tararana.  Araña.  ||  Telaraña. 

Tarna.  Fragmento,  parte  de  una  cosa  destrozada,  raja. 

Tarrueco.  Terrón. 

Tartameco.  Tartamudo. 

Tastarrazo.  Golpe  dado  con  un  palo. 


XLVIIl*  T 

Tastet.  Carne  de  cerdo  picada  y  aderezada  con  especias  y 
sal,  que  luego  se  cuece  para  probar  si  está  bien  hecha 
la  mezcla  antes  de  hacer  los  embutidos. 

Tatarata.  Posición  inversa  á  la  que  tiene  el  hombre  cuan- 
do está  derecho;  es  decir,  la  posición  vertical  que  toma 
una  persona  poniendo  los  pies  en  alto  y  teniendo  la  cabe- 
za y  manos  apoyadas  en  el  suelo. 

Tejo.  Quicio.  En  este  sentido  se  ve  usada  esta  voz  en  las 
«Cuentas  de  Propios  y  Común  de  la  villa  de  Binéfar»,  per- 
tenecientes al  año  1798. 

Templado.  Listo,  diligente,  pronto.  1|  Avisado,  inteligente, 
sagaz.  En  el  Diccionario  de  la  Real  Academia  se  le  da 
otras  acepciones. 

Tercear.  Dar  la  tercera  reja  á  la  tierra,  ó  labrar  por  tercera 
vez  un  barbecho. 

Terrereta.  Alondra:  Alauda  arvensis. 

Tieda.  Tea. 

Tíñete.  Pila  de  piedra  que  en  los  molinos  aceiteros  se  des- 
tina á  recibir  el  aceite  cuando  sale  de  la  prensa.  En  este 
sentido  se  usa  esta  voz  en  el  «Libro  de  Administración 
del  molino  aceitero  de  la  villa  de  Binéfari^. 

Tina.  Cobertizo. 

Tión.  Solterón.  También  se  encuentra  esta  voz  en  la  novela 
de  López  Allué  Capuletos  y  MontescoSy  página  159. 

Tirandas.  Riendas. 

Tirar  la  escritura.  Otorgar  ó  hacer  escritura  de  una  cosa. 
También  se  lee  esta  frase  en  Capuletos  y  Mónteseos  del 
Sr.  López  Allué,  página  107. 

Tiratrilio.  Especie  de  balancín  empleado  para  arrastrar  los 
trillos.  En  Capuletos  y  Mónteseos  se  lee  esta  voz  en  la  pá- 
gina 189. 

Tita.  Voz  empleada  para  llamar  á  las  gallinas. 

Titina.  Véase  Tita. 

Tocamanetas.  Insecto.  Mantis  religiosa. 

Tocateja  (Á).  Pagar  al  contado  lo  que  se  compra.  En  Capu- 
letos y  Mónteseos  también  se  ve  usada  esta  frase  en  la  pá- 
gina 107. 

Tocino  mal  cenado.  Frase  que  se  aplica  á  quien  es  gruñidor 
y  descontentadizo. 

Tocliazo.  Cachiporrazo. 

Toquinear.  Manosear.  En  el  Diccionario  de  Borao  tiene  esta 
voz  otra  acepción. 

Torcida.  Torcedura,  relajación  de  algún  miembro.  En  el 
Diccionario  de  la  Real  Academia  tiene  otro  sentido. 

Tornillo  (Faltar  un).  Esta  frase  se  aplica  á  la  persona  que 
no  tiene  integras  las  facultades  mentales. 


T  XLIX* 

Torno.  Molino  aceitero.  Calle  del  Torno  se  llama  en  documen- 
tos oficiales  de  la  villa  de  Binéfar  á  aquella  en  que  está  si- 
tuado el  Molino  aceitero  de  cosecheros.  Calle  del  Torno 
se  lee  también  en  el  azulejo  correspondiente  á  la  misma. 

Tostar  la  badana.  Paliza,  vapuleo. 

Totón.  Coco  ó  fantasma  para  atemorizar  á  los  niños. 

Toz  (Tirar  á).  Se  dice  de  los  bueyes  que  van  uncidos  por  el 
testuz. 

Tozuelo.  Cabeza.  En  el  Diccionario  de  la  Real  Academia  se 
da  á  esta  voz  otro  significado. 

Trafegar.  Perder  alguna  cosa. 

Trafurcar.  Trabucar,  confundir,  desordenar. 

Tragín.  Tráfago,  gran  movimiento  en  las  operaciones  ú  ocu- 
paciones á  que  uno  de  dedica. 

Traglnar.  Trafagar,  traficar,  dedicarse  con  ahinco  á  las  ocu- 
paciones ordinarias. 

Traginero.  El  que  tragina.  ||  Arriero. 

Trapal.  Rasgón  grande  en  las  ropas  y  telas.  ||  Herida  de 
grandes  dimensiones. 

Trapalandaina.  Trapalón. 

Trasmontana.  Viento  del  Norte,  ó  que  viene  de  los  Pirineos. 
Esta  voz  se  lee  en  la  interesante  obra  de  D.  Mariano  de 
Paño,  titulada  Puey  Mon(;on  viaje  á  la  Meca,  copla  lvii, 
página  123. 

Tremit.  Bullicio,  ruido,  gritería. 

Trena  (Meter  en).  Meter  en  cintura,  sujetar,  someter  ú 
obligar  á  uno  á  cumplir  con  sus  deberes. 

Trencapinol.  Pájaro. 

Trenque.  Herida  hecha  en  la  cabeza  á  consecuencia  de  una 
caida,  ó  por  recibir  un  golpe.  En  el  Diccionario  de  Borao 
tiene  acepción  diferente. 

Trentena.  Caballería  que  tiene  treinta  meses.  En  Capuletos 
y  Mónteseos  se  lee  treintena  en  la  página  261. 

Trenzadera.  Borrachera.  En  los  Diccionarios  de  Borao  y  de 
la  Real  Academia  tiene  diferentes  acepciones. 

Trepuzar.  Tropezar. 

Trepuzón.  Tropezón. 

Tresimbarro.  Juego  de  niños. 

Trestucarse.  Trastornarse  la  cabeza,  volverse  loco. 

Trlnchón.  Véase  Trenque. 

Trocolón.  Coscorrón,  golpe  dado  en  la  pared  con  la  cabeza. 

Trocolonazo.  Véase  Trocolón. 

Tronlirón.  Simple,  bobo,  sencillo. 

Tronzador.  Sierra  de  grandes  dimensiones.  En  el  Diccionario 
de  la  Real  Academia,  aunque  está  incluida  esta  voz,  no 
tiene  el  significado  que  aquí  se  le  da. 


L*  V 

Truca.  Trueque,  cambio. 

Trucador.  Aldaba.  En  el  Diccionario  de  la  Real  Academia 
tiene  otro  sentido. 

Trujar.  Logar.  ||  Dividir,  por  medio  de  tabiques,  el  interior 
de  un  edificio  en  habitaciones  ú  otra  clase  de  compar- 
timientos. 

Trunfa.  Patata. 

Tumbarse  el  vino.  Enturbiarse,  perder  el  color,  torcerse. 

Tuna.  Mujer  de  vida  licenciosa,  prostituta. 

Tuniza.  Mujer  perdida,  corrida,  abandonada. 

Tunina.  Tollina,  paliza. 

Turcazo.  Paloma  silvestre. 

Turrumpero.  Montón  grande  de  tierr^. 


u 


Ubago.  Paraje  ó  terreno  sombrío  por  estar  expuesto  al 
Norte. 

libios.  Correa  muy  ancha  de  piel  de  buey,  que  sirve  para 
sujetar  al  yugo  el  timón  del  arado. 

Uchar.  Ahuyentar.  ||  Azuzar  á  los  perros. 

Uchamoscas.  Aparato  hecho  de  muchas  tirillas  de  papel 
atadas  al  extremo  de  un  palo  ó  caña,  y  que  sirve  para 
ahuyentar  las  moscas. 

Uesique.  Voz  empleada  por  los  carreteros  para  animar  á  las 
caballerías.  En  Capuletos  y  Mónteseos  se  lee  esta  voz;  pá- 
gina 193. 

Uesque  Véase  Uesique. 

Ugero.  Agujero. 

Urmo.  Olmo. 


Vaciar.  Evacuar  el  vientre. 
Vaciba.  Hembra  estéril. 

Vacibo.  Toda  clase  de  ganado  lanar  y  cabrío  que  no  se  des- 
tina á  la  reproducción. 
Vacúm.  Ganado  vacuno. 
Yacumen.   Ganado  vacuno.  En   este  sentido   se   usa  esta 


V  LI* 

VOZ  en  la  «Escritura  de  Arrendamiento  del  abasto  de  car- 
nes para  la  villa  de  Binéfar»  hecha  en  el  año  1800. 

Vaguearse.  Moverse  alguna  cosa  por  no  asentar  bien  en  el 
suelo.  II  Pequeño  movimiento  que  hacen  dos  piezas  en- 
sambladas por  falta  de  ajuste  perfecto. 

Valgua.  Valor  ó  precio  de  una  cosa. 

Valí.  Valle.  Úsase  siempre  como  femenino. 

Vallón.  Vallecito,  vallejo. 

Vanada.  Vertiente  de  un  tejado. 

Vardiazcazo.  Vardascazo. 

Vardiazco.  Vardasca. 

Vaya  (Dar  la).  Dar  la  razón  ó  una  persona^  aunque  no  la 
tenga,  acomodándose  de  este  modo  á  sus  genialidades. 

Vechiga.  Vejiga. 

Venáu.  Sarmiento. 

Ventar  con  la  horca  pajera.  Frase  usada  para  significar  que 
una  persona  tiene  por  costumbre  jactarse  de  alguna  cosa, 
ó  exagerar  sus  riquezas. 

Veduguearse.  Doblarse,  cimbrearse  una  vara. 

Vergueta  (Caer  en  la).  Caer  una  persona  en  el  lazo,  en  el 
ardid  que  se  le  tiende. 

Vichelio.  Triquina,  trichina. 

Vldaga.  Hierba:  Lolium  tumulentum.  , 

Vidaga  (Mas  malo  que).  Frase  usada  para  significar  la 
maldad  de  una  persona. 

Vidáu.  Conjunto  de  vides. 

Vinada.  Aguapié,  aguachirle. 

Vinagreta.  Guiso  especial  en  el  que  entra  por  base  el  vi- 
nagre. 

Vlnesí.  Voz  usada  por  los  carreteros  y  gañanes  para  man- 
dar á  las  caballerías  que  se  desvíen  ó  marchen  hacia  la 
izquierda. 

Vinero.  Viñedo.  En  este  sentido  se  ve  usada  esta  voz  en  el 
«Libro  para  Binéfar»,  folio  56,  Archivo  municipal  de 
dicho  villa.  En  el  Diccionario  de  la  Real  Academia  se  le 
da  otro  significado. 

Viraga.  Hierba:  Lolium  tumulentum.  Lóseos  admite  esta  voz 
entre  los  nombres  vulgares  de  su  Serie  imperfecta. 

Virol.  Uva  que  empieza  á  sazonar.  El  Diccionario  de  la  Real 
Academia  da  á  este  vocablo  diferente  significación  del 
que  aquí  tiene. 

Vislelio.  Véase  Vichello. 

Volandera.  Ruedecilla  de  hierro  que  se  pone  como  suple- 
mento para  ajustar  los  ejes  á  las  ruedas,  ó  para  evitar  el 
roce  del  eje  con  la  madera. 

Vrispa.  Víspera. 


LII* 


Yaya.  Abuela. 
Yayo.  Abuelo. 
Yerbana.  Planta  de  la   familia   de  las  cruciferas:  Sinapis 

arvensis.  Abunda  en  los  campos  sembrados  de  cereales. 
Yerba  pegalosa.  Planta  silvestre.  Lóseos  admite  este  nombre 

entre  los  vulgares  de  las  plantas  descritas  en  su  Serie 

imperfecta. 
Yerba  ratera.  Ricino. 
Yerba  terrera.  Planta  silvestre. 


Zafrarfa.  Corva  de  la  pierna. 

Zafras.  Persona  desaseada,  sucia. 

Zaiapastrada.  El  barro,  hormigón,  amasijo  ó  cualquier  otra 

cosa  blanda  que,  cogida  con  la  mano,  se  lanza  ó  arroja 

luego. 
Zaiapastro.  Cualquier  cosa  blanda  y  sucia.  1|  Cualquier  cosa 

que  está  hecha  toscamente  y  sin  arte. 
Zalapastrero.  El  que  hace  isalapastros. 
Zancalleta.  Zancadilla. 
Zarzalloso.  Ceceoso. 
Zofra.  Correa  ancha  y  de  gran  resistencia  que,  pasando 

sobre  el  sillón  de  la  caballería,  sirve  para  sostener  las 

varas  de  un  carro.  El  Diccionario  de  la  Real  Academia  da 

otro  significado  á  esta  voz. 
Zofrina.  Viento  fuerte  acompañado  de  lluvia. 
Zoile.  Zahúrda. 
Zoque.  Zoquete  de  madera  que,  puesto  en  la  máquina  de  un 

carro,  sirve  para  apretar  y  sujetar  la  rueda. 
Zoqueta.  Pezuña.  Especie  de  guante  de  madera  empleado 

por  los  segadores.  Con  esta  segunda  acepción  se  ve  usada 

esta  voz  en  Capuletos  y  Mónteseos,  página  41. 


Z  Lili* 

Zurret.  Tarugo  ó  tapón  de  madera  que  se  pone  en  el  aguje- 
ro de  la  espita  en  los  toneles  ó  cubas. 

Zurrullón.  Zurrullo.  1|  Excremento  humano  en  forma  de  zu- 
rrullo. 


APÉNDICE 


Aboticario.  Boticario.  Esta  voz  se  ve  usada  en  el  «Libro  para 
Binéfar)>,  folios  92  y  155  vuelto. 

Agrá.  Agria.  Se  lee  esta  palabla  en  la  interesante  obra  del 
erudito  escritor  D.  Mariano  de  Paño,  titulada  Puey  Mon- 
dón viaje  a  la  Meca,  página  50.  El  Diccionario  de  la  Real 
Academia  da  á  la  palabra  agrá  otra  acepción. 

Airada.  Aireada,  golpe  ó  ráfaga  de  viento. 

Alrera.  Viento  fuerte  y  seguido. 

Alaiga.  Hormiga  aluda. 

Apaño.  Adobo,  condimento.  En  este  sentido  se  ve  usada  esta 
voz  en  la  novela  de  D.  Luis  María  Allué,  titulada  Capule- 
tos  y  Mónteseos,  página  210.  En  los  Diccionarios  de  la  Real 
Academia  y  de  D.  Jerónimo  Borao  se  le  da  á  esta  palabra 
diferentes  acepciones  de  la  que  aquí  tiene. 

Arranque.  Ultimo  vaso  de  vino,  ó  última  copa  de  licor  que 
toman  las  personas  reunidas  antes  de  soparse.  Esta  es  la 
significación  que  tiene  en  la  obra  de  López  Allué  Capule- 
tos  y  Mónteseos,  página  230.  El  Diccionario  de  la  Real 
Academia  le  da  otros  significados. 

Arrendante.  Arrendador.  Se  lee  esta  voz  en  la  «Escritura  de 
arriendo  de  los  hornos  de  la  villa  de  Binéfar,  para  el 
año  1800». 

Arrimado.  Hombre  encogido,  vergonzoso. 

Badanas.  Hombre  dejado,  abandonado,  desidioso. 

Calentor.  Calor. 

Canabastra.  Esqueleto. 

Carranclear.  Renquear.  H  Estado  especial  de  salud  en  que 
una  persona  tiene  intervalos  buenos  y  malos. 

Carretera  de  Santiago.  Via  láctea. 

Casamiento  en  casa.  Pacto  especial  en  cuya  virtud,  sí  mué- 


LIV* 

re  uno  de  los  cónyuges  dueño  de  una  casa  ó  patrimonio; 
concede  al  superviviente  la  facultad  ó  derecho  de  volver- 
se á  casar  sobre  los  bienes  del  premuerto.  En  el  Alto  Ara- 
gón se  ve  con  frecuencia,  en  las  capitulaciones  matrimo- 
niales, este  original  contrato,  que  tiende  á  evitar  la  desa- 
parición ó  disolución  de  los  pequeños  patrimonios.  En 
este  sentido  usa  López  Allué  en  Capuletos  y  Mónteseos, 
página  278,  la  frase  casamiento  en  casa. 

Cinglazo.  Golpe  dado  con  una  cuerda  ó  ramal. 

Claredad.  Claridad.  En  lo  obra  de  Paño  titulado  Puey  MonQon 
viaje  a  la  Meca,  se  lee  esta  voz  en  la  copla  XLI,  pági- 
na 76.  Además,  con  frecuencia  se  oye  en  esta  tierra  el  si- 
guiente cantar: 

Con  el  sol  te  escribo  cartas, 
Con  la  luna,  daredades. 
Con  el  lucero  del  alba, 
Que  te  quiero,  bien  lo  sabes. 

Conversa.  Palique. 

Chanca.  Muleta  en  la  que  se  apoya  el  que  está  cojo. 

Desjuñida.  Rato  que  labra  una  yunta  de  bueyes  ó  muías  sin 
sacarles  el  yugo.  Generalmente  las  desjuñidas  son  dos 
cada  día:  la  de  la  mañana  y  la  de  la  tarde.  Se  dice  que  un 
gañán  ó  una  yunta  tienen  buena  desjuñida.  ó  mala  desjw- 
ñida  si  labran  mucho  ó  poco  mientras  aquélla  dura. 

Enclusa.  Yunque.  Se  encuentra  esta  voz  en  la  «Cuenta  de 
Propios  y  Común  de  la  villa  de  Binéfar»  correspondiente 
al  año  1798. 

Engardajo.  Flema,  gargajo. 

Enjumbrarse.  Enjugarse  una  cosa. 

Entívocar.  Equivocar.  En  la  novela  Capuletos  y  Mónteseos, 
página  304,  se  encuentra  usada  esta  voz. 

Escagarruciado.  Desmedrado,  raquítico,  endeble. 

Espestellar.  Estrellar. 

Esturdecer.  Aturdir.  Se  lee  esta  voz  en  la  obra  del  señor 
Paño  Puey  Mongon  viaje  á  la  Meca,  copla  XLVI,  pá- 
gina 87. 

Gotillera.  Gotera. 

Jadón.  Azada  muy  ancha.  En  la  página  122  de  Capuletos  y 
Mónteseos  se  encuentra  esta  palabra. 

Jambre.  Cada  una  de  las  veces  ó  manos  que  el  sembrador 
pasa  por  una  porca  repartiendo  la  semilla. 

Jarmentera.  Lugar  donde  se  ponen  hacinados  los  sarmien- 
tos y  demás  leña  destinada  á  la  combustión.  López  Allué 
usa  esta  palabra  en  la  página  172  de  Capuletos  y  Món- 
teseos. 


I 


LV* 

Jolín.  Revoltijo.  En  la  misma  novela  Capuletos  y  Mónteseos^ 
página  132,  se  lee  esta  voz. 

Juar.  Jugar.  Este  vocablo  se  encuentra  en  la  obra  de  D.  Al- 
berto Casañal  Shakery,  titulada  Cuentos  Baturros,  pá- 
gina 56. 

Manda.  Proposición,  postura  que  se  hace  en  una  subasta 
ó  venta  pública.  En  este  sentido  vemos  la  voz  de  referen- 
cia en  la  novela  Capuletos  y  Mónteseos,  página  274.  El  Dic- 
cionario de  la  Real  Academia  da  otros  significados  á  esta 
palabra. 

Revoltón.  Armazón  ó  cimbra  que  los  albañiles  emplean  para 
hacer  las  vueltas  ó  techos.  La  Real  Academia  da  otra 
acepción  á  esta  voz. 

Serri.  Excremento  del  ganado  lanar  y  cabrio. 

Tambonear.  Sonido  especial  que  producen  el  suelo  y  la  pa- 
red huecos  cuando  se  les  golpea. 

Trola.  Mentira.  Casañal  Shakery  usa  esta  voz  en  la  página 
153  de  sus  Cuentos  Baturros. 

Turruntera.  Genialidad,  manía.  Como  la  voz  anterior,  se  en- 
cuentra ésta  también  en  la  página  67  de  los  Cuentos  Ba- 
turros. 


MOTAS 


Después  de  escrita  la  anterior  Colección  de  Voces 
ARAGONESAS,  he  visto  algunas  de  ellas  usadas  en  documen- 
tos oficiales  pertenecientes  al  Archivo  municipal  de  la  villa 
de  Binéfar,  y  otras  en  libros  de  genuino  sabor  aragonés, 
por  lo  que  me  ha  parecido  oportuno  indicar  el  lugar  donde 
se  leen. 

1  Acomodo .  Se  encuentra  en  la  página  274  de  Capuletos  y  Mónteseos. 

2  Adotar.  Véase  la  página  274  de  Capuletos  y  Mónteseos. 

3  Ajuste.  En  la  página  264  de  Capuletos  y  Mónteseos  se  lee  esta  voz. 

4  Amolar.  Como  los  tres  vocablos  que  anteceden,  se  encuentra  éste 

en  la  tantas  veces  mentada  obra  del  Sr.  López  Allué,  página  65. 

5  Bogiiear .  Se  usa  esta  voz  en  el  «Libro  para  Binéfar»  folios  56  y  57. 

6  Cencero .  En  la  página  38  de  Capuletos  y  Mónteseos  se  lee  esta  pa  - 

labra . 

7  Corollco.  CapuZefos  y  Monfescos,  página  273. 

8  Charrador.  Capuletos  y  Mónteseos,  página  275. 

9  Chavo.  Capuletos  y  Mónteseos,  página  210. 

10    Chtllndrón.  Cuentos  Baturros,  página  158.  La  Real  Academia  da 

27 


Lvr 


á  esta  voz  otro  significado  del  que  tiene  en  esta  Colección  de. 
Voces. 

11  Chuflaina.  Cuentos  Baturros,  página  135. 

12  Chuflar.  Cuentos  Baturros,  página  125. 

13  Dante  (Al  más),  Capuletos  y  Mónteseos,  página  46. 

14  Demba.  Capuletos  y  Mónteseos,  página  305. 

15.    Sobreportal.  «Cuentas  de  Propios  y  Común  de  la  villa  de  Biné- 
far»  correspondientes  al  año  1798. 


Colección  de  voces  de  uso  en  Aragón 

AUXOREIS 

D.  Luis  V.  López  Puyóles 

Y 

D.  José  Valenzuela  La  Rosa^^^ 


Acelgueta  de  monte.  Beta  maritima:  Planta  muy  abundante 
en  todo  el  Bajo  Aragón.-— Frase  empleada  en  Caspe. 

Acerollera.  Sorbus  domestica:  Planta  que  da  frutos  llamados 
acerollas  de  palpar. — Peñarroya. 

Acetillón.  Azud  pequeña.  Muro  formado  por  grandes  piedras, 
sin  argamasa,  para  contener  ó  encauzar  el  agua  de  un 
río  y  obtener  fuerza  para  molinos  ó  elevación  para  riegos. 
— Alborge. 

Acosterao.  Lugar  accidentado  con  grandes  cuestas  por 
donde  se  marcha  con  dificultad. — Escatrón. 

Afaitar.  Fastidiar.  |1  Molestar.— En  casi  todos  los  pueblos  de 
Aragón  y  en  Zaragoza  inclusive. 

Agostiar.  Cultivar  un  campo  sin  descanso.  ||  Hacer  durante 
el  mes  de  Agosto  las  labores  preparatorias  para  volver  á 
sembrar  un  campo  cuya  cosecha  acaba  de  recogerse. — 
Alagón,  Pedrola,  Tauste,  etc. 

Agramen.  Hierba  cuyas  raíces  se  prolongan  extraordina- 
riamente formando  nudos,  y  de  cada  uno  nace  una  nueva 
planta,  siendo  por  esto  muy  temida  de  los  labradores, 


(1)    Primera  mención  honorífica  en  los  Juegos  Florales  de  Zaragoza 
(Certamen  de  1901). 


LVlll*  A 

pues  dada  su  manera  de  reproducirse,  la  extirpación 
es  muy  difícil,  y  llega  á  formar  una  red  que  mata  todas 
las  plantas  de  cultivo.  Centaurea  scabiosa  {!). — Alborge. 

Aguatera.  Rocío.— Cas/>e^  Alcorque,  Asaila,  etc. 

Agüespar.  Hospedar. — Escatrón,  AÍforque,  Alborge. 

Alcao.  Ahito.  II  Indigesto. — Alborge. 

Albergena.  Berenguena. — Caspe,  Hijar,  etc. 

Aliagueta.  AUjssum  spinosum:  Planta  que  crece  sobre  las 
rocas  calizas. —  Montalbán. 

Alicetes.  Cimientos. — Cinco  Olivas,  Alforque,  Caspe,  etc. 

Aligenciar.  Darse  prisa.  ||  Activar  un  negocio. — Cinco  Olivas, 

Amallancar.  Escardar.  ||  Quitar  malas  hierbas  de  los  campos 
y  dar  á  la  vez  una  ligera  labor  al  suelo. — Escatrón,  Al- 
borge, Caspe,  etc. 

Amedrentido,  a.  Asustado.  ||  Perplejo.  ||  Emocionado.  ||  Co- 
hibido.— Alborge,  Sástago,  etc. 

Amedrentir.  Asustar.  ||  Imponer  miedo. — En  los  mismos  lu- 
gares que  la  anterior. 

Amochonar.  Cazar  con  luz  y  haciendo  ruido  con  cencerros  y 
otros  instrumentos,  asustando  á  la  caza  de  modo  que  se 
deje  coger  con  la  mano. — La  Puebla  de  Hijar. 

Andana.  Cañizo  colocado  sobre  dos  estacas  en  forma  de 
aparador  delante  de  una  ventana,  que  sirve  para  secar 
frutas  al  sol  y  otros  usos  semejantes. — Alborge. 

Ansias.  Náuseas.  |1  Repugnancia.  ||  Hemos  oído  esta  palabra 
usada  en  la  acepción  que  se  indica  en  muchos  pueblos 
de  Cinco  Villas,  en  los  cuales  es  muy  frecuente  para  de- 
mostrar la  repugnancia  que  causa  una  persona,  decir: 
«Me  das  ansias». — Tauste,  Remolinos,  etc. 

Ansioso,  a.  Nauseabundo.  ||  Repugnante.  ||  Persona  ó  cosa 
cuya  presencia  produce  repulsión. —  Se  emplea  en  los 
mismos  lugares  que  la  palabra  anterior. 

Antrujano.  Trozo  de  terreno  situado  junto  á  las  pari- 
deras; en  él  duerme  el  ganado  durante  el  buen  tiempo.— 
Caspe. 

Apatusco.  El  tallo  de  la  alcachofera.  (Borao  indica  solamente 
la  acepción  figurada  de  esta  palabra). — Pedrola. 

Aragador.  Cadena  de  retranca  que  sirve  para  que  la  caba- 
llería de  varas  haga  fuerza  hacia  atrás  en  las  cuestas  ó 
cuando  es  preciso  que  el  carro  retroceda.  También  paso 
que  se  deja  en  los  montes  para  el  ganado. — Velilla,  Es- 
catrón. 

Arrecachadera.  Alondra.  —  Alborge,  Caspe,  La  Puebla  de 
Hijar,  etc. 

Arreo  (Al).  Seguidamente.  |j  Sin  descansar.  —  Hijar,  La 
Zaida,  Alborge,  Caspe,  etc. 


B  LIX* 

Aschete.  Tope  de  madera  y  hierro  en  el  que  apoyan  los 
carpinteros  la  obra  para  cepillarla. — Alborge. 

Atoque.  Apoyos  de  madera  ó  piedra  que  se  colocan  en 
las  acequias  para  sostener  las  tajaderas.  En  el  Diccio- 
nario de  Borao,  se  encuentra  esta  palabra,  pero  como  si- 
nónima de  adorno,  aliño. — Alborge. 

Atrapaciarse.  Proveerse  de  todo  lo  necesario  para  un  asun- 
to, contando  con  escasos  medios,  1|  Ir  bien  atrapaciao:  Ir 
bien  vestido,  pero  sin  lujo. — Zaragoza. 

Aucar.  Gritar.  ||  Aullar  desaforadamente  burlándose  de  al- 
guien. ¡I  Abuchear. — Alborge,  Sástago,  etc. 

Azotacristos.  Kentrophilum  lanatuní:  Planta  que  se  cria  ge- 
neralmente en  lugares  incultos  y  estériles  y  en  las  már- 
genes de  los  campos.-^ Castellote,  Calamocha,  etc. 


Babero.  Bata  que  usan  los  niños.— Zaragoza. 

Balija.  Bachillera,  murmuradora,  alcahueta.— Aí/orgwe,  Sás- 
tago, etc. 

Balijear.  Murmurar,  alcahuetear.— A í/or^we^  Sástago,  etc. 

Bamborotero.  Alborotador,  estrafalario. — Sástago,  Cinco  OH' 
vas,  etc. 

Banduvilla.  Red  en  forma  de  manga  que  se  emplea  en  la 
pesca.— Fuentes  de  Ebro. 

Banzo.  Bacera:  Enfermedad  del  ganado. — Caspe,  Hijar,  etc. 

Barba  de  choto.  Scorzonera  laciniata.  \\  Zaragallas,  farfallas. 
— Epila. 

Bardalear.  Saltar  los  bardales  que  cercan  un  campo  con  ob- 
jeto de  apoderarse  de  los  frutos  ó  destruirlos.  ||  Robar  fru- 
ta.— Zaragoza. 

Bardalero,  a.  El  que  se  dedica  á  robar  fruta  asaltando  los 
campos. — Zaragoza. 

Barfoila.  Pinochera:  Hoja  que  recubre  la  mazorca  del  maíz. 
—  Se  emplea  para  jergones  y  otros  usos.— Hijar,  Esca- 
trón,  Alcañiz,  etc. 

Barrederas.  Microlonchus  clusii:  Recibe  esta  planta  el  nom- 
bre vulgar  antedicho  porque  la  usan  en  escobas  para  ba- 
rrer las  eras. — Calaceite. 

Barrueco.  Orzuelo:  Grano  en  el  ojo. — Esta  acepción  tiene  al- 
gún parecido  con  la  que  señala  la  Real  Academia.  Esta 
dice  que  barrueco  qs  perla  no  redonda.— Alborge. 


Bastardel.  Montículo  ó  caballón  de  tierra^  hecha  de  propó- 
sito alrededor  de  las  simas  que  aparecen  en  las  acequias 
y  campos,  con  objeto  de  que  no  se  filtre  y  pierda  el  agua 
del  YiQgo. —Zaragoza  (La  Cartuja  Baja). 

Batebancos  (Jota)— Jota  que  se  canta  á  coro  haciendo  cada 
individuo  diferente  voz,  según  su  gusto  y  oído.  Suele  oir- 
se  después  de  los  bailes,  fiestas  ó  lifaras  y  en  las  rondas 
de  mozos. — Fuentes  de  Ebro. 

Batir  (La  zapera).  Emanciparse.  Pasar  de  un  mal  estado 
económico  ó  de  salud  á  la  abundancia  ó  á  la  robustez. — 
Mosquerucla. 

Betigueras.  Humulus  lúpulos:  Hombrecillos.  Planta  que  se 
agarra  á  los  árboles  y  tapias  de  los  huertos.— Bor/a. 

Beturraje.  Verduras,  hierbas,  frutas.  ||  Comida  de  escasa  sus- 
tancia.—A  ¿¿o  rg^e. 

Beturragio.  Lo  mismo  que  la  anterior. 

B\es2L.  Plumbago  europaea:  Planta  que  nace  en  las  cercas,  ho- 
yos, muros  y  escombros.  Se  emplea  machacada  para  embria- 
gar á  los  peces  cuando  se  cogen  en  abundancia. — Calanda. 

Bocha  conejera.  Centaurea  castellana:  Planta  que  abunda  en 
las  márgenes  de  las  viñas. — Daroca.  ; 

Bochornera.  Cilindros  giratorios  que  en  las  barcas  de  sir- 
ga tienen  por  objeto  limitar  las  posiciones  de  éstas  res- 
pecto al  cable  ó  sirga.  En  algunas  barcas  se  sustituyen 
estos  cilindros  por  dos  mástiles  fijos  colocados  junto  á  la 
sentina  de  proa.  I|  Cobertizo  para  el  ganado.  —  Alborge, 
Sástago. 

Bolchacazo.  Caída  aparatosa.  ||  Golpe  recibido  en  todo  el 
cuerpo.— Zaragoza. 

Bollonera.  Orificio  en  la  parte  inferior  de  los  cuencos  y  ti- 
najas. En  los  toneles,  el  que  está  situado  en  la  parte  su- 
perior.— Escatrón. 

Bordizo.  Olea  europaea:  Olivo. — Borja,  Barroca. 

Borrachueio.  Cohete  sin  fuerza  bastante  para  elevarse  y  que 
una  vez  encendido  salta  por  el  suelo  hasta  estallar. — Za- 
ragoza. 

Borrazón.  Rodilla:  Paño  de  cocina. — Cantavieja. 

Borroño.  Contusión  sin  herida:  Bollo. — Cantavieja. 

Boterón.  Cesto  de  mimbres  que  se  coloca  en  las  mangas 
pesqueras  como  receptáculo  de  la  pesca.— Sástago. 

Branquil.  Umbral  formado  por  una  gran  piedra  que  suele 
servir  de  banco. — Caspe. 

Bufanal.  Terreno  arcilloso  que  contiene  mucho  mantillo  y 
detritus  orgánicos  que  lo  hacen  muy  fértil. — En  casi  todos 
los  pueblos  del  Bajo  Aragón. 

Burina.  Escándalo.  ||  Juerga.— Zaragoza. 


Caballón.  Unidad  numérica  equivalente  á  10. — Cantavieja. 

Caberla.  Medida  de  cantidad  y  tiempo  para  riegos.  Una  cu- 
bería vale  por  cuatro  horas  de  agua;  es  decir,  regar  cua- 
tro horas  con  toda  el  agua  de  que  se  disponga.  (Se  arrien- 
da por  cuatro  cahíces  de  trigo  anuales).— Fm^w^cs. 

Cabezal.  Cargo  ó  fajo  de  leña  que  se  irae  desde  el  monte 
sobre  la  cabeza.— Calañas,  Alagón,  etc. 

Cacera.  Cacería. — Caspe. 

Cachólo.  Cualquier  recipiente  de  forma  semiesférica  ó  de 
otra  parecida  y  de  pequeñas  dimensiones. — Alforque, 
Azaila,  etc. 

Cachuelo.  Lo  mismo  que  la  anterior. 

Cachurrera.  Lappa  minor:  Lamparaza.  Planta  cuyos  frutos 
y  periclinio  se  llaman  aquí  cachurros.—La  Puebla  de 
Hijar, 

Cachurro.  Fruto  y  periclinio  de  la  cachurrera,  de  forma  es- 
férica y  rodeado  de  púas. — La  Puebla  de  Hijar. 

Cadila.  Banco  que  se  coloca  á  uno  y  otro  lado  del  hogar. 
— Albalate,  Caspe,  La  Puebla  de  Hijar. 

Cairrilaires.  Hemos  oído  esta  palabra  en  Teruel  y  otros 
pueblos  del  Bajo  Aragón  empleada  para  designar  á  los 
funcionarios  todos  que  trabajan  en  la  medida  de  las  tie- 
rras y  en  el  planeamiento  y  estudio  de  carreteras. 

Calcillas.  Medias  que  se  sujetan  por  la  parte  inferior  con 
una  sencilla  tira  que  pasa  por  debajo  del  pie,  dejándolo 
al  descubierto. — En  todo  el  Bajo  Aragón  y  Cinco  Villas. 

Caideriz.  Cadena  para  colgar  calderos  y  otros  recipientes 
sobre  el  fuego. — Cinco  Olivas,  Velilla. 

Calzorras.  Pliegues  y  arrugas  que  forman  las  medias  ó  cal- 
cetines cuando  caen  sobre  el  pie  por  falta  de  sujeción  á 
la  pierna.  (Como  se  ve,  esta  acepción  dista  bastante  de  la 
que  da  la  Real  Academia). — Zaragoza. 

Camandulón.  Pesado.  |1  Vago.  |1  Hombre  de  aspecto  zafio  y  tor- 
pes movimientos.— Zaragoza. 

Cancel.  Aparador  en  un  granero  destinado  para  tener  tras- 
tos viejos. — Alborge. 

Canaferra.  Férula  modijlora:  Planta  venenosa  para  el  gana» 
do  lanar,  según  aseguran  los  pastores. — Alcañiz,  Caspe. 


Lxir  c 

Carambullar.  Llenar  con  exceso  un  recipiente  cualquiera. 
"^Hijar,  Alcañiz,  etc. 

Carriadera.  Trozo  de  madera  con  dos  agujeros  que  sirven 
para  enlazar  ataduras  y  reemplazar  á  las  poleas  al  efecta 
de  sujetar  la  carga  de  un  carro. — Velilla  de  Ebro. 

Carrucho.  Cachurro.  \\  «Llueven  carruchos»  se  dice  para  in- 
dicar que  el  día  está  caluroso  y  con  un  sol  espléndido. 
— Remolinos. 

Cascar  ia  badana.  Dar  una  gran  paliza. — Zaragoza. 

Casilicio.  Casa  grande  de  aspecto  señorial.  ||  Conjunto  de 
casas  de  espléndida  apariencia. — Zaragoza. 

Cazuelos.  Se  les  llama  asi  á  los  naturales  de  Calatayud  por 
los  vecinos  de  los  pueblos  inmediatos. 

Cenaciio.  Bolsa  de  piel  ó  de  esteras  dividida  en  dos  compar- 
timientos, destinados  uno  á  la  boteja  y  el  otro  á  la  bota  y 
demás  provisiones.  Esta  bolsa  se  cuelga  en  una  de  las  ba- 
randillas del  carro. — Alborge. 

Cepurrio.  Cualquier  objeto  grueso  y  deforme  cuya  finalidad 
no  se  advierte  á  primera  vista, — Zaragoza. 

Cespede.  Bruto,  torpe,  idiota. — La  Puebla  deHijar. 

Climen.  Clima. — Gelsa. 

Cloclia.  Esperadero  para  cazar  perdices.  —  La  Puebla  de 
Hijar. 

Coca  fullera.  Torta  de  Navidad.— M¿ram¿)eL 

Codeta.  Simiente  del  Vallico  (Lolium  temolentum)  que  es 
muy  perjudicial  para  el  ipan.— Huesca,  Peñarroya. 

Cogomasa.  Agaricus  vernus:  Conocido  como  venenoso. — Pe- 
ñarroya. 

Competencia.  Dicho  ó  copla  burlesca  que  el  zagal  dice  á  cada 
uno  de  los  danzantes,  sacando  á  relucir  sus  vicios  ó  de- 
fectos.—TaMs^e. 

Cortao.  Bollo  de  masa  de  pan  aderezado  con  aceite.  —  La 
Puebla  de  Hijar. 

Corrontida.  Corrida.  ||  De  corrontida:  Tomando  corrida. — 
Alborge. 

Corrucar.  Arrugar,  comprimir  una  cosa,  secarse. — Zaragoza. 

Costerudo.  Acosterado.  Un  cantar  muy  oído  dice: 

Rediez  y  qué  güeñas  mozas 
Se  crían  en  Escatrón. 
Un  lugar  tan  costerudo, 
Y  ellas  ¡qué  drechas  que  son! 

Crabino.  Macho  cabrío.  (En  el  pequeño  Diccionario  de  voces 
aragonesas,  que  Savall  y  Penen  ponen  al  fin  de  su  colec- 
ción de  Fueros,  se  encuentra  esta  palabra,  no  recogida 
por  Borao,  y  que  hoy  se  emplea  todavía  en  muchos  pun- 
tos).—Bor/a,  Egea  de  los  Caballeros,  etc. 


o  LXIII* 

Cuculladera.  Mujer  entrometida,  manifecera. — Cinco  Olivas. 

Cucut.  Cornudo.  ||  Abubilla. — Velilla  de  Ebro,  Alborge,  etc. 

Curruné.  Amelanchier  vulgaris:  Arbolito  eminentemente 
medicinal. — Torrecilla,  Castelserás. 

Cucirón.  Travesano  que  une  las  tablas  de  una  puerta  ó  ven- 
tana.— La  Zaiday  Alborge. 

Chamizo.  Lugar  sucio  y  de  repugnante  aspecto.  |j  Reunión 
de  gentes  de  mala  ropa  y  peor  vida.  (La  Real  Academia 
dice  que  chamizo  es  tizón  ó  leño  medio  quemado). —  Zara' 
goza. 

Charremenga.  Charlatanería.  |I  Conversación  vana  y  estéril. 
Una  copla  popular  dice: 

Quince  años  de  charremenga 
Y  ya  guies  que  nos  casemos; 
Ten  pacencia,  Pascualica, 
Que  estas  cosas  quieren  tiempo. 

Teruel. 

Chiclán.  Jovenzano.  ||  Mozo  que  no  ha  llegado  á  la  edad  vi- 
ril.— Huesca,  Barbastro,  Uncastillo,  Teruel,  etc. 

Chichorrería.  Lugar  destinado  á  la  venta  de  los  desperdicios 
de  vaca  ó  carnero. — Zaragoza. 

Chichorrero,  a.  El  que  se  dedica  á  la  compra  y  venta  de  chi- 
chorros. — Zaragoza. 

Chichorro.  Se  da  este  nombre  á  todas  las  visceras  de  los  ani- 
males muertos.  ||  Trozo  de  carne  que  cuelga.  ||  Piltrafa. — 
Zaragoza. 

Chinceta.  Cyperus  pallescens:  Planta  de  raíz  fibrosa  provista 
de  tubérculos  muy  r ñr os. ^Chipr ana. 

Chipiar.  Mojar  con  exceso. — Zaragoza. 

Chorritón.  Pingajo.  ||  Trapo  sucio. — Fortanete. 

Chuflaina.  Pito  ó  gaita  pequeña.  Generalmente  se  da  este 
nombre  á  los  que  usan  los  chicos  y  tocan  sin  arte  ni  con- 
cierto.— Zaragoza. 

Chupete.  Estalactita.  En  las  minas  de  sal  de  Remolinos  se 
les  llama  chupetes  á  las  estalactitas  allí  formadas. 

Churrión.  Mancha  en  el  vestido.  ||  Lamparón:  Gota  que  se 
desprende  dejando  en  alguna  parte  señal  de  su  paso. — 
Zaragoza. 


LXIV* 


Dandaloso,  a.  Hombre  delicado,  susceptible.  ||  Persona  en 
extremo  escrupulosa. — Remolinos,  Tauste,  Zaragoza,  etc. 

Dandalear.  Dudar.  1|  Presentar  reparos  é  inconvenientes  de 
poca  monta.  H  Acceder  á  regañadientes.— i2emoZ¿/ios,  Taus- 
te, Zaragoza,  etc. 

Deiantecama.  Trozo  de  tela  adornado  con  puntillas  ó  enca- 
jes, que  se  coloca  para  orlar  la  cubierta  de  la  cama  y  evi- 
tar que  se  vean  las  patas. — Caspe,  Alcañis,  etc. 

Descalzar  un  nido.  Alcanzar  un  nido,  cogerlo.— Albor  ge.  Es- 
catrón,  etc. 

Dianque Me  parece  que — Caspe,  Alcañiz,  etc. 


Enao  ó  l^nao.  Azotea.  1|  Corredor.  ||  Mirador. — La  Puebla  de 
Hijar. 

Encachurrar.  Tirar  cachurros  al  pelo,  donde  se  agarran  con 
fuerza,  siendo  muy  difícil  separarlos.  Es  una  broma  muy 
frecuente  en  muchos  pueblos. — La  Puebla  de  Hijar. 

Encociar.  Poner  la  ropa  en  los  cuencos  para  colarla.— Sás- 
tago,  Caspe,  etc. 

Endizcar.  Inducir  á  la  pendencia. — Zaragoza. 

Endrija.  Grieta.  ||  Raja. — Zaragoza. 

Enfalcar.  Encuñar.— Zara^fo^:». 

Enfundao.  Entretenido.  ||  Preocupado.  ||  Caviloso. — Bástago. 

Enjalmo.  Trampa.  ||  Deuda.  ||  Chanchullo.  —  A¿¿)orí/e^  Cinco 
Olivas,  etc. 

Enrebullar.  Envolver  descuidadamente,  sin  gracia.  —  Za- 
ragoza. 

Enreilgar.  Enredar.  H  Hacer  un  lio.  ||  Tener  embargados  los 
miembros  por  algo  que  dificulta  el  movimiento. — Za- 
ragoza. 

Entabletar.  Colocar  la  vajilla  en  los  aparadores  ó  vasares. 
—Alborge. 


E  LXV* 

Entiva.  Madero  que  se  coloca  para  hacer  el  entivo. — Caspe, 
Sástago,  etc. 

Entorroliar.  Colocar  torrollos. — Caspe,  Escairón,  etc. 

Envericoles.  En  corderetas:  A  cotenas. — Alborge. 

Enzurronar.  Granar  el  trigo,  la  cebada  y  los  demás  cereales. 
(El  Diccionario  de  la  Real  Academia  dice  que  encarroñar 
es  meter  algo  en  el  zurrón  y  también  encerrar  una  cosa 
en  otra). — Caspe. 

Erizo.  Erinacea  pungeus:  Toyaga.  Planta  que  se  cría  gene- 
ralmente en  las  cumbres  de  los  monies.^ Montalbán,  Pe- 
ñarroya. 

Esbarfoliar.  Quitar  las  bar/ollas  á  las  mazorcas  del  maíz.  || 
Espinochar.  ||  Pelar  la  panoja. — Alcañiz,  Hijar,  etc. 

Estabollar.  Quitar  la  fruta  de  un  árbol.  ||  Batollar.  ||  Sacudir 
una  rama  para  que  caiga  el  ívulo.—Alcañi3,  HiJar,  etc. 

Esbatuzadura.  La  acción  de  separar  á  palos  el  grano  de  la 
planta;  una  vez  ésta  arrancada  y  seca,  se  le  dan  varias 
tandas  de  palos  hasta  que  suelta  la  semilla. — La  Puebla 
de  Hijar,  Alborge,  etc. 

Esbatuzar.  Separar  el  grano  de  la  mies  á  garrotazos.  Rara 
vez  se  obtiene  así  el  trigo;  pero  las  judías,  garbanzos  y 
habas,  siempre. — La  Puebla  de  Hijar ,  Alborge,  etc. 

Esboldregao.  Deshecho.  ||  Desenvuelto.  Se  dice  del  fajo  que 
se  deshace  sin  que  tenga  culpa  la  atadura.  1|  Uno  que  vis- 
te mal.  II  Desabrochado.  ||  Llevar  la  ropa  al  desgaire.  — 
Caspe j  La  Puebla,  etc. 

Esboldregar.  Deshacer.  1|  Descomponer.  |j  Desenvolver. — Cas- 
pe,  La  Puebla,  etc. 

Escabullido,  a.  Robusto,  grueso  desarrollado. — Alborge, 

Escabullir.  Engordar.  ||  Robustecer. — Alborge. 

Escachatormos.  Despectivo  de  labrador. — Zaragoza, 

Escaldar  hogares.  Ir  de  casa  en  casa  con  objeto  de  curiosear 
y  murmurar  luego. — Remolinos. 

Escalentida.  Mujer  de  maneras  é  intenciones  algún  tanto  li- 
bres.— Alborge,  Azaila,  Alforque. 

Escanalarse.  Tener  diarrea. — Caspe. 

Escarbaculos.  Rosa  hispánica:  Escaramujo.  Planta  que  es 
muy  común  en  toda  la  provincia  de  Teruel. — Castelserás, 

Escarbacho.  Escarabajo. — Zaragoza. 

Escarigüela.  Lugar  donde  se  depositan  las  caballerías  muer- 
tas sin  enterrarlas. — Remolinos. 

Escarramada.  Distancia  comprendida  entre  los  dos  pies  de 
una  persona,  cuando  ensancha  las  piernas  todo  lo  posi- 
ble. Se  usa  como  medida. — La  Puebla  de  Hijar,  Velilla. 

Esclafada.  Ventosidad  silenciosa. — Alborge. 

Esclafar.  Amanecer.  1|  Rayar  el  alba.  (No  hemos  oído  esta 


Lxvr  t- 

palabra  en  la  acepción  de  chafar^  quebrantar,  como  Bo- 
rao  asegura). — Alborge. 

Esclarecido.  Véase  Escoscao. 

Escobillar.  Cepillarla  ropa. — Caspe,  Albor^ge, etc. 

Esoobizos.  Osyris  alba:  Guardalobo.  Planta  muy  abundante 
en  las  huertas  de  Torrero.— Zarat/o^a. 

Escolitar.  Dejaral  contrario  sin  blanca  en  el  juego.  ||  Ga- 
narle todo  el  dinero  que  lleva. — Zaragoza. 

Esconjuro.  Reprensión  agria  y  dicha  con  gran  energía.  || 
Amenaza  violenta  é  inesperada.— Zaragio^a. 

Escopeteando.  Hacer  una  cosa  ó  ejecutar  una  acción  con 
gran  presteza.  ||  Ir  escopeteando  á  un  sitio.  ||  Ir  corrienda 
velozmente. — Zaragoza. 

Escorquitar.  Elegir.  H  Separar  las  cosas  buenas  de  las 
malas.  1|  Limpiar. — La  Zaida,  Alborge,  etc. 

Escoscao,  ada.  Adjetivo  que  generalmente  se  aplica  á  los 
niños  guapos  y  robustos  y  también  á  los  animales  y  cosas 
de  buen  tamaño  y  lozanía. — Alforque,  Velilla,  Alborge. 

Escullar.  Verter  la  comida  del  puchero  al  plato.  —  Caspe, 
Alborge. 

Escullóse.  Lo  mismo  que  Esclarecido. 

Escurrimiento.  Ocurrencia.  1|  Idea  original.  A  veces,  pensa- 
miento extravagante. — Zaragoza. 

Esgalichao.  Se  dice  del  que  es  alto  y  flaco.  Desproporcionado 
y  sin  gracia  en  las  actitudes. — Zaragoza. 

Esgallar.  Desgarrar.  ||  Separar  una  rama  del  tronco. — Tauste, 
Remolinos,  etc. 

Esjualdrido  ó  Enjuandrido.  Se  dice  de  los  niños  que  no  pien- 
san más  que  en  jugar  y  que  desprecian  todo  lo  demás 
por  correr  y  divertirse  á  sus  anchas.— Alforque,  Velilla  de 
Ebro,  etc. 

Esmaliciar.  Pensar  mal  de  alguno  ó  de  alguna  cosa. — Za- 
ragoza. 

Espaicido.  Desaparecido,  oculto. — Zaragoza. 

Espantazorras.  Statice  ovalifolia:  Planta  que  se  cría  en 
terrenos  húmedos  y  salobres.— Alagón,  Borja. 

Espárrago  de  perro.  Asparagus  orobauche. — Daroca. 

Espentolarse.  Desesperarse.  ||  Mostrarse  irritado  y  furioso. 
Cinco  Olivas,  Escatrón. 

Espinochar.  Esbatollar:  Quitar  las  hojas  que  cubren  la  pa- 
noja del  maíz. — Zaragoza. 

Esquilmo.  Esquileo. —  Caspe. 

Estorbadura.  Luxación.  ||  Molestia  en  alguna  parte  del 
cuerpo, — Hijar,  La  Puebla,  Azaila,  etc. 

Estraidenco,  a.  Desmejorado.  ||  Descolorido.  |J  Enfermizo. — 
Velilla,  Bástago,  etc. 


I 


F"  LXVII* 

Estrucia.  Habilidad.  ||  Maña. — Escatrón,  Gelsa. 

Estuque Me  parece  que Creo  yo Es  mi  opi- 
nión, mi  parecer.— Usada  en  multitud  de  pueblos  y  espe- 
cialmente en  todos  los  del  Bajo  Aragón. 

Esventar.  Arrojar  una  cosa  olor  insoportable.  1|  Descom- 
ponerse.— La  Zaida,  Alborge,  Velilla,  etc. 

Expolsar.  Sacudir  el  polvo.—  Cantavieja. 


Fainero.  Hombre  activo  y  emprendedor,  de  gran  voluntad 
.  para  el  trabajo.  ||  Mrt¿ /atriero;  Vago  ináoXeníe.—Tauste, 

Egea,  Alagón,  Zaragoza^  etc. 
Falcada.  Cantidad  de  mies  que  el  segador  abarca  con  la 

mano  izquierda  y  corta  de  un  golpe  con  la  hoz. — Barbas^ 

tro,  Graus,  Jaca,  Huesca,  ele. 
Falcillas.  Adianthum  capiUus  veneris:  Culantrillo.  Planta 

que  se  ve  en  los  muros  húmedos. — Hijar. 
Falz.  Hoz.— Se  usa  en  los  pueblos  fronterizos  al  reino  de 

Valencia. 
Faileta.  Cucaracha.  ||  Corredera. — Caspe,  Teruel,  etc. 
Farinetes.  Scorzonera  glastifolia:  Escorzonera. — Calaceite. 
Felariz.  Trencilla  de  lona  ó  algodón;  generalmente  se  de- 
signa con  este  nombre  la  que  se  emplea  para  atar  las 

alpargatas.— Se  canta  una  copla  que  dice; 


Eres  un  mocito  vano 
qiie  se  te  puede  decir: 
«En  las  alpargatas  llevas 
diez  varas  de  felariz*. 

Teruel. 

Fenazo.  BrachypodLum  ramosum:  Lastón.  Planta  que  se  cría 
junto  á  los  peñascos.— Caspe. 

Fenolio.  Foeniculum  vulgaris:  Hinojo.  Planta  muy  abundan- 
te en  casi  todo  Aragón.— Epila. 

Festejar.  Mantener  relaciones  amorosas.  Asi  se  dice:  «Fula- 
no/es¿e/a  con  mengana».  |!  ¿Festejas  con  la  misma  ü  qué? 
(Frase  irónica  de  moda  en  Zaragoza). 

Fieltro.  La  collera  ó  mullido  del  yugo. — Albalate. 

Filióla.  Acequia  pequeña  derivada  de  la  acequia  madre. — 
Caspe. 

Fieja.  Fraxinus  excelsior:  Fresno. — Miralbueno  {Zaragoza). 


LXVlll*  O 

Forcate  (Labrar  a).  Arar  con  una  sola  caballería. — RemO" 
linos. 

Forigar.  Hurgar.  |1  Ir  dudando  sin  acertar  con  lo  que  se  bus- 
ca. (Borao  da  á  esta  palabra  la  significación  de  agujereáis 
pero  no  debe  ser  muy  exacta,  como  puede  apreciarse  en 
la  frase  «forígale  para  ver  si  bolliga»,  empleada  en  casi 
todos  los  pueblos  del  Bajo  Aragón. 

Forigón.  Palo  provisto  de  un  regatón  de  hierro  en  uno  de 
sus  extremos  y  que  sirve  para  remover  el  fuego  y  sepa- 
rar la  ceniza.  (Borao  dice  que  es  sinónimo  áe  jabuco,  pero 
basta  fijarse  en  el  significado  del  verbo/ongar  para  com- 
prender la  verdadera  acepción  de  la  palabra  expuesta),  ¡i 
Individuo  sucio  y  huraño, — Al/orque. 

Fortal.  Sano.  ||  Poco  propenso  á  las  enfermedades. — Caspe, 
Hijar,  AlcañiSf  etc. 

Fosco  ó  non  fosco.  Crepúsculo  vespertino.  ||  Entre  dos  luces^ 
— Sástago. 

Frasnialadro.  Centaurea polymorpha:  Planta  que  se  ve  con 
frecuencia  en  las  viñas. — Encinacorva. 

Fritada.  Baile  de  jota  con  guitarra  sola. — En  todos  los  pueblos 
del  Bajo  Aragón  y  en  muchos  del  distrito  de  Cinco  Villas. 

Fumarriar.  Fumar  con  exceso  sin  conseguir  placer  en  ello. 
— Zaragoza. 

Fundracalo.  Sima.  ||  Hendidura.  ||  Depresión  del  terreno. — 
Alcañis,  Hijar. 

Furgar.  Hurgar.  j|  Molestar.  i|  Incitar  para  que  se  realice  una 
acción. — Zaragoza. 


Gabacha.  Peonza  ó  galdrufa. — Calatayud. 

Gallo.  Gajo.  Asi  se  dice:  «Un  gallo  de  nuez»;  4;un  gallo  de  na- 
ranja»,— Caspe,  Alborge,  etc. 

Ganchera.  Rigidez  en  los  dedos,  producida  por  el  frío.— fíe- 
molinos,  Alagón,  etc. 

Ganchos.  Horca  de  hierro  que  se  emplea  generalmente  para 
revolver  el  fiemo. — Zaragoza. 

Garapatillo.  Pieza  de  madera  en  que  descansa  el  costado  de 
un  carro,  y  que  sirve  para  unirlo  al  eje. — Albalate. 

Garranchada.  Golpe  habilidoso  dado  á  un  objeto  cualquiera 
para  hacerlo  retroceder.  ||  En  el  juego  de  galdru/a,  el  gol- 


I 


H  LXIX* 

pe  que  se  da  con  la  peonza  á  las  monedas  ó  piedras  que 
hay  en  el  corro. — Zaragoza. 

Ginestrera.  Retama  sphacrocarpa:  Ginestra.— Caspe,  Alca- 
ñis,  Alborge. 

Glárima.  Lágrima.  ||  Cantidad  insignificante  de  una  cosa. — 
Zaragoza. 

Goltaileta.  Voltereta, — Caspe,  La  Puebla  de  Hi/ar,  Velillay 
etcétera. 

Gorrotillas.  Convulvulus  arcensis:  Corregüela.  Planta  muy 
vulgar  en  los  campos  y  apetecida  de  varios  animales  ca- 
seros.— Zaragoza. 

Gradal.  Sitio  próximo  á  un  rio,  donde  hay  gran  cantidad  de 
cantos  rodados  y  de  arena. — Gallur,  Tauste,  etc. 

Güete.  Coheie.^Zaragoza, 

Güetes.  Albardines.  Los  tallos  de  la  planta  Typha  angustí/o- 
lia,  que  después  de  calentados  convenientemente,  produ- 
cen grandes  estallidos  al  golpearlos  contra  la  pared. — 
Remolinos. 

Guilindón.  Toque  de  campanas  por  la  muerte  de  un  párvulo. 
— Tarazona. 

Gurrioias.  Gorrotillas.  ||  Corregüela.— Pe/iarrot/a. 


Hierba  caracolera.  Parictaria  dlffusa.  Muy  general  en  la 
base  y  en  la  superficie  de  las  paredes  de  los  huertos. — 
Alcañiz. 

Hierba  cloquera.  Helianthemum  montanum:  Planta  propia 
de  lugares  elevados  y  cascajosos. — Valle  de  Canfranc. 

Hierba  ranera.  Rubia  tinctorum:  Rubia.  Se  ve  en  las  tapias  y 
minas  de  los  huertos. — Castellote. 

Hierba  tora.  Galium  verum:  Hierba  sanjuanera. — Alborge. 

Hierba  zapera.  Mentha  rotundifolia:  Uierha  sana.  Muy  gene- 
ral en  las  acequias  y  fosos.  —  Borja,  Daroca. 

Higote.  Higo  blanco.  —  La  Puebla  de  Hijar. 

Hoyeta  ó  Foyeta.  Nuca.  ||  Lugar  donde  se  hallan  las  vérte- 
bras cervicales.  «Darle  á  uno  en  la  hoyeta'»,  quiere  decir 
darle  un  golpe  de  muerte. — Remolinos,  Tauste,  etc. 

Husillos.  Chondrilla  júncea:  Xchicor'ms,  dulces.  Planta  muy 
abundante  en  las  huertas  y  campos  después  de  segados. 
—  Calamocha. 


LXX* 


I 


¡Inde!  Interjección  admirativa.  €¡Inde!,  ¡pues  no  vas  poco 

majo!». —  Tauste. 
Indino,  a.  Malo,  travieso.  ||  El  que  tiene  perversos  instintos. 

—  Zaragoza, 
Inte  (En  el).  En  el  entretanto.  H  En  el  mismo  instante.—  En 

todo  el  Bajo  Aragón  y  en  Zaragoza. 
Intervalo.  Obstáculo.  ||  Estorbo  que  intercepta  un  camino  ó 

una  senda.  —  Cinco  Olivas. 


Jabrir.  Separar  las  tierras  que  el  arado  echa  sobre  las  ce- 
pas al  arar  los  viñedos,  formando  un  hoyo  ó  cuenca  alre- 
dedor de  la  planta.  |1  Roturar.  -^  Alcañiz,  Hijar,  Alborge, 
etcétera. 

Jartiilo.  Azada  que  se  maneja  con  una  mano  y  se  emplea, 
por  lo  común,  para  sembrar  á  golpe.  —  Caspe. 

Jiña.  Montón  de  fajos.  Cantavieja. 

¡Jodinches!  Interjección  que  denota  asombro  ó  dolov.i— Rue- 
da, Gelsa,  etc. 

¡Jolín!  Interjección  que  expresa  siempre  admiración  y  ale- 
gría. —  Zaragoza. 

Jollín.  Bulla.  j|  Escándalo.  |1  Jaleo.  —  Zaragoza. 

Jota  (Comida  de).  Se  dice  cuando  la  comida  es  extraordina- 
ria y  en  general  cuando  no  consiste  en  el  cocido. — Za- 
ragoza. 

Jovenalla.  Los  jóvenes.  |I  La  gente  moza.  —  Caspe,  Hijary 
Escatrón,  etc. 

Juja.  Hojarasca  seca.  Alborge. 


IVI  LXXI* 


Limos. —  Conferva  rivularis:  Planta  muy  común  en  fosos  y 
riachuelos.  Usanla  para  pescar  con  anzuelo.  —  Castel- 
serás. 

Lodoño-  Celtis  australis:  Latonero  ó  almez.  Árbol  cuya  ma- 
dera sirve  para  construir  cayados,  bastones,  clavijas  y 
barandas  de  carro.  — Riela,  Calatayud. 

Luna  valenciana.  La  luna  en  cuarto  creciente.— J?emo¿mos. 


IVI 


IWairalesas.  Las  dos  jóvenes  que  durante  el  año  recaudan  y 
administran  las  ofrendas  en  metálico  que  se  dan  á  la  Vir- 
gen. —  Brihuega,  Graus,  etc. 

Majuelo  (Partir  el).  Desasociarse.  ||  Divorciarse.  —  Hijar, 
Alborge,  Castellote,  etc. 

Malotia.  Enfermedad  que  no  obliga  á  guardar  cama. — Cas- 
pe,  Alborge. 

Máselo.  Macho.  i|  Todo  animal  masculino.— CasjQe. 

Matachlcos.  Albaricoques. — Zaragoza. 

Mataparientes.  Boletu's  lutcus:  Planta  que  en  Peñarroya  le 
llaman  Bolets  de  bestia. — Castelserás,  Torrecilla. 

Matapiojo.  Crataegus  monogyna.  Planta  muy  común  en  los 
vallados  y  matorrales  de  Tos  montes.  En  algunos  pueblos 
le  llaman  Espino. —Peñarroya. 

Matapulga.  Sambucus  ebulus:  Sezgo.  Planta  que  nace  en  los 
escombros  y  lugares  estériles. — Alcañix,  Calanda. 

Mata  rabiosa.  Véase  Blesa. 

Matucana.  Mata  ó  caña  que  se  coloca  como  señal  en  los  cam- 
pos labrados  ó  dispuestos  para  la  siembra,  con  objeto  de 
que  los  pastores  no  entren  en  ellos  con  el  ganado.  ||  En- 
gaño. II  Ardid. — Caspe. 

Matucanar.  Colocar  matucañas.— Caspe. 

Meca.  Hospicio.  ||  Asilo  de  Beneficencia.— Zara^oí^a. 

38 


Mecoso,  a.  Asilado  en  el  Hospicio.—Zaragfo^a. 

Mélico.  Ombligo. — Caspe,  La  Puebla  de  Hijar,  Teruel,  etc. 

Mentironeras.  Viburnum  lantana:  Planta  que  crece  en  lo^ 
setos  y  bosques  de  los  valles  inferiores. — Benasque. 

Mojardones.  Agaricus  monserñones:  Planta  silvestre. — Bel 
monte. 

Monchaco.  Muñeca.  Bebé.  También  se  le  llama  asi  al  mullida 
que  sirve  para  trabajar  el  encaje. — La  Puebla  de  Hijar. 

Monchón.  Muñeco  hecho  con  vestidos  de  hombre  rellenos  d< 
paja  ó  hierba.— L<x  Puebla  de  Hijar. 

Mollar.  Encallar. — Velüla  de  Ebro. 

Morenillo.  Molinillo  de  chocolatera.— Caspe,  La  Puebla,  etc. 

Mostachera.  Sorbus  aria:  Mostajo.  Planta  que  se  cria  en  las 
rocas  de  los  barrancos.— Peñarro|/a. 

Mostillo.  Compota  preparada  á  base  de  mosto  de  uvas  ó 
aguamiel,  añadiéndose  pan  rallado,  pulpa  cocida  de  man- 
zanas, gajos  de  nuez  y  algo  de  anís  en  rama,  hasta  que 
toma  una  consistencia  pastosa.  ||  Individuo  de  poca  pene- 
tración y  aspecto  brusco  y  desagradable. — Zaragosa. 


N 


Negrillón.  Semillas  de  la  planta  Agrostemma  githayo,  que 
se  ven  muy  á  menudo  sobre  los  montones  de  trigo. — Epi^ 
la,  Montalbán. 


Olivera  (Jota).  Jota  que  se  canta  comúnmente  en  los  tajos 
de  las  faenas  agrícolas  donde  se  reúnen  varios  trabajado- 
res. Uno  de  ellos  entona  la  copla  y  los  demás  contestan 
con  una  nota  tenida,  como  si  fuese  un  eco.-^Fuentes  de 
Ebro. 

Olla.  Campo  que  forma  una  hondonada. — Caspe,  La  Puebla 
de  Hijar. 

Orejetas.  Helvella  locunosa:  Bonetes.  Planta  comestible.— 
Caspe. 


LXXlll* 


¡Pacho!  Interjección  que  denota  desagrado,  contrariedad  y  á 
veces  amenaza.  ¡Pachotero  mundo! — Caspe,  Híjai^  Al- 
cañís,  etc. 

Pairod  (Sacar  á).  Recoger  una  pequeña  cantidad  de  trigo 
antes  de  la  siega  general  con  objeto  de  disfrutar  un  anti- 
cipo de  cosecha. — Caspe,  Hijar,  Alcañis,  etc. 

Palanca.  Recua  ó  rebaño  de  muías  ó  caballos  que  se  llevan 
al  ferial. — Caspe. 

Palenque.  Cuerda  muy  gruesa  y  larga  que  se  emplea  para 
sujetar  ó  remolcar  grandes  pesos  en  las  obras  de  azudes, 
puertos  de  río  y  norias. — Alborge,  Velilla  de  Ebro. 

Palico  de  la  gaita  (El).  Mandón.  ||  El  que  se  hace  notar  mar- 
cadamente en  todas  partes.  ||  El  que  gobierna  á  los  que 
están  á  su  lado.  «Fulano  es  el  palico  de  la  gaita  en  tal 
pueblo»,  es  el  que  allí  manda,  el  que  impone  su  voluntad. 
— Zara  gosa. 

Panicaldos.  Eryngium  campestre:  Cardo  corredor.  ||  Planta 
que  abunda  en  los  campos  estériles. — Miralbueno. 

Parizón.  La  época  de  parir  el  ganado. — Zaragoza. 

Páticas  de  rata.  Clavaria  pistillaria:  Hongo  comestible. — 
Villarluengo. 

Peirot.  Hambre.  Hay  una  copla  que  dice: 

En  Canfranc  está  Peirot, 
mas  aquí  Maríadura 
y  en  Cenarbe  ya  no  masan 
por  falta  de  levadura. 

(Nótese  la  analogía  que  existe  entre  esta  palabra  y  la  fra- 
se citada  «sacar  á  pairod»). — Valle  de  Canfranc. 

Peines  de  bruja.  ;Frutos  verdes  del  Erodium  petraeum,  que 
se  emplean  para  cardar  (relojes). — Alcañis. 

Peleta.  Cosa  sucia,  desordenada,  revuelta.  «Está  la  casa  he- 
cha una  peleta*,  significa  que  está  sin  limpiar  ni  arre- 
glar.— Alborge. 

Pella.  Bola  hecha  con  sangre  de  cerdo,  harina  y  otras  subs- 
tancias.— (Aunque  la  Real  Academia  incluye  esta  palabra 
en  su  Diccionario,  nosotros  no  queremos  prescindir  de 
ella,  puesto  que  allí  se  extiende  su  significado  á  toda  cla- 
se de  amasijos  de  forma  esférica,  mientras  en  Aragón 
sólo  se  usa  en  la  acepción  dicha  y  en  la  que  Borao  indi- 
ca).— La  Puebla  de  Hijar. 


LXXlV  Q 

Perdlgacho.  Perdiz  maclio. — Zaragoza. 

Pericotiar.  Enredar.  |!  Ir  danzando  de  una  parte  á  otra  sin 
fijarse  en  ninguna.  ||  Curiosear. — Remolinos. 

Pernallo.  Rama  gruesa  de  un  árbol. — Alborge,  Caspe. 

Piayna.  Una  de  las  piezas  del  costillaje  del  casco  de  un  pon- 
tón. II  Costilla  del  pontón.— Fuentes  de  Ebro. 

Pioaespalda.  Véase  Escarbaculos. — Castelserás. 

Picasarna.  Ortigas. — La  Puebla,  de  Hijar. 

Picota.  Véase  Pique.— Zarajyo^a. 

Picueta.  Viruela. — Jaca. 

Pijaitiar.  Hacer  el  señorito.  \\  Pasearse  vestido  con  elegancia 
afectada  y  presuntuosa. — En  todos  los  pueblos  del  Bajo 
Aragón. 

Pijaito.  Señorito.  Equivale  á  gomoso,  petimetre  ó  sietemesi- 
no.—íJ/i  todo  el  Bajo  Aragón  y  en  Zaragoza. 

Pique.  Picota.  ||  Palo  apuntado  por  sus  dos  extremos.  El  jue- 
go del  pique  ó  picota  consiste  en  colocar  ésta  en  el  suelo 
y  luego  hacerla  saltar  golpeando  sobre  una  de  sus  pun- 
tas.— La  Puebla  de  Hijar. 

Piquera.  Herida  contusa  en  la  cabeza. — Escatrón,  Cinco  Oli- 
vas. 

Pleitina.  Cuestión.  ||  Pendencia.  ||  Altercado  de  palabras  grue- 
sas.— Zaragoza. 

Presquero.  Melocotonero. — Caspe,  Hijar,  Alcañiz. 

Pudia.  Sabina. — Peñarroiia. 

Punta.  La  parte  superior  de  la  planta  del  maíz.  Es  un  pasto 
que  se  le  da  al  ganado  y  que  éste  come  con  gran  fruición. 
— En  todo  el  distrito  de  Cinco  Villas. 

Punto  pop  auja.  Frase  que  indica  exactitud,  minuciosidad. 
«Contar  algo  punto  por  auja^»,  referirlo  con  todos  los  de- 
talles.— Alborge,  Escatrón,  Casp)e. 

Puyada.  Red  para  pescar  sabogas. — Alborge. 


Quicar.  Chocar  un  objeto  con  otro.  Se  emplea  más  general-^ 
mente  para  designar  un  juego  de  muchachos  que  consis- 
te en  tocar  con  una  moneda  á  otra,  colocada  en  el  suelo 
á  cierta  distancia. — Zaragoza. 

Quimeratica.  Mujer  chismosa,  amiga  de  cuentos  y  líos. — Al- 
borge. 


LXXV* 


Raboso,  a.  Persorui  pobre  de  facullades  físicas,  pero  despier- 
ta de  entendimiento.  ||  Hombre  ducho  en  argucias,  de  con- 
ducta solapada  y  ruin. —  Tauste. 

Rajar.  Hablar  mucho.  «Raja  como  un  descosido»,  se  dice 
del  que  habla  con  precipitación  durante  largo  rato. — 
Zaragoza. 

Raspao.  Torta  de  corteza  dura,  aderezada  con  aceite  y  azú- 
car. —  La  Puebla  de  Hijar. 

Rebolisero,  a.  Presumido.  ||  DqvvocXvíxúov.  —  Tauste,  Egea  de 
los  Caballeros, 

Rebordenco,  a.  Estéril.  Planta  improductiva.  Recordamos 
esta  copla,  modelo  de  galantería: 

Festejas  con  un  arguello 
que  me  paice  propiamente, 
un  panizo  rebordenco 
que  no  da  ni  aun  la  simiente. 

Alcañiz,  Teruel,  Caspe. 

Rebuscallar.  Recoger  rebuscallo. — Alborge. 

Rebuscallo.  Aslillitas  y  leña  menuda  para  encender  el  fue- 
go. —  Alborge. 

Recogedero.  Lugar  donde  se  reúnen  las  caballerías  que  com- 
ponen la  dula  ó  mcera. — Remolinos. 

Redolar.  Rodar. — Alborge. 

Relielta.  Reunión  de  personas  sin  objeto  ni  trascendencia, 
nada  más  para  hablar  y  pasar  el  rato. — Remolinos. 

Refinallo.  Cosa  que  se  mueve  rápidamente  y  con  facilidad. — 
Caspe,  La  Puebla  de  Hijar,  Escatrón. 

Refinaüos.  Manojos  que  los  niños  hacen  con  los  frutos  del 
Stipaa  penuata  y  que  tirados  impetuosamente  al  aire  con 
las  semillas  hacia  arriba,  se  revuelven  en  lo  alto  y  bajan 
dando  vueltas  en  espiral  hasta  quedar  sentado  en  tierra 
el  juguete  con  las  aristas  derechas. — Samper  de  Calanda. 

Reganchada.  Véase  Garranchada. — Zaragoza. 

Regírar.  Registrar.  (Borao  dice  que  significa  estremecerse, 
sentir  un  movimiento  convulsivo). — La  Puebla  de  Hijar. 

Reg!ote.  Eructo.  ||  Regüeldo. — Sástago,  Alborge. 

Relojes.  Erodium  ciconium:  Planta  que  arrolla  en  espiral  las 
aristas  del  fruto  maduro  por  un  movimiento  propio  que 
da  origen  al  nombre  de  relojes. — Alcañiz. 


LXXVl*  R 

Remenar.  Remover. — La  Puebla  de  Híjar,  Caspe. 

Remor.  Murmullo.  H  Ruido  leve.  II  «No  hace  remorí>,  no  se 
le  oye. — Zaragoza. 

Rendibú.  Sei'vilismo.  I|  Sumisión  incondicional.  ||  Adula- 
ción. II  «Hacer  el  rendibú'»,  humillarse  con  bajeza.  —  Al- 
bor ge.  Remolinos,  Zaragoza. 

Repindoneo.  Retintín.  |I  «Hablar  con  mucho  repindoneo^, 
hablar  con  seííundas,  con  intención  de  molestar  á  algu- 
no.—  Tauste,  Pedrola. 

Repitor.  Obsequio  que  hacen  los  padres  de  un  niño,  cuando 
nace,  á  sus  convecinos,  y  que  consiste  en  arrojar  higos, 
orejones,  confitura,  trozos  de  pan  y  algunas  veces  cénti- 
mos á  la  gente,  que  suele  disputarse  con  gran  alborozo 
tales  agasajos. — Velilla  de  Ebro. 

Respinchador.  Columpio. — La  Puebla  de  Hijar. 

Respinguel.  Columpio. — Remolinos. 

Retalínea.  Conjunto  numeroso  de  personas  ó  cosas  que  se 
suceden  una  tras  otra  sin  interrupción. — Zaragoza. 

Retillar.  Mirar  con  insistencia,  con  interés  á  una  persona. 
Se  emplea  como  en  otros  puntos  la  palabra  timarse. '■^ 
Alborge,  Escatrón,  etc. 

Reuto.  Renta. — Caspe,  La  Puebla  de  Hijar. 

Reviscolada.  Golpe  de  vista.  ||  «Dar  una  reviscolada»,  dar 
un  vistazo,  jj  Giro  dado  sobre  la  marcha  con  donaire  y  li- 
gereza.— Escatrón,  Alborge. 

Riglanderas.  Anacyclus  clavatus:  Planta  muy  frecuente  en- 
tre los  escombros.— Calaceite. 

Ripa.  Ribazo  muy  alto  por  el  desnivel  de  los  campos  exis- 
tentes á  uno  y  otro  lado.  (Borao  le  llama  riba,  pero  nos- 
otros ripa  hemos  oído  siempre  á  todos  ios  labradores  de  la 
huerta  de  Zaragoza). 

Rispo.  Hombre  de  mal  genio. — La  Zaida,  Alcañiz,  etc. 

Robellones.  Agaricus  deliciosus:  Los  robellones  son  comesti- 
bles y  muy  conocidos  por  su  color  y  aspecto.  —  Castel- 
serás. 

Rodada.  Devastación  de  un  monte  ó  bosque,  jf  «Hacer  una 
rodada»,  inutilizar  un  arbolado,  cortándolo  raso.  —  Bel- 
monte. 

Rompearados.  Ononis  procurrens:  Planta  bastante  común  en 
los  pastos  de  las  bajas  montañas — Peñarroya. 

Roperacho.  Mujeriego. — Alcañiz,  Caspe,  Teruel. 

Rosar.  Humedecer  el  trigo  después  de  ahecharlo  para  bue 
suelte  mejor  la  harina  cuando  se  muele.— La  Puebal  de 
Hijar,  Alborge. 

Rosco.  Roscón  enorme  que  se  fabrica  para  ser  rifado  el  día 
de  un  santo  determinado  en  provecho  de  alguna  cofradía 


S  LXXVII* 

Ó  asociación  religiosa.— £J/i  muchos  pueblos  del  campo  de 

Cariñena. 
Rosigo.  Las  ramas  de  olivo  que  se  cortan  en  las  limpiezas 

ó  remondas  y  que  sirven  de  pasto  al  ganado. — Caspe,  Hi' 

jar,  etc. 
Rusoo.  Ruscus  aculeatus:  Zaquemí.  Planta  muy  abundante 

en  Castellote. 


Saláus.  Chenopodium  fruticosum:  Planta  que  abunda  en  te- 
rrenos húmedos  y  salobres. — Borja,  Alagan. 

Salva.  Designación  que  se  hace  de  común  acuerdo  entre 
ganaderos  y  Terratenientes,  de  los  campos  que  han  de 
quedar  para  ricios,  en  los  cuales  no  puede  entrar  á  pas- 
tar el  ganado. — Sctstago. 

Samugón.  Cargante,  pegajoso,  pero  poco  locuaz. — Zaragoza. 

Sanmigueiada.  Época  que  comprende  los  últimos  días  del 
mes  de  Septiembre,  en  la  cual  la  gente  labradora  cumple 
la  mayor  parte  de  los  compromisos  anuales.  ||  «Hacer 
sanmigueiada»  significa  liquidar  todas  las  cuentas  pen- 
dientes.— En  todo  Aragón. 

Sauquero.  Sambucus  nigra:  Árbol  que  prende  con  suma  fa- 
cilidad aun  á  despacho  de  los  labradores.  Los  muchachos 
aprovechan  sus  varas  para  diferentes  juguetes. — Samper 
de  Calanda. 

Seladiz.  Lo  mismo  que  Felariz.  En  todos  los  pueblos  de 
Cinco  Villas. 

Selva.  Carga  de  leña  verde,  destinada  á  ser  quemada  en  un 
horno. — Caspe. 

Sementero.  Campo  sembrado  de  cereales.  Época  de  sembrar- 
los y  acción  de  sembrar.  (El  Diccionario  de  la  Real  Aca- 
demia dice  que  sementero  es  el  saco  ó  costal  en  que  se 
lleva  la  simiente,  acepción  del  todo  desconocida  en  este 
país). — Zaragoza. 

Sentero.  Asiento  rústico.  1|  Lugar  á  propósito  para  sentarse. 
— Remolinos. 

Señal.  Cantidad  insignificante  de  una  cosa.  «Un  señal  de 
carne,  de  pan»,  etc. — Zaragoza. 

Servilla.  Bandeja  con  pie  para  vasos  y  copas  de  licor. — Sds- 
tago. 

Simen.  Cal  hidráulica.  H  Cemento.— Can¿ar¿e/a. 

Sitio.  Lugar  situado  generalmente  junto  á  los  caminos  en 


Lxxvm  T 

donde  se  depositan  las  substancias  que  después  de  fer- 
mentadas sirven  para  abonar  los  campos.  |!  Femera. — La 
Puebla  de  Hijar. 

Sobatida.  Cabeceo  de  un  carro  al  caer  la  rueda  en  un  bache. 
— Alborge. 

Soga  de  agua.  Embalse  que  queda  en  una  acequia  después 
de  cerrar  la  tajadera.— «Regar  con  la  soga»,  aprovechar 
dicho  embalse,  dándole  salida  para  regar. — Fuentes  de 
Ebro. 

Sonajas.  Colutea  arborescens:  Espantalobos.  Nace  muy  fre- 
cuentemente sobre  los  ribazos  esta  planta.— CaZanrfa. 

Sorna.  Calor  sofocante,  pegajoso.  !|  Intención  disimulada  de 
zaherir  al  contrario.  ||  Adulación  irónica. — Zaragosa. 

Sotana.  Piedra  cilindrica  colocada  en  posición  horizontal  á 
su  base,  sobre  \(\  que  gira  el  rollo  en  los  molinos  de  acei- 
te.— La  Puebla  de  Hijar,  Caspe,  etc.  * 

Sucar.  Untar.  1|  Empai^íw.—  Cantavieja. 

Suco.  Zumo.  II  Salsa.  ||  Unto.  ||  Pringue.  ||  Aceite.  —  Can- 
t  avieja. 

Sumanolarse.  Amodorrarse.  ||  Ponerse  lacias  ó  mustias  las 
matas  arrancadas. — Escatrón,  Vetilla. 


Tabilfa.  Judia  tierna.  ||  Una  vaina  tierna  con  sus  judias. — 
Caspe,  La  Puebla,  de  Hijar. 

Tarria.  Baticola  de  albarda  formada  por  un  palo  y  dos 
cuerdas. — Alborge. 

Tejo.  Cubo  de  hierro  en  una  de  cuyas  caras  tiene  un  agu- 
jero cónico  sobre  el  que  se  apoya  el  punto  de  la  puerta, 
sirviéndole  de  buje  ó  coginete. — Sástago,  etc. 

Tempanil.  Pemil  anterior  del  cerdo. — Caspe,  La  Puebla  de 
Hijar. 

Temperativo.  Temperamento. — Gelsa. 

Teticas.  Citinus  Hipocistis:  Doncellas.  Planta  cuyos  ovarios 
son  comestibles. —  Torrecilla,  Castelserás. 

TIeroo.  Tieso,  áspero,  endurecido. — Zaragoza. 

Tintirlnulo.  Toque  de  campanas  durante  el  media  día  que 
anuncia  la  fiesta  del  día  siguiente. — Remolinos. 

Tión.  Se  designa  con  este  nombre  el  hermano  del  padre 
que  permanece  al  servicio  de  la  casa,  sin  casarse.— Bar- 
bastro,  Graus,  Jaca,  etc. 


V  LXXIX* 

Tlratrillo.  Palo  que  va  sujeto  al   trillo  y  provisto  de  un 

gancho  al  cual  se  enganchan  las  caballerías. — Remolinos. 
Tiráu.  Flaco.  ||  Enclenque.  ||  Macilento. — Alborge. 
Tora.  Mujer  furiosa  de  genio  endiablado  y  energías  hom- 
brunas.— Monsalbarba. 
Torna.  Parte  del  río  en  la  que  no  hay  corriente,  ó  ésta  va 

en  sentido  inverso  á  la  normal. — Velilla  de  Ebro. 
Torteta.  Amasijo  de  forma  aplastada,  hecho  con  sangre  de 

cerdo  y  otras  substancias. — Huesca. 
Torrollo.  Estaquilla  de  madera  muy  usada  para  asegurar 

ensambladuras. — Escatrón. 
Trajitancía.  Faena   complicada.  ||  Movimiento   desusado. — 

Hijar,  Alborge,  etc. 
Tramaladros.  Centaurea  áspera:  Planta  vulgarísima  junto  á 

los  caminos. — Epila,  Hijar. 
Tremparse.  Excitarse.  ||  Sentirse  con  vehementes  deseos  de 

conseguir  algo.—Geísa. 
Tripe.  Ultimo  golpe  que  se  da  con  la  galdrufa  á  la  piedra  ó 

moneda  que  hay  en  el  corro. — Zaragoza. 
Trola.  Mentira.  ||  Embuste. —  Zaragoza. 
Tronzador.  Sierra  de  grandes  dimensiones  y  sin  armadura 

de  madera,  que  sirve   para  cortar  árboles  y  troncos. — 

Zaragosa. 
Tronzar.  Cortar  con  tronzador. — Zaragosa. 
Tronzón.  Pedazo  de  tronco  aserrado  por  sus  dos  extremos. — 

Zaragosa. 


V 


Val.  Campo  escalonado  en  un  monte;  cada  escalón  se  llama 
bancal. 

Verballo.  Juicio  verbal.  (Francisco  F.  Villegas,  en  su  libro 
titulado  Por  los  Pirineos,  apunta  esta  palabra — pura  él 
muy  chocante — con  una  ortografía  que  no  creemos  ra- 
cional. Escribe  Berballo,  en  vez  de  Verballo  como  nos- 
otros lo  hacemos,  suponiéndola  derivada  de  verbal,. — 
Valle  de  Canfranc. 

Verdegambre  blanco.  Veratrum  álbum:  Eléboro  blanco.  Muy 
común  en  el  Moncayo. — Tiermas. 

Vesura.  La  Comisión  de  la  alfarda  encargada  de  inspec- 
cionar si  las  acequias  están  limpias. — Alborge. 


LXXX*  Z 

Viborera.  Echium  vulgare:  Vulgarísimo   en  los  campos  y 

vinas. — Caspe. 
Vizco.  Viscu/n  álbum:  Planta  que  forma  á  veces  entre  los 

pinos  espesas  enramadas. — Alcañis. 
Vizcodas.  Véase  Matapiojo.— AZca/i7,s:. 


Zago.  Intestino. — Caspe. 

Zafa.  La  parle  cónico-cóncava  de  la  superficie  sobre  la  que 
rueda  la  piedra  de  un  molino  oleario. — Caspe. 

Zaica.  Acequia. — Usada  en  casi  todos  los  pueblos  de  Aragón, 

Zapaticos  y  calzas.  Lonicera  caprifolium:  Madreselva.—Ai- 
cañiz-. 

Zaragallas.  Podospermun  laciniatum:  Farfallan.  Abundan 
todas  sus  variedades  en  las  huertas  del  Bajo  Aragón.— 
Epila,  Hijar. 

Zarapita.  Palabra  que  indica  ausencia  total  de  cosas  y  per- 
sonas. II  «Allí  no  quedó  ni  zarapita-»,  no  quedó  nada.  «Na 
dijo  ni  zarapita*,  no  dijo  esta  boca  es  mía. — Tauste,  Un- 
castillo. 

Zarceta  de  rastrojos.  Rubus  coesius:  Planta  muy  frecuente  en 
los  bardales  de  las  huertas.— Chiprana. 

Zarracatralla.  Muchedumbre  ruin.  ||  Canalla.  ||  Multitud  de 
personas  ó  cosas  de  miserable  aspecto. — Zaragoza. 

Zaurín.  Hombre  activo,  trabajador,  incansable,  que  se  le  ve 
en  todas  partes  y  siempre  ocupado. — Zaragoza. 

Zocollada.  Globularia  alypum:  Planta  que  aprovecha  como 
buen  combustible. — Caspe,  Hijar. 

Zoqueta.  Vaina  de  madera  en  la  cual  los  segadores  introdu- 
cen los  dedos  corazón,  anular  y  meñique  de  la  mano  iz- 
quierda para  no  cortarse  con  la  hoz.  «Barba  de  zoqueta»^ 
barba  respingada  y  puntiaguda. — Zaragoza. 

Zorra.  Agrupación  de  racimos  de  accrollas  veráes.^Forta- 
nete. 

Zueca.  Cepa  del  árbol. — Zaragoza  {La  Cartuja  Baja). 

Zunzurronear.  Murmurar.  ||  Hablar  entre  dientes  mal  humo- 
rado.— Zaragoza. 


-^H^íífN^- 


índice 


Páginas. 


Prólogo: 

I.  Homenaje  á  Aragón v 

II.  D.  Jerónimo  Borao xlviii 

III.  Diccionario  de  Voces  Aragonesas lxxvi 

Introducción: 

1 1 

II 81 

Vocabulario 147 

Notas • 337 


Colección  de  voces  usadas  en  la  Litera !• 

—  —     DE  uso  EN  Aragón lvii^